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Deontología Biológica

Capítulo 27. Experimentación en animales.

N. López Moratalla y G. Herranz

a) La utilización de animales en experimentación

El empleo de animales en la experimentación ha sido, y todavía es, un aspecto clave en el avance de algunas ciencias médicas y biológicas. Su utilización ha supuesto notables beneficios, especialmente en las ciencias biomédicas, ya que con esas investigaciones se ha logrado adquirir un conocimiento, cada vez más profundo, de las características del organismo vivo, así como de su fisiología; y, en base a ello, se han podido diseñar, estudiar y ensayar nuevos fármacos que han revertido positivamente en la salud humana. La puesta a punto de nuevos medicamentos y de preparados alimenticios hace necesaria la experimentación en animales, así como estudios dirigidos hacia el "bienestar" o salud de los mismos animales, o en estudios dirigidos a profundizar en las características biológicas de especies en extinción que permita conocer qué les afecta, etc.

Desde el punto de vista que podríamos llamar técnico, es necesario cuidar adecuadamente la salud y las condiciones físicas de los animales de laboratorio. La desnutrición, el estrés, las condiciones de higiene o enfermedad debidas a las deficiencias de su situación, pueden disminuir o modificar las respuestas del animal y, por tanto, no se lograrían los resultados experimentales adecuados, puesto que podrían ser diferentes de los que corresponderían a un estado normal. Se hace necesario, también en la mayor parte de las investigaciones, disponer de una población uniforme que permita que los animales utilizados en un experimento sean entre sí lo más homogéneos posible por sus características.

Desde antiguo, los laboratorios de experimentación biológica han criado algunos de los animales de experimentación que requerían utilizar para sus trabajos. Casi siempre la cría se limitaba a ratas, ratones y cobayas. El resto de los animales, como perros o gatos, se conseguían generalmente de las dependencias municipales para recogida de animales abandonados. Y otros procedían de criaderos de animales y de granjas de cría de ganado. Sin embargo, cada vez se ha ido haciendo más patente la necesidad de disponer de un número mayor de animales, sometidos a un proceso de mantenimiento y crianza, en condiciones de control más estricto, en estabularios adecuados, que ofreciesen más garantías; y, al mismo tiempo, han surgido centros criaderos de animales -estabularios- y atendidos por personal cualificado y con las instalaciones necesarias.

El cuidado a los animales de experimentación, en lo que respecta a alimentación, higiene, condiciones de confort -como temperatura, espacio, etc.- debe realizarse, no sólo por lo que respecta a las posibles complicaciones que puedan acarrear en la interpretación de los resultados de los experimentos, o para evitar que sufran infecciones o enfermedades que inutilicen su uso, o porque si no se les trata bien se vuelven irascibles y tienden a morder, arañar, etc., sino, también, por el propio animal; porque sería falta de ética y de sentido profesional hacer sufrir innecesariamente, o por hacer sufrir, al animal.

Toda limitación en la experimentación animal tiene su base en el hombre, en tanto en cuanto el comportamiento del hombre con los animales no puede ser destructor. Cuando se ocasiona un daño a un animal, éste debe ser estrictamente necesario para la experimentación, y si no, debe limitarse al máximo. Hacer daño simplemente por hacer daño es éticamente ilícito por el desorden moral que supone en el hombre la crueldad y el dominio despótico.

b) Legislación para el uso de animales en experimentación

En numerosos países se ha establecido una legislación que pone determinadas limitaciones y regula la utilización de animales en la experimentación científica, y se han constituido comités encargados de velar por su cumplimiento y denunciar lo que se considere abuso o crueldad1 2.

Ya en 1875, el Parlamento británico publicó el denominado "Cruelty Animal Act" que regula la realización de experimentos que podrían causar dolor a los animales vertebrados. Tales experimentos sólo podían ser realizados en instituciones que previamente habían obtenido el permiso del "Home Secretary" y por investigadores que hubiesen obtenido las licencias y certificados requeridos para el caso. Con el fin de evitar totalmente producir un dolor, no sólo exige el reglamento que siempre se use anestésico, sino que además regula el tipo de éste, y determina que se mate el animal al final del experimento estando aún bajo el efecto de la anestesia. También, exige que los experimentos sean completamente necesarios para la salud del hombre, por lo que no pueden usarse, por ejemplo, para adquirir práctica manual ni para ilustrar clases.

Algunas de las restricciones pueden eliminarse, si se obtiene la licencia apropiada. Tales licencias hacen referencia, principalmente, a las denominadas condiciones de dolor, y establecen que, si durante el desarrollo del experimento se observa que el animal sufre, se le ha de matar, sin causarle dolor adicional. Esto indudablemente no se consigue si el animal está agitado durante la operación o se mantiene consciente tras su utilización. Una eutanasia real depende de la rapidez con que se consiga el efecto anestésico en el animal y del mantenimiento de éste hasta que se produzca la muerte. Si el método empleado se lleva a cabo por una persona en condiciones de nerviosismo o con poca práctica, la eutanasia no se conseguirá. Por todo ello, se recomienda que previamente se obtenga la suficiente práctica en el método seleccionado para causar la muerte con animales muertos y bajo la supervisión de una persona con experiencia. Existen muchos métodos para matar a los animales sin causarles dolor. El empleo de uno u otro depende de la especie o del propósito para el que se emplee el animal.

Esta ley, que a algunos parece bastante estricta, ha sufrido desde su aparición en 1876 numerosas críticas, pues según la opinión de muchos es claramente insuficiente. Aunque en 1965 se introdujeron 83 recomendaciones adicionales, siguen existiendo grupos de detractores de la experimentación animal, con actuaciones tan tristemente famosas como las del Frente de Liberación Animal -grupo británico radical que cuenta con 200 miembros- que asalta laboratorios, zoológicos, restaurantes, -por servir ancas de rana-, o envenena tabletas de chocolate, causando muertes de niños, porque la firma arruinaba la dentadura de monos con sus experimentos.

Es obvio que forma parte de la ética del investigador procurar que los experimentos en que se utilizan animales, sean lo menos cruentos posibles. De hecho, todo investigador, quizás de forma inconsciente y guiado por su propio conocimiento del dolor, tiende a tratar a los animales -especialmente cuanto más cercanos a él en la escala evolutiva- de forma cuidadosa. En este sentido las legislaciones aportan unas directrices que ayudan, y a su vez permiten una penalización de comportamientos incorrectos, sin necesidad, por otra parte, de llegar a extremos que indican no tanto una sensibilidad ética sino una clara inversión de valores entre el hombre y el animal en la que quien queda mal parado es precisamente el hombre. No deja de llamar la atención la existencia de una legislación tan extensa y pormenorizada sobre el uso de animales de experimentación que contrasta con la legislación sobre el uso de fetos humanos en experimentación, o las prácticas abortivas.

La legislación de diversos países recoge aspectos relativos a la utilización de animales de experimentación, a la forma concreta de la práctica de la experimentación y también a las responsabilidades exigibles a los científicos. Para que sea admisible legalmente una experimentación con animales se consideran exigibles por una parte el hecho de que sea realmente necesaria para alcanzar un bien mayor como es la salud. Por tanto, lo es si los objetivos son profilácticos, diagnósticos o terapéuticos. Si los experimentos no pueden aportar de forma inmediata ventajas en relación con la salud, sólo podrán ser realizados en tanto en cuanto permitan un avance considerable de los conocimientos en relación con la constitución y funcionamiento de los seres vivos. Solamente serían admisibles -tanto en la investigación como en la enseñanza- en aquellos casos en que realmente no existan otras vías alternativas. Y siempre deben cumplir las reglas de rigor propias del espíritu científico: que estén dirigidos a obtener resultados originales, que el planteamiento de la hipótesis esté apoyado en datos obtenidos, garantía de que los métodos elegidos son correctos, etc.

En cuanto a la práctica experimental las legislaciones se dirigen fundamentalmente a garantizar que se infrinja el mínimo dolor al animal. Se exigen así generalmente que los animales de laboratorio sean tratados de forma adecuada, alimentados convenientemente y mantenidos bajo las oportunas medidas de higiene. Los experimentos que requieren la utilización de animales vivos deben llevarse a cabo o estar directamente supervisados por un veterinario u otro científico cualificado. Por otra parte, todos los experimentos que puedan causar daño o sufrimiento a los animales deben realizarse bajo anestesia, con el fin de evitar dolor innecesario al animal; únicamente podrá matenérsele despierto en aquellos casos en que se certifique que la anestesia interfiere o invalida el propósito experimental, debiendo en ese caso estar dicho experimento convenientemente aprobado y supervisado por el jefe del equipo de investigación. Si una vez finalizado un proceso experimental agudo no se precisa la supervivencia del animal, deberá dársele muerte por procedimientos que aseguren el mínimo sufrimiento y un efecto inmediato, debiéndose comprobar la muerte del animal antes de deshacerse del mismo. Si la naturaleza del experimento requiere la supervivencia del animal, hay que controlar su estado y ulterior evolución. El cuidado postoperatorio debe reducir al máximo las molestias y sufrimiento del animal durante el periodo de convalecencia, de acuerdo con las prácticas habituales en veterinaria.

c) Alternativas al empleo de animales en experimentación

Merece la pena también una reflexión acerca de hasta qué punto está justificado el empleo de animales en experimentación. Cada año, más de 75 millones de ratones, ratas, conejos y cobayas son sacrificados por la "Ciencia", junto con gatos, perros, monos, cebras y otros animales más exóticos. ¿Se puede afirmar que todo es necesario? En algunos tipos de experimentación no parece que puedan ser sustituidos. Algunas investigaciones cardiovasculares requieren el empleo de un modelo lo más próximo posible al del hombre y sin ninguna duda el empleo de una oveja, mono u otro animal está fundamentalmente justificado. Sin embargo, no siempre es éste el caso.

No se puede negar que la investigación con animales ha proporcionado valiosísima información médica. Pero puede afirmarse que en parte de las investigaciones biomédicas se hace sufrir o se matan animales innecesariamente. Millones de animales mueren cada año en lo que podríamos denominar burdas pruebas de toxicidad, y en muchísimos casos se podría prescindir del empleo de animales si se prestara más atención al desarrollo de técnicas de laboratorio que pueden ser empleadas como alternativas, siempre y cuando permitan obtener datos con las mismas conclusiones y al menos con el mismo grado de confianza. Esta idea del empleo de técnicas alternativas ha cobrado gran interés, pero tiene significado diferente para unos y otros grupos. En su concepción más extrema significaría sustituir por completo al animal en la experimentación. Pero también puede suponer una disminución en el número de animales requeridos, o una reducción de su sufrimiento mediante el refinamiento de las técnicas a emplear3.

Sustitución del animal

De las tres posibilidades, la sustitución total del animal resulta la más difícil de conseguir, pero no totalmente imposible, como se pone de manifiesto en los siguientes ejemplos.

Friedmann desarrolló, en los años 30, una prueba de embarazo que consistía en inyectar a un conejo orina de una mujer, y después de transcurridos algunos días se abría el conejo. Si el animal había ovulado, la prueba era positiva, es decir, la mujer estaba embarazada. Con el tiempo se supo que la gonadotropina era responsable de la estimulación de la ovulación y se ha desarrollado un sencillo análisis químico para esta hormona, que se realiza en un tubo de ensayo y que está siendo utilizado desde hace unos diez o quince años. Un simple tubo de ensayo ha sustituido a un conejo.

Otra prueba que ha evitado emplear un gran número de animales es la desarrollada por Bruce Ames en los años 70 para detectar sustancias potencialmente mutagénicas y carcinogénicas. La prueba hace uso de Salmonellas y, como se pueden emplear millones de ellas para ensayar una sustancia concreta, permite detectar frecuencias de mutación muy bajas, con lo cual no sólo se ha logrado sustituir animales, sino que también se ha ganado en la sensibilidad de la prueba.

Reducción del número de animales a utilizar

Ya hemos mencionado cómo no siempre es posible prescindir de los animales en la experimentación, pero sí que se puede, en algunos casos, disminuir el número empleado en cada ensayo. Un método se basa en la utilización de cultivos tisulares, potencialmente más eficaces y menos costosos que los animales. En la actualidad, las industrias farmacéuticas y químicas están prestando progresivamente mayor atención al empleo de cultivos tisulares para llevar a cabo los ensayos intermedios, aunque el último deba ser realizado en un animal.

El siguiente ejemplo da idea de lo que puede suponer, en términos de empleo de animales y eficiencia, la adopción de pruebas que pueden realizarse en placas de Petri. Un laboratorio que investiga compuestos antivirales redujo el número de ratones empleados a lo largo de 15 meses, de 13000 a 2000 y aumentó el número de sustancias químicas ensayadas desde 2000 a 24000, sencillamente con la introducción de cultivos de tejidos.

Disminución del dolor provocado

Si el número de animales no puede reducirse, una alternativa es la de desarrollar métodos más refinados que eviten al máximo cualquier tipo de sufrimiento. Podemos mencionar un ejemplo: gran número de experimentos requieren la inyección más o menos continuada de una determinada sustancia, para lo cual se colocan en el animal uno o más catéteres. Con objeto de evitar que el animal se quitara los catéteres, se le mantenía en jaulas, de tal manera que no se pudiera mover durante el período de estudio, que podría ser incluso de meses. En la actualidad se han diseñado sistemas que los mantienen en su lugar y protegidos de cualquier acción del animal que pusiera en peligro la estabilidad del catéter.

En 1981, A.N. Rowan publicó un artículo, en el que hace hincapié en los millones de dólares y de animales que malgastan los laboratorios en la realización de las pruebas de toxicidad, y resalta muy particularmente pruebas que debieran ser inmediatamente modificadas. Ambas causan gran sufrimiento al animal, con muy limitada ganancia a cambio4. Uno de ellos es el denominado "test LD-50" (Letal-Dosis-50%), desarrollado hace 50 años para estimar la potencia de digitales (potente cardiotópico y diurético derivado de la Digitalis). La prueba consiste en administrar dosis crecientes de la droga en estudio, hasta obtener una dosis tal (la LD-50) que cause la muerte del 50% de los animales. Indudablemente, existen fármacos cuya potencia no puede ser estimada por otra vía, por ejemplo, el suero antirrábico. Pero el "test LD-50" se ha establecido como la prueba estándar para evaluar la potencia de todas las sustancias, hasta el extremo de aplicarlo a sustancias esencialmente no tóxicas. La prueba ha sido severamente criticada tanto por grupos ajenos a la investigación, como toxicólogos. Zbinden, del Instituto de Toxicología de la Universidad de Zúrich y toxicólogo de la OMS -Organización Mundial de la Salud-, lo ha calificado como "un ritual de ejecución de animales en masa"; Baker del "Imperial Chemical Industries" de Inglaterra expresó su opinión de la siguiente manera: "los datos obtenidos del "test LD-50" son de poca utilidad y muy costosos por el gran número de animales que implican. La información más importante que se puede obtener a partir de dicha prueba es el valor de la dosis requerida para cometer un suicidio".

La OMS ha dado a conocer una alternativa para el LD-50 que consiste en emplear cultivos celulares. Sin embargo, organizaciones tales como "The Environmental Protection Agency y "The Food and Drug Administration" obligan a que cada nueva sustancia química sea sometida al "test LD-50"; en caso contrario, dicha sustancia será calificada como veneno.

No es asunto fácil y simple eliminar la experimentación animal. Lederer5 señala que a veces es imprescindible, y cita como ejemplo la historia del uso de la sacarina. Descubierto su poder edulcorante en 1879 y realizadas las pruebas clásicas de toxicología de la época, comienza a usarse en 1886 por los diabéticos, y a partir de 1950 para evitar el aumento de peso, recomendándose especialmente a mujeres embarazadas. En 1970 se sospecha que tenga un efecto teratogénico. Los resultados con ratas gestantes, pruebas con Salmonellas, y estudios de su acción sobre cromosomas de levadura son contradictorios. Experimentos en varios laboratorios -algunos de los cuales necesitaron usar 2.500 ratas- para estudiar efectos en generaciones sucesivas permitieron comprobar un efecto cancerígeno de la sacarina, no en su paso al feto durante la gestación, sino a través de la glándula mamaria, si se ingiere durante el período de lactancia. Las pruebas que evitan el empleo del animal vivo resultan insuficientes a veces ya porque el metabolismo de la sustancia pueda implicar más de un tejido, o por afectar fenómenos de absorción, de defensa natural, o por tener implicaciones en la reproducción.

Otra prueba a la que hace referencia Rowan es la de Draize, usada desde hace 40 años, para detectar el poder irritante de los cosméticos y productos de limpieza. El método consiste en aplicar unas gotas del producto a ensayar sobre los ojos de conejos. Con frecuencia, los animales son anestesiados y sus ojos se someten a largos períodos de experimentación, que a veces se prolongan durante varias semanas y se observa si la córnea no se afecta o por el contrario se produce en ella inflamación o úlceras. Aunque la prueba dé una cierta idea acerca de la capacidad potencial de la sustancia en ensayo para irritar la piel o los ojos humanos, la información es grosera y poco fiable: diferentes investigadores obtienen resultados variables con una misma sustancia. En suma, la prueba produce un alto grado de sufrimiento y afina poco. El "test de Draize" fue enormemente atacado en 1980 por una coalición de sociedades que hacían notar el alto nivel de sufrimiento animal que la industria de la cosmética acarreaba. En consecuencia, las grandes empresas de la cosmética, Revlon, Avon, Estée Lauder y Chanel ha donado millones de dólares para subvencionar la búsqueda de alternativas al "test de Draize", con objeto de no ver disminuidas sus ventas. Una alternativa podría ser la utilización de cultivos de células de córnea en este tipo de pruebas.

Todos estos ejemplos muestran que hasta los años 70 nadie se había preocupado seriamente de buscar alternativas al empleo de animales en la experimentación. Afortunadamente esta preocupación por el bienestar de los animales en la investigación ha experimentado un auge considerable en estos últimos años, y ha pasado a ser uno de los aspectos a considerar para la ética de la investigación científica.

Notas

(1) "NIH Suspends Funding of Resarcher Charged with Animal Cruelty". Bioscience, 31, 714, 1981.

(2) BRITT, D. "Ethics, ethical committees and animal experimentation". Nature, 311, 503, 1984.

(3) BALLS, M. "Replacing experiments on laboratory animals". TIBS, 11, 236-238, 1986.

(4) ROWAN, A.N. "The test tube alternative". Science, 214, 16-34, 1981.

(5) LEDERER, J. "Ética de la investigación animal". Arch. B. Med. Soc. Hyg., 42, 169, 1984.