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Las obras de Antoine de Saint-Exupéry son un clásico en la literatura que no dejan de inspirar. El escritor francés logra ver en los detalles más cotidianos e inocentes de la vida verdades de una profundidad filosófica que a nuestro Enrique López, alumno del grado en Filosofía, Política y Economía (PPE), tampoco se le escapan. A raíz de una rosa Enrique nos habla sobre la trascendencia del amor.


Una rosa clavada en la arena


Eran las once de la mañana. Mi madre, mi hermanita pequeña y yo nos disponíamos a hacer lo de costumbre: pasar un rato agradable en la orilla del mar, esta vez en la de Torremolinos. Pero ése no iba a ser un día de playa cualquiera. De pronto algo inaudito, novedoso se cruzó en mi camino. Ellas no se debieron de dar cuenta. Yo, en cambio, estaba ya absorto, como embelesado por la notoriedad del hecho. ¡Una rosa! Una rosa estaba ahí, clavada en medio de la playa, enraizada en la pedrosa arena malagueña. Al lado, una mujer entrada en años mirando tranquilamente su pantalla del móvil —quiero pensar que estaría leyendo—. Se lo digo a mi madre: “¡Mira, mamá: una rosa clavada en la arena!” Ella, esbozando una sonrisa cómplice, me espeta: “¡Es verdad! ¡Qué bueno!”. Entonces yo, encantado como quien súbitamente se alegra por una buena noticia, le digo que voy a hacerle una foto, que eso hay que inmortalizarlo. “Es como la rosa del Principito”, murmullo para mis adentros.

Me acerco a la señora, la saludo cordialmente y le pregunto si no le importaría que le sacase una foto a su rosa. Para mayor inri, me dice que la rosa no es suya, que ya estaba ahí cuando ella llegó. ¡Lo que me faltaba! La imaginación empezó entonces a írseme de las manos, a emanciparse de la razón. Elaboró con minuciosa precisión lo ocurrido. ¡Toda una desgracia! Un galán habría puesto sus últimas esperanzas de conquista en aquella rosa. La joven doncella receptora del agasajo, altanera y recelosa, fría y distante, habría rechazado la declaración de amor.

La rosa. Qué cosa tan bella la rosa. Es la estrella del romanticismo; la joya de la corona del amor cortés. El hombre, ávido inquisidor de los más profundos anhelos que habitan el corazón de su dama, sale de sí mismo, pasa vergüenza, gasta su tiempo en preparar el acontecimiento y...

La vida está llena de rosas clavadas en la arena; de labrados intentos de conseguir algo que se ven hundidos en la miseria, engullidos por el fracaso. La derrota tiene siempre ese sabor agridulce de haberlo dado todo pero no haber conseguido lo que se quería. La derrota es esa rosa clavada en la arena: solitaria, tupida, bailando al compás del quejido del viento. El mar por compañía. ¡El mar! ¡Lo infinito! ¡Lo abisal! La arena es la aridez, el toque amargo que condimenta el plato de la impotencia. La rosa, la belleza del proceso, el crecimiento del sujeto agente, del intrépido luchador, del audaz soldado que ha dado su vida, su honor y todas sus potencias por una loca empresa.

Acaso aquel joven no haya pensado en todo esto cuando triste dejó clavada aquella flor en la arena. O acaso sí. ¿Quién sabe? Lo que seguro no se esperaba es que otro joven inquieto, otro soldado que en su día también cayó en combate, iba a recoger su rosa; y mucho menos que ésta iría a parar al regazo de una imagen de la Virgen que tiene en su casa. Porque el amor es así, infinito, y todo acto de amor tiene un redundar inefable. Ahora la rosa —'su' rosa—, ésa que enarbola la desazón, el desplante, la desesperanza, duerme tranquila a la sombra de María; ahora, la rosa no tiene espinas, está revestida con el traje del dolor ya sufrido, y pasa a ser entregada a aquella que más sufrió. El amor vence siempre. Pongo a la rosa por testigo.

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