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La dignidad de la persona y algunos de sus reflejos en el ámbito familiar

Gonzalo Herranz, Grupo de trabajo de Bioética. Facultad de Medicina. Universidad de Navarra
Colegio Mayor Arosa
Santiago de Compostela, 15 de mayo de 1988

Quiero lo primero agradecer al Colegio Mayor Arosa que me hayan proporcionado esta nueva oportunidad de venir a Compostela y que, como quien no quiere la cosa, me hayan propuesto para desarrollar aquí hoy un tema fascinante.

Lo que voy a decir no es nada nuevo. Es más bien una conversación sobre algo antiguo, conocido desde siempre. Se trata de verdades que, hasta hace poco, eran tenidas como universalmente válidas, pero que muchos han olvidado o repudiado.

La dignidad del hombre es un asunto al que deberíamos prestar mucha más atención. No es que no se hable de la dignidad del hombre. Pero ocurre que se pone en ello más labia que convicción, más saliva que sangre. Dignidad humana es una expresión que está por todas partes: en los textos constitucionales, las directrices éticas, los eslóganes de activistas de mil cosas diferentes. Los promotores del reconocimiento de los derechos humanos y civiles hablan de “respetar la dignidad humana”, de “atentados contra la dignidad de las personas”, de “derecho a la dignidad”. Los fanáticos de la eutanasia escriben en sus pancartas “muerte digna para todos” y forman movimientos que reclaman el “derecho a morir dignamente”.

Pero, aunque la noción de dignidad humana se vea sometida a una depreciación inflacionista en manos de políticos y de sociólogos, la dignidad del hombre contiene valores morales de primera categoría, llenos de significado y operatividad. Y así, el Concilio Vaticano II no dudó en colocar su doctrina sobre la libertad religiosa en una Declaración que comienza con estas palabras “Dignitatis humanae”. Y más recientemente, la Santa Sede se ha referido a uno de los aspectos más importantes de la vida del hombre en una Instrucción sobre la dignidad de la procreación.

Un poco de historia

La palabra dignidad hace referencia a la nobleza inherente y al valor que desde siempre se concede al hombre, a la persona humana. Creo que merece la pena detenerse unos momentos a recorrer la historia del concepto “dignidad humana”, porque puede ayudarnos a profundizar un poquito en la cuestión.

La idea de dignidad del hombre entró en el mundo no porque el hombre la descubriera, sino porque Dios se la reveló. El capítulo inicial del Génesis contiene esas palabras que todos conocemos y que son nuestro verdadero certificado de nacimiento. “Entonces dijo Dios: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Y que domine sobre los peces del mar, y sobre las aves del cielo, y sobre los ganados y sobre todas las cosas de la tierra y sobre toda criatura que se arrastre sobre la tierra’. Así Dios creó al hombre a su propia imagen, a imagen de Dios lo creó: y los creó varón y mujer.” (Gen. 1, 26-27).

Las consideraciones que puede inspirar este relato de la creación del hombre son inagotables, pero nos interesa ahora destacar no el poder dominador del hombre sobre el mundo creado exterior a él, sino su valor y dignidad intrínsecos. El hombre es el vice-regente de Dios en el mundo, está coronado de gloria y honor. Por estar hecho a imagen y semejanza de Dios, posee en exclusiva, entre todas las criaturas de la tierra y a pesar de la caída original, la racionalidad, la autoconciencia y la voluntad libre, que son participaciones de la divinidad, que le dan la capacidad de transformar el mundo y de educarse a sí mismo, de ser un agente moral responsable y libre.

Cada hombre, todo hombre, todo cuerpo-alma humana (porque el hombre no es que tenga un cuerpo y un alma: es a la vez cuerpo y alma) tiene una suprema e idéntica dignidad. Destruir un cuerpo humano es destruir una personalidad humana y, por ello, es una afrenta a la dignidad de Dios reflejada en la imago Dei que es cada hombre.

En contraste con esta doctrina bíblico-cristiana de que toda vida humana, todo ser humano, posee un valor propio e intrínseco en virtud de ser un don de Dios, el pensamiento clásico greco-romano, definía la personalidad en términos jurídicos de ciudadanía, esto es, de pertenencia a una familia, estado, ciudad o tribu. Según esta mentalidad, el hombre no vale por lo que es en sí, sino que su dignidad le es prestada desde fuera, en virtud de la decisión jurídica de una institución que discrecionalmente lo acepta o lo rechaza, lo dignifica o lo destruye.

El valor de un hombre está por encima de todo cálculo, por ser imagen de Dios. Según la exégesis rabínica, Dios creó un sólo hombre a fin de enseñarnos que a quienquiera que destruye una sola vida humana, Dios le imputa un pecado como si destruyera a toda la humanidad, y a quien salvare la vida de un solo hombre Dios le tiene como si hubiera salvado al mundo entero. En algún lugar se explica que el que mata a un hombre o a un niño mata también a los hijos, y a los hijos de los hijos de ese hombre o de ese niño: en un hombre se mata a su descendencia, se mata a la humanidad.

Dios, misteriosamente, nos crea a su imagen y semejanza también cuando nuestra apariencia y valor biológico quedan decaídos por la enfermedad o la malformación. Así dice Moisés en Exodo 4, 11: ¿Quién ha hecho la boca del hombre? ¿Y quién le ha hecho mudo, o sordo, o vidente o ciego? ¿Acaso no he sido Yo, el Señor? Ha sido esta comprensión del hombre como imagen de Dios, aun cuando el hombre es deficiente, lo que concede la inmensa superioridad moral y una humanidad incomparable a la ley mosaica, si se la compara con otras legislaciones de la antigüedad. Los débiles, los pobres, los ciegos, las viudas y los huérfanos, los esclavos y los extranjeros no son indignos.

Conocemos, aunque nos quedamos cortos en su comprensión profunda, el modo en que la venida de Cristo, su encarnación (el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros), dignifica a la humanidad, la salva y refuerza en nosotros, con la filiación divina, la semejanza con Dios. No somos sólo imagen: somos y nos llamamos hijos de Dios. La dignidad de cada hombre alcanza en Cristo su cumbre, imposible de superar: ya no cabe más nobleza, más valor.

Conviene que nos detengamos un momento a considerar cuál fue la novedad revolucionaria que esta doctrina supuso para el mundo pagano. Nos interesa, entre otras cosas, porque el mundo en que vivimos se ha paganizado y nuestro mensaje debería romper las estructuras neo-paganas en las que estamos sumergidos.

La doctrina cristiana del hombre tiene una importancia enorme para la ética práctica. La fe nos enseña que cada hombre está llamado a ser un portador de Dios por la gracia que, por todos los hombres, por cada uno, murió Cristo. Por ello, la vida de cada hombre tiene un valor intrínseco absoluto. Esto da una universalidad y una altura a la dignidad humana que ni siquiera pudo ser imaginada en el mundo pagano.

Se ha discutido mucho si el mundo pagano clásico dispuso de fundamentos filosóficos o religiosos para sustentar algún concepto de la dignidad humana de aplicación universal. Esa idea es totalmente extraña a la mentalidad greco-romana. Había ciertamente entre los clásicos un sentido de la dignidad, pero era la dignidad del hombre excelente, virtuoso, que vivía en condiciones de desarrollar sus virtudes, sus excelencias humanas. El concepto romano de humanitas se empleaba para describir la dignidad de una personalidad equilibrada y educada, que se encontraba en exclusiva entre los individuos mas descollantes de la clase alta de la sociedad romana. La dignidad no era intrínseca, como tampoco lo eran los derechos humanos. Extensos grupos sociales carecían de ellos. La desigualdad era un rasgo natural de la sociedad, y nadie expresaba ante las increíbles diferencias que existían entre los hombres ni sorpresa ni queja. Se aceptaba como una realidad inevitable que hubiera gente (esclavos, extranjeros, parias) sin derechos que estaban destinados a trabajos menores o degradantes, que podían ser torturados o consumidos en labores productivas o en diversiones. Se consideraba que la plenitud física era esencial para la dignidad humana, de tal modo que la vida con limitaciones de los enfermos crónicos, los tullidos o los deformes era considerada como indigna y dispensable. La exposición y muerte de los deficientes no era asunto exclusivo de Esparta o de la Roma republicana: era una norma general. Ni siquiera en la filosofía estoica la antigüedad clásica llegó a intuir que la dignidad humana pudiera tener un carácter universal: se oponían a ello, por una parte, el carácter aristocrático de las virtudes del filósofo, que impidió que nunca esta doctrina llegara a ser popular e influyente, y, por otra, la indiferencia estoica ante el sufrimiento humano que le impidió interesarse por los débiles de cuerpo y de espíritu.

Ante este aristocratismo, los pensadores cristianos justificaron, cada vez con lucidez más diáfana, que la noción del hombre como imagen de Dios llevaba a una condena sin compromisos de toda eliminación de vidas humanas y de toda crueldad degradante: la condena del aborto, del infanticidio, de los juegos de los gladiadores, del suicidio, de la aniquilación de los heridos o enfermos sin remedio fue formulada con la más firme energía.

Hoy son muchos más de lo que parece los que ya no creen en la dignidad humana, en la prestancia y superioridad de nuestra especie. Esa dignidad está siendo atacada y desmantelada no poco a poco, sino con rapidez y saña, gracias a la habilidosa mezcla de verdades y mentiras con que hoy los manipuladores de la opinión consiguen la sumisión de quienes ven la tele o leen los periódicos. Empiezan por decirnos, y en eso estamos de acuerdo, que estamos ensuciando la superficie del planeta y la atmósfera que respiramos; que nuestro dominio sobre las otras especies animales, sobre las plantas o sobre el mundo inorgánico es ya una tiranía indecente; que hay que poner fin a los desequilibrios ecológicos que resultan de esa inmoderada y febril explotación de recursos. Pero a continuación añaden que es preciso que la humanidad se decida a vivir un milenio de penitencia: que hemos de reducir nuestro número y devolver islas y grandes extensiones de los continentes a la ecología espontánea naturaleza, para que las otras especies puedan vivir sin interferencias. Los Lorenz, los Singer, los Skinner, los del movimiento de Ciencia para el pueblo y muchos de los utopistas modernos, que, sin que nos demos cuenta, influyen sobre nosotros de un modo que ni siquiera imaginamos, están movidos por la noción pesimista de que, a la vez que nos humillamos ante la naturaleza, hemos de concentrar en la manipulación, genética, psicológica, sociológica, de la especie humana toda nuestra capacidad de dominio.

Esta mentalidad está ganando cada día nuevos adeptos. Veamos algunos indicadores del cambio.

La docilidad con que la sociedad ha capitulado sin resistencia ante la promesa del “te daré bienestar a cambio de tus hijos” y se ha entregado a la contracepción y al aborto, se manifiesta en que ya en algunas sociedades, como la RFA, algunos demógrafos han puesto fecha al momento en que el ciudadano de la RF podrá ser declarado “una especie en peligro de extinción”. En extensas capas sociales de los países avanzados, el número de animales domésticos es superior al de niños menores de 15 años, no porque ahora, lo mismo que ha sucedido siempre, el perro, el gato o el pájaro son el consuelo y la compañía del anciano o de quien vive solo, sino porque simple y crudamente se prefiere el animal al hombre, porque es más leal y porque nunca traiciona. Es decir, porque los animales domésticos son moralmente superiores al hombre.

Este panorama actual tiene curiosas coincidencias con el que ofrecía la antigüedad pagana.

(Guion incompleto)

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