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¡QUÉ BIEN, QUÉ ABURRIMIENTO!

(Sobre In Praise of Boredom de Joseph Brodsky)
 

¿Por qué mi aburrimiento es tan puñetero? El ascetismo del encierro
forzado, el nihilismo de la sobreabundancia de la vida y los consejos
vitales de Joseph Brodsky, poeta ruso y premio Nobel
(desterrado de la URSS por perezoso), a los graduados de Dartmouth.
Todo en esta reflexión sobre la pobreza fructífera. Por Gabriel Insausti.


No goza hoy de mucho prestigio el aburrimiento. “Excitante”, “divertido”, “apasionante”, antónimos aproximados de “aburrido”, son los adjetivos que empleamos cuando queremos encomiar algo. ¿Podemos imaginar que una agencia de viajes nos invitase a un crucero por las Bahamas con el argumento de que garantiza que nos aburriremos, en caso contrario se nos devolverá nuestro dinero? ¿Podemos imaginar a un caballero abúlico en su tumbona, mirando a la cámara: “Abúrrase con nosotros, aproveche nuestra oferta especial, llame ahora”? Y sin embargo, es obvio que el aburrimiento constituye sólo el reverso de un gran logro: eso que sólo comienza cuando las necesidades más perentorias quedan no sólo satisfechas sino aseguradas. Resulta inconcebible que nuestro antepasado Cromagnon, ocupado como estaba en buscar su caza, esquivar a las alimañas, procurarse un buen fuego, etc., se aburriese por mucho tiempo. El aburrimiento comienza con esa pregunta –“Y ahora, ¿qué?”- que surge en nuestro interior cuando nos hemos procurado lo imprescindible.

Precisemos. ¿Qué sucede cuando el pequeño lexicógrafo que llevamos dentro acude al DRAE? Que encuentra algunas sorpresas. Por supuesto, el aburrimiento es allí el “cansancio, fastidio, tedio, originados por disgustos o molestias, o por no contar con algo que distraiga y divierta”. Nada que no hubiéramos previsto en principio. Ahora bien, si acudimos a la voz “aburrir” encontramos que procede del latín abhorrere, que significa “cansar, molestar o fastidiar”, que se empleaba antiguamente para referirse al rechazo  de sus crías por parte de algunos animales y que de hecho en una de sus acepciones es sinónimo de “aborrecer”. Y si en lugar de la etimología recurrimos a la timología —ese fantasioso juego con el origen de las palabras que recorre los vericuetos más impredecibles— no tardamos en concluir que “aburrir” viene de “burro”, y por eso al niño que dice que se aburre le aconsejamos que no se comporte como tal y ponga una pizca de ingenio en sus horas; o reparamos en ese hueco del lenguaje que nos obliga a calificar como “aburrido” a un orador que nos extenúa, cuando la realidad es que deberíamos considerarlo “aburriente”, dado que uno puede muy bien aburrir a los demás y al mismo tiempo estar muy entretenido. 

¡ME ABURRO!

¡CÓMPRATE UN BURRO!

(El grito de una graciosa desesperanza más famoso por ahora)

Por supuesto, dudo que el DRAE recoja mi propuesta, pero eso no significa que la Academia sea del todo ajena a la cuestión. Recuerdo que una amiga mía empezó hace la friolera de veinticinco años una tesis en filosofía sobre el aburrimiento. Creo que no la terminó –quizá se aburrió por el camino- pero su tentativa nos sirvió a los demás para caer en la cuenta de la importancia capital que tiene el aburrimiento en nuestra vida. Y también en la literatura. Basta con echar un vistazo a sus diversos nombres, a las distintas las categorías que ha propiciado: la acidia o acedía de los místicos castellanos, esa “flojera”, esa aridez del alma que no halla recreo en la oración; el tedium vitae en el que Wilde, que conocía el paño, supo ver adónde conduce el camino del exceso; el ennui de los simbolistas franceses, ese disgusto radical que inspira el mundo en “Au lecteur”, el pórtico a Les fleurs du mal. El aburrimiento tendría así un alcance metafísico, un disgusto indisociable de la propia existencia que contiene toda una enmienda a la Creación (aunque desvelar sus entretelas, como en el caso de Baudelaire, puede ser muy divertido). Aburrirse es aborrecer, es sentir auténtico horror. Hélas!

De hecho, un breve repaso a todo el elenco literario arroja como saldo una dualidad bastante sustanciosa. Por un lado, un Moravia que en su magistral El tedio nos contaba la historia de un pintor que decidía un día hacer trizas el lienzo en el que trabajaba y no pintar nunca más; el aburrimiento que anuncia el título sería un sucedáneo de la náusea sartriana, una dificultad para relacionarse con cuanto hay a nuestro alrededor; o sea, la percepción de la insulsez de todo, de la incapacidad de lo real para interesarnos; y cuando a un pintor figurativo no le interesa ya la realidad apaga y vámonos. Por el otro lado, un Max Jacob que en sus Conseils à un jeun poète animaba a su corresponsal a aburrirse a conciencia, “porque de ahí salen las ideas”, decía; para llegar a entretenerse de veras, a interesarse, a apasionarse, es preciso alejarse un poco del ruido y tener alguna experiencia de la calma, la lentitud, el silencio. Es decir, que habría un aburrimiento negativo y otro positivo, uno estéril y otro fecundo. Aburrimiento tipo A y tipo B.

Para llegar a entretenerse de veras,
a interesarse, a apasionarse,
es preciso alejarse un poco del ruido
y tener alguna experiencia de la calma,
la lentitud, el silencio.

Cuando se vuelve sobre In Praise of Boredom, una de las prosas de aquel atrabiliario personaje llamado Joseph Brodsky (1940–1996), es inevitable recordar esta dualidad de significados. También lo es advertir la perspicacia con la que el poeta ruso supo convertir a ese temible aburrimiento en un aliado, en un amigo, en un compañero para el camino de la vida (y de la escritura). Basta, por ejemplo, con reparar en el provocativo juego del título y de la cita que encabeza el texto, unos versos de Auden: contra el conocido “In Praise of Limestone”, una de las piezas más celebradas de su maestro y amigo, contra ese elogio de la piedra caliza que resumía el paisaje natal del poeta inglés, Brodsky proponía una loa al tedio. ¡Al tedio! Una ruptura de la expectativa, por medio de la provocación. Ése, el juego que lo trastoca todo, era uno de los recursos más ricos contra el aburrimiento y a él se dedicó el poeta a conciencia. Sólo que para trastocarlo todo es preciso que esté ahí ese todo, para romper el cliché es preciso que haya tal cliché.

Otro de los aspectos  más suculentos del texto de Brodsky es el hecho de que proceda de un  discurso en Darthmouth College, ante una promoción de graduados. Suculento porque, si se me permite la especulación, que Brodsky aleccionase a los recién graduados sobre el aburrimiento presupone la premisa mayor de que no se les había aleccionado –o aburrido- durante sus estudios. O no lo bastante, al menos. Una tesis que pone en cuestión la naturaleza y el propósito de las instituciones educativas en su conjunto (pero sobre la que mis alumnos podrían disertar sin duda durante horas).

En cualquier caso, ¿qué aconsejaba Brodsky a aquellos jóvenes antes de que la Universidad los arrojase al mundo? Hacer acopio de fuerzas, de paciencia, porque la vida –al contrario que el arte, que huye constantemente del cliché- consiste fundamentalmente en la repetición. “El aburrimiento”, afirmaba, “es tiempo puro, tiempo en todo su esplendor repetitivo y redundante” (tanto, ya se ve, que el propio Brodsky se sentía tentado de adjetivar con redundancia). Y ¿qué lección entresacaba de ahí el orador? Que ese tiempo no es ilimitado, que somos finitos y por consiguiente insignificantes; y que precisamente eso debía invitarnos a considerar el privilegio de cada minuto, de cada hora; es decir, a sacudir de nosotros el tedio. Una versión particularmente sofisticada del carpe diem, que un lector contumaz de Horacio conocía de sobra. Hundirse a conciencia en el aburrimiento servía para tocar fondo y salir de él.

La vida –al contrario que el arte,
que huye constantemente del cliché-
consiste fundamentalmente en la repetición.

Cualquier lector de Brodsky sabe que contaba para hablar del aburrimiento con toda la autoridad que se puede tener, no en vano se había tragado sus años en campos de trabajo en el Ártico, en expediciones siberianas y en arrestos a manos de la KGB, debido a su condición de disidente.  Sabía lo lento que puede pasar el tiempo en una celda o en una dacha perdida en la nieve, pero también el espacio que ahí se abre para la creatividad. Sabía lo alienante y ubicua que podía ser la propaganda de un régimen, pero también la libertad interior que nace en un alma cuando se sustrae a esas voces reiterativas. Hay, no obstante, entre sus propuestas descartadas una sobre la que quisiera llamar la atención: la de la pobreza. “San Francisco huyó del aburrimiento por la pobreza”, dice, ”pero hoy eso no parece muy viable”. 

Tengo para mí que las noticias que recorren la Europa del siglo XXI sugieren que en un futuro próximo esa viabilidad resultará crudamente literal, pero no quiero enfangarme en tal cuestión. Existen, lo hemos visto ya, distintos tipos de aburrimiento, y cada época conoce el suyo. El tipo A –el de Moravia- era de linaje existencialista, derivaba de aquella visión de la nada que dejó tras de sí el horror de la primera mitad del siglo XX, y de ahí su negatividad. El tipo B –el de Jacob-, mucho más positivo, era de origen ascético y sirve para recordarnos que quien dice pobreza dice frugalidad. No extraña que el bueno de Jacob cambiase las fiestas descocadas y la bohemia por sus días en el monasterio de Saint Benoît sur Loire: quizá Montparnasse era demasiado divertido, y a la postre más aburrido, que la vida monástica. Quizá para la auténtica diversión hay que pasar de vez en cuando por la quietud y el silencio.

Nuestra situación cotidiana se antoja por tanto
una variante del mal de Stendhal en la que el viajero
ya no necesita desplazarse…

(y por ahora tampoco puede)

Ése, me parece, es el aburrimiento al que debemos temer hoy: un tedio que como el de Moravia pone de manifiesto un nihilismo de fondo, pero esta vez un nihilismo que paradójicamente nada en la abundancia. El nihilismo del totum revolutum, de la ausencia de jerarquía, de la indiferencia, del todo vale, mientras haya disponibles ingentes cantidades de nada, que es otro nombre para la trivialidad. Brodsky, que escribía justo antes de la eclosión de la era de Google e internet, no había previsto la avalancha de mensajes, ese eme eses, wassaps, llamadas, fotos compartidas, emails, links, me gustas, navegaciones por la red, etc., que ocupan nuestro tiempo. Si la última acepción de “aburrir” que recoge el DRAE es “sufrir un estado de ánimo producido por falta de estímulos”, nuestra época ha inaugurado un nuevo género de aburrimiento, en sentido contrario. No la carencia sino el exceso de estímulos es lo que puede resultar hoy tedioso. Y de tal cosa sólo nos salvaría esa franciscana frugalidad que Brodsky descartó . 

Por supuesto, nadie propone eliminar la fuente de estos excesos, sólo administrarla mejor. “¡Emborrachaos! De vino, de amor, de poesía, de lo que sea, pero emborrachaos”, reclamaba Baudelaire. Pues bien, la sensibilidad contemporánea, mucho me temo, ha trocado el grito del poeta por un “¡Empachaos!”. Y el empacho, lo sabemos bien en estas fechas, tras los fastos navideños, obtura el gusto. Impide todo entusiasmo. Cuando todo es brillante, destellante, alucinante, nada lo es. Nuestra situación cotidiana se antoja por tanto una variante del mal de Stendhal en la que el viajero ya no necesita desplazarse, le basta una terminal de internet para quedar abrumado… durante unos segundos. Y a por el siguiente estímulo. Un modo de disimular el aburrimiento, no de hacerle frente. La cuestión en consecuencia no es ya aburrirse o no, es qué tipo de aburrimiento preferimos. O sea, cómo llenamos ese tiempo que ha quedado liberado de las ocupaciones. Aburrirse mejor o peor, con más provecho o con menos. Entre el extremo de la alienación inconsciente de serlo del empacho y el de la ascética de la frugalidad rigurosa, cada cual habrá de elegir. Pero no puedo extenderme más. Hace rato que usted -reconózcalo, querido lector- empieza a aburrirse.

Ramón Casas, 
Joven decadente

Lecturas mencionadas

Joseph Brodsky, In Praise of Boredom. DESCARGAR (ES) 

Alberto Moravia, El tedio. COMPRAR (Epub, Papel) 

Max Jacob, Conseils à un jeun poète. COMPRAR (Epub, Papel)

Wystan Hugh Auden, "In Praise of Limestone". LEER.

Horacio, Odas. COMPRAR.

 

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