Problemas deontológicos de hoy en torno al suicidio y la eutanasia
Gonzalo Herranz. Departamento de Bioética, Universidad de Navarra
Conferencia en el Ciclo di incontri su bioetica
Centro culturale Giorgio la Pira
Trieste, 22 de marzo 1990
I. Deontología médica y suicidio
1. La obligación de asistir médicamente al suicida
2. El médico en la lucha contra la endemia suicida
II. Deontología médica y eutanasia
1. Sobre la necesidad de usar palabras claras y de mantener claras las ideas
2. La necesidad de seguir de cerca el caso holandés
III. Las consecuencias del entibiamiento del respeto a la vida humana
Agradecimientos y palabras para la ocasión.
Supongo que aquí, en Italia, lo mismo que en España está presente con frecuencia -en la prensa, en la televisión, en las conversaciones- el tema de la muerte con dignidad, de eso que, paradójicamente, algunos llaman morir con dignidad. Están activos, aquí y allá, los grupos de presión que promueven la despenalización de la eutanasia y de la ayuda al suicidio voluntario. Y en nuestra sociedad pluralista y tolerante, ese activismo despierta sentimientos muy encontrados.
A nosotros los médicos nos afecta de modo muy directo la ideología pro-eutanasia y su pretensión de que debemos colaborar en la ejecución, técnicamente correcta, de la muerte deliberada. La situación que con ello podría crearse está cargada de signos ominosos para el futuro de la Medicina y de la sociedad entera. Pero, -no hay mal que por bien no venga- la infiltración de la ideología eutanásica en la sociedad nos obliga a reflexionar sobre ella y servirá de estímulo -ese es el destino de todas las herejías- para fortalecer y enriquecer la doctrina deontológica tradicional.
En esta comunicación trataré de resumir algunos aspectos que me parecen significativos de la Deontología médica del suicidio y la eutanasia.
I. Deontología médica y suicidio
Ante el suicidio, ¿cuáles son las obligaciones deontológicas del médico? Fundamentalmente, dos. Atender a la víctima de un intento de autodestrucción, es la primera. La otra es contribuir a la prevención del suicidio, luchar contra este mal endémico de nuestra sociedad.
1. La obligación de asistir médicamente al suicida
Los extremistas del autonomismo ético pretenden que todos, también el médico, han de respetar hasta el final la acción suicida de quien libre y conscientemente así la decide y tan elocuentemente la ejecuta. Están convencidos de que toda persona autónoma tiene derecho a suicidarse. Y que, si el cumplimiento de esa decisión no afecta a los intereses de otros, nadie está autorizado a interferirse en su acción, ni para prevenirla, ni para, una vez iniciada, detener su curso.
La deontología médica, sin embargo, no admite la cooperación del médico al suicidio ni tampoco la neutralidad o la pasividad ante él. Sería esa una pretensión totalmente extraña al ethos de la Medicina. “A nadie, aunque me lo pidiera, daré un veneno ni a nadie sugeriré que lo tome”, dice de una vez por todas el Juramento hipocrático.
El médico no puede cooperar, en primer lugar, al suicidio lúcidamente calculado y programado. Un acto de tal naturaleza es resultado de una ideología, totalmente extraña al ethos médico, que sostiene que el hombre puede disponer libremente de su vida y está titulado para escoger el lugar, el modo y el tiempo de darse la muerte. El médico, al que se le pidiera ayuda para la ejecución de ese suicidio a sangre fría, no podría cooperar, en cuanto médico, a un acto en el que no se da una situación de enfermedad que reclame su intervención profesional específica. El médico administra sus cuidados por dos razones básicas: para sostener la vida y aliviar el sufrimiento. Pero el suicidio ni es una solución médica para ningún problema humano, ni es solución humanitaria para ningún problema médico.
Este rechazo incondicionado a la cooperación médica al suicidio tiene manifestaciones muy concretas y directas. Supongamos que un paciente, que está contemplando la posibilidad de poner fin a sus días, quisiera tratar del asunto con un médico y que éste se mostrara inclinado a ayudarle en su propósito. Entonces, se produciría una situación tremenda: el paciente llegaría legítimamente al convencimiento de que su médico valora en muy poco su vida, lo cual le sería bastante desconsolador y erosionaría radicalmente su confianza en el médico. Jamás podrá el médico aceptar ni la más remota posibilidad de cooperación al suicidio. Tal rechazo ha de ser inequívoco, visceral, pues esa cooperación socava gravemente un elemento esencial de la relación médico-enfermo, cual es la confiada convicción del paciente de que su médico se entregará plena y exclusivamente a cuidar de su vida y su salud, que nunca le dañará o le abandonará.
Incluso los defensores del autonomismo extremo, libertario, tienen que reconocer que el paciente desahuciado no puede actuar con plena deliberación y autonomía. El paciente terminal está, muchas veces, tan limitado en su capacidad de tomar decisiones, que lo ordinario es que se deje guiar por los consejos de su médico. Si éste le aconsejara el suicidio, el paciente no podría muchas veces rechazar esa sugerencia, pero no porque está realmente cansado de vivir o porque la vida le suponga una carga insoportable, sino porque piensa que los demás -entre ellos, su médico- están cansados de él y que él es una carga insoportable para los demás.
Como señala claramente uno de los miembros del Consejo de Etica y de Política de Salud de la AMA, al tratar de la participación del médico en el suicidio asistido, “Por definición, el tratamiento destinado a provocar la muerte no cura y, por ello, es fundamentalmente incompatible con el papel que el médico debe desempeñar en la relación médico-enfermo”.
Incluso, cuando el suicidio pudiera parecer la única salida posible ante una situación desesperada de dolor o de inutilidad, seguiría siendo una no solución, pues la víctima, además de aniquilar su vida y su dignidad, hiere y trastorna a los que están a su alrededor. Carece de fundamento empírico la noción de que el suicida obraría rectamente con tal de que su acción no perjudique a otros. Esa es una pretensión irreal. El suicidio desencadena, en los allegados de la víctima y aun en los simples espectadores, círculos concéntricos de dolor y de sentimientos de culpabilidad. En muchos circunstantes, el suicidio consumado deja una huella profunda y muy duradera de desconsuelo torturante. En otros, trastrueca las convicciones morales ante la autodestrucción. Ésta es sublimada en obsequio de la víctima; se convierte en algo falazmente digno y honorable, e incluso heroico. Es precisamente sobre tal población susceptible donde el héroe actúa como modelo y como germen contagioso, que inicia y propaga una microepidemia de suicidios miméticos.
No es admisible, por tanto, la idea del suicidio “inocente”. El suicidio causa siempre en los demás algún daño: siempre hiere duramente a unos pocos; por elegante y limpio que sea en sus motivos y en su ejecución, supone una destrucción focal de humanidad y erosiona de un modo difuso pero eficiente el respeto por el hombre. Todo suicidio es patógeno: por ello, nunca puede el médico cooperar éticamente al suicidio voluntario.
¿Cómo ha de comportarse el médico ante la víctima del suicidio intentado? Cuando alguien decide poner fin a su existencia, no anula en modo alguno las obligaciones morales del médico hacia él: las heridas que se ha autoinfligido la convierten automáticamente en un paciente cuya vida hay que rescatar. No intervenir entonces para respetar la autonomía del suicida denotaría en el médico la carencia de esa sincera preocupación por los demás que es parte de la vocación médica; mientras que, por el contrario, intervenir para salvar una vida es una acción medularmente médica. Que ésta es la actitud verdaderamente deontológica lo demuestra la experiencia reiterada, cuantitativamente abrumadora, del agradecimiento de la mayoría de los suicidas rescatados de la muerte gracias a la intervención médica. El médico acertará siempre si interpreta el suicidio como la última y más desgarradora petición de auxilio.
En resumen: la Deontología enseña que el médico no puede, en ninguna circunstancia, renunciar a su papel de curador y protector de la vida. No puede quedarse indiferente ante ningún ser humano que, por la causa que sea, se debate entre la vida y la muerte. El buen médico no tiene escapatoria: debe cuidar del suicida como de cualquier otro paciente en una situación de urgencia, y procurará por los medios a su alcance que no llegue a consumarse la autoaniquilación iniciada. Actuará así no sólo para escapar a los riesgos penales de denegación de auxilio o de omisión del deber de socorro, sino para cumplir la norma deontológica de recuperar la salud física y psíquica del hombre. Si el médico se abstuviera de actuar, la gente tendría derecho a sospechar que en algunas ocasiones el médico se muestra indiferente al destino de quienes necesitan de sus cuidados. Por ello, el médico desempeñará su oficio de curador de modo claro e inambiguo, aunque se encuentre ante un paciente que reintenta el suicido por enésima vez. Si hay razones médicas que permiten calcular que la recuperación del paciente es posible, el médico aplicará las obligadas medidas de reanimación y de cuidados intensivos.
2. El médico en la lucha contra la endemia suicida
Hay un segundo aspecto importante de la Deontología médica del suicidio: la obligación del médico de reducir la incidencia de este mal social.
Lo hará primero previniendo la recaída en la conducta suicida de los pacientes que ha atendido. Su trabajo no termina cuando recupera a su paciente de la situación aguda y restablece sus constantes homeostáticas. Debe procurar también devolverle, si no la alegría, al menos el coraje de vivir. Asistir al suicida en la fase aguda es hoy relativamente fácil, gracias a la puesta en acción de la medicina altamente cualificada y tecnológica de los cuidados intensivos y la desintoxicación. Ello exige vigilar, sobre todo, los parámetros bioquímicos y funcionales del paciente. Pero, muy frecuentemente, el suicida se despierta desprotegido, extraordinariamente solo. A medida que el paciente recobra conciencia de su situación y de su nueva vida recuperada, necesita ser ayudado en sus problemas personales, ser acogido en la comunidad de los vivos. Y esto no es fácil. Exige del médico mucha competencia y energía.
La Deontología impone al médico además del deber de cuidar de sus propios pacientes, el de velar por la salud de la comunidad. En su práctica, el médico, cualquiera que sea su especialidad, debe saber reconocer o intuir a tiempo el riesgo de suicidio. Este se reparte, por ejemplo, de modo muy irregular entre las distintas especialidades médicas. Las hay, cual es el caso de la Oncología y la Psiquiatría, particularmente amenazadas por este peligro. Dejando a un lado el libre albedrío como causa determinante del suicidio, hay factores médicos (enfermedad incurable, trastornos de la afectividad, dolor insoportado, inutilidad, herencia y carácter) y sociales (soledad, mimetismo, acontecimientos vitales, conciencia de ser despreciado, tratos crueles, confinamiento involuntario) que señalan situaciones de riesgo incrementado de suicidio. El médico ha de saber descubrirlos a tiempo y asumir la responsabilidad de intervenir sobre ellos. Si no se estimara capaz, debe pedir la ayuda de un colega que pueda hacerlo con competencia. Cada suicidio entre sus pacientes es una llamada a examinar la calidad de la atención preventiva y curativa prestada por el médico y quizá una ocasión para mejorar algún aspecto de ella.
II. Deontología médica y eutanasia
Las cuestiones en torno a la eutanasia que necesitan hoy un comentario de urgencia son, en mi opinión, dos. La primera consiste en la necesidad de definir inequívocamente la terminología y, con ella, los conceptos que usamos al hablar de eutanasia. La segunda se refiere a la conveniencia de seguir de cerca la conducta de los profesionales que aceptan la eutanasia como solución para ciertos problemas médico-sociales, tal como nos muestra el ejemplo holandés.
1. Sobre la necesidad de usar palabras claras y de mantener claras las ideas
El propagandismo pro-eutanasia procura inducir en muchos un oscurecimiento de los conceptos y borrar los límites morales entre conductas correctas y conductas criminales. Necesitamos, por ello, tener una clara percepción de lo que son la eutanasia y la muerte con dignidad de las que ellos nos hablan y formar nuestra conciencia acerca de cuando abstenerse de prestar cuidados médicos a un paciente es una iniquidad y cuando una acción recta; acerca de la diferencia radical entre provocar de propósito la muerte y abstenerse de diferir la muerte. Tenemos que aprender a reconocer la finitud de la Medicina y eso quiere decir que un modo excelente de respetar la vida es aceptar la inevitabilidad de la muerte.
En este tiempo nuestro de campañas y discusiones públicas sobre la eutanasia, preparadoras del debate legislativo para su despenalización, el uso preciso de los conceptos y de las palabras es una necesidad, a la vez intelectual y ética. La conciencia del público y, en especial, la de los parlamentarios, puede quedar, como ocurrió en el caso del aborto, ofuscada por la magia de las palabras trucadas.
Me parece necesario, para alejar el riesgo de confusión semántica, que todos nos olvidáramos de la ascendencia etimológica y de las significaciones nobles de la palabra eutanasia y que, a partir de ahora, por eutanasia entendamos lisa y llanamente el matar sin dolor y deliberadamente, de ordinario mediante gestos y por motivos médicos, a seres humanos que parecen destinados a una vida atormentada por el dolor o limitada por la incapacidad, para liberarles a ellos de sus sufrimientos y, a la sociedad, de una carga inútil.
Entendida la eutanasia así, pierde significación moral la distinción deontológica entre las formas activa (provocar inmediatamente la muerte mediante la aplicación de un agente letal) y pasiva (provocar la muerte mediante la omisión deliberada de la atención médica debida y necesaria para la curación o la supervivencia).
Entendida así, la evaluación ética de la eutanasia queda totalmente desconectada de la disputa, tan cargada emocionalmente y tan creadora de confusión, en torno al ensañamiento terapéutico. Este tiene en común con la eutanasia un único rasgo: el de ser una falta deontológica, un error del juicio clínico y ético, aunque lo sea de signo contrario.
Entendida así la eutanasia, es fácil percibir y denunciar la falsificación, más o menos deliberada, que subyace a expresiones tales como ayudar a morir (que es una expresión ambiguamente tramposa para ocultar cualquier forma de eutanasia), selección neonatal (para designar el infanticidio que se aplica a ciertos niños malformados o deficientes, negándoles la alimentación y el tratamiento); suspensión de nutrición y líquidos (para disfrazar el dejar morir de hambre y sed); sólo cuidados de enfermería (para ocultar que alguien vigila los efectos de la administración de dosis masivas de hipnóticos hasta que llega la muerte); o morir con dignidad (que, en el activismo pro-eutanasia, está dejando de ser la fórmula absolutoria del matar por compasión en situaciones extremas de dolor o inutilidad, para convertirse en el eslogan bien de la eliminación utilitarista de parapléjicos, deprimidos, o de ancianos que viven solos y que empiezan a tener problemas para cuidar de sí mismos, bien de la demanda libertaria del derecho a ser matado sin dolor en el lugar, tiempo y modo que cada uno decida).
Para nosotros los médicos, la claridad léxica y conceptual está presente en los textos deontológicos de mayor relevancia. La Declaración sobre la Eutanasia, promulgada por la Asociación Médica Mundial (Madrid, Octubre de 1987) comienza así: “La eutanasia, es decir, el acto deliberado de dar fin a la vida de un paciente, ya sea por su propio requerimiento o a petición de los familiares, es contraria a la Ética”. En las conclusiones del Grupo de Trabajo de la British Medical Association para revisar las directrices de la Asociación sobre eutanasia, hechas públicas en mayo último, se lee: “No se debe cambiar la ley. La muerte deliberada de un ser humano debe seguir siendo un delito. Este rechazo de cualquier cambio en la ley actual, de modo que se permitiera a los médicos intervenir para poner fin a la vida de una persona, (...) es, sobre todo, una afirmación del supremo valor del individuo, sin que importe cuan sin valor o cuán sin esperanza pueda sentirse”.
La clarificación conceptual es una obligación deontológica básica. Así lo entendió la Comisión Central de Deontología de España en su Declaración sobre la Eutanasia, de la que copio el primer párrafo: “En los medios de opinión se emplean con frecuencia las expresiones ‘ayuda a morir’ o ‘muerte digna’. Tales expresiones son confusas, pues, aunque tienen una apariencia aceptable, esconden con frecuencia actitudes contrarias a la Ética médica y tienden a borrar la frontera que debe separar la asistencia médica al moribundo de la eutanasia. La asistencia médica al moribundo es uno de los más importantes y nobles deberes profesionales del médico, mientras que la eutanasia es la destrucción deliberada de una vida humana que, aunque se realizara a petición de la víctima o por motivos de piedad en el que la ejecuta, no deja de ser un crimen que repugna profundamente a la vocación médica sincera”.
En estos textos está claramente señalado el campo lícito de actuación del médico, y también el de su abstención ética. Y también el de la ilicitud de sus acciones o omisiones. Trataré de resumir en términos netos la doctrina deontológica vigente hoy.
- Nunca el médico puede matar deliberadamente: toda eutanasia, por acción u omisión, esto es, activa o pasiva, pedida por el paciente o aplicada sin su consentimiento, es una grave falta deontológica.
- El médico no puede iniciar tratamientos fútiles y sin esperanza. El encarnizamiento terapéutico es un error ético, una falsificación comercialista o política de la Medicina, y un argumento, irracional, pero eficaz, que se da a los activistas pro-eutanasia.
- El médico no puede violentar, fuera de casos de obvia incapacidad o pérdida de razón, el deseo del paciente de no ser tratado. El paciente tiene un deber ético de preservar su vida y de aceptar los tratamientos para salvarla, si se trata de medios que ofrecen una esperanza razonable de beneficiarle y que pueden obtenerse y aplicarse sin grave inconveniente, dolor o gasto. El paciente tiene el derecho de rechazar todos aquellos tratamientos que no ofrecen una esperanza razonable de beneficio y que no pueden obtenerse y recibirse si no es con gran sufrimiento, o con gastos o inconvenientes graves, aun cuando sus gastos sean sufragados por el erario público o por una compañía de seguros.
- Ha sido superada hoy la vieja aporía del tratamiento que acorta la vida. Los recientes avances en el tratamiento del dolor y de la enfermedad terminal han hecho desaparecer el riesgo de anticipar indebidamente la muerte de ciertos pacientes.
- Hoy, la discusión en torno a la eutanasia ya no se centra en el problema clásico de matar por compasión.
- El centro de gravedad de la discusión sobre la eutanasia se ha desplazado a la cuestión, planteada por el autonomismo libertario, del pretendido derecho a se matado por un médico en el lugar, el tiempo y el modo que uno decida. Cada vez más, la eutanasia se exigirá como ayuda médica al suicidio voluntario.
Hasta aquí lo relativo al buen uso de las palabras y a la claridad de los conceptos.
2. La necesidad de seguir de cerca el caso holandés
La respuesta a la pregunta de a dónde conduce la tolerancia legal de la eutanasia puede obtenerse de la observación empírica de lo que, desde hace unos pocos años, está ocurriendo en Holanda. La respuesta es neta: esa tolerancia conduce a una insospechada brutalización de la Medicina.
No es fácil resumir los aspectos jurídicos, sociológicos, religiosos y eticomédicos que han contribuido a crear el fenómeno de la eutanasia en Holanda. De hecho, como resultado de un largo condicionamiento social, la sociedad holandesa ha aceptado mayoritariamente que la eutanasia voluntaria es éticamente irreprochable y una plausible manifestación de la libertad individual. Pero esa misma sociedad acepta también mayoritariamente la eutanasia involuntaria y la denegación de cuidados que pudieran salvar la vida cuando se aplican a pacientes terminales, a sujetos con graves deficiencias, a ancianos o a ciertos enfermos sin familia.
En respuesta a ese estado de opinión, el Gobierno y la Administración de Justicia en Holanda han aceptado de facto la práctica de la eutanasia y han transferido a los médicos, expertos exclusivos en cuestiones de vida y muerte, la responsabilidad de regular las condiciones en que el médico puede administrar la muerte sin dolor, evitando los abusos potenciales. A comienzos de 1987, el Consejo Nacional de Salud publicó sus Recomendaciones para la realización de la eutanasia, que han recibido pleno apoyo de la Junta de Gobierno de la Real Asociación Holandesa de Medicina y de la Unión Holandesa de Enfermeras.
De hecho, desde 1984 y, ante la garantía judicial de impunidad, se ha puesto en marcha la maquinaria para la terminación eutanásica de vidas inválidas. Hay, lógicamente, por parte de muchos médicos y de un sector de la población, una firme oposición a la eutanasia. Hay, cada año, algunos juicios contra médicos o enfermeras por haber practicado la eutanasia faltando a las condiciones exigidas: pero esos juicios son más bien un gesto retórico para tranquilizar a la opinión pública que un freno a una conducta criminal. Menudean los escritos que tienden a mostrar que el fenómeno está perfectamente controlado, que las directrices vigentes son escrupulosamente respetadas. No cabe duda: se aplica a la sociedad un tratamiento tranquilizante. Pero, ¿qué ocurre en realidad?
No hay números oficiales y fidedignos sobre cuantos casos de eutanasia se producen en los Países Bajos, pero se estima que sumadas las cifras de la medicina domiciliaria a las de la hospitalaria, cada año se aplica la eutanasia en 5000 a 10000 casos. Se dice que el número de casos ocultos, los casos de criptanasia, pueden representar otros tantos. Se ha creado entre los ancianos la conciencia de que es egoísta querer vivir siendo una carga molesta para la sociedad y que, en consecuencia, deberían planear su propia eutanasia, pues esa es una conducta valerosa, sabia y progresista. Se advierten, al parecer, algunos débiles signos de rebelión ante esta situación tan dura. Los ancianos que viven en residencias se manifiestan masivamente (93 por ciento) en contra la eutanasia activa, la cual es aprobada por el 76 por ciento de la población general. Y, aunque allí son muchos más los que llevan encima su testamento biológico, su “tarjeta de crédito para la muerte dulce”, está creciendo, especialmente entre los ancianos, el número de los que se proveen de una “declaración de deseo de vivir y de ser tratado médicamente en caso de enfermedad o accidente”.
Esta situación constituye, para algunos médicos, un peligro inminente de brutalización. La anuencia a la eutanasia socava la confianza que debe presidir la relación médico/paciente, de la que forma parte esencial el convencimiento de que el médico no abandonará nunca a su enfermo, ni nunca le infligirá deliberadamente ningún daño. Dar al médico un poder discrecional sobre la vida de ciertas personas, muchas de ellas indefensas, significa la quiebra de aquella confianza fundamental. En Holanda crece el número de pacientes que desarrollan hacia los médicos actitudes de miedo, sospecha o desconfianza, que se abstienen de acudir al consultorio o de ingresar en el hospital, o que se niegan a tomar los medicamentos recetados.
Un alarmante anecdotario de la brutalización médica inducida por la aceptación social y profesional de la eutanasia se puede ver en un artículo de Richard Fenigsen “A Case against Dutch Euthanasia”, publicado, dentro de un pluralista conjunto de estudios, en un suplemento especial del Hastings Center Report, titulado “Compasión, Asesinato y Moralidad: Perspectivas sobre la Eutanasia”. Su lectura es escalofriante e iluminadora. Lógicamente, no se hizo esperar la publicación en la misma revista de un vivo intercambio de Cartas al Editor. No faltó entre ellas la inevitable carta colectiva firmada por numerosas y distinguidas figuras sociales (de la política y el clero progresista, del activismo libertario y de las sociedades de bioética, de la universidad y la judicatura). Fenigsen ha refutado punto por punto, con argumentos y pruebas, cada una de las objeciones que le fueron hechas. Creo que la lectura de ese suplemento y de la correspondencia que provocó es un ejercicio necesario para evaluar responsablemente los riesgos, reales y potenciales, que para la práctica médica supone el experimento holandés de la eutanasia.
III. Las consecuencias del entibiamiento del respeto a la vida humana
También fuera de Holanda, el activismo pro-eutanasia hace sus prosélitos entre los médicos. A juzgar por lo que dicen ciertas encuestas, gana aceptación por doquier entre los médicos la idea de que está justificado, e incluso de que es virtuoso o moralmente obligado, destruir ciertas vidas humanas. Y, al parecer, algunos de ellos están dispuestos a hacerlo.
Son muchos más los médicos que ante la eutanasia adoptan una actitud tibia. Afirman que ellos se abstendrán de participar personalmente en la terminación de vidas humanas, pero que no pueden oponerse a la legalización de la eutanasia y la ayuda al suicidio voluntario. Incluso, adoptarían una actitud contraria a la medicalización de esas acciones, que son, por su origen y su naturaleza, extrañas a la Medicina y que deben, por ello, quedar fuera del ejercicio profesional. Y proponen que se habilite a diplomados en eutanasia, eutanasistas no médicos, para desempeñar ese menester, pues, en fin de cuentas no se necesita ser Doctor en Medicina para administrar, mediante una inyección endovenosa, la muerte dulce a un enfermo o la pena capital a un condenado, ni para aconsejar sobre los distintos procedimientos de suicidarse.
Esta actitud ambivalente, que, por un lado, se niega a cooperar a la destrucción de ciertas vidas humanas, pero que, por otro, la tolera, es incompatible con la deontología: falsifica profundamente el trabajo del médico, pues viene a decir, tácitamente, que es aceptable convertir los deseos de la gente en problemas médicos, esto es, en enfermedades necesitadas de terapéutica, y que algunos médicos, o al menos algunos paramédicos, deberían ser capaces de satisfacer esos deseos. Esa actitud tibia demuestra que muchos médicos consideran que es tolerable descoyuntar los dos elementos básicos de la profesión, divorciar oficio técnico de responsabilidad moral. Poner una inyección endovenosa o entregar unos comprimidos a un paciente parecen, vistos desde fuera, actos médicos, aun cuando la jeringuilla esté cargada con una dosis letal o los comprimidos sean de veneno mortífero. Quien no reaccione con indignación moral ante la falsificación de esos gestos da a entender que, para él, la profesión de la Medicina es puro hacer técnico, no una actividad ética.
Cualquier legislación tolerante de la eutanasia, por muy restrictiva que pretenda ser en el papel, desemboca inevitablemente en la degradación ética y científica de la Medicina. Porque cuando los médicos trabajan en un ambiente en el se saben impunes tanto si tratan como si matan a ciertos pacientes, se irá relajando progresivamente la actitud del médico como cuidador de la vida.
Además, toda legislación permisiva es intrínsecamente expansiva. Las restricciones legales que contienen caen ante el empuje incontenible de la demanda social. En una sociedad que legaliza la eutanasia, la vocación curadora de los médicos se irá resfriando. Se llegará, más o menos tarde, al punto de habituación, al acostumbramiento. Y, entonces, a compás del proceso de mitridatización de la sociedad, de la capacidad de metabolizar niveles cada vez mayores de eutanasia, se producirá un fenómeno hasta ahora impensable: los médicos se irán volviendo indiferentes hacia determinados tipos de enfermos y decaerá la atención y la investigación en vastas áreas de la Patología. Porque, si, por ejemplo, es posible limpiar a la humanidad de “basura genética” mediante la eutanasia neonatal de bajo costo, ¿qué interés puede tener la investigación básica y aplicada sobre diagnóstico y tratamiento de las enfermedades hereditarias? Si al paciente senil o al que sufre la enfermedad de Alzheimer se les aplica como primera opción la muerte dulce, ¿quién puede sentirse motivado a estudiar las causas y mecanismos del envejecimiento cerebral o la constelación de factores que determinan la demencia? En todo caso, la Medicina será cada vez más una Tanatología.
David Lamb, el agudo analista del argumento de la pendiente resbaladiza, ha señalado la futilidad de todo intento de compartimentalizar la eutanasia, de estratificar a los pacientes que no desean vivir o que constituyen una carga para la sociedad, o de poner límites a la acción del médico, una vez que se abandona el respeto absoluto por la vida de cada hombre.
No es difícil imaginar la pérdida de valores intelectuales y profesionales que implica el abandono por el médico de su oficio de observador científico y de protector compasivo de la vida. En el artículo de Fenigsen antes citado, se muestra con ejemplos tomados de la realidad cómo la facilidad de aplicar la muerte provoca el desinterés del médico por la indagación inteligente del pasado del enfermo, por la práctica del examen clínico, por el rigor del juicio diagnóstico. Ese desinterés propicia el desarrollo de una actitud intelectualmente perezosa. Aceptar que la eutanasia es el tratamiento más correcto que se puede dar a un enfermo, aceptar que la eutanasia es buena Medicina, equivale a consagrar como buena práctica seguir una línea de mínimo esfuerzo, significa renunciar a la vocación intelectual y ética de la Medicina. Todo el esfuerzo mental y moral del médico, la tensión, a veces agotadora, por cumplir el precepto hipocrático de buscar el bien del paciente -“Haré cuanto sepa y pueda para beneficio del enfermo, y me esforzaré por no hacerle daño o injusticia”- sufrirá una atrofia por desuso en la inteligencia y el carácter de los médicos que incluyen la eutanasia entre sus regímenes ‘terapéuticos’. Afirma Fenigsen: “Desistir, por causa de la eutanasia, de un tratamiento potencialmente eficaz es un fenómeno que está incapacitando de modo creciente a la profesión médica. La eutanasia no se limita simplemente a cambiar la Medicina o a extender su campo de acción: la eutanasia sustituye a la medicina”.
La Medicina sufre un eclipse parcial cuando parte de ella es absorbida en la eutanasia. Y lo sufre también la humanidad. Bajo el ceremonial de música suave, lágrimas y tiernos gestos de despedida con que se ritualiza frecuentemente la administración de la eutanasia, se oculta una operación cínica e impiadosa: la expropiación de la muerte. La eutanasia será, cuando se vaya generalizando, la solución final al misterio insondable de la muerte. La muerte ya no será ni problema ni tabú. El hombre poscristiano ya no la temerá ni sufrirá a manos de ella la derrota final, porque la someterá a su dominio, la tecnificará, asignándole modo, lugar y tiempo. La muerte ya no será destino personal, sino un simple gesto técnico, programado y ejecutado pulcramente, sin aspavientos.
Cuando el médico aplica a un paciente la eutanasia, está haciendo en realidad dos cosas. Una visible: convertir dulcemente a un hombre vivo en un cadáver. Otra inaparente: terminarse a sí mismo como médico. ¡Que tremendo contraste con la genuina actitud curadora del médico!
Deseo terminar mis palabras con una anécdota, ocurrida hace ya muchos años, pero que sigue señalando el camino del futuro. La cuenta Dame Cecily Saunders, la fundadora del movimiento de los Hospices para la atención de pacientes terminales. “Había tenido mucha correspondencia con el anterior Presidente de la Euthanasia Society of Great Britain y le llevé a visitar el Hospicio de San José, cuando yo llevaba año y medio trabajando allí. Cuando salió, me dijo: ‘Ignoraba que ustedes pudieran hacer esto. Si todos los pacientes murieran como lo hacen aquí, creo que tendríamos que disolver la Sociedad’. Y añadió: ‘Me gustaría venir aquí a morir’”. Y añade Cecily Saunders: “Cuando se es capaz de aliviar el dolor a un enfermo y se le puede hacerse sentir que es una persona querida, tal como lo debe ser, entonces ningún enfermo nos va a pedir la eutanasia... Me parece que la eutanasia es como admitir nuestra derrota, es un planteamiento totalmente negativo. Debemos trabajar para conseguir que nadie la necesite”.
Trabajar para que nadie la necesite: esa es, y siempre ha sido en la tradición hipocrática, la deontología de la eutanasia.
Muchas gracias.