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June 15, 2021

WORKING PAPERJon Paris Oses, Jokin de Carlos Sola and Túlio Dias de Assis

ABSTRACT

South Korea finds itself in the middle of the geopolitical ambitions of regional giants, while at the same time addressing their own conflictive relation with their northern counterpart. Because of that, a global and also a peninsular overview of their characteristics from an international relations perspective has been analyzed, with the objective in mind of identifying the main dynamics and driving factors that strategically influence South Korea in the present times with an eye into the future. Pursuing that analysis, a global perspective and an inter-Korean perspective were suitable to better address the main issues, with special attention to the influence of the two big powers in relation with Seoul, the US and China, as well as the constant uncertainty North Korea generates in the relations between both Koreas. Findings regarding key aspects such as the US military presence in South Korean soil, or the possibility of a Korean reunification suggest the primacy of continuity and controlled stability for the next ten years, as the stakes are too high for the actors involved to take high-risk high-benefit decisions. The main conclusions follow the same direction, with stagnation as present condition South Korea will have to find its way, always with the inter-Korean relations in mind, if it wants to survive and develop its own path under the shadow of two giants.

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Categorías Global Affairs: Asia Orden mundial, diplomacia y gobernanza Documentos de trabajo

A diferencia de los cambios bruscos de las últimas presidencias, la nueva Administración mantiene la creación de la Fuerza Espacial y la Luna como objetivo próximo

Prueba de que la nueva carrera espacial va en serio es que, por primera vez en muchos años, Estados Unidos mantiene un rumbo fijo en su viaje a las estrellas. George W. Bush propuso volver a la Luna; Barack Obama, en cambio, habló de primero apostar por un asteroide y después antepuso Marte; Donald Trump fue más específico que sus antecesores: puso en marcha la Fuerza Espacial y concretó un programa, el ‘Artemis’, que deberá llevar misiones tripuladas a la Luna y al mismo tiempo servir de cabeza de puente para un futuro destino a Marte. Joe Biden no ha dado ningún giro, sino que se propone seguir en la dirección señalada por lo que parece ser ya un consenso estadounidense.

ARTÍCULOPablo Sanz

La nueva era espacial viene marcada por el interés de la empresa privada en la explotación económica del espacio –la industria de satélites, el turismo espacial y la perspectiva de un lucrativo negocio minero– y por la implicación de las grandes potencias tanto en un hipotético escenario de guerra como en nuevos horizontes de exploración.
En un momento de dificultades presupuestarias, Obama no priorizó a la NASA, sino que dejó en manos de compañías privadas el desarrollo tecnológico para acceder a órbitas cercanas y además les puso el señuelo de la apropiación de recursos del espacio. Esa privatización siguió con Trump, pero lo característico de su presidencia, en una renacida confrontación geopolítica mundial, fue echar mano de nuevo de los fondos públicos. Puso en marcha la Fuerza Espacial (USSF), como nueva rama de las Fuerzas Armadas estadounidenses, y estableció un nuevo propósito para la NASA: el regreso tripulado a la Luna, con la creación de una estación en la órbita lunar que sirva de escala para luego pisar Marte. Biden mantiene la dirección tomada.

Fuerza Espacial de EEUU 

Desde que llegó a la Casa Blanca, Trump insistió en la idea de construir una Fuerza Espacial que tuviera el mismo rango que las cinco ramas de las Fuerzas Armadas ya existentes. Instituida primero como germen dentro de la Fuerza Aérea, la US Space Force contaría finalmente con presupuesto, instalaciones, efectivos (con el nombre de guardianes) y mandos propios. Su objetivo era hacer frente a las supuestas amenazas de Rusia, China, Corea del Norte e Irán en el espacio. La directiva para la creación de este cuerpo militar fue firmada por el presidente Trump en febrero de 2019; su constitución se realizó a final de ese año.

Con el cambio de Administración y ante las dudas que el propio Pentágono había planteado, por cuestiones de gasto, sobre una iniciativa que muchos interpretaban como un capricho de Trump, algunos medios apuntaron una vuelta a atrás por parte de Biden. Sin embargo, la nueva portavoz de la Casa Blanca, Jen Psaki, anunció en febrero de este año que la creación de esta rama militar contaba con el apoyo total del presidente. Psaki comentó que la nueva Administración no tenía intención de modificar o disminuir la estructura de la Fuerza Espacial y avaló su progresiva implementación: está previsto que el número de integrantes haya pasado de 2.400 a 6.400 para finales de este año.

Recientemente la Fuerza Espacial anunció su intención de establecer un Comando de Sistemas Espaciales (SSC) en Los Ángeles, cuyo objetivo será supervisar el desarrollo de tecnologías de última generación y la adquisición de satélites y servicios de lanzamiento. El SSC asumirá las responsabilidades que actualmente desempeña el Centro de Sistemas Espaciales y Misiles (SMC) y supervisará una plantilla de 10.000 personas. El SSC será uno de los tres comandos de campo de la Fuerza Espacial y estarán dirigidos por generales de tres estrellas que responderán al jefe de operaciones espaciales, John Raymond. Raymond defiende que la estructura organizativa del SSC está diseñada específicamente para anticipar y responder a los desafíos presentados por un dominio espacial en disputa.

Relevo en la NASA 

Con la toma de posesión de Joe Biden, se produjo también un relevo al frente de la agencia espacial americana. El administrador de la NASA nombrado por Trump, Jim Bridenstine, renunció a su cargo para facilitar los cambios que el nuevo presidente considerase oportunos. Biden designó para el puesto al exsenador demócrata Bill Nelson, un estrecho aliado suyo. Aunque la nueva Administración aún debe concretar su impronta, mantiene en su punto de mira el programa de regreso tripulado a la Luna –por primera vez desde el Apolo 17 de 1972–, continuando con el programa Artemis. En los últimos meses, la Nasa ha podido celebrar el éxito de la llegada de Perseverance a Marte, que forma parte de diversas misiones de exploración no tripuladas en marcha.

De momento, Biden ha pedido al Congreso un gasto discrecional para la NASA de 24.700 millones de dólares para el año fiscal estadounidense de 2022. Según ha anunciado la propia agencia, de acuerdo con el tono de la nueva Administración, esta financiación permitirá: 

–Mantener a la NASA en el camino hacia el aterrizaje de la primera mujer y primer hombre negro en la Luna bajo el programa Artemis

–Comprender mejor el funcionamiento del planeta Tierra. 

–Fomentar la exploración robótica tanto del sistema solar como del universo. 

–Invertir en aviación. 

–Inspirar a estudiantes a convertirse en la próxima generación de científicos 

Pugna en la Luna

Con el programa Artemis y en colaboración con agencias espaciales de países occidentales y empresas comerciales, la NASA pretende establecer una presencia sostenible en la Luna, así finar una base espacial en su órbita, a partir de un primer vuelo tripulado estimado para 2024. Ello debe contribuir a que empresas privadas exploren la viabilidad de una economía lunar y servir de aproximación para un viaje con humanos a Marte a partir de 2033. En el marco de esta iniciativa se integran programas de naves espaciales en curso como Orión, Plataforma Orbital Lunar Gateway y Commercial Lunar Payload Services. 

A través de esta misión multilateral, Estados Unidos trabajará con la industria nacional y sus socios internacionales, siguiendo los principios del Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre de 1967, que pretende facilitar la exploración, la ciencia y las actividades comerciales impidiendo a las naciones reclamar soberanía sobre el espacio exterior. 

Aunque todavía no se ha publicado la nueva estrategia de seguridad nacional, es muy probable que en ella vaya a haber alguna referencia al espacio, ya que las grandes potencias están traslado también fuera del planeta la tensión geopolítica que les enfrenta. Recientemente, China y Rusia han anunciado su intención de erigir una base lunar; aunque han invitado a la comunidad internacional a sumarse al esfuerzo, la iniciativa no deja de verse como una alternativa la impulsada por EEUU y sus aliados.

Categorías Global Affairs: Orden mundial, diplomacia y gobernanza Artículos Global

Sin parlamento y con un presidente con un año prorrogado, el país complica el camino de la recuperación

La crisis económica y sanitaria mundial ha afectado a todos los países, pero en Haití el impasse de la situación ha agravado además una crisis política que viene de atrás. Con un presidente que se ha negado a abandonar el cargo y a renovar el Parlamento y que ha convocado un referéndum constitucional para dotarse de más poder, Haití se encuentra en un espiral destructivo del que la ayuda internacional no logra sacarle. La vecina República Dominicana ha anunciado la construcción de una valla fronteriza que permita controlar la entrada de haitianos.

ARTÍCULOChristian Santana

La pandemia de coronavirus ha agravado la ya siempre difícil situación económica de Haití y además ha contribuido a acentuar el colapso institucional que vive el país desde hace cinco años, al amparar de alguna forma el hecho excepcional de aplazamientos electorales. En materia de salud el impacto del Covid-19 no ha sido especialmente alto, al menos de acuerdo con las cifras oficiales (14.258 afectados y 307 muertos hasta finales de mayo de 2021, muy por debajo de las cifras de la vecina República Dominicana: 291.910 y 3.628, respectivamente), aunque el deficiente sistema sanitario nacional puede hacer suponer una mayor incidencia: de hecho, está siendo el último país americano en empezar a vacunar a sus habitantes.

En un país que de suyo cuenta con una reducida actividad económica, donde es frecuente que haya ejercicios de caída del PIB, el retroceso mundial de 2020 tuvo lógicamente una traslación moderada, al tiempo que la recuperación de 2021 apenas está siendo perceptible. Así, el PIB de Haití bajó un 3,7% en 2020 y crecerá solo un 1% en 2021, según las estimaciones del FMI. El daño económico y sus consecuencias sociales se observan especialmente en la tasa de inflación, que el año pasado se acercó al 23% y este año seguirá por encima del 22%. Además, en apenas dos años, la deuda pública de Haití aumentó casi diez puntos, pasando del 38,3% del PIB en 2017 al 47% en 2019.

Ya en abril de 2020, cuando empezaba la recesión global, el FMI advertía del daño que estaba ocasionando la parálisis política. “Debido a la frustración popular con alto niveles de corrupción y desigualdad, Haití ha estado experimentando una crisis política y un malestar social prolongados que en ocasiones ha paralizado la mayor parte de la actividad económica del país”, aseguraba el informe, y manifestaba que “ausente una implementación sostenida de buenas políticas y reformas integrales, la perspectiva permanece sombría”.

En los meses siguientes la pandemia ha empeorado las ya débiles perspectivas económicas de Haití. Una fuerte caída esperada en los flujos de remesas, la reducción de las exportaciones de textiles y la caída de la inversión extranjera directa ejercerán una presión significativa sobre la balanza de pagos. Los gastos sociales y sanitarios adicionales, junto con una nueva caída de los ingresos fiscales, aumentarán el déficit fiscal y las necesidades de financiación. Para hacer frente a esa emergencia, el FMI aprobó en abril de 2020 el desembolso de 111,6 millones de dólares. La cuantía estaba destinada aliviar el impacto de la crisis en la población, como pagar los salarios de algunos maestros y trabajadores, proporcionar transferencias de efectivo y raciones de alimentos a los hogares y proporcionar subsidios a los sectores de transporte y saneamiento.

A principios de este 2021 el gobierno de Haití introdujo un plan de recuperación económica post Covid-19 (Precop), con el objetivo de lograr un crecimiento del 3% en promedio durante los próximos tres años, la reducción gradual de la inflación hasta el 10% y la creación de 50.000 empleos. Según el Gobierno haitiano, en 2020 los ingresos del 95% de los hogares disminuyeron drásticamente y subió un 10% el desempleo.

Bloqueo político

En cualquier caso, Haití no cuenta con la estabilidad política requerida para una aplicación rigurosa del plan de recuperación. Desde la primera vuelta de las elecciones presidenciales de 2015, el país vive su último largo periodo de inestabilidad. Las denuncias sobre irregularidades retrasaron la segunda vuelta hasta noviembre de 2016. El triunfo fue para Jovenel Moïse, con el 55,6% de los votos y una muy baja participación. Moïse tomó posesión en febrero de 2017, un año después de lo que hubiera sido normal de no haberse distanciado tanto las dos vueltas. 

El Consejo Superior de Justicia estimó a comienzos de 2021 que los cinco años de mandato se cumplían el 7 de febrero, pero Moïse ha permanecido en el cargo, en medio de violentas protestas, alegando que su mandato concluye en realidad el 7 de febrero de 2022. Aunque los jueces nombraron un presidente interino, Moïse ha seguido gobernando, apartando a políticos y magistrados que han cuestionado su autoridad y a los que acusa de orquestar un golpe de Estado (llegó a detener a 23 personas por ese motivo). Cuenta con el apoyo de las Fuerzas Armadas, una institución que él mismo creó de nuevo en 2017 tras dos décadas de haber sido disueltas por Jean-Bertrand Aristide.

Además, Moïse ha pospuesto las elecciones legislativas que debían haberse celebrado en octubre de 2019, de forma que desde enero de 2020, cuando debía constituirse el Parlamento que debía elegirse, ha estado gobernando por decreto. Ahora promete elecciones legislativas y presidenciales para septiembre y noviembre de 2021, pero antes quiere proceder a una reforma de la Constitución que debe darle más poder. El referéndum constitucional ha sido convocado para el 27 de junio, con el fin de revalidar una nueva Constitución elaborada por una comisión de cinco personas todas ellas nombradas por Moïse. El nuevo texto que prevé eliminar el Senado, convirtiendo el sistema en unicameral, y preservar a los expresidentes de cualquier demanda judicial por corrupción u otros delitos. La Constitución de 1987 prohíbe reformas constitucionales por referéndum, pero Moïse alega de que su iniciativa no pruebe una enmienda sino una nueva Constitución.

La comunidad internacional ha reaccionado frente a la violencia y la corrupción registradas en Haití, pero no ha conseguido reconducir la situación. La ONU expresó sus quejas contra la impunidad y Estados Unidos ha aplicado sanciones contra dirigentes que han vulnerado derechos humanos. Sin embargo, esas instancias han tenido que asumir la realidad de la permanencia de Moïse en el poder y pasar a reclamar que mantenga el calendario electoral anunciado, como ha hecho la Administración Biden y la Unión Europea (aunque rechazan el cambio constitucional).

Relación con la República Dominicana

Las condiciones en las que se ha desarrollado la pandemia en el mundo han dado ocasión a la República Dominicana para plantear una frontera con Haití que pueda cerrarse de modo hermético cuando convenga y que permita un mayor obstáculo al contrabando, el narcotráfico y la inmigración ilegal. En su última rendición de cuentas ante el Congreso, el 27 de febrero de este año, el presidente dominicano, Luis Abinader, anunció la construcción de una valla que recorra la línea de 400 kilómetros que separa a los dos países de la isla de La Española. Una línea divisoria que combinará medios físicos y tecnológicos y que incluirá “una doble verja perimetral en los tramos más conflictivos y una simple en el resto, además de sensores de movimientos, cámaras de reconocimiento facial, radares y sistemas de rayos infrarrojos”. En mayo ya se habían construido 23 kilómetros de valla, con una altura de cuatro metros y coronada con espinos.

Abinader, de centroizquierda, compensó esa política dura con la promesa de dar documentos de identidad a los haitianos que viven en la República Dominicana (se calcula que residen 500.000, lo supone un 5% del censo dominicano, si bien la cifra probablemente es mayor). También anunció la concesión a Haití de diversos tipos de ayuda, como el suministro de excedente eléctrico dominicano y la contribución a la construcción de hospitales, para uso como maternidades y con financiación internacional, en el lado haitiano de la frontera. Precisamente la migración temporal de mujeres haitianas a la República Dominicana con el fin de dar a luz allí acogiéndose al sistema público de salud, a pesar en muchos casos de su estatus ilegal, es uno de los argumentos más usuales en el debate nacional sobre la migración desde Haití.

La República Dominicana se vio afectada al comienzo de la pandemia por el descenso de las exportaciones y luego por la paralización del turismo, pero este 2021 está conociendo una rápida recuperación, con un crecimiento estimado para el total del año del 6,2% (tras una caída del 6,7% en 2020), una cifra que se aproxima a los crecimientos de hasta el 7% que había experimentado en recientes años.

Categorías Global Affairs: Orden mundial, diplomacia y gobernanza Artículos Latinoamérica

La nueva Administración exhibe una agenda multilateral, pero en asuntos cruciales mantiene medidas de la era Trump

Con los asuntos domésticos como prioridad, debido al Covid, la atención hacia Latinoamérica por parte de la nueva Administración Biden ha quedado relegada en general a un muy segundo plano. En el exterior, las negociaciones con Irán o el conflicto palestino-israelí han centrado la dedicación de la diplomacia estadounidense, con el protagonismo del secretario de Estado, Antony Blinken. Pero algunos asuntos regionales tienen repercusión nacional en EEUU, como la migración o el narcotráfico, y Biden ha puesto al frente de la gestión de esos problemas a su vicepresidenta, Kamala Harris. Con una interlocución directa de Biden con sus homólogos hemisféricos dificultada por la pandemia, es Harris la que está llevando los encuentros con las autoridades de México y Centroamérica, como en el viaje que realizará en junio.

ARTÍCULOMiguel García-Miguel

Una vez accedió a la presidencia, Joe Biden encontró un panorama bien distinto al que había dejado tras su servicio como vicepresidente de Barack Obama. Donald Trump llevó a cabo una política aislacionista y desde luego nada paternalista comparada con lo que muchas veces ha sido el carácter de la relación de Estados Unidos con sus vecinos del Hemisferio Occidental. Trump tuvo un tono dominante e impositivo en momentos clave, como durante las negociaciones del T-MEC o en la aplicación de sanciones a Cuba y Venezuela, pero el resto del tiempo se desentendió de la región. Esa poca implicación fue del agrado de líderes populistas de diferente signo como el mexicano Andrés Manuel López Obrador o el brasileño Jair Bolsonaro. 

En estos siguientes cuatro años, de la Administración Biden–Harris podemos esperar un retorno al multilateralismo, la acción contra el cambio climático y la promoción de la democracia y los Derechos Humanos, cuestiones que están en el centro de la actual agenda estadounidense. Estos asuntos, como también los relativos a la presión migratoria y la conveniencia de contrarrestar a China y Rusia en la región con una “diplomacia de las vacunas” propia, marcarán las relaciones con los países vecinos. De momento, no obstante, Biden ha mantenido medidas emblemáticas de Trump y se está tomando su tiempo para detallar lo que debe ser su política para Latinoamérica.

TRIANGULO NORTE: Ayudas y creciente tensión con Bukele

Durante su campaña electoral, Joe Biden prometió que si llegaba a presidente llevaría a cabo un plan de ayudas para Guatemala, Honduras y El Salvador que en cuatro años ascendería a 4.000 millones de dólares y que tendría como fin fomentar el desarrollo de la región para así evitar el flujo masivo de emigrantes hacia Estados Unidos. Previamente como vicepresidente Biden se implicó directamente en la Alianza para la Prosperidad que Obama puso en marcha en 2014 a raíz de una crisis migratoria previa, la cual buscaba aportar más de 750 millones anuales al Triángulo Norte; el programa, cuyo presupuesto Trump redujo, no impidió el nuevo auge migratorio que se ha visto los últimos años.

Sin duda la región, una de las más pobres del mundo, precisa de incentivos para su desarrollo, pero igualmente sigue contando con serios problemas como la propensión a los desastres naturales, la dependencia de empresas extranjeras en la explotación de sus recursos y la mala gobernanza de sus políticos. Así, Washington ha incluido entre sus prioridades la denuncia de la corrupción en los países del Triángulo Norte, publicando listas de políticos corruptos, ya comenzadas con Trump y ahora ampliadas con Biden. Precisamente esas denuncias y la deriva antidemocrática del presidente de El Salvador, Nayib Bukele, está convirtiendo en hostil una relación que Bukele había cultivado durante la era Trump.

MÉXICO: Migración y medioambiente

México, como país con el que comparte una extensa frontera, siempre ha sido un punto clave en la política exterior de EEUU y una de sus prioridades. Con la llegada de la Administración Biden se prevén más roces con López Obrador de lo que supuso la presidencia de Trump. El aumento de la presión migratoria en la frontera entre México y EEUU está complicando la presidencia de Biden y tiene el riesgo de dañar las perspectivas electorales de la vicepresidenta, Kamala Harris, a quien Biden ha encargo directamente gestionar la crisis migratoria, que este año está batiendo un nuevo récord. Asimismo, las limitaciones puestas por México a la presencia de la DEA, la agencia antinarcóticos estadounidense, han enrarecido las relaciones. Biden aún no ha viajado a México, a pesar de que esa visita es una de las primeras que hacen los presidentes de EEUU.

La política ecologista de Biden choca directamente con los intereses del presidente mexicano, centrado en construir una nueva gran refinería en lugar de promover las energías renovables. Precisamente, uno de los puntos de tensión será la reforma eléctrica que López Obrador tiene pensado llevar a cabo, que limitará aún más la participación de las empresas privadas en el sector eléctrico y potenciaría el uso de energías no renovables, ya que son las que están en manos del estado. Recientemente, la reforma fue suspendida por un juez federal, pero se espera que el Gobierno recurra ese bloqueo. Las trabas a la liberalización encajan mal en el renovado Acuerdo de Libre Comercio entre EEUU, México y Canadá (T-MEC).

COLOMBIA: Protestas, acuerdos de paz y refugiados venezolanos

Con Colombia, la Administración Biden se encuentra en un periodo de tanteo. Tras la aproximación del presidente Iván Duque a Trump, a pesar de los desaires iniciales de este, el Gobierno colombiano encontró la alabanza de Biden por haber decidido dar estatus de protección temporal a los casi dos millones de refugiados venezolanos que viven en el país. Biden felicitó a Duque en febrero por carta, pero de momento no ha habido entrevista entre ambos, ni siquiera telefónica.

Las violentas protestas que vive Colombia, acogidas con una gestión policial muy criticada por la oposición, no han socavado de momento el apoyo expreso trasladado por la Administración Biden a Duque, pero la situación puede instalarse en la inestabilidad ante la perspectiva de las elecciones presidenciales de mayo de 2022. En Washington producen intranquilidad algunos pasos en falso en la implementación de los acuerdos de paz de 2016, como el asesinato de exguerrilleros que dejaron las armas y de líderes sociales. En cualquier caso, Colombia es un conveniente aliado en la lucha contra el narcotráfico, tarea en la que ambos países llevan tiempo colaborando estrechamente desde el impulso estadounidense al Plan Colombia.

Por último, Bogotá también puede resultar útil para el Gobierno estadounidense en el manejo de la crisis venezolana, y no solo a la hora de retener inmigrantes en el país andino. Los nuevos cauces de negociación que Biden quiere abrir, sin dejar de presionar sobre Maduro, exigen un consenso regional de apoyo.

CUBA: La incógnita de un aperturismo post-castrista, al menos económico

La Administración Obama, en la que Biden fue vicepresidente, llevó a cabo una histórica aproximación a Cuba restableciendo las relaciones diplomáticas entre ambos países. Aunque Trump mantuvo ese reconocimiento diplomático, eliminó algunas disposiciones que ampliaban el contacto con la isla e impuso nuevas sanciones. Tras las políticas duras de su antecesor, Biden no protagonizará por ahora un retorno a las políticas de Obama. El Gobierno cubano no correspondió a ellas con muestras de apertura y favorecer un régimen inmovilista puede tener consecuencias electorales en EEUU. La posibilidad de que Trump se presente en 2024 puede proyectar en Florida una nueva lucha por el voto latino, y en particular el cubano, en un estado que Biden perdió en 2020. 

Aún así, la Administración Biden tratará de aflojar algunas de las sanciones, como se ha visto con la autorización de enviar de nuevo remesas a la isla. Por su parte, Cuba seguramente juegue a la diplomacia del quid pro quo y esperará a que sean sus vecinos quienes den los primeros pasos para llevar a cabo políticas aperturistas, básicamente en cuestiones económicas. 

VENEZUELA: Opciones para un diálogo creíble

En Venezuela, la recuperación de la democracia y las elecciones libres siguen siendo el principal objetivo y Biden ha mantenido las sanciones contra el régimen de Nicolás Maduro establecidas por Trump. La nueva Administración ha moderado su lenguaje y ha retirado de la mesa la posibilidad de una intervención militar que más bien era retórica; no obstante, sigue considerando a Maduro como dictador y reconociendo a Juan Guaidó como presidente legítimo. 

La prioridad pasa por una salida negociada, articulada sobre próximos procesos electorales, pero las conversaciones solo se han abierto de modo tímido y sin de momento fijar interlocutores y foros bien definidos. EEUU tratará de cooperar con organismos multilaterales como la OEA, el Grupo de Lima o la Unión Europea para intentar resolver la crisis política y económica del país. En la ecuación de algún modo también entra Cuba, pues un cambio en Venezuela perjudicaría considerablemente a la isla si los sucesores de los Castro deciden continuar con el modelo comunista. 

Además, al igual que en la cuestión cubana, la actitud ante el chavismo tiene consecuencias electorales en EEUU, especialmente en Florida, como se vio en las presidenciales de 2020, de forma que es difícil que Biden afloje la presión sobre Maduro antes de las elecciones de medio mandato que tendrán lugar en noviembre de 2022. Biden ha otorgado a los venezolanos presentes en EEUU el estatuto de protección temporal.

BRASIL: El Amazonas como piedra de toque

Debido al tono de la presidencia de Jair Bolsonaro, Brasil es otro de los países de la región con los que la nueva Administración ha empeorado sus relaciones en comparación con el periodo Trump. El acento que Biden está poniendo en el medio ambiente y el combate del cambio climático le enfrenta a un Bolsonaro claramente menos sensible hacia esas cuestiones, que no parece reaccionar suficientemente ante un Amazonas en creciente desforestación. No obstante, aunque Biden encuentre incómoda la relación, EEUU seguirá trabajando con la principal economía latinoamericana, cuyo papel sigue siendo importante en cuestiones de desarrollo regional.

El año y medio que queda hasta las presidenciales brasileñas de octubre de 2022 presenta un impasse a la espera de que un posible giro político ponga más en unísono a los dos países, si bien un regreso al poder del Partido de los Trabajadores no tendría por qué significar una especial consonancia, pues no la hubo ni con Lula da Silva ni con Dilma Rousseff aun estando los demócratas en la Casa Blanca.

Derechos Humanos y vacunas

Además de los países mencionados, algunos otros están igualmente en el plan de actuación de EEUU, especialmente en relación a los Derechos Humanos, como es el caso de la involución democrática en Nicaragua o el trato que Bolivia puede dar a la expresidenta Jeanine Áñez.

Por otra parte, se espera que en las próximas semanas, ya inoculada la mayor parte de la población estadounidense, EEUU proceda a entregar millones de dosis de vacunas a países latinoamericanos. Además de la ayuda real que supondrán esas entregas, constituirán un modo de contrarrestar la influencia que China y Rusia se han asegurado en la región mediante el envío de sus respectivas vacunas. Si la pugna EEUU-China marcará la presidencia de Biden, como sin duda marcará toda esta década, un terreno de disputa será el “patio trasero” de EEUU.

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[Pablo Pérez López, Charles de Gaulle, el estadista rebelde (Ciudadela: Madrid, 2020), 218 págs]

RESEÑA / Jairo Císcar

Coincidiendo con el 50 aniversario del fallecimiento de Charles de Gaulle y con el 75 aniversario de la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial, el profesor Pablo Pérez López publica esta nueva biografía del “más ilustre de los franceses”, como a veces es referido. Cuando se emprende la escritura de una biografía, y más cuando es acerca de un personaje del que se han escrito infinidad de libros y artículos, se corre el riesgo de diluirse en lo anterior y no aportar nada nuevo. Sin embargo, este volumen nos presenta al personaje desde una óptica diferente: su rebeldía. Rebeldía entendida como lucha por lo que se cree justo, como un inconformismo activo que empuja a superar la mediocridad, como amor y servicio a Francia en sus momentos más oscuros. Precisamente creo que este es uno de los mayores logros del libro: presentar, en apenas 200 páginas y con un estilo amable y directo, un nuevo retrato del general francés, al que encumbra –más allá de los claroscuros disculpables de toda persona– como un modelo a seguir y un ejemplo de valentía que cuenta con plena actualidad.

El libro nos presenta la vida de De Gaulle de manera cronológica, desde su infancia hasta su muerte. Resulta fundamental, para entender al gran hombre que será posteriormente, hacer un análisis de su vida temprana. Se presenta así a un joven inquieto y soñador, devoto cristiano desde muy pronta edad. Un joven que al descubrir con apenas 14 años una vocación, la de la vida militar, que marcará toda su vida y la vida de millones de compatriotas suyos, se aplicará enormemente a ella hasta convertirse en un sobresaliente líder. Destaca también en el libro el amplio uso de pasajes de sus memorias o textos manuscritos del protagonista, que revelan la faceta más desconocida del personaje: su psique, su amor, su devoción, su rebeldía. Porque hay que recalcar que se muestra a un De Gaulle consciente de sí mismo (que no prepotente) y que tiene claro que tiene una misión.

Pronto se pasa a introducir al entonces capitán, que sobresalió durante la Gran Guerra por sus sesudos análisis y capacidad prospectiva, al que su amor por Francia nunca le nubló el juicio a la hora de señalar los fallos propios y ajenos. Un joven que a pesar de la humillación que le supuso caer prisionero (a pesar de sus heroicos esfuerzos que le valieron la Legión de Honor), no cejó de aprender y examinar al enemigo, aprovechando cada momento de sus 32 meses de cautiverio.

Se sigue su evolución tras la Gran Guerra, ya como una promesa en el séquito de Petáin. Pero no todo son éxitos. La vida de De Gaulle está trazada en la grandeza de los hombres que saben sobreponerse a las dificultades. Quizás la más especial, y en la que se aprecia su verdadero carácter, es en la vida de su hija Anne, que padeció síndrome de Down, y con quien De Gaulle desarrolló un extraordinario vínculo y cercanía. Con ella era con quien el pensativo general se vestía de afable y afectuoso padre.

Esta formación de su carácter me parece esencial para entender el resto del libro, y por tanto el resto de su vida. Sin ánimo de acabar haciendo un resumen completo del volumen (que como se ha dicho anteriormente abarca toda su trayectoria vital, con especial y necesario énfasis en su “vida política”), me parecía necesario reflejar la singular propuesta y objetivo de este libro, que no es otro sino mostrar ese lado más desconocido del general francés, esa rebeldía e inconformismo que le empujó a tener un peso importantísimo en la creación de la actual forma de la República Francesa y cuya impronta, 50 años después de su muerte, sigue viva en Europa y en la política francesa.

Personalmente, me ha atraído mucho el estilo y organización del escrito. Hace que la propuesta sea amena y fácil de leer, a la vez que un trabajo muy serio y profundo, que invita a una reflexión constante. Muestra la intimidad y la soledad de un hombre ante la incomprensión de sus contemporáneos, con respecto a los que siempre estuvo adelantado. Un hombre que, en definitiva, siempre antepuso el bien mayor, su amada Francia, al bien propio. Un experto tanquista que supo dirigir a su país en momentos tan distintos: el gobierno de la Francia Libre en Londres, el desfile en los Campos Elíseos, la revuelta de Argel, el nacimiento de la Vª República Francesa, Mayo del 68 y su postrera dimisión, como hombre de honor, tras perder el referéndum sobre el Senado y las regiones que convocó, en uno de sus últimos actos de rebeldía, en contra de todos sus asesores.

Finalmente, De Gaulle fue rebelde hasta la muerte, rechazando cualquier funeral de estado y reposando, junto a su querida hija, en un pequeño pueblo francés. Su lápida –que simplemente reza: Charles de Gaulle, 1890-1970– no hace sino mostrar su rebeldía final. Murió el hombre, pero nació el mito.

Categorías Global Affairs: Unión Europea Orden mundial, diplomacia y gobernanza Reseñas de libros

STRATEGIC ANALYSIS REPORT /  Marina Díaz, Lucía Montón and Paula Mostajo

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EXECUTIVE SUMMARY

South Korea is considered to have a middle power status, not only in the North-East Asian region but internationally. In this sense, this paper aimed to provide a comprehensive understanding of the stance South Korea might take regarding key international, regional, peninsular and domestic issues in ten years time.

In the international sphere, this paper has focused on the US-ROK stating the plausibility of a further enhancement, in view of the new Biden’s Administration need to reduce the breach created by former President Trump.

Regarding the regional sphere, the present report addresses South Korea’s relations with China, in economic matters; Japan, alliance-wise, and Russia, in relation with energy. These bilateral engagements are clearly impacted by South Korea’s proximity to the United States, the country’s historical memory and North Korea’s willingness to be part of a trilateral understanding, respectively.

Second to last, the peninsular approach of the script assesses the development of inter-Korean relations in views of the two incompatible ideologies and approaches coming from the North and the South of the peninsula and presents the maintenance of the current status has the most plausible scenario.

To end up, there is an allusion to domestic concerns as they play an important role in South Korea’s development capabilities. In this section the paper discusses the country’s SARS-CoV-2 disease successful management and assess why export possibilities might not be taken for granted, the big South Korean concerns on the ever-worsening demographic situation and, lastly, the country’s satisfactorily progression towards renewable energy sources.

Categorías Global Affairs: Asia Orden mundial, diplomacia y gobernanza Informes

STRATEGIC ANALYSIS REPORT /  Corey J. Hubbard and Paula Mora Brito

 

 

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EXECUTIVE SUMMARY

Intense military pressures on South Korea have been present for half a century, with the country being at the centre of numerous regional conflicts. The government’s technique for addressing external security threats differs depending on its nature, varying from assuming the position of great foreign powers to implementing its independent policy. The Republic of Korea’s reliance on foreign assistance for defence and protection shows no signs of ending, especially concerning North Korea. The incitement of Kim Jong Un’s government risks hostility in the region.

The country is under growing domestic pressures to find solutions for a rapidly ageing population and record low birthrates, one of the world’s weakest. Failure to do so compromises South Korea’s status as a growing power in East Asia, one of the four Asian Tigers, and risks leading the country to economic stagnation. Suppose the South Korean government does not find a way to make immigration more palatable to the Korean people. In that case, it is unlikely that South Korea will avoid a significant population decline.

Well-established antagonism with Japan could worsen as Japanese nationalist policies conflict with the South Korean government’s goals. However, the recent signing of the Regional Comprehensive Economic Partnership opens up several possible developments in Korean-Japanese relations, extending from an improbable reset in their bilateral ties to an equally unlikely economic confrontation. The Liancourt Rocks dispute also stands to be influenced by recent events, which may incline South Korea to turn to foreign mediation on the issue.

South Korean relations with the United States are evolving, with the Biden Administration recently inking a new cost-sharing deal with the South Korean Government to cover the expenses of American troops stationed on the Peninsula. Nevertheless, China’s growing influence threatens to overturn the established order in the region, and a rapprochement of South Korea to China may take place over the coming decades.

The future security of South Korea is directly tied to developments on the Korean Peninsula. Suppose relations with the North Korean Regime significantly improve, which most expect to be improbable in the near future. In that case, reunification may result, but North Korea’s nuclear weapons development could destabilise the region too. Scenarios relating to these events vary from an improbable reunification to an equally unlikely nuclear war.

South Korea’s attempts at navigating the growingly tense feud between the United States and China may force the country to choose a side in the conflict, which will have severe ramifications for its security architecture.

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STRATEGIC ANALYSIS REPORT /  María G. Fajardo, Marcelina Kropiwnicka and Matilde Romito

 

 

 

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EXECUTIVE SUMMARY

The Korean Peninsula is central to the political, economic and military policies of several actors in the East Asia region. Due to its geographical location, the peninsula has seen the involvement of major powers throughout history, like the United States, China, Russia and Japan. Currently, the peninsula is a contested territory between the U.S. and China. The latter is the only country capable of challenging American interests and uses its economic power to increase its sphere of influence in the region.

The DPRK has built and maintained capabilities to target areas as far as U.S. soil. The North has always represented one of the biggest challenges for South Korea and its security guarantor, the U.S. President Biden will nevertheless sway for establishing a red line for Kim to potentially cross and instead, new sanctions could be expected despite their lack of effectiveness.

For the U.S. to maintain its dominant role in the East Asia region, deter North Korea, and keep China in check, it must reaffirm its military and economic alliances which entered into a period of uncertainty during the Trump administration. Currently, China is South Korea’s principal trading partner and is openly evading international sanctions imposed on North Korea being its principal trading partner as well.

The prosperous South Korea will remain neutral in many aspects related to China, yet if put in a situation where it has to choose between the U.S. and China, it will incline towards the former, which remains its security guarantor. When it comes to Russia, its role in the Korean conflict is now secondary but over the years, Russia has used the U.S.-China battle to increase relations with the latter. In the case of Japan, a close U.S. ally, a shift in relations with the ROK is unlikely to happen any time soon since their political issues have evolved into legal ones. This will remain detrimental to the U.S’ New East China Sea policy which requires cooperation between U.S. allies.

Diplomacy, openness and potential reunification in the peninsula depend on external actors. Neither reunification nor openness are likely to take place in the short term due to Kim’s personality and the preference of external actors to maintain the status quo. A reunification led under peaceful terms would be most desirable and would ultimately lead to an even larger economic powerhouse in the region. For the U.S, this pathway would be most beneficial if a reunified Korea would align with the U.S. This would be detrimental, however, to China's geopolitical interests in the region. Russia could come out as being the greatest benefactor from a peaceful reunification. Lastly, Japan could continue to feel threatened by a reunified Korea, which is united by hatred over a colonial past under Japanese savage rule.

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[Juan Tovar Ruiz, La doctrina en la política exterior de Estados Unidos: De Truman a Trump (Madrid: Catarata, 2017) 224 páginas]

RESEÑA /  Xabier Ramos Garzón

Todo cambio en la Casa Blanca lleva a un análisis de lo que fue la política del presidente saliente y a la especulación sobre la política del que llega. Dado el peso de Estados Unidos en el mundo, la visión sobre los asuntos internacionales de cada administración resulta determinante para el orden mundial. Juan Tovar Ruiz, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad de Burgos, se ocupa en este libro de la esencia de la política exterior de cada presidente –fundamentalmente de Truman a Trump (la de Biden, lógicamente, aún está por definir)–, que en muchos casos sigue una hoja de ruta definida que da en llamarse “doctrina”.

Entre las fortalezas del libro se encuentran el hecho de que combina varios puntos de vista: por una parte, abarca, desde el punto de vista realista, los efectos estructurales e internos de cada política, y por otra, analiza las ideas e interacciones entre actores teniendo en cuenta el punto de vista constructivista. El autor explora los procesos de toma de decisión y sus consecuencias, considera la efectividad final de las doctrinas americanas, en el contexto general de las relaciones internacionales, y examina las influencias, rupturas y continuidades entre distintas doctrinas a lo largo del tiempo. A pesar de la relativamente corta historia de Estados Unidos, el país ha contado con una extensa y compleja política exterior que Tovar, centrándose en las últimas ocho décadas, sintetiza con especial mérito, adoptando un punto de vista principalmente general que resalta lo sustantivo.

El libro está dividido en siete capítulos, organizados por etapas históricas y, dentro de cada una, por presidentes. El primer capítulo, a modo introductorio, abarca desde el periodo posterior a la independencia de Estados Unidos hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Esta etapa se muestra como antecedente clave en la ideología futura americana, con dos posicionamientos especialmente determinantes: la Doctrina Monroe y el Idealismo Wilsoniano. El segundo capítulo se ocupa de la Primera Guerra Fría, con las doctrinas Truman, Eisenhower, Kennedy y Johnson. A lo largo del capítulo se contextualizan los distintos postulados y se señalan las cuestiones que fueron clave en la creación de unas doctrinas que solo afectaron a la política exterior del momento, sino se imbricaron en el núcleo del pensamiento político estadounidense. El tercer capítulo trata de la Distensión, periodo ocurrido entre 1969 y 1979 en el que se dieron las doctrinas de Nixon y Carter. Al llegar al cuarto capítulo nos situamos en la Segunda Guerra Fría y el final de la confrontación EEUU-URSS, tiempo en que encontramos las doctrinas de Reagan y Bush senior. A partir de este punto, los siguientes capítulos (quinto, sexto y séptimo) tratan el periodo de Postguerra Fría, apareciendo en este periodo las doctrinas de Clinton, Bush junior y las más recientes –por tanto, aún sujetas a estudio– de Obama y Trump.

En las conclusiones el autor resume cada uno de los capítulos en base a caracterizaciones académicas o políticas y realiza algunas matizaciones, como advertir que en su opinión la política exterior de Obama es más bien una “no doctrina”, ya que combina elementos de distintas ideologías y es en parte contradictoria. Obama trató varios conflictos de formas diferentes: así, afrontó de forma realista las “guerras de necesidad” (Afganistán) y de acuerdo con el planteamiento internacionalista liberal conflictos como el de Libia. Aunque la flexibilidad llevada a cabo por Obama puede ser considerada una debilidad por algunos, ya que no siguió una política firme y marcada, también puede verse como la necesaria adaptación a un entorno continuamente cambiante. Muchas son las ocasiones en las que un presidente estadounidense, como Bush hijo, ha llevado a cabo una política exterior rígida, ideológicamente hablando, que en última instancia logró poco éxito práctico.

Otro ejemplo de variante de la doctrina convencional que muestra el autor es la “antidoctrina” llevada a cabo por Trump. Quien fuera presidente hasta 2021 ejecutó una política caracterizada por numerosas contradicciones y variaciones respecto al papel que EEUU había venido ejerciendo en el mundo, arrojando con ello dudas e incertidumbres sobre la actuación esperable de la superpotencia americana. Esto vino dado por la inexperiencia política de Trump, tanto en el ámbito como en el plano doméstico, la cual causó inquietud no solo en actores internacionales sino en el núcleo del propio Washington.

Del análisis de las distintas doctrinas mostradas en el libro podemos destacar cómo cada una de ellas se adapta a un contexto social, histórico y político específico, y a la vez todas responden a una compartida tradición política de un país que, como superpotencia, manifiesta ciertas constantes a la hora de procurar mantener la paz y garantizar la seguridad. Pero esas constantes no deben ser confundidas con aspectos universales, ya que cada país presenta sus propias particularidades y cuenta con intereses determinados: adaptar sin más los posicionamientos estadounidenses a los planes de política exterior de otros países puede ocasionar fallos caóticos, si no se reconocen esas diferencias.

Por ejemplo, países como España, que dependen de la pertenencia a la Unión Europea, no podrían entrar en guerras aleatorias unilateralmente como ha hecho Estados Unidos. No obstante, España podría adoptar algunos elementos, como en materia de toma de decisiones, ya que este tipo de doctrinas facilita enormemente objetivar y estandarizar los procesos de análisis y resoluciones.

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WORKING PAPER / Jokin de Carlos Sola

ABSTRACT

During and after the fall of the Soviet Block the three countries of Germany, Denmark and Sweden saw an opportunity to increase their influence on the region that centuries before they had possessed. They did this through diplomatic support of the opposition and communication strategies and once the new countries were either independent or liberal democracies, they used their economic and political power to attract them. This was done by buying and investing in the new privatized assets of these countries, soft power and in some cases diplomatic pressure. By this way Germany, Sweden and Denmark did not only got new investment hubs and markets for their products but also support in the Governance of the European Union.

 

 

 

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