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Tosido monstruoso

Si el Grinch no logró robarse la Navidad, la pandemia tampoco podrá.
Antonio Díaz, alumno del grado de Filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras,
nos trae un cuento de Navidad. Pero esta vez, no hay un Ebenezer Scrooge
ni espíritus navideños. Esta es una historia que nos ayudará a reflexionar
acerca del verdadero valor de la Navidad
 

Tosido monstruoso

Al abuelo le daban ataques de estertores y se le hinchaban las venas cada vez que cantaba. Yo no entendía, entonces, por qué era él quien más animaba las fiestas de Navidad. Si el ambiente se apagaba un poco, enseguida corría como más rápido le permitían sus piernas a tronar la guitarra con un «Belén, campanas de Belén…», hasta que de nuevo le daba un ataque. Y al ataque le seguía una carcajada. Y a la carcajada una bronca de mi madre.

«Abu», le pregunté en una de las Navidades, «cuando eras niño como yo, ¿también cantabas tanto en Navidad?»

Él me agarró bajo mis axilas y me acurrucó en su regazo. Me susurró al oído: «Cuando tenía seis añitos, la Navidad casi no se celebró».

Mamá ya me había advertido varias veces de las invenciones del abuelo «para hacerse el interesante», pero yo insistí: —¿Por qué?, ¿quién lo impedía?

—Pues había un… —se rascó la cabeza mientras alargaba el «un»— …monstruo. Un monstruo que no dejaba celebrarla como Dios manda.

Yo suspiré pensando que definitivamente mamá tenía razón, pero le seguí la corriente: —¿Y qué hacía ese monstruo? ¿Te chupaba la sangre?

—No, no era un monstruo cualquiera. Era… invisible. Y te debilitaba poco a poco hasta matarte. 

Al decir esa última frase se pasó el dedo pulgar por el cuello y puso una cara tan ridícula que me puse a reír y él conmigo. Siguió diciendo que a él sus abuelos le reñían porque se quitaba un trapo que tenía que llevar puesto siempre en la boca. Se puso una servilleta en la boca a modo de demostración.

—Había que cubrirse siempre toda la boca y la nariz para que el monstruo no te reconociese, era la única forma de defenderse de él —me dijo.

Tosido monstruoso

Ante eso crucé los brazos y le respondí: —Eso es imposible abuelo, porque te habrías muerto de hambre cosa que le hizo reír hasta acabar tosiendo de esa forma que asustaba tanto a mamá.

Tomó un vaso de agua para reponerse y me siguió contando que ese año no hubo cabalgata, que los Reyes Magos vinieron en secreto, porque el monstruo era muy listo y aprovechaba para actuar justo donde más gente se acumulaba. 

—Al menos podríais jugar con las figuras del Belén.

—Sí, pero había que lavarse las manos —ante ese apunte fruncí el ceño, pero lo di por válido y proseguí:

—¿Y cantasteis villancicos?

—Sí, claro. Bueno, en realidad procuramos no cantar mucho porque… —en ese momento cortó la explicación y se quedó en silencio.

Yo seguía con el ceño fruncido pero su cara seria me dio mucha pena y no le interrogué más.

Después de un largo silencio, le pregunté agarrándole de la mano:

—Dime abuelo, ¿no pasaste mucho miedo del monstruo?

En ese momento se quedó mirando al infinito y dijo:

—Curiosamente ese monstruo era tan raro, que cuanto más mayor eras más miedo te daba, y no al revés como suele ocurrir.

Me acerqué a su oído:

—Dime abuelo… —dije bajando la voz, casi susurrando—. ¿Volverá en estas Navidades ese monstruo? 

Clavó su mirada en mi rostro asustado y apretándome los brazos hasta que hice una mueca de molestia, me dijo marcando cada palabra:

—Aunque vuelva, esta vez tampoco nos robará la Navidad.

Acto seguido agarró la guitarra y cantó tan fuerte que parecía que trataba de partir sus cuerdas vocales, hasta que le dio otro de esos ataques de tos. Esta vez mamá se enfadó de verdad con él.

FIN

Tosido monstruoso

 

Este relato fue publicado en la II Antología navideña de la Facultad de Filosofía y Letras.

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