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Para ti, ¿qué debe tener un buen día? Germán Beltramo, alumno de Filología Hispánica, nos lo cuenta a través de Federico. Algunas veces, un día en la vida de una persona puede decirnos más de ella que toda una vida.

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Un buen día

O de cómo Federico cambió su rutina.

En un pequeño barrio de una ciudad grande, vivía un hombre con muy poco que contar. Se llamaba Federico, pero en el trabajo lo llamaban Fede porque era más corto y le hacía más justicia: daba saludos cortos, respondía con frases cortas y bebía café cortado que traía desde casa. En pocas palabras, Fede no se relacionaba con la gente y hasta él mismo se consideraba aburrido. Nunca le había pasado nada fuera de lo normal ni había hecho algo que recordase con un cariño especial. Toda su ropa era gris, la única decoración en su apartamento era un jarrón de flores falsas y sus días eran la repetición de una tediosa rutina.

Un frío 30 de diciembre, volviendo del trabajo, pasó algo: Federico compró un billete de lotería. Se cruzó con un vendedor y, sin saber muy bien por qué, compró un billete. Cuando llegó a su casa y se preguntó de dónde había surgido tal impulso, no pudo encontrar la respuesta. Pasó toda la tarde pensando y se fue a dormir un poco molesto y sin una explicación convincente. Pero no logró conciliar el sueño y estuvo toda la noche dándole vueltas.

Al hacerse de día se levantó de un salto, dos horas antes de lo normal y con una sonrisa en la cara. Había llegado a la conclusión de que la compra del billete era parte del destino, estaba destinado a ganar, así que ese 31 de diciembre iba a ser un buen día. Con este pensamiento en la cabeza, Federico cantó en la ducha, se vistió combinando tres tonos de gris y regó sus flores, aunque eran de plástico. Salió a trabajar silbando y en el camino se compró un sombrero de colores. En el trabajo, sus compañeros no se podían creer lo que veían: saludaba a todo el mundo con dos besos y un abrazo, contaba chistes y deseaba un feliz año nuevo a cada rato. Cuando le preguntaban el porqué de su cambio de actitud, simplemente respondía que era un buen día. Finalmente podía hablar con los miembros de la oficina sin sentirse aburrido y todo parecía brillar a sus ojos.
Cuando terminó la jornada, sabía que solo quedaba una cosa por hacer. Así que tomó un pequeño desvío en su camino a casa para pasar delante de una tienda de televisores. Ahí pudo ver el anuncio del ganador de la lotería de año nuevo que, para su total sorpresa, no era él. El número en pantalla no era, ni por asomo, el de su billete; es más, no coincidían ni tres cifras. Sin saber qué pensar, siguió caminando, con la mirada en el suelo. Continuó el recorrido hasta su casa así, ensimismado y confuso, suspirando el buen día que al final no lo fue. Al llegar a su edificio, levantó la mirada y se encontró con una sorpresa: un compañero del trabajo, que hasta entonces no sabía que también era su vecino, estaba esperando con la puerta abierta y una sonrisa amistosa. Fede se quedó pasmado unos segundos, sonrió él también y se dijo a sí mismo que igual sí que terminaba siendo un buen día, y entró contento a casa.


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