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Un hombre como tú y como yo

Con el día de San José tan cercano aún en nuestra memoria, esta semana contamos con la colaboración de Elena Puente, estudiante de 2º del doble Grado en Filosofía y Derecho. En este artículo reflexiona sobre San José y su historia.

Quiero pensar que al nombrar la figura de San José la gran mayoría sabe a quién me refiero. Antes de escribir unas pocas pinceladas sobre este me gustaría contar una anécdota que me pasó el otro día y me hizo mucha gracia. Estaba esperando al autobús con una amiga y le hablé acerca de la idea de escribir sobre san José. Ella asintió y dijo: «¡Ah! Sí, un apóstol». Yo, un poco desconcertada, le dije: «Tía, san José, la Virgen, el Niño…». Su respuesta, que me dejó completamente fuera de juego, fue preguntarme: «¿Hay una Virgen que se llama san José?». Aquí ya no pude evitar reírme sin saber si era vacile o realmente no sabía de lo que hablaba. A los pocos segundos ya cayó en la cuenta y nos reímos las dos. No lo digo por ella, porque justo me acababa de contar que estaba cansadísima de todo el día y supongo que eso le llevó a no entenderme. Pero esto me hizo pensar en que muchas veces damos por sabidas o por evidentes cosas que para otras personas no lo son tanto. Y es lo que quiero evitar con este texto.

San José, aquel hombre que destacó por su fe en Dios, por su confianza plena sin tener certeza de nada, por ser el mejor amante de María, el que más la cuidó, el que más la entendió. Que destacó sobre todo por su trabajo, por darle a Jesús, y a todos nosotros, un ejemplo de humildad, un ejemplazo de cómo ser santo con una vida de las más ordinarias. Hay tantísimas virtudes en una vida tan corriente como la suya que hace dudar de si realmente era un hombre como nosotros.

San José fue una persona tan elegante que apenas sabemos de su vida. Su historia deja muchas ventanas abiertas. Como por ejemplo, el cómo trataba a la Virgen. Esos pequeños detalles, que no parecen importantes, pero que todos sabemos que sí que lo son. Hay una frase de una canción muy bonita que dice: “Besa, donde Ella pisa él besa.” o “La mira, y al verla el mundo gira.” Y es que, ¿quién no querría tener al lado alguien que quisiera de tal forma?

Como mujeres, la gran mayoría sueñan con un hombre como los de las pelis o de los libros, de esos que saben entendernos. De esos que muchas aseguran que ya no se encuentran o que no existen. De esos que parece que hay que buscar hasta debajo de las piedras para encontrarlos. Para esta importantísima y complicada búsqueda recomendaría tener muy en cuenta la personalidad de José. Imaginaos un hombre que confiara tanto en vosotras que no dudara de que se os ha aparecido el arcángel san Gabriel y ahora estáis embarazadas del Hijo de Dios. Jajajajaja. Sería completamente surrealista para cualquiera de nosotros. Porque, por mucha fe que tengas, no debe de ser algo fácil de asimilar. Si Dios quiso dejar que él cuidara de la Virgen, está claro que debía ser el mejor de los amantes.

Un hombre elegante es un hombre humilde. Otra ventana abierta a la imaginación es el cómo era san José en el trabajo. Sabemos que era carpintero, y que era muy muy trabajador. También que desde pequeño Jesús le ayudaba en el taller en lo que podía.

Al pensar en él como una persona trabajadora, solemos pensar que no le costaba levantarse por las mañanas para ir al taller, que podía pasarse horas con una sonrisa arreglando una mesa y que todo lo terminaba en el tiempo que se proponía. Que todo le salía maravillosamente bien y que el trabajo visto en él era una cosa sencilla y agradable. Quizás lo he exagerado un poco, pero yo reconozco haber pensado así cuando me he propuesto ser igual de trabajadora que él.

Aunque ya lo sepamos todos, viene bien recordar que a él también le costaba levantarse por las mañanas, que también había días en los que no le apetecía encerrarse en el taller porque prefería irse a dar un paseo al sol. Que había veces que pretendía acabar una silla en una hora y al final la terminaba en tres. Que a veces se equivocaba y tenía que volver a empezar. Él también tenía malos días, e incluso a lo mejor llegó a pensar que no era un buen carpintero.

Y todo esto que le pasaba a él, y nos pasa a nosotros, era capaz de vencerlo por amor. Porque lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado.

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