Eutanasia y ayuda médica al suicidio. ¿Hay un derecho a morir?

Gonzalo Herranz, Departamento de Bioética, Universidad de Navarra
Conferencia pronunciada en el Colegio Mayor Bidealde
Bilbao, 17de marzo de 1998

1. En este año de fiesta y recuerdo por los 50 años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, estamos viviendo una situación paradójica. Hay un hervor en la opinión pública en torno al derecho a morir. Aquí, en España, no se para de discutir en torno a la trágica muerte de Ramón Sampedro. Pero es un tema, si no universal, sí muy difundido, con un corto pero intenso pasado y un inquietante futuro.

¡Qué cosa tan paradójica que estemos aquí discutiendo esta extraña combinación de palabras: derecho a morir! ¡Qué tiempo el nuestro! Ha luchado nuestro tiempo valientemente por los derechos humanos, ha conseguido arrinconar y casi extinguir la pena de muerte. Pero ha reculando cobardemente ante la defensa de la vida inocente. Claudicó primero al despenalizar el aborto. Ahora, mucha gente parece fascinada por asegurar el derecho a morir, por atentar, en nombre de la compasión y de la autodeterminación, contra el derecho primario a la vida, del que dependen todos los demás derechos humanos. Pero los derechos humanos no son en el fondo otra cosa que medios para acceder a las necesidades profundas de la vida, modos de ayudar a las aspiraciones de la vida buena.

2. En realidad, estamos en los preparativos de la batalla en torno al derecho a morir. Su desenlace es incierto. Si hiciéramos un recorrido por los textos legales vigentes, nos encontraríamos con que la inmensa mayoría de los países mantienen en sus Códigos Penales la prohibición, con la correspondiente penalización, de la eutanasia u homicidio por compasión y de la inducción y ayuda al suicidio. Entre esos textos legales figura, con penas muy dulcificadas para la eutanasia y relativamente muy duras para la ayuda al suicidio, el reciente Código Penal Español de 1995.

Ese muro legal que se opone a la administración de la muerte al enfermo terminal empieza a sufrir algunas fisuras, parece muy débil para contener toda la presión que los manipuladores de la opinión le están aplicando. Para empezar, están las normas holandesas sobre decisiones médicas al final de la vida, normas que autorizan la eutanasia y la ayuda médica al suicidio, no en el Código Penal o en un texto legal de alto nivel, sino en una enmienda al oscuro reglamento de sepelios y cremaciones. En segundo lugar, la Ley del Estado de Oregón, votada en referendum y que ya está a punto de ser promulgada. Y después, otras cosas más: la anulada ley del Territorio del Norte de Australia, algunas sentencias judiciales en Japón, en algunos otros Estados de los USA, en Canadá. Y, curiosamente, el mandato del Tribunal Constitucional de Colombia al Parlamento de aquella República para que despenalice ampliamente la eutanasia.

No faltan tampoco las decisiones legislativas y judiciales al más alto nivel que se oponen a la eutanasia y a la ayuda médica al suicidio: la de la Cámara de los Lores, de 1995; las sentencias de la Corte Suprema de los Estados Unidos que niega base constitucional a la ayuda al suicidio, de 1997.

3. Pero, como no soy especialista en Derecho Constitucional ni en Derecho Penal comparado, me parece que no debo seguir por ahí. Como Profesor de Bioética no debo plantearme la pregunta más general de si hay un derecho a morir, en el sentido de si, de la doctrina de los derechos humanos, se puede deducir que hubiera uno, nuevo y libertario, que consistiera en la potestad de decidir cada uno su propia muerte en el lugar, en las circunstancias y por la razones que uno decidiera. Prefiero llevar el toro a mi propio terreno: el de la ética médica y el de los derechos de los pacientes. Porque estos, los derechos de los pacientes, son algo así como la modulación afinada de los derechos humanos aplicados a la peculiar situación del hombre enfermo que ha establecido una relación con otro hombre, el médico. Ser médico y ser paciente son dos modos cualificados de existencia humana.

Por tanto, la pregunta queda formulada así: ¿hay, en el contexto de la ética y de los derechos de los pacientes, un derecho a morir? Tengo la impresión de que la pregunta es muy interesante, pues es universal y, más temprano o más tarde, a todos los seres humanos nos afecta.

Y es muy oportuna. Hay, al parecer, una estrecha relación entre invocar el derecho a morir y estar gravemente enfermo, pues el derecho a morir es reclamado por gente, o para gente, que está muy enferma o vitalmente muy depauperada: para quienes padecen dolores o sufrimientos insoportables, para los que están reducidos a una vida vegetativa o de demencia avanzada, para los que -como los cuadripléjicos- dependen de otros de un modo que tienen por humillante, o por quienes simplemente están cansados de vivir, o con una vida tan inútil, triste o deprimida, que se suponen una carga muy molesta para los demás. Motivos, todos ellos, que, al parecer, tienen que ver con la medicina.

4. El problema, tiene unas importantes dimensiones sociales o, mejor, sociológicas que lo complican y lo hacen difícil de tratar. Porque aquí nos topamos con la ética plebiscitaria. La mayor parte de las encuestas, dicen que la mayor parte de la gente opina que si la vida se le hace a uno demasiado miserable, dolorosa o insatisfactoria, uno tiene derecho a acabar con ella y a recibir, si fuera necesaria, la ayuda de un médico o, por lo menos, de un tercero darse la muerte. Lo dice la gente, a bote pronto, respondiendo con una sonrisa de circunstancias y la mirada perdida a la pregunta de respuesta prefabricada que hace la sonriente encuestadora. En los resultados de los estudios sociométricos prevalece la opinión favorable a la despenalización de la eutanasia y de la ayuda médica al suicidio, con la excepción de los grupos de edad superior a 65 años. Esta opinión mayoritaria, presentada como éticamente válida, escamotea la necesidad de la reflexión ética seria, dispensa a la mayoría que así opina de la necesidad de cualquier fundamentación o justificación filosófica o jurídica: a la gente de ahora le gusta instalarse confortablemente en cualquier género de mayoría. Incluido el gobierno. Hace unas semanas y en Madrid, el Senado, con su mayoría absoluta de centro-derecha, acordó crear una Comisión de Expertos para ayudar a los legisladores a redactar una Ley que consagre el derecho de cada uno a disponer de su propia vida: el procedimiento parlamentario se impone a lo moral sustantivo.

La idea, que tanto complace a las agencias de demoscopia, pues viven de crear mayorías y de halagarlas, es que la opinión mayoritaria puede establecer lo que es bueno o malo, lo que debe ser consagrado por la ley, lo que es norma social de conducta. Pero eso, que es tan eficaz en el juego político, es peligroso en el terreno de la ética. Se olvida la gente que ha habido y hay, en la historia de la humanidad, normas legales o costumbres éticamente aberrantes que han gozado de apoyo popular masivo (como la esclavitud, el racismo, la xenofobia, la pena de muerte). Y que ha habido mayoritarios apoyos de la opinión pública a regímenes políticos que han violado los derechos de las minorías, y eso no muy lejos ni el tiempo ni en la distancia. La opinión pública o las decisiones parlamentarias no son ninguna cátedra de ética.

5. La situación del presente es, paradójicamente, esta: aunque, legislativamente, la pelota está todavía en el tejado, está claro que la tendencia dominante en la opinión pública es favorable a crear un derecho nuevo: el de exigir del médico la eutanasia o la ayuda al suicidio. Por tanto, todo es cuestión de aumentar la presión social para vencer la resistencia de los que se oponen al progreso. La carga de la prueba no recae sobre los innovadores, respaldados por el masivo y pasivo apoyo popular que revelan las encuestas de opinión. La carga de la prueba recae sobre las minorías que sostienen que la legalización de la eutanasia y de la ayuda al suicidio constituyen un trágico error ético, un traspiés jurídico de incalculables consecuencias, un desgarramiento irreparable del tejido social, una utilización perversa de la Medicina.

Lo que, a mi parecer, ocurre en el fondo es que el derecho a morir es una idea que ha sido abrazada con entusiasmo por la pequeña oligarquía de intelectuales de moda, por los influyentes periodistas científicos que desde algunas revistas crean y difunden la opinión pública de la ciencia y la medicina, y por los que les siguen, porque proponer la despenalización de la eutanasia y de la ayuda médica al suicidio está de moda, es lo que se lleva, porque es escandaloso y posliberal, individualista y políticamente correcto. Es propio -se dice- de los países avanzados y de las personas de ideas avanzadas de cualquier país; de los adoradores de la salud y del bienestar, de la calidad de vida y del poder; de los se han emancipado de la religión y se han liberado de Dios.

Lo cual quiere decir que la ideología eutanática es extraña a los pobres y humildes, a la gente que recibe la vida como un regalo al que no se le ponen condiciones, a los que todavía forman una piña familiar y se quieren tal como son y tal como salgan. Saben que la vida, antes que ser un derecho, es un hecho, un fiat maravilloso de Dios. Que cada uno de nosotros esté vivo es un hecho que nunca podremos explicar, pero que hemos de afirmar. Conviene pensar en esto, porque vivimos como si la vida pudiera darse por supuesta. El Papa, en la Encíclica Evangelium vitae, habla de celebrar el evangelio de la vida. Pienso que deberíamos hacer muchos actos de alegría por estar vivos, por estar maravillosamente vivos. De reconocer que cada uno de nosotros somos un universo, un mundo. Así piensa la gente sencilla, pues esa es una de las cosas que Dios revela a los humildes y que oculta a los soberbios. En Estados Unidos, las encuestas revelan con notable constancia que la legalización de la eutanasia y de la ayuda médica al suicidio recibe muy poco apoyo de los ancianos, los negros e hispanos, de los pobres y los que practican alguna religión y van a la iglesia: esto es, de los bienaventurados pobres de espíritu.

6. Es hora ya de centrarnos en la pregunta básica: ¿Puede darse un derecho a morir? No sé ni puedo ponerme ahora a teorizar sobre qué es un derecho en general, qué son los derechos humanos. Me limitaré a recordar, porque es necesario hacerlo en este tiempo nuestro, tan posmoderno y exagerador de la autonomía, que los derechos legales o morales no son ni deseos, ni intereses, ni capacidades ni necesidades. En el fondo, los derechos humanos se corresponden con las libertades fundamentales, tan incuestionables que, para ponerlas a seguro de cualquier interferencia o limitación, quedan constituidas en derechos inalienables de la persona. De ese modo, la dignidad de cada uno, incluidos los pobres y débiles, queda a salvo de la interferencia de los otros, incluidos los ricos y fuertes.

Ha sido necesario formular las cartas de derechos humanos y de derechos de los pacientes porque, históricamente, nunca la dignidad humana ha sido plenamente respetada. El núcleo de esa dignidad no está constituido por deseos, intereses, capacidades o necesidades: no podemos invocar un derecho de hacer o tener las cosas que nos gustaría hacer o tener, de estar sanos, de tener un empleo agradable, de ser sabios y guapos. Tenemos, en cambio, derecho a que se respete nuestra vida, a ser tratados siempre como personas, a que no se nos limite la libertad de pensar, de practicar la religión, de asociarnos unos con otros, de expresar nuestras convicciones. Estos derechos están justificados porque protegen las libertades defendibles y razonables de cada uno en medida tal que crean en los demás el deber de respetarlos. El derecho legítimo de uno implica necesariamente la obligación de respeto en los otros.

7. ¿Tengo realmente un derecho a la muerte? ¿Tengo un derecho a determinar el tiempo, el lugar y el modo de poner fin a mi vida, de ejecutar mi muerte, y, en consecuencia, de exigir a otros que respeten ese derecho mío, que no me impidan ejercerlo, incluso que me ayuden a cumplirlo cuando yo decida ejercerlo?

Tomado al pie de la letra, derecho a morir vendría a significar un derecho, absurdo, a algo inevitable, pues la muerte es algo que todos tenemos por un mal. Se podría, sin embargo, hablar aceptablemente de derecho a morir en un contexto muy especial: cuando la muerte se presenta como un bien. Es el derecho a rechazar la medicina tecnificada fútil, el abuso terapéutico encarnizado, el propósito de alargar la precaria vida terminal a toda costa, aplicando tratamientos deliberadamente inútiles e irracionales, causantes de mucho dolor y de gastos desmesurados. Y todo eso para mantener una vida extremadamente precaria o una mera apariencia de vida.

El único sentido aceptable de derecho a morir se refiere a este derecho a rechazar los tratamientos médicos inútiles, testarudamente obstinados y sin esperanza, del ensañamiento terapéutico.

8. Por derecho a morir se entiende, en la dialéctica de los movimientos en favor de la eutanasia y de la ayuda al suicidio, en los movimientos del derecho a morir dignamente, no el noble derecho a elegir como vivir mientras a uno le llega la muerte, oponiéndose a la locura del abuso médico, sino el derecho a decidir autónomamente las circunstancias de la propia muerte y a recibir ayuda activa para realizarlo. Es el derecho a que le administren a uno la inyección letal, si uno así lo exigiera, o a que le entreguen una sobredosis de algún fármaco para autoprovocarse la muerte en el instante en que uno lo decida. Es no un derecho a morir, sino un derecho a exigir que otro sea el autor de un homicidio compasivo consentido, o a exigir de otro que colabore con eficacia al acto de suicidarse.

9. El argumento típico para este derecho a morir dice así: La persona que reclama el derecho a morir desea sinceramente poner término a su vida, o que alguien acabe con ella: por tanto, ni el suicida ni quien elimina a esa persona cometen una injusticia, pues actúan por respeto a la dignidad de la vida, a la independencia y autonomía personal, y movidos de compasión por el que sufre. En este contexto, se admite que pueda haber una legítima y atendible petición de ayuda a morir por parte de quien sufre tanto dolor, o tanta incapacidad y tanta minusvalía, que considera que seguir viviendo es una tortura insoportable. Y se admite, en ese contexto, que puede hacer esa petición también el que prefiere morir a seguir viviendo cuando la vida se le antoja indigna a causa de la pérdida de autonomía e independencia; o el que no desea seguir siendo para los otros una carga financiera o emocional, pues no quiere, con su presencia menesterosa, empañar la felicidad o la libertad de sus allegados; incluso quien simplemente desea ejercer su derecho a controlar altaneramente su propio destino.

En consecuencia, existe un derecho a morir de la persona, que se materializa en un mundo avanzado en el derecho a la eutanasia y a la ayuda médica al suicidio. Por ello, eutanasia y a ayuda médica al suicidio deberían ser garantizados por la correspondiente legislación, pues sólo así podrían ser exigidos y satisfechos sin dificultad.

El argumento concluye con conceptos bien conocidos: quienes piensen que la vida es sagrada y nunca dispensable pueden profesar pacíficamente sus ideas, pero ni pueden imponer a otros su noción de la sacralidad de la vida, ni pueden impedir, a quien desee poner fin a su vida, que ejerza su derecho a morir y a recibir ayuda de quienes libremente están dispuestos a prestársela.

10. Dentro de la ética médica, los defensores, en general muy moderados, del derecho a morir -a la eutanasia y a la ayuda médica al suicidio- razonan que un fuerte y genuino motivo de compasión en el médico puede justificar una excepción al deber siempre prevalente de respetar la vida, puede desculpabilizar un acto, ordinariamente condenable, como es el de poner deliberadamente fin a la vida de su paciente. Pero ese razonamiento no sólo es éticamente erróneo, sino que llevaría lenta pero ineluctablemente a la ruina de la Medicina como profesión.

Se apoya esa argumentación en unos postulados éticos parciales o falsos. No sólo no tiene en cuenta algunos hechos de gran significación: unos, de naturaleza religiosa, como son el tener la vida como un don, como algo que se nos regala pero de lo que no somos dueños absolutos, sino humildes administradores; otros, típicamente humanos y no sólo cristianos, como es la capacidad, de encontrar significado al sufrimiento. El razonamiento “médico” en favor de la eutanasia y de la ayuda al suicidio falsea los cimientos mismos de la medicina.

11. En primer lugar, sostiene que un motivo de genuina compasión hace bueno y médico el acto de quitar la vida al paciente, que la piedad ante el sufrimiento ajeno justifica esas acciones del médico. Pero, ¿es eso así?

Que el médico de muerte intencionadamente a su paciente es sin excepción y siempre una violencia al deber de cuidar del bien básico de la vida humana que la sociedad le ha confiado. Siempre, acabar con una vida es un acto contrario a la ética de la profesión: aunque lo hiciera el médico en nombre de la justicia, como ocurre en la pena de muerte medicalizada; o en nombre de la compasión, como en la eutanasia; o en obsequio de la autonomía, como sucede en el suicidio ayudado por el médico. Los motivos tienen un fuerte significado ético, pueden modificar profundamente la responsabilidad o la culpabilidad subjetiva, influyen sobre la psicología del agente moral. Pero los motivos no cambian la naturaleza del acto mismo. No cambian el hecho objetivo de que se da muerte a un ser humano, se pone fin deliberadamente a su vida.

Los motivos no cambian esa naturaleza, aunque el enfermo haya dado su consentimiento: la complicidad de la víctima no cambia la calificación ética de la acción. El resultado de tal acción es la muerte deliberada de una persona, con independencia del modo, abrupto o delicado, en que el médico la haya ejecutado.

Además, los motivos sólo pueden ser éticamente juzgados en el fuero interno. Bajo el manto de una compasión de apariencia muy pura, pueden ocultarse en la conciencia de quien accede a practicar la eutanasia motivos bastante egoístas de cansancio, hastío o impaciencia.

12. En segundo lugar, propone que el alivio del dolor mediante la muerte compasiva debe incluirse entre los fines de la Medicina. Pero las consecuencias de tal proposición serían mortales para el ethos de la Medicina.

Si los médicos fueran autorizados por ley a ayudar activamente a morir a sus pacientes, la Medicina se vendría abajo. Un médico no puede, en un momento, pugnar con toda dedicación y empeño por rescatar una vida que está en una situación crítica y, en el momento siguiente, aplicar una inyección letal a un paciente que así se lo ha pedido. No puede el médico tener una vela encendida a San Miguel y otra al diablo. Su sentido del valor y significado de las vidas humanas, su estimación del valor y significado del sufrimiento, su medida de lo que es tolerable en la vida y de cuando una vida se vuelve insoportable, todos esos sentidos y estimaciones son totalmente distintos en un contexto de respeto absoluto a la vida humana o en un contexto en que ese respeto se relativiza.

13. ¿Qué quiere decir relativizar el respeto por la vida humana? Que la vida humana entra en el mercado de valores. Se hace prácticamente mantener que ella vale por sí misma, que es un valor en sí, inestimable, libre de oscilaciones. Quiere decir que el respeto por la vida de los pacientes pasa a ser una variable que depende de factores y estimaciones que cambian y se recombinan de modos aleatorios, que se someten a cálculo y comparación.

La cosa no sucede en la abstracción de la filosofía moral, ni en las discusiones teóricas de los bioéticos, donde se manejan conceptos y casos, problemas y argumentos. La cosa sucede en la realidad de carne y hueso: le sucede a médicos reales y a pacientes reales. Si, como lo establecen o lo establecerán inevitablemente las leyes, se confía a los médicos la función de jueces y administradores del derecho a morir, conviene saber que esos médicos son médicos reales. Y los pacientes, pacientes reales.

Los médicos reales tienen estupendas virtudes y tienen también defectos patentes. Son humanos, muy humanos. Esto quiere decir que tienen altibajos, que a veces andan muy cansados, irritables, hartos de la lucha, perdida, contra la muerte, o de la lucha, nunca ganada, contra ellos mismos. Hay pacientes que no les caen bien a los médicos, por muchas razones, todas ellas terriblemente humanas. En ocasiones, pueden entrarle al médico ganas de tener un poco más de orden y tiempo en su vida siempre apresurada, necesidad de que por unas horas le dejen en paz. Si la ley le autorizara al médico a decidir si, cumplidos los requisitos legales, ciertas vidas humanas son tributarias de la eutanasia o se pueden liberar mediante el suicidio asistido, ¿qué podría hacer el médico los días que está pesimista y los que está agresivamente emprendedor, cuando anda estresado o se siente capaz de ganar mil batallas, cuando tiene unas ganas irresistibles de acabar pronto o confía en que con paciencia vencerá su batalla a la muerte?

Los médicos son humanos, muy humanos. Unas veces, cuando el ánimo está alto, tendrían por irracional o cobarde la petición de eutanasia que le dirige un paciente. Y otras veces, cuando el alma se le cae a los pies, accederían en circunstancias similares a esa misma petición. En ocasiones incluso, en vez de esperar a que el paciente pida la eutanasia, el médico podría adelantarse a sugerirle al paciente que ya no habría inconveniente en poner en marcha la ejecución de su derecho a morir, si así lo deseara. La amenaza de la compasión desbordada del médico puede, a la larga, resultar, para sus pacientes, mucho más peligrosa que la insensibilidad indiferente. No sabemos todavía mucho de la psicodinamia de compasión como virtud dominante del médico, de la compasión desligada de la razón y la prudencia.

14. El derecho a morir pone al paciente en una situación de riesgo ante él mismo: son muchos los pacientes que sienten demasiada compasión de sí mismos. El derecho a morir pone al paciente en una situación de riesgo ante sí mismo. Lo he declarado públicamente: No hay duda de que Ramón Sampedro se suicidó voluntaria y libremente. Ha sido uno de esos casos, verdaderamente estremecedores, de suicidio lúcido. Pero no puedo dejar de sospechar que, en las circunstancias de su suicidio, ha pesado enormemente la escenificación de su drama, su papel de abanderado de un movimiento, al cual le habían inducido los activistas de la muerte con dignidad. Las circunstancias de la muerte de Ramón Sampedro, el guión del drama y su puesta en escena, quedaron determinadas por la ideología y el exhibicionismo proselitista de un movimiento para el que fue captado.

En situaciones más veladas, la psicodinámica del paciente que pide la eutanasia puede ser enormemente compleja. Es bien sabido: un paciente puede reclamar su derecho a morir bajo los efectos de un cansancio crónico, de un insomnio tenaz, de una disnea agobiante, de las náuseas persistentes, de una depresión no diagnosticada o deficientemente tratada. O puede también ser la consecuencia de una terapéutica incompetente del dolor u otros síntomas, o del abandono afectivo por parte de familiares y cuidadores. Incluso puede el enfermo pedir la muerte como recurso psicológico y dramático para centrar sobre él la atención de los demás, o como represalia por desatenciones presentes o agravios pasados.

15. En la dinámica social, establecer un derecho a morir mediante la despenalización de la eutanasia empieza por significar que matar sin dolor es una forma excepcional de tratar ciertas enfermedades, que sólo se autoriza para situaciones extremas y muy estrictamente reguladas. Pero, en pocos años, inexorablemente, por efecto del acostumbramiento social y del activismo pro-eutanasia, el ejercicio del derecho a morir termina por significar que matar por compasión es una alternativa terapéutica aceptada, un acto médico como otro cualquiera. Y tan eficaz y respetuoso de la autonomía del paciente, que los médicos no pueden moralmente rehusarla. La razón es obvia: la eutanasia, reconocida como un acto médico, es tan limpia, rápida, eficiente, indolora, compasiva, cómoda, estética y económica -no hay ninguna otra intervención médica que pueda competir en coeficiente costo/eficacia- que se convierte en una tentación invencible.

16. El derecho a morir, la posibilidad de legalizar la eutanasia o la ayuda médica al suicidio es un peligro demasiado próximo, demasiado mortal. No sólo para los pacientes que pudieran exigirlo, no sólo para los médicos que hubieran de ejecutarlo. Es un peligro mortal para la Medicina como profesión y para la sociedad entera. Algo tan dañino no puede ser un derecho.

La compasión es una estupenda virtud. Sin ella, la medicina sería como un desierto. Pero la compasión ha de someterse a la razón, a la prudencia, al principio de la intangibilidad de la vida. Porque si no se sujeta a este principio, la compasión enloquece. Hay en la historia de la humanidad montones de injusticias perpetradas en nombre de la compasión, cometidas por hombres que decidieron que se sintieron obligados por la compasión hacia sus prójimos. A nuestra sociedad individualista, tan empobrecida en recursos morales, hay que recordarle que el sufrimiento tiene un papel humanizante. Que aquellos a quienes les ha caído en suerte una dosis fuerte de sufrimiento tienen el deber, estrictamente social, de portarse de modo que por ellos no se derrumbe la urdimbre de los valores humanos. Reclamar un derecho a morir es macabro cuando se corre el riesgo de desgarrar el tejido social, tan desgastado ya, de la solidaridad, y de convertirnos en una comunidad de extraños morales incapaces de compartir dolor y de administrar consuelo.

La prohibición absoluta de matar a los enfermos es, para todos, una fuerza moral maravillosa e inspiradora, que nos salva a todos, pacientes, médicos y sociedad, de los efectos perversos de la compasión. De ella nace la medicina paliativa. Prestar servicios al moribundo, acompañarle en sus últimos días con los auxilios de la medicina paliativa es una acción humanamente excelente y de alta calidad profesional. Pero matarle es robarle uno de los momentos estelares de la vida: una buena muerte completa la vida, la buena muerte es una de las experiencias más importantes que se nos dan.

Es infantil querer vivir una vida libre de dolor, ansiedad, limitaciones. Una vida facilona, hedónica, es una vida de carencias, para el que la vive y para los que le rodean, pues es una vida sin oportunidades de crecerse ante el sufrimiento y de sacar de dentro muchos recursos no utilizados. Matar por compasión disminuye el tesoro moral de la humanidad, nos hace blandos.