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La historia, maestra de esperanza

Diego Manrique, alumno de 4º de Filosofía y Derecho, reflexiona sobre la importancia
de hacer propia la historia de una patria, en su caso, de Venezuela. ¿En qué sentido
la historia nos interpela? ¿Se trata solo de mirar hacia atrás? La esperanza es lo que nos
ilumina en medio de las dificultades: “El valor de las experiencias pasadas está en que
son lecciones, enseñan”.
 

Eneas de Troya, “La Conquista de Caracas” (23 de enero), 2016

Eneas de Troya, “La Conquista de Caracas” (23 de enero), 2016, Flickr
(fragmentos distribuidos por la publicación)

De todas maneras, reflexionando sobre ello, creo que la decisión de emigrar es
apropiada siempre que (…) uno conciba los estudios como una pura recopilación
de información. Pero si lo que le preocupa a uno es la verdad, debería buscarla
más bien dentro de sí mismo y en el mundo al que le lanzó el destino. Quien no
hace ese intento, difícilmente la encontrará en otro lugar. ¿No se trata, en muchos
casos, más bien de huir de la verdad que de emprender un viaje en su búsqueda?

Václav Havel, Cartas a Olga, Galaxia Gutemberg, Barcelona, 1997

Para hablar de cualquier tema hace falta conocerlo, al menos un poco. Conocer, a su vez, supone llevar el tema dentro de sí, aunque aquel pueda estar lejos del hablante, como cuando uno habla de un lugar que ha visitado. En esta ocasión, quisiera hablar de mi país, Venezuela. Aun en la distancia, pensarlo me ayuda a tenerlo presente, a seguirlo queriendo, pues uno va dejando de amar en la medida en que comienza a olvidar. Sin embargo, estas líneas no son grandes disquisiciones ni pretenden serlo. Son, más bien, reflexiones de un venezolano que trata de entender y pensar un poco su patria, que tanto quiere. En cualquier caso, escribirlas siempre ayudará a pensarlas mejor, y si con estas líneas logro decirles algo, me daré por satisfecho.  

Hace unos años, mientras conversaba con dos amigos sobre la situación venezolana, un muchacho, que nos escuchaba atentamente, se nos acercó y nos dijo: “Honestamente no sé para qué hablan de Venezuela si siempre es lo mismo, es una pérdida de tiempo. Lo mejor es ignorar el tema”. Aunque su comentario me resultó algo odioso, con el tiempo aquel muchacho se convirtió en un amigo muy querido. Tras su interrupción, me parece que le pregunté ―muy sutilmente― qué había venido a hacer entonces. Si el asunto era una pérdida de tiempo, ¿por qué no lo ignoró? Sin embargo, en su pregunta aparentemente desinteresada, pensé que había una cierta inquietud: ¿hay quienes les importa todavía hablar del país? 

Ante un declive como el que nos ha tocado vivir, para muchos venezolanos el desaliento es razonable, incluso legítimo: el país perdió el camino de la democracia y ello ha puesto en peligro la república. “¿Qué hice yo para vivir en un país como este? Total, yo no voté por Hugo Chávez, “¿Dónde está esa Venezuela tan de ensueño que me cuentan mis padres y abuelos?” Más de uno se habrá preguntado. En definitiva, ¿por qué, si pudieran ser las cosas de otro modo, son así y no distintas? 

Como ocurre ante preguntas tan hondas, esperar una respuesta precisa y clara es poco más que una ilusión. Son muchos los elementos que están detrás de los cambios históricos en una sociedad como para pretender reducirlos al voto. La democracia tiene más que ver con una mentalidad que con madrugar para ir a votar. No obstante, si hacemos un vistazo rápido a los últimos veinte años, pareciera que parte de nuestros problemas han sido, por un lado, entregar las riendas del país a las personas equivocadas y, por otro, no quitárselas a tiempo. Quizá somos (en parte) responsables por haber sido indiferentes. Con todo, echar una mirada atrás siempre nos aportará luces para entender nuestro presente. El valor de las experiencias pasadas está en que son lecciones, enseñan.

Eneas de Troya, “La Conquista de Caracas” (23 de enero), 2016

Desde niño siempre me interesó la historia de mi país. Tenía un tío, el hermano mayor de mi madre, que cuando me visitaba se dedicaba a hablarme de las Guerras de Independencia, la Revolución Francesa y las Guerras Mundiales. Para un niño pequeño, que le cuenten historias de forma apasionada es mucho más enriquecedor que cualquier videojuego. Quizá por eso a muchos suele gustar que sus padres les lean cuentos antes de dormir, como mi madre hacía: los cuentos relatan experiencias, son pequeñas historias hechas propias. A medida que fui creciendo, comenzaba a investigar, muy someramente, sobre mi país. Los presidentes que habíamos tenido, los nombres de los distintos periodos, personajes célebres, nuestras plazas, etc. Era una especie de rompecabezas: iba juntando las piezas para obtener el conjunto. 

Ya en la universidad, la oportunidad de leer algunos ensayos iba dando color a la imagen que tenía del país. Comenzaba a entender. Me daba cuenta de que algunos de nuestros problemas son el desprecio por nuestros verdaderos logros y la exaltación, por el contrario, de nuestros fallos. Como la usual predilección por el gobierno militar y de mano dura, en lugar del concilio de voluntades que inspira el gobierno civil. La facilidad con que desacreditamos nuestro periodo democrático, por la alabanza del oscuro lustro de la dictadura militar de Marcos Pérez Jiménez. Ello nos habla de un país que se mira con mucho escepticismo, quizá porque se cree incapaz de alcanzar grandes triunfos, aunque nuestra historia demuestre lo contrario. No se nos olvide que, en efecto, tuvimos una verdadera convivencia democrática. Así es, la tuvimos, lo cual debería hacernos entender que también podremos tenerla otra vez. 

Eneas de Troya, “La Conquista de Caracas” (23 de enero), 2016

Por el contrario, el (des)gobierno actual, con el desastre a que ha conducido el país y la brutalidad con la que actúa, parece apostar a que tengamos una visión pesimista de nosotros mismos: que no podemos cambiar nuestra lamentable situación. Sería darle la razón, y con ello reducir el valor de tantas vidas perdidas en la lucha por el destino del país, considerar que no somos capaces de ordenarnos como sociedad. En el fondo, qué tipo de venezolanos queremos ser es algo que está en juego. 

Evidentemente, no es delito ignorar la historia. Sin embargo, conocerla me ayudará a tener criterio y a pensar por mí mismo, pues la ignorancia nos hace presa fácil del engaño. Si conozco la historia de mi país, puedo juzgar, pronunciarme sobre su presente. Así entonces, el estudio de la historia se me revela como una herramienta para acertar en la labranza del futuro. Me otorga perspectiva. Del mismo modo, como al conocer algo lo hago propio, conocer la historia del país nos permite sentirnos realmente responsables de él, hacerlo nuestro, quererlo con mayor profundidad. 

La historia es maestra de esperanza. Se proyecta hacia el pasado y hacia el futuro. Hacia el pasado, porque nos enseña que la vida transcurre siempre hacia adelante, que los periodos van y vienen, que no hay sociedades perfectas ni sistemas intocables. Nos hace reconocer la fragilidad e imperfección propia de cualquier obra humana. Podría sugerirnos que al edificio de nuestro país siempre hay que hacerle mantenimiento. Con todo, no bastará hacerle solo mantenimiento a nuestro edificio, no se trata de una pieza de museo que requiere una labor de preservación y nada más. Fruto de la fragilidad de nuestras obras, hemos de considerar una responsabilidad seguir construyendo, bloque a bloque, el edificio de nuestra nación. Por eso la historia se proyecta también hacia el futuro, pues la esperanza nos abre posibilidades. Por lo mismo que no hay caminos cerrados en la vida de una persona, siempre se puede enderezar el rumbo perdido. 

Conocer nuestros yerros nos ayuda a cambiarlos, pero primero hemos de reconocerlos como tales. No se trataría de hacer con el destino del país, cada cierto tiempo, como advierte Mario Briceño-Iragorry, un borrón y cuenta nueva, un empezar de cero la historia nacional. Conocer la historia, entonces, es una invitación a hacernos verdaderos hacedores del país. No solo un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla, según la celebérrima frase de George Santayana. Un pueblo que no conoce su historia también la puede empeorar.

Paolo Costa Baldi, Venezuelan Troupial - Icterus icterus

Paolo Costa Baldi, Venezuelan Troupial - Icterus icterus

 

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