Blogs

Artemis II

Teófilo Medina, ganador de la XXI edición de Excelencia Literaria

Los pasos del hombre por los pasillos vacíos del hospital resonaban al compás de la aguja de un reloj. Una joven enfermera lo asaltó con saludos y cordialidades. Le dijo que lo estaban esperando.

–¡Bienvenido, mister Mortimer Onlyman! El señor González está en la habitación. Solo quiero decirle que admiro mucho su trabajo; usted es toda una inspiración.

Lejos de sentirse adulado, Mortimer siguió imperturbable su caminar, sin detenerse a mirar a la cara a aquella mujer ni atender a sus palabras. Al pasar a la habitación del paciente, descubrió una suite completa: tenía su propio aseo, muebles de calidad, el suelo de madera y un pequeño pasillo que conducía al dormitorio, en donde descansaba el doliente. La enfermera se quedó afuera.

–Usted debe de ser el médico que he pedido. Muy bien, siéntese ahí –le ordenó el enfermo, apuntando a una silla que estaba al costado de la cama.

–Hace un buen día, ¿no cree? No por nada llaman a Florida “El Estado del sol” –comentó Mortimer a medio sentar y con una sonrisa fingida–. Esta parte de Orlando ronda durante todo el año los setenta y cinco grados Fahrenheit.

Tras un ligero gruñido como respuesta, el paciente encendió el televisor. Mortimer conocía el protocolo: tocaba esperar. El trabajo que había venido a desempeñar era fácil, pero, aún así, se trataba de una tarea que pocos podrían efectuar mejor que él: consistía en estar presente durante la muerte de sus clientes. No eran pocos los ancianos adinerados que contrataban sus servicios ante el miedo a morir solos. Él, por su parte, no se sentía bien con lo que hacía, ni lo hacía considerarse una mejor persona: trabajaba solo por dinero.

Continuó esperando. Nunca sabía cuánto iba a durar el proceso fatal. A veces eran semanas; otras, meses. De pronto, el señor González se puso a murmurar con los ojos abiertos como platos. Señalaba el televisor.

–¡Van a volver a la Luna! –exclamó al ver el nuevo cohete, el “Artemis II”–. Lo están colocando en posición de despegue.

–Comprendo su interés… Tengo entendido que usted fue profesor de astronomía en Harvard.

–No se debe solo a eso –frunció el ceño–. Es que yo estuve allí, en la Luna, junto a Neil Armstrong, Michael Collins y Buzz Aldrin.

Mortimer Onlyman se quedó asombrado al escuchar tales barbaridades- Aquel paciente se había vuelto senil o…

–¡Ja, ja, ja! –el médico se rio nerviosamente mientras daba unas pequeñas palmadas–. Casi consigue que me lo trague. Por un momento pensé que hablaba usted en serio. Lo de la Luna está demostrado que fue un montaje, una farsa para intimidar a los rusos.

–¿Qué farsa ni qué leches, hombre? –se revolvió en la cama–. Le digo que estuve allí, como que me llamo Paco. Y doy fe de que desde la Luna se contempla un firmamento más bonito que cualquier cosa que pueda comprarse con dinero. No se me olvidará jamás. Igual que no se me olvidará la pena que sentí por el pobre Collins. Ya sabe, podíamos tocar la sublimidad de la creación con la yema de los dedos, pero él no pudo bajarse de la nave.

–Y yo que creía que usted pasó su juventud en España, su país natal… –pronunció sarcástico el doctor.

–Y así fue, en mi pueblo, Lanjarón. Mire –se retrepó en el colchón–, nací en el seno de una familia pobre. Mi padre ejercía de peón de albañil por las mañanas, y por las tardes le araba el campo a un terrateniente. Mientras, mi madre se hacía cargo de mí, pues era un niño enfermizo. Al nacer me diagnosticaron un mal que me debilitaba los huesos; prácticamente no podía moverme. Me pasaba el día encamado. Los matasanos pronosticaron que no llegaría a los veinte años, así que me pasé los días de mi niñez como si fuera una planta que aguardara su muerte. De esa manera, alcancé la adolescencia, que coincidió con el verano de 1969. Aquel dichoso dieciséis de julio estuve pegado día y noche a la radio, que describió con todo detalle el despegue del Apollo 11. Y de pronto, sin más ni más, en uno de esos milagros que a veces ocurren, aparecí en la misma nave como si un mago o un ángel me hubiesen transportado. Y le digo, en tanto Armstrong y un servidor nos buscábamos el modo de plantar la bandera de los Estados Unidos en la superficie lunar, Buzz y Michael, concentrados, guardaban silencio.

–Entiendo –dijo con frialdad–. ¿Le ha contado a alguien más esta historia?

–A todo el mundo, pero hasta el día de hoy nadie me ha creído. Mi mujer y mis hijos me han tratado como si estuviese loco. Ellos no entienden que la humanidad pasó, en menos de cien años, de transportarse a caballo a conquistar la Luna. Porque en eso consiste el papel que jugamos en la historia: en conquistar cimas inalcanzables, cada vez más altas. Justo a eso se refería Neil cuando dijo: «Esto es un pequeño paso para el hombre, pero un gran paso para la humanidad». Y ese espíritu tan humano y tan verdadero fue el que me trajo de vuelta a mi casa tras concluir nuestra misión, el que me permitió moverme libremente y levantarme de la cama –Paco, enardecido, rompió a llorar–. ¿O también me va a decir que eso es mentira? ¿Acaso no me ve y me puede tocar, a pesar de que tenía que haberme muerto antes de los veinte años?

Mortimer no lograba conjugar una respuesta cuando escucharon el inicio de la cuenta atrás en el televisor. El despegue del Artemis II era inminente. Al médico y al enfermo se les despertaron los nervios: uno apretaba los dientes y se aferraba con los pies al suelo; el otro se quedó en un silencio sepulcral.

–…TwoOne… –escucharon el final de la cuenta atrás.

El cohete arrancó a subir al cielo, envuelto en una humareda blanca. Inmediatamente, los dos hombres vieron pasar por el ventanal de la habitación una sombra naranja. Creyeron que sus ojos les engañaban cuando cayeron en la cuenta de que se trataba del mismísimo cohete. Ni corto ni perezoso, Paco dio un brinco, saltó de la cama y corrió hacia la ventana. Mortimer lo contempló boquiabierto, ya que aquel comportamiento no se correspondían con su el delicado estado del anciano.

–¡Ah…! –suspiró Paco–. Allá voy de nuevo –cerró los ojos–. Lo estoy sintiendo, voy a subirme otra vez… ¿Usted me cree, verdad?

Mortimer, maravillado, asintió. En ese momento Paco González se desplomó en el suelo. Tembloroso, el doctor abandonó la estancia como buenamente pudo. Al cerrar la puerta, se dio de bruces con la enfermera a la que antes había ignorado.

–Por favor, agárrame y no me sueltes… No me sueltes, por favor –le rogó–, que por primera vez me siento humano.

Más entradas de blog