¿Es posible una ética biomédica genuinamente europea?
Gonzalo Herranz, Departamento de Bioética, Universidad de Navarra
Clase en el Curso Interfacultativo de Doctorado “Deontología profesional de la Europa comunitaria”
Universidad de Zaragoza
Zaragoza, 26 de febrero de 1991
1. Datos de una historia reciente
3. ¿Nos conviene americanizarnos?
4. La difícil búsqueda de la unidad
5. Conclusión
Quiero, antes de nada, agradecer a los organizadores de este Curso Interfacultativo sobre Deontología Profesional en la Europa Comunitaria la invitación que me han hecho a participar en él. Pero, sobre todo, mi agradecimiento proviene del hecho de que hayan organizado el curso: creo que es un gran acierto llamar la atención del público general y de los futuros doctores sobre la importancia y significación de la Deontología profesional en el futuro de Europa.
Es este un esbozo muy preliminar de un tema de gran porte, que merece ser estudiado con profundidad y mucha reflexión. Son muchos los que, convencidos de que caminamos con firmeza hacia la unidad, dan por descontado que habrá en la Comunidad Europea una ética médica común, igual que habrá un sistema monetario común o un común código de circulación. Mientras que, por otro, son también muchos los escépticos ante la idea de una ética biomédica europea.
El panorama de la ética biomédica es, en Europa como en cualquier otro sitio, un fiel reflejo del pluralismo cultural, religioso y ético que hay entre, y dentro de, las sociedades de hoy, un panorama roto, donde la fragmentación es la regla y la recuperación de la unidad una empresa imposible o fútil. Porque unos edifican la Bioética según los sólidos y rígidos principios de la ley natural, y otros la construyen con los elementos ligeros y dúctiles del situacionismo, del utilitarismo o de las tácticas del consenso. Hay a todos los niveles -entre los que cultivan la Bioética académica, entre los textos de los Códigos deontológicos, entre las directrices de las organizaciones de la profesión médica-, posturas diferentes, tradiciones discordantes. Es tangible la disparidad de actitudes que proponen en un manual de Bioética, por ejemplo, un teólogo moral católico español y un filósofo secularista holandés, o la entre la política editorial de Medicina e Morale y la del Journal of Medical Ethics. Hay demasiada diversidad, demasiadas diferencias. La cuestión que se nos plantea ahora es, ¿el ideal de una Europa comunitaria cada vez más unida puede superar las tradiciones locales y puede ahora actuar de elemento unificante?
Pero, además de esa fragmentación debida a posturas tan divergentes acerca de los fines y medios morales de la Medicina, a diferencias doctrinales y de método, existen, en el campo de la ética médica, otros principios de diversidad: hay, tal como da a entender hablar de ética médica europea, divisiones geográficas. Se hablaba hasta ahora de éticas médicas ligadas a las grandes confesiones religiosas (ética médica católica, protestante, judía, musulmana) o a ciertas opciones filosóficas o políticas (ética médica liberal, secularista, marxista, budista). En menor medida, se ha hablado de las peculiaridades éticas que presentan ciertas tradiciones, culturales o médicas, de las sociedades primitivas y que, en fuerte contraste con las de las sociedades modernas, siguen perviviendo entre nosotros. El tema es muy interesante y es objeto de estudio por los que se dedican a la sociología comparada y a los aspectos folclóricos, transculturales de la Medicina.
Pero lo que nos interesa hoy aquí es la cuestión de si existe ya una ética biomédica genuinamente europea o, en caso contrario, si es posible su existencia.
Empecemos, pues, explorando el campo.
1. Datos de una historia reciente
Cuando se revisa la historia de la Deontología médica moderna, la que siguió a la segunda guerra mundial, se observa de inmediato que, frente a la tendencia espontánea a la diversificación y a la consagración de tradiciones locales, hay una constante tendencia a la unificación y a la universalización. Se camina hacia una ética médica universal. Y podemos decir con orgullo que fueron europeos el germen del que nació y la tierra en la que esa semilla fue plantada. Fueron europeos el pecado y la penitencia, pues a la convulsión que para la ética de la Medicina supuso el descubrimiento de los crímenes bioéticos de la Alemania nazi, siguió el primer gran documento bioético contemporáneo que fue la declaración de Nuremberg. Más aún, la Asociación Médica Mundial se constituye en suelo europeo, sobre las ruinas de la Association Professionelle Internationale des Médecins, que tuvo una existencia casi exclusivamente europea. En Londres, y ya en 1945, se tuvo una reunión informal preparatoria, de la que salió el proyecto de la Asociación Médica Mundial como foro internacional para iluminar el campo de la ética médica. La Primera Asamblea, constituyente, de la AMM se celebró en Ginebra en setiembre de 1947 y allí mismo, en setiembre de 1948, se adoptó la Declaración de Ginebra, en mi opinión el documento más trascendental de la ética médica contemporánea. En Londres, en 1949, se aprueba el Código Internacional de Ética Médica y en Europa se discutieron y aprobaron documentos de la envergadura de las Declaraciones de Helsinki, sobre experimentación biomédica en seres humanos; la de Lisboa, sobre los derechos de los pacientes; la de Venecia, sobre enfermedad terminal; las de Madrid, sobre eutanasia y sobre autonomía y autorregulación profesional.
Ciertamente, Europa ha jugado un papel decisivo en la actuación de la AMM, como factor de unificación y universalización de la ética médica. Hay que reconocer, sin embargo, que, desde mediados de los setenta, la Asociación Médica Mundial, por haber quedado bajo el dominio absoluto de la Asociación Médica Americana, se ha distanciado de Europa. No es hoy un motivo de orgullo europeo, sobre todo desde que, en 1983, se retiraron de ella las asociaciones médicas del Reino Unido, de los países escandinavos y de Holanda.
Si seguimos nuestra búsqueda de los elementos de una ética médica europea, observamos que han sido precisamente las asociaciones nacionales de médicos las que han ido creando entre nosotros, a través de sus Códigos de Ética y Deontología Médica o sus Códigos de Conducta profesional, lo más sustancial y típico de la producción deontológica europea. Habría que someter a examen todo ese abundante material para dilucidar si existe, o si es posible, un núcleo común al que se le pudiera denominar ética biomédica europea. Las dos grandes familias de Códigos -por decirlo de algún modo, la del derecho napoleónico y la de la common law, la norteña y la meridional- presentan grandes áreas de coincidencia y muchos elementos diversos son susceptibles de armonización, que podrían servir para constituir un primer conjunto de principios, reglas o criterios con los que empezar a construir una ética médica profesional europea.
Hay, además, un gran número de documentos, muy solemnes y potencialmente muy influyentes, que establecen las directrices para la práctica ética de la profesión en la Comunidad Europea. Tenemos, por un lado, la Declaración del Comité Permanente de los Médicos de la Comunidad Económica Europea acerca del Ejercicio de la Profesión en el seno de la Comunidad (Artículo 57-3 del Tratado de Roma), que fue adoptado en la reunión plenaria de Comité Permanente celebrada en Nuremberg en noviembre de 1967. Este documento básico, fundacional, ha sido completado y desarrollado, para cubrir un campo de enorme resonancia ética, por el Anexo aprobado en mayo de 1970 en Luxemburgo, relativo a las relaciones contractuales o estatutarias que, en cada uno de los países miembros, ligan a los médicos con los organismos que organizan los servicios nacionales de salud.
El mismo Comité Permanente, que actúa como mediador de la profesión médica ante los organismos comunitarios, ha publicado en los últimos años muchas normas que marcan los niveles de calidad de la práctica profesional. Asistimos en la Comunidad Europea a un continuado progreso deontológico, que tiende a acelerar su marcha a medida que se aproxima el momento de entrada en vigor del Acta Única.
No sólo se toman acuerdos para hacer frente común a problemas coyunturales y para preparar la transición de la práctica médica al mercado único. Se han emprendido proyectos más ambiciosos. Así, por ejemplo, a principios de 1987 y después de una trabajosa elaboración, la Conferencia Internacional de Órdenes Médicas aprobó en París, con el refrendo de las organizaciones médicas de los doce países de la Comunidad Europea, unos llamados Principios de Ética Médica Europea. La función atribuida a estos Principios, ciertamente bienintencionados pero tímidos y eclécticos o minimalistas, por la Conferencia Internacional es la de servir de pauta común a la que deberán adaptarse en el futuro los cambios que se vayan introduciendo en las regulaciones deontológicas de cada país miembro. En realidad, esos Principios son un híbrido entre un código breve y una declaración de principios. Más que ser el germen de una norma deontológica común, lo que esos Principios pretenden es evitar una mayor dispersión centrífuga entre las futuras versiones de los códigos de deontología o de conducta profesional de los países miembros.
A su vez, el Comité Permanente de los Médicos de la Comunidad Europea, a través sobre todo de su Subcomisión de Ética Médica, aunque no interesado en la creación de un Código de ética común para los países comunitarios, emite directrices y normas que contribuyen a armonizar entre los diferentes países los criterios sobre problemas ético-médicos, a poner algo de orden en el rompecabezas deontológico de Europa occidental.
No olvidemos, además, que, en el seno de la Comunidad Europea, aparte de las iniciativas que surgen de las organizaciones médicas, hay otras, y sumamente importantes, que proceden del campo político. La Comisión de la Comunidad Europea se ha ido haciendo poco a poco consciente de la importancia de incluir una evaluación ética en los grandes programas de investigación que promueve. Muchos miembros del Parlamento Europeo y del Consejo de Europa están muy vivamente interesados por los asuntos bioéticos y por las consecuencias que el progreso científico tiene para los ciudadanos y la sociedad. Por medio de Resoluciones, Directivas y Recomendaciones, de Informes y Documentos, de Comités ad hoc y Reuniones de Trabajo van creando criterios éticos y normas de acción. Y así, el Consejo de Europa, además de crear y animar un Comité ad-hoc para el estudio de los problemas bioéticos, se siente particularmente orgulloso de sus Resoluciones o Recomendaciones sobre los derechos de los pacientes y de los moribundos, sobre protección jurídica de las personas afectadas por trastornos mentales y su posible institucionalización, sobre armonización de la legislación sobre trasplantes, sobre rehabilitación de personas con minusvalías, sobre investigación con DNA recombinante, reproducción humana asistida, investigación médica sobre seres humanos, cribado genético, aspectos éticos del SIDA y sobre el uso de embriones y fetos humanos.
Hay, en especial, un mandato del Parlamento Europeo al Comité Permanente de los Médicos de la Comunidad para que proceda a la armonización de la Deontología profesional en el área comunitaria, al cual los médicos, sin que les falten sólidas razones, por proceder el mandato de una iniciativa políticamente muy radical, han hecho oídos sordos.
Está claro: muchos productos y muchos proyectos que andan por el mundo de la ética biomédica pueden ser designados como europeos: han sido producidos aquí, están destinados a ser consumidos entre nosotros. Los hay, incluso, que circulan oficialmente bajo la bandera azul de las doce estrellas, pues han sido dados a luz por alguno de los altos organismos europeos (Comisión de la Comunidad Europea, Parlamento Europeo, Consejo de Europa) y han alcanzado el rango de Resolución o Recomendación. No faltan, pues, datos y materiales fragmentarios para determinar si existe, al menos en embrión, una ética biomédica genuinamente europea.
Pero, ¿el contenido de esos documentos y proyectos es verdaderamente ético y, a la vez, genuinamente europeo? Esta pregunta nos obliga, antes de seguir adelante, a definir cuáles podrían ser los requisitos de genuinidad europea. No seré yo quien la conteste, aunque tengo la esperanza de que de nuestra discusión saldrá alguna luz. Este es un problema muy necesitado de estudio, de discusión, de tesis doctorales, de trabajo en equipo. No tengo noticia de que nadie, hasta ahora, haya intentado hacer una lista de esos requisitos. Y no simplemente porque nadie se haya propuesto determinar cuáles podrían ser los rasgos de una ética biomédica europea, para caracterizarla frente, por ejemplo, a la americana, sino porque nadie se ha planteado siquiera si conviene que exista una tal ética biomédica europea.
Tenemos en Europa, por ejemplo, una Asociación Europea de Institutos de Bioética, pero en ninguna de sus reuniones o publicaciones se ha planteado identificar la europeidad en ética biomédica. He hecho una búsqueda bibliográfica, con el desolador hallazgo de que, en lo que concierne a la reflexión teórica, no se ha publicado prácticamente nada sobre el particular. Hay informes sobre lo que ocurre, en la esfera de la Bioética, en cada uno de los países europeos, pero ni un solo informe sobre la Comunidad o sobre Europa en cuanto tal, como una unidad. En el último número de Medicina e Morale, Elio Sgreccia publica su discurso de apertura de curso en la Facultad de Medicina y Cirugía de la Universidad del Sacro Cuore, de Roma, titulado “El papel de la bioética en la formación del médico europeo”. En él, se plantea la estrecha conexión que existe, en Europa, entre Derechos humanos y bioética, revisa las iniciativas europeas en el campo de la bioética y concluye, no sin pesimismo, que caminamos hacia un futuro de ocaso de la ética personalista y a una implantación del “mínimo ético” en el que pudiera salvarse el “espíritu europeo”. Es un interesante proyecto, pero solitario.
Curiosamente, la búsqueda bibliográfica que hice tras lo genuinamente europeo en Deontología médica, me ha servido para constatar un hecho que, aunque vagamente intuido, se me muestra ahora como un dato confirmado y de una intensidad casi traumática: que, en el cultivo de la ética biomédica, Europa juega un papel de potencia de segundo orden. El liderazgo está en América. Puede incluso afirmarse que, en Bioética, Europa es una colonia americana.
A juzgar por el lugar de nacimiento de las ideas, por la procedencia de los autores que publican libros o artículos de revistas, por las ciudades donde se celebran las reuniones y congresos más influyentes, por la nacionalidad de los conferenciantes que son invitados a dar las lecciones clave en cursos o reuniones, la ética biomédica es una actividad primariamente americana. La materia prima y los productos terminados de la bibliografía éticomédica son géneros en su mayor parte “made in USA”. Quienes nos dedicamos al cultivo de la ética biomédica alimentamos nuestra mente con productos en gran parte importados de América, pensamos en gran medida según categorías americanas. La estructura estándar de los tratados y monografías de ética biomédica, hechos dentro y fuera del subcontinente americano, responde a un prototipo diseñado en los Estados Unidos. El lenguaje de la ética biomédica está plagado de préstamos y calcos del argot americano de la especialidad: aquí también las ideas siguen a las palabras, sobre todo cuando suenan a nuevo. Hay un mimetismo de lo americano muy difundido. De ordinario, el estilo, los temas y la discusión de los artículos publicados, la bibliografía citada, la exégesis de las sentencias judiciales, los principios bioéticos para el análisis de los problemas y la ulterior toma de decisiones, todo esto ha salido de los Departamentos de Bioética de las Escuelas de Medicina de los Estados Unidos y se ha enseñoreado de nosotros, nos ha colonizado. Y eso ocurre porque, en cuanto disciplina académica, la ética biomédica ha sido tomada en serio, mucho antes y con mayor intensidad, en los Estados Unidos que entre nosotros.
Voy a ofrecer un testimonio tangible de lo que vengo afirmando. Y es éste: el flujo de las ideas es unidireccional, es decir, las ideas viajan de América a Europa. He revisado los volúmenes correspondientes al quinquenio 1985-1989 de tres revistas de Bioética y Ética Médica de reconocido prestigio (una americana, el Hastings Center Report; una internacional, el Journal of Medicine and Philosophy; y una europea, el Journal of Medical Ethics) y he clasificado al autor principal de cada artículo, según su lugar de trabajo, en uno de tres grupos: americano (si la institución en que trabaja está situada en los Estados Unidos o Canadá), europeo (si en Europa, incluido Israel) y resto del mundo (si radica en países no comprendidos en los dos grupos anteriores). He excluido del recuento, aparte de las recensiones bibliográficas y las cartas al director, los artículos pertenecientes a suplementos o números especiales dedicados a dar cuenta del panorama bioético internacional, pues no son propiamente artículos de doctrina o investigación, sino sólo descriptivos. Los resultados de esa revisión hablan por sí mismos:
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Procedencia |
América |
Europa |
Resto |
|
Hastings Cent Rep |
348 |
3 |
9 |
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J Med Phil |
125 |
11 |
10 |
|
J Med Ethics |
40 |
156 |
14 |
|
Total |
513 |
180 |
33 |
En otras palabras, la contribución americana a la bibliografía bioética es casi tres veces mayor que la europea. Sucede, además, que mientras los trabajos de autores americanos suponen el 20% de los publicados en la revista europea, los trabajos de autores europeos aparecidos en la publicación americana importan menos del 4%, y en la internacional no llegan al 9%.
Todo esto podría interpretarse como una más de las manifestaciones del dominio americano en la investigación y aplicación de la ciencia en general, y en concreto de la Medicina. Al igual que la mayoría de los avances científicos y tecnológicos se gestan en los Estados Unidos y los aceptamos de buen grado, también en el campo de la Medicina y de la ética médica la Gran República nos precede a buena distancia y hemos de quedarnos con la que ellos producen y nos ofrecen. Del mismo modo que importamos de América nuevos fármacos y más eficientes instrumentos y tecnologías; lo mismo que, para estar al día, consultamos libros y revistas que nos vienen del otro lado del Atlántico, no podemos extrañarnos de que estemos también siguiendo los dictados de la influyente ética biomédica americana.
3. ¿Nos conviene americanizarnos?
Esta situación de dependencia es aquí bien llevada por todos: no parece ni irritante ni siquiera incómoda. En fin de cuentas, ellos y nosotros pertenecemos a la misma cultura occidental y la adaptación a sus costumbres, la americanización de la ética, no parece inquietar a nadie. Podríamos seguir sometidos indefinidamente a este proceso de igualación osmótica.
Pero ocurre que entre su sociedad y la nuestra hay marcadas disparidades. Entre la manera de profesar la Medicina que tienen los médicos americanos y la que tienen nuestros médicos se dan diferencias marcadas, no en cuanto al contenido científico o a las técnicas, sino en la dimensión social. Hay marcadas desemejanzas entre lo que nuestros enfermos esperan de sus médicos y lo que los pacientes americanos esperan de los suyos. Para ilustrar este punto nos conviene considerar un par de ejemplos cargados de significación ética: la autonomía hipertrofiada del paciente americano y el papel sofocante que el derecho está jugando en la configuración de la ética biomédica en Estados Unidos.
La hipertrofia de la autonomía del paciente
En Europa, casi la totalidad de la población disfruta de Seguro de Enfermedad. La Medicina está ampliamente socializada y, aunque varían mucho de un país a otro los modelos de estructura y funcionamiento de los respectivos Sistemas Nacionales de Salud, el médico suele trabajar en régimen asalariado o en estrecha vinculación con tales Sistemas. Aunque puede tener, y de hecho tiene, problemas con los organismos gestores del correspondiente servicio nacional de salud, puede casi siempre decidir con ecuanimidad el tipo de tratamiento que da a su paciente y puede permanecer hasta cierto punto indiferente ante cuales puedan ser los resultados de sus intervenciones, pues no le va en ello ninguna ventaja económica. En Europa, la Medicina es predominantemente una profesión de servicio, no de resultados. Esto no genera, per se, indiferencia o descuido, al menos en lo que se refiere a la atención primaria, pues la relación médico-enfermo puede alcanzar un alto grado de permanencia y familiaridad. Es el médico quien suele determinar el grado de atención médica que el paciente ha de recibir, y lo hace unas veces según un patrón paternalista y autoritario, a la vieja usanza, preferido todavía por la mayoría de los pacientes europeos y sus familias, y, otras veces, obteniendo el consentimiento informado del paciente, tal como lo recomienda la postura más moderna y congruente con la mentalidad de los derechos de los enfermos.
En América, el médico suele ser su propio empresario. Aunque la preocupación por proporcionar acceso a todos a una Medicina de calidad es allí cada vez mayor, sucede todavía que las transacciones económicas juegan un papel demasiado prevalente en la relación médico-enfermo. Hay allí, por ello, increíbles bolsas de pobreza médica, de la que forman parte más de 30 millones de americanos que carecen de cualquier forma de seguro médico. En América, el médico es mucho más dependiente que su colega europeo del “éxito” que logre entre su clientela, de los resultados de su actuación. Si quiere ganar enfermos ha de ofrecer más seguridades o más ventajas económicas que sus colegas, ha de competir con ellos, para lo que a veces se acude a niveles de publicidad que, entre nosotros, resultan escandalosos. Todavía, en 1980, las Opiniones Vigentes del Consejo Judicial de la Asociación Médica Americana, ofrecía el siguiente comentario: “No sólo es ética, sino que debe recomendarse, la competencia entre médicos y entre médicos y otros profesionales de la salud cuando se basa en factores tales como la calidad de los servicios, la habilidad, los resultados obtenidos, la experiencia y otras ventajas ofrecidas a los pacientes, tales como pago a plazos, cuantía de los honorarios, etc.” El médico ya no presta servicios, garantiza resultados. Y esto trastorna de modo radical el ethos de la profesión. La relación médico-enfermo, si los resultados esperados no se producen, se vuelve frágil y, lo que es peor, amenazadora. La necesidad de ofrecer más que los otros colegas, de satisfacer las expectativas del paciente, de hacer un trabajo que guarde proporción con el elevado precio que se exige por él, de alcanzar los resultados, si no garantizados, prometidos, ha hecho que la relación médico-enfermo se haya vuelto en los Estados Unidos muy tensa y exigente. Además, la necesidad de evitar a toda costa cualquier demanda judicial por negligencia o por error le ha dado un sesgo antagónico, potencialmente litigioso. Ha llevado, por un lado, al desarrollo de la Medicina defensiva: el médico quiere cubrirse las espaldas ante cualquier posible acusación de negligencia o incompetencia y recurre muchas veces a lo que, entre nosotros, sería calificado de encarnizamiento diagnóstico. Para amansar al paciente y hacerle partícipe en la responsabilidad de las consecuencias indeseadas, el médico le incorpora al proceso de toma de decisiones, le concede un ilimitado crédito de autonomía y se pliega a cumplir su voluntad. La consecuencia a breve plazo es convertir al paciente en un consumidor que escoge una de las diferentes prestaciones que el médico le oferta. El médico mismo se convierte a sí mismo en un proveedor que recibe y ejecuta encargos: es la Medicina del deseo, la Medicina por demanda: del aborto sin razón médica, de la esterilización hedonista, de la administración de hormona de crecimiento para que los padres se enorgullezcan de la talla alta de sus hijos, de la cirugía estética y la medicina cosmética, o de la gratificación psicofarmacológica.
En resumen: En Europa, en general, el paciente acude confiado a su médico. Espera de él competencia y buen trato, pero tiene una amplia tolerancia para con las deficiencias del sistema público de salud y comprensión para los eventuales errores del médico o del sistema sanitario. Todavía se conserva la idea de que el médico es un ser humano, que puede equivocarse. En América, el paciente considera que a cambio del dinero que paga le corresponde el derecho a elegir la calidad y las características de la “mercancía” que desea obtener. En el contexto éticomédico, el paciente americano acude a su doctor armado de una autonomía que, juzgada a nivel europeo, parece arrogante.
La ética biomédica de la relación médico-paciente es, pues, muy desemejante a un lado y otro del Atlántico. No podemos olvidar que el ethos de la profesión está determinado en gran medida por las decisiones profesionales que se tomen sobre asuntos en apariencia periféricos o poco relevantes, tales como los relacionados con la cuantía y significación de los honorarios profesionales, el monto de las primas de seguros de responsabilidad civil, la publicidad para ganar clientes, la concesión al consumidor de poderes discrecionales para obtener “Medicina por demanda” o la aceptación del riesgo que conllevan las conquistas del progreso diagnóstico y terapéutico.
No deberíamos en Europa sacrificar el tesoro de la solidaridad social en aras del autonomismo duro del paciente, ni trocar nuestra noción de la Medicina como servicio al hombre por la de la Medicina como mercancía, que deja económicamente satisfecho al médico y éticamente vencedor al consumidor. Hay aquí una gran tarea de reflexión para fundamentar las tradiciones de nuestro modo de concebir la Medicina y traducirlas a normas operativas. Es por eso por lo que hemos de seguir con interés expectante el experimento británico de la reprivatización y empresarización del National Health Service.
El derecho como definidor de la ética biomédica
Según la interpretación más difundida, es parte nuclear del concepto de profesión la idea de que los miembros de ella quedan éticamente obligados por un compromiso mutuo a garantizar la calidad moral y técnica de sus servicios. Así pues, forma parte del “contrato social” establecido entre la sociedad y las profesiones que éstas tienen que autorregularse y que esta autorregulación no se establece para ventaja propia, sino para beneficio de la sociedad. Los Códigos de Deontología o de Conducta Profesional son la respuesta que las organizaciones profesionales dan a esa exigencia pública.
La historia de la autonomía y de la autorregulación profesional se ha visto inquietada con frecuencia por las intervenciones judiciales. Es lógico que, si algún profesional falta a su compromiso social, si quebranta sus obligaciones éticas, debe ser sometido prontamente a un procedimiento disciplinario por parte de la Organización médica competente. Si su conducta equivaliera a una falta o delito previsto en la ley, la autoridad judicial deberá intervenir y podrá desposeerle temporal o permanentemente del ejercicio profesional. Esta intervención judicial está plenamente justificada: el médico es un ciudadano corriente sujeto, como los demás, a las leyes comunes del país.
Puede ocurrir también, y de hecho así ha sucedido, que, para promover cambios radicales del modelo de sociedad o de la función que los médicos desempeñan en ella, el poder judicial intervenga con sus sentencias, o que el poder político lo haga con su legislación. Estas intervenciones externas pueden, según su rango, aniquilar o modificar sectores más o menos grandes de la ética profesional.
La interferencia de los jueces y legisladores con la práctica y la ética de la Medicina es un fenómeno universal, pero en los Estados Unidos ha alcanzado una extensión y una profundidad sin paralelo. Constituye un antecedente que hemos de observar con mucha cautela.
Los revolucionarios avances científicos de la Medicina, su incidencia en capas cada vez más profundas de la vida y de la conducta humanas, el costo económico masivo que en las sociedades avanzadas ha alcanzado la salud: todo esto provoca primero la curiosidad admirada de las gentes de la calle y de los políticos, de los economistas y de los hombres de leyes. Pero, muy pronto, la admiración se cambia en incertidumbre o sospecha, pues es inevitable preguntarse qué se va a hacer con esos avances, o cómo se va a gastar tanto dinero. Nace así el interés público por la ética biomédica, que no es un interés teórico y contemplativo, sino instrumental y utilitario. La Bioética no les interesa en sí misma: les interesa para hacer política, para crear derecho. La ética biomédica es, desde un punto de vista sociológico, la especie inteligible que hace accesible ciencia biomédica a los no expertos, lo que permite a la gente corriente opinar sobre los complejos progresos de la Medicina. Y, en último término, es gracias a la Bioética como los periodistas, los políticos y los jueces pueden entrar en la crítica y regulación de la Medicina.
La ética médica americana no viene definida sólo por los siete Principios de Ética Médica de la Asociación Médica Americana ni por las Opiniones Vigentes del Consejo de Asuntos Éticos y Judiciales de la misma Asociación, sino, y sobre todo, por las sentencias de la Corte Suprema de la nación o de los Tribunales de los Estados. La sumisión de la ética a la Ley es prácticamente absoluta. En el epígrafe 1.02 de la Opiniones Vigentes (1989), se dice acerca de las relaciones del Derecho y la ética: “Las normas éticas de conducta y responsabilidad profesionales pueden exceder, pero nunca pueden ser menos que, o contrarias a, las exigidas por la ley”. Se impide así a los médicos tener una conducta ética e ilegal, como son la de negarse a declarar ante un tribunal sobre un asunto confidencial que, en conciencia, estiman que no puede ser revelado u objetar en conciencia ante ciertas operaciones médicas impuestas por el sistema judicial (ejecución de la pena capital, esterilización eugénica o penal).
De hecho, las sentencias judiciales (desde la de Roe vs Wade, sobre el aborto, hasta la de Cruzan vs. Director, Departamento de Salud de Missouri, sobre alimentación de pacientes en estado vegetativo crónico) no son sólo sentencias judiciales: son pequeños tratados de ética, donde se establecen conclusiones morales que adquieren rango de precepto legal, que consagran derechos exigibles delante del médico. La ética biomédica no es creada o desarrollada por el organismo profesional. Los jueces se encargan de ello con celo creciente.
Empezamos nosotros a experimentar este mismo proceso: las legislaciones sobre aborto o esterilización, sobre trasplantes, sobre reproducción asistida, están teñidas de opciones éticas. Imponen al médico y a la profesión, bajo capa de una minimalista ética civil, un inevitable sometimiento a ciertas opciones morales.
4. La difícil búsqueda de la unidad
A mi modo de ver, el factor que más contribuye a que sea tan escaso el empeño por buscar los rasgos de identidad europea para la ética biomédica consiste en que, en Europa, tanto el médico individual, como la profesión en su conjunto, han sido sometidos a un largo proceso de debilitación de la personalidad, de depauperación ética. En España, y lo mismo ocurre, aunque en menor medida, en algunos otros países comunitarios, no se da a los estudiantes de Medicina ni a los jóvenes graduados una enseñanza seria y formativa de ética biomédica. Las administraciones públicas parecen haber llegado a la pesimista conclusión de que cuanto más pobre e inarticulada sea la capacidad de juicio ético de los médicos, más fácil es someterlos a las políticas ministeriales de racionamiento de servicios y de utilitarismo social.
Además, las Organizaciones profesionales agotan sus energías en la lucha por mejorar las condiciones laborales y salariales de los médicos y desatienden otras tareas fundamentales en el campo de la ética biomédica, como son la educación éticomédica continuada y la aplicación, templada pero firme, de la disciplina profesional. En esta situación, es lógico que una empresa de proporciones continentales, cual es la armonización de la ética biomédica en el seno de la Comunidad Europea, quede pospuesta.
Voy a mostrar una prueba bien reciente de ello. En la última reunión de la Subcomisión de Ética del Comité Permanente de los médicos de la CE, celebrada el mes pasado en Barcelona, planteé, como un ejercicio de armonización, la conveniencia de tomar una postura concordante entre las Asociaciones Médicas de la Comunidad acerca de la huelga de hambre. No hacía mucho, el tema había alcanzado en España una actualidad dramática. En septiembre de 1989 se había aprobado por la Asamblea plenaria del Comité Permanente la llamada Declaración de Madrid, sobre Ética Médica y Tortura. En ella se instaba a las Organizaciones nacionales que no lo hubieran hecho a ratificar la Declaración de Tokyo de la Asociación Médica Mundial sobre la participación del médico en la tortura y otros tratamientos inhumanos, crueles o degradantes. En el Preámbulo y en 5 artículos de la Declaración de Tokyo se contiene una excelente doctrina, compartida por todos los médicos civilizados, sobre el rechazo de toda intervención del médico en la tortura. Sin embargo, hay en la Declaración un artículo sobre la conducta del médico ante el preso que rechaza alimentarse. Se establecen en él las obligaciones del médico, que consisten en informar al preso sobre las consecuencias médicas de la huelga de hambre; de comprobar, con la colaboración de un colega, que el preso ha tomado su decisión de modo consciente y debidamente informado acerca de las consecuencias de la continuación de su conducta, y, finalmente, de respetar hasta el fin la voluntad del huelguista. El médico no puede forzar al preso a alimentarse.
El texto de la Declaración de Tokyo fue propuesto a la Asociación Médica Mundial por la Asociación Médica Británica que, lógicamente, patrocina ese modo de actuar entre sus asociados. La Orden de los Médicos de Portugal y la Asociación Médica Danesa siguen esos mismos criterios. Pero en los Códigos de Deontología Médica de Italia, España y Francia, por ejemplo, se establece, con leves diferencias de matiz, que el médico debe informar al preso que se abstiene de alimentarse, que debe ponerse constantemente a su disposición para cuidarle, y que procederá a hospitalizarle y realimentarle en el momento en que su vida o su salud queden seriamente amenazadas. Prevalece, en este conflicto de deberes, el de respetar y preservar la vida, sobre el obsequiar la autonomía. Esa me parece una solución más “europea” que su contraria.
Yo quise conocer las opiniones de mis colegas europeos acerca de una y otra solución: bien la aceptación por todos de la doctrina de Tokyo y la necesidad de modificar los códigos disidentes, bien su rechazo y la consiguiente armonización de los Códigos consagrando la función bifásica del médico: respetar, mientras sea posible, la actitud del huelguista de hambre y tratarle en el momento en que a juicio del médico su vida o su salud entran en serio peligro.
La reacción de la Subcomisión de ética, después de una prolongada deliberación, fue la de no tocar la Declaración de Madrid y dejar a cada Organización Médica nacional la responsabilidad de adaptar o no adaptar su Código de deontología a lo que en la declaración de Tokyo se establece sobre el particular. Se reiteró por algunos de los miembros de la Comisión de Ética que no interesa por ahora una Deontología médica concordada para la Europa comunitaria.
En resumen: no parece que haya una intención sincera de crear una base deontológica común que podría ser el primer paso para una ética biomédica europea. Hay en el fondo de esta actitud renuente una obvia intención defensiva: la diversidad deontológica ha de conservarse no sólo en obsequio de las tradiciones médicas locales, determinadas por el pasado religioso, jurídico y profesional, sino como un útil laberinto que facilitará la defensa de los intereses profesionales ante el poder político de las instituciones supranacionales.
La ética biomédica no es asunto sólo de médicos. En su gestación y justificación han de intervenir también teólogos, filósofos, juristas y gentes de la calle, sobre todo si han estado enfermos o han estado al lado de enfermos. Pero, tengo la impresión, de que el poder de médicos y enfermos ha crecido tanto que la ética biomédica ya no es un asunto que pueda dejar de ser examinado públicamente, dadas sus incalculables consecuencias públicas. Lo que es sumamente importante, pensando en el futuro de Europa, es que no deje de ser ética, y ética inspiradora de una elevación moral del médico y de su paciente, de los Ministerios de Salud y de la Organización profesional. Lo que no sería bueno es que la ética biomédica europea fuera algo imitado de ese híbrido entre ética biomédica y derecho que, con demasiada frecuencia nos llega de América; o que el Código comunitario de Deontología médica fuese una especie de Código de Comercio para regular la circulación y la compra-venta de Medicina consumista.
La ética biomédica es, radical e inevitablemente, ética. Esto no deberían olvidarlo los políticos. Y, reconociendo que los escollos son muchos, dentro y fuera de la profesión, hemos de reconocer que hay razones para la esperanza.
El pasado diciembre en Estrasburgo, en el Primer Simposio Internacional de Bioética, organizado por el Consejo de Europa, la Señora Lalumière, Secretaria General de aquella alta institución, se expresaba así en su saludo a los que participábamos:
“...(El Consejo de Europa es interpelado)... en tres planos: primero en el plano de los derechos humanos. De modo indiscutible, la bioética tiene que ver con los derechos del hombre: dónde comienza, donde se termina la persona humana, cuál es la significación del derecho fundamental a la vida, considerado respectivamente desde el punto de vista de los padres y desde el punto de vista del niño; cuál es la significación del derecho al respeto de la integridad física, del derecho a la autodeterminación de cada individuo. He ahí, entre otras, algunas cuestiones que conciernen de cerca a los derechos humanos.
Somos interpelados también en el plano de la democracia. ¿Cuál es el mejor método, el mejor procedimiento para llegar a un consenso sobre las cuestiones biomédicas o, al menos -ya que no es nada fácil llegar a un acuerdo consensuado- para llegar a una solución socialmente aceptable, aun cuando no se haga por unanimidad? Esto plantea, como se ve, problemas de procedimiento democrático. ¿Cómo hacerlo?
Finalmente, se nos interpela a nivel de la producción de derecho. ¿Debemos limitarnos, en estas materias, a aplicar el derecho existente o, porque se trata de materias nuevas y de nuevos problemas, debemos elaborar un nuevo derecho?”
Hasta aquí la cita de Mme. Lalumière. Sólo deseo añadir que todos debemos sentirnos interpelados por la necesidad de dotar a Europa de una Ética biomédica que esté a la altura de su tradición cristiana y de su respeto por las libertades y la dignidad de todos sus ciudadanos, en especial, de la dignidad y libertad de sus enfermos y de sus médicos.
Muchas gracias.