El valor de la vida
Gonzalo Herranz. Departamento de Bioética, Universidad de Navarra
Charla en el Colegio El Vedat
Valencia, 1991
Una de las cosas que más me impresionan de la Medicina es la tremenda diferencia que podría llegar a darse entre médico y paciente en cuanto a lo que vale la vida. Para el paciente, su propia y única vida es de un valor incalculable, ante el que todo lo demás palidece. Para el médico, la vida de un paciente es una más entre los cientos de ellas que debe atender. Para el enfermo, perder la vida es el hecho más decisivo de todo su existir, un evento de dimensiones cósmicas. Para el médico, una vida que se pierde es, muchas veces, una simple contrariedad, algo con lo que fatalmente hay que contar cada día.
Y, es curioso, lo que le pasa al médico le pasa, cada vez más, a los demás, a la gente corriente, a la que lee el periódico y ve el telediario: cada día, se pierden vidas humanas a chorros, en catástrofes naturales, en accidentes, en terrorismo, en guerras, por enfermedad, por malnutrición o hambre, por aborto. En nuestra sociedad saturada de información, crece la insensibilidad hacia las vidas que se pierden. El valor de la vida humana se está devaluando.
¿Cómo puede ser, entonces, que vayamos confiadamente al médico y pongamos en sus manos nuestra vida, cada uno la suya, única e irrepetible, a pesar de saber que para el médico somos una vida más, una de tantas? Porque sabemos que, aunque el médico esté curtido por la experiencia de muchas vidas perdidas, la deontología profesional le obliga a respetarlas todas, a cuidar de todas ellas con el máximo respeto, sin discriminarlas por razones de edad, sexo, raza, credo religioso o convicciones políticas. Vamos al médico porque suponemos que le han enseñado, o él ha descubierto, cuál es el valor único de cada ser humano.
El médico sabe que cada hombre no es sólo una maravilla biológica, sino que es un milagro. Cada uno de nosotros, incluso un deficiente mental, ve el mundo, lo interpreta y lo piensa a su modo singular e irrepetible. La maravilla de las maravillas no es que el genoma de cada uno, el ADN recibido de sus padres, sea diferente al de todos los demás. Lo grande de verdad es que cada uno de nosotros sea capaz de conocer el mundo, de amarlo y de gozarlo en clave absolutamente propia, personal. En una catedral, nadie canta ni reza igual. En un estadio abarrotado, cada uno ve su partido de fútbol, cada uno con su apasionamiento diferente al de todos los otros. El vino con gaseosa me sabe a mí como no le ha sabido ni le sabrá a nadie en toda la historia del mundo.
El médico sabe que cada enfermo vive y realiza la enfermedad a su modo propio y diferente, y, ante esa diversidad, hay días que se siente inclinado a concluir que no hay enfermedades, sino enfermos. Sabe, aunque a veces le falta el tiempo para pensarlo a fondo, que la muerte de un ser humano, quienquiera que sea, es la muerte de un mundo.
Hemos de plantearnos frecuentemente cuál es el valor de una vida humana, para aprender a respetar el mundo que cada uno de nosotros es. Hemos de hacerlo objeto de nuestras conversaciones en ciertos momentos. Uno de ellos, ahora, cuando se anuncia que Juan Pablo II va a publicar una encíclica sobre el valor de la vida humana. Él es un buen maestro en la materia, al que hay que oír con atención.