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Pintor de ventanas frías

Por Natalia Vallejo, 2º Filosofía y Periodismo
 

Pintor de ventanas frías

Cada vez que veo un cristal empañado me convierto en artista. No es por presumir, pero tengo una técnica y precisión increíbles, los dedos tensos pero la muñeca fluida ¿Es como usar un pincel? Más bien como llevar una batuta. Comencé mis estudios con figuras geométricas; después, escribía mi nombre guiándome de tutoriales de caligrafía en internet; finalmente, me interesé en los humanos y los animales, a pesar de que sus cuerpos eran muy complicados, hacer sus caras se me daba natural. Entonces descubrí que las caritas felices eran mi especialidad. Aún hoy tienen dientes grandes, o sacan la lengua, pero mis favoritas cierran los ojos (la cara que pone mi familia cuando se abrazan).  

Papá dice que el abrazo con los ojos cerrados significa confianza, que no necesitamos ver nada, y sentirnos seguros es suficiente. Muchas veces no sé de qué habla, ¿cómo que no necesitamos ver nada? Y no pienso escucharlo, mi reputación no puede mancharse, hoy no. Hoy todas las ventanas de la casa son un lienzo. Cuadradas en los cuartos, rectangulares y largas en la sala, circulares en la cocina. Pero hay una ventana que jamás he pintado. La del ático. Es perfecta. Triangular, el marco color melocotón, con destellos de luz esmeralda y lo más importante: tan empañada que tendría que usar dos dedos para que el dibujo se abra paso en el agua condensada, mi muñeca tendrá que moverse como un listón en el aire; y los dedos como baquetas. Mi hermano me ayudará con la escalera. La gran carita será el centro de conversación en la cena. De momento, lo es “Gran hermano”. Los invitados beberán vino y hablarán de mi arte. La mejor decoración de la casa, mejor que las luces, los renos, y los inflables que ha puesto mamá. 

Me pongo las botas negras y los guantes de lana. Un gorro rojo y un abrigo verde (ya sé, pero mi madre insistió con el espíritu navideño este año). Abro la puerta y el viento me rechaza, me empuja y la nieve me golpea en la nariz. Con una mano sujeto el abrigo con fuerza, y con la otra me cubro la cara. Cierro los ojos y camino. Bajo el porche, a ciegas y una vez que la nieve se come mis pies, los abro. Boris está fuera, tiene una pantaloneta, y una chaqueta de cuero. Hunde apresurado el cigarrillo encendido en la nieve. Siempre intenta ser un bad boy de esos que aparecen en las películas. 

— Te ves ridículo, Bo —le digo. Le gusta que le llame Bo. 

— Tú eres ridículo. ¿Una carita feliz? ¿Por eso hacemos todo esto?

— Sí, ahora pon la escalera, por favor.

Con dificultad, levanta la escalera. Es una amarilla que papá compró cuando la vio en uno de esos comerciales en donde gritan “¡Llame ya!”, y una señora muy bonita sube y baja la escalera, mientras un gordo tropieza con una escalera diferente, más fea, menos funcional y de precios mucho más altos. 

— Súbete de una vez, que tengo cosas que hacer —dice Bo con la respiración agitada. Se coloca en la mitad y sostiene la escalera con los brazos extendidos. Como el Hombre de Vitruvio. 

— Sabes que deberías ir al gimnasio en lugar de ver tantas películas —digo y le enseño una sonrisa. 

Comienzo el ascenso. Quinto peldaño. Me tiemblan las piernas y al mismo tiempo tiemblan las patas de la escalera. Si me quito los guantes estarían llenos de sudor. Siento golpes de tambor en la garganta. Es el corazón. Séptimo peldaño. Estoy a mitad de camino y me detengo. Cierro los ojos y respiro. ¿Cómo es posible que yo, Otto, el artista más grande de ventanas frías no pueda subir una escalera? Continúo. 

Me encuentro con la ventana cara a cara. No puedo ver el otro lado. La neblina forma parte del cristal, parece que ha estado ahí desde siempre. 

— Bo, aguanta.

Levanto la mano derecha, veo el guante. Sé lo que tengo que hacer. Lo muerdo justo por encima del dedo gordo, jalo, y luego el anular, jalo. Sale disparado. Junto el índice y el medio, escondo el anular y el meñique, y los amarro con el gordo. Me pongo a dibujar. Papá se asoma mirar. Mientras lo hago, pienso que quiero que la cara confíe en mí, que la pintaré cada año, y que cada año será mejor. Que confíe como yo cuando muerdo las galletas que hornea mi hermano, como cuando mi hermana se deja hacer peinados por mi madre y mi padre se deja hacer peinados por mi hermana, como cuando veo el calendario y sé que pasará lo que tiene escrito. Como cuando trago una medicina y cierro los ojos. Como cuando pido un deseo y cierro los ojos. Como la confianza de los ojos cerrados. 

Tiembla la escalera.

— Bo, aguanta.

Termino y apenas doy un pequeño paso hacia atrás. He olvidado de que estoy a seis metros sobre el suelo. El talón no encuentra apoyo y el resto de la planta intenta aferrarse a la escalera. Un solo movimiento puede definirlo todo, muevo los brazos con la ilusión de encontrar un agarre, pero poco a poco me encuentro de cara al cielo. Antes de poder contemplar el resultado en el ventanal, ya estoy cayendo. Salgo disparado. En el aire, con el brazo extendido y el codo bloqueado, mi mano se mueve con delicadeza, tiene vida propia. Forma el círculo, los ojos, la boca, y la nariz (solo como un punto, no había mucho tiempo). Es una obra perfecta. Todo está negro y, en segundos, siento otros dos brazos extendidos en mi espalda (recuerdo haberlos sentido muchas veces antes, cuando me fracturé la pierna y aprendía a caminar de nuevo). Han amortiguado mi caída, pienso. Escucho los gritos de mamá desde la sala. Escucho la voz de papá a mi lado. Casi dentro de mí. 

— Otto, aguanta.

Subo con pereza. Jalo y la escalera plegable sale con agresividad. En realidad, estoy tenso, desde aquel accidente las evito y ahora tengo que subir una. El ático huele a casa del abuelo, pongo un pie adentro y el polvo se mueve como la nieve, pero en cámara lenta. La luz amarillenta que entra por la ventana difumina las sombras. Miro a mi alrededor. Decoraciones de Halloween, mis viejas muletas, una carpa, libros, cajas que dicen “fotos”, “videocintas”, “equipo para karaoke” y el abrigo verde horrible que mi madre me obligaba a usar de pequeño. Me acerco a la ventana y me toco la cicatriz del pómulo. ¿Todo por una carita feliz? Me acomodo la chaqueta de cuero. Busco la caja de la escalera amarilla. Unos álbumes de fotos color vino tinto están regados en el suelo. Hojeo las páginas con imágenes de niños desnudos en la bañera, de la familia en la playa, en las montañas, esquiando, montando a caballo, de cuando todos teníamos varicela, y de la gran carita feliz.   

Mi carita es la exhibición más importante de este museo de antigüedades. Me acerco tanto que mi sonrisa, mis cejas y nariz están alineadas con la fotografía del dibujo. Pienso en los intentos desesperados de Boris y mi padre. En los gritos y la corrida en tacones de mi madre. Pienso en una mesa y un posavasos al lado de mi cama. La mesa no quiere dañarse, pero sabe que está protegida por el pedacito de madera, como siempre. Y si una gota cae, la mesa no lo culpará, porque sabe que él hizo todo lo posible. Pienso en que aprendí la confianza de los ojos cerrados a los golpes, que ahora parecen los de unas gotas de agua. Aguanté. Cierro los ojos y me convierto en uno con el dibujo. Estoy seguro (y lo dice el calendario) que este será un buen invierno.

Pintor de ventanas frías

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