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Sobre la Encíclica Evangelium Vitae

Gonzalo Herranz, Departamento de Bioética, Universidad de Navarra.
Gijón, 7 de junio de 1995.

Índice

Sobre las Introducciones en general

I. La Introducción de la EV

1. El carácter evangélico de la EV

2. La alegría de ser enseñados

3. La alegría y dignidad del vivir humano

4. Las nuevas amenazas a la vida humana

II. Mi opinión de profesor de Ética médica

Un veneno en el alma

Nunca en mi vida he empezado una conferencia con más aguda conciencia de mi incapacidad, de mi inadecuación.

La razón es bien sencilla: No se puede tratar a fondo de la Encíclica Evangelium vitae (EV) en el corto plazo de 45 minutos. Es poco tiempo para describirla, para resumir las muchas ideas e incitaciones que el Papa incluye en la Introducción, en sus cuatro densos capítulos, en la conclusión. Es imposible someter a un análisis, incluso superficial, las bases teológicas y antropológicas en que el Papa fundamenta su mensaje. Uno podría dedicarse a situar la Encíclica en el contexto del mundo actual, en la cultura de muerte en que viven tantos contemporáneos nuestros; o considerar EV en su capacidad de ser piedra de ángulo de la Cultura de la Vida que el Papa quiere inaugurar con ella. El Papa sostiene que siempre que sea posible empecemos nuestras reflexiones y nuestras enseñanzas sobre cuestiones de Ética con una referencia a la Escritura: él ha tomado el relato de la experiencia lacerante de la muerte de Abel por Caín para sensibilizar nuestra conciencia, para vacunarnos contra el riesgo de desdramatizar la tragedia habitual, ordinaria, de la muerte del hermano por el hermano que sin tregua y con degradante repetición, sigue llenando las páginas del libro de la historia de los pueblos.

Y, aunque de esas cosas y muchas más se podría hablar, habrá que decidirse por alguna para no caer en la inconcreción o el tópico. Después de darle muchas vueltas, me he decidido por hablar de la Introducción de la Encíclica. Pienso que de ese modo puedo ayudarles a Ustedes a empezar con buena disposición la lectura intencionada, tenaz, penetrante, del mensaje sencillo como un pan, alegre como una buena noticia, que eso quiere decir evangelio, que nos transmite EV.

Sobre las Introducciones en general 

Es curioso: la gente tiende a saltarse la lectura de los prólogos y de las introducciones. Prefieren ir al grano. Piensan que las introducciones de los libros vienen a ser algo así como el afinamiento de la orquesta antes de iniciarse el concierto. Sirve para hacer ambiente, pero a lo que no hay que prestar atención. Piensan que en las introducciones hay poca substancia, pues lo importante está en los capítulos que forman el cuerpo del libro. Cierto que hay introducciones huecas, mejor dicho, llenas de banalidades. Pero no todas son así: algunas no tratan simplemente de ganarse la atención del lector, de meterle de lleno en materia, sino que vienen a decir cuáles son las intenciones del autor, cuáles sus puntos de partida, su modo de razonar, los artículos de su credo y su proyecto ideológico, qué ideas hemos de compartirse con el autor para poder acompañarle a lo largo de la aventura de leerle, de ese viaje espiritual que autor y lector van a hacer juntos.

Omitir la lectura del prólogo o del capítulo introductorio de un libro significa, muchas veces, extrañarse del autor, ignorarle, no entenderse con él. La consecuencia es el abandono prematuro de la lectura de un libro que podría cambiar algún aspecto de nuestra vida.

La Introducción de EV es de esas introducciones que hay que leer. Y, curiosamente, somos pocos los que le hemos hecho. La inmensa mayoría de la gente a quien va dirigida la Carta sobre el valor y el carácter inviolable de la vida humana -los fieles laicos y todas las personas de buena voluntad- se ha contentado paradójicamente con las referencias de prensa, con los comentarios apresurados y superficiales, cuando no hostiles y ridículamente críticos, aparecidos en los telediarios, en los programas matinales de la radio, en las páginas de opinión de los periódicos. Corresponsales y comentaristas han ido a buscar las conclusiones del documento, sin interesarse lo más mínimos por sus fundamentos y razones. Con la mentalidad monodireccional de quien tiene que preparar un comentario en unos minutos, se han limitado a decir y a escribir que las ideas son las mismas de siempre, la impermeabilidad de la Iglesia al progreso la habitual, las condenas del aborto y la eutanasia absolutas y carentes de compasión. De modo obsesivo, han insistido en que la Iglesia sigue flirteando con la pena de muerte y que ha perdido una ocasión de condenarla de una vez por todas. En resumen: que Wojtyla sigue siendo el Wojtyla de siempre.

A prácticamente ninguno se le ha ocurrido llevarse la Encíclica un fin de semana al menos, a un lugar tranquilo, y allí leerla lentamente, tratar de comprenderla a fondo, reflexionar sobre ella, para poder opinar con conocimiento de causa. Se saltaron la Introducción, se fueron a buscar los puntos de escándalo, y se cerraron al mensaje del documento.

Tenemos aquí un ejemplo más de la semilla caída en el camino, sobre la dura costra del prejuicio, de la indiferencia, donde es imposible que pueda germinar. En nuestra sociedad, el respeto a la vida no está de moda. La mayor parte de la gente, los que trabajan en los medios de comunicación y los que los leen o escuchan, no abrigan probablemente frente al Papa y la Encíclica sentimientos ni de amor ni de odio, solo indiferencia, extrañamiento. Viven al día, con una olímpica indiferencia hacia lo intemporal, arrastrados por lo que es la noticia o el problema de cada día, de cada minuto. Los hombres de hoy tienden a pensar que todo fluye y cambia, que todo deja de ser actualidad en pocas horas. Para muchos, faltos de fe, el Papa es un hombre paradójico e incomprensible: envidiable como comunicador, de ideas peligrosamente avanzadas en doctrina social, pero férreamente conservador en cuestiones de moral sexual y familiar.

En general, la idea dominante en nuestra sociedad acerca de la EV es una idea raquítica y parcial, cerrada a lo trascendente, limitada a coordenadas sociopolíticas, a comentarios coyunturales sobre el enfrentamiento de las normas de la Encíclica con las normas legales vigentes o en preparación. En fin de cuentas, la idea que se ha quedado la gente es que se trata de un documento dirigido a una minoría, de escasa influencia política.

Pero no debemos dejarnos influir por esa mentalidad. Hay unas palabras de Ronald Knox que vienen aquí muy a propósito. Las leo para que nos pongamos en guardia frente al riesgo de pasar por alto la Encíclica que a nosotros se dirige, pues supongo que todos entramos en una de esas dos categorías de destinatarios de la EV: fieles y personas de buena voluntad. Trata Knox de comprender el fenómeno de la insensibilidad a la doctrina cristiana que afecta a muchos hombres de hoy, “aquellos que se han ido de la Iglesia, o los que tan a menudo parecen cerrados a todo murmullo de sus enseñanzas. Sólo Dios mismo, en su insondable sabiduría, -dice Knox- puede leer en lo secreto de esos corazones y saber qué parte han desempeñado los accidentes del ambiente y la educación en separarlos de la conciencia de su vocación cristiana. Quizá algunos de ellos no podrán evadir la responsabilidad de haber desdeñado las luces que han recibido y de haber acorchado, por el largo hábito de usarlas poco o mal, sus facultades para apreciar las cuestiones espirituales. De modo más o menos consciente, han corrompido su intelecto por falta de curiosidad, involuntaria al principio, pero más consciente conforme avanza el tiempo, sobre el significado y finalidad de la vida”.

Se saltaron la Introducción, se fueron a buscar los puntos de escándalo, y se cerraron al mensaje del documento. Son muchos los católicos que no han leído y vuelto a leer la Encíclica, que no han dedicado tiempo a reflexionar sobre ella, que no han rogado a Dios que les diera la gracia de entenderla y aceptarla. Han leído lo que dijeron los periódicos, escritos por gentes que piensan que todo lo que viene de Roma está equivocado. Si hubieran leído la Introducción no se hubieran engañado a sí mismos de modo tan penoso.

I. La Introducción de la EV 

1. El carácter evangélico de la EV 

Todo el argumento de la EV está luminosamente contenido en su título: Sobre el valor y el carácter inviolable de la vida humana. Se trata de un tema moral, que exige que quienes lo estudien comprendan cuáles son los principios básicos que autor y lectores han de compartir de antemano para que puedan comprender los problemas y sus soluciones.

En la primera línea, el Papa nos dice cuales son los sentimientos que abundan en su corazón. No es él quien en el fondo nos habla: como Vicecristo en la tierra, quiere que sea Jesús quien habla por él.

El Evangelio de la vida está en el centro del mensaje de Jesús. Acogido con amor cada día por la Iglesia, es anunciado con intrépida fidelidad como buena noticia a los hombres de todas las épocas y culturas.

Esas son las primeras palabras de la Encíclica. Merece la pena comentarlas, pues nos ayudarán a prepararnos a leer el entero documento, pues trata de un tema central del mensaje cristiano, que nos exige valentía para aceptarlo, tenacidad para difundirlo, alegría en el corazón para interpretarlo y darlo a conocer a tantos hombres buenos, de todos los tiempos y culturas, pues es un mensaje universal, lleno de rectitud moral y de razonabilidad, que apela a tantísima gente que tiene un sentido innato de la dignidad del hombre.

Lo que quiero destacar en este momento es que la doctrina expuesta está en el centro de la doctrina de Jesús. Nos viene de Él. ¿Qué significa esto? Que la hemos de recibir como si viniera del mismo Cristo en persona. Si leemos los cuatro evangelios con sentido realista, con ojos despiertos y vivaces, descubrimos con fuerza que Jesús enseñaba con mucha firmeza. Era, y le llamaban, Maestro. El Sermón de la Montaña no es un poema lírico: es un código moral, fuerte y lleno de cordialidad, de normas exigentes y estrictas. Nadie que lo haya leído, pensará que el divorcio o la promiscuidad, que el vivir cómodamente olvidado de las necesidades de los otros, que la vida moralmente insincera o el abuso de los débiles, pueden compaginarse con ser cristianos y verdaderamente humanos.

La respuesta que esperaba Jesús de sus oyentes era de aceptación alegre. No quería a su lado gente que encontrara pesada o restrictiva su doctrina. Una vez que habló muy fuerte en la sinagoga de Cafarnaúm, muchos se marcharon de su lado. Preguntó entonces a sus discípulos más íntimos si ellos también pensaban abandonarle. Pedro contestó por todos que sólo Él tenía palabras de vida eterna, que solo Él decía cosas liberadoras y que iluminaban la vida del hombre. Y se quedaron con Él.

No creo que esté malgastando vuestro tiempo y el mío, si os recuerdo y me recuerdo que es una cosa maravillosa que Cristo fuera Maestro y que delegara en su Iglesia, y principalmente en Pedro, su misión profética. Esto es una fortuna muy grande, una gracia. No es nada fácil para los hombres encontrar respuesta correcta a muchos problemas. Mis amigos del campo de la Bioética me dicen -unos con envidia, otros con una mezcla de envidia y de desdén intelectual, es así, que le vamos a hacer- que qué suerte tengo por encontrar una guía en la doctrina católica para salir de muchas dudas, para no estar demasiado tiempo en la confusión. Es una gracia grande e inmerecida la luz de la fe.

Y, sin embargo, dentro y fuera de la Iglesia, hay ahora un desprecio muy amplio para la autoridad moral de las enseñanzas del Papa. Dicen que dejarse guiar por otro, aunque sea el Vicario de Cristo, es abdicar de la responsabilidad de ser un adulto moral que decide por sí mismo, que es permanecer en una actitud infantilizada y hacer que perdure el paternalismo. Pero esos mismos actúan en las otras esferas de la vida con una asombrosa sumisión a los expertos: se dejan operar por los cirujanos, compran los coches que les aconsejan los representantes de las marcas, se van de vacaciones a donde les dicen las agencias de viajes y hacen caso de las predicciones del tiempo de los telediarios. ¿Por qué sólo la conducta moral ha de salirse de ese campo de fuerzas de los que aconsejan? ¿Por qué se tiene poco respeto a las enseñanzas de la Iglesia?

2. La alegría de ser enseñados 

Se ha perdido el sentido de Cristo como Maestro. En el fondo, el buen discípulo de Cristo tiene sonando en su corazón y en su cabeza las alabanzas a Dios dador de leyes. El Salmo 18 es un buen salmo para recordar a la hora de leer la EV. Algunos de sus versículos dicen así:

La ley del Señor es perfecta, da alegría al alma. Los decretos del Señor son de fiar, dan sabiduría a los sencillos.

Los preceptos del Señor son rectos, dan contento al corazón; sus mandatos son claros, iluminan la mirada.

El temor del Señor es puro y dura por siempre; los juicios del Señor son verdaderos, todos ellos son justos.

Son más preciosos que el oro, que un montón de oro fino; más dulces que la miel que mana del panal.

Estos versos del salmo expresan la actitud con que habríamos de leer la EV, la actitud que debe tener el creyente, pero que penosamente cultivamos poco. Deberíamos fomentar esa actitud de receptividad agradecida a la hora de ponernos a leer la Encíclica. Leer con sencillez, creer y agradecer con amor, con la misma sencillez y amor con que el papa nos ha escrito. Así leen los buenos hijos las cartas de sus padres.

A todas estas, pienso que alguno puede pensar si no estoy pasándome de la raya. No sólo que esto más que a una conferencia se está pareciendo a un fervorín. Voy a dar la razón de lo dicho.

Recién publicada la Encíclica, el mismo día, un periodista de agencia de noticias me pidió unas primeras impresiones. Le dije entre otras cosas que el título, Evangelium vitae, dado a la Carta era muy fuerte y audaz, pues imaginaba que el Papa no estaba haciendo un escrito apócrifo, sino una interpretación auténtica y autoritativa del Evangelio. Cuando se lee la EV se ve que el título está plenamente justificado, que no hay en él exageración ni fraude.

La fidelidad del Papa a la persona y a la doctrina de Cristo alcanza en Evangelium vitae un máximo. Le decía al periodista que, en el Evangelio, Jesús enseñaba a todos con firmeza y condenaba el pecado con mucha energía; pero, lleno de ternura y compasión, invitaba a todos al arrepentimiento y a la enmienda, y a todos concedía generosamente el perdón. En Evangelium vitae Juan Pablo II hace lo mismo. Su enseñanza es firme, fuerte, profética, porque quiere despertarnos de esa especie de narcotización moral en que nos está sumergiendo el bienestar y el egoísmo. El Papa es muy valiente y radical en su defensa de los débiles, anónimos y vulnerables. Planta cara a los poderosos, se trate de mayorías parlamentarias, del establishment cientifista, de los catastrofistas neomalthusianos. Les dice que su idea del hombre es pobre, inhumana, pesimista. Que la moral que traslucen las leyes que aprueban es acomodaticia, insolidaria, egoísta. En algunos momentos, el Papa se reviste de todo el poder espiritual que de Cristo le viene por Pedro, se hace rodear de todo el Colegio episcopal con el que ha consultado su decisión, y, del modo más solemne posible, anatematiza el crimen del aborto, la eutanasia, la falta de respeto a vida humana naciente y el desprecio de la dignidad de la procreación humana.

Pero, inmediatamente, nos abre su corazón compasivo. Y lo mismo que hacía Jesús, viene en nuestra busca para que, abandonando nuestros errores y pecados, volvamos a la amistad que nos Dios misericordiosamente nos ofrece. Subyaciendo a toda la Encíclica, hay, junto al vibrante mensaje de amor a la vida humana, una comprensión infinita hacia la flaqueza moral de los hombres y mujeres de carne y hueso, una llamada llena de compasión a dejar el error y el cruel dominio de los fuertes sobre los débiles, y a pedir perdón. Realmente, el Papa es el Vicecristo, se ha revestido de la fuerza del Maestro, y de sus entrañas de misericordia de Cristo. El llamamiento a las mujeres que han abortado es conmovedor: les dice que comprende cuan abandonadas pueden haberse sentido, que se da cuenta de lo duro de las condiciones que las han llevado a su errónea acción, del dolor que habrán sentido al pasar por el drama del aborto y del desasosiego que ha quedado en su alma. Pero, al tiempo que, a pesar de las circunstancias que puedan haber disminuido su culpabilidad subjetiva, no les oculta que han cometido un gravísimo error, que requiere abrirse con humildad y arrepentimiento al perdón de Dios en el sacramento de la Reconciliación. Les dice que nada está perdido. Con sorprendente penetración psicológica les dice que la paz vendrá si piden perdón a Dios y lo piden también al hijo que ahora vive en el Señor. Las anima a que se hagan defensoras del derecho a la vida, pues su doloroso testimonio será particularmente elocuente. Igual que Jesús buscaba a pecadores y publicanos, el Santo Padre dice a estas mujeres que pueden ser ellas también artífices de un nuevo modo de mirar la vida del hombre.

Así es como nos dicen los Evangelios que hablaba Jesús. Esa equilibrada mezcla de doctrina firme y fundada, con esa invitación a buscar el perdón de Dios y la esperanza, son típicamente evangélicas.

3. La alegría y dignidad del vivir humano 

La Introducción insiste mucho en que el Evangelio de la Vida es alegre. Dedica la Encíclica varios párrafos sueltos y cuatro puntos a decirnos que es algo que hemos de celebrar, con espíritu de fiesta. En la primera página, el Papa nos pone delante de los ojos la alegría de la Navidad para ejemplificar el gozo de que vengan hombres al mundo, la fiesta por cada niño nacido, que es condición para la vida nueva y eterna.

Nos dice que cada persona tiene un valor incomparable. Esto, que está en la base de todas las declaraciones de derechos humanos, que es una gloriosa verdad humana, es constantemente desmentido por la conducta de muchos y por las leyes vigentes en muchos países avanzados. Merece la pena atender por un momento a los argumentos que el Papa nos ofrece en favor del valor incomparable y único de cada ser humano en esta vida nuestra temporal, la vida en el tiempo.

La EV nos dice es precisamente en el destino eterno del hombre donde radica la fuente de su dignidad suprema. Nuestra vida en el tiempo es una realidad definitiva, sino transicional; no última, sino penúltima: pero es, en su temporalidad, una realidad sagrada, pues cada hombre es objeto del amor personal de Dios. Esa es la razón de la singularidad de cada uno de nosotros: Dios nos ha creado y nos ha querido de uno en uno, singularmente.

Dice el Papa que esta alegre noticia, de ser singularmente amado de Dios, tiene un eco profundo y persuasivo en el corazón de cada persona, creyente o no, porque supera todas las expectativas humanas, pero, al mismo tiempo, las colma por completo. Este común denominador de la dignidad de cada hombre es la llave que nos abrirá las puertas de la nueva cultura de la vida. Hemos de persuadirnos de que, a pesar de las apariencias, todo hombre sinceramente abierto a la verdad y al bien, percibe, con tanteos e incertidumbres, con su razón y bajo el influjo misterioso de la gracia, que la vida de cada hombre tiene un valor incalculable, desde su inicio hasta su término.

El respeto a la dignidad de cada hombre, quienquiera que sea, es verdaderamente un concepto racional y universal. De tejas abajo y en un contexto humano, podemos concluir que a cada uno de nosotros se nos confía un destino individual, único e irrepetible, original y creador. El mundo, con sus maravillas y sus tragedias, es vivido por cada ser humano, y por todos, en una clave personal, singular, propia y, en cierto modo, inefable. En la interioridad, más o menos rica, más o menos empobrecida, de cada ser humano el mundo es visto, oído, pensado, comprendido, gozado con absoluta y exclusiva propiedad. Una canción, el sabor de un huevo frito, el temor de que el Racing tenga que promocionar, el rezo de una oración, un paseo por la orilla del mar, todo es vivido, sentido o comunicado por cada uno de un modo original y propio.

Lo que nos hace únicos y valiosos más allá de toda medida no es simplemente tener una secuencia original e irrepetible de nucleótidos en nuestra dotación de DNA, sino ser hombres, tener cada uno cuerpo y alma, una vida incomunicable que cada uno vive dentro de sí, la conversación intransferible de cada uno consigo mismo, con los demás, con Dios: esa es nuestra dignidad intrínseca. Cada ser humano es un universo que enriquece a la humanidad, que completa el mundo: ahí está, a mi modo de ver, la razón universal de la dignidad del hombre, la fuente del respeto por todos y cada uno de los seres humanos.

La dignidad del hombre es asunto al que deberíamos prestar mucha más atención. Dignidad humana es una expresión que está por todas partes: en los textos constitucionales, en directrices éticas, en eslóganes de activistas de mil cosas diferentes. En EV, gracias a un programa de ordenador, aparece citada 52 veces. Pero, aunque la noción de dignidad humana se vea sometida a una depreciación inflacionista en manos de políticos y de sociólogos, la dignidad del hombre contiene valores morales de primera categoría, llenos de significado y operatividad. La palabra dignidad hace referencia a la nobleza inherente y al valor que desde siempre se concede al hombre, a la persona humana, al valor incomparable de cada persona humana. Es, en la concepción cristiana, en la alegre noticia del amor de Dios al hombre, parte esencial del Evangelio de la vida.

El relato del Génesis, la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios, hace entrar en el mundo la noción de suprema dignidad del hombre. El hombre es el vice-regente de Dios en el mundo, está coronado de gloria y honor. Ser imago Dei le confiere en exclusiva, entre todas las criaturas de la tierra y a pesar de la caída original, la racionalidad, la autoconciencia y la voluntad libre, que son participaciones de la divinidad, que le dan la capacidad de transformar el mundo y de educarse a sí mismo, de ser un agente moral responsable y libre. Todos los hombres disfrutan de esa suprema e idéntica dignidad.

4. Las nuevas amenazas a la vida humana 

Después de darnos este cuadro alentador de la dignidad de todos los hombres, la EV da un vuelco: el Papa denuncia las nuevas amenazas contra la vida humana. Nos dice que cuanto sufre la Iglesia, que se siente por mandato de Cristo madre de todos los hombres, porque en nuestros días las amenazas a la vida se han multiplicado. Ya no son solo, como antes, el hambre y las enfermedades, la violencia y las guerras, los enemigos del hombre. Han aparecido entre nosotros formas nuevas, crueles e inhumanas de destrucción, dotadas de potencial mortífero enorme y creciente, que configuran la cultura de la muerte. Lo perversamente original de esta nueva situación cultural es la justificación por amplios sectores de la sociedad que justifican los atentados contra la vida como manifestación de derechos y libertades individuales, como muestra de progreso cívico, que merecen la impunidad, la aprobación, e incluso el apoyo económico del Estado.

Y típicamente evangélico es también el proyecto de Cultura de la vida.

II. Mi opinión de profesor de Ética médica 

Creo que no debo dejar de pronunciarme como profesor de ética médica. Me atrevo a vaticinar que Evangelium vitae se convertirá en un clásico de la Bioética. Nadie puede negar que se trata de la síntesis más precisa e intensa de la doctrina perenne de la Iglesia sobre el valor y la inviolabilidad de la vida humana. Y aunque la doctrina es perenne, está dicha con palabras nuevas, con una intensidad inédita, con una apelación a lo básico de la doctrina de Cristo, enriquecida con un fuerte suplemento de común humanidad.

Es un antídoto moral contra la intoxicación legalista que está asfixiando a la ética profesional de la Medicina. EV abre nuevas perspectivas hacia problemas tan básicos y en permanente discusión como son el papel del médico como agente moral, los límites de las intervenciones médicas, la objeción de conciencia sanitaria, el recto activismo en favor de la vida, el respeto a la vida declinante, la supervivencia profesional y política del médico cristiano en un mundo gobernado por leyes injustas.

Como profesor de Ética médica debo hacer una referencia al problema de mayor actualidad entre nosotros: la eutanasia. La Encíclica dedica cuatro largos puntos al drama de la eutanasia. Todos, pero especialmente los médicos, hemos de agradecer al Papa que en Evangelium vitae haya incluido una solemne e inequívoca condena de la eutanasia. La prohibición absoluta de dar muerte al hombre enfermo es un gran bien para la Medicina. La razón es obvia: la eutanasia se convierte pronto en una pasión mortal, envenena el cerebro y el corazón del médico que sucumbe a esa tentación desgraciada.

Cuando los médicos se desligan de su deber de respeto máximo a la vida humana, a la que consideran violable, son arrastrados, como muestra la historia dolorosa de la eutanasia legalizada en Holanda, por un torbellino de violencia. Sabemos ya mucho de lo que ocurre cuando una sociedad acepta la eutanasia y los médicos se hacen árbitros de la vida de sus pacientes. Conviene no ignorar lo que está ocurriendo.

La eutanasia se convierte en una pasión mortal. En ninguna otra situación médica se cumple tan inexorablemente la realidad de la pendiente deslizante moral.

Es posible que el carácter dramático de algún caso extremado pueda convencer al médico que es aceptable la práctica de una eutanasia. Cualquiera puede ser víctima de un error, cualquiera puede sucumbir en un momento de debilidad. Pero si, cometido ese lamentable error, el médico no abjurara de él, si siguiera pensando que su acción es moralmente justificable, que hay vidas tan carentes de dignidad o tan cargadas de sufrimiento que son dispensables, entonces ya nunca podrá dejar ya de administrar a otros pacientes suyos la muerte que libera del dolor y de la decadencia vital.

Eso sucede porque en el alma de ese médico permanecen restos descoyuntados de sus virtudes profesionales (de su compasión, su justicia, su diligente prevención del dolor) que facilitan ciegamente la acción de un celo ahora mortal.

El drama moral de la eutanasia se desarrolla en cuatro etapas de eclipse progresivo del respeto médico a la vida y a la persona.

1. Al principio, cuando el médico accede a matar por compasión, concibe la eutanasia como una intervención excepcional, un último recurso, sólo justificable en situaciones extremas de dolor torturante, refractario a los tratamientos más enérgicos, y que sólo está autorizada como respuesta a una petición reiterada y conmovedora de un paciente racional y lúcido. Ante la pobre respuesta a los remedios sintomáticos y movido por lo trágico de la situación clínica, el médico se rinde ante la idea de que sólo la muerte puede liberar a su paciente de su insoportable vida. Con temor y temblor, lleno de angustia, movido de compasión, el médico da muerte a su primer paciente. Al hacerlo, rompe en su alma algo de inestimable valor: su respeto máximo, virginal, a la vida.

Si se arrepintiera y no volviera a hacerlo más, pondría a salvo su vocación médica. Pero si autojustifica su acción, si sigue pensando que la eutanasia es una acción profesional, excepcional pero éticamente aceptable, ya no podrá salirse de la cascada eutanásica.

2. Porque el médico, tras apostatar de su fe en el carácter sagrado de la vida, es arrastrado a la falsa fe del absolutismo de la calidad de vida. Llega, más o menos pronto, a la pesimista conclusión de que hay vidas, que no escasean, las vidas que no merecen ser vividas, tan penosas y carentes son de dignidad y valor vital. En unos pocos años, en el ambiente social de la legislación permisiva o de la jurisprudencia tolerante a la eutanasia, con la opinión pública narcotizada por la prensa y la televisión, el matar por compasión deja de ser un remedio excepcionalísimo, y pasa a convertirse en un recurso médico casi ordinario, una opción terapéutica como otra cualquiera, polémica como tantas otras que son aceptadas por unos médicos y rechazadas por otros, de la que hablan mucho las revistas profesionales. Sus resultados son auditados y comparados con otras alternativas terapéuticas. La eutanasia gana respetabilidad y prestigio, pues resulta ser una intervención rápida e indolora, exigente de competencia y buena práctica, cómoda, estética y económica, e incluso más compasiva, que el tratamiento paliativo.

Bajo ese aspecto de intervención ortodoxa y muy profesional, la eutanasia se convierte en un acto médico ordinario, en opción prioritaria para muchas situaciones clínicas, en especial cuando es deseada y pedida por el enfermo o sus allegados.

En la situación de permanente escasez de recursos económicos en que vivirá ya para siempre la Medicina, la eutanasia terminará por acreditarse como un tratamiento muy eficiente, de óptimo cociente costo/beneficio, que aligera enormemente el gasto sanitario, que da alivio a los circunstantes, y satisfacción a quien la pide.

3. Y también a quien no la puede pedir. La eutanasia en una tercera etapa es expresión de la iniciativa beneficiente, paternalista, del médico. Si un doctor considerara que la eutanasia es un servicio al que todos tienen derecho, no podrá rehusarlo a quien está incapacitado de pedirlo. El médico asume entonces, en virtud de su privilegio terapéutico, la función de mandatario subjetivo de los pacientes incapaces. Ante el demente, el malformado grave, o el vegetativo persistente, el médico, perdido el máximo respeto por la vida, razona así en su corazón: “Es horrible vivir en esas condiciones de precariedad biológica o psíquica. Nadie, en su razón cabal, querría vivir así. La muerte es preferible a esa vida empobrecida. Yo, en su caso, exigiría que me dieran la muerte dulce”. El médico adquiere así un poder discrecional sobre la vida y la muerte de los incapaces.

4. Pero eso no es todo: el médico que tiene la eutanasia por acto virtuoso terminará por juzgar que hay pacientes cuyo deseo de seguir viviendo es irracional y caprichoso, pues considera que la vida que ellos tienen por delante es biológicamente detestable, una carga social intolerable, un despilfarro económico. Su argumento dice así: “El deseo de vivir de algunos pacientes es un antojo irracional, un lujo económico, una carga para los demás, un abuso injusto, egoísta, insolidario. Satisfacer ese deseo meramente vitalista de seguir viviendo, porque así lo demandan los enfermos o quienes los representan, es, además de una injusticia, un consumo irracional de recursos, económicos y humanos. Ese dinero y ese esfuerzo laboral podrían ser invertidos en cosas más beneficiosas e interesantes”.

No es ésta, por desgracia, una situación imaginaria: los médicos generales holandeses declaran que el 10% de los actos de eutanasia que ellos practican se dan en pacientes conscientes y capaces de decidir, pero a los que, por razones paternalísticas, no se les consulta acerca de la eutanasia que se les aplica.

Un veneno en el alma 

A muchos parecen duras las palabras del Santo Padre en el punto 67 de Evangelium vitae, cuando califica de homicidas a los que, arbitraria e injustamente, usurpan a Dios el poder de decidir sobre la vida y la muerte de los enfermos. El Papa los acusa de dejarse dominar por una lógica de necedad y egoísmo. Esas palabras del Santo Padre, como toda la Encíclica, son, bajo su dura apariencia, una cordial y compasiva llamada al buen sentido moral y a la rectificación.

Deben servirnos a todos, en primer lugar, para guardarnos de dialogar con la tentación de la eutanasia y de la ayuda médica al suicidio, para hacernos conscientes de que dar un paso en esa dirección es ir al derrumbadero, introducir en el alma un falso celo, compasivamente destructor o cínicamente utilitarista.

Si el médico sucumbe a la tentación de la eutanasia y no da marcha atrás, será muy difícil que deje de matar. Porque si es éticamente congruente consigo mismo, y cree que está haciendo algo bueno, se verá obligado, movido por los restos de justicia y beneficencia que quedan en su alma, a aplicar la eutanasia a casos cada vez menos dramáticos, a vidas a las que considera, ahora o un poco más adelante, carentes de la necesaria calidad.

Sólo en el respeto absoluto es posible concluir que todas las vidas humanas son dignas, que ninguna es dispensable o indigna de ser vivida. El médico respetuoso evalúa con lucidez humilde y realista la limitada eficacia de los medios técnicos de que dispone, reconoce su finitud, y se abstiene de emplearlos fútilmente, con obstinación y sin juicio. Y porque cree en el valor inestimable de la vida terminal, de la mera vida vegetativa del hombre, la atiende con los cuidados paliativos.

El respeto absoluto a la vida es un valor fundamental. Aun el médico más íntegro y recto necesita protegerse contra los excesos de sus virtudes. La eutanasia hiere a la Medicina también como empresa científica. Si los médicos trabajaran en un ambiente en el se supieran impunes tanto si tratan como si matan a ciertos pacientes, se irían volviendo indiferentes hacia determinados tipos de enfermos, y se mustiaría la investigación en vastas áreas de la Patología: no habría entonces razones para indagar en los mecanismos patogénicos de la senilidad, de la degeneración cerebral, de la enfermedad terminal cancerosa, de las malformaciones bioquímicas o morfológicas. La eutanasia frena el progreso de la Medicina.

La obligación de respetar y de cuidar de todos los seres humanos, de no atentar contra la vida de ninguno de ellos, es parte del carisma profesional del médico, una fuerza moral maravillosa e inspiradora de caridad y de ciencia. Los médicos debemos un agradecimiento muy sincero y profundo al Santo Padre por reiterar con toda firmeza la prohibición absoluta de la eutanasia.