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El falso mito de los héroes nacionales

Paula Rodríguez Mora, alumna del doble grado en Historia y Periodismo, nos invita a reflexionar sobre la figura mitificada de los héroes nacionales y el consiguiente trabajo de reflexión crítica que merecen
 

“Cuando el error se hace colectivo adquiere la fuerza de una verdad” 
-Gustave Le Bon

La historia no sería la misma sin aquellas “mentiras piadosas” que encontramos entre archivos vetustos y documentos en idiomas muertos. Dentro de esas huellas que nos ayudan a comprender el pasado, sus increíbles aventuras y eventos dudosos figuran uno de los obstáculos más fascinantes de la historiografía: las figuras históricas.

Los casos más evidentes de mitificación se le podrían atribuir a los héroes nacionales que nacen desde la unanimidad que los considera merecedores del título casi mesiánico. En el Cid, William Wallace, Simón Bolívar o –para no irse tan lejos– Gandhi, se esconden decoraciones y se eliminan hechos que, finalmente, terminan por idealizar y valorar de incorruptas a sus personas. Lo que se camufla en una personificación a nivel colectivo termina por condenarnos al peligroso juego de manipular la verdad. 

Debe quedar claro que estos héroes trascienden de una función decorativa para alcanzar significado dentro de una comunidad. Su misión principal es la de levantar la identidad colectiva o un mensaje ideológico bajo un exceso de carga emocional. Se les presenta como un Jesús de la patria. No estaría de más detectar en esto una evidente propaganda cultural.

Además de la función, se detectan similitudes en los criterios para aplicar al puesto de héroe nacional, a pesar de ciertas variaciones. Primero, pertenecer al sexo masculino –además de Juana de Arco, las heroínas oficiales se pueden contar con los dedos de las manos–. Segundo, haber luchado –o mejor aún, haberse sacrificado– en alguna batalla o conflicto –ojalá de independencia–. Tercero, dejar una marca en el arte, literatura, música u homónimos. Finalmente, el cuestionamiento de la propia existencia de la figura. Juan Santamaría, el héroe nacional de Costa Rica, es un ejemplo de ello: le ha regalado al país un día festivo, al menos cinco canciones sobre su biografía, tres estatuas, un nombre para el aeropuerto y debates extensos sobre su mito, además de la imagen del costarricense originario del campo, humilde y dispuesto a ofrecer su vida por el futuro autónomo de la nación. Sin más, se reduce a unos pocos factores el complejo proceso histórico y social. 

De manera sutil, los actos honrados y valientes de estos héroes eclipsan por completo sus peores momentos. Sin embargo, desechar los logros –en caso de verosímiles–, rechaza la verdad. Asimismo, desatender la otra mitad es igual de dañino. Siendo víctimas del mito, se tiende a reflejar la vida en una historieta donde categorizamos de “buenos” y “malvados” a humanos que, por naturaleza tuvieron luz y sombra. Así, se crean figuras perfectas inexistentes, sin dudas ni errores. El guerrillero heroico, Che Guevara, liberó a Cuba de una dictadura hegemónica estadounidense y la condujo a otra donde ejecutaron sin juicio a los opositores. Gandhi defendió a una minoría india y valoró de inferior a los africanos durante su estancia en Sudáfrica. Se puede –se debe– apreciar un acto y condenar al otro. 

Hasta que alcancemos suficiente curiosidad y reflexión crítica del pasado, no seremos capaces de observar con ojos humanos a aquellos que llamamos héroes o villanos.
 

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