Tuve la mala suerte de poder llamar amigo a Tim, ”El Corto” Tucker, hijo del rayo, enemigo del sol, único amo de su destino, quizá el pistolero más rápido que haya conocido el Salvaje Oeste. ¿Quién no ha oído hablar de él? El muy desgraciado llegó a tener una recompensa de mil dólares a cambio de su cabeza, y su rostro ocupó –quinientas millas a la redonda– los carteles que colgaban en todas las fachadas de las comisarías. Y ya que me habéis invitado a una cerveza, os contaré el día en el que se batió en duelo con el mismísimo destino.
Más de una vez, bajo los efectos del alcohol, confesó que temía a la muerte. En esos momentos maldecía a Dios por haberlo castigado con el talento para manejar el revólver. Estaba convencido de que, mediante aquella prebenda, el Creador lo había privado de un final prematuro a manos de algún caza recompensas, lo que le brindaba más tiempo para pecar y, así, acumular razones de sobra para ganarse el infierno.
Está claro que no era muy listo. Quizá por eso, Tim se obsesionó con su destino: se pasó horas y horas observando el humo que brotaba de las pipas de chamanes indios; le leyeron las cartas del tarot y abusó de todo tipo de psicotrópicos, empujado por la obsesión de conocer el momento exacto de su muerte. Pero no obtuvo respuesta.
Nunca entendí esa fijación por cuándo, dónde y cómo nos vamos a morir. A él, al menos, le sirvió de distracción a lo largo de los años que estuvo fugitivo. Entre duelo y duelo, no cejaba en buscar alguien o algo que le aventurase la fecha de su óbito. Sin embargo, ni siquiera los más charlatanes se atrevían a decirle nada, por miedo a equivocarse. Al fin y al cabo, nada ni nadie podía matar a Tim, “El Corto” Tucker, el bastardo con más suerte del país. Más valdría no haber nacido que intentar engañarle.
Un día me pidió que le acompañase a un pequeño pueblo, que estaba a un día a caballo. Como no tenía nada que hacer, accedí. También me influyó que prometiese invitarme a toda la bebida que quisiera.
Por el camino tuvo tiempo de contarme qué le llevaba a aquella localidad perdida. Resulta que por fin se había enterado de cuándo, cómo y dónde iba a morir. Un peligroso cóctel de drogas, humo de pipa y la mejor nigromante de la ciudad le habían revelado que encontraría su final al día siguiente en el poblado al que nos dirigíamos. Por fin, Tim había descubierto su destino en aquella profecía.
Durante la cabalgada me explicó cómo iba a enfrentarse a la muerte para salir victorioso, pues el infierno no era sitio para él, ya que sus pecados nunca encontrarían castigo. Confieso que no recuerdo muy bien toda su divagación, porque no tenía ganas de escucharle. Me caía bien, pero su narcisismo y estupidez aburrían hasta a las ovejas.
Al anochecer llegamos al pueblo. Unas densas nubes cubrían el cielo. Atamos los caballos y, justo antes de entrar en la taberna, mi amigo soltó alguna blasfemia al proclamarse único dueño de su destino. Después le dio una patada a la puerta y todos los ojos en aquel bar se dirigieron hacia él. Al reconocer en el extraño al fugitivo más buscado del Oeste, algunos se llevaron rápidamente las manos a sus armas. Tim, “El Corto” Tucker desenfundó a la velocidad del rayo y disparó seis veces; seis hombres cayeron muertos en el sitio. Los demás se pusieron a cubierto bajo las mesas. Las mujeres gritaron. Se oyeron los chasquidos de no menos de diez revólveres. Maldije mi suerte. Insulté al bastardo de mi amigo.
Nos ocultamos detrás de una columna antes de que los proyectiles rompieran la pared que había a nuestra espalda. Tucker desenfundó la segunda de sus pistolas. De un salto cambió de cubierta y disparó al aire, acertando en alguna cabeza. Nunca lo había visto tan decidido. Lo suyo con el revólver era una cosa diabólica: despachó al resto de pistoleros con suma facilidad, sin fallar un tiro. Las balas enemigas parecían evitarle.
Cuando cesaron los tiros salí de detrás de mi cobertura. Tim se encontraba en el centro de la taberna, con media sonrisa y el sombrero agujereado por las balas que, por milímetros, habían fallado al blanco. ¡Cuánta suerte tenía el cabrón! El establecimiento había quedado destrozado: las mesas volcadas y las paredes levantadas. Nos bebimos la única botella de whisky que había quedado intacta tras la refriega. No intercambiamos una sola palabra.
Cuando salimos fuera del bar, llovía. Una figura nos esperaba en el centro de la calle principal; era el sheriff de la localidad. Se batieron a duelo.
Puedo imaginarme lo que pasó por la cabeza de mi amigo. Aquel no iba a ser un duelo cualquiera. El oficial representaba su sino, es decir, la muerte que le tendía sus fríos brazos en la consecución de la profecía. Si Tim ganaba ese enfrentamiento, por fin sería libre.
Tucker conocía el procedimiento: se colocó en frente de su contrincante, a unos veinte pasos, y se colocó en posición. Yo me había guardado de la lluvia debajo de un porche, aunque acabaría resfriándome.
Ambos se miraron fijamente. El agua resbalaba por sus sombreros hasta el ala, por donde caía al suelo. Mi amigo fue más rápido: encañonó y apretó el gatillo con su habitual velocidad, pero el revólver se le encasquilló. Se me heló la sangre, pues Tim Tucker iba a perder.
El sheriff sonrió al apuntarle. Tenía una bonita pistola de mango de marfil. Aquel revólver portaba todos los pecados de Tim: un solo tiro y por fin se haría justicia. El agente de la Ley parecía saber que estaba a punto de cumplir la profecía, de que iba a actuar como un mero instrumento del caprichoso destino. Quizá por eso tardó tanto en accionar el percutor.
Esperé el sonido del disparo, pero nunca se produjo: su arma también se había atascado. Entonces sonó un disparo, y el oficial cayó muerto.
Tim Tucker se sonreía con la segunda pistola en la mano. Enfundó las armas y subió, entre risas, a su caballo. Con un grito de felicidad espoleó al corcel, y bajo la lluvia partió al galope hacia la nada. Seguramente pensaba que el peligro había pasado, que acababa de vencer a la parca, que ningún pistolero en aquellas tierras podría con él.
Tenía razón. Se pasó toda la noche cabalgando.
En los pueblos de la comarca, hasta el día de hoy, se habla de un jinete fantasma que celebra su inmortalidad bajo la lluvia. Tim ”El Corto” Tucker, hijo del rayo, enemigo del sol, se creyó que era único amo de su destino. Pero aquella noche, a causa de la lluvia, fue víctima de una hipotermia. Murió al día siguiente. Cuando nos enteramos, sus amigos nos reímos de él durante semanas. ¡Vaya pedazo de idiota!