La perversión de la Psiquiatría. La violación de la mujer como arma de guerra en la guerra de los Balcanes
Gonzalo Herranz, Departamento de Bioética, Universidad de Navarra
Sesión en el Simposio Internacional Espacio político - Espacio ciudadano
El Espacio Social Femenino
Pamplona, Aula Magna del Edificio Central, Universidad de Navarra
Lunes, 15 de mayo de 1995, 13:00
La dignidad de la mujer ha sido incluida entre los valores que son destruidos en esa guerra. Gracias al uso perverso de la Psiquiatría, a la instrumentalización táctica de los conocimientos que la observación clínica proporciona, la violación de las mujeres del bando enemigo ha sido convertida por los serbios de Bosnia en arma de combate. Un arma no convencional, pero devastadora y muy eficaz para conquistar territorio y quebrantar la resistencia psicológica del enemigo.
Guerra y violación
La violación de las mujeres del campo vencido había sido considerada hasta ahora como un elemento más, triste e inevitable, de la brutalización del combatiente. Venía a ser parte del botín. Las crónicas, desde el rapto de las Sabinas hasta hoy, nos hablan de las violaciones perpetradas, en todas partes, en todos los tiempos, por los soldados vencedores.
Y aunque las leyes de la guerra, antiguas y modernas, obligan al soldado al trato humano de la población civil y prohíben la agresión sexual de la mujer, sólo en tiempos muy recientes la violación ha sido declarada conducta criminal en la guerra: de modo indirecto, en los Juicios de Tokio, cuando algunos altos jefes militares japoneses, que habían ordenado esa conducta a sus soldados, fueron condenados como responsables de las violaciones cometidas, en China y en los países del Sudeste asiático ocupados por el ejército nipón, durante la Segunda Guerra Mundial. De modo expreso, en 1993, cuando la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas aprobó una resolución que pone la violación, por vez primera, en la lista de los crímenes de guerra, y solicita la creación de un tribunal internacional encargado de juzgar a los culpables: a los soldados u oficiales que hubieran perpetrado u ordenado violaciones, y a las autoridades superiores que lo hubieran fomentado o se hubieran abstenido de prevenirlo. El factor desencadenante de esa neta condena fue justamente el empleo en gran escala, acordado por gobernantes y mandos militares, de la violación de la mujer como recurso estratégico.
Cosas ocurridas en Bosnia-Herzegovina y en otras partes
Quizá por el acostumbramiento, casi sería mejor decir por la insensibilidad, que induce en nosotros la sobreabundancia de información -noticias e imágenes- que nos ofrecen día a día los medios de comunicación, no nos damos cuenta de la tremenda suma de tragedias humanas que es una guerra. Nos han saturado de información sobre la guerra del Líbano, de Uganda, de la ex-Yugoslavia, pero es muy difícil que podamos comprender algunos datos. Por ejemplo, que la población civil se ha convertido en estas guerras en el principal objetivo bélico: aporta, entre muertos y heridos, más del 90% de sus víctimas. Se llaman guerras, pero en el fondo son operaciones de genocidio.
Yo, como cualquier otro, fui un espectador, entristecido pero distante, del drama de la guerra de Bosnia. Pero mi actitud cambió cuando leí, no hace todavía dos años, el número que, en agosto de 1993, el Journal of the American Medical Association dedicó a tratar, desde el punto de vista de la Ética médica, la guerra en los Balcanes. Quedaba claro que, por desgracia, algunos médicos estaban haciendo en la ex-Yugoslavia cosas que recordaban las perpetradas por los médicos nazis hace ahora medio siglo.
La información, de la que voy a ofrecer sólo unas mínimas muestras, procedía del Instituto Internacional de Derechos Humanos, ubicado en la De Paul University, de Chicago, donde vienen recopilando y validando datos no sólo para análisis académico, sino para entregarlos a la Comisión de Expertos de las Naciones Unidas que estudia las violaciones de los Derechos Humanos en la antigua Yugoslavia.
Los datos proceden de observaciones (historias y análisis clínicos), obtenidos in situ por médicos y expertos de agencias internacionales de Derechos Humanos (Amnistía Internacional, Helsinki Watch), y también de noticias, videos, fotografías y entrevistas, proporcionados por corresponsales de los medios de comunicación, sobre incidentes y crímenes contra los derechos humanos. Entre los propósitos del Instituto se cuenta el de entregar toda esa documentación, debidamente depurada, criticada y validada, a la Comisión de Expertos como pruebas en los juicios por crímenes de guerra, que han empezado ya a celebrarse en La Haya.
En su primer año de trabajo, el Instituto, gracias a una subvención de la Organización de las Naciones Unidas, recogió información sobre más de dos mil incidentes (mutilaciones, violaciones, asesinatos, tortura) que afectaron a más de 25000 civiles inocentes, mujeres en su inmensa mayoría.
En el conflicto yugoslavo lo decisivo es, en el fondo, ocupar territorio. Radovan Karadzic, que, antes de ser Presidente de los Serbios de Bosnia, era psiquiatra, ha utilizado sus conocimientos médicos para inculcar entre su gente y, especialmente entre sus soldados, sentimientos de agresividad y violencia a fin de favorecer la conquista territorial. Ha aventado el fuego de los odios étnicos y religiosos, ha azuzado los sentimientos de victimación y venganza, y, gracias a su oficio de psiquiatra, lo ha hecho con mucha eficacia.
He aquí unos pocos ejemplos de salvajes atentados a la dignidad de la mujer, dados a conocer por el Director del Instituto Internacional de Derechos Humanos de la DePaul University, Cheriff Bassiouini. Él, con toda probabilidad, será uno de los miembros del tribunal que juzgue en su día los crímenes del conflicto de la antigua Yugoslavia.
En la guerra yugoslava, la violación de las mujeres ha sido convertida en una forma de agresión programada, formalizada, sometida a una administración sistemática, a la logística militar. La violación ya no es la clásica agresión, individual o en grupo, con la que los soldados gratifican su erotismo y exhiben su poder de vencedores.
Detrás de la violación programada practicada en Bosnia hay un profundo conocimiento no sólo de los demoledores efectos psíquicos inmediatos y de las heridas permanentes que la violación causa a su víctima. Pero, por encima y más allá de ese efecto individual, la violación sistemática de todas las mujeres de una colectividad posee una capacidad siniestra de vulnerar la familia y la comunidad étnica. Tiene como propósito no sólo dominar y humillar al enemigo, sino también controlar la conducta.
En Bosnia, muchas violaciones se llevaron a cabo en presencia del marido, los hijos o los hermanos de las víctimas. Los ataques seguidos de violación sistemática, en ocasiones anunciados con antelación, demostraron poseer una tremenda fuerza disuasoria, pues contribuye, mucho más que el ataque armado, a vaciar aldeas y ciudades, y a dispersar las fuerzas enemigas. Por un lado, obliga a las mujeres, y con ellas a las familias, a abandonar sus hogares; y es, por ello, muy eficaz para la limpieza étnica del territorio. Por otro, enfrenta a los combatientes al dilema de escoger entre permanecer al lado de sus mujeres para defenderlas, o aplazar o abandonar los ataques ya preparados contra el enemigo.
Un refinamiento cruel es el de designar para efectuar la violación a soldados procedentes de la misma población de las víctimas. La violación hecha por conocidos deja de ser un acto casual y anónimo: no sólo agrava el trauma de la agresión sexual, sino que hace imposible ocultarla. En un dramático testimonio, grabado en vídeo por un corresponsal de la BBC, se oye a una joven musulmana, que había sido violada por un grupo de soldados serbios, vecinos de su misma aldea, decir entre gemidos, la cara oculta: “Mi vida se acabó... Ya nunca podré mirar a nadie a la cara... Era virgen y esto es lo que me han hecho... Eran vecinos míos y me han quitado la vida”.
La insensibilidad moral puede alcanzar niveles inimaginables, cuando la fanatización ideológica afianza la idea de que, en la guerra, todo vale. Bassiouini entrevistó a un soldado serbio, Boris Herrak, que fue capturado y juzgado convicto por un tribunal militar bosnio, de haber violado a 26 mujeres musulmanas y de haber asesinado a 19 de ellas. En la conversación, Herrak no mostró el más mínimo signo de arrepentimiento. Cuando le preguntó Bassiouini por qué las había matado, porqué no las había dejado ir después de violarlas, el soldado lo miró con indiferencia y se limitó a decir: ¿me da un cigarrillo? Bassiouini apostilla: Pienso que ahora Herrak siente que no tenía que haberlo hecho, pero no está seguro del porqué.
Casos como éste, plantean como una incógnita difícil de despejar el tono de la convivencia social tras la guerra. ¿Cómo podrá vivirse en una sociedad con muchas heridas morales abiertas, y en la que un contingente importante de sus miembros se ha acostumbrado a la violencia gratuita como modo normal de vida? La reeducación de la conciencia moral será una prioridad urgente tras la pacificación.
No es fácil dar datos sobre el número de violaciones perpetradas. Los serbios de Bosnia establecieron cuatro campos de concentración-burdel, a donde fueron llevadas a centenares mujeres musulmanas, de edad entre 12 y 60 años. Los soldados regulares o los miembros de grupos paramilitares formaban en fila para violarlas. Un número no determinado de mujeres fueron retenidas hasta el sexto mes de gestación, demasiado tarde para que pudieran hacerse practicar el aborto, y obligarlas así a ser madres de niños de padre serbio.
En enero de 1993, las Naciones Unidas enviaron una comisión médica para investigar la violación en la antigua Yugoslavia. A partir del número de embarazos resultantes aplicando un índice de embarazo del 1% de las violaciones, se puede estimar en unas 60000 las mujeres supervivientes a la violación. Conviene señalar, entre paréntesis, que esa es probablemente una estimación inferior a la cifra real, pues han sido muy frecuentes las violaciones múltiples. En paz y en guerra, si la violación no ha tenido lugar en público, tiende a ocultarse, en especial si no ha sido seguida, como es lo habitual, de gestación. El silencio tiende a ocultar la humillación personal, previene la incomprensión familiar y social, y tiende a mitigar el estigma moral y el trauma afectivo.
Las Naciones Unidas han creado un fondo de investigación para aplicar técnicas de identificación forense de los agresores (reacción en cadena de la DNA-polimerasa) y reunir así pruebas para el proyectado juicio por crímenes de guerra. La empresa no está libre de dificultades. El personal sanitario enviado se encuentra muchas veces con que mucho más urgente que detectar casos y obtener las pruebas oportunas, es tratar las secuelas físicas y psíquicas de las mujeres violadas. Es muy laborioso y difícil ayudar a las víctimas a recuperar su sentido de la dignidad humana y la salud física. Es muy elevada la tasa de suicidio, depresión y episodios psicóticos entre las mujeres agredidas, lo cual parece un fenómeno universal. Los datos de morbididad postviolación de Bosnia son prácticamente superponibles, a pesar de la fuerte disparidad cultural, a los obtenidos en Uganda: frecuentes pesadillas nocturnas relacionadas con la violación, facilidad para asustarse, extrañamiento afectivo del entorno, pérdida de interés por las cosas, sentimientos de vergüenza y de culpabilidad, irritabilidad. El trauma de la violación ha cambiado su vida. Queda una huella prácticamente imborrable de sentimientos negativos hacia los hombres, agravado por el hecho de que, cuando la noticia de la violación trasciende al ambiente familiar o local, se produce con frecuencia el rechazo de las mujeres jóvenes por sus padres, sus novios, o el resto de la comunidad.
Karadzic y el uso de la Psiquiatría como arma de guerra
La violencia especial de la guerra yugoslava se debe en gran parte a la manipulación psicológica de los combatientes, en particular de los campesinos serbios, cuyo odio tradicional fue encendido por la propaganda diseñada por Radovan Karadzic.
Algunos investigadores y periodistas han puesto en evidencia la genealogía política e ideológica de Karadzic, el proceso de aplicar la Psiquiatría a la guerra. Aparecen esas informaciones en artículos titulados “Psiquiatría y genocidio”, “La conspiración psiquiátrica de Bosnia”, “En Bosnia lo mismo que el Líbano: guerras programadas por psiquiatras”, publicados en revistas francesas, italianas o inglesas.
Karadzic ha sido influenciado profundamente por su mentor Jovan Raskovic, el psiquiatra loco, director de un importante manicomio en Bosnia. Aparte de experimentar formas heterodoxas de terapia electroconvulsiva, Raskovic recogió materiales para una tesis suya sobre el perfil psicoanalítico de los distintos grupos étnicos de la ex-Yugoslavia, y los dio a conocer en un libro de título muy significativo: Pueblos locos.
Karadzic divulgó masivamente entre los serbios de Bosnia las teorías de Raskovic, para inducir a sus gentes al odio y desprecio de sus rivales y sublimar sus actos inhumanos al servicio de la Gran Serbia.
La idea de Raskovic, explotada por Karadzic, es que los serbios sufren un complejo de Edipo colectivo, que les predispone a brotes incontenibles de violencia, estén o no justificadas sus pretensiones: este rasgo es lo que de modo particular asusta a los croatas, a los que atribuye una mentalidad castrada, temerosa, incapaz de ejercer autoridad y necesitada de guía. Los musulmanes bosnios, que son gente a quien gusta acumular riqueza, son presa fácil para el engaño, víctimas fáciles de la astucia. Con este esquema tan rudimentario, Radovan y Karaczic han tratado de racionalizar las violencias salvajes de la guerra.
¿De dónde surge esta mentalidad destructora? Se ha puesto de relieve el papel decisivo jugado por un buen número de psiquiatras serbios en la tragedia de los Balcanes. Y curiosamente por algunos de sus pacientes. Jovan Raskovic era un psiquiatra de fama internacional, miembro de la Academia Yugoslava de Ciencias y psiquiatra oficial de la República. Slobodan Milosevic, el hombre fuerte de Belgrado, ha sido paciente suyo, lo mismo que Milan Martic, jefe de la policía de la llamada República de Krajina, los territorios croatas ocupados por los serbios. En Belgrado, otro psiquiatra, Svetovar Stojanovic, regresó de USA para encargarse de la propaganda política.
No es esta la ocasión de considerar el papel, indirecto pero instrumental, que el Tavistock Institute, de Londres, ha jugado en la instrumentalización de la Psiquiatría en el conflicto de la ex-Yugoslavia. Aunque figura como una institución convencional, dedicada a la clínica e investigación psiquiátricas, el Tavistock ha sido desde antiguo un laboratorio de estudios sobre guerra psicológica para el ejército británico. En él se desarrolló, bajo la inspiración del filósofo de la escuela de Frankfurt, Max Horkheimer, la teoría y la logística de los vuelcos de paradigma como herramienta de guerra psicológica, de la que la violación bélica es un aspecto más. No entra ese aspecto en la historia que quería contar hoy, una historia cuyos orígenes se pierden en la lejanía de los tiempos, cuando empezó como un deporte brutal, primario, de la soldadesca. Pero en el final de este siglo nuestro se ha convertido en una acción estratégica, programada con criterios científicos, refinadamente canallesca, agresiva e hiriente. ¡Qué triste es que de ello se hayan encargado algunos médicos que, por conocer con mucha precisión y detalle las huellas indelebles de dolor que quedan en el alma de la mujer sexualmente agredida, han apostatado de su vocación y han hecho uso al revés del primum non nocere, del no hacer daño, que es el mandamiento primero de la ética médica!
La violación de la mujer por el soldado ha sido declarada crimen de guerra. Esperemos que los que han diseñado y aplicado ese procedimiento criminal contra la mujer reciban una condena pública y justa, que prevenga la repetición de una conducta que es tan cruel para sus víctimas, como degradante para sus perpetradores.
Muchas gracias.