Índice del libro

Deontología Biológica

Capítulo 14. Fundamentos éticos de la relación del hombre con la naturaleza.

A. Ruiz Retegui

a) La relación del hombre con el mundo

La condición material del hombre, estrechamente unida con su pluralidad y con su carácter sexuado, es a la vez principio de su mundanidad. La vida humana en su dependencia del cuerpo se encuentra en un entorno material en el que esa vida es posible, y fuera de ese entorno no es siquiera concebible. Aunque el cuerpo humano es una unidad bien definida, su funcionamiento incluye necesariamente elementos externos. El hombre, si es esencialmente corporal es esencialmente mundano, es un ser en el mundo. Por tanto, la creación del hombre en su condición plural sexuada, corporal, supone la constitución de un mundo en el que esa vida es posible.

El mundo, y toda la multiplicidad de procesos y de criaturas que se dan en él, han sido queridos en un único designio de creación, al servicio del hombre; sólo al hombre lo encontramos absolutamente valioso, querido por sí mismo. El mundo es un mundo para el hombre, porque el hombre es un ser en el mundo. En este sentido, la relación entre el hombre y el mundo es necesaria; sin relacionarse y "metabolizar" con el mundo el hombre no puede ejercer su existencia.

La relación del hombre con el mundo será constituida por intercambios naturales, que pueden ser estudiados como cualquier otro tipo de relación material y fisiológica, regulada por las leyes científicas naturales (las leyes de la gravedad, de la tensión superficial, de la presión osmótica o de los gases..., y, en general, todas las leyes de la Física y de la Fisiología rigen tanto para el cuerpo humano como para los demás cuerpos del mundo). Pero entre el hombre y el mundo se dan también otras influencias que de ninguna manera son reducibles a los intercambios fisiológicos o a las influencias físicas, aunque se desarrollen a través de éstas. En el curso del funcionamiento natural del mundo, el hombre es un factor de novedad. Sin el hombre, el mundo sería puro despliegue de causas y efectos naturales. El hombre da lugar a "comienzos", es decir a procesos o acciones que no pueden reducirse a desarrollo natural de la situación previa: la relación entre el hombre y el mundo es libre.

La libertad del hombre, en su relación con el mundo, se manifiesta de un modo patente en la construcción de artificios, en los que la forma o estructura no se deriva de la materia que lo constituyen, ni del obrar, sino del pensamiento humano. El conocimiento espontáneo distingue lo natural de lo artificial, porque implícitamente advierte en éste una configuración que no se copertenece con la materia en la que está, sino que es inducida desde fuera. De este modo, los artificios no son resultado de las fuerzas naturales, sino de la inteligencia encarnada del hombre que puede influir, por medio principalmente de las manos, en el mundo.

La libertad tiene una enorme capacidad de modificación del entorno mundano del hombre. No obstante, mientras esa capacidad estaba poco desarrollada técnicamente, la interferencia del hombre en los procesos naturales resultaba irrelevante, y la naturaleza, contemplada en su imponente grandeza y fuerza material, aparecía como el ámbito en que el hombre nacía, vivía y moría, recibiendo de ella inexorablemente beneficios o dolores, según el curso de las fuerzas naturales. La potencia física de la naturaleza se presentaba a los ojos de la pequeña y vulnerable criatura humana como muy superior, y, por tanto, objeto de veneración. Las manifestaciones más directas de las fuerzas de la naturaleza -sol, lluvia, fuego, fecundidad, etc.- han sido divinizadas en muchas culturas; mediante la magia se buscaba su favor. Incluso, cuando se aceptaba a un creador supremo de todo, de la naturaleza y del hombre, las más importantes manifestaciones de la naturaleza eran contempladas con un cierto carácter teofánico, o de manifestación sensible de la infinitud divina. En ese ámbito, la actitud más noble del hombre era conocer la naturaleza, el ideal era el homo sapiens. El desarrollo progresivo de la técnica ha permitido al hombre dominar cada vez más las fuerzas naturales, y configurar ámbitos más según sus proyectos y menos según los condicionamientos que la naturaleza suponía. El resultado es que el "mundo", como entorno de la vida del hombre, ya no remite tanto a una naturaleza superior o a un creador divino, cuanto al hombre mismo en su libertad. No habla tanto de Dios, cuanto del mismo hombre y su capacidad de manipulación libre. Ese "mundo" habla, y es entendido por el hombre, en los términos de la ciencia positiva y de la utilidad práctica. En él el hombre se siente llamado o impulsado, no tanto al conocimiento de verdades y significados inscritos en la misma naturaleza de las cosas, cuanto a transformar el mundo, es decir, no tanto homo sapiens, cuanto homo faber. Como se ha explicado antes, la ciencia positiva experimental encontró un método y ese método indujo una forma de mirar el mundo. La búsqueda de las "leyes naturales" no eran una búsqueda de conocimiento sobre la realidad de las cosas, sino sobre las regularidades universales de comportamiento. El universo entero, sometido a las mismas leyes científicas, se hizo a la vez opaco en cuestiones de sentido, y plenamente disponible para la manipulación humana. La Ciencia abdicó definitivamente de su antigua pretensión de sabiduría y renunció a conocer el valor de las cosas en sí mismas: se hizo un conocimiento esencialmente instrumental, no podía pronunciarse sobre cuestiones de finalidad. Las finalidades pasaron a ser asunto de la voluntad incondicionada. Con el universo y lo que en él se contiene el hombre puede hacer lo que quiera. El mundo no tiene sentido ni más valor en sí mismo que el de un conjunto de materiales dotado de unas propiedades bien conocidas o concebibles científicamente con los que el hombre ha de construir a su antojo. La naturaleza no es objeto de contemplación ni de veneración, sino de explotación como se explota una mina de hierro. Se trata de saber para prever, y de prever para poder.

No obstante, ha sido el desarrollo de la técnica que ha acompañado el formidable progreso de las ciencias positivas lo que ha cuestionado su validez. Ese desarrollo, por una parte, ha mejorado la condición humana en el mundo, le ha hecho más seguro y confortable. Pero la técnica de suyo no tiene límites y, mientras sus primeros progresos producían un paralelo mejoramiento de las condiciones humanas, enseguida se hizo patente que progreso tecnológico y mejoramiento de las condiciones humanas no se identifican. El alto desarrollo de la técnica ha dado lugar a fenómenos nuevos, no previstos en los inicios entusiastas de la Ciencia moderna: la ruptura de los ámbitos naturales, el peligro del agotamiento de los recursos, las diversas contaminaciones químicas, radiológicas, nucleares, etc., constituyen como una queja de la naturaleza ante una agresión que no es seguro que la técnica vaya a poder subsanar. En el hombre mismo ha surgido un miedo nuevo, que es consecuencia directa del desarrollo técnico: la inseguridad ante las posibilidades de dominio y de invasión de los ámbitos más estrictamente personales puestas al alcance de casi cualquier poder fáctico. Las terribles posibilidades destructivas de armas nuevas que han cambiado radicalmente la idea de la guerra, la posibilidad de influencia en las personas mediante los conocimientos de los mecanismos psicológicos del hombre y de los medios de comunicación, hacen que nunca como ahora el hombre haya sido sujeto potencial de un poder totalitario. Si en tiempos antiguos los príncipes tenían un poder teóricamente ilimitado, las limitaciones materiales les impedían extenderlo a círculos demasiado amplios. Ese poder se da ahora potencialmente eficaz mediante el desarrollo tecnológico. El hombre siente miedo de su propio poder; son los científicos, los más conscientes del poder potencial que van generando, los máximos protagonistas del debate ético. El hombre se siente urgido angustiosamente a dominar su propio dominio; ha comprobado que el alcance de este dominio ha de tener una regulación ética, medida por la dignidad de la persona y la verdad de las cosas. La racionalidad sin límites es ambigua: capaz de lo bueno y de lo malo, de humanizar al hombre y de violar agresivamente su dignidad. La misma Ciencia sirve para construir cámaras de gas o un hospital, para cirugía intrauterina o para el aborto, para construir un avión o la bomba atómica. Se tratará ahora de mostrar los elementos que han de ser tenidos en cuenta para la elaboración de la norma deontológica que guíe el dominio técnico. Se tratará de criterios de fondo que tendrán el carácter de un conocimiento de la verdad de las relaciones del hombre con el mundo, y del mundo con el hombre, para que la libertad humana no violente realidades objetivas. Para mayor claridad, expondré cada uno de los aspectos de esa verdad que me parecen relevantes, y tras explicar el contenido de cada uno de ellos, trataré de derivar algunas consecuencias prácticas.

b) Criterios éticos del dominio técnico de la naturaleza

La naturaleza no es producto de la acción humana

El hombre la encuentra como dada, previa a toda intervención suya. Esto implica que la inteligencia del hombre no es la medida de la realidad natural, sino que debe adecuar su conocimiento a una realidad que le trasciende, porque su verdad está medida, como explicamos al hablar de la creación, por la Sabiduría Creadora. Nosotros no podemos agotar la verdad de las cosas porque no podemos asistir al acto de la inteligencia divina que mide y constituye los seres naturales. Por ello, las realidades naturales tendrán siempre algo de misteriosas, y en este sentido es propio de una recta relación con la naturaleza un cierto componente de contemplación atenta. El conocimiento que el hombre puede alcanzar de la naturaleza no puede nunca llegar a ser como el que tiene de aquello que es producto exclusivo de la propia inteligencia. Esto no debe ser irritante ni causa de desánimo para la actividad científica y cognoscitiva en general, sino estímulo para conocer siempre mejor y, a la vez, para reconocer que el creador del mundo es Dios y no el hombre, para sentirse administrador solícito y cuidadoso, y no dominador absoluto.

Este carácter del mundo, no plenamente inteligible por el hombre puede ser fuente de dos tentaciones estrechamente relacionadas.

El escepticismo, que consiste en el rechazo o invalidación subjetiva de todo conocimiento que no sea plenamente dominable por la razón humana. Las cuestiones más importantes, como el mismo hombre, el sentido de su vida, de su actividad, el amor, la felicidad, a pesar de no ser plenamente agotables por su conocimiento exacto, son reales y cognoscibles. Como es evidente, ante esas realidades la actitud ha de ser cierta humildad intelectual y valorar el conocimiento contemplativo, no científico, aunque no tenga las características tan satisfactorias de la validez impositiva de conocimiento exacto. El que el conocimiento de esas realidades pueda ser atacado o puesto en duda no es una muestra apodíctica de invalidez. Especialmente, cuando se tratan "objetos" que poseen una dignidad particular, como la persona humana, o incluso los animales dotados de vida, esa dimensión contemplativa debe estar presente. Ciertamente un físico puede decir que el tiempo es "lo que miden los relojes", pero eso lo hará sólo en cuanto físico; ese mismo físico, en cuanto persona humana, debe ser consciente, y no olvidar del todo que el tiempo es una dimensión mundana altamente misteriosa.

El cientifismo, que lleva a considerar que toda la realidad consiste en lo explicado o alcanzado por la Ciencia, sin que sea posible adquirir más conocimiento verdadero que el científico-positivo. En particular, hay que evitar esta tentación cuando se tratan cuestiones que de suyo se sustraen a la consideración del método científico, que en sí mismo consigue un alto nivel de exactitud a costa de reducir su campo de observación a lo fenoménico experimentable. Por esto, aplicar indiscriminadamente el método científico conduce, no a tener un conocimiento más exacto y preciso de todas las realidades, sino a reducir las realidades que se estudian a sujetos de comportamientos regulares, según leyes expresables en términos matemáticos. Esta transformación del objeto de estudio, a causa del método científico, es especialmente patente en áreas de conocimiento propiamente humanas. Es un "lugar común" decir que en los modernos tratados de antropología científica el gran olvidado es el hombre. Análogamente, la ética o estudio del comportamiento humano según la verdad del hombre que busca la cualidad de bueno o malo, se ha transformado en los ámbitos cientifistas en "ciencia de las costumbres", donde ya no se busca la bondad o malicia de los comportamientos, sino criterios cuantitativos, estadísticos, tendenciales, etc., en los que los calificativos pasan a ser "mayoritario", "dominante", "integrado", etc.; es decir calificativos que de suyo son ajenos a la cualificación moral y se reducen a criterios cuantitativos. No obstante, la inevitable dimensión moral del hombre hace que, aunque el calificativo ético "sea expulsado por la puerta, vuelva a entrar por la ventana", y esos criterios pasen a ser equivalentes en la práctica a "bueno" o "malo". Se identificará "bueno" con "mayoritario", o "dominante", o "integrado", etc., y "malo" con "contrario". Pero para esta identificación no hay ninguna justificación científica. Lo más que puede pretender el científico es dar cuenta de los "valores" socialmente vigentes en los diversos grupos sociales, pero el verdadero valor de esos valores, es decir de su autenticidad o dignidad intrínseca no puede dar ninguna explicación, y por esto la ética científica no tiene capacidad para pronunciarse sobre el valor de los hechos. Las pasiones y los ideales tradicionalmente considerados heroicos y buenos, y los tradicionalmente considerados mezquinos se consideran igualmente significativos en la química del comportamiento, en el conocimiento del "material humano" con el que el derecho positivista trata de edificar racionalmente la sociedad. El Derecho se ha separado completamente de la Ética y ya sólo debe tener en cuenta las fuerzas y propiedades del material humano para proponerse cualquier objetivo.

La naturaleza es para el hombre.

La perspectiva radical que nos ofrece la consideración del mundo como criatura nos dice, como ya hemos visto, que la naturaleza ha sido creada en el acto de la creación del hombre, pues no ha sido querida por sí misma, sino en función del hombre. Lógicamente esto no quiere decir que hasta que no apareció el hombre no había nada. Sabemos con seguridad científica que durante millones de años el mundo ha existido sin el hombre; la aparición del hombre es relativamente tardía. Pero desde el principio el mundo ha sido querido por Dios como mundo del y para el hombre, por lo tanto, el mundo era creado en vista al hombre y formando unidad con la creación del hombre.

Por lo tanto, el mundo no tiene valor absoluto y no puede ser entendido plenamente en sí mismo, pues la Sabiduría Creadora no lo ha entendido por sí mismo. Esto quiere decir que todos los valores y bienes del mundo son valores y bienes en relación al hombre. El mundo es, en este sentido, un mundo esencialmente humano, un mundo no cualquiera, un mundo con una unidad y armonía no cualquiera, sino centrada en el hombre. Es, pues, en relación al hombre como los valores del mundo cobran un carácter objetivo y real. Esto hay que tenerlo en cuenta porque nuestro modo de conocer parte del conocimiento de las individualidades, y sólo por un proceso racional alcanza a detectar las implicaciones de orden y unidad. A nosotros el mundo nos parece primariamente un conjunto de individualidades, de criaturas concretas que luego se interrelacionan. La razón de unidad del mundo la entendemos como unidad de composición, y por eso tendemos a dar más importancia y a considerar como fundamental el carácter de cosas en sí, es decir, de sustancialidad, de las criaturas, frente a su carácter de relación. Pero la perspectiva más radical nos advierte que la unidad tiene prioridad de naturaleza respecto a cada una de las partes, pues, como señala la tradición cristiana, el bien de cada criatura depende del bien del conjunto, que es superior; y este bien del conjunto no es una globalidad anónima o colectiva, sino el bien de la persona.

La naturaleza es, pues, "para" el hombre. Tenemos que ver el significado práctico de ese "para". Lo dicho en el párrafo anterior nos advierte que los seres naturales no son materiales neutros ofrecidos a la capacidad manipuladora del hombre. Si entendiéramos que el mundo es para el hombre porque el hombre puede dominarlo no estaríamos dando cuenta de la ordenación intrínseca del mundo al hombre, es decir, no estaríamos diciendo nada del mundo, sino que hablaríamos exclusivamente del hombre. Más bien esa ordenación del mundo al hombre es la que permite situar el alcance y la naturaleza del dominio del hombre. Es decir, el hombre en su señorío sobre el mundo debe tener en cuenta los valores objetivos, los significados propios de las cosas, y no considerarlos como materiales neutros, dotados de las propiedades que alcanza y describe la Ciencia. Valores como la vida, la belleza, etc., no deben ser desconsiderados en la actividad dominadora del hombre. Por más que esos valores no sean estrictamente expresables en términos científicos, no deben ser considerados vacíos o insignificantes. La actitud atenta y contemplativa por parte de las personas que se dedican a la Ciencia y de ese modo posibilitan y desarrollan la capacidad técnica de dominación hará que se evite que la dominación no destruya los valores objetivos, sino que los respete y los desarrolle según su propio valor. No se trata de que la dominación del hombre sobre el mundo sea un puro servicio a esos valores como si fueran absolutos. No son absolutos, pero son reales. El hombre no tratará la vida animal o vegetal como si efectivamente fueran absolutamente valiosas, no se postrará ante esos valores, sino que efectivamente los tendrá como entregados, para su bien. El hombre debe beneficiarse de los recursos naturales, pero sin despreciar ni maltratar los valores objetivos que en él se encuentran. Los clásicos expresaron este equilibrio en términos de simbiosis. Platón puso el ejemplo del pastor, cuyo arte no está definido por la existencia de los mamíferos, sino por la naturaleza de las ovejas. El pastor, en cuanto tal, busca el bien de las ovejas, aunque luego las trasquile, las ordeñe y acabe matándolas para comerlas. Pero el beneficio humano está en relación con el bien propio de las ovejas. Un ejemplo, al contrario, bastante ilustrativo, lo constituyen las granjas donde todo el trato con los animales viene definido por el aprovechamiento humano: a las gallinas se las tiene encerradas y se les sacan los ojos para que únicamente engorden y pongan huevos. Sólo cuando se pierde el sentido del valor objetivo pero relativo de los animales y del mundo se cae en los dos extremos: por una parte, veneración crispada de la vida animal como si fuera un bien absoluto y, por otra parte, aprovechamiento de todo el material que ofrece el mundo, sin tener presente más valor que el que se propone el hombre. No importa entonces nada el animal en sí mismo, ni su vida, ni su dolor, ni la decadencia o extinción de las especies. El animal tendría sus propiedades científicas como el hierro tiene las suyas.

La "ley" de la relación del hombre con el mundo

No es sólo racional, sino natural.- En realidad se trata de una consecuencia de lo anterior. Por ley racional expresamos el ordenamiento que establece la razón movida exclusivamente por los fines que se propone, y, por tanto, como única configuradora de valores. La ley racional sería entonces la que desconoce significados y valores naturales y no ve en la naturaleza más que material disponible para cualquier fin arbitrario. La ley racional sólo tiene en cuenta las propiedades "científicas" de los cuerpos, como el técnico tiene en cuenta las propiedades del hierro o del cemento en orden a construir lo que quiera, y ordena esas propiedades para alcanzar sus productos.

La ley natural es la que ordena las cosas teniendo en cuenta los significados propios y los valores que se encuentran en el mundo. No los ignora, pero tampoco se siente creadora exclusiva de sentido. Esa ordenación no considera el mundo como un espacio homogéneo totalmente disponible, sino que reconoce espacios o puntos que tienen particular densidad de bien y de valor, y de este modo no es una ley de destrucción exclusivamente humana del entorno del hombre.

La ley natural tiene en cuenta que la unidad del mundo en el hombre no es constituida por la razón humana sino por la Sabiduría creadora. El ámbito humano no es el artificial mundo de la ciencia-ficción, sino un ámbito que el hombre ha recibido y que debe gobernar sabiamente, no sólo técnicamente. Por eso la ley natural presenta serias reservas ante la posibilidad de desencadenar en la tierra -como ámbito próximo del hombre- procesos que solo tienen lugar en puntos alejados del universo. Las reacciones nucleares, por ejemplo, son naturales en el sol y en las estrellas, pero no en la tierra, y no sabemos si podrían llegar a destruirla, no sólo en la utilización militar, que es claro que sí, sino en la utilización supuestamente pacífica.

El hombre no es el responsable del bien del mundo o del universo.- Una de las consecuencias más evidentes de la consideración científica del mundo es verlo como sujeto homogéneo de leyes universalmente válidas, y, por lo tanto, como campo de dominio, al menos potencial, por parte del hombre: todo es experimentable y todo es manipulable. Por tanto, está bajo el gobierno absoluto del hombre, y el hombre se siente en consecuencia responsable del orden del mundo y del universo. Pero esto no tiene en cuenta la realidad de las cosas. El orden del mundo no ha sido establecido por la razón humana, y, por tanto, tampoco puede llegar a dominarle totalmente; tiene un cierto carácter de misterio ante el que la actitud debe ser primariamente contemplativa, es decir, reconocedora de algo que se encuentra pero que no puede agotar. El reduccionismo propio de la experimentación científica puede alcanzar algunas leyes de comportamiento de la naturaleza, pero debe cuidarse de pensar que el orden del universo está expresado adecuada y exhaustivamente en esas leyes. Incluso, desde el punto de vista estrictamente científico esas leyes universales han sufrido notables correcciones: al entusiasta cientifismo del siglo XIX que pretendía haber agotado prácticamente la Mecánica, siguió la sorprendente corrección relativista, y pocos años más tarde la perspectiva nueva de la segunda generación de la Mecánica cuántica, que ya reconocía el alto grado de no determinación que se encuentra incluso, en los procesos materiales del microcosmos. Pero sin necesidad de recurrir a esas experiencias, y manteniéndonos en el ámbito de una consideración general, el orden del universo se presenta tan extraordinariamente preciso y delicado que la irrupción técnica indiscriminada resulta amenazante. A la arrogancia ha seguido el miedo. La única garantía que puede tener el hombre de que su acción sobre la naturaleza no vaya a resultar destructiva no está en una planificación racional cada vez más omniabarcante, sino en un respeto, lo más cuidadoso posible, de los significados naturales de los valores y de los procesos propios naturales, sin tratar de someterlos a su utilidad indiscriminada. A veces podrá acaecer que, aun con ese respeto, la naturaleza resulta amenazante, pero eso ya no depende de nosotros, sino de Dios.

"Situación" del hombre en el mundo

La ciencia moderna ha situado al hombre en una perspectiva respecto al mundo desde la que, podríamos decir, lo mira desde fuera, como un todo. Hubo un tiempo en que el mundo se concebía como una superficie de tierra, apoyada sobre el agua por medio de unas columnas y cubierta por la bóveda del cielo que lo separaba de las aguas superiores. En esta representación hay algo esencial: su carácter parcial. No es una representación de la totalidad, pues ese esquema no decía nada sobre cómo se apoyaban las columnas del mundo sobre el agua, ni sobre dónde estaba contenida esa agua. Era una representación de lo que el hombre ve "desde su situación" en el mundo. La transformación de la perspectiva tendrá lugar cuando la física de lugares propios se transforme en una física de leyes universales. En esta transformación, verdadera clave del pensamiento moderno, tiene una importancia capital la construcción del telescopio por Galileo. Este cambio de perspectiva de la Ciencia no coincide con la perspectiva natural del hombre que, aunque sabe que la tierra gira alrededor del sol, sigue viendo que el sol "sale" por la mañana y se "pone" por la tarde. Es decir, en la vida real del hombre, en un ámbito propio mundano, la perspectiva científica, que considera el espacio infinito y homogéneo, no es la que orienta su conducta. No obstante, tiene una notable influencia en los juicios y valoraciones. Especialmente puede afirmarse que el cientifismo ha originado una perspectiva "objetiva". Antes de la modernidad, este conocimiento objetivo, como característica propia del conocimiento humano, estaba presente en el saber humano de las cosas; sin embargo, el universo como tal no era materia de conocimiento objetivo.

La no-objetividad del universo en su conjunto ha sido expresada a lo largo de la historia del pensamiento humano de formas diversas, pero siempre señalando que el hombre se encuentra en su perspectiva propia con unos límites que no puede traspasar. El Ulises de Dante traspasó las columnas de Hércules del estrecho de Gibraltar y llegó en su osadía a visitar el monte del Purgatorio, pero la profundidad del agua le impidió alcanzarlo y lo hundió en el infierno. Este mito no significa que Dante pensara que el mundo tiene fronteras geográficas con la trascendencia sobrenatural. No se trata de una descripción morfológica del mundo, sino de mostrar el pecado, de buscar un conocimiento completo -como en la descripción bíblica del Paraíso donde, la mujer sucumbe a la tentación de buscar un conocimiento divino: seréis como dioses. De este modo, el genio de Dante da un juicio anticipado de lo que ya es inminente. Ya entonces la incipiente ciencia positiva hacía presagiar que el hombre pudiera situarse en una perspectiva universal con la pretensión de dominar el mundo en su totalidad -al menos potencialmente-, del mismo modo como dominaba los "objetos" con que trataba. El nuevo Ulises no fue Colón, ni tampoco Galileo o Newton, sino quienes deslumbrados por la nueva ciencia quisieron hacer de la perspectiva alcanzada por la Ciencia, la perspectiva humana universal: trasformar la Ciencia en sabiduría. Colón hizo anacrónico el mito de Dante, pero quien se situó -no científicamente sino filosóficamente- en ese punto extracósmico desde el que se conoce el mundo como un objeto, fue sobre todo Hobbes. Él se jactaba de haber descubierto un nuevo continente intelectual, pero falta comprobar que ese continente, situado más allá de las columnas de Hércules del pensamiento, era habitable por el hombre, o si la profundidad del agua -más bien, la profundidad del ser- no convertirían esa situación en un infierno para el hombre. Tal es el diagnóstico de Dante sobre la situación del hombre cuando hace de la perspectiva científica su perspectiva vital y omnicomprensiva. Ciertamente puede ser difícil armonizar el conocimiento obtenido por la Ciencia y el conocimiento "situacionado" del hombre en su propio ámbito mundano, pero la defensa del "propio lugar", del "propio entorno" resulta una exigencia frente a la perspectiva cientifista. Sin tener en cuenta la situación propia del hombre como criatura esencialmente mundana, resultan ininteligibles e irracionales las actuales defensas del medio ambiente, de la propia tierra, y la afirmación de que "lo pequeño es hermoso".

"Compromiso" del hombre en su entorno vital

No sólo encontramos límites al conocimiento objetivo cuando se refiere al universo en su totalidad. También el conocimiento de las cosas y personas singulares tienen características que exceden las del conocimiento objetivo. El verdadero "mundo" del hombre es en realidad una mezcla de lo que los antropólogos y etólogos llaman perimundo -medio, um-welt- y mundo -welt-. De hecho, junto a la abundante literatura sobre el conocimiento objetivo, la Antropología contemporánea ha desarrollado una amplia fenomenología de la distinción entre la calle y el hogar. Ambos temas -el conocimiento objetivo y esa distinción- están estrechamente relacionados y llamados a complementarse. En el hogar, el hombre se encuentra como en su medio -um-welt- propio. La actitud "en casa" no es solamente objetiva, ante lo "propio" la persona tiene una conducta que no es el distanciamiento del conocimiento objetivo, sino un "compromiso" con las realidades de su hogar. Esta situación no puede equipararse con la del animal en su um-welt, pero la doctrina clásica de las pasiones del hombre apunta un intercambio casi metabólico con la realidad. La frecuente afirmación de los fenomenólogos que el amor no es ciego, sino extraordinariamente lúcido, expresa que el conocimiento objetivo, para ser pleno, se compone con una cierta simpatía por lo conocido. La pretensión de un puro conocimiento objetivo, que no se compadece con la realidad ni con la condición humana, es la pretensión de un hombre desarraigado sin hogar y sin fe, sin hogar ni patria. Esta es la imagen de lo que se expresa habitualmente con un cierto sentido de la palabra "intelectual" en el sentido de distanciamiento crítico, contra el que ya se manifestó J.J. Rousseau con acierto en su Primer Discurso, presentándolo como independiente, apátrida y cosmopolita.

El cientificismo engendra totalitarismo

Hemos señalado ya que el descubrimiento de la universalidad de las leyes científico-positivas hace que la Ciencia tienda a considerar el mundo homogéneo, sin lugares privilegiados ni diferenciados, sino medido en todos sus puntos por las mismas leyes. Cuando esa perspectiva se extiende al campo de lo humano y particularmente a la Ética, también el espacio humano y la humanidad se hacen homogéneas, medidas inmediatamente por las mismas normas éticas. Entonces si cada hombre ha de medir su acción por la justicia, por ejemplo, y la justicia lo mide todo, quiere decirse que cada hombre ha de preocuparse por todo. Pero esto significa, de nuevo, adoptar -o tratar de adoptar- la perspectiva de Dios universalmente providente. Este es el principio del totalitarismo: la responsabilidad universal.

Nos encontraríamos en la perspectiva del conocimiento objetivo puro, la perspectiva del intelectual puro, que todo lo juzga, todo lo critica y no está comprometido con nada, sin más referencias que las leyes universales. Esto supone corromper, por hipertrofia, lo que tiene de peculiar el conocimiento humano, y, por tanto, viciarlo en su núcleo más propio. Lo humano no es juzgar sólo desde la justicia -o desde cualquier otro valor moral universal-, sino desde la justicia y lo propio como dos referencias heterogéneas e inseparables.

La moral cristiana evitó este peligro, señalando que el hombre no es responsable de toda justicia o, en general, del bien universal; no es responsable directo de la instauración del bien en el mundo, sino en la medida en que desde su situación propia colabora con el plan de Dios para él. El concepto de misión personal estaba incluido en la visión de un universo ordenado y finalizado en el que el hombre está siempre situado -en su tiempo, en su ámbito humano, etc.- y con una responsabilidad delimitada por esa situación.

Tomás de Aquino puso un ejemplo clásico: es deber del gobernante detener y castigar al delincuente, pero es deber de su mujer esconderlo y liberarlo de esa pretensión de la policía. A la pregunta de si no es deber de cada hombre querer lo que Dios quiere, responde que no, porque eso no lo sabemos hasta que sucede. Cada hombre, debe querer lo que Dios quiere que él -el hombre- quiera. Así la mujer tiene la responsabilidad del bien privado familiar, el gobernante tiene la responsabilidad del bien de la cosa pública y sólo a Dios compete el bien del universo.