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El embrión humano, sujeto de investigación

Gonzalo Herranz. Grupo de Trabajo de Bioética, Universidad de Navarra.
Conferencia en el Centro Culturale Don Minzoni, Cagliari.
Pronunciada el 11 de marzo de 1988.

Índice

1. Un tema de singular significación

2. ¿Qué dicen los hombres que es el embrión humano?

3. ¿En que se investiga sobre embriones humanos?

4. Las legislaciones en preparación y la trampa del preembrión

5. ¿Investigación respetuosa o investigación destructiva?

Debo dedicar mis primeras palabras a agradecer al C.C. Don Minzoni y a su Presidente, el Dr. Mariano Murtas, la amable invitación a participar en el programa “Responsabilità della persona, libertà delle scienze”, con una discusión acerca de la investigación sobre los seres humanos embrionarios. Es la primera vez que visito la Isla de Cerdeña y eso añade más fuerza a mi gratitud.

1. Un tema de singular significación 

El tema sobre el que vamos a reflexionar hoy es un tema importantísimo, de primera magnitud. Si llegáramos a comprender su significación, pienso que pediríamos a los Jefes de Gobierno que aplazaran sus otras negociaciones pendientes y anotaran en su agenda el urgente problema del rango ético del embrión humano. Porque determinar cuáles son los derechos de los embriones y qué exigencias éticas reclaman de nosotros debería ocupar un lugar prioritario entre las preocupaciones de la sociedad.

Ya sé que esta afirmación mía puede parecer exagerada. Insisto, sin embargo, en afirmar que no hay muchos problemas más urgentes que el que nos ocupa esta tarde. Un gran jurista y pensador italiano, mi amigo el Prof. Luigi Lombardi Vallauri, lo ha sabido expresar con gran brillantez. En el prólogo a una conferencia sobre la relevancia ética del embrión humano hacía estas consideraciones: “Si può pensare che siamo riuniti qui nel cosmo per un problema di moda, per un problema irrilevante. In effetti il problema é quantitativamente minuscolo (cellule, embrioni), politicamente minuscolo (esseri umani senza voce, senza voto, senza forza contrattuale), economicamente minuscolo... Eppure il problema è contemplativamente cruciale perché attiene da vicinissimo all’autocomprensione dell’uomo... se il potere dell’uomo, di fronte all’embrione, non facesse una sosta, un arresto, ma passasse oltre senz’altro e invadese quel minuscolo territorio come invade tutto il resto della realtà, sarebbe varcata una linea di non ritorno...”.

Son muy oportunas estas afirmaciones del Lombardi y son una llamada de atención para los científicos. Necesitan éstos descubrir que hay razones morales muy punzantes que les obligan a reflexionar a fondo sobre la condición ética del embrión humano. Los científicos y médicos han de hacerlo antes de quemar sus naves y lanzarse a la conquista de ese territorio minúsculo, pero incitante y prometedor. A cruzar esa línea sin retorno les empuja a algunos un incontenible deseo de saber, de desentrañar los misteriosos mecanismos moleculares y celulares del desarrollo del hombre. Y a otros les mueve un empeño, fuerte y vocacional, de ampliar la capacidad benéfica de la ciencia. Para unos y otros, estos móviles son otras tantas aspiraciones nobles y generosas, que todos deberíamos aplaudir. Por ello, no comprenden que alguien pueda oponerse por razones éticas a la expansión de la ciencia y de sus aplicaciones para aliviar la infertilidad. Creen sinceramente que el respeto debido a los individuos humanos embrionarios debe ceder ante los intereses de la ciencia o de la sociedad.

Pero a ellos hemos de objetar que no podemos ofuscarnos por el brillo de esas ganancias inmediatas, porque de nuestra actitud ante los embriones humanos dependen muchas cosas importantes, que nos atañen en lo más íntimo. Hasta cierto punto, nuestra actitud para con los demás seres humanos germina de nuestro comportamiento hacia el ser humano embrionario: el respeto hacia nuestros prójimos hunde sus raíces en el respeto que manifestamos ante el embrión humano, esa criatura desconcertante que condensa en un mínimo volumen corporal la máxima concentración de humanidad.

2. ¿Qué dicen los hombres que es el embrión humano? 

Cuando se pregunta a los científicos y la gente de la calle qué piensan sobre la naturaleza ontológica y ética del embrión, es decir, qué cosa es o quién es el embrión humano, cuáles son las exigencias morales que reclama de nosotros, se obtiene un muestrario muy variado y contradictorio de respuestas. La mayoría responde con la consabida frase de las encuestas de opinión: “No sabe, no contesta”. Pero lo curioso del caso es que entre los que responden “No sabe” no faltan los científicos, más aún, los expertos en Embriología clínica.

Esta ignorancia específica es un fenómeno reciente. Porque hasta el advenimiento de la FIVET, todo el mundo consideraba al embrión de cualquier especie como un ser (embrionario) de esa misma especie. Cualquier libro de Embriología humana podía empezar así: “El desarrollo de un individuo humano comienza con la fecundación, fenómeno en virtud del cual dos células muy especializadas, el espermatozoo del varón y el oocito de la mujer, se unen y dan origen a un nuevo organismo, el cigoto”.

Esta afirmación ya no es sostenida en muchos círculos. Parece como si la desmitificación de la fecundación humana, la observación visual directa de este fenómeno siempre sorprendente, produjera efectos opuestos entre los observadores. A unos les provoca una duradera sonrisa de asombro, al contemplar la sencillez indescriptible y misteriosa con que un nuevo hombre es engendrado. A otros les causa una especie de incrédulo desengaño, como si no aceptaran para el hombre una génesis tan humilde y dicen que el zigoto es algo irrelevante, un producto molecular que carece de valor humano, un momento vacío de significado.

Para resumir adecuadamente las respuestas a esta pregunta capital, qué dicen los hombres que es el embrión humano, voy a limitarme a mostrar dos posiciones prototípicas y altamente significativas. Una es la del Informe del Comité de Estudio sobre Fecundación y Embriología Humanas, el Informe Warnock, que muchos consideran como una obra maestra de la ética secularista. La otra es la que nos ofrece la Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre el Respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación, el documento que nos expone la visión cristiana -respeto y dignidad- sobre el embrión y su génesis.

No puede ocultarse la decisiva influencia que el Informe del Comité Warnock ha tenido sobre lo que mucha gente piensa acerca de las técnicas de reproducción humana asistida y sobre el embrión humano. Pero es necesario recalcar que, en lo que ahora nos concierne, la contribución principal del Informe Warnock ha consistido en lanzar una bomba de humo sobre la cuestión del rango ético y biológico del embrión. La mayoría de los miembros del Comité, con el propósito de neutralizar éticamente al embrión humano y de despojar de significación moral nuestras relaciones con él, optó por privar al embrión humano de consistencia ontológica y lo convirtió en una noción funcional. El Comité escribió: “Aunque las cuestiones de cuándo la vida y la personalidad comienzan a aparecer son susceptibles de respuestas netas, sostenemos que las respuestas a tales cuestiones son de hecho complejas amalgamas de juicios factuales y morales. Por ello, en vez de intentar responder directamente a esas preguntas, hemos pasado sin más a la cuestión de cómo es correcto tratar al embrión humano”.

Nunca se reprochará bastante al Comité Warnock su decisión de soslayar la primera y germinal cuestión de definir la naturaleza ontológica del embrión, de la cual dependen todas las demás. Pero, por encima de esta omisión, el Comité hizo algo muy maligno; declaró que todo intento de esclarecer la naturaleza ontológica del embrión es una empresa intelectualmente inelegante, pues es un embrollo de hechos y (pre)juicios morales que se resiste a ser analizado racionalmente.

El informe Warnock sentó además el precedente histórico de reducir un problema ético difícil a una cuestión de regulación administrativa. La reglamentación propuesta por Warnock confiere a un Organismo de control la prerrogativa de autorizar la investigación sobre embriones humanos de cualquier proveniencia, con tal de que, entre otras, se cumplan dos condiciones: que la investigación no se prolongue más allá del día 14 después de la fecundación y que ningún embrión sobre el que se haya experimentado pueda ser transferido al útero de una mujer.

Está claro que este vuelco de la valoración ética del embrión no podría lograrse si no es a costa de acallar muy importantes objeciones ontológicas y éticas. El informe Warnock contó con un fuerte apoyo para una manipulación programada de la opinión pública. La Señora Warnock, con la ayuda de sus muchos simpatizantes, buenos conocedores de los recursos dialécticos disuasorios, promovió una campaña, elegante en la forma pero despiadada en el fondo, para descalificar a quienes ven el embrión humano un ser digno del máximo respeto. El Informe dice que la objeción a usar embriones humanos en investigación es una objeción fundamental, basada en principios morales: como es bien sabido, la nuestra es una época que ve con muy poca simpatía las actitudes fundamentalistas. Añade el Informe que muchos de los que se oponen a los trabajos de investigación sobre embriones humanos lo hacen porque sienten una instintiva oposición a que alguien se aventure a jugar con la creación de la vida humana, lo cual viene a ser una velada acusación de irracionalidad y oscurantismo. Mary Warnock afirma que hoy no hay lugar en la Ética para lo absoluto.

En contraste con la doctrina warnockiana de dominio utilitarista sobre el embrión joven, que viene a ser como un pacto entre los poderosos para explotar a los más débiles, la Instrucción vaticana Donum vitae impone el respeto como actitud ética ante la vida humana naciente. Tengo una gran simpatía personal por la Instrucción, pues simpatizo profundamente con la idea del respeto ético. Y me gusta porque sus formulaciones son sencillas. En la visión cristiana, todos los seres humanos han de ser amados por igual, todos respetados como personas humanas, desde el primer instante de su existencia. A todos debemos los mismos cuidados, la misma protección desde el momento de su concepción. Suceda ésta donde suceda -en lugares tan dispares moralmente como dentro o fuera del matrimonio, en la injusticia agresora vulnerante de la violación o en las asépticas condiciones del tubo de ensayo- la concepción inaugura siempre una vida humana, que no es del padre ni de la madre, sino la de un ser humano que se desarrolla por sí mismo y que jamás llegaría a ser humano si no lo fuera ya entonces. Todos los seres humanos reclaman de nosotros la misma atención y respeto. Si están enfermos, hemos de atenderles conforme a los mejores y más benéficos avances de la ciencia biomédica, esto es, diagnosticarles y aplicarles las terapéuticas apropiadas, siempre en el respeto a su singularidad personal. El diagnóstico prenatal y las intervenciones terapéuticas sobre el embrión humano son lícitos si respetan su vida y su integridad, si buscan su curación y su bienestar y si, como ocurre con los otros seres humanos, no los exponen a riesgos desproporcionados.

El de la Instrucción es un lenguaje sencillo, hecho de respeto y compasión, pero abierto a la audacia científica y a la modernidad. No hunde al embrión en un estrato de subhumanidad. Al contrario, le confiere plenitud de derechos y le hace compartir todas las exigencias éticas conferidas a los seres humanos. No es el embrión humano considerado como un animalillo experimental o un complejo celular, sino que comparte los privilegios generales de la humanidad.

No me cansaré de insistir en que, en medio de la exuberante proliferación de directrices y recomendaciones sobre experimentación embrionaria humana, sólo la Donum vitae  es máximamente abierta. Apuesta por la emancipación ética del embrión y lo reviste de derechos humanos inalienables.

Desde un punto de vista deontológico, nadie ha mostrado una mayor fidelidad a las directrices de la carta magna de la experimentación humana que es la Declaración de Helsinki de la Asociación Médica Mundial. La Instrucción vaticana hace suya la idea de que jamás los intereses de la ciencia o de la sociedad podrán prevalecer sobre los del individuo; señala que la investigación no puede convertirse en una manipulación destructiva de seres humanos; aboga en favor de que jamás un ser humano puede ser incluido en un ensayo experimental sin que haya dado su consentimiento y ordena que los experimentadores deben suspender sus investigaciones si éstas resultan en algún daño o molestia para los sujetos de experimentación.

Estoy seguro de que estas ideas terminarán por imponerse. He tenido una alegría grande al ver las fuertes diferencias que se dan entre las versiones de 1985 y 1987 del proyecto de Declaración de la Asociación Médica Mundial sobre la Fecundación in vitro y el trasplante de embrión. El documento discutido en Bruselas en 1985 acogía las consabidas e inhumanas normas de obligar a la suspensión de los experimentos a los 14 días y de prohibir la transferencia al útero de un embrión que hubiera sido sometido a experimentación; e incluía como áreas idóneas para la experimentación no sólo los procesos clínicos de reproducción asistida, sino el desarrollo de técnicas para el cribado genético o de nuevos modos de contracepción. Luché tenazmente en Bruselas, junto con muchos estimados colegas, por mejorar ese documento. No pareció entonces mucho lo conseguido. Pero el documento presentado en Madrid en 1987 está libre de todas esas aberraciones éticas y señala taxativamente que las reglas de Helsinki se aplican no sólo a la madre, sino también al embrión.

Como vemos, el embrión humano es hoy, al igual que el hombre mismo, un signo de contradicción, y la batalla por el respeto al hombre está todavía por decidir.

Es ya hora de que nos preguntemos, en realidad ¿qué está ocurriendo? De investigación embrionaria, ¿se habla solamente o, de hecho, se está investigando? Y ¿en qué?

3. ¿En que se investiga sobre embriones humanos? 

Para responder a esta pregunta debemos irnos a la biblioteca y examinar las revistas científicas especializadas en las que se publican los trabajos de Embriología clínica. ¿Qué dimensiones cuantitativas tiene el problema: se sacrifican los embriones humanos por miles o por centenares, de uno en uno o en masa? ¿Son muchos y muy urgentes los problemas técnicos que han de ser resueltos y que exigen necesariamente el uso de embriones humanos? ¿Qué calidad científica tienen los trabajos publicados? ¿Cómo se observan en ellos las normas éticas en vigor?

El campo es nuevo y ha transcurrido todavía poco tiempo para hacer un juicio sólido sobre el particular. Hasta ahora, no son muy numerosos los trabajos de experimentación sobre embriones humanos. Una anécdota lo revela. Cuando el diputado Enoch Powell presentó en el Parlamento británico un proyecto de Ley para prohibir la experimentación sobre embriones humanos, la revista Nature, cuya línea editorial beligerante en favor de esa experimentación es notoria, convocó un concurso con el que premiaba con una suscripción anual gratuita a la revista a todo científico que enviara un tema de investigación que exigiera necesariamente el uso de embriones humanos. Nature no habló nunca más del asunto: es de suponer que si hubiera recibido algunas respuestas de científicos respetables se habría apresurado a publicarlas.

No es mucho lo que se investiga. En el Reino Unido se han aprobado alrededor de 20 protocolos de investigación hasta Noviembre pasado, cuando la Autoridad Voluntaria de Licencia fue sustituida por la Autoridad Estatutaria creada entonces por el Gobierno Inglés. En la República Federal de Alemania, se habían aprobado hasta final de 1986 sólo cuatro solicitudes de investigación. La situación de los Estados Unidos es muy peculiar: existe allí desde 1980, establecida por la Comisión Presidencial para el estudio de los problemas éticos en Medicina y en la investigación biomédica y de la conducta, la prohibición de financiar con dinero federal la investigación sobre embriones humanos. En Australia la situación es confusa, después de que el Gobierno de Canberra no aceptó el valioso Informe de la Comisión Tate, que condenaba la investigación destructiva. Al parecer, ciertas dificultades locales han inducido a algunos investigadores a emigrar en busca de mejores climas.

Los trabajos publicados no parecen haber alcanzado todavía un nivel satisfactorio de madurez y calidad. Su temática no es muy variada. Se pueden contar con los dedos de la mano los trabajos que buscan la curación de defectos detectados en los embriones humanos anormales, como por ejemplo el intento de enucleación microquirúrgica de un pronúcleo sobrante en embriones humanos polispérmicos. Se tiene por buena la idea de que los embriones con graves desequilibrios genéticos pueden ser usados para estudiar el metabolismo del embrión o para análisis morfológico. Los trabajos más frecuentes son los que buscan la mejora de las condiciones en que se realizan las técnicas de la FIVET clínica: son estudios sobre la “calidad” de los embriones en relación con las técnicas de estimulación ovárica o sobre la influencia de los cambios de la composición de los medios para la fecundación y cultivo. Pero estos trabajos, dejando a salvo la buena intención de los investigadores, se cobran un precio intolerable en vidas humanas: determinar que no hay diferencias apreciables entre la técnica australiana de criopreservación de Mohr, que usa dimetilsufóxido, y la francesa de Testart, que emplea propanodiol exigió la creación y destrucción de 183 embriones humanos. Un trabajo sobre la eficiencia comparativa de tres técnicas diferentes (test postcoital, fecundación de oocitos de hámster y fecundación de oocitos humanos) para el diagnóstico de la capacidad fertilizante de una muestra de semen, conllevó la destrucción programada de más de ochenta embriones humanos. Las conclusiones eran muy anodinas y ante ellas surgía la inevitable sensación de que estamos ante un despilfarro de vidas humanas embrionarias.

Pero no sólo es el costo de vidas humanas embrionarias lo que produce malestar profundo cuando se revisan los artículos de la nueva Embriología. Se percibe también una sensación de trabajo apresurado, precedido de poca reflexión, que busca innovaciones técnicas para asegurarse alguna supremacía sobre grupos competidores en la mejora de los resultados clínicos.

No es de extrañar, pues, la débil contextura de muchos trabajos. La calidad científica es en esta parcela de la ciencia médica notablemente inferior a la que se exige en otros campos. He aquí un texto que define muy bien el ambiente de tolerante indiferencia con que los Comités de Editores permiten que se perpetren infracciones contra el método científico. “Aunque los grupos no han sido diseñados al azar y presentan significativas diferencias en cuanto a las distintos factores analizados, se añaden los datos obtenidos en 43 casos para establecer comparaciones”. Pero, a pesar de la advertencia, los dos grupos son comparados estadísticamente, se obtienen las P correspondientes. Y presuponiendo los autores la buena voluntad e inocencia de los lectores, elevan en la discusión a conclusiones definitivas lo que comenzó siendo un ilícito tráfico de datos.

No cabe disimularlo: la bibliografía sobre las técnicas de reproducción asistida presenta una fuerte contaminación de artículos de dudosa calidad científica. Hay sin duda trabajos publicados que son correctos y aún elegantes desde el punto de vista de la metodología científica. Pero son muchos más los que parecen hechos apresuradamente y que no resisten una crítica seria de sus procedimientos metodológicos y estadísticos. Se empiezan a elevar voces de dentro de la propia comunidad científica que reclaman calidad y una selección más severa de los trabajos aceptados para publicación.

Pero, por desgracia, todos ellos muestran la misma insensibilidad de autores hacia las reclamaciones morales del embrión humano: parece como si el embrión joven fuera considerado por todos como un animal de experimentación.

Y esto ocurre delante de una sociedad no sólo tolerante, sino admirada. No parece que las legislaciones que se preparan vayan a poner freno a la investigación abusiva.

4. Las legislaciones en preparación y la trampa del preembrión 

Por todas partes se clama para que los legisladores establezcan normas para regular el nuevo campo de la tecnología de la reproducción humana. Pronto se iniciarán los debates parlamentarios. Por eso creo que puede ser interesante asomarnos por un momento a la escena española, pues en mi país hay políticos muy interesados en abrir el camino para la nueva legislación.

En estos momentos, se discute por una Comisión del Congreso de los Diputados del Parlamento español una Proposición de Ley sobre Reproducción humana asistida. Se trata de un proyecto legislativo cómicamente aperturista en aspectos de política social y familiar. En lo relativo a la investigación sobre embriones, está informado hasta los tuétanos por la mentalidad warnockiana.

El proyecto legislativo invoca en su favor, para hacer más fácil su aprobación, la razón de que, en su mayor parte, las normas que propone para regular la investigación en Embriología humana están tomadas de prestigiosos documentos internacionales: del Informe Warnock, en primer lugar, pero también de la Resolución 1046 de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa, de las Consideraciones éticas sobre las nuevas tecnologías reproductivas del Comité de Ética de la American Fertility Society, etc. Incluso hace una referencia táctica a la Instrucción Donum vitae, para incluirla entre quienes aceptan la noción de “preembrión”.

No puede extrañarnos esta manipulación referencial, pues la citación selectiva de las “autoridades” éticas constituye un fenómeno ordinario en los documentos preparatorios de toda legislación partidista. Se oculta al público el hecho de que los autores de esos documentos son individuos directamente interesados, por razones políticas o técnicas, en la práctica de esa investigación y que, por tanto, tienen una visión viciada del asunto. Actúan como jueces y parte. Hoy, en virtud de su competencia específica, los expertos pueden imponer sus puntos de vista particulares, circunstancia que necesita, dicho sea entre paréntesis, ser seriamente criticada, pues nos hemos excedido en nuestra admiración por los expertos. Porque, en fin de cuentas, los jueces que juzgan a los ladrones de ordinario no son expertos en la práctica del atraco ni del secuestro. Poseer una especial pericia para algo puede paralizar o atrofiar el sentido común. El experto puede ser extraordinariamente competente en el conocimiento de cómo puede hacerse una cosa determinada, pero curiosamente es incapaz con frecuencia de decidir si eso es moralmente deseable o rechazable. El experto puede incluso ser ciego a esos juicios morales. Lo demuestra la noción de preembrión.

Buena parte del preámbulo de la Proposición de Ley española está dedicado a justificar la necesidad de la noción de ese concepto. El preembrión es su piedra angular, al igual que lo es de toda la argumentación favorable a la no restringida experimentación sobre embriones jóvenes.

No puedo trazar aquí la historia de este término, acuñado por la Dra. Penelope Leach, pero debo aludir al trasfondo ideológico del neologismo. En un artículo editorial de Lancet se nos dice que el término “embrión”, en el contexto de la investigación sobre FIV es engañoso y que en su lugar conviene utilizar el término menos cargado emotivamente de preembrión para el producto de la concepción en sus primeros 14 días, pues sólo parte de ese producto está destinado a convertirse en embrión. El término preembrión, aclara Lancet, ha hecho más que todo lo demás para bajar la temperatura de las discusiones en torno a la investigación sobre embriones.

En efecto, hablar de preembriones es un truco semántico para expropiar al embrión no sólo de su condición humana, sino de su entidad biológica. Gracias a este artificio verbal el embrión humano es cosificado y anulado ontológicamente y la oposición a la investigación destructiva queda aniquilada. Yo recomendaría a todos la lectura del Simposio “Human Embryo Research. Yes or No?” publicado por la Ciba Foundation, para comprobar como a la luz del día, en el transcurso de las discusiones, son literalmente aplastadas las críticas a la legitimidad científica de este término. En un momento de la discusión se registra este diálogo:

Clothier: Sería interesante saber qué piensan ustedes de la... expresión preembrión.

Maddox: Yo pienso que es un truco cosmético.

Sigue una breve, pero confusa, disputa en la que se expresan diferentes puntos de vista sobre la ambigüedad con que los científicos y el público usan el término de embrión, sobre la cuestionable aceptabilidad del término preembrión, sobre la suficiencia del vocabulario de la Embriología común para designar las distintas fases del desarrollo. Tras ella, el moderador, Clothier, concluye:

Todos nosotros pensamos que “preembrión” aclara los problemas.

El término preembrión sirve para desterrar de la familia humana al embrión inicial, arrebatándole todos los privilegios y derechos humanos, entre ellos y específicamente las normas éticas protectoras que se aplican en la investigación y experimentación a los demás seres humanos. Es más, por ser ellos esencialmente vulnerables e incapaces de prestar su consentimiento informado, deberían, en todo caso, ser objeto de una protección legal y ética particularmente cualificada, del género que se aplica a otros seres humanos particularmente vulnerables.

Los médicos nos damos cuenta de que el término preembrión  no nace de necesidades científico-médicas, sino de intereses ideológicos. Tengo, por ello, la impresión de que su duración en Medicina y Biología va a ser muy breve. Me baso en indicios como los siguientes: La revista Nature, que fue el principal centro difusor de la palabra, en un artículo editorial del pasado Mayo, en el que recriminaba al Gobierno británico su pereza legislativa en materia de reproducción asistida, decía: “Otra tarea urgente ha de ser prohibir la palabra ‘preembrión’, usada... como sinónimo de un huevo humano fecundado pero todavía no implantado en el útero. Dicho llanamente, esa palabra es una tapadera, un modo de pretender que el desacuerdo público acerca de la FIVTE y otras innovaciones de la Embriología humana puede eliminarse gracias al empleo de una nomenclatura apropiada”. El Prof. O’Rahilly, Director de los Laboratorios Carnegie de Embriología, uno de los más eminentes centros de Embriología de Primates del mundo, apostillaba esa petición con estos términos: “La sugerencia de prohibir la innecesaria palabra ‘preembrión’ es muy oportuna... el término embrión designa ‘la progenie humana en las primeras ocho semanas’ (Diccionario Conciso de Oxford)... Entre los términos que hemos rechazado para designar al embrión humano se incluyen óvulo (usado incorrectamente para todo lo que va del oocito no fecundado hasta el embrión de tres semanas), ‘huevo’ (que mejor sería reservar para un objeto nutritivo que suele aparecer en la mesa del desayuno) y otros... todos los cuales son inapropiados”. Erwin Chargaff, ha señalado que “preembrión es una designación enteramente injustificada. Me temo que tiene simplemente la función de una coartada”.

Un corolario warnockiano del concepto de preembrión es la prohibición de proseguir las investigaciones sobre embriones in vitro por más de 14 días, en que se declara terminada la existencia del preembrión in vitro. Este debe ser destruido, pues un embrión investigado jamás puede ser repuesto en el útero de una mujer.

La propuesta de Ley española consagra también lo que yo suelo llamar el “mito de los catorce días”, noción que parece haber embobado a muchos cultivadores de la Embriología clínica moderna. Pero nadie ha podido justificar las siguientes y vergonzosas cláusulas en que se concreta la doctrina de los 14 días:

a) durante los primeros catorce días de su existencia, el embrión humano in vitro no es un ser humano;

b) como objeto de investigación biomédica, el embrión humano deja de ser, a partir de ese día, una entidad que tenga el más mínimo interés científico; el experimentador queda legalmente obligado a destruirlo y ha de renunciar a conocer cuáles son las consecuencias a medio o largo plazo de sus intervenciones terapéuticas o la precisión de sus métodos diagnósticos.

c) quien desee investigar sobre embriones humanos contrae el deber moral de impedir que esos seres humanos “potenciales” lleguen a serlo de hecho y queda obligado a aplicarles la muerte.

Todas estas decisiones son, cualesquiera que sean las convicciones filosóficas o religiosas del investigador, unas decisiones extraordinariamente graves, que tendrían que fundamentarse en razones biológicas de solidez indisputable. Pero no las hay. Las que se han dado para fijar la ficticia frontera de los 14 días son arbitrarias, carecen de todo contacto con la realidad observable del desarrollo embrionario. Hasta que el hipotético cambio radical que se atribuye a la edad embrionaria de catorce días no esté claramente demostrado con datos y razones biológicas serias, de modo que pueda ser aceptado por cualquier científico honesto, no puede servir como límite legítimo de modos radicalmente inhumanos de tratar a ciertos seres humanos. No es una solución sabia ni ontológicamente ni desde el punto de vista de la libertad de investigación.

La conclusión está clara. La regla de los 14 días es irracional y caprichosa. Porque o la investigación destructiva sobre seres humanos embrionarios es intrínsecamente inmoral y debe ser prohibida, o es una laudable operación, con lo que limitarla a catorce días es una decisión oscurantista que se opone al progreso científico y a la libertad de investigación.

5. ¿Investigación respetuosa o investigación destructiva? 

Para terminar, hemos de interrogarnos sobre el futuro. En mi opinión la noción de preembrión tendrá una existencia fugaz. No puede ser empleada como fundamento de una conducta moral, porque, además de ser un truco semántico, significa una manipulación de las conciencias.

Una Ley que estableciera que los embriones humanos constituyen una casta biológica y ontológica inferior, que pueden ser tratados de modo cualitativamente diferente de los otros miembros de la raza humana, es una ley injusta. Es de justicia distributiva elemental (suum cuique) respetar el derecho a vivir del embrión in vitro, pues lo suyo propio es su vida; y por ser un ser humano, hay que reconocerle como acreedor al mismo tratamiento que los otros seres humanos, ni más ni menos. En el ámbito médico, hay que respetar su salud y su vida y, si está enfermo, habrá que diagnosticarlo y curarlo, como a los restantes enfermos, pero jamás podrá justificarse médicamente su destrucción deliberada.

La Instrucción vaticana señala unas directrices éticas que tienen a su favor la rectitud y la consistencia. Nos dice que la investigación médica no puede causar daño a los embriones vivos ni puede dañar a la madre; que toda intervención investigativa sobre los embriones sólo puede hacerse después de haber obtenido el consentimiento, libre e informado, de los padres; que los embriones vivos, sean o no viables, deben ser respetados con el mismo respeto que se debe a los otros seres humanos; que, dada la excepcional fragilidad del embrión humano joven, toda experimentación no directamente terapéutica es ilícita; que cabe un razonable margen de audacia en el ensayo de nuevos remedios, si los riesgos que se corren son proporcionados al peligro de muerte en que se encuentra el embrión.

La investigación sobre embriones humanos nos concierne a todos. Todos hemos sido embriones, exactamente igual que hemos sido niños. Si no se le mata o no se muere, un embrión humano se convierte en un hombre o en una mujer. Un embrión no es una cosa: es un ser humano en edad embrionaria. No es todavía niño o adulto, pero existe en la forma humana común en que todos hemos existido.

Cuando alguien usa un embrión humano para experimentación destructiva no puede eludir el hecho de que sacrifica a un ser humano, aunque embrionario, para obtener una información que le interesa. El interés puede nacer, lo admito, de un deseo nobilísimo y altruista de resolver un problema que perturba la felicidad de muchos matrimonios o de obtener información científica de máximo interés. Cuando uno antepone su deseo de investigar al deber de respetar la vida humana de los embriones, tiene que justificar éticamente su conducta, y para ello puede elegir uno de dos caminos.

a) Declarar que un embrión humano es simplemente una masa celular, un complejo molecular. También nosotros lo somos. Pero sabemos que no es el embrión in vitro un simple cultivo celular, sino un organismo completo, que es ya humano desde el principio, que tiene connatalmente tanta dignidad humana como los otros miembros de la familia humana. La dignidad humana es de todos, no depende del lugar de residencia. Se posee por el hecho de ser un ser humano, no porque se me conceda por los guardianes de la sociedad. Si por alguna razón accidental se me puede negar el título de ser humano algo grave está sucediendo, pues parece que regresamos a una sociedad de amos y esclavos, ya no somos una familia de hombres libres.

b) Declarar que la obtención de ciertos datos científicos bien vale el sacrificio de un número -decenas, centenares- de seres humanos embrionarios. Quien piense así se clasifica a sí mismo como un utilitarista racional, pues mide el tono ético de su acción por el beneficio obtenido: tener cierto tipo de información es mejor que carecer de ella, sea cual fuere su costo en vidas humanas. Este es el modo de pensar de los médicos que usan los seres humanos en la experimentación irrespetuosa o en la experimentación destructiva.

Hace unos años, en 1976, se celebró en el Hastings Center de New York un simposio sobre si era ético traer a cuento las atrocidades de los investigadores nazis en las polémicas sobre la Ética de la investigación sobre seres humanos. El Director del Instituto, el secularista Daniel Callahan, reconoce que puede haber un modo malicioso de aplicar la analogía nazi y que es muy frecuente usarla equivocada o malévolamente. Pero hay también ocasiones en que es oportuna: cuando se quiere advertir que todo aquello “partió de comienzos muy pequeños”. Entre sacrificar embriones humanos para aclarar y remediar los trastornos de la esterilidad y sacrificar prisioneros de aclarar el mecanismo fisiopatológico de la muerte por inmersión en agua fría para tratar de salvar la vida de los pilotos de guerra derribados en las frías aguas del Mar del Norte hay notables diferencias, pero hay analogías todavía más profundas. Siento por unos y otros la misma compasión, por embriones y prisioneros, la misma idéntica la dignidad que poseen. Mi condición de médico me obliga a no discriminar entre los seres humanos con los que entro en relación profesional. No puedo desear para otros lo que no hubiera deseado para mí. Y tengo por cierto que la muerte de un embrión es la muerte de un hombre.

La investigación destructiva sobre seres humanos puede ser “el comienzo muy pequeño de una nueva medicina de iniquidad”. Por eso pienso que los Gobiernos deberían poner en su agenda una intensa campaña de información acerca del embrión humano. Sería esa una información acerca de nosotros mismos, cuando teníamos esa decisiva edad y escribíamos el más brillante capítulo de nuestra biografía biológica, cuando teníamos la fabulosa y fugaz capacidad de tomar las decisiones más trascendentales sobre nosotros mismos.

Muchas gracias por su asombrosa paciencia. Y gracias a quienes se han encargado de la traducción.

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