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Siento, luego existo

Iván Sánchez, alumno del Grado en Filosofía, Política y Economía (PPE) de la Facultad de Filosofía y Letras, nos presenta su reflexión sobre la tendencia al sentimentalismo de la sociedad y los peligros que puede conllevar
 

Los sentimientos parecen haberse convertido en los protagonistas de la actual toma de decisiones políticas. Así, las exigencias de lo que debe de ser o no permitido en el escenario público se basan en si algo me produce agrado o desagrado. Como consecuencia, es triste comprobar como cada vez es más normal oír que, como algo me desagrada (cierta práctica sexual, el consumo de x sustancia o incluso determinada idea), debería ser prohibido.

Es necesario recalcar que es perfectamente legítimo que cierta práctica sexual, consumo de sustancia o idea le desagraden a uno. Pero lo que no es legítimo, bajo ninguna circunstancia, es exigir que algo se prohíba bajo el pretexto de que le cause desagrado a uno o a un gran número de personas.

Y es que no podemos olvidar que exigir que algo sea prohibido no es otra cosa que ordenar que la ley persiga a todo aquel que se vea involucrado en ello. O dicho de otra forma, ordenar que algo se prohíba es, en última instancia, que sea legítimo emplear la fuerza y la violencia contra ello. En este caso, que sea el Estado, mediante los cuerpos de seguridad, quien la emplee.

Por tanto, si no vemos como algo deseable que cada cual pueda usar la violencia contra todo aquello que le desagrade, tampoco deberíamos aceptar que se exija que otro emplee la violencia contra aquello o aquel que le desagrade.

A esto se le suma que si hay que hacer caso a todo sentimiento de rechazo, desagrado u ofensa en cualquier persona, el número de prácticas, símbolos, ideas u objetos que habría que prohibir ascendería a infinito. Esto es totalmente inviable, sobre todo teniendo en cuenta que, en muchos casos, el umbral de este tipo de sentimientos se encuentra, por desgracia, muy bajo y más en tiempos recientes.

Si aceptásemos que los sentimientos fueran una base legítima para realizar juicios políticos, veríamos que el sistema que deriva de ello es totalmente insostenible. Sabiendo que ante una misma cosa (objeto, idea, práctica…) dos personas pueden reaccionar y sentir de manera distinta e incluso opuesta, no tiene sentido afirmar que los sentimientos deberían servir para decidir qué se debe o no permitir. Si el criterio son los sentimientos, entonces no hay criterio. Ya que, ante una medida, sea cual sea, si A siente agrado (y pide que se apruebe) y B desagrado (y pide que no se apruebe), los sentimientos no pueden desenredar la situación, ya que ambas posturas se basan en sus respectivos sentimientos.

El mismo razonamiento podemos aplicarlo a los grupos. Suponer que los sentimientos de la mayoría deben primar, puede dar lugar a resultados más que espantosos, ya que de acuerdo con este criterio, cualquier acto, por más brutal que sea, sería válido si la mayoría así lo acepta. En resumen, tratar de establecer los sentimientos como criterio para ordenar nuestras sociedades es algo problemático, pues no puede resolver los casos de grupos o personas con distinta visión y sentir sobre un tema.

Además, se ha visto que prohibir algo basándonos en  el sentimiento de desagrado y ofensa es absurdo e inmoral. Absurdo, porque si hacemos caso a todo aquel que se siente ofendido por algo, no tendríamos más remedio que prohibir absolutamente todo. Es inmoral porque se caería en la soberbia de afirmar que todo aquel que me ofende o me causa desagrado debe de ser castigado según el brazo de la ley.

Si queremos ordenar nuestra vida en común de una forma pacífica que evite la guerra apasionada del “todos contra todos” y que trate de integrar al máximo número de personas de una manera armoniosa, no hay más que una solución posible: debemos abandonar el camino del sentimentalismo apasionado y dirigirnos hacia una vida regida por la aceptación de nuestras diferencias. 

Todo esto sin olvidarnos de la capacidad de entendernos gracias al empleo de  nuestra razón. Solo así conseguiremos sortear la gran barrera que ha impuesto el sentimentalismo a nuestras sociedades y obtener las respuestas adecuadas para los dilemas morales que impregnan nuestro vivir en común.

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