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Dieciséis minutos y veintisiete segundos

Mónica Giménez Fernández, ganadora de la XXI edición

Alfredo se ató el delantal floreado con dificultad. El cuerpo fornido de aquel hombre de mediana edad no estaba hecho para el mandil que perteneció a su delgada nonna, pero no tenía otro a mano. Se dirigió a la cocina, tarareando al unísono con la radio, y puso una sartén en el fuego después de volcar en ella un chorro de aceite de oliva. Mientras se calentaba, picó dos dientes grandes de ajo en trozos irregulares, que añadió al aceite cuando este empezó a chisporrotear, y los removió con un cucharón de madera. A continuación, Alfredo cogió unos tomates de la mesa. Al volver  a los fogones, se percató que su primo Vito se asomaba por la puerta.

Vito era un hombre alto y delgado, con unos ojos pequeños de mirada penetrante y nariz aguileña. En aquel momento fruncía el ceño y retorcía entre sus manos su sombrero fedora. Movía el pie derecho sin cesar, dando golpes rítmicos en el suelo de madera. Carraspeó un momento antes de dirigirse a Alfredo:

–Me marcho.

Alfredo le sonrió relajado, sin compartir su nerviosismo. Confiaba en que Vito los sacaría del apuro en el que se encontraban. Su primo se asemejaba, en algunos aspectos, a una anguila. Era un hombre astuto y escurridizo, que sabía salir bien parado de cualquier situación. Aún así, le deseó buena suerte:

–Gracias a ti, no nos podemos permitir que me vaya de otra manera. –masculló Vito como respuesta, se puso el sombrero y se dirigió a la puerta principal de la casa.

Estuvo fuera dieciséis minutos y veintisiete segundos

01:14

Vito se alejó a paso rápido de la casa, para adentrarse por una de las calles principales de la ciudad. Era día de mercado y los vendedores anunciaban sus ofertas a gritos, para hacerse oír entre el bullicio. Hacía calor y el olor de fruta madura se juntaba con el del pescado y el marisco. Sintió un leve mareo. El sudor le bajaba por la frente hasta los ojos. Se lo retiró con gesto de hastío. La humedad bochornosa aumentaba su crispación.

«Siempre ocurre lo mismo», pensó. «Alfredo hace un desastre y me toca arreglarlo».

Se abrió paso entre la multitud; no podía llegar tarde a la reunión.

03:56

Una vez los tomates estuvieron pelados, Alfredo los fue añadiendo a la sartén para que se cocieran hasta convertirse en una salsa de un rojo vibrante. Mientras tanto, tomó un paquete de papel marrón en el que guardaba las albóndigas y las salchichas, y se dispuso a freírlas en otra sartén.

05:22

Cuando Vito llegó al restaurante, el dueño, que secaba los vasos con un trapo, le señaló un reservado mediante un gesto con la cabeza. Al entrar se encontró con Don Vitelli, sentado a una mesa redonda, que daba una calada parsimoniosa a un largo puro. Estaba flanqueado por dos de sus mejores hombres. Vito se quitó el sombrero y se acercó a presentarle sus respetos, con un beso en cada mejilla. Don Vitelli señaló una silla libre con su cigarro, y le indicó que se sentara.

–Ya sabes por qué estás aquí, ¿verdad hijo? -inquirió con una voz anodina y suave para un septuagenario que llevaba fumando toda su vida.

Vito asintió con la cabeza. Al ver que su interlocutor no decía nada más, le explicó:

–Estoy aquí porque mi primo y yo hemos traicionado su confianza. Alfredo, borracho, soltó los detalles de nuestros negocios en Florida delante de uno de los hombres de Lampone. Tendría que haberlo vigilado, lo sé. Él es parte de mi familia y, por tanto, mi responsabilidad. Una semana más tarde la banda de Lampone nos lo robó todo: el producto y a nuestros compradores, después de asesinar a nuestros hombres por el camino.

Don Vitelli repuso:

–Es cierto, querido Vito, pero tú eres un muchacho inteligente. Así que,  dime por qué estás aquí.

Vito lo miró a los ojos.

–Para ganarme una segunda oportunidad…  –lanzó un vistazo a os guardaespaldas de Don Vitelli – o para morir.

Don Vitelli sonrió.

08:41

Alfredo pegó un trago a la botella de vino tinto, antes de verter su contenido en la sartén donde hervía la salsa. Añadió una chispa de azúcar y la salpimentó. Mientras esta reducía, volcó los espaguetis en la olla. Cansado de estar de pie, colocó un taburete frente a los fogones, se sentó y encendió un cigarrillo.

–A Vito no le gusta que fume en la cocina, pero no está aquí, así que…  se dijo a sí mismo mientras exhalaba una larga fumarola.

11:08

–Eres avispado, hijo mío, y yo ya estoy cansado –Don Vitelli movía las manos lentamente al hablar–. Conocerás que, hace unos días, perdimos a nuestro querido Fabrizio en una refriega. Era un buen consigliere, aunque chapado a la antigua. Los nuevos tiempos necesitan gente hambrienta, despierta, ágil, que sepa tomar decisiones con la cabeza fría. ¿Entiendes lo que te quiero decir? –dirigió a Vito una sonrisa paternal.

–Sí, Don Vitelli –le contestó.

El anciano le preguntó:

–¿Eres tú el hombre que estoy buscando?

16:27

Los espaguetis salpicaron contra el escurridor metálico. Alfredo mordió uno para comprobar la cocción. Sonrió satisfecho: la pasta estaba al dente. En ese momento se abrió la puerta de la casa. Alfredo se secó las manos en el delantal y salió a recibir a su primo.

–¿Qué tal ha ido? –le preguntó.

Vito cerró la puerta sin mirarle a los ojos.

–Me ha dado una segunda oportunidad.

–¡Bravo! Te dije que lo conseguirías –exclamó satisfecho. Inmediatamente su rostro se ensombreció-. Espera; ¿has dicho que te han dado una segunda oportunidad?

–Así es.

–Y qué pasa conmigo.

Su primo sacó una pistola del interior de su chaqueta.

–Ciao Alfredo.

El delantal floreado se tiñó de carmesí.

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