Deontología médica y la ley natural1

Antonio Pardo
Publicado en portugués: A deontologia médica e a lei natural. En: Miguel Cabral, Pedro Afonso, eds. Reflexões sobre Ética Médica. Parede: Principia; 2019.  pp. 29-48.
Disponible en https://www.principia.pt/livro/reflexoes-sobre-etica-medica/

“El deber del médico se lo enseña, la mayoría de las veces y, ante todo, la misma medicina. Lo enseña por lo demás la ética médica, que brota por sí misma de la naturaleza de las relaciones de confianza entre el médico y el paciente”.

Robert Spaemann2

I. La expresión "Ley natural"

II. La sociabilidad humana

III. La vida buena y la salud

IV. La vocación profesional

V. Los deberes que siguen a la vocación

VI. Medicina y cristianismo

VII. Conclusión

Notas

Para desarrollar este tema, es necesario en primer lugar aclarar el concepto de ley natural. Sólo a continuación estaremos en condiciones de analizar la actividad profesional del médico y los requisitos intrínsecos de dicha actividad que se derivan de modo más inmediato de dicha ley natural. Dada la amplitud de este tema, el texto se limitará a exponer cuestiones básicas, siguiendo un hilo argumental que abarque ordenadamente los aspectos más relevantes.

I. La expresión “Ley natural”

El concepto de Ley natural es clásico en filosofía. Podríamos hacer una descripción muy básica de su contenido diciendo que es la regla del funcionamiento que le corresponde a un determinado tipo de cosa.

Por regla quiero indicar la regularidad interna que orienta la acción en un determinado sentido. Es muy patente en los seres vivos, que tienen tendencias marcadas y con objetivos muy concretos, determinados por los instintos; así, puede valer como ejemplo rudimentario que, para alimentarse, los gatos tienden a los ratones y las vacas a la hierba. También en ciencia, estamos muy acostumbrados a estas regularidades internas, que denominamos leyes científicas: las cargas positivas y las negativas se atraen, la ley de la gravedad hace que los cuerpos caigan, etc. Estos comportamientos y tendencias regulares propias de cada cosa son manifestación de lo que, clásicamente, se denomina “naturaleza”.

Hoy, aunque se emplea esta palabra, su significado es bastante distinto3. Para los clásicos, la naturaleza de algo es su modo de ser en cuanto que es principio de sus operaciones propias, es decir, en cuanto es algo activo, con un dinamismo que procede de sí mismo; así, con el ejemplo rudimentario visto antes, la naturaleza gatuna es lo que lleva a los gatos a cazar ratones. Actualmente, la ciencia moderna ha hecho que por naturaleza se entienda el mundo material en cuanto no modificado o alterado por la técnica. Como se puede ver, mientras que el concepto clásico apunta al modo de obrar de las cosas, el actual mira más bien a la descripción de su materialidad, tal como es antes de que el hombre intervenga.

Por tanto, apellidar algo de “natural” hoy tiene una connotación meramente fáctica: eso es materialmente así. Siguiendo una lógica rigurosa, no se puede pasar de las descripciones fácticas naturales a afirmaciones que indiquen tendencias; las afirmaciones de los clásicos no tienen apoyo en la descripción de la realidad efectuada por la ciencia moderna.

Este cambio de perspectiva de la ciencia moderna se aplica también al hombre: si la descripción de la realidad es meramente fáctica, no se puede hablar en el hombre de tendencias. En el hombre, estas tendencias precisan de la decisión libre para llegar a ser acciones. De este modo, el concepto de naturaleza en su acepción clásica conectaba de modo directo con la ética. Pero en una ciencia que no vea las tendencias de la realidad, esta conexión intrínseca desaparece.

De ahí se sigue que hoy se rechace lo natural del hombre como fuente de deber o de moralidad: lo natural humano es simplemente, para esta visión actual, una descripción de cómo es el hombre físicamente o de lo que hace de hecho. Y, en buena lógica, de descripciones fácticas no se puede pasar a afirmaciones que indiquen un deber ser, es decir, una orientación adecuada o inadecuada del obrar humano. Es lo que se denomina falacia naturalista: el paso de afirmaciones descriptivas a afirmaciones normativas.

La otra palabra cuyo significado debemos aclarar es “ley”. Hemos mencionado que solemos llamar leyes a las regularidades que la ciencia descubre en la naturaleza. Las descubre la inteligencia al examinar la realidad. Son una descripción del modo de actuar de un determinado ser. La ciencia y la observación se encuentran con sus regularidades y las formalizan afirmando que esas realidades siempre se comportan de ese modo. La palabra “ley”, en este contexto científico, tiene una connotación meramente descriptiva de cómo se comporta la realidad.

El hombre es también parte de la naturaleza, y puede ser estudiado desde un punto de vista científico; pero también desde un punto de vista clásico. Según el primero, se descubren regularidades que estudia la ciencia. Según el segundo, se descubren tendencias internas que apuntan a conductas adecuadas, y que vertebran el comportamiento ético humano. El resultado de este segundo modo de estudio descubre imperativos éticos naturales del hombre, que se denominan con propiedad “ley natural”. Sin embargo, ante esta afirmación, la visión moderna, ciega ante las tendencias naturales, protesta y concluye que se trata de la falacia naturalista que acabamos de ver: del estudio de la naturaleza (meramente fáctica) del hombre no se podrían extraer consecuencias éticas (y desde ese punto de vista, lleva razón).

A esta visión reduccionista que la ciencia actual tiene de la realidad se suma también el sentido que se atribuye a la palabra “ley” en el ámbito político: algo que está mandado hacer de un cierto modo, porque la autoridad lo ha decidido así. La palabra “ley” toma así un significado peyorativo de imposición de una voluntad ajena, algo que se debe ejecutar, aunque no agrade. La terminología “ley natural” nació en un contexto teológico; detrás de esa ley se veía a Dios como ordenador de la naturaleza; en ese contexto, la sensación de que Dios es un dictador que impone algo está servida4, y la ley natural termina pareciendo un instrumento del cristianismo para imponer sus creencias. Para los clásicos, sin embargo, no existía esa connotación negativa: ley es organización racional.

Para evitar estos equívocos, reduciremos el uso de la expresión “ley natural”, aunque, bien entendida, no tiene problemas. En su lugar, describiremos las realidades humanas que hay en la atención sanitaria, mostrando sus regularidades e intentando que resalten cuáles son las conductas más humanas o más adecuadas, que se corresponden con lo que los clásicos entendían con dicha expresión.

II. La sociabilidad humana

El estudio del hombre se remonta a los comienzos de la historia. Y aquellos primeros análisis, decantados por el tiempo, concluyen algo elemental: la vida humana sólo es posible en sociedad. No tanto por lo práctico que pueda ser la división del trabajo para facilitar la supervivencia o el bienestar, sino porque la plenitud humana no es posible sin la ayuda y la influencia mutua. Siguiendo a Aristóteles, el hombre vivió al principio con otros hombres para solucionar las necesidades de la vida; ahora, vivimos juntos para vivir bien5. Con este “vivir bien” apunta a un concepto clásico en filosofía: la vida plena, realizada desde el punto de vista humano. Esta idea data del siglo IV a. C.: se ve que no son necesarias tantas cosas para satisfacer las necesidades biológicas básicas del hombre.

Es muy fácil advertir esa necesidad de la interacción humana para que el hombre pueda alcanzar la vida buena. Así, las relaciones humanas son imprescindibles para la humanización de la vida humana durante el crecimiento en la familia (en caso de no darse esta interacción, tenemos los casos clínicos de “niños salvajes”, que no se desarrollan de modo humano, no pueden hablar, etc.); para la educación y la adquisición de la cultura, que permite todo enriquecimiento posterior; para las interacciones humanas que permiten el crecimiento como persona; todo esto son manifestaciones de la importancia básica de lo social para la vida humana plena.

Los clásicos analizaron los posibles motivos de las relaciones humanas, y distinguieron básicamente tres: las que se dan por agrado (disfrutar de una película o una comida juntos), por utilidad (la actividad comercial, en que comprador y vendedor se benefician mutuamente, es paradigmática) y las que se dan por lo que hoy llamaríamos fines altruistas: las que no esperan un beneficio a cambio; clásicamente, se denominaban por amor de amistad. Esta división no deja de ser un poco artificiosa: siempre se dan mezcladas en mayor o menor medida. Disfrutar de una actividad juntos abre a un trato benevolente con los compañeros de juego u otras actividades lúdicas. Y otro tanto cabe decir de la actividad comercial.

Pero el vínculo por amor de amistad es imprescindible para que las relaciones humanas puedan rendir el fruto de la “vida buena” que hemos mencionado. No hay más que fijarse en la entrega gratuita de una madre a sus hijos, de un maestro a sus alumnos… Es muy patente cuando se ven actividades de servicio que, en expresión popular, “yo no lo haría por todo el oro del mundo”: efectivamente, no se pagan con oro, es más, son gratuitas. Pero, sin esta entrega gratuita, no habría sociedad. Nuevamente, siguiendo a Aristóteles: la amistad mantiene unidas las ciudades6, es decir, la sociedad política que él conoció, la polis; la vida en común sólo es posible si nos ocupamos de modo benevolente de los demás.

III. La vida buena y la salud

La vida buena, fin al que apunta la actividad humana, es difícil de conseguir7. Como hemos mencionado antes, precisa la ayuda de los demás en conjunción con la libertad humana. La ayuda ajena nos llega por la crianza, el lenguaje, la educación, los consejos, la orientación de las leyes, las normas de urbanidad, las creencias religiosas y políticas, etc., que configuran el modo de vivir de una persona cuando son vividos de modo peculiar por cada individuo por el ejercicio de su libertad (los condicionantes sociales no son determinantes estrictos de nuestra actuación). Pero también nos llega en forma de ayudas materiales, imprescindibles para poder desarrollarnos como personas: alimentación, vestido, vivienda, no son apenas viables para el hombre solo. Precisa de los demás para conseguirlos.

En las ayudas no materiales es patente el componente gratuito, que hemos denominado amor de amistad. Pero este amor benevolente también existe cuando se trata de facilitar las cosas materiales necesarias para la vida buena: como vimos, no se puede aislar realmente un motivo de relaciones sociales.

La ayuda para la salud es una de las ayudas materiales que los hombres nos prestamos con amor benevolente especialmente claro. Cuando alguien enferma, su relación con quien le ayuda en su enfermedad no es para disfrutar (uno de los motivos de unión entre personas), ni para efectuar un intercambio beneficioso con quien le ayuda (desde ese punto de vista, siempre recibirá más que quien le atiende, la relación está desequilibrada). La relación de un cuidador con un enfermo es típicamente una relación benevolente por parte de quien cuida y de dependencia por parte del paciente, que materialmente recibe más de lo que da.

Esta relación se da de modo espontáneo, sin necesidad de conocimientos científicos ni especialización alguna: la madre que lleva un caldo caliente a su hijo con fiebre es una buena muestra. Pero es patente que esas ayudas básicas (alimento, cama, arropar) no llevan a recuperar la plenitud de facultades del enfermo excepto si el proceso morboso es leve o tiende a terminar por sí mismo. Desde la antigüedad clásica se buscan las causas del enfermar, y se les intenta aplicar los remedios más oportunos. Es la Medicina científica.

La actividad médica intenta conseguir que el enfermo recupere la salud. La definición en boga de este término, proporcionada hace algo más de medio siglo por la Organización Mundial de la Salud, está muy descaminada, y es fuente de bastantes planteamientos errados en la atención sanitaria8. Esta definición iguala salud con bienestar. Obviamente, esto no es cierto: hay estados de malestar que no implican enfermedad (cansancio por el deporte, tristeza al perder un ser querido), y estados de bienestar que están pidiendo una intervención médica urgente (sobredosis de drogas, muerte por congelación), entre otras dificultades insalvables que se podrían aducir.

Salud, siguiendo a los clásicos, es el estado corporal y psicológico que permite seguir viviendo. Vivir, en esta definición, no se refiere sólo a lo meramente biológico, sino a todo el complejo de actividades que configura la vida humana. Vivir para unos es ser abogado, para otros agricultor, etc. Cada vida humana tiene sus peculiaridades, que no se pueden reducir al aspecto animal del hombre. Y cada modo de vivir tiene sus peculiares necesidades orgánicas para poder desempeñarse adecuadamente. Por ejemplo, el cuerpo de un futbolista profesional tiene que rendir mucho más que el de un oficinista sedentario.

Pero, independientemente de ese aspecto (la salud es algo peculiar de cada persona, pues depende de lo que hace y cómo vive), la salud es también necesaria para poder alcanzar la plenitud humana. Los clásicos cifraban esta perfección de la vida buena en la vida según la virtud. Pero, para poder hacer actos virtuosos, en muchos casos se precisa un cierto grado de integridad física y psicológica, de salud, en una palabra. Ésta es necesaria para poder desarrollar los actos libres que llevan a la maduración de la virtud. Por tanto, la ayuda para la salud, que es parte de la sociabilidad humana, es un elemento necesario para la consecución de la vida buena, que es el objetivo de la vida humana en común y, en general, de la vida humana sin más.

En este sentido, es indicativo que se considere habitualmente a la Medicina una profesión libre o liberal. Para los clásicos, las profesiones necesarias eran las que estaban ligadas a aspectos necesarios de la vida humana, que no pueden ser de otra manera, y sólo se pueden desarrollar de modo fijo, normalmente mediante una labor física (hoy reemplazada en buena medida por máquinas). Así, no se puede decidir libremente dejar de comer y de suplir alimentos: por este motivo, la agricultura está atada a la necesidad (aunque pueda desarrollarse de modos variados). Sin embargo, en cuestiones de derecho, por ejemplo, podemos organizar las cosas de distintos modos, todos ellos justos: comparar leyes justas de distintos países da una idea de la libertad de los juristas; no es una actividad necesaria, sino libre9.

La Medicina es libre en el sentido de que no está atada a un solo modo de hacer. Las técnicas médicas han cambiado mucho con el tiempo, pero siempre ha habido una discrecionalidad del médico a la hora de plantear sus tratamientos, en parte por cuestiones técnicas (del mismo modo que pueden cambiar las técnicas agrícolas), en parte porque el término de su actividad profesional no es un cuerpo que haya que arreglar, como si fuera un mecanismo estropeado, sino la vida de una persona con sus peculiaridades únicas (el futbolista y el oficinista sedentario precisan ayudas muy distintas para su vivir). Y como estas peculiaridades son enormemente variables, los consejos médicos lo son igualmente (del mismo modo que son válidas diversas soluciones jurídicas justas).

Visto de otro modo: la Medicina no cura o arregla el cuerpo del enfermo. Puede hacerlo, aunque no siempre, y eso es sólo un medio. Su objetivo es cambiar el modo de vivir de las personas. De estar atadas a lo que su biología decida y limite con la enfermedad, los enfermos pueden, con la ayuda médica, recuperar la salud, distinto a recuperar la integridad física; así, un analgésico puede cambiar una tarde en la cama con dolor de cabeza en un rato de lectura o de estudio. Con esa ayuda médica, el enfermo deja de estar atado a la necesidad biológica, y puede decidir libremente qué hacer, y configurar su vida a su modo, personal, peculiar. La medicina permite modos de vivir libres. Se suma así a los juristas (que crean modos de vivir en sociedad con las leyes), los filósofos (que crean modos de vivir en sociedad con sus ideas), los artistas, los arquitectos, los ingenieros, etc., etc.

La actividad sanitaria es, en suma, ayudar a vivir. Y vivir, para el hombre, es vivir humano, no sólo biología: es cuidar a los hijos, hacer deporte, guisar, irse de vacaciones, trabajar en una fábrica, y todo lo que se nos pueda ocurrir. La Medicina, con su trabajo, colabora a todos esos modos de vivir y actuar, que no serían posibles sin ella cuando ataca la enfermedad. Y, en dicha actuación médica, es menester tener en mente la idea de que esos modos de vivir posibles con su técnica son distintos caminos para alcanzar la perfección de la vida buena, de la vida según la virtud.

IV. La vocación profesional

Todos debemos ayudar a los demás en sociedad. Sin embargo, el espectro de ayudas que se pueden prestar es infinito. Y, obviamente, no todos tenemos obligación de hacer todo por los demás. La criba de esas posibles actividades viene dada por la proximidad (no puedo ayudar a una anciana de Bangkok a cruzar la calle porque no estoy allí), y por la vocación10, que sobre la que explicaré a continuación.

De entre las diversas actividades que podemos desarrollar, los hombres descubrimos una que, por decirlo de algún modo, nos llena especialmente, nos toca y nos lleva a pensar que “es lo nuestro”. Su aparición se da con circunstancias muy variables; desde el niño que ya ve lo que quiere de su vida desde muy pronto, hasta quien, tras haber estudiado una carrera, se da cuenta de que las técnicas que ha adquirido le interpelan como persona, y le ponen delante de una disyuntiva que determinará sus metas vitales de ahí en adelante según la respuesta que le dé. En todo caso, es un hallazgo, un descubrimiento, que pide una respuesta de compromiso vital. Mientras otras actividades han pasado por nuestra vida o nuestro conocimiento sin especial relieve, la llamada de la vocación profesional nos interpela.

Nos llevaría demasiado lejos examinar por qué se percibe esa llamada y su naturaleza profunda. Pero, en todo caso, es claro que no deja indiferente y pide una respuesta. El camino de una persona tras apreciar esa llamada puede ser el rechazo (normalmente por encontrarla muy exigente, cansada, u otras razones), o la aceptación incondicional. En el primer caso, de modo más o menos acusado, se experimentará el fracaso vital: a fin de cuentas, esa vocación percibida era la meta en la vida, el modo perfecto para alcanzar la perfección humana de la vida buena para esa persona11.

El segundo caso, aceptar interiormente la llamada vocacional, supone un compromiso personal con esa profesión. Ese compromiso interior se manifiesta externamente. En la antigüedad clásica, el modo de manifestarlo era el juramento. El motivo de su empleo es el siguiente: en esa época, la enseñanza de la Medicina se realizaba mediante el seguimiento de un maestro (que, dicho sea de paso, enseñaba mucho más que cuestiones técnicas: transmitía también un modo de hacer, con sus virtudes profesionales y buenos hábitos humanos); cuando el maestro consideraba al discípulo adecuadamente preparado, éste manifestaba públicamente su compromiso interior con la profesión y sus exigencias.

Dado que, en la antigüedad, la capacidad de las pruebas periciales era muy limitada, era frecuente el recurso al juramento como modo de dirimir disputas ante los tribunales (cuestión que pervive hoy en el delito de perjurio de la justicia anglosajona, que sirve más para apuntalar la administración de justicia que para manifestar respeto a Dios). El juramento era el modo más sólido de manifestar algo. Dada la importancia del objetivo profesional de la Medicina (la ayuda a la salud de las personas) y su naturaleza (implica un compromiso vital del médico ante la vocación), desde esa época se manifestó como juramento, el Juramento Hipocrático.

En éste, se manifiesta el compromiso del médico con la profesión, no de modo genérico, sino pormenorizadamente, con sus exigencias básicas de conducta. Aparecen así deberes muy concretos, que personas que no tienen esa vocación no experimentan. Esto no sucede porque la Medicina preste una ayuda de algún modo superflua. Es, más bien, que la vocación aceptada muestra sus deberes intrínsecos a quien la ha acogido. Para él, en concreto, no prestar ayuda profesional a otras personas constituiría un mal moral, mientras que, para otras personas sin esa vocación, no. Sin mencionar que su realización como persona depende, de ahí en adelante, de su cumplimiento de los deberes profesionales.

Empleando terminología clásica, hoy tan poco en boga y, como mencionamos, tan mal comprendida, la ley natural de ayudar a los demás se concreta, para cada cual, en seguir el compromiso profesional aceptado y sus deberes intrínsecos. Evidentemente, esto no implica cumplir como un autómata las directrices profesionales: los deberes se han de cumplir según la virtud de la prudencia, que nos lleva a elegir las decisiones más adecuadas según las circunstancias. La vocación profesional no extingue la vía normal de la perfección personal (el ejercicio adecuado de la libertad), sino que la encauza a través de los deberes profesionales, que adquieren así un relieve primordial en la vida personal.

V. Los deberes que siguen a la vocación

La enumeración detallada de los deberes profesionales del médico sería larga. Además, dicho elenco estaría sujeto a las circunstancias del momento: no todo deber exige una acción aquí y ahora. La dosificación de las acciones correctas dentro de los deberes profesionales corresponde a la virtud de la prudencia, que orienta sobre la actuación más adecuada en cada momento. Los códigos éticos y deontológicos son una buena recopilación de dichos deberes generales, elaborada por médicos reconocidamente prudentes por sus colegas. Su papel, como el de toda norma, es orientar la acción mostrando el deber, aunque sea de modo genérico. Sólo algunas normas muy concretas, negativas, muy pocas, pueden arrogarse el privilegio de tener que cumplirse siempre sin excepciones. El propio juramento hipocrático trae algunas de ellas, como la prohibición de administrar un veneno, incluso aunque el paciente lo pida.

De todos modos, sí es conveniente hacer una descripción de dos ideas de fondo de dichos deberes, que son su manifestación y su raíz respectivamente. Concretamente, se trata de la necesidad de la competencia técnica, y de la importancia de la atención a la persona concreta. Veámoslas con algo de detalle.

Como mencionamos anteriormente, ayudar profesionalmente a un enfermo a recuperar la salud no puede limitarse a proporcionar cuidados maternales. Desde el nacimiento de la medicina científica, con la idea hipocrática de buscar las causas naturales del enfermar y ponerles remedio, son necesarios conocimientos especializados para poder llevar la salud a los enfermos. De aquí se deriva el deber de saber, que sólo se puede conseguir con el estudio, constante y reglado, para mantener los conocimientos al día; también es necesario adquirir y mantener las habilidades prácticas necesarias para poder intervenir sobre el cuerpo humano y reparar lesiones, si es el caso, cada médico según lo que exija su especialidad. No es infrecuente observar colegas que permanecen estancados, y no revisan bibliografía reciente que les permita actualizar prácticas quizá buenas en su día, pero menos eficaces o incluso perjudiciales según los conocimientos presentes. Esta competencia técnica es la manifestación de haberse tomado en serio los deberes profesionales.

La atención a la persona concreta es la raíz de una adecuada actuación profesional. En efecto, la ayuda al enfermo, al paciente que nos atañe en ese momento, es la concreción del deber general de ayuda a quienes nos rodean, que va con el modo de ser del hombre. Es muy distinta a la consideración del trabajo como una labor meramente técnica, que se desarrolla por unos emolumentos que se perciben, y que no nos afecta pasado el horario de trabajo. Eso es inhumano, por muy difundido que sea, o aunque esté de acuerdo con la norma legal: ésta, por definición, no puede llegar al núcleo de la aceptación de la vocación y al compromiso personal subsiguiente, con sus deberes anejos.

Pero, si la raíz de los deberes profesionales es la atención a la persona concreta, nuestra actuación profesional debe variar con tanta elasticidad como variada es la vida de las personas. No olvidemos que el objetivo de la Medicina, la salud, es un medio para la vida personal, que adopta infinita variedad de manifestaciones. Por este motivo, surgen una nueva serie de consideraciones, imprescindibles para una buena actuación profesional.

Así, en las distintas especialidades médicas, para el tratamiento o enfoque adecuado de distintos procesos morbosos, es frecuente que existan protocolos de actuación normalizados. Pueden adoptar forma de diagramas de flujo con preguntas y cursos de actuación distintos según las respuestas, o pueden ser solamente una relación de reglas de enfoque del problema, etc. Estos protocolos, elaborados por expertos en la materia, son una gran ayuda para el ejercicio profesional diario, pues permiten en muchos casos enfocar adecuadamente los problemas sin excesivo esfuerzo.

Sin embargo, también encierran un problema serio: al venir como un conjunto cerrado, hacen perder de vista el resto de la realidad del paciente y de su enfermedad. De algún modo, los protocolos igualan a todos los enfermos con un mismo diagnóstico. Pero, si la salud es algo distinto para cada cual, el enfermar de cada paciente es distinto, supone limitaciones distintas a su vivir. La tentación del médico es entonces aplicar el protocolo, sin tener en cuenta esas peculiaridades personales. En el fondo, es una cierta pereza para razonar con los problemas del paciente concreto. El resultado suele ser técnicamente bueno, desde el punto de vista parcial de la sanidad como técnica para arreglar un cuerpo estropeado, pero desde el punto de vista humano es deficiente: no tiene en cuenta las peculiaridades de la vida de la persona.

Esto abre todo un ámbito de formación humana para los médicos. Ir con las cuestiones técnicas por delante, aunque sea algo complejo en ocasiones, es siempre proporcionalmente sencillo si se compara con la necesidad de conocer las peculiaridades del paciente, su modo de ser. El enfermo tiene un problema humano, no puede vivir. Eso no es algo técnico, por mucho que haya habido intentos de formalizarlo, con expresiones como “bio-psico-social” y otras de índole parecida: la realidad es siempre más amplia que cualquier entramado formal diseñado para ordenar y protocolizar su riqueza.

Esto implica la necesidad del médico de ser humanamente cercano, de tener un trato en que escuche mucho, intentando entender al paciente y sus peculiaridades. El médico debe ser rico en humanidad. Eso no se puede formalizar. Se podrán recibir algunas lecciones básicas de urbanidad, pero luego la vida siempre aporta más.

Está bastante de moda el término empatía para señalar la sintonía humana del médico hacia sus pacientes. Pero la relación con el paciente, aunque precise del sentimiento, especialmente de la compasión, no puede reducirse a la comunicación emotiva que llamamos empatía12. Ésta ha quedado como un término muy socorrido para expresar algo que se intuye de qué va, pero rara vez se aclara bien. La relación humana con el paciente implica más cosas.

Intentando afinar algo, podríamos decir que es manifestación de una actitud interior de benevolencia hacia el paciente, que se manifiesta en forma de cortesía, preocupación por sus problemas, disponibilidad para ayudarle. Los modos “materiales” de dicha actitud son tan variables como las regiones del mundo y su idiosincrasia. Lo que en algunos medios es visto como rudeza, en otros puede parecer delicadeza excesiva, casi melosidad en el trato, y el paciente puede estar por dentro deseando una conversación más expeditiva... que a otro paciente le puede resultar asperísima. Va mi recuerdo a un médico, muy buen clínico, que me atendió en ocasiones, y que sus pacientes rehuían por lo premioso de su dedicación tan detallosa y pormenorizada.

Como puede verse, esta cuestión es muy difícil de perfilar, si entendemos por tal el intento de formalizar algunas cuestiones que es necesario tener en cuenta en el trato con el paciente. No cabe duda de que algunas cosas se pueden decir para estructurar el trato con el enfermo: modos de decir que deben evitarse (como hablar siempre al paciente con cáncer de su situación como una batalla), consejos siempre útiles (al entrar en la habitación del hospital presentarse diciendo el nombre), etc. Pero, al final, tenemos un problema parecido al de la virtud: la actitud adecuada con el paciente no se puede reducir a un elenco de normas. Es algo que sale del interior del médico, no puede ser resultado de un aprendizaje técnico, como un actor que representa un papel. Esto, o sale del interior, o se nota exteriormente que no existe esa actitud benevolente y preocupada por el paciente.

Con el trato humano hacia el paciente sucede como con la virtud también en otro aspecto: que se madura con el tiempo. Una actitud servicial en un médico novel nunca tiene las mismas características que la de un médico con años de ejercicio profesional. El primero tiene toda la buena voluntad del mundo, pero le faltan hábitos que debe ir forjando poco a poco. El segundo se ocupa de sus enfermos de modo solícito sin pensarlo siquiera, le sale de modo natural. Es la maduración lógica del trato humano con los años, gracias a un empeñarse cotidiano en su labor. Esta maduración no implica un cambio de temperamento: se puede ser enérgico o tímido, y seguirlo siendo con el paso del tiempo; lo que cambia es el enriquecimiento interior, el crecimiento en la virtud, que produce el mejor trato y la mejor dedicación a los pacientes.

Por resumirlo de algún modo, el médico debe tener, además de competencia técnica, la capacidad de trato humano necesaria para poder mantener la relación de amistad con el paciente: ésa es la base necesaria para poder ayudarle en sus problemas. Y esa base depende de la adecuada actitud interior hacia el paciente cultivada con perseverancia.

La necesidad de poder mantener un trato humano adecuado implica otros deberes: la formación humana, para no ser un inculto con buena voluntad. Esto incluye las lecturas de buena literatura, una cierta formación humanística (hay libros de historia o biografías que pueden hacer pasar las horas sin darse cuenta mientras dan lecciones de humanidad), el buen cine (distinto de los thriller vacuos de contenido humano, que se ven sólo como distracción), pintura, música, y un largo etcétera que nunca se puede descuidar.

VI. Medicina y cristianismo

En el desarrollo de este capítulo, han ido apareciendo bastantes cuestiones relativas a la respuesta interior, la actitud interior, etc.: el empeño en tomar decisiones rectas, la aceptación rendida de la llamada vocacional, el compromiso interior de atender a todos los enfermos. A más de uno le puede parecer que semejante empresa es inviable, sobrehumana. Una cosa es plantearse esa entrega de modo puntual o durante el horario de trabajo, y otra que constituya una actitud vital permanente. De hecho, las exigencias de trato humano correcto, por ejemplo, implican no abandonar esos modos de comportarse cuando no se está tratando a los pacientes; de lo contrario, el hábito benevolente se debilita, pues el modo de ser del médico es el mismo dentro y fuera de la consulta: ser buena persona ante el paciente implica serlo también con todas las personas, sin descuidar las responsabilidades hacia los más próximos (la familia, si se tiene). Con lo que la interpelación ética de un trato humano, adecuado al paciente, se muestra como una exigencia de muy alto nivel.

Existen muchos médicos que consideran esto un ideal demasiado alto. Quizá no de modo teórico o consciente, pero sí de modo práctico: el cansancio hace mella, la atención esmerada se hace dura, y terminan cediendo. Son buenas personas, se preocupan de sus pacientes razonablemente, pero siempre quedan en su conducta flecos que se podrían mejorar notablemente: la cesión a la pereza cuando se trata de buscar una referencia bibliográfica sobre una cuestión que atañe al paciente que estamos atendiendo, una respuesta con malos modos a un enfermo que se pone un tanto pesado con alguna cuestión, y muchas más cosas que cualquier profesional podría enumerar.

Existe un pasaje de la Ética a Nicómaco de Aristóteles que resulta muy iluminador al respecto. Aparece después de haber descrito los vicios y las virtudes (descripción de notable viveza, que parece hecha hoy observando a nuestros coetáneos). En ese momento, tras haber tratado del crecimiento humano con la virtud y de su degradación con el vicio, observa que, aunque lo normal es encontrar personas con una mezcla de ambos en distintas proporciones, se encuentran de vez en cuando personas que son excepcionalmente buenas, característica que no puede relacionarse con factores sociales o educativos dignos de mención. La explicación que aporta es que dichas personas están favorecidas por alguna causa divina13. Es una intuición que, en su boca, hay que tomar muy en serio.

Siglos después, el cristianismo da pábulo a esta idea. El hombre no es capaz de obrar el bien con sus solas fuerzas. ¿Por qué es así? ¿Cuál es el remedio para lograrlo? La respuesta cristiana a estas preguntas es la doctrina del pecado original y la de la redención.

La formulación habitual del pecado original puede producir cierta confusión, pues emplea la palabra “pecado” de modo distinto al pecado personal. En efecto, habitualmente se entiende por pecado una acción mala, derivada de la voluntad libre y, por tanto, responsable y culpable. Sin embargo, el pecado original no entra dentro de esta descripción. El planteamiento cristiano señala que es un pecado personal en nuestros primeros padres, que pasa a la descendencia “por propagación, no por imitación”14: no afecta a todos los hombres por un acto personal éticamente incorrecto de cada uno.

Quizá se entienda mejor con la siguiente descripción: nuestros primeros padres habían recibido como don inmerecido la participación en la naturaleza divina, o, como también se suele llamar, la gracia santificante, que los hacía capaces de la vida divina ya en esta vida, vida que se consumaría en la vida eterna de unión con Dios del cielo. Al pecar, perdieron ese don. Quien tiene unas propiedades, y las pierde por su culpa, se queda sin ellas, para él y para su descendencia, que no podrá heredarlas. De modo similar, al perder los dones de Dios, su descendencia (el resto de la humanidad) se queda también sin esos dones. El género humano se queda con su naturaleza abandonada a sí misma. De esa situación no se pueden seguir actos que merezcan la recompensa sobrenatural, aunque sí pueden hacerse actos que degraden al hombre a un nivel inferior a lo que pide su naturaleza15, que es lo que sucede con mucha frecuencia.

Para sacarnos de esa situación, que no era lo que Dios quería para el hombre, el Padre, compadecido del extravío de los hombres, envió a su Hijo para redimirnos16. Por su vida y muerte en la Cruz nos devolvió la amistad con Dios en Él, de modo que podemos volver a vivir vida sobrenatural en nosotros.

Esta vida sobrenatural no sólo nos capacita para poder obtener la recompensa sobrenatural del cielo (la comunión completa con Dios), sino también para poder obrar el bien que hubiéramos hecho si conserváramos el don de la sobrenaturaleza. Dicho de otro modo, la participación en la vida de Cristo, que se inicia con el bautismo, no sólo da la vida sobrenatural, sino que sana las heridas que el pecado original dejó en nuestra naturaleza. Ahora bien, esa sanación no es automática, sino que exige nuestro esfuerzo: seguimos notando tensiones hacia el mal obrar17, contra las que tenemos que luchar. Sin esa oposición activa, no se consigue la plenitud de la vida sobrenatural, la santidad, ni la plenitud de la vida humana, la vida buena en expresión de los clásicos.

¿Es posible, por tanto, cumplir las exigencias de la vocación profesional a la Medicina sin la ayuda de la gracia que nos viene por el bautismo (que nos incorpora a Cristo)? Puede parecer que sí, pues vemos personas que, sin ser cristianos bautizados, son ese tipo de personas que, según Aristóteles, están favorecidos por una causa divina. Sin embargo, la Iglesia afirma que esas personas participan también de la redención obrada por Cristo, aunque no haya llegado a ellos por el cauce ordinario del bautismo: la gracia de Dios no está atada a los medios materiales que Él ha dispuesto como vía normal para obtenerla, y puede otorgarla graciosamente a quien desee. De todos modos, es claramente preferible la vía ordinaria, más segura, entre otras cosas por ir unida a un contexto cultural cristiano (la comunidad en que sucede el bautismo), que transmite, junto con el signo sacramental, la formación y el ejemplo necesarios para que ese germen divino pueda madurar.

VII. Conclusión

La ley natural es la formulación del orden recto de la conducta humana, de lo más adecuado al hombre. En Medicina, este orden recto es aplicación de la obligación natural que todo hombre tiene de preocuparse y servir a quienes viven a su alrededor. Esta sociabilidad básica se concreta por medio de la vocación profesional, que señala unos deberes hacia los demás que no atañen a todo el mundo: los deberes profesionales. Éstos se derivan del compromiso personal con la vocación, que se manifiesta externamente en el Juramento hipocrático (en tiempos clásicos) y, hoy, en la aceptación y fidelidad a los deberes profesionales. Estos deberes se pueden resumir en dos puntos básicos: competencia técnica y trato humano benevolente que atiende a cada persona individual de modo específico, mirando sus peculiaridades personales. Cumplir estos deberes se ve muy facilitado por la gracia divina, que se recibe habitualmente en el bautismo cristiano.

Notas


(1) Agradezco al Dr. Echarte la revisión crítica del original y sus amables indicaciones para mejorarlo.

(2) Spaemann R. Ética: Cuestiones fundamentales. Pamplona: Eunsa; 1987. p. 103.

(3) Pueden verse sintéticamente las ideas que siguen en Comisión Teológica Internacional. En busca de una ética universal: nueva perspectiva sobre la ley natural (20 de mayo de 2009), n. 10. Disponible en http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/cti_documents/rc_con_cfaith_doc_20090520_legge-naturale_sp.html Accedido el 12 de febrero de 2019.

(4) Cuestión que se deriva también de interpretar la ley natural de modo legalista. Cf. Cruz A. Ley natural y filosofía práctica. La presencia de un concepto teológico en el conocimiento moral. Conferencia en las XLIV Reuniones Filosóficas. Pamplona, 27-29 de marzo de 2006. Resumen de las Reuniones disponible en https://es.scribd.com/document/94856885/memoria Accedido el 12 de febrero de 2019.

(5) Aristóteles. Política. Madrid: Aguilar; 1977, 1252b (libro I, capítulo 1, p. 1412).

(6) Aristóteles. Op. cit., 1262b (libro II, capítulo 8, p. 1430).

(7) Cf. para lo que sigue Abbà G. Felicidad, vida buena y virtud. Barcelona: Ediciones Internacionales Universitarias; 1992.

(8) Pueden verse más desarrolladas algunas ideas de este apartado en Pardo A. ¿Qué es la salud? Revista de Medicina de la Universidad de Navarra. 1997; 41(2): 4-9. Disponible en https://www.academia.edu/7150548/_Qué_es_la_salud Accedido el 12 de febrero de 2019.

(9) Hannah Arendt recupera esta distinción clásica y la explica magistralmente distinguiendo labor y acción en Arendt H. La condición humana. Barcelona: Seix Barral; 1974.

(10) Para esta cuestión, puede verse Pardo A. Los intereses de la clase médica. Revista de Medicina de la Universidad de Navarra. 2009; 53(3): 17-19. Disponible en https://www.academia.edu/36217205/Los_intereses_de_la_clase_médica Accedido el 12 de febrero de 2019.

(11) Dejo aparte cuestiones psicológicas (personalidades cumplidoras que piensan que deben hacer todo lo que ven, mentalidades pobres que no terminan de captar lo que la vida pide de ellas y la transitan sin pena ni gloria más que otra cosa, etc.).

(12) Cf. Edith Stein. Sobre el problema de la empatía. Madrid: Trotta; 2004.

(13) Aristóteles. Ética a Nicómaco. Madrid: Aguilar; 1977 (libro X, capítulo 9, p. 1307, BK 1179b).

(14) «Mantenemos, pues, siguiendo el Concilio de Trento, que el pecado original se transmite, juntamente con la naturaleza humana, “por propagación, no por imitación” y que “se halla como propio en cada uno”»: Catecismo de la Iglesia Católica, 419.

(15) “Natura sibi relicta”: Tomás de Aquino, Quodlibet V, q. 1, a. 2, c. Disponible en http://www.corpusthomisticum.org/q05.html Accedido el 11 de febrero de 2019.

(16) “Cristo, Señor nuestro, […], compadecido del extravío de los hombres, quiso nacer de la Virgen; sufriendo la cruz, nos libró de eterna muerte, y, resucitando, nos dio vida eterna”: Misal Romano, Prefacio II Dominical del Tiempo Ordinario.

(17) “Pues querer el bien está a mi alcance, pero ponerlo por obra, no. Porque no hago el bien que quiero sino el mal que no quiero”: Romanos, 7, 18-19.