Índice del libro >

Deontología Biológica

Capítulo 13. Ética de la investigación científica.

N. López Moratalla

a) Obligación de veracidad

El trabajo del investigador, por ser una actividad encaminada a la búsqueda de un conocimiento de la realidad física, lleva consigo, como exigencia propia, la obligación de mantener una plena veracidad de todas y cada una de las fases por las que atraviesa la investigación, desde el planteamiento del problema objeto de estudio, a la realización de los experimentos o a la interpretación y comunicación de los resultados que obtiene. Esta exigencia ética tiene su raíz en la naturaleza misma de la actividad científica y requiere que el investigador pueda realizar dicha actividad libremente.

La libertad ante la verdad es un presupuesto necesario, sin el cual no es posible la actividad investigadora. Sólo la verdad determina la Ciencia, que goza de una autonomía basada tanto en su independencia metodológica, como en la neutralidad en el planteamiento de los problemas y en la interpretación de los resultados. La autonomía se fundamenta, además, en la exigencia de objetividad inherente al mismo método científico, que requiere una continua crítica de los conocimientos adquiridos.

El investigador ha de conseguir ser libre frente a cualquier tipo de "prejuicio" que le ate y dificulte su tarea, ya que, si lo hubiera, no podría encontrar más que interpretaciones parciales. Debe ser libre frente a "dogmas científicos", es decir, verdades provisionales que a veces, pueden establecerse en el mundo científico como absolutamente definitivas; libre frente a sus propios intereses personales o ideológicos, o frente a las imposiciones de un posible funcionalismo técnico que considerase como conocimientos válidos sólo aquellos que puedan ser de aplicación inmediata.

La libertad lleva unida, de forma inseparable, la responsabilidad. Por ello, es lógico que el sentido de responsabilidad, tanto en la búsqueda de nuevos conocimientos como en las aplicaciones prácticas de los hallazgos, sea considerado como valor ético primario esencial del investigador. Como señala Weinberg1, "de todos los rasgos que cualifican a un científico, como ciudadano de la república de las Ciencias, yo pondría el sentido de su responsabilidad como científico, en la cima. Un científico puede ser brillante, imaginativo, hábil con las manos, profundo, amplio, limitado, pero no es gran cosa como científico, a menos que sea responsable. La esencia de la responsabilidad científica es el impulso interior, la necesidad interna de ir al fondo de las cosas, el descontento hasta que lo ha hecho. Expresar las reservas de uno, plena y honestamente, y estar preparado a admitir el error". La responsabilidad no es sólo necesaria en situaciones difíciles, en que las decisiones que han de ser tomadas conllevan consecuencias de clara proyección social, como el control nuclear y de armas, el uso de material tóxico, la selección de modos de producción y conservación de la energía, etc., sino también ante otros muchos aspectos de la vida cotidiana de la Ciencia.

Fraudes en la Ciencia

Desde siempre, la figura del científico, del "sabio" investigador, ha aparecido como la imagen del rigor, de una honradez sobre la que no cabían dudas, hasta el punto de que las opiniones que pudiera expresar sobre diversas cuestiones han supuesto argumentos de autoridad. Sin embargo, en los últimos años se han producido diversos escándalos, porque se han conocido algunos fraudes cometidos por científicos que, por motivos variados, habían perdido su libertad ante la verdad. La literatura científica se ha hecho amplio eco de algunos de estos fraudes, más o menos espectaculares2 3. Examinemos brevemente algunos de ellos.

Cyril Burt, inglés, muerto en 1971 a los 88 años, dedicó su vida a la publicación de estadísticas acerca del coeficiente intelectual (Q.I.) de gemelos homocigóticos de todo el mundo, que habían sido separados y educados por familias diferentes. Estos datos, irreales y fabricados por él, ya que nunca realizó tales estudios, afirmaban rotundamente la herencia de las capacidades intelectuales, sin que la educación ni el desarrollo personal incidiera en absoluto, ya que los Q.I. de tales gemelos eran iguales hasta la tercera cifra decimal. Con la publicación de estos trabajos, se produjeron, grandes debates y controversias ya que es obvia la importancia de este tema. Sólo después de la muerte de Burt se conoció el fraude; posiblemente un convencimiento personal, no científico, de que debía ser así, y quizás el no ser capaz de ver triunfar a los que pensaban lo contrario, fue lo que le llevó a inventar los resultados, citar sus trabajos con otros nombres, nombrar dos colaboradores que no existían, etc.

En otras ocasiones, han sido prejuicios científicos o intereses ideológicos lo que ha llevado a torcer el camino de la verdad. Krammever, zoólogo vienés de principios de siglo, afirmó haber conseguido en un sapo de vida terrestre ("Alytes obstetricans") que, a diferencia de los anfibios acuáticos, carece de espículas córneas o rugosidades en las extremidades, el desarrollo de rugosidades en la mano y antebrazo, que se transmitían a las sucesivas generaciones, si se le obliga a realizar la cópula en el agua. Pretendía demostrar de este modo la teoría de la herencia de los caracteres adquiridos, con lo que no era más que tinta china inyectada. De igual forma, se ha podido poner de manifiesto que el hombre de Piltdown, el eslabón perdido entre el hombre y el mono, no es más que un cráneo envejecido de un hombre reciente y una mandíbula de orangután.

Otras veces han sido intereses personales, como en el caso de Franz Moewer, presentado como pionero de la Biología Molecular y propuesto para el premio Nobel por haber mostrado uno a uno los 70 genes del alga unicelular "Chlamydomonas" y su fisiología y bioquímica, sin haber realizado experimentos que condujeran a la obtención de estos conocimientos.

En los últimos decenios, la investigación científica ha sufrido una serie de cambios, en lo que se refiere al aspecto organizativo, que en cierta medida han influido, o han hecho más difícil mantener la libertad del científico ante la verdad, imperativo ético primario del científico. La investigación ha pasado, de ser una actividad de personas que se mueven exclusivamente por su afán de conocer, a constituir una necesidad pública, ya que supone un factor esencial de desarrollo de los países. Y si bien esta nueva actitud no significa un cambio sustancial de la actividad científica, ha supuesto, sin embargo, una serie de modificaciones en la estructura de la Ciencia. El factor fundamental es y seguirá siendo el hombre que siente la necesidad de ampliar los conocimientos, de encontrar respuestas a interrogantes planteados. Pero al trabajo individual ha sucedido el trabajo en equipo; a la comunicación de los hallazgos en largos trabajos, o libros, que recogían los resultados de toda una vida de investigación, suceden artículos breves, de rápida difusión, e incluso, notas preliminares y hasta conferencias de prensa o divulgación previas a la aparición de los datos en la literatura científica.

A su vez, la "masificación" de los científicos y técnicos lleva consigo una fuerte competitividad y una cierta presión a avanzar con rapidez, que puede dificultar la necesaria serenidad. "Publica o perece" se considera un lema en los ambientes científicos. En algunos casos, esa presión ha restado fuerza en la obligación de veracidad de todo investigador. Así se hicieron famosos los ratones "maquillados" de Summerlin, quien fue sorprendido cuando se disponía a pintarles la piel, para mostrar la pérdida de las características de tejido extraño que adquirían los tejidos en cultivo, cuando fue invitado a repetir, ante otros, su experimento, ya famoso, pero que no había podido lograr reproducir.

La competencia y rivalidad, especialmente entre jóvenes investigadores que comienzan su carrera científica en los grandes laboratorios, ha ocasionado también situaciones conflictivas traducidas en denuncias o protestas. Son de sobra conocidas las retractaciones del Premio Nobel Lipmann y de Simpson por el trabajo de un colaborador acerca de la síntesis de citocromo por cultivos libres de células, que no pudo ser repetido por no ser verídico; o la apropiación de trabajos, como ocurrió a Wheelock, que encontró publicado por un becario de su laboratorio un trabajo acerca de la reversión de tumores, que él había preparado como informe para obtener un crédito; o el escándalo en el campo de los mecanismos moleculares de la transformación maligna de las células, dado por Spector en el laboratorio de Racker.

Las manifestaciones repetidas de esa falta de veracidad oscurecen, sin duda, la imagen de la Ciencia, y ha dado lugar a que entre los sociólogos de las ciencias se haya comenzado a proponer la necesidad de establecer sistemas de "control y corrección" dentro de la misma Ciencia.

Otros "pequeños fraudes", mucho menos espectaculares, se pueden dar de hecho en la vida normal de la investigación científica, por falta de rigor, que lleva a ocultar resultados que contradicen las hipótesis, a recomponer los datos, a no citar correctamente fuentes, etc. Son defectos corregibles que acompañan, por la limitación y los defectos personales, a toda actividad humana; algo, por tanto, que el investigador puede y debe evitar y rechazar. Pero no constituyen partes integrantes de la propia estructura de la investigación científica y del desarrollo de las ciencias, como pretenden los partidarios de las corrientes de relativismo de la Filosofía de la Ciencia.

b) Normativa de la actividad científica

De acuerdo con la naturaleza de la investigación científica, su orientación primaria al conocimiento de la verdad y su plena autonomía, se ha tratado de explicitar, en forma de unas normas que guíen la conducta de los investigadores -un código de los científicos-, los valores éticos que deben estar presentes en esta actividad.

En 1942, Merton4 formuló como, normas generales de la actividad científica, los cuatro principios siguientes:

Universalismo.- La calidad de un trabajo científico debe ser juzgada exclusivamente en base al mérito científico y a su significación. Las supuestas verdades, sea cual sea su origen, han de ser sometidas a un criterio impersonal, sin que la aceptación o el rechazo de una afirmación dependa de las condiciones personales o sociales de quien la propone. En palabras de Pasteur, "el sabio tiene patria, la Ciencia no la tiene". "Los nacionalistas -señala Merton- pueden borrar los nombres de los científicos extranjeros de los libros históricos, pero sus formulaciones permanecen indispensables para la Ciencia y la Tecnología".

Colaboración.- Es necesario que los investigadores compartan los conocimientos adquiridos con su propio trabajo con la comunidad científica, que tiene derecho a ese conocimiento. Los descubrimientos de la Ciencia constituyen una heredad común y el descubridor no tiene derechos especiales de uso y disposición, aunque sí tiene derecho al reconocimiento y estimación de la originalidad, y a que se le respete la propiedad intelectual. De hecho, el avance científico supone la colaboración de las generaciones del pasado y del presente.

Desinterés o rectitud de intención.- Se ha atribuido siempre al investigador, como cualidades propias, la pasión por el conocimiento, la curiosidad y la preocupación altruista, y el reconocimiento del trabajo de los demás.

El escepticismo organizado.- El trabajo debe ser siempre juzgado provisionalmente y aceptado sólo después de datos fehacientes y comprobados. Esta aceptación se refiere exclusivamente a aquellos interrogantes que pueden ser contestados con el método propio de las ciencias.

Años más tarde, Cournard -en colaboración con Zuckerman y Meyer5 6- ha reformulado las normas de la Ciencia, refiriéndose explícitamente a la conducta del científico individual, de la siguiente forma:

Integridad intelectual y objetividad.- La integridad intelectual es la primera obligación de los científicos. Deben evitar una indisciplinada introducción de los elementos subjetivos en sus percepciones. Deben impedir que su observación de los fenómenos y el análisis de esas observaciones queden penetrados de sus deseos o de sus aversiones.

Dudar de la certeza.- Es necesario poner en duda lo que se asegura autoritariamente; es importante el respeto a las autoridades en la Ciencia, pero una actitud de predisposición a las cuestiones aceptadas por las autoridades establecidas en la Ciencia es uno de los primeros pasos en la generación de nuevos conocimientos.

Reconocimiento del error.- Las formas más toscas de error pueden evitarse fácilmente. Sin embargo, otras más sutiles pueden ser más difíciles de percibir. El progreso en el conocimiento se ve favorecido por el reconocimiento y la admisión de los errores.

Compromiso con la generosidad.- El objetivo del científico es extender los conocimientos e ir comprendiendo el universo, y no asegurar su ganancia personal o promover una particular ideología.

Sociabilidad.- Debe respetar y apreciar su dependencia de la comunidad científica. Debe reconocer que el propio trabajo es una parte pequeña de la gran empresa de la Ciencia, y que está ligado a sus colegas en el esfuerzo común por promover e incrementar el cuerpo de conocimientos.

Lógicamente, el investigador ha de desarrollar una serie de valores humanos para llevar a cabo su tarea. Entre las cualidades necesarias destacan la constancia, exactitud y minuciosidad, ser inasequible al desaliento y una cierta dosis de imaginación, unido a un temperamento crítico. La integridad profesional del investigador requiere, también, el hábito de aprovechar seriamente los medios disponibles y no caer en el consumismo. En la búsqueda de medios económicos para hacer frente al elevado costo, a veces innecesario, de algunas investigaciones, se puede empezar a hipotecar la libertad; a veces, simplemente, por un compromiso de publicación en un plazo fijo.

c) Responsabilidad social

Ciencia básica y Ciencia aplicada

Como señala el propio Cournard7, una de las objeciones que de forma reiterada se han hecho al Código de los científicos es que no tienen en cuenta las implicaciones, mayores cada día, que la Ciencia tiene en la vida social. En este sentido, y para que pueda servir, como se pretende, de guía de la conducta de los investigadores, parece necesario añadir a los imperativos éticos hasta ahora señalados, y que explicitan esa primera obligación del científico de vivir la veracidad, otros que hacen referencia a la responsabilidad social.

Otro de los cambios importantes ocurrido en el aspecto organizativo de la actividad científica es la existencia de una relación mucho más estrecha entre lo que se ha venido llamando Ciencia básica y Ciencia aplicada, hasta el punto de que en muchos casos no son distinguibles o separables, claramente. Por una parte, el tiempo que transcurre entre un descubrimiento y su aplicación y explotación comercial es cada vez más corto; los conocimientos son transferidos al mundo tecnológico a tal velocidad que no se encuentra el tiempo necesario para reflexionar en las responsabilidades inherentes a la tarea, en lo que se refiere a la orientación de las aplicaciones de esos conocimientos. En gran medida la Ciencia básica se encuentra también metida en esa dinámica de consumo en la que no es la comunidad científica quien marca las líneas a seguir, sino que le viene impuesta desde fuera por las grandes empresas o los poderes públicos, y con la mirada puesta, la mayor parte de las veces, en una rentabilidad a corto plazo. Por otra parte, los medios a utilizar y la tecnología requeridos en la misma Ciencia básica han crecido considerablemente y la obtención de esos recursos necesarios para la investigación -o simplemente útiles para competir con los nuevos equipos de trabajan en las mismas áreas- genera una dependencia de los diversos poderes, instituciones, sociedad, etc., que aportan dichos medios.

"No es infrecuente hoy día -señala Núñez de Castro8- encontrar entre los que llamamos hombres de ciencia un malestar profundo al comprobar que su quehacer diario, ese trabajo duro y disciplinado de la investigación, está movido por hilos invisibles, intereses y resortes ajenos a la propia Ciencia. Los científicos se encuentran de alguna manera prisioneros de poderes que traicionan la propia identidad de la Ciencia".

Esa falta de libertad ha llevado incluso a algunos científicos a abandonar el mundo de la investigación. Así Leitenberg, bioquímico americano, que trabajó en temas relacionados con armamentos y desarme en el "Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI)" se retiraba en 1970 porque "la Ciencia -dijo- es utilizada, y lo es, asimismo, la que llamamos pura... La Ciencia ha dejado de existir, la aplicación tecnológica de los descubrimientos científicos se resume en una sola: la industria de armamento y la consecuente destrucción de la Humanidad"9.

Werskey10 afirma que "donde quiera que trabaje, el hombre de Ciencia es una parte de la maquinaria del Estado y, no existe una inmunidad de la Ciencia de su entorno político".

En cierta medida, la tecnología derivada de la Ciencia ha hecho que ésta se haya convertido en una fuente de poder, y es lógico que la duda acerca de la autonomía, de quién dirige realmente la investigación, asalte la mente de muchos científicos del mundo entero y que "reclamen -dice Gregory11- que se les confiera una parte razonable de responsabilidad y control de las fuerzas creadas por ellos mismos".

Precisamente el carácter ambivalente del progreso tecnológico, al ofrecer la alternativa de uso o de abuso de los conocimientos científicos, provoca serias dudas acerca de la tan repetidamente defendida neutralidad ética de las investigaciones científicas. No es cierta la ausencia en el científico de responsabilidad, a la que hizo referencia Rogger Guillemín, en el discurso que pronunció al recibir el Premio Nobel en 1977: ..."la Ciencia trata de la adquisición de nuevos conocimientos. El uso, el abuso o el mal uso de tales conocimientos es el dominio de los políticos, ingenieros y técnicos". De igual forma que la Ciencia tiene sus imperativos éticos derivados de su naturaleza, también tienen que servir para una Ciencia orientada en una dirección técnica y funcional, como señaló Juan Pablo II: "no podemos ver el mundo técnico como un dominio totalmente alejado de la verdad. Tampoco es éste un mundo completamente vacío de sentido... No se puede negar que las condiciones de la vida humana han mejorado de manera decisiva. Las dificultades originadas por las consecuencias nocivas del progreso de la civilización técnica no pueden hacer olvidar los bienes aportados por este mismo progreso...

La Ciencia técnica, orientada a la transformación del mundo, se justifica por su servicio al hombre y a la Humanidad. Pero no siempre es así; hay consecuencias espontáneas e imprevisibles que pueden ser perniciosas y peligrosas. Surgen dudas serias sobre que el progreso sirva al hombre y estas dudas restan valor a la Ciencia técnica...

Esas desviaciones de su sentido propio pueden ser previstas y evitadas; el científico tendrá que preguntarse por el espíritu y la orientación con que él mismo desarrolle su Ciencia; tendrá que proponerse, inmediata o mediatamente, la tarea de revisar continuamente el método y la finalidad de la Ciencia, bajo el aspecto del problema relativo al sentido de las cosas"12.

Esas posibles desviaciones pueden y deben ser previstas, no ya sólo en el momento de la aplicación práctica, sino, en buena parte, desde el mismo planteamiento de la investigación básica. Es responsabilidad del científico la reflexión acerca de la finalidad de su trabajo en relación al hombre. El sentido de la cultura, también de la cultura técnica, no puede ser otro que facilitar el ejercicio de la libertad humana.

De esta forma, la Ética permite a la Ciencia aplicada encontrar la orientación primaria de la que deriva su sentido y su valor: el servicio al hombre y el perfeccionamiento de la naturaleza; sin un punto de referencia claro y objetivo que permita discernir lo que es bueno o malo para el hombre, no cabe hablar de servicio a la humanidad. Es así como la Ciencia, aliada a la conciencia, alcanza su máximo valor al contribuir a hacer la vida del hombre más humana. En este sentido, como indica G. Herranz, "hay para el científico hasta cierto punto una obligación general de realizar un trabajo de investigación y, dentro de sus capacidades y medios, dirigirlo hacia aquellas áreas en las que hay mayor necesidad de información, mayor urgencia de servicio, mayor apremio de disipar la ignorancia. Esta obligación se extiende a quienes en la sociedad planifican la investigación y dirigen la política científica. Esta obligación general de investigar afecta también, de algún modo, al hombre común en cuanto sujeto pasivo potencial de la investigación. Supuestas las circunstancias de solidez científica, riesgo proporcionado y libre consentimiento informado, que toda investigación sobre seres humanos debe reunir para ser moralmente lícita, el prestarse voluntariamente a participar en el ensayo de un nuevo procedimiento experimental puede ser un acto bueno y virtuoso: es un acto de solidaridad humana que manifiesta un deseo de mayor bien para los semejantes, y de ensanchar el ámbito de los conocimientos"13.

El sentido de responsabilidad debe llevar, muchas veces, a elegir temas de investigación encaminados a conocer aquellos aspectos esenciales de su área -por arduos y poco en boga que resulten- y que, sin embargo, son la base para solucionar más tarde las necesidades prioritarias de la humanidad.

La iniciativa, la dificultad que entraña abrir nuevas brechas, es de un enorme valor y, sin embargo, la literatura científica está demasiado llena de artículos que suponen, casi exclusivamente, los datos resultantes de la aburrida repetición de una técnica a cientos de ejemplos más o menos iguales. Si bien al comienzo de una dedicación a la investigación muy raramente el problema concreto a estudiar suele ser elegido personalmente, pasada esa etapa inicial, la libertad de elegir la dirección de la investigación en un determinado sentido es de ordinario amplia, aun estando integrado en un equipo de investigación.

Funcionalismo tecnológico

El poder que las aplicaciones de los conocimientos aportan, puede llevar consigo también una falta de libertad frente a lo que se puede designar como funcionalismo tecnológico, es decir, olvidar que la Ciencia debe desarrollarse con independencia de la utilización inmediata de los conocimientos adquiridos. El hecho de que los conocimientos científicos hayan contribuido a una reorganización profunda de la técnica humana y, como consecuencia, a mejorar las condiciones de la vida humana sobre la tierra, ha llevado consigo el que para muchos la tecnología aplicada a la transformación del mundo haya constituido el sentido y el objetivo último de la Ciencia, de tal forma que primariamente se le dé valor de "conocimiento" a aquello que conduce a un éxito técnico. Hay que señalar, de una parte, que no es necesario dejar de ser investigador básico para ser "útil". No sólo porque difícilmente, como es obvio, se puede aplicar lo que no es conocido, lo que no está descubierto, sino porque, en sí mismo, el conocimiento es un bien. Por otra parte, el investigador preocupado primariamente por conocer la verdad puede detectar mejor desviaciones y abusos, que quienes tienen primariamente como objetivo el rendimiento económico. Un sencillo ejemplo, entre otros, en esta línea, es la llamada de atención que el científico Alberto Sols, ha hecho acerca de las inconsistencias bioquímicas terapéuticas; lo que ha llamado "el mito de los coenzimas cargados". Una larga serie de coenzimas están comercializados, con alto coste, en nuestro país, tales como ATP, UTP, GTP, UDP-Glucosa, Acetil CoA, tiamina pirofosfato; y es de sobra conocido que, porque no pueden penetrar en las células y por tener un rápido recambio, no cumplen la utilidad que se pretende al recetarlos, y suponen, simplemente, "mantener la caldera de la calefacción quemando billetes de mil pesetas"14.

Es posible, además, muchas veces, evitar abusos de las aplicaciones prácticas, incluso aunque se trabaje en campos alejados del tema. Por ejemplo, Rachel Carsoin realizó un estudio crítico y publicó las conclusiones que obtuvo acerca de las consecuencias del uso persistente de pesticidas tóxicos; si bien fue duramente criticado, el estudio sirvió al menos para que el cancerígeno DDT fuera eliminado.

Ese funcionalismo tecnológico podría hacernos olvidar que la Ciencia no puede estar regida por "teorías de mínimos"; no se trata de coordinar los esfuerzos de la comunidad científica y la sociedad para conseguir el mínimo necesario e imprescindible de conocimientos para que la técnica avance, sino que la meta sea la obtención del máximo posible de saber.

Podría pensarse que la responsabilidad personal del científico es irrelevante ante la empresa de reconducir la Ciencia a su verdadero sentido. Sin embargo, la comunidad científica, a quien compete tal responsabilidad, es la suma cooperativa de esas respuestas individuales. Y la experiencia demuestra que es posible el acuerdo, o los pactos, entre científicos, comprometiéndose a dar una orientación positiva a unos determinados conocimientos y evitar su utilización abusiva para la dignidad del hombre, o destructora de la naturaleza, si cada uno está convencido de que no todo lo que se puede hacer se debe hacer. Pararse a reflexionar en ese "debe" requiere un cierto grado de libertad de los intereses económicos o políticos, estando comprometidos exclusivamente con los intereses auténticos del hombre. Como pararse a reflexionar en la orientación de la aplicación de los conocimientos y dirigirlos hacia aquellos ámbitos en que existen necesidades más o menos perentorias para la humanidad, requiere una actitud de servicio, para poder responsablemente prevenir a los demás de los riesgos que comportan las aplicaciones de ciertos descubrimientos, es necesario haber aceptado previamente el compromiso de las aplicaciones de los propios resultados obtenidos.

La responsabilidad social de la investigación no radica en el área en la que se investiga, sino en la mentalidad de servicio del investigador.

Responsabilidad "universal".

En el presente, en la Biología, y más concretamente en el ámbito de la biología molecular, adquiere una significación más precisa el concepto y la problemática de las intervenciones del hombre en los procesos naturales. Esa forma de tratar y relacionarse con la naturaleza -consecuencia del cientifismo- como si hubiera de ser producto de la actividad humana trae consigo, junto a la actitud dominadora que caracteriza esa mentalidad cientifista, el asumir, como algo que le corresponde, la responsabilidad de la marcha, futuro y progreso del universo, y de las especies vivientes. Una obligación de intervenir en todo y a cualquier precio. No sorprende -por ejemplo- que desde esa perspectiva tras la aparición de la arqueología genética se plantee la "obligación" de devolver a la vida actual de nuestro planeta especies extinguidas, como los dinosaurios.

Es una postura muy generalizada ese no saber encontrar los límites propios de la responsabilidad como científicos; algo así como sentirse impulsado necesariamente a cambiar el rumbo de la vida de nuestro planeta al paso de la aparición de los nuevos descubrimientos. En el simposio CIBA, tras el desciframiento del código genético, cuando un grupo de biólogos quisieron asumir la función de crear nuevas especies, manipulando el mensaje genético, J. Lederberg declaró que "no hacerlo equivaldría a dilapidar pecaminosamente el tesoro de nuestro saber genético"15.

George Unger, neuroquímico que descubrió la sustancia cerebral que produce en ratones la sensación de miedo a la oscuridad, respondía así a la pregunta de aplicar los conocimientos de su especialidad al control de la mente humana: "Como científico estoy convencido de que, desde el momento en que existen indudables ventajas en todo lo que estamos haciendo, nuestro deber es seguir adelante. He dicho que la conquista de la mente inspira miedo. Ello no me obliga a cambiar de oficio. Sería contrario a mi naturaleza, como querer forzar con marcha atrás un mecanismo que ha sido pensado para andar sólo hacia adelante. Por tanto, estamos ya demasiado adelantados en este juego para que podamos detenernos".

Se ha ido creando paulatinamente una especie de "vértigo de posibilidad": la obligación de cambiar, de influir en todo aquello que hace posible el progreso del conocimiento científico. Señala Spaemann16 que es una concepción específicamente moderna ese no distinguir la libertad de obrar de una forma o de otra de la libertad de obrar o no obrar, lo que "convierte en universal la idea de una responsabilidad inevitable"; no existe tal responsabilidad especialmente en omitir acciones de las que además no podemos tener garantía de que sus consecuencias negativas puedan compensarse con nuevas intervenciones. Dado el desarrollo tecnológico las consecuencias posibles de las posibles acciones en un determinado momento son muy complejas e imprevisibles, y para definir una omisión, como tal, se requiere ponerla en relación con una esfera delimitada de responsabilidades exigibles. Establecer esas esferas dentro de las cuales el agente es responsable de sus acciones u omisiones es función de las instituciones: leyes y costumbres definen la esfera. Así, afirma Spaemann "es asunto de las leyes determinar hasta qué punto una fábrica debe responder de los daños que ocasiona en el entorno. Sin tales leyes sería cínico apelar a la moral individual"17.

Nos encontramos en una situación en que "por una parte, nos es imposible tomar en consideración todos los efectos secundarios; pero, por otra, sería irresponsable ante las amenazas humanas retroceder sólo ante los efectos secundarios conocidos y comprobados. La moderna norma probatoria probabilista "in dubio pro libertate" presupone la existencia de un cosmos que la acción humana no puede perturbar. Invertir esta norma haría imposible una vida digna para el hombre. Si frente a esta situación queremos formular una norma ética fundamental, habría de basarse en la regla de que lo óptimo "no es nunca un máximo de algo". Mas entonces sólo podría ser aquella vieja norma de la ética griega: nada en exceso"18.

Notas

(1) WEINBERG, A. Minerva, 16, 1, 1978.

(2) BROAD, W.J. "Fraud and the Structure of Science". Science, 212, 137-141, 1981.

(3) BLANC, M., CHANPONTHIER, G. y DAUCHIM, A. "Les fraudes Scientifiques". La Recherche, 113, 858-868, 1980.

(4) MERTON, R.K. "The normative structure of science". En "The Sociology of Science". University of Chicago Press. Chicago, 1973, pp. 267-278.

(5) COURNARD, A.F. y ZUCKERMAN, H. "The code of Science: Analysis and some reflection on its future". Studium Generale, 23, 941, 1976.

(6) COURNARD, A.F. y MEYER, M. "The scientist's code". Minerva, 14, 79, 1976.

(7) COURNARD, A.F. "The code of scientist and its relationship to Ethics". Science, 198, 699-705, 1977.

(8) NUÑEZ DE CASTRO, I. "Hacia una nueva ética de la ciencia". Crítica, 668, 14-16, 1979.

(9) LEITENBERG, R. En "Hacia una nueva ética de la Ciencia". Crítica, 668, 14-16, 1979.

(10) WERSKEY, P. "The perennial dilemma of Science policy". Nature, 233, 529-532, 1971.

(11) GREGORY, R.A. "The perennial dilemma of Science policy". Nature, 233, 529-532, 1971.

(12) JUAN PABLO II. A los profesores y universitarios de Colonia. Observatore Romano, 23, XI, 1980.

(13) HERRANZ, G. Comunicación oral.

(14) SOLS, A. "Inconsistencias bioquímicas en terapéutica: el mito de los coenzimas cargados". Ciencia y Desarrollo (Méjico), 1, 37-41, 1975.

(15) LEDEBERG, M. En "Biogenética y Responsabilidad". García de Prada. Estudios Fisiológicos, 98, 64-102, 1986.

(16) SPAEMANN, R. "Los efectos secundarios como problema moral". En "Crítica de las utopías políticas". EUNSA, Pamplona, 1978, p. 277.

(17) SPAEMANN, R. "Los efectos secundarios como problema moral". En "Crítica de las utopías políticas". EUNSA, Pamplona, 1978, p. 307.

(18) SPAEMANN, R. "Los efectos secundarios como problema moral". En "Crítica de las utopías políticas". EUNSA, Pamplona, 1978, p. 313.