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Redescubriendo la vivencia

Jaime Alonso de Velasco, alumno del Doble Grado en Derecho y Filosofía,
de la Universidad de Navarra, nos trae una interesante reflexión
acerca del significado de la individualidad
 

Redescubriendo la vivencia

A veces, tras una actividad intelectual continuada, el sosiego interior exige un ejercicio de rebeldía silenciosa, para romper las sutiles cadenas generadas por una excesiva racionalización de la realidad. Por eso, aunque solo sea en la brevedad eterna de las palabras escritas, he decidido apartarme del rigor intelectual exhaustivo que exige todo ejercicio filosófico de categoría, para ver hasta dónde me conduce la poesía de los latidos inquietos. 

Pero, antes de nada, he de sincerarme con el lector; no escribo estas breves reflexiones por motivaciones puramente intelectuales ni por una sed desinteresada de la verdad, si es que eso es posible; al contrario, lo que me ha impulsado a tratar el tema de la individualidad es precisamente una experiencia personal, individual, que por momentos ha amenazado con derrumbar las estructuras racionales que yo creía sólidamente arraigadas a mi ser. 

No me gusta nombrar esa experiencia íntima y profunda con la palabra sentimiento, probablemente por el significado erróneo que se le ha dado a lo largo de la historia. Y es que, a pesar de encontrarse en lo más hondo de la persona humana, es uno de los ámbitos más desconocidos en el amplio panorama de la existencia. 

Semejante ignorancia ha producido toda suerte de valoraciones injustas y desproporcionadas, desde su rechazo y desprecio, como obstáculo para las virtudes del hombre, hasta su reciente coronación como guía exclusiva e incuestionable de toda acción humana. Ante semejante perversión del significante, corremos el riesgo de perder de vista el auténtico significado de aquello que nombramos. 

Es por eso que prefiero emplear la palabra vivencia, que encierra en sí la fuerza y la hondura- la vida, al fin y al cabo- de las brisas y huracanes silenciosos que se desatan en el interior de cada persona.

Así pues, hoy escribo para dar cauce a una vivencia de repulsión y rechazo existencial, nacida como reacción frente a una idea que clavó sus colmillos venenosos sin previo aviso en la intimidad de mi ser. Dicha idea era nada más y nada menos que un ataque a lo que más propiamente poseo, a mi individualidad: la sugerencia de que mis vivencias más insondables, aquellas que se habían hendido en mí como una espada, hasta herir y forjar la esencia de mi persona, no eran realmente mías, sino de todo el género humano.

Redescubriendo la vivencia

La terrible afirmación de que esas tormentas indescriptibles que habían sacudido mis entrañas arrancando de mí gemidos de dolor o de gozo, más vivos e  inmensos que cualquier palabra o gesto externo, eran algo tan común, tan vulgar, como una gripe o un resfriado. 

Había algo de burla grotesca en ese pensamiento amenazador, pues ¿existe acaso un error más estúpido, más descomunal que considerar las propias vivencias como algo único, que comprender la propia individualidad como algo exclusivo, cuando esas vivencias y esa individualidad son en realidad un diminuto grano de arena en la gran playa de la humanidad? Las pruebas de mi equivocación eran innegables: todos los hombres aman y ese amor es para cada uno de ellos un universo virgen, sin límites, en espera de la primera huella humana.

Me hallaba, pues, ante una contradicción que nunca había creído posible entre la realidad evidente y mi vivencia más profunda de la misma. Fueron los días más largos de la historia- de mi historia-, aquellos que creyeron inaugurar una nueva época marcada por la terrible adecuación de mis vivencias a la mediocridad de una realidad burlesca, donde los latidos más inmensos e irrepetibles no serían más que ecos en el mar inmenso de las individualidades clonadas, con la condena de una inconsciente farsa, hasta una muerte mil veces representada. 

Si lo más indudablemente mío era comparable con el brote de una semilla en la inmensidad del bosque, con el primer vuelo a otras tierras de una golondrina junto a su bandada, con las fuerzas incontrolables en un núcleo atómico trillones de veces replicado, escondido, olvidado, ¿qué sentido tenía seguir hablando de individualidad, seguir creyendo en la realidad exclusiva de mi “yo”? Pronto se desmoronaría el muro de barro a las orillas de un mar sin nombre.

Sin embargo, en medio del caos ávido de mortal uniformidad, un dulce acorde acarició tímidamente mi corazón, dejando el frágil poso de una armonía distinta a la igualdad y al orden: la sinfonía que nace del abrazo entre individuos. ¿Sería posible que…? Es difícil creer cuando el ruido de la duda ciega a los sentidos, es difícil comprender que no hay luz en la ventisca, ni en el terremoto, ni en el fuego; es difícil esperar y esperar, sin certezas donde pueda reposar el alma, hasta que la llegada de la brisa suave revela, con un susurro, horizontes insospechados. 

Sí, era posible la reconciliación de realidad y vivencia, era posible ser yo y que otros lo fueran, era posible la grandeza del amor, aunque hubiera mil primaveras. Porque ser individuo no significa ser único, sino todo lo contrario; significa formar parte de la sinfonía que la humanidad puede entonar, hilando las melodías irrepetibles de cada vida humana, con su íntima sucesión de latidos.

 

Redescubriendo la vivencia

Quiero despedirme con un pequeño gesto de reparación, por el trato injusto que históricamente ha recibido la vivencia; porque la justicia, como dijo Ulpiano, consiste en dar a cada uno lo suyo (ni más, ni menos). Y no concibo un homenaje mejor ni más íntimo que el de vivir la belleza del propio silencio. 

Es en el silencio donde uno comprende que la vivencia no es una mera agitación contingente que amenaza los auténticos pilares de la existencia humana, sino que se encuentra en su mismo núcleo: el individuo solo adquiere un nombre propio imprimiendo en sus vivencias una esencia novísima, como el molde da su particular forma al hierro fundido, amorfo e indeterminado. 

Solo la vivencia posee un misterioso poder recreador, la capacidad de consumar la irreductibilidad, única y universal en sí misma, de cada persona, más allá del cosmos racional, ordenado y frío. Solo ella puede desatar la explosión primigenia del universo insondable que cada ser humano bautiza con la palabra amor.

Redescubriendo la vivencia

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