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Salvar la democracia

Iván Sánchez Marañón

Vuelve Iván Sánchez Marañón, alumno de primer año del grado en Philosophy, Politics and Economics (PPE) de la Facultad de Filosofía y Letras. Esta vez nos trae un artículo para comprender los riesgos a los que se enfrenta el sistema democrático. Una lectura obligada para los que quieren entender los tiempos convulsos que estamos viviendo.
 

Salvar la democracia

Si hay una palabra que pueda definir la situación sociopolítica actual, esta es, sin duda, polarización. Por polarización entendemos el proceso mediante el cual la opinión pública se va dividiendo en dos posturas o extremos cada vez más contrapuestos o rivales.

La polarización se lleva gestando estos últimos años en Occidente y podemos considerar que actualmente es un problema latente de nuestras sociedades. Hace un par de semanas vimos como en Estados Unidos se llegó hasta tal extremo que un grupo de radicales trumpistas asaltó el Capitolio por no reconocer la victoria de Biden en las últimas elecciones. De igual forma, pero sin llegar a tal extremo de necedad, miles de ciudadanos estadounidenses anti-trump realizaron manifestaciones multitudinarias más o menos violentas tras la victoria de Trump en 2016 al grito de “Not my president”.

En España vemos también sus frutos de forma latente: por un lado, de acuerdo con la visión de los grupos más derechistas, vivimos en una especie de socialcomunismo chavista, por otro lado, para los más izquierdistas, en la sociedad española hay un gran sector de ultramegaextrema derecha y es necesario decretar una “alerta antifascista” para combatirlo. 

Afortunadamente, ni vivimos en un sistema sociocomunista ni media España es de tinte fascista o neonazi. Sin embargo, no deja de ser preocupante que estas ideas arraiguen poco a poco en nuestra sociedad y la vayan polarizando. Por tanto, cabe preguntarnos a qué se debe esta polarización.

Salvar la democracia

Es una pregunta muy compleja y, sin duda, diversos factores como la desigualdad, la cultura, la globalización o el cambio tecnológico se deben tener en cuenta para responderla. No obstante, aquello que generalmente se suele exponer como la principal causa de la polarización es el populismo o, en su defecto, la demagogia. “¡Salvemos la democracia del populismo!” se suele fácilmente escuchar. Pues bien, aquí queremos detenernos y presentar la siguiente tesis, que, si bien puede resultar impactante, no es por ello menos veraz: la democracia no es una víctima del populismo, sino que es, en sí misma, su principal causa.

Para entender este planteamiento debemos entender en primer lugar en qué consiste la democracia. En su más básica esencia y tal y como la conocemos hoy, la democracia consiste en la toma de decisiones colectivas mediante el voto de (prácticamente) la totalidad de la ciudadanía. En consecuencia, es la totalidad de los votantes quienes eligen entre una serie de alternativas aquella que, a su parecer, es mejor. Como resultado, aquella opción que reciba el mayor número de votos será la que termine por imponerse a la totalidad de la ciudadanía (hayan votado por dicha medida o no).

Si bien este sistema puede considerarse mejor que otros más totalitarios, no está exento de una gran serie de fallos entre los que se encuentra, precisamente, su tendencia a la aparición del populismo y la demagogia, y de la mayor polarización de la sociedad en último término. A continuación, analizaremos los motivos por los que esto tiene lugar.

Primero, cuando la democracia abarca temas muy sensibles y cruciales para varias personas entre los que existe una gran disparidad de opiniones, y como la decisión que se tome se acabará imponiendo a todos (les guste o no), tienden a surgir confrontaciones alrededor de dichos temas. Piense por ejemplo en temas como el aborto o la educación. Son temas que muchos consideran importantes, pero donde tienen que acatar las decisiones que se elijan, aunque sean totalmente contrarias a las suyas. Por ello se crean muchas veces grupos de presión que tratan de luchar para imponer a los demás la opción que ellos prefieren, ya que saben que de lo contrario se les impondrá a ellos otra.

Segundo, el voto de cada persona vale muy poco. La probabilidad de que su voto decante la balanza en las próximas elecciones es prácticamente nula. Como consecuencia, es más que probable que cuando al ciudadano se le impone una decisión con la que no concuerda esto produzca en él una sensación de rechazo hacia el resto y hacia el propio sistema.

Tercero, el ciudadano carece de incentivos para estar informado. El coste de estar informado tanto de qué propone cada partido político como de qué suponen dichas propuestas supone un tiempo y esfuerzo titánicos (sería necesario estar formado en economía, política, derecho, entre otros, para poder emitir decisiones correctas) y además, supone la gran dificultad de luchar contra nuestros sesgos y predisposiciones que tan a gusto nos hacen sentir con nosotros mismos. 

Cuarto, cabe además recordar que en el sistema democrático prevalece el voto de la mayoría (sin importar sus conocimientos sobre el tema en cuestión), lo cual además supone el riesgo de que los grupos más mayoritarios o con una mejor capacidad para asociarse y agregar intereses consiga parasitar o lucrarse a costa de los grupos más minoritarios o con menor capacidad de asociación.

Quinto, los políticos, en su búsqueda por llegar a hacerse con el poder, tienen altos incentivos para prometer aquello que la mayoría quiere escuchar, por más imposible o perjudicial que sea. Y cómo los votantes tienden a permanecer ignorantes y a actuar de forma irracional, los políticos que triunfan son aquellos que consiguen apelar a sus deseos y anhelos, no a su razón. Para observar esto basta con escuchar el discurso promedio de los partidos políticos, en los que priman más la retórica y la apelación de sentimientos sobre la defensa argumentada de sus propuestas (si es que acaso esto último ocurre).

Salvar la democracia

En resumidas cuentas, el hecho de que la decisión elegida por la mayoría se imponga sobre la totalidad de la ciudadanía puede hacer surgir una enorme conflictividad social entre grupos con distintos puntos de vista (especialmente en los temas más sensibles o con mayor disparidad de opiniones) y que sean los grupos mayoritarios o más organizados los que impongan sus medidas a los menos mayoritarios u organizados. 

Además, como el voto de cada persona tiene un valor casi nulo, por un lado, el ciudadano puede sentir que le están imponiendo una serie de medidas con las que no concuerda pero que se ve obligado a acatar, y por otro no tiene incentivos ni para informarse sobre las mejores alternativas ni para actuar de forma racional (deshacerse de prejuicios, predisposiciones y sesgos), ya que supondría un muy elevado esfuerzo y gasto de tiempo. 

Por tanto, vemos como la democracia genera conflictividad entre grupos con distintas opiniones y hace que los ciudadanos encuentren más satisfactorio actuar de forma irracional y no informada que elaborar juicios razonados e imparciales. Es decir, la democracia, al generar un clima de confrontación por imponer, en última instancia, unas ideas sobre otras y haciendo a los ciudadanos predispuestos a aceptar discursos que se basen en la exaltación de sentimientos y emociones crea el escenario perfecto para que esos supuestos “enemigos” de la democracia, el populismo y la demagogia, emerjan de su mismo seno y acaban por extenderse por la totalidad del sistema. 

Por eso mismo, la única forma de salvar la democracia es salvándola de sí misma. Lo cual no significa sino reducirla hasta los únicos aspectos de nuestra vida en los que sea estrictamente necesaria. Si es que de verdad los hay, aunque esto ya forma parte de otro debate.

Salvar la democracia

¡Espera! Si te ha gustado este tema, puedes leer a estos autores:

Brennan, J. (2018). Contra la democracia (3rd ed.). Barcelona: Grupo Planeta.
Caplan, B. (2016). El mito del votante racional: por qué las democracias eligen malas políticas. Innisfree.
Huemer, M. (2019). El problema de la autoridad política: un ensayo sobre el derecho a la coacción por parte del Estado y sobre el deber de la obediencia por parte de los ciudadanos. Barcelona: Editorial Planeta.
Huerta de Soto, J. (2016). Libertad, política y anarquía en la España del s. XXI. IX Congreso de Economía Austríaca. Madrid: Instituto Juan de Mariana.

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