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Reflexión acerca de la búsqueda de Occidente

Isabel Latasa

Isabel Latasa, alumna del grado en Humanidades de la Facultad de Filosofía y Letras, nos recuerda el verdadero propósito de esta sección: la importancia de atreverse a opinar.
 

Vivimos con miedo. Miedo a sufrir y a hacer sufrir. Miedo a las preguntas incómodas y miedo a que nos tachen de intolerantes. En definitiva, miedo a pensar y a hablar más de la cuenta. Pero ¿quién ha marcado lo que consideramos “más de la cuenta”? Fuera quien fuese, seguramente sería un bien intencionado defensor del bienestar emocional; un ente cuyas prioridades fuesen la comodidad intelectual y el pacifismo ideológico.

Al mismo tiempo que esta identidad busca el “no pensar para no sufrir” otra identidad surge: la de “trabajar mucho para llenar lo que no puedo llenar con pensamientos”. Esta identidad prohíbe la contemplación, el silencio y el tiempo para dialogar. A cambio, nos ofrece el consumismo. Nos ofrece distintas necesidades materiales, que no solo nos hacen olvidarnos de nuestras necesidades más profundas, sino que también hace que perdamos de vista lo que al ser humano le es propio: lo moral.

He explicado primero el paradigma de esta sociedad para entender por qué las universidades ya no implican un saber universal. Las universidades ahora son más bien, fábricas de currículums con más de 48 títulos por cabeza. Lejos han quedado esos tiempos donde en la universidad los alumnos y profesores se planteaban cuestiones trascendentales tratando, como mínimo, de solucionar el mundo. Ya no interesa lo que el alma del hombre pide a gritos -el hombre ni siquiera sabe que tiene alma. Ahora interesa más “las necesidades reales del hombre” que se cubren estudiando carreras en las que pienses poco y trabajes mucho.

Ya no se educa en el diálogo, porque se prohíbe el diálogo. Ya no se piensa, porque todo lo políticamente correcto se ha dicho ya y no hay nada que pensar fuera de eso. Ya no hay preguntas trascendentales, porque no somos seres trascendentes. Ya no nos paramos a contemplar, porque no hay tiempo. Ya no hay silencio, porque es incómodo el eco que hace en el vacío interior. 

Pero la verdad salvará el mundo y mientras en algunas facultades sobrevivan las Humanidades, la universidad, para algunos, podrá seguir siendo un safe space que te amueble la cabeza y te ensanche el corazón.
 

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