–¡Ya está! ¡Debo haberlos perdido! –expiraba, tan exhausto que apenas si podía hablar.
–Discúlpame la interrupción, pero, ¿de quién huyes?
Al voltearse Manuel vio a un flacucho sobre una roca.
–De los monstruos. Me emboscaron hace dos días cerca a la laguna. Y, a pesar que me hirieron en la pierna –le mostró su herida –, conseguí escaparme de ellos. Nunca los había visto antes; llegaron de la nada. Da igual, porque llevo casi dos días corriendo: es imposible que me encuentren.
–Lo harán –le dijo con rotundidad tras un momento de introspección–. Lo he visto antes. No importa cuánto corras, que te encontrarán.
–Soy el hombre más veloz de toda esta tierra –replicó Manuel con soberbia.
–¿Incluso con esa herida? –le replicó el extraño sin inmutarse.
–Así es.
–¿Y cuando te canses?
–Estaré muy lejos.
–Pero seguirán detrás de ti.
–No pueden seguirme por siempre –jadeó.
–No puedes correr por siempre –se encogió de hombros–. La pregunta es: ¿Se cansarán de seguirte antes de que tú te canses de correr? –alzó la mirada mientras el sol salía en el horizonte –. Me has dicho que llevas dos días completos corriendo sin parar, ¿no es así?
–Sí, y mis piernas arden. Más tras un descanso, podré seguir adelante. ¿Por qué lo preguntas?
–¡Corre!
Manuel volvió la cabeza y se horrorizó. Descubrió en el valle las siluetas de los monstruos bípedos que, armados de palos y rocas se acercaban.
–Te lo dije: te encontrarán. No me gusta ver la violencia con la que asesinan –de pronto mutó en un ave repugnante–, pero, mi querida gacela herida, entenderás que los buitres comemos lo que ellos nos dejan.