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Un nuevo humanismo

Eva María Infante Deus

¿Cuál es la importancia de las humanidades para el desarrollo de la democracia y la libertad? Eva María Infante Deus, alumna de primer año del grado en Filosofía, Política y economía (PPE), reflexiona acerca de la urgente necesidad de una mayor presencia de las humanidades en el mundo contemporáneo.
 

Un nuevo humanismo

A lo largo de la historia, todas las civilizaciones y culturas se han preocupado por la educación de los jóvenes en base a su futura integración de facto en la sociedad.

Tomando como referencia a Occidente podríamos destacar la importancia que tuvo la educación de los jóvenes en la Grecia Clásica y en la Roma Republicana e Imperial. En ambos casos, tenía una clara visión teleológica: formar futuros ciudadanos que participasen de manera virtuosa en la política.

Las nociones de retórica, oratoria y el conocimiento de las grandes obras, eran el pilar de la formación. Aunque el saber estuviese generalmente restringido a las clases más pudientes, tenía un claro sentido humanista y orientado a la vida pública. El ser humano en su concepción más aristotélica era ciudadano, animal político (Zoon Politikon) y no podía entenderse fuera del marco social y político de la ciudad.

En la época medieval, el conocimiento clásico sobrevive gracias al impulso de la escolástica y a los copistas cristianos y musulmanes. En esta época las universidades, entendidas por Alfonso X como “Ayuntamiento entre profesores y alumnos”, continuaron con la enseñanza de septem artes liberales (divididas en trívium y quadravium), reforzando la cultura clásica occidental con la doctrina cristiana.

A partir de la época renacentista, pero especialmente con la Ilustración, crece el afán por las ciencias experimentales y con ellas las cuestiones metodológicas. También, en este tiempo se va definiendo el sistema educativo “moderno”, más enfocado a la obtención de resultados y a la investigación práctica y no tanto a las cuestiones puramente subjetivas.

Durante el siglo XIX las universidades comienzan a dividirse para centrarse en disciplinas individuales, maximizando así la profundización en el ámbito de elección. Esta tendencia se verá reforzada por el nacimiento y la consolidación del liberalismo que, por su faceta más competitiva, refuerza la obtención de resultados tangibles. En este contexto, la enseñanza de las artes liberales queda relegada a caminos muy específicos.

Un nuevo humanismo

Hoy en día, una gran parte de las Universidades ofrece un curriculum altamente especializado, que nada o poco espacio dejan para el desarrollo personal del estudiante. Las cuestiones culturales quedan generalmente relegadas al ámbito privado y, con ello, se debilitan los lazos entre los individuos y su civilización. Emerge así un espacio público neutral, o vacío, en el que multitud de culturas y tradiciones “conviven” sin que ninguna se exprese realmente.

En este contexto, emerge el individuo contemporáneo, que, educado en un sistema educativo liberal, ha crecido siguiendo una idea de libertad que filósofos como Kant tildan de falsa. Precisamente porque el itinerario clásico afirmaba que la libertad no es una condición natural con la que hemos nacido, si no que la adquirimos a través de la práctica, el conocerse a uno mismo y por el ser capaz de gobernarse a través de la razón y el cultivo de la virtud, las artes liberales cumplían la función de “liberar” a la persona, entendida como ciudadano autónomo.

Con la desaparición de estas del sistema educativo moderno, se pierde esa concepción kantiana del hombre, que no sólo es entendido como una persona más libre, si no como un pilar fundamental de la res publica. Entretanto, se cataliza la visión de un individuo aislado, que lejos de ser sujeto político activo, separa las nociones públicas y privadas, dejando así un vacío cultural.

Con la configuración de este nuevo orden, surge una paradoja. Pues tenemos una civilización que se define como libre en el sentido más optimista de la palabra, pero que cada vez exige más redes de protección. Los individuos aislados o con redes constitutivas más débiles precisan de pilares de seguridad, pues carentes en muchas ocasiones de recursos propios o compartidos, tienden a buscar un Estado más amplio, generando un creciente estatismo que se entiende mal con el proyecto liberal. Como podemos observar, esta sería una de las contradicciones internas que promueve el proyecto educativo moderno.

Por otra parte, con la formulación de un individuo que ya no forma parte de manera obligatoria de la res publica, se debilita el sistema de participación democrático. Tanto es así que, en los últimos años, podemos observar un deterioro de los procesos democráticos y mayores polarizaciones en la sociedad. Vemos que, lo importante no es solo el avance tecnológico o el progreso, pues de poco sirve si no hay una compresión humanista sobre este. Precisamente por esto, sería necesario incorporar en todos los niveles de enseñanza currículos más transversales y dinámicos, que tengan en cuenta más variantes de la naturaleza humana y que sean capaces de promover el pensamiento crítico de los ciudadanos.

¿Pero, cómo podemos compaginar un programa en el que las humanidades se mantengan relevantes en una época que valora sobre todo la innovación y el progreso?

Interesándonos por la historia, por la literatura, por la filosofía, por la cultura, por las herencias culturales, por la bioética; solo así podría lograrse un progreso sostenible y realista para con el ser humano y las sociedades que este constituye. Sin continuamos creando un armazón vacío o falsamente lleno, este acabará por derrumbarse antes de que nos demos cuenta. Como individuos – y como ciudadanos- tenemos que ser capaces de mirar más allá de nosotros mismos y del presente, tenemos que tomar perspectiva y dejar que un nuevo humanismo emerja para sobreponernos al marasmo en el que nos hallamos sumidos.

 

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