El hijo, ¿don o producto?

El hijo, ¿don o producto?

Gonzalo Herranz, Departamento de Bioética, Universidad de Navarra 
Ponencia en Primer Congreso Internacional por la Vida y la Familia
Corporación Movimiento Anónimo por la Vida/Human Life International
Pontificia Universidad Católica, Santiago, Chile
Sábado, 20 de agosto de 1994, 9:00 y 15:00 h.

Índice

Introducción

Los dos modelos: caracterización general

Consecuencias generales de uno y otro modelo

El modelo productor-producto y la práctica de la Medicina

Investigación y modelo productor-producto

Reducción selectiva

La llamada clonación

La verdadera respuesta de la Medicina

La verdadera respuesta de padres y médicos: tener al hijo como un don

Introducción

En los tres últimos decenios, nos lo están mostrando claramente las conferencias y discusiones de este Congreso, la familia ha experimentado cambios antes inimaginables: la cultura antivida la ha convertido en su primera y principal víctima. Hemos de defender la familia en este tiempo de crisis. Y hemos de hacerlo con el corazón y la cabeza.

Por eso, voy a tratar de ofrecerles en esta conferencia algunas consideraciones sobre un aspecto que se me antoja de mucho interés: un análisis de dos modos polares, antitéticos, de considerar la relación entre padres e hijos. No se trata de una cuestión periférica. Esos modos de relación constituyen la médula misma de la estructura y función de la familia, y tienen también mucho que ver con lo más central del respeto a la vida humana.

En esos tres últimos decenios, en grandes sectores de algunas sociedades humanas, se ha transmutado el paradigma clásico del hijo recibido de Dios, dominante en la tradición cristiana y, en general, en la de las culturas con una concepción religiosa del mundo y de la vida humana. En la nueva situación, secularista y reductiva, no es Dios quien llama a cada hombre a la existencia, sino que es el hombre mismo quien hace al hijo, quien lo produce. Y, como recapitulando a la contra, el relato del Génesis, en el nuevo paradigma, el hombre vuelve a sucumbir a la original tentación del seréis como dioses: el hombre y la mujer modernos fabrican a sus hijos a su propia imagen y semejanza.

El tema sobre el que vamos a reflexionar es una faceta más de ese complejo de cambios al que estamos asistiendo y del que hemos de ser protagonistas, a través del cual el mundo se va dividiendo en dos civilizaciones. A ellas se refiere Juan Pablo II muchas veces, pero lo ha hecho con mucha claridad en su Carta a las Familias. Con una aguda visión histórica y mucha compasión, el Papa nos habla de una civilización del amor y de la vida, que se desarrolla sobre la comprensión del misterio del hombre tal como es revelado por Cristo: de esa civilización, la familia es el corazón y el centro. Nos habla también el Papa de otra civilización: la del desarraigo y de la muerte, nacida de la crisis moderna de la verdad, de la pérdida de los conceptos civilizadores de amor, libertad, verdad, persona, derechos, entrega sincera, que son los valores sobre los que se cimienta la dignidad humana. Una anticivilización destructora se enfrenta a la civilización del amor.

En la civilización del amor, aunque el hijo es procreado por los padres, es, en realidad, creado por Dios: es un don que Dios concede, un regalo que Él envía. En la transmisión de la vida humana, el padre y la madre juegan un papel decisivo, pero instrumental. En los brazos del padre, en el regazo de la madre, y más tarde, en la vida familiar, el hijo se presenta como un milagro inmerecido, como un misterio de vida, que no es explicable por la simple fisiología reproductiva o la psicología evolutiva, pues en él se refleja la imago Dei.

Según la civilización del desarraigo, el hijo es el resultado de una programación genética, de una función meramente biológica, de un acto calculado de dominio, de ejercicio de la libertad reproductiva autónoma. Los hijos son hechura del hombre, un producto explicable por las leyes de la biología y la genética. Los hijos se tienen o no se tienen, según su deseo soberano y su dominio técnico sobre los procesos reproductivos. Y, si se tienen, se tienen de quien se elige, del modo que uno elige, en el número y el momento en que autocráticamente se decide. Para ello, está la nueva ciencia de la Biología reproductiva.

La expansión a nivel global del nuevo paradigma, de la civilización del desarraigo, ha sido el resultado de un proceso histórico de duración relativamente corta, que comenzó con la implantación, en amplios sectores de la sociedad, de la contracepción y la esterilización, continuó con el aborto, se realiza con el desarrollo de las técnicas de reproducción asistida, y culminará el día en que la manipulación de las diferentes fases del desarrollo prenatal y las aplicaciones mejorativas de la nueva genética permitan producir niños a la carta. El creciente control médico sobre la concepción y la gestación ha creado las oportunidades para realizar las decisiones de las parejas acerca de cómo, cuándo y en qué número se tienen los hijos. Y, al parecer, hay muchos médicos y mucha gente que están dispuestos a llevar adelante el proceso que convierta a los hombres, realizando la profecía cartesiana, en dueños y posesores absolutos de sus propios hijos.

Los dos modelos: caracterización general

En los párrafos que siguen me inspiraré en parte de unas ideas que sobre los dos paradigmas básicos de las relaciones paterno-filiales han desarrollado Luke Gormally y Agnetta Sutton, investigadores del Linacre Centre de Londres, el centro de Bioética de la Conferencia Episcopal de Inglaterra y Gales. Diseñaron estos dos modelos, el de receptor-don y el de productor-producto, como un instrumento heurístico para estudiar las leyes de los estados y las normas de los cuerpos profesionales sobre la reproducción asistida y las aplicaciones de la nueva Genética, vigentes en la Comunidad Europea. Es indudable que esos modelos son en parte teóricos, no están todavía presentes o han dejado de estar enraizados totalmente en la vida ordinaria de las familias. Pero contienen implicaciones normativas críticamente dispares, y fundamentales a la hora de legislar o de promulgar directrices profesionales. Y su influencia será decisiva en el futuro.

Según el primer modelo, el de receptor-don, los hijos poseen la misma dignidad que los padres, son sus iguales en derechos y prerrogativas. Los padres son responsables delante de Dios e instrumentos de los que se sirve Su Fuerza y Amor creadores. Los hijos, ya sean esperados con impaciencia, ya lleguen cuando no se esperaban; sean normales o presenten alguna malformación, han de ser aceptados incondicionalmente por los padres. Ese carácter incondicional no impide lógicamente la aplicación de técnicas diagnósticas y terapéuticas que ayuden a curar, o a aliviar al máximo, dentro del respeto a la vida humana naciente y a la dignidad de la procreación, tanto la esterilidad como la enfermedad congénita. Pero básicamente la actitud del receptor es de respeto agradecido ante la novedad, siempre asombrosa, de una nueva vida humana. Y de reconocimiento de las dilatadísimas posibilidades humanas latentes en la esterilidad conyugal o de la vida malformada.

Según el modelo segundo, el de productor-producto, los padres han de ejercer el máximo control sobre los hijos que ellos producen. No sólo viene esta actitud determinada por las oportunidades que la ciencia ha puesto en manos de los hombres para regular el número, la calidad, y las características de su descendencia, sino que, en la lógica de la producción, el máximo de intervención viene a significar el máximo de humanidad y de excelencia ética.
John Fletcher, el padre de la ética situacionista, en un artículo revelador, escrito al comienzo de los años 70, cuando la fecundación in vitro estaba todavía en una incipiente fase experimental, describía así la pretendida dignidad ética del modelo productor-producto:

El hombre es más faber que sapiens: esto es, es más hacedor, más diseñador, más amigo de montajes. Cuanto más racionalmente proyectado es algo, es decir, cuanto más deliberadamente artificial, tanto más humano es. Es absurda, por ello, cualquier tentativa de representar como antinómicas la reproducción biológica natural, por una parte, y la reproducción artificial y programada, por otra. La única diferencia realmente importante es la que hay en general entre la reproducción al azar o meramente casual, y la reproducción racionalmente querida, escogida, diseñada. En mi opinión, la reproducción de laboratorio es, en comparación con la concepción obtenida en una ordinaria relación heterosexual, radicalmente más humana. Porque aquélla, la artificial, es resultado de una elección, de un control, de una búsqueda deliberada: y todos estos rasgos son los que distinguen al Homo faber de los demás miembros del reino animal. La reproducción genital es, por ello, menos humana que la de laboratorio: es más divertida, ciertamente, pero cuando el hombre separa la producción de niños de las azarosas complejidades de hacer el amor, ambas operaciones, hacer niños y hacer el amor, se hacen más humanas, porque se convierten en asuntos, no de casualidad, sino de elección”.

Consecuencias generales de uno y otro modelo

En los términos del modelo receptor-don, el ser humano es considerado en todas las fases de su existencia como un ser igual en dignidad a sus padres. Es aceptado desde el primer momento de su existencia como el ser humano, el individuo, que es ya. Nunca será ya más humano de lo que lo es en el primer instante de su existencia. Él recapitula en su desarrollo inicial los mismos estadios por los que discurrió la existencia de sus mismos padres, de cada uno de los otros hombres. Es, pues, uno de nosotros, con quien estamos plenamente identificados. Las relaciones de los progenitores-receptores con el hijo-don son de respeto, aceptación, y acogida: es carne de su carne, un verdadero alter ego. Se da entre padres e hijos una perfecta simetría de dignidad y valor moral.

En el modelo Productor-producto, por contraste, el ser humano no es engendrado, sino producido. No es plenamente hombre desde el principio, sino que se va desarrollando para llegar a serlo. Se le considera, en los pasos iniciales de su desarrollo, como algo relativo: su dimensión fundamental no es lo que él es o pueda ser en sí, sino lo que de él piensan sus padres: éstos pueden exigir el cumplimiento de ciertos requisitos como condición ineludible para aceptarle, para reconocerle como su igual en dignidad, para conferirle igualdad de derechos. Dentro de esta perspectiva, las relaciones entre progenitores-productores e hijo-producto implican las posibilidades de escoger, de aceptar o rechazar, de seleccionar y manipular. Hay una asimetría de poder-sumisión entre el artífice y el objeto que por él es fabricado.

En consecuencia, la dinámica de la producción, tal como se ejerce en el mundo económico-industrial, se inserta en las relaciones entre padres e hijos, y, por extensión, en todas las relaciones humanas.

Un aspecto importante de esa dinámica es el siguiente: la relación no sólo se ejerce hacia afuera, verticalmente, en la dirección de productor a producto, de padre-dueño a hijo-posesión. El productor experimenta también un cambio hacia adentro, intrínseco y reflejo, que incide sobre lo que el productor piensa de sí mismo, en lo que la humanidad termina por estimar de sí misma. Pasa algo parecido, me parece, a lo que Charlie Chaplin nos cuenta en Tiempos Modernos. El obrero de la cadena de montaje no sólo se aplica a apretar tuercas, sino que queda poseído de un tic de apretador de tuercas que persiste fuera del trabajo.

Trataré de explicarme: El ejercicio de la capacidad de escoger en cosas fundamentales no sólo tiene consecuencias para aquellos que quedan afectados por nuestra elección (el feto abortado, el hijo artificial resultado de donación de gametos, por ejemplo), sino que determinan de modo muy fuerte las actitudes y disposiciones de quien ha escogido. Los padres que deciden qué se hace con sus hijos-embriones in vitro (si los conservan, los donan, los ceden a un investigador o los destruyen), o los que consideran si acuden o no al aborto, es decir, los que tratan a sus hijos embrio-fetales como si fueran cosas, meros objetos, como un producto, no como a un ser humano, quedan marcados para el resto de sus vidas por actitudes y disposiciones contradictorias. El amor que puedan tener a sus hijos podrá ser un amor posesivo, incluso obsesivo. Pero será siempre un amor egoísta, condicionado, narcisista. Un padre así no quiere a sus hijos por lo que ellos son en sí mismos, sino por lo que para él representan.

Se puede argüir que, en el modelo productor-producto, llega un momento del desarrollo en que, agotados, por ejemplo, los plazos legales para abortar, los padres deciden aceptar al hijo, concederle el reconocimiento de plenitud humana, de dignidad personal, que es propio de los seres humanos acogidos en la sociedad. Pero una cosa está clara: la mera posibilidad de que antes dispusieron de decidirse por la vida o la muerte, por la producción o no-producción, por la aceptación de un defecto o por la exigencia de un mínimo de calidad, queda para siempre fijada en sus almas. Nunca dejarán de sentirse dueños de sus hijos.

n este escenario de la civilización del desarraigo, no sucede sólo, con ser lo más grave, que Dios ha desaparecido del encargo de crecer y multiplicarse, ya que no hay referencia alguna trascendente a la acción humana de transmitir la vida. El modelo productor-producto empobrece de modo difícil de ponderar las relaciones paterno-filiales. Cuando se estudian los artículos publicados sobre la psicología relacional de padres y niños-probeta, se puede observar como el modelo productor-producto es muy difícilmente tolerable. Tiene, para bastantes padres, una vigencia breve, pues resulta incompatible con el amor auténtico de los padres por sus hijos. Los padres tienden a desarrollar con el tiempo una especie de compromiso, que coloca en el punto ciego de la retina moral, la relación productor-producto, y la sustituye por las coordenadas psicológicas del modelo receptor-don. Pero, para muchos otros, el hijo se presenta bajo la forma del hijo no deseado, con toda la patología familiar que le es inherente, de desamor, de malos tratos, de abuso infantil.

Se sigue así por muchos padres una especie de ley psicológica de plazos: a la fase de carencia de protección legal del no nacido, de indeterminación y de dudas de los padres acerca de si acoger o rechazar, corresponde una actitud productor-producto, que priva al hijo de significación moral. Tras esa fase inicial, indeterminada, una vez que los padres han escogido como dueños del destino del hijo aceptarlo, se pasa a la relación receptor-regalo, y el hijo es recibido como un regalo, según los casos, de la tecnología reproductiva, de la capacidad de escoger.

El modelo productor-producto y la práctica de la Medicina

Aunque en nuestra sociedad se habla constantemente de no discriminación, de igualdad de derechos, de abolición de abusos, hay leyes, como la española de reproducción asistida, que, al conferir valor jurídico a la fantasiosa noción de pre-embrión, confinan a un apartheid de no-humanidad a un subgrupo de seres humanos. Los legisladores han establecido que basta llamarle pre-embriones para que se volatilice ante la sociedad su densa complexión humana.

Es grave que en ese error hayan querido incurrir deliberadamente los mismos legisladores, que, de acuerdo con las normas constitucionales, están obligados a reconocer y proclaman públicamente que todos somos iguales ante la ley. No han tenido escrúpulos en recurrir a esa terminología trucada para que puedan existir en nuestra sociedad relaciones entre seres humanos que responden a las categorías de productor-producto, o de dueño-objeto poseído.

Pero a mí me da mucho más dolor ver que, en el campo de la Embriología humana, algunos autores de renombre han sucumbido a la tentación de parecer modernos y avanzados y han introducido esa terminología ficticia, artificial, en sus excelentes libros de texto. Dianne N. Irving ha publicado recientemente, en el Linacre Quarterly, un artículo muy crítico titulado Textos de Embriología para los Nuevos Tiempos: Implicaciones para la Investigación fetal.

La mentalidad productor-producto no está sólo en los textos legales o en los libros de Embriología. La mentalidad productor-producto está tan extendida entre los médicos como entre la gente común: está en la conducta de los médicos que aconsejan la contracepción y se prestan a practicar la esterilización y el aborto, para permitir a sus clientes sólo los hijos deseados. La mentalidad productor-producto alcanza su máximo de eficiencia en los programas neomalthusianos de control demográfico, que cuenta con médicos-funcionarios dispuestos a ejercer la coacción reproductiva, o con profesores de Medicina que incluyen, entre los requisitos imprescindibles para conceder la suficiencia académica y profesional, la ciencia y la práctica de la contracepción y el aborto. El furor neomalthusiano no reconoce el derecho a objetar en conciencia: la prescripción de contraceptivos, la inserción de DIUs, la práctica del aborto, forman parte del ceremonial de iniciación del médico al servicio del paradigma productor-producto. El médico -lo veremos con ocasión de la Conferencia de El Cairo el próximo septiembre- quedará servilmente a disposición de las autoridades sanitarias para imponer a los padres el número de hijos (¿uno?, ¿dos?, ¿ninguno?) que en cada situación demográfica se decrete. Todo esto está sucediendo, con el aplauso de la OMS y de muchos expertos en población, en el subcontinente chino. La lógica imparable de la mentalidad productor-producto ha culminado allí en la prescripción legal de la eutanasia neonatal del malformado. No se tolera allí el defecto congénito. La lógica de la calidad y del control de producción, el desechar la pieza defectuosa, se ha abierto camino hasta el hombre: todo neonato defectuoso será destruido por mandato legal.

La mentalidad productor-producto ha arraigado en las parejas que acuden a los programas de reproducción asistida en alguna de sus infinitas variantes. La mentalidad productor-producto alcanza otro máximo en la mente de los embriólogos clínicos que ponen a punto técnicas supersofisticadas de diagnóstico preimplantatorio, de inyección intraovular de un espermio, o planes logísticos de maternidad usando gametos o embriones donados, de maternidad subrogada, o de maternidad postmenopáusica, a parejas lesbianas. Lo decisivo es dar hijos a quien los desee con suficiente tenacidad.

Está la mentalidad productor-producto en los esfuerzos de muchos genetistas y obstetras por conseguir un alto nivel de calidad genética de los hijos mediante el diagnóstico prenatal que no buscan la curación y la acogida del ser embriofetal enfermo, sino su destrucción sistemática, echando mano de la abundante batería de técnicas que van del diagnóstico sobre el embrión preimplantatorio a los procedimientos de eutanasia neonatal.

La confortable adaptación del médico a la mentalidad productor-producto queda muy claramente manifestada en una historia real. Recordaré siempre el caso juzgado en Leicester, Inglaterra, contra un médico que permitió la muerte por inanición de un niño que padecía síndrome de Down sin malformaciones internas, un niño que podía haber llevado la existencia feliz e irradiadora de inocencia que llevan los niños de Down que son acogidos, amados y correctamente atendidos, pero que tuvo la desgracia de ser rechazado por sus padres: el Dr. Arthur lo dejó morir.

Durante aquel juicio, quedaron, en cierto modo, sentadas las bases para la justificación pragmática del abandono y muerte de los neonatos malformados. Yo seguí aquel juicio muy de cerca -hacía poco tiempo que había decidido abandonar la Patología para dedicarme a la Ética médica- y recordaré siempre como uno de los testigos equiparó la dimensión preventiva de la Medicina prenatal al sistema de control de calidad empleado en la industria. Cuando en un proceso de producción -explicaba- una pieza es detectada como defectuosa por medio de los procedimientos de control de calidad, la pieza es eliminada. Y lo es con independencia de que se la haya descubierto al comienzo o al final del proceso industrial de montaje: no se puede vender un automóvil o un ordenador en el que se hayan detectado fallos estructurales.

El mismo testigo señaló que, en su departamento universitario de Pediatría y cuando los padres así lo solicitaban, se seguía la conducta de permitir que la naturaleza llevara su curso -un eufemismo para disimular el abandono del niño, que no recibía alimentación, pero que era sedado para que no sintiera hambre ni llorara-. Para justificar su conducta formuló de modo muy preciso la versión médica de la mentalidad productor-producto: dijo que el pediatra moderno no es, en realidad, un médico de niños, sino un médico de la familia. Cuando esta decide no acoger a un neonato deficiente, el médico no puede imponer su obsoleta ética hipocrática y obligarles a cargar con el fardo insoportable de un hijo no deseado. El pediatra es, ante todo, un buen samaritano de la perfección biológica, que no puede pasar indiferente, como hicieron el levita y el doctor de la ley de la parábola evangélica, ante el dolor que experimentan unos padres angustiados por la deficiencia permanente del hijo que acaban de traer al mundo. Como buen samaritano está obligado a aliviar ese dolor y administrar al niño la misericordiosa eutanasia.

Es muy difícil imaginar qué sucede en la conciencia del médico que piensa y actúa como el pediatra de esta historia. Algún día habrá que hacer la historia de la deriva moral de tantos colegas contemporáneos nuestros que han abandonado la ética del respeto para practicar la ética de la eficiencia. La traslación a la esfera de las relaciones humanas, y a la más pura y delicada de todas ellas, la relación entre padres e hijos, de la mentalidad productor-producto es quizá el resultado de la acumulación lenta, progresiva, casi inadvertida, de numerosos cuanta, pequeños, pero siempre significativos, de violencia moral.

Investigación y modelo productor-producto

Cuando los médicos que están poseídos de la mentalidad del productor y obsesionados por la calidad del producto describen la situación que quieren resolver, nos dibujan un cuadro sombrío de la enfermedad congénita. Nos dicen que los defectos congénitos serios afectan al 3% de los neonatos; que el 20% de las muertes neonatales son causadas por ellos. Y que de los niños que sobreviven, muchos, un 25%, viven esclavos de un hándicap permanente, son trágicas víctimas del progreso médico.

Para muchos, el costo de la Medicina curativa del embrión, del feto y del neonato, obra en buena parte de médicos que militan a favor de la vida, es demasiado alto, da poco resultado, exige mucha rehabilitación, mucha educación especial, y crea situaciones permanentes de salud enclenque. Están convencidos, contra muchas pruebas, de que el hándicap permanente crea tragedias familiares insoportables. Tienen como dogma que, en las familias nucleares de hoy, de uno o dos hijos, los padres los quieren fuertes, sanos y guapos, no inválidos crónicos. Lo ideal sería programar a los niños para que tuvieran la deseable calidad física e intelectual: algunos padres ya no aceptan hijos con ausencia de dedos de las manos o hijas con labio leporino.

Esto tiende a crear una mentalidad fanática que lleva al convencimiento de que la investigación debería emplearse, no en reparar los daños de la enfermedad congénita, sino prevenirlos y, si ello no fuera posible, en aniquilarlos, aunque sea a costa de aniquilar a quien los sufre, o de esterilizar a quien los transmite. Desde su perspectiva, la investigación ha de ponerse al servicio del refinamiento del aborto eugénico, como medio de selección, muy superior en eficiencia a la Medicina embriofetal y a la neonatología.

Esto está a la orden del día. En Francia, por ejemplo, donde ganó amplia aceptación el aborto sistemático de los hijos de mujeres VIH positivas, se abren camino con gran dificultad los datos, bien conocidos y precisos sobre la tasa, relativamente baja, de transmisión vertical de la enfermedad y sobre el efecto muy favorable de la zidovudina para prevenir la infección materno-fetal.

En el Reino Unido, hace ahora 5 años, el Royal College of Physicians de Londres, una institución bien conocida por la madurez profesional y el buen sentido de sus directrices, publicó un desacertado panfleto sobre Prenatal Diagnosis & Genetic Screening: Community and Service Implications, un libelo ardientemente favorable al aborto eugénico. En él se declaraba, por ejemplo, que los niños con síndrome de Down son demasiado caros para la sociedad y que la aplicación del examen citogenético junto con el aborto tiene un cociente económico incomparablemente ventajoso.

Hasta dónde puede llegar la ceguera de los controladores de la calidad lo muestra la historia de una técnica, puesta a punto en Inglaterra, para la detección prenatal de ciertas formas de albinismo. Los albinos, en los países avanzados, viven perfectamente adaptados. Incluso, parecen tener un cociente intelectual algo superior al de sus hermanos de pigmentación normal. No tiene por tanto interés alguno la detección prenatal y el consiguiente aborto eugénico de los albinos en aquellos países. Desconsolados los autores de la técnica ante la falta de aplicación de ella en el primer mundo, estimaron que había muchas razones, culturales y ambientales, que lo hacían aconsejable para países del tercer mundo. Los autores solicitaron ayuda internacional para extender el beneficio de su técnica a los países en vías de desarrollo, ayuda que, por fortuna, les fue denegada. Los investigadores se quejaron amargamente de la insensibilidad de los burócratas, sin caer en la cuenta de que los países pobres carecían de la avanzada tecnología necesaria para realizar las pruebas, pero tenían la solidaridad suficiente para no sentir la necesidad de eliminar a los albinos, pues les bastaba cuidar de ellos, proporcionándoles trabajo a cubierto de la irradiación solar. Hay, es patente, un fanatismo antiterapéutico, que dice No a la Medicina embriofetal, que prefiere eliminar a los deficientes mediante la eutanasia neonatal o el aborto. Y que aconseja a los padres volver a probar por ver si, con un poco de fortuna, el próximo hijo viene libre de defectos congénitos.

No quiero extenderme enumerando las técnicas puestas a punto por científicos de mentalidad reduccionista y obsesionada por la calidad. No quiero, sin embargo, dejar de aludir a dos de sus “conquistas” que, tanto o más que con la calidad, tienen que ver con su cantidad. Son dos procedimientos de signo contrario: el uno, la reducción selectiva de fetos malformados o simplemente excesivos en número en casos de embarazo gemelar, tiende a eliminar a quien se considera que está de sobra; el otro, la llamada fisión gemelar, vulgarizada por la prensa como clonación, busca multiplicarlos.

Reducción selectiva

La reducción selectiva nació de un curioso pacto. En una mujer, embarazada con dos gemelos, se descubrió que uno de ellos sufría trisomía 21. El médico se comprometió a destruir al feto enfermo y salvar al normal. Mediante guía ecográfica, consiguió desangrar al feto enfermo. Aunque la retención del feto muerto puede dar origen a riesgos para la madre, la mentalidad productor-producto, de médicos y padres, encontró en la reducción selectiva un procedimiento para eliminar embriones no deseados.

Estos suelen ser el resultado de inconsideradas intervenciones para superar la infertilidad de la mujer, tal como ocurre en ciertas formas de insuficiencia ovárica o en la fecundación in vitro. Cuando maduran simultáneamente muchos folículos y se produce una ovulación múltiple, o cuando se implantan en el útero un número alto de embriones fecundados in vitro, puede producirse un embarazo de alto grado de gemelaridad, que es a la vez peligroso para la madre y para los hijos con su amenaza de prematuridad o de aborto espontáneo.

Años atrás, algunos médicos, para asegurar una tasa elevada de embarazos para sus pacientes, tuvieron la peregrina idea de combinar la gestación múltiple con la reducción selectiva. Hoy eso ya no forma parte de la lex artis, y son muchos los países que han prohibido por ley implantar más de tres embriones por ciclo. Pero esa práctica dio origen a algunas anécdotas brutales, propias de la civilización del desarraigo. Recuerdo un artículo, publicado en una revista francesa, que, por decirlo así, describía la posibilidad de repetir varias veces la práctica de la reducción selectiva: una mujer, con larga historia de esterilidad por insuficiencia ovárica, fue tratada y resultó con un embarazo cuádruple. La mujer exigió el aborto. El médico le ofreció la oportunidad de la reducción selectiva. Aceptó la mujer con tal de seguir el embarazo de un solo feto. Tras realizar la operación, se comprobó que, de los tres fetos tratados, dos habían muerto, pero el tercero seguía vivo y al parecer sin lesiones, aunque su talla parecía proporcionalmente pequeña. La mujer exigió la inmediata destrucción del feto superviviente al intento de feticidio. El segundo intento de “reducirlo” volvió a fracasar. Ante la insistencia de la madre, el médico relataba como una pequeña hazaña científica el haber conseguido, al tercer intento, y variando la técnica, la destrucción de ese feto resistente a la muerte.

La reducción selectiva, un juego en que sólo se piensa en números, es una demostración paradigmática de la mentalidad productor-producto.

La llamada clonación

Que un investigador, ansioso de fama, decidiera jugar con embriones humanos como si fuesen cosas y practicar la fisión gemelar de los embriones muy jóvenes, era algo que podía darse por descontado, una vez que Bill Clinton derogó, en un gesto simbólico del primer día de su mandato presidencial, la moratoria que sus predecesores, Ronald Reagan y George Bush, habían impuesto a la investigación destructiva sobre embriones humanos.

La noticia llegó. Jerry Hall y Robert Stillman, aplicando técnicas que desde tiempo atrás se empleaban en embriones de animales de granja, consiguieron de un embrión humano hacer dos, tres, o a lo sumo, cuatro copias iguales. Aunque teóricamente podrían hacerse algunas más, no pasaron de ahí. Pero, con su audaz aventura, abrieron la posibilidad de producir a voluntad unos pocos gemelos idénticos.

La mentalidad productor-producto luce aquí con toda intensidad. La fisión embrionaria tiene, en veterinaria, sus ventajas: obtener, por el precio de uno, dos o tres embriones de animales muy selectos es un negocio, con riesgos, pero muy provechoso. Pero eso no tiene sentido en la especie humana: los móviles de los investigadores no quedaron muy claros, a pesar del revuelo provocado por la noticia. Parece que lo que les movió a hacer el experimento fue la mentalidad productor-producto, tan propia de muchos investigadores modernos, dominados por el imperativo tecnológico, por el deseo de demostrar que la cosa podía hacerse y que alguien tendría que hacerla por vez primera.

La investigación de Hall y Stillman fue más un ejercicio de destreza manual, que un trabajo pionero que abre a la ciencia nuevas perspectivas. Usaron embriones anormales, triploides, de desarrollo muy precario, condenados a morir a corto plazo, y que no permiten obtener conclusiones aplicables a embriones normales.

El embrión humano es muy delicado: no resiste las intervenciones traumáticas de la “microcirugía”. Parece, además, que, en el hombre, los blastómeros, las asombrosas células de que está formado el embrión humano en su etapa más inicial, pierden muy pronto su carácter totipotencial. Se sigue diciendo, no obstante, que cualquiera de esas células podría ser capaz de dar origen a un embrión entero. Así pues, y dejando a un lado el carácter moral aberrante de hacer copias de seres humanos, no parece que la fisión de los embriones jóvenes permita hacer más que una o dos de copias del embrión original. No parece ser la fisión embrionaria una intervención prometedora, que pueda ayudar a mejorar la eficacia de la fecundación in vitro. Se ha fantaseado también acerca del uso de copias del embrión clonado, conservadas a muy baja temperatura, para desarrollarlas en el útero de la madre del embrión o de otra mujer, días, meses o años más tarde, para que se puedan tener hijos que sean copia exacta, aunque más joven, del niño que les ha dado “buen resultado”, o para obtener tejidos u órganos para trasplantar al gemelo mayor.

No parece que sea posible por ley la realización de estos experimentos marginales, es patente. La clonación embrionaria está prohibida en Resoluciones del Consejo de Europa, en Recomendaciones del Parlamento Europeo, en leyes en vigor de Alemania, Dinamarca, España, Francia, Italia, o Noruega, por ejemplo. En otros países, la cosa no está regulada o sólo lo está de modo ambiguo. No parece que los Estados Unidos vayan a prohibirla.

La Instrucción vaticana Donum vitae condena la clonación humana, y nos da las razones de porqué lo hace: señala que repugna a la ética porque es una tentativa más de obtener seres humanos sin conexión alguna con el acto sexual. Constituye, por eso, una violación del respeto debido al ser humano embrionario y un desacato a la dignidad de la transmisión de la vida humana dentro de la unión conyugal.

La clonación erosiona gravemente la idea de que la unicidad e irrepetibilidad individual son parte de la personalidad: vienen a ser, en cierto modo, la marca de fábrica con que Dios nos sella a cada uno cuando crea nuestra alma y nos llama a la existencia por nuestro propio nombre, en singular, uno a uno. Nos crea a cada uno diferente de los otros. Y, aunque en ocasiones se permita el divertido experimento de crear unos gemelos uniovulares, idénticos entre sí, lo hace como una muestra del humor divino que todo lo hermosea, mientras que la clonación de laboratorio lleva en sí algo de siniestro y brutal.

La unicidad es un bien psicológico. A todos nos repugna la idea de que haya por ahí media docena de tipos que no se distinguen de mí, que tengan mi exacta identidad, que nos privan del derecho de ser cada uno el ser único y original que cada uno de nosotros es. Esa repugnancia forma parte de la naturaleza humana.

La unicidad y la irrepetibilidad son también bienes jurídicos inestimables. Son, en el fondo, un derecho humano: cada uno de nosotros tiene derecho a su propio y original patrimonio genético, y a expresarlo sin interferencias que puedan perjudicar su integridad o disminuir su originalidad.

En síntesis, detrás del experimento de Hall y Stillman no ha habido un proyecto serio de investigación benéfica, sino un simple ejercicio de virtuosismo de laboratorio, el capricho de poder decir: yo he sido el primero en hacerlo. Constituyó el experimento una patente manifestación de mentalidad productor-producto, insensible al valor individualizador y dignificante de ser cada uno maravillosamente diferente de los demás.

La verdadera respuesta de la Medicina

Hoy, la Medicina está poniendo las bases para el desarrollo de la medicina y la cirugía embriofetal.

Se está aprendiendo a tratar los trastornos metabólicos congénitos, de modo que el feto no sufra las consecuencias tóxicas de algunos metabolitos anormales o el almacenamiento intracelular de sustancias que puedan alterar la función de los órganos. Hemos aprendido a tratar y a curar al feto de madre diabética, al que podría sufrir la oligofrenia fenilpirúvica. Y buscamos soluciones para muchas otras enfermedades.

Algunos grupos han iniciado la cirugía de las malformaciones ya dentro del útero: mediante cirugía directa, con uterostomía, exteriorización del feto, abriendo o no el saco amniótico. O mediante videofetoscopia, bajo guía ecográfica. Hay algunas dificultades: de impedir el parto prematuro postoperatorio, de lograr una buena anestesia de la madre y el feto. Las cosas tienen todavía carácter experimental, pero ello no impide que el ingenio de la mentalidad receptor-don sepa poner remedio o aliviar los daños de un desarrollo anormal. El médico trabaja con la ayuda de la increíble capacidad curadora del feto.

Crece de año en año la lista de las intervenciones del médico y del cirujano para sanar la enfermedad prenatal. Hoy es posible impedir el deterioro causado por ciertas malformaciones a lo largo de la vida intrauterina, para proceder, después del nacimiento, a su reparación definitiva. Eso sucede en el caso de obstrucción de las vías urinarias o del acueducto de Silvio, mediante la creación de cortocircuitos vésico-amnióticos o ventrículo-amnióticos. Se puede impedir el daño pulmonar creado por la malformación cístico-adenomatoide del pulmón, por medio de la lobectomía pulmonar intraútero; y también el derivado de la hernia diafragmática, por medio de la reparación abierta o del taponamiento traqueal temporal. También por cirugía abierta se cura por cirugía el teratoma sacrococcígeo, o se elimina el parásito acardio. Se impide el síndrome de transfusión gemelo-gemelo mediante la división de la placenta con la ayuda de la videofetoscopia. Y muchas cosas más, entre las que se incluye el tratamiento de ciertos trastornos metabólicos congénitos del feto mediante tratamiento dietético o farmacológico de la madre.

El feto es un paciente agradecido que, por decirlo así, paga con creces a la Medicina los beneficios que de ella está recibiendo. Nos enseñará el modo de curar las heridas sin dejar cicatrices deformantes, nos está obligando a descubrir nuevas técnicas de abrir y suturar útero y a impedir el parto prematuro con nuevas técnicas de tocolisis. Nos está abriendo nuevas perspectivas en el camino de la Inmunología, ya que él, el feto, es el gran virtuoso de la tolerancia inmune y del aprendizaje de la singularidad biológica.

Nos conviene aprender mucho del feto. De ahí saldrá, en el futuro, la nueva especialidad médica de la Fetología, pues se hará patente que el periodo prenatal es un gran momento de curar muchas enfermedades ya presentes y de prevenir el desarrollo de otras futuras. Saber más sobre el feto. Fetología como especialidad.

La verdadera respuesta de padres y médicos: tener al hijo como un don

La relación productor-producto está cerrada al futuro, pues camina por una vía muerta: no puede componer en otra clave que en la de la destrucción programada de fetos enfermos. La relación receptor/don, por el contrario, tiene por delante el futuro prometedor de Medicina embriofetal. Los hijos siempre han sido el futuro. Y curiosamente, también aquí hemos de aprender de los pequeños. Como acabo de señalar, la Medicina que trata a los fetos aprenderá mucho de las propiedades de sus células maravillosas. Pues, al acercarse el médico al feto como a un paciente, como a una persona digna de ilimitado respeto, él nos irá revelando sus capacidades de curar y los secretos de sus asombrosas células. Algunos entienden al embrión como un objeto explotable, un repositorio de células-madre, dotadas de la prodigiosa capacidad de multiplicarse y diferenciarse. Pero es eso y mucho más: es un ser humano al cual hemos de respetar en sí mismo.

La idea del embrión como objeto producido y la idea del embrión como don que es nuestro hermano más pequeño no sólo luchan en el corazón de los padres, sino que se enfrentan en la ciencia y la práctica de los médicos. Hay también, en el campo de la Medicina, una civilización del amor y del respeto y una civilización del desarraigo y del dominio.

Quiero terminar ofreciéndoles un relato que presenta de modo muy elocuente, casi dramático, los valores humanos ínsitos en la noción del hijo-don. Es una historia real en la que una mujer, médica psiquiatra, nos relata con mucha sencillez como se vive el respeto a la vida deficiente en el contexto de la civilización del amor. La historia no tiene ni un miligramo de sentimentalismo. Está contada con la objetividad que da el oficio de la Medicina.

Cuenta Karen Palmer, en una Personal View, titulada Paz y Pena, publicada en el British Medical Journal del 23 de julio pasado, su alegría al quedar embarazada poco antes de las Navidades de 1992. Nos habla de la alegría con que la noticia fue recibida por ella y su marido, también médico, y por los futuros y orgullosos abuelos; de las semanas siguientes llenas de expectativas y esperanzas. Nos habla del gozo de notar los primeros movimientos fetales a las 18 semanas. Pero surge un problema: el vientre de Karen no se abulta en la medida de lo esperado. Acude a un obstetra que practica una ecografía y le da la terrible noticia de que hay un oligohidramnios y que el feto presenta malformaciones múltiples, tan graves que es muy probable que la gestación no pueda llegar a término.

Lógicamente, la noticia fue devastadora: Karen sintió por unos días la sensación de haber perdido a su hijo y lloró mucho por él, como si hubiera muerto. Nos dice: “La tabla de salvación a la que nos agarramos mi marido y yo era esta: que aquella vida, minúscula y dañada, que se nos había dado, era preciosa y no la podíamos abandonar. En aquellos primeros días de zozobra, como si fuera consciente de la necesidad de recordarnos su importancia, el niño se movía dentro de mí mucho más de lo que lo había hecho antes. Llegamos a la conclusión de que no íbamos a hacer nada que no fuese para beneficio del niño. Así se lo dijimos al médico y lo comprendió.

Los meses que siguieron fueron muy duros. Fuimos aprendiendo a querer a ese hijo tan especial e inesperado, y a temer el momento en que se nos pudiera morir. Nos ayudaron mucho nuestros familiares, amigos y colegas. Nos dieron muchos ánimos, y la verdad es que los necesitábamos todos. Una ecografía en la semana 25 mostró que había muy poco tejido pulmonar, por lo que el pronóstico se ensombreció todavía más. Era tremendo sentirle lleno de vida y saber que nunca podría vivir fuera de mí. La gente me felicitaba cuando me veía por la calle o en el hospital, y me preguntaba. Menos mal que, poco a poco, todos se fueron enterando de lo que estaba pasando.

Hubo dudas de cómo preparar el parto: si pudiera ser necesaria una cesárea, pues la presentación era de nalgas; si sería bueno monitorizar el parto o una intervención de urgencia en caso de que el cordón umbilical quedara comprimido. Mi cabeza daba vueltas. Unos momentos quería que todo terminara pronto, y otros deseaba que fuera posible llevarlo dentro de mí siempre, vivo y moviéndose. Pero una cosa estuvo siempre clara: no lo íbamos a abandonar.
El 3 de agosto de 1993 el obstetra me hizo la cesárea. Sacó de mi vientre a Jennifer Grace -así la bautizamos- una niña sonrosada, preciosa, un poco pequeña, la verdad. La tuve en mis manos un momento, pero se la llevaron los pediatras. Mi marido y yo experimentamos una alegría real. Él se fue con ella a Pediatría y allí presentó la niña a los abuelos como una “luchadora muy valiente”. La volví a ver cuando tenía tres horas y media de edad. Una ecografía había confirmado que carecía de riñones y que no era posible que sobreviviera. Tenía también hipoplasia pulmonar, pero la ventilación asistida no le hubiera servido de nada. Durante los últimos cinco minutos de su vida la acunamos en nuestros brazos y le dijimos adiós. Mi madre me ayudó a vestirla y le hizo unas fotografías.

¿Por qué cuento esta historia? Simplemente para que se sepa lo que sucedió. Quizá esto sirva para que algunos se planteen seriamente si el aborto es lo mejor que se puede hacer por los padres de un feto gravemente malformado y también por la criatura misma. Después de la muerte de Jennifer hemos pensado mucho sobre aquellos meses del embarazo. Fue un tiempo muy especial, precisamente porque ella estaba con nosotros. Ahora, podemos dar gracias por ella y llorarla como un miembro de nuestra familia al que quisimos mucho y al que hemos perdido.

Tuvimos un funeral para celebrar su corta vida y rendirle tributo por el inmenso bien que nos hizo. Podemos visitar su tumba y llevarle flores. Podemos hablar de ella. Y si tenemos otros hijos, podremos contarles cosas de su hermanita mayor. Podemos hacer todo eso. Y eso nos ayuda a mitigar el dolor de haberla perdido. Si la hubiéramos abortado, todo eso nos estaría prohibido.”

Aquí termina el relato de Karen Palmer. Creo que su historia es una prueba de la inmensa riqueza humana que hay en el paradigma receptor-don y que está dolorosamente ausente en el paradigma productor-producto.

Vayamos por el mundo sembrando con alegría esta doctrina tan humana y verdadera, dando gracias a Dios que nos permite sacar del error prenatal reverencia por la persona del feto.

Suelo decir, siempre que me dejan, que la ética del respeto, la ética en nuestro tema de ahora del modelo receptor-don, de la civilización del amor, tiene en sí muchas más posibilidades científicas y de servicio que la mentalidad del desarraigo. Creo que lo he demostrado.

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