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Una nueva visión geopolítica de Asia

[Rory Medcalf, Indo-Pacific Empire. China and the Contest for the World’s Pivotal Region (Manchester: Manchester University Press, 2020) 310 págs.]

RESEÑASalvador Sánchez Tapia

En 2016, el primer ministro Abe de Japón y su homólogo indio, Narendra Modi, realizaron un viaje en el tren bala que une Tokio con Kobe para visualizar el nacimiento de una nueva era de cooperación bilateral. Sobre la base de esta anécdota, Rory Medcalf propone al lector una reconceptualización de la región más dinámica del globo que deje atrás la que, por mor del influjo norteamericano, ha predominado por algún tiempo bajo la denominación “Asia-Pacífico”, y que no refleja una realidad geopolítica más amplia.

El título de la obra es un tanto engañoso, pues parece aludir a un eventual dominio mundial ejercido desde la región indo-pacífica, y a la lucha de China y Estados Unidos por el mismo. No es esto lo que el libro ofrece.

Para Medcalf, un australiano que ha dedicado muchos años a trabajar en el servicio exterior de su país, “Indo-Pacífico” es un concepto geopolítico alternativo que engloba a una amplia región eminentemente marítima que comprende los océanos Pacífico e Índico, por los cuales circula la mayor parte del comercio marítimo global, así como los territorios costeros conectados por ambos mares. En el centro de este inmenso y diverso espacio se encuentran, actuando como una suerte de bisagra vertebradora, Australia, y la zona del sureste asiático que comprende el Estrecho de Malaca, vital paso marítimo.

El enfoque geopolítico propuesto sirve de argumento para articular una respuesta regional al creciente y cada vez más amenazador poder de China, que no pase por la confrontación o la capitulación sumisa. En palabras del autor, es un intento, hecho desde un punto de vista liberal, para contrarrestar los deseos de China de capitalizar la región en su favor.

En este sentido, la propuesta de Medcalf pasa por que las potencias medias de la región –India, Australia, Japón, Corea, Indonesia, Vietnam, etc.– logren una mayor coordinación para dibujar un futuro que tenga en cuenta los legítimos intereses de China, pero en el que estas potencias equilibren de forma eficaz el poder de Beijing. Se trata de que el futuro de la región esté diseñado con China, pero no sea impuesto por China. Tampoco por Estados Unidos al que, no obstante, se reconoce como actor clave en la región, y con cuyo apoyo el autor cuenta para dar cuerpo a la idea.

El argumento del libro sigue un guion cronológico en el que aparecen tres partes claramente diferenciadas: pasado, presente y futuro. La primera de ellas expone las razones históricas que justifican la consideración de la indo-pacífica como una región con entidad propia, y muestra las deficiencias de la visión “Asia-Pacífico”.

El bloque referido al presente es de índole descriptiva y hace una breve presentación de los principales actores del escenario indo-pacífico, del creciente poder militar chino, y de cómo China lo está empleando para retornar, en una reminiscencia de la época del navegante chino Zheng He, al Océano Índico, convertido ahora en arena de confrontación geoeconómica y geopolítica, así como en pieza clave del crecimiento económico chino como ruta por la que navegan los recursos que el país necesita, y como en parte marítima del proyecto global de la nueva Ruta de la Seda.

En lo tocante al futuro, Medcalf ofrece su propuesta para la región, basada en un esquema geopolítico en el que Australia, naturalmente, ocupa un lugar central. En una escala que va desde la cooperación hasta el conflicto, pasando por la coexistencia, la competición y la confrontación, el autor hace una apuesta por la coexistencia de los actores del tablero indo-pacífico con China, y plantea acciones en las tres áreas de la promoción del desarrollo en los países más vulnerables a la influencia –extorsión, en algunos casos– china; de la disuasión, en la que Estados Unidos continuará jugando un papel central, pero que no puede estar basada exclusivamente en su poder nuclear, sino en el crecimiento de las capacidades militares de los países de la región; y de la diplomacia, ejercida a varios niveles –bilateral, multilateral, y “minilateral”– para generar confianza mutua y establecer normas que eviten una escalada hacia la confrontación e, incluso, el conflicto.

Estos tres instrumentos deben venir acompañados de la práctica de dos principios: solidaridad y resiliencia. Por el primero se busca una mayor capacidad para gestionar el ascenso de China de una forma que promueva un balance entre el equilibrio de poder y el acercamiento, evitando los extremos de la contención y el acomodo a los designios del gigante. Por el segundo, los estados de la región se hacen más resistentes al poder de China y más capaces de recuperarse de sus efectos negativos.

No cabe duda de que este enfoque geopolítico, que sigue la estela abierta por Japón con su política “Indo-Pacífico Libre y Abierto”, está hecho desde una perspectiva netamente australiana y de que, de forma consciente o no, realza el papel de esta nación-continente, y sirve a sus intereses particulares de definir su lugar en el mundo y de mantener un entorno seguro y estable frente a una China que contempla de una forma cada vez más amenazadora.

Aún reconociendo esta motivación, que no deja de ser consecuencia lógica de la aplicación de los viejos conceptos del realismo, la visión propuesta no carece de méritos. Para empezar, permite conceptualizar a China de una forma que captura el interés por el Índico como algo integral a la visión que de sí misma tiene respecto a su relación con el mundo. Por otra parte, sirve como llamada de atención, tanto a las numerosas potencias medias asiáticas como a los pequeños estados insulares del Pacífico, sobre la amenaza china, ofreciendo el maná de una alternativa diferente al conflicto o a la sumisión acrítica al gigante chino. Finalmente, incorpora –al menos conceptualmente– a Estados Unidos, junto con India y Japón, a un esfuerzo multinacional capaz, por el peso económico y demográfico de los participantes, de equilibrar el poder de China.

Si la intención del concepto es la de fomentar en la región la conciencia de la necesidad de componer un equilibrio al poder de China, entonces puede argumentarse que la propuesta, excesivamente centrada en Australia, omite por completo la dimensión terrestre china, y la conveniencia de incorporar a ese balance a otras potencias medias regionales que, aunque no se cuenten entre las marítimas, comparten con ellas el temor al creciente poder de China. De forma similar, y aunque pueda pensarse que las naciones ribereñas de África y América forman parte integral de la entidad definida por las cuencas indo-pacíficas, éstas están conspicuamente ausentes del diseño geopolítico, a excepción de Estados Unidos y Rusia. Las referencias a África son muy escasas; América Central y del Sur están, simplemente, innombradas.

Se trata, en definitiva, de una interesante obra que aborda una importante cuestión de alcance global desde una óptica novedosa, realista y ponderada, sin caer en escenarios catastrofistas, sino abriendo una puerta a un futuro algo esperanzador en el que una China dominante pero cuyo poder, así se argumenta, podría haber ya alcanzado su pico máximo, pueda dar lugar al florecimiento de un espacio compartido en el corazón de un mundo reconectado de una forma que los antiguos navegantes no habían podido ni siquiera imaginar.

Nuevas tensiones en Asia Pacífico en un escenario de cambio electoral en EEUU

La Administración Trump concluye su gestión de modo asertivo en la región y pasa el testigo a la Administración Biden, que parece apostar por el multilateralismo y la cooperación

Con el mundo parado a causa del Covid-19, el gigante asiático ha aprovechado para reanudar toda una serie de operaciones con el objetivo de expandir su control sobre los territorios aledaños a su línea de costa. Tales actividades no han dejado indiferente a Estados Unidos, que a pesar de su compleja situación interna ha tomado cartas en el asunto. Con las visitas de Mike Pompeo a lo largo de Asia Pacífico, la potencia norteamericana acrecienta el proceso de contención de Pekín, materializado en una cuádruple alianza entre Estados Unidos, Japón, India y Australia. El nuevo ejecutivo que la Casa Blanca estrenará en enero podrá implicar una renovación del actuar estadounidense que, sin romper con la Administración Trump, recupere el espíritu de la Administración Obama, esto es guiados por una mayor cooperación con los países de Asia Pacífico y apuesta por el diálogo.

Pista aérea instalada por China en la isla Thitu o Pagasa, la segunda mayor de las Spratly, cuya administración hacía sido reconocida internacionalmente para Filipinas [Eugenio Bito-onon Jr]

▲ Pista aérea instalada por China en la isla Thitu o Pagasa, la segunda mayor de las Spratly, cuya administración hacía sido reconocida internacionalmente para Filipinas [Eugenio Bito-onon Jr]

ARTÍCULORamón Barba

Durante la pandemia, Pekín ha aprovechado para reanudar sus actuaciones sobre las aguas de Asia Pacífico. A mediados de abril, China procedió a designar terrenos de las islas Spratly, el archipiélago de Paracel y el banco Macclesfield, como nuevos distritos de la ciudad de Sansha, población de la isla china de Hainan. Esa adscripción administrativa causó la subsiguiente protesta de Filipinas y Vietnam, quienes reclaman la soberanía de esos espacios. La actitud de Pekín ha venido aparejada de incursiones y sabotajes a los barcos de la zona. Véase el hundimiento de un pesquero vietnamita, cosa que China desmiente argumentando que había sufrido un accidente y que estaba llevando a cabo actividades ilegales.

Las actuaciones China desde el verano han ido aumentando la inestabilidad en la región mediante ejercicios militares cerca de Taiwán o enfrentamientos con la India debido a sus problemas fronterizos; por otro lado, a la oposición filipina y vietnamita hacia los movimientos chinos cabe aunar la creciente tensión con Australia después de que este país pidiera que se investigara el origen del COVID-19, y el incremento de las tensiones marítimas con Japón. Todo ello ha llevado a una respuesta por parte de Estados Unidos, quien se postula como defensor de la libre navegación en Asia Pacífico justificando así su presencia militar, haciendo énfasis en que la República Popular China no está a favor de ese libre tránsito, ni de la democracia ni del imperio de la ley.

EEUU mueve ficha

Las tensiones entre China y Estados Unidos con relación a la presente disputa han ido in crescendo durante todo el verano, incrementando ambos su presencia militar en la zona (además, Washington ha sancionado a 24 empresas chinas que han ayudado a militarizar el área). Todo ello se ha traducido recientemente en las visitas llevadas a cabo por el secretario de Estado Mike Pompeo a Asia Pacífico a lo largo del mes de octubre. Previamente a esta ronda de visitas, este había hecho declaraciones en septiembre en el Cumbre Virtual de ASEAN instando a los países de la región a limitar sus relaciones con China.

La disputa por tales aguas afecta a Vietnam, Filipinas, Taiwán, Brunéi y Malasia, países que, junto con India y Japón, fueron visitados por Pompeo (entre otros) con el objeto de asegurar un mayor control sobre la actuación de Pekín. Durante su gira, el secretario de Estado norteamericano se reunió con los ministros de Asuntos Exteriores de India, Australia y Japón para unir fuerzas contra el gigante asiático. Seguidamente, Washington firmó en Nueva Delhi un acuerdo militar de intercambio de datos satelitales para rastrear mejor los movimientos chinos en la zona, y realizó una visita de estado a Indonesia. Recordemos que Yakarta se caracterizaba hasta el momento por una creciente amistad con Pekín y un empeoramiento de la relación con Estados Unidos con motivo de un decremento en las ayudas del programa Generalized System of Preferences (GSP). No obstante, durante la visita de Pompeo, ambos países acordaron una mejora de sus relaciones mediante una mayor cooperación en lo regional, contratación militar, inteligencia, entrenamientos conjuntos y seguridad marítima.

Por ende, este movimiento de ficha por parte de Washington ha implicado:

  • La consolidación de una cuádruple alianza entre India, Japón, Australia y Estados Unidos que se ha visto materializada en los ejercicios militares conjuntos en la Bahía de Bengala a principios de noviembre. Cabe recordar que esto se suma a los aliados tradicionales de Washington en la zona (Filipinas, Singapur y Tailandia). Además, queda abierta la posibilidad de una mayor unión con Vietnam.

  • La ampliación de su presencia militar en la zona, aumentando el flujo de material vendido a Taiwán destacando también las visitas de altos funcionarios de Washington a lo largo de julio y los meses siguientes.

  • Retorno del destructor USS Barry a las aguas del Mar del Sur de China con el objetivo de servir como símbolo de oposición a la actuación china, y como defensor de la libertad de navegación, la paz y la estabilidad.

  • Indonesia moverá su Fuerza de Combate Naval (permanentemente asentada en Yakarta) a Natuna, islas fronterizas con el Mar del Sur de China, ricas en recursos naturales y disputadas entre ambos países.

  • ASEAN se posiciona como defensor de la paz y estabilidad y a favor del UNCLOS 1982 (el cual establece el marco legal que rige para el derecho del mar) durante la cumbre celebrada en Vietnam entre el 12-15 de noviembre.

La ratio decidendi detrás de la actuación china

Como primer acercamiento a la ratio decidendi que hay detrás de la actuación china, cabe recordar que desde 2012, aprovechando la inestabilidad regional, el gigante asiático aludía a su derecho histórico sobre  los territorios del mar Meridional para justificar sus actuaciones, argumentos desestimados en 2016 por la Corte Permanente de Arbitraje de la Haya. En base al argumento de que, en su día, pescadores chinos frecuentaban la zona, se pretendía justificar la apropiación de más del 80% del territorio, confrontando desde entonces a Pekín con Manila.

Por otro lado Luis Lalinde, en su artículo China y la importancia de dominar el Mar Circundante (2017) da una visión más completa del asunto, aludiendo no solo a motivos históricos, sino también a razones económicas y geopolíticas. En primer lugar, más de la mitad de los hidrocarburos de los que se abastece China transitan por la región de Asia Pacífico, la cual constituye a su vez el principal polo económico mundial. A ello cabe aunarle que Pekín se ha visto muy marcado por el “siglo de las humillaciones”, caracterizado por una falta de control de los chinos sobre su territorio con motivo de invasiones de origen marítimo. Por último, el dominio de los mares junto con el ya alcanzado peso continental, son vitales para la proyección hegemónica de China en un área de cada vez mayor peso económico a nivel mundial. Por ello se establece el denominado “collar de perlas” para la defensa de intereses estratégicos, de seguridad y abastecimiento energético desde el Golfo Pérsico hasta el Mar del sur.

Los argumentos de Lalinde justifican la actuación china de los últimos años, no obstante, Bishop (2020), afirma en el Council on Foreign Relations que la razón detrás de la reciente actitud china se debe a cuestiones de inestabilidad interna en tanto que un pequeño sector de la intelectualidad china se muestra crítico y desconfiado con el liderazgo de Xi. Argumentando que la pandemia ha debilitado la economía y el Gobierno chino por lo que mediante acciones de política exterior debe aparentar fortaleza y vigorosidad. Por último, cabe tener en cuenta la importancia del control de los mares en relación con el proyecto de la Ruta de la Seda. En su vertiente marítima, China está haciendo una gran inversión en puertos del Índico y del Pacífico que no descarta utilizar para fines militares (véase los puertos de: Sri Lanka, Myanmar y Pakistán). De entre los principales opositores a esta alianza encontramos a Estados Unidos, Japón y la India, también en contra de la beligerante actitud china, como se ha visto.

Era Biden: oportunidades en un escenario complicado

La presidencia de Joe Biden va a estar marcada por grandes retos, tanto internos como externos. Estamos ante un Estados Unidos marcado por una crisis sanitaria, con una sociedad cada vez más polarizada y con una economía cuya recuperación, a pesar de las medidas adoptadas, presenta dudas de si será “en V” o “en W”. Además, las relaciones con Iberoamérica y Europa se han ido deteriorando, producto de las medidas tomadas por parte del presidente Trump. 

La relación entre China y EEUU ha ido fluctuando en los últimos años. La Administración Obama, consciente de la importancia que la región de Asia Pacífico ha ido alcanzando, aunada a la oportunidad que la Ruta de la Seda presenta para que Pekín expanda su dominio económico y militar, planteó en su segundo mandato su política de Pivot to Asia, comenzando a financiar y dotar de ayudas a países de la región. Durante los años de la Administración Trump, la relación con Pekín se ha deteriorado bastante, lo que pone a Biden en un escenario en el que tendrá que enfrentarse a una guerra comercial, a la carrera tecnológica en la batalla por el 5G, así como a cuestiones de seguridad regional y de derechos humanos.

Los países de la región exigen una respuesta efectiva por parte del gigante norteamericano para contener a China en la que se vea materializada la promesa de Washington sobre una zona de navegación libre y abierta. No obstante, Estados Unidos tiene que ser prudente, ya que, a excepción de Vietnam, Filipinas, y en parte Indonesia y Singapur, el resto de países de la región no sienten con urgencia la necesidad de una intervención americana. Sin embargo, a excepción de Camboya, el resto de los países tampoco aprueban la posibilidad de una hegemonía china.

Por lo general, los expertos apuntan a que en medio de esta tormenta el nuevo presidente estadounidense adoptará una actitud cuanto menos precavida pero continuista. Seguramente, en línea con la Administración Obama, se tienda a una apuesta por el multilateralismo, las alianzas de tipo económico y la integración regional sin ejercer una actitud autoritaria, rebajando la agresividad de la Administración Trump, pero siendo firmes en su postura. Todo ello implica buscar diferentes áreas en las cuales cooperar como puede ser cambio climático, la reducción de las Misiones de Freedom of Navigation o el aumento de actividades de Capacity Building.

Una mirada a un futuro cercano

Habrá que estar atentos a los últimos coletazos que pueda dar la Administración Trump en relación a este conflicto, así como a las medidas que Biden adopte durante sus primeros meses de Gobierno. No obstante, todo apunta a que, en esta situación de creciente tensión, Washington adoptará una postura cautelosa. Como hemos visto, los viajes de Pompeo han servido a Estados Unidos para reafirmar su presencia en la zona, asumiendo un rol de liderazgo, dando la respuesta que algunos países como Filipinas desean. Ahora bien, aunque, como se ha dicho, habrá que estar pendientes del correr de los próximos meses, con las bases ya asentadas, lo más probable es que Biden continúe la línea de la Administración Trump pero matizada por una apuesta por la integración regional, multilateralismo, la diplomacia y la cooperación económica para así ganar nuevos apoyos, fortalecer sus alianzas y contener a Pekín, justificando así su presencia en la zona como única potencia capaz de aglutinar fuerzas regionales para evitar una temida hegemonía china.

Adiós Asia-Pacífico, hola Indo-Pacífico: China convierte a India en el 'reino del Medio'

Área del Indo-Pacífico y territorios adyacentes

▲Área del Indo-Pacífico y territorios adyacentes [Wikimedia-Commons]

ANÁLISISEmili J. Blasco

Estamos asistiendo al nacimiento efectivo de Eurasia. Si esa palabra surgió como artificio, para reunir dos geografías adyacentes, sin relación, hoy Eurasia está emergiendo como realidad, en una única geografía. El catalizador ha sido sobre todo la apertura hacia Poniente de China: en la medida en que China ha comenzado a ocuparse de su parte trasera –Asia Central–, y ha dibujado nuevas rutas terrestres hacia Europa, las distancias entre los márgenes de Eurasia también se han ido reduciendo. Los mapas de la Iniciativa Cinturón y Ruta de la Seda tienen como efecto primero presentar un único continente, de Shanghái a París o Madrid. La guerra comercial entre Pekín y Washington y el desamparo europeo del otrora paraguas estadounidense contribuyen a que China y Europa se busquen mutuamente.

Una consecuencia de la mirada cruzada desde los dos extremos del supercontinente, cuyo encuentro construye ese nuevo mapa mental de territorio continuo, es que el eje mundial se traslada al Índico. Ya no está en el Atlántico, como cuando Estados Unidos retomó de Europa el estandarte de Occidente, ni tampoco en el Pacífico, adonde se había movido con el fenómeno emergente del Este asiático. Lo que parecía ser la localización del futuro, el Asia-Pacífico, está cediendo el paso al Indo-Pacífico, donde ciertamente China no pierde protagonismo, pero queda más sujeta al equilibrio de poder euroasiático. La ironía para China es que queriendo recuperar su pretérita posición de Reino del Medio, sus planes expansivos acaben dando centralidad a India, su velada némesis.

Eurasia se encoge

La idea de un encogimiento de Eurasia, que reduce su vasta geografía al tamaño de nuestro campo visual, ganando en entidad propia, fue expresada hace dos años por Robert Kaplan en un ensayo que luego ha recogido en su libro The Return of Marco Polo's World (2018)[1]. Justamente el renacimiento de la Ruta de la Seda, con sus reminiscencias históricas, es lo que ha acabado por poner en un mismo plano en nuestra mente Europa y Oriente, como en unos siglos en los que, desconocida América, no existía nada allende los océanos circundantes. “A medida que Europa desaparece”, dice Kaplan en referencia a las crecientemente vaporosas fronteras europeas, “Eurasia se cohesiona”. “El supercontinente se está convirtiendo en una unidad fluida y global de comercio y conflicto”, afirma.

Para Bruno Maçães, autor de The Down of Eurasia (2018)[2], hemos entrado en una era euroasiática. A pesar de lo que cabría haber predicho hace tan solo un par de décadas, “este siglo no será asiático”, asegura Maçães. Tampoco será europeo o americano, sino que estamos como en aquel momento, al término de la Primera Guerra Mundial, cuando se pasó de hablar de Europa a hacerlo de Occidente. Ahora Europa, desprendida de Estados Unidos, según argumenta este autor portugués, también pasa a integrarse en algo mayor: Eurasia.

Teniendo en cuenta ese movimiento, tanto Kaplan como Maçães vaticinan una disolución de Occidente. El americano pone el acento en las deficiencias de Europa: “Europa, al menos como la hemos conocido, ha comenzado a desaparecer. Y con ella Occidente mismo”; mientras que el europeo señala más bien el desinterés de Estados Unidos: “Uno tiene la sensación de que la vocación universalista estadounidense no es garantizar la preeminencia global de la civilización occidental, sino seguir como la única superpotencia global”.

Cambia el eje del mundo

A raíz del descubrimiento español de América, en el siglo XVI se veía coronar una traslación gradual hacia Occidente de la hegemonía y de la civilización en el mundo. “Los imperios de los persas y de los caldeos habían sido reemplazados por los de Egipto, Grecia, Italia y Francia, y ahora por el de España. Aquí permanecería el centro del mundo”, escribe John Elliott citando un escrito de la época, del humanista Pérez de Oliva[3]. La idea de estación final también se tuvo cuando el peso específico del mundo se situó en el Atlántico, y luego en el Pacífico. Hoy proseguimos de nuevo ese viraje hacia Poniente, hasta el Índico, sin ya quizá mucho ánimo de darlo por definitivo, aunque se complete la vuelta sobre cuyos inicios teorizaron los renacentistas.

Al fin y al cabo, también ha habido traslaciones del centro de gravedad en sentido contrario, si atendemos a otros parámetros. En las décadas posteriores a 1945 la localización media de la actividad económica entre diferentes geografías estuvo situada en el centro del Atlántico. Con el cambio de siglo, sin embargo, el centro de gravedad de las transacciones económicas ha estado emplazado al Este de las fronteras de la Unión Europea, según apunta Maçães, quien pronostica que en diez años el punto medio estará en la frontera entre Europa y Asia, y a mitad del siglo XXI entre India y China, países que están “abocados a desarrollar la mayor relación comercial del mundo”. Con ello, India “puede convertirse en el nudo central entre los extremos del nuevo supercontinente”. Moviéndonos hacia un lado del planeta hemos llegado al mismo punto –el Índico­– que en el viaje en sentido contrario.

El mundo isla

A diferencia del Atlántico y del Pacífico, océanos que en el globo se extienden verticalmente, de polo a polo, el Índico se despliega horizontalmente y en lugar de encontrar dos riberas, tiene tres. Eso hace que África, al menos su zona oriental, forme parte también de esta nueva centralidad: si la rapidez de navegación propiciada por los monzones ya facilitó históricamente un estrecho contacto del subcontinente indio con la costa este africana, hoy las nuevas rutas de la seda marítimas pueden acrecentar aún más los intercambios. Eso y la creciente llegada de migrantes subsaharianos a Europa refleja un fenómeno centrípeto que incluso da pie a hablar de Afro-Eurasia. Así que, como apunta Kaplan, referirse al mundo isla como en su día hizo Halford Mackinder “ya no es algo prematuro”. Maçães recuerda que Mackinder veía como una dificultad para percibir la realidad de ese mundo isla el hecho de que no fuera posible circunnavegarlo por completo. Hoy esa percepción debiera ser más fácil, cuando se está abriendo la ruta del Ártico.

En el marco de las teorías complementarias –verso y reverso– de Halford Mackinder y de Nicholas Spykman sobre el Heartland y el Rimland, respectivamente, cualquier centralidad de India tiene que traslucirse en poder marítimo. Cerrado su acceso al interior de Asia por el Himalaya y por un antagónico Pakistán (le queda el único y complejo paso de Cachemira), es en el mar donde India puede proyectar su influencia. Como India, también China y Europa están en el Rimland euroasiático, desde donde todas esas potencias disputarán el equilibrio de poder entre ellas y también con el Heartland, que básicamente ocupa Rusia, auque no en exclusiva: en el Heartland también se encuentran las repúblicas centroasiáticas, que cobran un especial valor en la competencia por el espacio y los recursos de un encogido supercontinente.

Pivot a Eurasia

En esta región del Indo-Pacífico, o del Gran Índico, que va del Golfo Pérsico y las costas de África oriental hasta la segunda cadena de islas de Asia-Pacífico, a Estados Unidos le corresponde un papel exterior. En la medida en que el mundo isla se cohesiona, queda más remarcado el carácter satelital estadounidense. La gran estrategia de Estados Unidos deviene entonces en lo que ha sido el tradicional imperativo del Reino Unido con respecto a Europa: impedir que una potencia domine el continente, algo que más fácilmente se logra apoyando a una u otra potencia continental para debilitar a la que en cada momento sea más fuerte (Francia o Alemania, según la época histórica; hoy Rusia o China). Ya en la Guerra Fría, Estados Unidos se esforzó por impedir que la URSS se alzara en hegemón al controlar también Europa Occidental. Eurasia entra en un juego de equilibrio de poder presumiblemente intenso, como lo fue el escenario europeo entre el siglo XIX y el XX.

Por eso, Kaplan dice que Rusia puede ser contenida mucho más por China que por Estados Unidos, como también Washington debiera aprovechar a Rusia para limitar el poder de China, a sugerencia de Henry Kissinger. Para ello, el Pentágono debiera ampliar hacia el Oeste la presencia estratégica que tiene en el Pacífico Occidental: si como potencia exterior y marítima no puede acceder al centro continental de Eurasia, sí puede tomar posición en las entrañas mismas de esa gran región, que es el propio Índico.

“Si Obama hizo el pivot a Asia, entonces Trump ha pivotado a Eurasia. Quienes toman decisiones en Estados Unidos parecen crecientemente conscientes de que el nuevo centro de gravedad en la política mundial no es el Pacífico ni el Atlántico, sino el Viejo Mundo entre los dos”, ha escrito Maçães en un ensayo posterior a su libro[4].

 

Imagen de la presentación oficial de la Free and Open Indo-Pacific Strategy japonesa

Imagen de la presentación oficial de la Free and Open Indo-Pacific Strategy japonesa [Mº Exteriores de Japón]

 

Alianzas con India

El cambio de foco desde Asia-Pacífico al Indo-Pacífico por parte de Estados Unidos fue expresado formalmente en la Estrategia de Seguridad Nacional publicada en diciembre de 2017, el primero de ese tipo de documentos elaborado por la Administración Trump. Consecuentemente, Estados Unidos ha rebautizado su Comando del Pacífico como Comando del Indo-Pacífico.

La estrategia de Washington, como la de otros destacados países occidentales de la región, sobre todo Japón y Australia, pasa por una coalición de algún tipo con India, por el carácter central de este país y como mejor manera de contener a China y Rusia.

La conveniencia de una mayor relación con Nueva Dehli ya fue esbozada por Trump durante la visita del primer ministro indio, Narendra Modi, a Washington en junio de 2017, y luego por el entonces secretario de Estado, Rex Tillerson, en octubre de 2017. El sucesor de este, Mike Pompeo, abordó un marco más definido en julio de 2018, cuando anunció ayudas de 113 millones de dólares para proyectos destinados a lograr una mayor conectividad de la región, desde tecnologías digitales a infraestructuras. El anuncio fue entendido como el deseo estadounidense de hacer frente a la Iniciativa Cinturón y Ruta de la Seda lanzada por China.

En ocasiones, la Estrategia para el Indo-Pacífico de Estados Unidos se presenta asociada a la Estrategia para un Indo-Pacífico Libre y Abierto (FOIP), que es el nombre puesto por Japón para su propia iniciativa de cooperación para la región, ya expuesta hace diez años por el primer ministro japonés Shinzo Abe. Ambas son coincidentes en contar con India, Japón, Australia y Estados Unidos como los principales garantes de la seguridad regional, pero presentan dos principales divergencias. Una es que para Washington el Indo-Pacífico va desde el litoral oriental de India hasta la costa oeste estadounidense, mientras que en la iniciativa japonesa el mapa va del Golfo Pérsico y la costa africana a Filipinas y Nueva Zelanda. La otra tiene que ver con la manera de percibir a China: la propuesta japonesa busca la cooperación china, al menos en el nivel declarativo, mientras que el propósito estadounidense es hacer frente a los “riesgos de dominio chino”, como se consigna en la Estrategia de Seguridad Nacional.

India también ha elaborado una iniciativa propia, presentada en 2014 como Act East Policy (AEP), con el objeto de potenciar una mayor cooperación entre India y los países de Asia-Pacífico, especialmente de la ASEAN. Por su parte, Australia expuso su Policy Roadmap para la región en 2017, que descansa en la seguridad que ya viene prestando Estados Unidos y aboga por un continuado entendimiento con las “las democracias indo-pacíficas” (Japón, Corea del Sur, India e Indonesia).

Otras consecuencias

Algunas otras consecuencias del nacimiento de Eurasia, de diferente orden e importancia, son:

–La Unión Europea no solo está dejando de ser atrayente como proyecto político e incluso económico para sus vecinos, debido a sus problemas de convergencia interna, sino que la realidad de Eurasia la reduce a ser una península en los márgenes del supercontinente. Por ejemplo, pierde cualquier interés la vieja cuestión de si Turquía forma o no parte de Europa: Turquía va a tener una mejor posición en el tablero.

–Adquieren toda su importancia los corredores que China quiere tener abiertos hacia el Índico (Myanmar y, sobre todo, Pakistán). Sin poder recobrar el estatus milenario de Reino del Medio, China valorará aún más disponer de la provincia de Xinjiang como modo de estar menos escorada en un lado del supercontinente y como plataforma para una mayor proyección hacia el interior del mismo.

–El pivot a Eurasia por parte de Estados Unidos obligará a Washington a distribuir sus fuerzas en una mayor extensión de mar y sus riberas, con el riesgo de perder poder disuasorio o de intervención en determinados lugares. Cuidar el Índico puede llevarle, sin pretenderlo, a descuidar el Mar de China Meridional. Un modo de ganar influencia en el Índico sin gran esfuerzo podría ser trasladar la sede de la Quinta Flota de Bahréin a Omán, igualmente a un paso del estrecho de Ormuz, pero fuera del Golfo Pérsico.

–Rusia se ha visto tradicionalmente como un puente entre Europa y Asia, y ha contado con alguna corriente defensora de un euroasianismo que presentaba Eurasia como un tercer continente (Rusia), con Europa y Asia a cada lado, y que reservaba el nombre de Gran Eurasia al supercontinente. En la medida en que este se encoja, Rusia se beneficiará de la mayor conectividad entre un extremo y otro y estará más encima de sus antiguas repúblicas centroasiáticas, aunque estas tendrán contacto con un mayor número de vecinos.

 

(1) Kaplan, R. (2018) The Return fo Marco Polo's World. War, Strategy, and American Interests in the Twenty-First Century. Nueva York: Random House

(2) Maçães, B. (2018) The Dawn of Eurasia. On the Trail of the New World Order. Milton Keynes: Allen Lane

(3) Elliott, J. (2015) El Viejo Mundo y el Nuevo (1492-165). Madrid: Alianza Editorial

(4) Maçães, B. (2018). Trump's Pivot to Eurasia. The American Interest. 21 de agosto de 2018