Introducción al número especial de Scientia & Fides sobre Mariano Artigas

Autor: Santiago Collado (Universidad de Navarra)
Publicado en: Scientia & Fides, Vol. 4, Núm. 2 (2016), pp. 7-13. (en inglés)

Resumen: Versión castellana de la presentación al número especial de Scientia et Fides dedicado a Mariano Artigas, en que el coordinador resume brevemente el contenido de la revista a la vez que plantea una semblanza de los intereses y logros intelectuales de Mariano Artigas.

La ocasión para la elaboración de este volumen ha sido el décimo aniversario del fallecimiento de Mariano Artigas. Ocurrió el sábado 23 de diciembre de 2006. Diez años son una buena excusa para hacer algo que la vida académica permite aunque, paradójicamente, sus exigencias no lo suelen favorecer: detenerse un momento, mirar hacia atrás y pensar.

Tuve la ocasión de trabajar con Mariano los seis últimos años de su vida terrena. Esos años dejaron en mí una huella de la que ahora me parece que empiezo a ser consciente. En las contribuciones de este número muchos de los que han participado, que no son todos los que lo deseaban y no han podido hacerlo por diversos motivos, dejan constancia de la impronta que conocer a Mariano, o leer sus obras, ha dejado en su vida, y no solo en la vida académica.

Es difícil vislumbrar la influencia que una persona puede haber ejercido en los demás. También lo es hacerse cargo de lo que supone la herencia dejada por personalidades como la de Mariano, aunque dispongamos de testimonios y obras concretas que la hagan visible. Pienso que lo que vemos en estos casos es sólo la punta de un iceberg inmenso que se prolonga en el espacio y, sobre todo, en el tiempo. En las contribuciones que se recogen en este volumen se intuye la extensión y la hondura de la influencia que Artigas tuvo para quienes le conocimos, y que sigue teniendo y tendrá para aquellos que, como él, estamos comprometidos académicamente con la verdad. En algunos de los trabajos aquí recogidos, como en el de María Ángeles Victoria, se exponen de una manera explícita algunas dimensiones de esa influencia.

Una de las realidades que él promovió y que sigue creciendo después de estos 10 años es el grupo “Ciencia, razón y fe” (CRYF). Giménez Amaya, que fue su director durante seis años, hace una reflexión más reposada sobre el CRYF y el servicio que está llamado a prestar en la universidad. Yo tuve la fortuna de ser testigo de sus comienzos. Cuando en el año 2002 se constituyó el grupo CRYF, una de las pequeñas pero importantes decisiones que hubo que tomar fue elegir el nombre con el que lo íbamos a denominar. Poner nombre siempre ha sido una actividad menos trivial de lo que ahora pudiera parecernos. En algunas culturas, con el nombre se trataba de expresar la esencia de lo nombrado. Ese era nuestro objetivo al unir los términos de los que CRYF es acrónimo.

El primer libro publicado por Mariano, no vinculado directamente con los resultados de sus tres tesis doctorales, se titulaba Ciencia, razón y fe (1984). Ante la propuesta de que ese fuera precisamente el nombre del grupo, Mariano ofreció inicialmente una cierta oposición. El motivo era precisamente que ése era el nombre de su primer libro. Se resistía a ser protagonista en ese pequeño detalle. En realidad, el motivo por el que él eligió ese nombre para su libro era el mismo que lo hacía el más adecuado para denominar al grupo: la necesidad de distinguir sin separar esos tres ámbitos metódicos. La ciencia1 es obviamente una actividad racional, pero no agota toda la racionalidad de la que es capaz el ser humano: la razón, entendida como la capacidad que el hombre tiene de conocer la verdad, es más amplia que la ciencia. La razón, y también por tanto la ciencia, no deben, o quizás no pueden, separarse de la fe: “La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad”; así lo dejó escrito san Juan Pablo II en el inicio de la encíclica Fides et ratio.

No separar la ciencia de la fe no implica mezclarlas o unirlas de manera ilegítima. Distinguir sin separar, o unir sin igualar aquellas realidades que son diferentes, que tienen algo en común pero no se identifican, constituye uno de los grandes retos del pensar. Quizás Parménides fue uno de los primeros pensadores que puso de manifiesto de una manera radical la dificultad y los desafíos que comporta dicho reto.

La razón busca la economía en la comprensión de la realidad, pero a veces no hay más remedio que gastar. Y eso fue lo que Mariano hizo: gastarse en el esfuerzo de comprender de qué manera la ciencia ofrece auténticas verdades, y cómo la misma ciencia nos abría a la comprensión de otras realidades que no eran científicas. Artigas consiguió una formación científica que, aunque inicialmente se movía en el ámbito de la física, también se extendía a la biología2.

Se podría decir que en los escritos de Mariano se ve la suave evolución de un pensamiento sobre la ciencia que inicialmente enfatiza ligeramente su limitación3 y que, paulatinamente, va consiguiendo expresar de manera más clara una convicción muy suya también inicial: la ciencia es camino para alcanzar auténticas verdades, aunque estas no sean toda la verdad. Este punto me parece decisivo en su filosofía. Articular los nombres de ciencia, razón y fe, y conseguir explicar su mutua relación, pasa por señalar la naturaleza de las verdades que la ciencia, o las ciencias, nos aportan más que por declarar supuestas limitaciones en la ciencia. Mantener juntos lo que contienen esos nombres, sin que entre ellos surjan escaramuzas superficiales, o enemistades más profundas, fue una empresa que recorrió todo su itinerario personal, no sólo académico.

En mi opinión, lo que en Mariano da nervio a toda su producción fue una auténtica filosofía de la ciencia. Filosofía en el sentido clásico de la palabra, pero en diálogo con los autores y los problemas de su tiempo. Hoy la filosofía de la ciencia, particularmente en el ámbito anglosajón, es ejercida con un renovado interés desde una perspectiva que es deudora de los planteamientos analíticos. Los problemas que surgen cuando se pone en contraste la filosofía de la ciencia hecha por Artigas y la que se hace hoy en el ámbito de la tradición analítica se ponen de manifiesto en el artículo de Sebastián de Haro. Cuando Mariano trata de comprender la verdad que nos aporta la ciencia, lo hace desde los resultados empíricos aportados por las distintas ciencias pero, al mismo tiempo, hace un gran esfuerzo por no ceder a la tentación de hacer una “metaciencia” que se reduzca a una ciencia de la ciencia, y por mantener la apertura que la filosofía ofrece a dimensiones de la realidad que se resisten al tipo de control que sí es adecuado y exigible a la racionalidad científica.

Considero que ser realista en filosofía exige mantener esa apertura. Es manifiesto cómo el profesor Artigas, igual que otros filósofos de la ciencia importantes con los que dialoga, como por ejemplo Popper, concentra su atención en dimensiones que trascienden la misma ciencia. No es casualidad que Mariano se dé cuenta de que la clave de comprensión de la filosofía popperiana, como bien explica Alfredo Marcos en su contribución, es la ética. Rubén Herce destaca también cómo la dimensión ética es parte importante de la actividad científica en el pensamiento de Artigas. En definitiva, una aproximación filosóficamente realista a la ciencia exige trascenderla también desde el punto de vista metódico. Pienso que la dificultad de esta tarea es lo que está detrás de muchas de las dificultades con las que se han enfrentado los filósofos que se mueven dentro de la tradición analítica.

Me parece muy importante también para comprender la obra de Mariano Artigas, y el modo en que abordó su trabajo de profesor e investigador, tener en cuenta su condición de sacerdote. Para él, su trabajo académico no constituía una tarea superpuesta a su condición sacerdotal, sino que vivía su sacerdocio precisamente a través de su trabajo académico. Mariano ejerció con celo los actos que son propios del ministerio sacerdotal como la administración de los sacramentos o la predicación. Pero una mirada atenta a cómo desarrolló su trabajo académico permite descubrir que vivía en él también esa condición sacerdotal. Pienso que merece la pena detenerse un poco en este punto, porque las dimensiones de su trabajo académico que se vieron acentuadas por su sacerdocio son propias de todo cristiano.

Su compromiso con la verdad se vio reforzado por su condición sacerdotal. Su interés por poner de manifiesto la compatibilidad de la ciencia con la acción providente de Dios le llevó a no aceptar superficialmente las conclusiones, un tanto precipitadas a veces, que algunos inferían de las afirmaciones propuestas por las ciencias, especialmente cuando suponían algún tipo de conflicto para la fe. Su respuesta no era la de negar sin más el problema o recurrir a la descalificación de la aportación científica, sino redoblar su esfuerzo por comprender mejor lo que suponía dicha aportación. Por este motivo, una tarea central de su trabajo tuvo como objetivo comprender el tipo de verdad que las ciencias empíricas nos aportan.

Su sacerdocio le llevó a reforzar su disposición de servicio a los demás. De una manera particular buscaba prestar ese servicio a los que compartían con él su misma fe. Esto explica la orientación de sus estudios hacia temas que se veían entonces, y todavía ahora, como especialmente conflictivos entre la ciencia y la fe, y ante los que había un cierto temor a la hora de ser abordados. El exhaustivo estudio del caso Galileo, que se tradujo en una gran trilogía sobre este episodio, es un ejemplo de esta disposición de servicio a los demás que pasaba por servir a la verdad. El trabajo de José María Valderas permite rastrear cómo se fueron forjando estos intereses temáticos en los que se puede decir que Mariano fue un autor pionero en lengua castellana.

Su objetivo no era alcanzar el éxito académico. Pero también veía con claridad que la excelencia académica era necesaria para ampliar la extensión y la profundidad del servicio que animaba su trabajo. Por esta razón, cultivó y llegó a dominar el arte de la divulgación, a la vez que buscó comprender las bases epistemológicas que alimentaban el fondo de los problemas abordados. En sus publicaciones había muchos textos “ligeros” dirigidos a personas sin una especial formación académica. Pero también buscó positivamente y consiguió publicar en editoriales que son referentes esenciales para el mundo académico. Muy pronto percibió la importancia de estar presente en el mundo digital y animó a los miembros del entonces incipiente CRYF a crear y mantener viva una página web, en la que pronto estuvieron disponibles todos sus trabajos sobre los que no había ya derechos editoriales.

No veía a los autores estudiados como enemigos a batir. Estudiaba su pensamiento con detenimiento, minuciosamente, y entablaba un diálogo siempre respetuoso con la persona, pero crítico o muy crítico con las ideas, cuando así lo consideraba pertinente para defender la verdad. El libro Oráculos de la Ciencia, sobre el que se centra la contribución de Jaume Navarro, es un ejemplo de esta actitud. Esta misma disposición le llevaba a sostener interpretaciones de las obras de algunos autores que rompían con estereotipos ya consolidados sobre ellos. El trabajo de Alfredo Marcos, y el de Francisco Javier López Ruiz y Geoffrey Woollard ponen también este aspecto de manifiesto.

En el legado de Artigas, en definitiva, se puede apreciar algo que también es notable en otros pensadores de fe y convicciones profundas como por ejemplo George Lemaître, del que se ocupan en su artículo Eduardo Riaza y Pablo de Felipe. Su fe nunca fue un obstáculo para ejercer la razón con todas sus consecuencias. Se podría decir incluso que fue precisamente su fe la que alimentó su pasión por la verdad, la que le proporcionó esa convicción profunda de que la realidad encierra tesoros que esperan ser descubiertos por la razón. Este enfoque va más allá de poner de manifiesto una respetuosa armonía, o una simple compatibilidad entre la fe y la razón. Lo que se descubre es cómo un hombre de auténtica fe busca entender la realidad superando las dificultades que esta tarea comporta (fides quaerens intellectum), y que la razón, en todas sus dimensiones y niveles, es la gran aliada de la fe (intellego ut credam). Se descubre en definitiva la profunda realidad que encierra la comparación que la Fides et ratio realiza entre la fe y la razón y las dos alas del espíritu que busca la verdad.

El contenido de los 26 artículos que se recogen en este volumen es muy variado. En todos ellos está presente el agradecimiento y la admiración hacia Mariano. En algunos se expresa de qué manera Mariano contribuyó en el propio itinerario intelectual e incluso vital del autor. Otros abordan temas que Mariano trató directamente o cuestiones que están directa o indirectamente vinculadas a las estudiadas por él. Los autores exponen tanto sus recuerdos personales en relación con Mariano, como sus inquietudes intelectuales o los temas propios de su investigación. No he podido mencionar en esta breve introducción a todos los que han escrito en el volumen. Todos y cada uno hacen una aportación valiosa y, precisamente por este motivo, mencionarlos me habría obligado a extenderme en este texto más de lo razonable.

El criterio seguido para ordenar las contribuciones ha sido la manera en la que el tema tratado está vinculado con Artigas. Se ha dividido la publicación en cuatro apartados, aunque la existencia de elementos comunes en algunos de ellos habría permitido colocarlos en apartados diferentes. El primero tiene que ver con la vida y el pensamiento de Mariano desde un punto de vista histórico, en un sentido muy amplio. Podríamos decir que en dicho bloque se pone a Mariano en el tiempo. El segundo reúne las contribuciones que reflexionan sobre algunas de las propuestas de Mariano. El tercero contiene las aportaciones que ponen en relación el pensamiento de Mariano con otros autores. Finalmente, el cuarto incluye artículos de temas diversos que tienen que ver con el trabajo y los intereses de Mariano, pero que no aluden directamente a su pensamiento o a planteamientos formulados de esa manera por él. Se añade también un anexo que ha preparado cuidadosamente José Ángel García Cuadrado. Como su contenido está sacado, en su mayor parte, del curriculum que fue preparado por el mismo Mariano, con los añadidos posteriores a su fallecimiento, se puede decir que el autor es él. Me gusta la idea de considerarlo una contribución suya póstuma e inédita que, obviamente, él no hubiera presentado en vida como aportación en una revista.

Sólo me queda expresar mi gratitud a todos los que han hecho posible la publicación de este número especial. A la Facultad de Teología de la Universidad Nicolás Copérnico de Torun y a sus autoridades académicas, que hacen posible Scientia et Fides. A la Universidad de Navarra, donde tantos hemos encontrado el hábitat sin el que el CRYF no sería viable. A los editores de la revista Scientia et Fides, con Piotr Roszak y Javier Sánchez Cañizares al frente, que han puesto todos los recursos de la revista, especialmente los humanos, al servicio de este trabajo. Han sabido ver siempre el interés de este proyecto desde su inicio, cuando José Manuel Giménez Amaya, siendo todavía director del CRYF, lanzó la idea. Expreso también mi gratitud a todos los que han contribuido con sus artículos, haciendo posible conocer mejor, desde muy diversos ángulos, el legado de Mariano Artigas. Agradezco el trabajo de los miembros del CRYF, que hacen posible que se mantenga vivo el espíritu universitario que vivió Mariano y nos contagió a los que iniciamos el grupo. No puedo dejar de mencionar con agradecimiento el inmenso trabajo de minuciosa lectura, revisión y correcciones que ha hecho Gloria Balderas. Sin ese trabajo es seguro que no habríamos llegado a tiempo. Y por supuesto, mi agradecimiento se dirige de una manera particular, por tantas razones, a Mariano Artigas. Como decía al principio, lo que aquí se vislumbra es sólo la punta de un iceberg cuya profundidad espero que siga dando cada vez más frutos, y que nuestras limitaciones no sean capaces de detener su avance,

 

Notas

(1) Cuando hablo de ciencia en singular me refiero a la ciencia empírica, que es lo que ordinariamente entendemos hoy por ciencia en el discurso ordinario. Quizás sería más apropiado hablar de ciencias en plural. En cambio, Artigas hablaba de ciencia empírica tanto en plural como en singular. Pienso que su filosofía de la ciencia ofrece, indirectamente, una justificación de por qué podemos hablar también de ella en singular.

(2) Javier Novo llega en su contribución a algunas conclusiones que tienen su base en esta diferencia en la formación científica de Mariano Artigas. Es claro que la racionalidad física era la que más influyó en su filosofía de la ciencia.

(3) Las fronteras del evolucionismo se publicó al año siguiente del que vio la primera edición de Ciencia, razón y fe.