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Actas del Congreso Internacional de Bioética 1999. Bioética y dignidad en una sociedad plural

Índice del Libro

Prólogo

Ana Marta González
Directora del Grupo Interdisciplinar de Investigación Bioética
Universidad de Navarra

Durante los días 21, 22 y 23 de octubre de 1999 tuvieron lugar en Pamplona las Primeras Jornadas Internacionales de Bioética, organizadas por el Instituto de Ciencias para la Familia, con la colaboración del Departamento de Filosofía, del Departamento de Filosofía del Derecho, el Instituto de Derechos Humanos y el Departamento de Humanidades Biomédicas de la Universidad de Navarra. A estas jornadas, en las que tomaron parte prestigiosos especialistas norteamericanos y europeos, asistieron cerca de 150 profesionales del ámbito biosanitario -de la medicina, la farmacia o la enfermería-, además de profesores universitarios de diversas especialidades interesados en la materia. La procedencia geográfica de estos profesionales era variada: en su mayor parte españoles, de todos los puntos del país; pero también una nutrida representación latinoamericana –México, Perú, Argentina, Chile, Colombia-; así como –aunque en menor número- profesionales de otros países europeos: Holanda, Suecia, Lituania…

Estos pocos datos reflejan por sí solos una realidad que cualquier observador puede corroborar sin dificultad: la bioética se ha convertido en cuestión de pocos años en una disciplina en la que confluyen intereses profesionales muy diversos y personas de las más variadas procedencias. La razón hay que buscarla en la actualidad de los temas que le ocupan, que constituyen un campo abonado de problemas para los profesionales del ámbito biosanitario en su tarea cotidiana, y que al mismo tiempo suponen un reto para los que nos dedicamos profesionalmente al estudio de los supuestos e implicaciones jurídicas y filosóficas de todas estas cuestiones.

Ciencia experimental y filosofía; aspectos prácticos y teóricos se dan cita de manera inevitable en toda reflexión bioética, hasta el extremo de que la bioética se ha convertido no ya en paradigma de la comunicación interdisciplinar en el seno mismo de la institución universitaria, sino también en paradigma de "disciplina-puente" entre universidad y sociedad. Pocas cuestiones suscitan simultáneamente el interés de académicos y opinión pública como las cuestiones bioéticas. Ahora bien, precisamente por eso, y dado que en nuestra sociedad la ciencia ha asumido institucionalmente la responsabilidad de aconsejar al poder político, las respuestas que dé la bioética a los nuevos interrogantes que le van planteando a cada paso la ciencia y la técnica poseen un enorme poder configurador de la sociedad. En este sentido es claro que de las respuestas que se den a esas cuestiones dependerá en gran medida el cariz humano o inhumano de nuestra sociedad y, más en general, del mundo, pues cada decisión tomada en un país desarrollado sobre esta materia –tanto si es una decisión acertada como si no lo es– se convierte rápidamente en un punto de referencia mundial.

Es esta conciencia lo que en ocasiones dota a la reflexión bioética de una urgencia excesiva, una urgencia que le hace correr el riesgo de olvidar su dimensión científica, para llevarla por los derroteros del discurso ideológico. Ocurre esto, por ejemplo, allí donde se invoca la autonomía de la persona como única razón para equiparar lo técnicamente posible a lo éticamente posible. Sin embargo, los problemas prácticos no admiten una solución tan simple. No todo lo que puedo hacer desde un punto de vista técnico puede hacerse desde un punto de vista ético. Los asuntos prácticos, especialmente cuando de ellos se siguen consecuencias sociales de envergadura, deben ser mirados desde muchos ángulos. Y resulta que todos los asuntos bioéticos tienen una clara dimensión social, porque afectan decisivamente al modo de vida de las personas, a sus expectativas vitales, al tipo de relaciones que establecen. En estos casos no es justo confiar al anonimato de "la ciencia" la responsabilidad total de estas decisiones, pues todos nos vemos afectados. No vale delegar en los "expertos bioéticos" la decisión sobre problemas que, finalmente, son los nuestros.

Las cuestiones bioéticas son cosa de todos, no competencia exclusiva de especialistas. En consecuencia, deben ser tratadas abiertamente, exponiendo claramente todas sus implicaciones personales y sociales. Por esta razón, la apelación reiterada a la "autonomía del agente individual" como única razón para equiparar en el plano social lo técnicamente posible con lo éticamente posible constituye una inadmisible simplificación del debate ético; un debate, por lo demás, que, bajo ese presupuesto, está condenado a desaparecer: frente a tu autonomía la mía: y no hay más que hablar. Resulta evidente, en efecto, que en una sociedad así, de individuos clausurados sobre sí mismos, la comunicación es superflua o trivial. En estas condiciones, al Estado, supuesto árbitro imparcial de individuos autónomos, le quedaría la difícil tarea –la imposible tarea– de conciliar autonomías individuales a satisfacción de todos, es decir, para satisfacción de nadie. Pues si no existe algo así como una verdad de la convivencia humana, una verdad que va más allá de la simple tolerancia recíproca –del "vive y deja vivir"–, nadie tiene por qué admitir que esta solución concreta, con la que él podría salir inmediatamente perjudicado, es la mejor entre las varias posibles. Si faltan razones sólo cabe la fuerza: tal vez no la fuerza física, pero sí la fuerza de la mayoría, frente a la cual, la conciencia individual debería doblegarse, o bien oponerse, pero nuevamente sin razones. El respeto a la conciencia individual sería una graciosa concesión del poder soberano del Estado al poder soberano del individuo.

Por el contrario: sólo si existe una verdad de la convivencia humana, a la que todos y cada uno tengamos acceso en principio, y sobre cuyas concreciones podemos contrastar pareceres en el curso del diálogo, sólo entonces podemos empezar a tomarnos en serio el poder socialmente configurador de la libertad de todos y cada uno de los miembros de una sociedad. Sólo entonces nos tomamos en serio la libertad.

No me parece ocioso dedicar esta introducción a reflexionar sobre estas cuestiones, si tenemos en cuenta el tema que da título estas Jornadas: Bioética y dignidad en una sociedad plural. Dejo al prof. D'Agostino la reflexión sobre el papel de la dignidad en bioética, para centrarme por unos momentos en el sentido de la expresión "sociedad plural". Con ella entiendo que nos referimos a la convivencia fáctica de personas con diferentes ideas religiosas, morales y políticas, así como la convivencia de personas de distintas etnias y culturas. A este respecto lo primero es subrayar que, desde el punto de vista ético, el reconocimiento fáctico y jurídico de la pluralidad humana no es de suyo incompatible con sostener la existencia de una verdad de la acción humana; una verdad que unos descubren antes y otros después, y que, en todo caso, sólo puede ser acogida en libertad. Desde este punto de vista, pues, la pluralidad social es incluso una realidad positiva y enriquecedora, que lejos de constituirse en contra de la verdad, es, por sí misma, expresión de la pluralidad y la libertad humana, sin la cual –dicho sea de paso– no podría hablarse auténticamente de verdad ética. De acuerdo con ello parece apropiado distinguir, al menos conceptualmente, entre «pluralidad» y «pluralismo». Y es que, frente al simple reconocimiento de la pluralidad social, lo propio del pluralismo sería negar la existencia de una verdad de la acción humana, en la idea de que dicha verdad no podría ser compatible con el hecho de la pluralidad social. Esto es manifiestamente falso. Que haya pluralidad de ideas, de concepciones del mundo, de estilos de vida, en modo alguno impide hablar de una verdad de la acción y de la convivencia humana, de una verdad del hombre. Sencillamente significa que esa verdad tal vez no es poseída por todos y cada uno de los hombres de una vez por todas; que ha de ser objeto de búsqueda, y de búsqueda en común. De hecho, lo es, cuando dialogamos en serio, es decir, cuando el diálogo es algo más que una recíproca concesión de ventajas.

En el contexto de una sociedad plural no sólo es legítimo sino también necesario que cada uno exponga, de la manera lo más convincente posible, lo que, con fundadas razones, conoce como verdadero, en la esperanza de que otros así lo vean, y, en caso contrario, lo rebatan, igualmente con razones. Qué razones deben ser consideradas relevantes y cuáles no en el contexto de una sociedad plural, es algo que no puede decidirse "a priori". La relevancia de las razones para una persona concreta depende de muchos factores que nadie está autorizado a descartar de antemano. Si en algún caso consideramos que una razón concreta descansa en una visión del mundo por completo ajena a la nuestra, el camino no es descalificar dicha visión del mundo en su totalidad, porque tal cosa equivaldría, en la práctica, a descalificar a la persona que ha crecido con esos esquemas. El camino, más bien, pasa por la discusión paciente y metódica, en la que salen a relucir todos los aspectos implicados en un problema concreto: así, por ejemplo, llegamos a tener conocimiento de implicaciones sociales de nuestros actos en las que no habíamos reparado anteriormente. De esta manera el diálogo puede servir para alimentar la prudencia de nuestros juicios éticos y políticos. Sin duda, para dialogar así se precisa de antemano mucha ética, además de cierto rigor intelectual. Ahora bien: estas dos disposiciones sólo se despiertan allí donde hay respeto por las personas y confianza en la posibilidad de alcanzar la verdad. Aquí tenemos los principios que inspiran la convivencia auténticamente humana. A partir de aquí, construir una convivencia justa y pacífica es un camino que se anda con pasos muy pequeños: hablando de problemas concretos, no de visiones del mundo; esforzándose por ver los fragmentos de verdad latentes en la visión del mundo con la que se nos presenta el otro. Con eso podemos empezar a dialogar y construir verdaderamente una sociedad plural, pues la pluralidad no la dan tanto las ideas como las personas.

No me resta ya sino agradecer a tantas personas el esfuerzo que han realizado para llevar a término esta publicación. En primer lugar, al Grupo Interdisciplinar de Investigación Bioética de esta Universidad, de reciente constitución. A todos sus miembros, pertenecientes al Departamento de Filosofía, de Filosofía del Derecho, al Departamento de Humanidades Biomédicas, al Instituto de Derechos Humanos, al Instituto de Ciencias para la Familia, y a todos aquellos que – alumnos, personal docente y no docente– han contribuido desde el origen de una idea hasta su realización práctica y la transmisión de su fundamental contenido: la dignidad humana en el contexto de una sociedad plural.