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Salir adelante tras la crisis del Covid-19


Solidaridad, liderazgo y caridad en la cultura, la política y la economía.
La pandemia no como un trauma, sino una lección. “El futuro dependerá de
cómo reaccionemos ante este evento”. En esta entrevista, el catedrático
de Historia Jaume Aurell, director del Grado en Filosofía, Política y Economía (PPE)
y coinvestigador principal del proyecto ‘Religión y sociedad civil’
del Instituto Cultura y Sociedad (ICS), reflexiona sobre el
impacto de la crisis del coronavirus en nuestra sociedad

     
  

Jaume Aurell es catedrático de Historia Medieval, coinvestigador principal del proyecto ‘Religión y sociedad civil’ del Instituto Cultura y Sociedad (ICS), director del Grado en Filosofía, Política y Economía (PPE) de la Facultad de Filosofía y Letras, y director del Instituto Empresa y Humanismo de la Universidad de Navarra.

Es autor del libro Genealogía del Occidente (editorial Pensódromo), donde revisa la historia de esta civilización y su huella en el mundo actual. En él repasa algunos valores que son patrimonio de Occidente -en particular de Europa- y que pueden contribuir a mejorar el futuro de la humanidad.

Entrevista con el catedrático de Historia Jaume Aurell, historiador, director del grado en Filosofía, Política y Economía (PPE).

  


¿Cree que el coronavirus va a marcar un antes y un después en la civilización Occidental?

No soy partidario de hablar de un antes y un después en los eventos históricos. Si pensamos en los últimos 70 años, hay seis o siete fechas que pueden tener la misma importancia simbólica. Por ejemplo, el fin de la II Guerra Mundial en 1945, la caída del Muro de Berlín en 1989, la destrucción de las Torres Gemelas en 2001, por referirme a los acontecimientos políticos. Después, hemos tenido dos crisis económicas brutales, la de 1973 y la del 2008. Estos son eventos que nos han impresionado mucho y que han ido marcando una dirección.

Es verdad que la crisis del coronavirus está afectando a muchas personas y tiene una dimensión más social que política o económica. Por tanto, tendrá su importancia pero no creo que vaya a cambiar radicalmente el panorama, sino que habrá que ponerlo en consonancia con todo lo demás y ver cómo va evolucionando.

Además, el futuro es impredecible. Nadie hubiera augurado muchos de los eventos citados –ni el propio coronavirus– y menos los historiadores. El futuro dependerá de cómo reaccionemos ante este evento, no depende de algo que no podemos controlar, pero sí que podemos incidir en la construcción de nuestro propio futuro.


Entonces, ¿los eventos citados han sido similares al coronavirus? ¿Cree que ha habido más crisis similares a lo largo de la historia?

Para ver los más similares a lo que nos está pasando ahora, quizá tendríamos que retrotraernos a la Edad Media. Desde el punto de vista del impacto psicológico que está teniendo la crisis del coronavirus, creo que es bastante asimilable a las pestes de la Edad Media, sobre todo las del siglo XIV, que propició un repunte de la espiritualidad (pero también de terror ante la muerte) muy notorio. Aunque no tuvo las mismas consecuencias materiales y en pérdidas de vida, ambas se caracterizan por una conmoción psicológica muy fuerte. El mundo Occidental cree y creía tener todo controlado desde el punto de vista médico, porque había conseguido unas prácticas médicas ya muy consolidadas, y la enfermedad supone un gran desconcierto y, hasta cierto punto, un desencanto con la idea de progreso, ya muy maltrecha en nuestra modernidad tardía.

También ha habido otras grandes pandemias después de la Edad Media, como la famosa y mal llamada ‘Gripe española’ de 1917 que, quizá, es lo más cercano a nosotros. Ha tenido que pasar un siglo para tener un problema de similares características. Por tanto, ha habido crisis similares pero hacía mucho tiempo de ello y, por esto, nos ha cogido a todos tan desprevenidos.


¿Qué cree que ha ayudado a Occidente a recuperarse de estas crisis en el pasado? ¿O depende de si es una crisis política, económica, cultural?

En ese sentido, sí se puede dar una respuesta que engloba a todo Occidente. Hay una palabra clave, bien valorada en Occidente, que es ‘solidaridad’. Las crisis han hecho más fuerte a Occidente por sus importantes movimientos de solidaridad, por ejemplo, la reconstrucción posterior a la II Guerra Mundial, la unificación alemana tras la caída del Muro del 89 o, incluso, la mayor integración atlántica después de la caída de las Torres Gemelas. Es una pena que estos movimientos de solidaridad entre las naciones no hayan tenido una continuidad más allá de solucionar el problema dramático que las había alertado. Espero que la crisis actual nos ayude a mantener una solidaridad a través del tiempo.


¿Y qué hay de la reconstrucción?

Más allá de la crisis propiamente médica, donde médicos y científicos nos ayudarán a recomponernos, necesitamos un mayor liderazgo político y económico. La falta de líderes puede ser problemática porque la recuperación pasará por un aumento de la deuda, lo que supone un círculo vicioso porque aumenta el desequilibrio de los presupuestos y es más difícil invertir en bienes públicos, como hospitales. Por tanto, para esa recuperación, solidaridad y liderazgo son dos condiciones clave.


En su libro se centra en los valores de Occidente. ¿Cree que tenemos valores, como la solidaridad, que pueden hacer que afrontemos esta crisis de manera distinta en comparación con otras culturas, por ejemplo, las de Oriente?

En Genealogía del Occidente me centré en los valores culturales, espirituales y morales, porque en economía y política todos se organizan para conseguirlos, pero algo mucho más difícil de lograr, y que responde a una tradición muy antigua y única en Europa son esos valores, esas virtudes que están en buena medida de la triple tradición simbolizada por Jerusalén, Atenas y Roma.

Otra palabra importante es ‘civismo’. Pienso en Irán y China, pero también me viene a la cabeza Rusia. Son países muy acostumbrados a obedecer, pero esa obediencia viene condicionada en gran medida por el miedo. El europeo, en ese sentido, es una persona muy crítica consigo y con las instituciones porque hay un ámbito de libertad muy amplio. La forma diferente de afrontar esta crisis vendrá, no tanto por la sumisión a una serie de leyes, sino por la convicción de que esas leyes son oportunas. Por tanto, habrá que hacer un esfuerzo global y eso es a lo que yo llamo civismo: leyes, a veces no escritas, que surgen desde abajo, y que todos nos esforzamos en obedecer porque nos benefician a todos, aunque no gocemos de sus resultados de modo inmediato.


¿Puede mencionar algún ejemplo característico de esta actitud cívica?

Este evento tan sobrecogedor y emotivo que experimentamos todos los días a las 20 h., cuando todos los vecinos se ponen a aplaudir. Nadie sabe quién ni cómo se inició. Pero ahí está. Evidentemente, el aplauso va dirigido específicamente a todo el personal sanitario que se está jugando el tipo estos días, pero todos sabemos –o al menos sentimos– que aquello también es una inyección de ánimo y de autoestima para todos, en estos momentos de tanta incertidumbre y sufrimiento. Este gesto de civismo y solidaridad nos hará afrontar la crisis, no sé si de modo distinto, pero ostensiblemente mejor.

Hay una tercera pata, además del civismo y de la solidaridad, que es lo que el cristianismo denomina caridad, que ha adoptado también las formas de filantropía, y que podemos llamar también genéricamente generosidad. La sociedad está reaccionando con una generosidad enorme dentro de su terrible situación. En estos momentos, no basta una estricta aplicación de unas determinadas medidas propiciadas por la autoridad: la justicia y el orden no serán suficientes. Será necesario un punto de caridad, de generosidad, por parte de todos, que hará superar las limitaciones. Por tanto, estos tres puntos: solidaridad, civismo y generosidad.


En el discurso político se está apelando mucho a esos valores. ¿Cree que están verdaderamente integrados en la sociedad, a la que se acusa de estar en crisis?

Aquí yo tengo un punto de escepticismo. Tanto en los ámbitos políticos como en los intelectuales y periodísticos, hemos llegado a un punto en el que las palabras desmienten muchas veces a los hechos. Creo que somos capaces de asumir estas realidades tan inquietantes que estamos sufriendo, pero primero deberíamos hacer un esfuerzo de realismo y devolver a la palabra su verdadera función que es transmitir la realidad para afrontar los problemas con mayor realismo.

Dicho esto, me parece que hay muchísimas reservas de valores en Occidente. Si miramos un poco hacia atrás, nos damos cuenta de que esos valores han existido en enormes cantidades. Hay unas brasas que, a lo mejor, todavía no están en llamas ahora pero pueden prender fácilmente si conseguimos una mayor solidaridad y una mayor sinceridad.


¿Podemos aprender nuevas actitudes y valores con esta crisis?

Donde quizá tenemos que hacer un esfuerzo es, por ejemplo, en que las autoridades sean más convincentes en sus argumentaciones y más ejemplares en sus comportamientos. Resulta poco edificante que haya tantos casos de COVID-19 entre los políticos cuando son los primeros que podrían haber puesto los medios. La ejemplaridad es muy importante porque, en la medida en que aumenten las dificultades, los gobernantes tienen que ser más convincentes en sus argumentaciones y en su conducta.

Después, sería muy importante que esta crisis nos hiciera revisar estas dos grandes instituciones que, desde el siglo XVI, están dominando nuestras vidas: el Estado en lo político y el capitalismo en lo económico. Yo siempre he argüido por una reforma a tiempo de estas dos grandes instituciones, antes de que haya que tomar medidas más drásticas cuando no haya más remedio. Creo que, pasada la fase más aguda de esta crisis, sería el momento de abrir un debate sincero sobre cómo mejorar, tanto el aparato del Estado –que se ha visto colapsado por esta crisis–, como la economía. Se ve venir otra crisis muy fuerte que va a incidir sobre la del 2008 –todavía sin superar del todo en España– y para la que habrá que habilitar soluciones realmente nuevas, esas que no se llegaron a poner en práctica hace doce años.


¿Y hemos conservado algún vicio o actitud del pasado que pueden empeorar la crisis?

Hay un problema que siempre se ha achacado a la civilización Occidental que es el individualismo. Hemos ido acumulando este vicio en una sociedad más pendiente de lo económico y lo material, mucho más liberal en el sentido individual. Pero, en este momento de crisis, en España se ha demostrado que existe la solidaridad, como ya se demostró con la crisis económica de 2008, porque se sabe que la estructura familiar ayudó a amortiguar en buena medida el golpe. Por ejemplo, hay muchas donaciones e iniciativas de ayuda y agradecimiento por parte de empresas, asociaciones e individuos. Esta puede ser una buena oportunidad para incidir sobre la tendencia al individualismo, aunque superarlo sea difícil al estar muy metido en la mentalidad colectiva.

El segundo vicio arrastrado es la creciente mentalidad de dejarlo todo en manos de ‘papá Estado’. Este vicio se ha ido acomodando en la sociedad occidental desde la segunda mitad del siglo XX, es decir, es más nuevo. Creo que no nos está ayudando en absoluto ahora en esta crisis y deberíamos intentar reconducirlo en el futuro aprovechando esta experiencia.


En Genealogía de Occidente sostiene que el Estado de Bienestar conseguido por las sociedades europeas de la posguerra es la mayor adquisición de la historia. ¿Cuál es su cara y su cruz?

Dotar a todas las personas de sanidad, de educación y de retiro es algo completamente inédito en la historia universal. Sin embargo, esto ha tenido como contrapartida que esperamos que el Estado lo solucione todo. En esta crisis, al verse superado el sistema sanitario, ha sido necesaria una colaboración entre el sector privado y el público, algo que siempre es enriquecedor. No comprendo cómo todavía hay gente que se dedica a presentar estos dos modelos como contrapuestos en lugar de complementarios. No sé si en esa actitud hay más de demagogia que de mala intención, o las dos al mismo tiempo, pero los que las fomentan deberían ser más conscientes del terrible golpe que asestan a la convivencia y al bienestar global de la sociedad.

Habría también un tercer campo de mejora, desde mi punto de vista: el consumismo, el materialismo. Si hay una cosa positiva del confinamiento es que nos está ayudando a saber estar un poco más recogidos interiormente, vivir un poco más la soledad, a lo mejor leer más, aprender a dialogar más y mejor con los más cercanos. Y estas son cuestiones que pueden ayudar al mundo Occidental a no depender tanto de lo material. A veces, pasar el día con un libro puede tener más riqueza que muchas otras materias de consumo que nos parecen imprescindibles pero que, finalmente, quizá no lo son tanto.

Natalia Rouzaut
Publicado en 
Noticias, Universidad de Navarra, Instituto de Cultura y Sociedad (ICS)

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