Caso Odebrecht: las deficiencias del Estado de Derecho en Latinoamérica

La alta corrupción e impunidad en la región dificultan la erradicación de sobornos millonarios en las contratas públicas

La confesión de la compañía de construcción e ingeniería Odebrecht, una de las más importantes de Brasil, de haber entregado elevadas sumas como sobornos a dirigentes políticos, partidos y funcionarios públicos para la adjudicación de obras en diversos países de la región ha supuesto el mayor escándalo de corrupción en la historia de Latinoamérica. El notable incremento presupuestario durante la “década de oro” de las materias primas ocurrió en un marco de escasa mejora de la efectividad del Estado de Derecho y del control de la corrupción, eso propició que se produjeran elevados desvíos ilícitos en las contratas públicas.

ARTÍCULOXimena Barría [Versión en inglés]

Odebrecht es una compañía brasileña que través de varias sedes operativas conduce negocios en múltiples industrias. Se dedica a áreas como ingeniería, construcción, infraestructura y energía, entre otras.  Su sede principal, en Brasil, está ubicada en la ciudad de Salvador de Bahía.  La empresa opera en 27 países, de Latinoamérica, África, Europa y Oriente Medio. A lo largo de los años, la constructora ha participado en contratos de obras públicas de la mayor parte de los países latinoamericanos.

En 2016, el Departamento de Justicia de Estados Unidos publicó una investigación que denunciaba que la compañía brasileña había sobornado a funcionarios públicos de doce países, diez de ellos latinoamericanos: Argentina, Brasil, Colombia, Ecuador, Guatemala, México, Panamá, Perú, República Dominicana y Venezuela. La investigación se desarrolló a partir de la confesión hecha por los propios máximos ejecutivos de Odebrecht una vez descubiertos.

La compañía entregaba a los funcionarios de esos países millones de dólares a cambio de obtener contratos de obras públicas y beneficiarse del pago por su realización. La empresa acordaba entregar millones de dólares a partidos políticos, funcionarios públicos, candidatos públicos o personas relacionadas con el Gobierno. Su fin era tener una ventaja competitiva que le permitiera retener negocios públicos en diferentes países. 

A fin de encubrir dichos movimientos ilícitos de capitales, la empresa creaba sociedades anónimas ficticias en lugares como Belice, las Islas Vírgenes y Brasil.  La empresa elaboró una estructura financiera secreta para encubrir estos pagos. La investigación del Departamento de Justicia de Estados Unidos estableció que los sobornos en los países mencionados alcanzaron un total de 788 millones de dólares (casi la mitad solo en Brasil). Utilizando este método ilegal, contrario a toda ética empresarial y política, Odebrecht logró el encargo de más de cien proyectos, cuya realización le generó unos beneficios de 3.336 millones de dólares.

Falta de un poder judicial efectivo

Este asunto, conocido como caso Odebrecht, ha creado consternación en las sociedades latinoamericanas. Sus ciudadanos consideran que para que actos de este tipo no queden impunes, los países deben tener una mayor eficiencia en el ámbito judicial y dar pasos más acelerados hacia un verdadero Estado de Derecho. 

De acuerdo con indicadores del Banco Mundial, ninguno de los diez países latinoamericanos afectados por esta red de sobornos llega al 60% de efectividad del Estado de Derecho y de control de la corrupción. Eso explicaría el éxito de la constructora brasileña en su política de coimas.

 

Fuente: Banco Mundial, 2016

 

La independencia judicial y su efectividad es esencial para la resolución de hechos de estas características. El correcto ejercicio de la Justicia moldea un apropiado Estado de Derecho, previniendo que ocurran actos ilícitos u otras decisiones políticas que puedan vulnerarlo. A pesar de que esto es lo ideal, los países involucrados en el caso Odebrecht no cumplen con cabalidad esta debida independencia judicial.

En efecto, según el Reporte de Competitividad Global para 2017-2018, la mayoría de los países afectados obtienen una baja nota respecto a la independencia de sus tribunales, lo que indica que carecen de un poder judicial efectivo para juzgar a los presuntos involucrados en este caso. Así ocurre, por ejemplo, con Panamá y con la República Dominicana, situados en los puestos 120 y 127, respectivamente, en cuanto a independencia judicial, de una lista de 137 países.

Uno de los problemas que padece el Órgano Judicial de la República de Panamá es el alto número de expedientes que maneja la Corte Suprema de Justicia. Esa congestión dificulta que la Corte Suprema pueda trabajar de manera efectiva. La alta cifra de expedientes procesados se dobló entre 2013 y 2016: la Sala Penal de la Corte procesó 329 expedientes en 2013; en 2016 fueron 857. Aunque el Órgano Judicial panameño ha mejorado su presupuesto, eso no ha representado un aumento cualitativo en sus funciones. Esas dificultades podrían explicar la decisión de la Corte de rechazar una extensión de la investigación, aunque ello pueda significar cierta impunidad. En 2016 solo hubo dos detenidos por el caso Odebrecht. En 2017, de los 43 imputados que podrían estar involucrados en la aceptación de sobornos valorados en 60 millones de dólares, solo 32 fueron procesados.

La República Dominicana también se encuentra en una situación parecida. Según una encuesta de 2016, solo el 38% de los dominicanos confían en la institución judicial. A ese bajo porcentaje puede haber contribuido el hecho de que para ejercer de jueces de la Corte Suprema fueron elegidos miembros activos de los partidos políticos, algo que opaca la credibilidad de la Justicia y su independencia. En 2016, los tribunales dominicanos solo indagaron sobre una persona, cuando la Corte Suprema estadounidense estimaba que la empresa brasileña había dado 92 millones de dólares en sobornos políticos, uno de los montos más elevados fuera de Brasil. En 2017, la Suprema Corte de la Republica Dominicana ordenó la excarcelación de 9 de 10 presuntos implicados en el caso por insuficiencia de pruebas.

Necesidad de mayor coordinación y reforma

En octubre de 2017, fiscales públicos de Latinoamérica se reunieron en Ciudad de Panamá para compartir información sobre blanqueo de capitales, especialmente en relación al caso Odebrecht. Los funcionarios expresaron la necesidad de no dejar ningún caso impune, para contribuir con ello a resolver uno de los mayores problemas políticos, económicos y judiciales de la región. Algunos fiscales reportaron haber sufrido amenazas en sus investigaciones. Todos valoraron de manera positiva el encuentro, ya que con él ponían de relevancia la necesidad en Latinoamérica de una mayor coordinación fiscal y armonía legislativa. No obstante, es importante destacar que la República Dominicana estuvo ausente de esa reunión.

Toda concienciación de los ministerios públicos de Latinoamérica es esencial ante la correlación observada entre los países afectados por los sobornos de Odebrecht y su deficiente posición en índices proporcionados por diferentes organizaciones internacionales y centros de investigación.  El inefectivo Estado de Derecho y la falta de control de la corrupción facultan que empresas como Odebrecht puedan triunfar en su política de sobornos para obtener una ventaja competitiva. 

Las carencias de los sistemas judiciales en países como Panamá y República Dominicana, en concreto, pueden hacer posible que funcionarios públicos queden impunes de los delitos cometidos. Además, el caso Odebrecht, de gran magnitud en la región, podría congestionar aún la actividad judicial si no se hacen reformas efectivas en cada país. 

Soybeans: the other strategic commodity of South America

The constant expansion of soy production within the MERCOSUR countries exceeds 50% of total world production

While many typically associate South American commodities with hydrocarbons and minerals, soy or soybean is the other great commodity of the region. Today, soy is the agricultural product with the highest commercial growth rate in the world. China and India lead world consumption of this oleaginous plant and its byproducts, thus making South America a strategic supplier. Soy profitability has encouraged the expansion of crop production, especially in Brazil and Argentina, as well as in Paraguay, Bolivia and Uruguay. However, such expansion comes at an environmental cost; such as recent deforestation in the Amazon and the Gran Chaco. 

ARTICLEDaniel Andrés Llonch [Spanish version]

Soy has been cultivated in Asian civilizations for thousands of years; today its cultivation is also widespread in other parts of the world. It has become the most important oilseed for human consumption and animal feed. Of great nutritional properties, due to its high protein content, soybeans are sold both in grain and in their oil and flour derivatives.

Among the eleven largest soybean producers, five are in South America: Brazil, Argentina, Paraguay, Bolivia and Uruguay. In 2016, these countries were the origin of 50.6% of world production, whose total reached 334.8 million tons, according to FAO data. The first producer was the United States (34.9% of world production), followed by Brazil (28.7%) and Argentina (17.5%). India and China follow the list, although what is significant about this last country is its large consumption, which in 2016 forced it to import 83.2 million tons. Much of these import needs are covered from South America. Furthermore,  the South American production focuses on the Mercosur nations (in addition to Brazil and Argentina, also Paraguay and Uruguay) and Bolivia.

The strong international demand and the high relative profitability of soybean in recent years has fueled the expansion of the cultivation of this plant in the Mercosur region. The price boom for raw materials, which also involved soy, led to benefits that were directed to the acquisition of new land and equipment, which allowed producers to increase their scale and efficiency.

In Argentina, Bolivia, Brazil and Paraguay the area planted with soybeans represents the majority (it constitutes more than 50% of the total area sown with the five most important crops in each country). If we add Uruguay, where soybean has enjoyed a later expansion, we have that the production of these five South American countries has gone from 99 million tons in 2006 to 169.7 million in 2016, which constitutes a rise of 71%. , 2% (Brazil and Bolivia have almost doubled their production, somewhat exceeded by Paraguay and Uruguay, where it has tripled). In the decade, this South American area has gone from contributing 44.7% of world production to 50.6%. At that time, the cultivated area increased from 40.6 million hectares to 58.4 million.

 

 

Countries

As the second largest producer of soybeans in the world, Brazil reached 96.2 million tons in 2016 (28.7% of the world total), with a cultivation area of 33.1 million hectares. Its production has been in a constant increasement, so that in the last decade the volume of the harvest has increased by 83.5%. The jump has been especially notable in the last four years, in which Brazil and Argentina have experienced the highest growth rate of the crop, with an annual average of 936,000 and 878,000 hectares, respectively, according to the United States Department of Agriculture. (USDA).

Argentina is the second largest producer of Mercosur, with 58.7 million tons (17.5% of world production) and a cultivated area of 19.5 million hectares. Soybeans began to be planted in Argentina in the mid-70s, and in less than 40 years it has had an unprecedented advance. This crop occupies 63% of the areas of the country planted with the five most important crops, compared to 28% of the area occupied by corn and wheat.

Paraguay, for its part, had a harvest of 9.1 million tons of soybeans in 2016 (2.7% of world production). In recent seasons, soy production has increased as more land is allocated for cultivation. According to the USDA, in the last two decades, the land dedicated to the cultivation of soybeans has constantly increased by 6% annually. Paraguay currently has 3.3 million hectares of land dedicated to this activity, which constitutes 66% of the land used for the main crops.

As far as Bolivia is concerned, soybeans are grown mainly in the Santa Cruz region. According to the USDA, it represents 3% of the country's Gross Domestic Product, and employs 45,000 workers directly. In 2016, the country harvested 3.2 million tons (0.9% of world production), in an area of 1.3 million hectares

Soybean plantations occupy more than 60 percent of Uruguay's arable land, where soybean production has been increasing in recent years. In fact, it is the country where production has grown the most in relative terms in the last decade (67.7%), reaching 2.2 million tons in 2016 and a cultivated area of 1.1 million hectares.

 

 

Increase of the demand

The production of soy represents a very important fraction in the agricultural GDP of the South American nations. The five countries mentioned together with the United States make up 85.6% of global production, so they are the main suppliers of the growing global demand.

This production has experienced a progressive increase since its insertion in the market, with the exception of Uruguay, whose product expansion has been more recent. In the period between 1980 and 2005, for example, the total world demand for soybean expanded by 174.3 million tons, or what is the same, 2.8 times. In this period, the growth rate of global demand accelerated, from 3% annually in the 1980s to 5.6% annually in the last decade.

In all the South American countries mentioned, the cultivation of soy has been especially encouraged, because of the benefits that it entails. Thus, in Brazil, the largest regional producer of oilseed, soybean provides an estimated income of 10,000 million dollars in exports, representing 14% of the total products marketed by the country. In Argentina, soybean cultivation went from representing 10.6% of agricultural production in 1980/81 to more than 50% in 2012/2013, generating significant economic benefits.

The outlook for growth in demand suggests a continuation of the increase in production. The United Nations Food and Agriculture Organization estimates that global production will exceed 500 million tons in 2050, which doubles the volume harvested in 2010 and clearly, much of that demand will have to be met from South America.

La soja, la otra materia prima estratégica de Sudamérica

La constante expansión del cultivo en los países de Mercosur les lleva a superar el 50% de la producción mundial

La soja es el producto agrícola con mayor crecimiento comercial en el mundo. Las necesidades de China e India, grandes consumidores del fruto de esta planta oleaginosa y sus derivados, convierten a Sudamérica en un granero estratégico. Su rentabilidad ha incentivado la extensión del cultivo, especialmente en Brasil y Argentina, pero también en Paraguay, Bolivia y Uruguay. Su expansión está detrás de recientes desforestaciones en el Amazonas y en el Gran Chaco. Tras los hidrocarburos y los minerales, la soja es la otra gran materia prima de Sudamérica.

ARTÍCULODaniel Andrés Llonch [Versión en inglés]

La soja se ha cultivado en las civilizaciones asiáticas durante miles de años; hoy su cultivo está también ampliamente difundido en otras partes del mundo. Ha pasado a ser el grano oleaginoso más importante para el consumo humano y la alimentación animal. De grandes propiedades nutritivas, por su alto contenido proteínico, la soja se comercializa tanto en grano como en sus derivados de aceite y de harina.

De los once mayores productores de soja, cinco están en Sudamérica: Brasil, Argentina, Paraguay, Bolivia y Uruguay. En 2016, esos países fueron el origen del 50,6% de la producción mundial, cuyo total alcanzó los 334,8 millones de toneladas, según los datos de la FAO. El primer productor fue Estados Unidos (34,9% de la producción mundial), seguido de Brasil (28,7%) y Argentina (17,5%). En la lista siguen India y China, aunque lo significativo de este último país es su gran consumo, que en 2016 le obligó a importar 83,2 millones de toneladas. Gran parte de esas necesidades de importación son cubiertas desde Sudamérica. La producción sudamericana se centra en las naciones de Mercosur (además de Brasil y Argentina, también Paraguay y Uruguay) y Bolivia.

La fuerte demanda internacional y la elevada rentabilidad relativa de la soja en los últimos años ha alimentado la expansión del cultivo de esta planta en la región del Mercosur. El boom del precio las materias primas, del que también participó la soja, originó unos beneficios que se dirigieron a la adquisición de nuevas tierras y equipamiento, lo que permitió a los productores aumentar su escala y eficiencia.

En Argentina, Bolivia, Brasil y Paraguay la superficie sembrada con soja es la mayoritaria (constituye más del 50% de la superficie total sembrada con los cinco cultivos más importantes de cada país). Si al grupo añadimos Uruguay, donde la soja ha gozado de una expansión más tardía, tenemos que la producción de esos cinco países sudamericanos ha pasado de 99 millones de toneladas en 2006 a 169,7 millones en 2016, lo que constituye un alza del 71,2% (Brasil y Bolivia han casi doblado su producción, algo superado por Paraguay y Uruguay, país donde se ha triplicado). En la década, esta área de Sudamérica ha pasado de aportar el 44,7% de la producción mundial a sumar el 50,6%. En ese tiempo, la superficie cultivada aumentó de 40,6 millones de hectáreas a 58,4 millones.

 

 

Países

Como el segundo mayor productor de soja del mundo, Brasil alcanzó en 2016 una producción de 96,2 millones de toneladas (el 28,7% del total mundial), con un área de cultivo de 33,1 millones de hectáreas. Su producción ha conocido un constante aumento, de forma que en el último decenio el volumen de la cosecha se ha incrementado en un 83,5%. El salto ha sido especialmente notable en los cuatro últimos años, en los que Brasil y Argentina han experimentado la mayor tasa de incremento del cultivo, con un promedio anual de 936.000 y 878.000 hectáreas, respectivamente, de acuerdo con el Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA).

Argentina es el segundo país productor del Mercosur, con 58,7 millones de toneladas (el 17,5% de la producción mundial) y una extensión cultivada de 19,5 millones de hectáreas. La soja comenzó a sembrarse en Argentina a mediados de los años 70, y en menos de 40 años ha tenido un avance inédito. Este cultivo ocupa el 63% de las áreas del país sembradas con los cinco cultivos más importantes, frente al 28% de superficie que ocupan el maíz y el trigo.

Paraguay, por su parte, tuvo en 2016 una cosecha de 9,1 millones de toneladas de soja (el 2,7% de la producción mundial). En las últimas temporadas, la producción de soja ha aumentado a medida que se destinan más tierras para su cultivo. De acuerdo con el USDA, en las últimas dos décadas, la tierra dedicada al cultivo de soja ha aumentado constantemente en un 6% anual. Actualmente hay en Paraguay 3,3 millones de hectáreas de tierra dedicadas a esta actividad, lo que constituye el 66% de la tierra utilizada para los principales cultivos.

Por lo que se refiere a Bolivia, la soja se cultiva principalmente en la región de Santa Cruz. Según el USDA, representa el 3% del Producto Interno Bruto del país, y emplea a 45,000 trabajadores directamente. En 2016, el país cosechó 3,2 millones de toneladas (el 0,9% de la producción mundial), en una extensión de 1,3 millones de hectáreas.

Las plantaciones de soja ocupan más del 60 por ciento de las tierras cultivables de Uruguay, donde la producción de soja ha ido en aumento en los últimos años. De hecho, es el país donde más ha crecido la producción en términos relativos en la última década (un 67,7%), alcanzando en 2016 los 2,2 millones de toneladas y una extensión cultivada de 1,1 millones de hectáreas.

 

 

Aumento de la demanda

La producción de soja representa una fracción muy importante en el PIB agrícola de las naciones sudamericanas. Los cinco países mencionados juntamente con Estados Unidos conforman el 85,6% de la producción global, de forma que son los principales proveedores de la creciente demanda mundial.

Dicha producción ha experimentado un aumento progresivo desde su inserción en el mercado, con la excepción de Uruguay, cuya expansión del producto ha sido más reciente. En el periodo entre 1980 y 2005, por ejemplo, la demanda total mundial de soja se expandió en 174,3 millones de toneladas, o lo que es lo mismo, 2,8 veces. En este período la tasa de crecimiento de la demanda global fue acelerándose, desde un 3% anual en los 80 a un 5,6% anual en la última década.

En todos los países sudamericanos mecionados el cultivo de soja ha sido especialmente incentivado, por los beneficios que supone. Así, en Brasil, el mayor productor regional del grano oleaginoso, la soja aporta unos ingresos calculados en 10.000 millones de dólares en exportaciones, representando el 14% del total de productos comercializados por el país. En Argentina, el cultivo de soja pasó de representar el 10,6% de la producción agrícola en 1980/81 a más del 50% en 2012/2013, generando importantes beneficios económicos.

Las perspectivas de crecimiento de la demanda hacen prever una continuación en el alza de la producción. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura estima que la producción global superará los 500 millones de toneladas en 2050, lo que duplica el volumen consechado en 2010. Gran parte de esa demanda tendrá que ser atendida desde Sudamérica.

Shifting sands: The changing priorities of Turkey in Syria

▲Trilateral Summit of Russia, Turkey and Iran in Sochi, November 2017 [Presidency of Turkey]

ANALYSISAlbert Vidal and Alba Redondo [Spanish version]

Turkey's response to the Syrian Civil War (SCW) has gone through several phases, instructed by changing circumstances, both domestic and foreign. From supporting Sunni rebels with questionable organizational affiliations, to being a target of the Islamic State (IS), to surviving a coup attempt in 2016, a constant theme underpinning Turkish foreign policy decisions has been the Kurdish question. Despite an initially aggressive anti-Assad stance at the onset of the Syrian war, the success and growing strength of the Kurdish opposition as a result of their role in the anti-IS coalition has significantly reordered Turkish foreign policy priorities.

Relations between Turkey and Syria have been riven with difficulties over the past century. The Euphrates River, which originates in Turkey, has been one of the main causes of confrontation, with the construction of dams by Turkey limiting water flow to Syria, causing losses in agriculture and negatively impacting the Syrian economy. This issue is not confined to the past, as the ongoing GAP project (Project of the Southeast of Anatolia) threatens to further compromise water supplies to both Iraq and Syria through the construction of 22 dams and 19 hydroelectric dams.

Besides resource issues, the previous support of Hafez al-Assad to the Kurdistan Workers Party (PKK) in the 1980s and '90s severely strained relations between the two countries, with conflict narrowly avoided with the signing of the Adana Protocol in 1998. Another source of conflict between the two countries relates to territorial claims made by both nations over the disputed Hatay province; still claimed by Syria, but administered by Turkey, which incorporated it into its territory in 1939.

Notwithstanding the above-mentioned issues between the nations - to name but a few - Syria and Turkey enjoyed a good relationship in the decade prior to the Arab Spring. The response to the Syrian regime's reaction to the uprisings by the international community has been mixed, and Turkey was no less unsure about how to position itself; eventually opting to support the opposition. As a result, Turkey offered protection on its territories to the rebels, as well as opening its borders to Syrian refugees This decision signaled the initial stage of decline in relations between the two countries, and the situation significantly worsened after the downing of a Turkish jet on 22 June 2012 by Syrian forces. Border clashes ensued, but without direct intervention of the Turkish Armed Forces.

From a foreign policy perspective, there were two primary reasons for the reversal of Turkey's non-intervention policy. The first was an increasing string of attacks by the Islamic State (IS) in the summer of 2015 in Suruç, the Central Station in Ankara, and the Atatürk Airport in Istanbul. The second, and arguably more important one, was Turkish fears of the creation of a Kurdish proto-state in neighboring Syria and Iraq. This led to the initiation of Operation Shield of the Euphrates (also known as the Jarablus Offensive), considered one of the first instances of direct military intervention by Turkey in Syria since the SCW began, with the aim of securing an area in the North of Syria free of control of IS and the Party of the Democratic Union (PYD) factions. The Jarablus Offensive was supported by Article 51 of the Charter of the United Nations (nations' right to self-defense), as well as a number United Nations Security Council (UNSC) resolutions (Nos. 1373, 2170, 2178) corresponding to the global responsibility of countries to fight terrorism. Despite being a success in meeting its objectives, the Jarablus Offensive ended prematurely in March 2017 , without Turkey ruling out the possibility of similar future interventions.

Domestically, military intervention and a more assertive stance by Erdogan was aimed at garnering public support from both Turkish nationalist parties − notably, the Nationalist Movement Party (MHP) and Great Unity Party (BBP) − as well as the general public for proposed constitutional changes that would lend Erdogan greater executive powers as president. Along those lines, a distraction campaign abroad was more than welcome, given the internal unrest following the coup attempt in July 2016.

Despite Turkey's growing assertiveness in neighboring Syria, Turkish military intervention does not necessarily signal strength. On the contrary, Erdogan's effective invasion of northern Syria occurred only after a number of events transpired in neighboring Syria and Iraq that threatened to undermine Turkish objectives both at home and abroad. Thus, the United States' limited intervention, and the failure of rebel forces to successfully uproot the Assad regime, meant the perpetuation of the terrorist threat but, more importantly, the continued strengthening of the Kurdish factions that have, throughout, constituted one of the most effective fighting force against IS. In effect, the success of the Kurds in the anti-IS coalition had gained it global recognition akin to that earned by most nation states; recognition that came with funding and the provision of arms. An armed Kurdish constituency, increasingly gaining legitimacy for its anti-IS efforts, is arguably the primary reason for both Turkish military intervention today, but also, a seemingly shifting stance vis-à-vis the question of Assad's position in the aftermath of the SCW.

 

▲Erdogan visits the command center for Operation Olive Branch, January 2018 [Presidency of Turkey]

 

Shifting Sand: Turkey's Changing Stance vis-à-vis Assad

While Turkey aggressively supported the removal of Assad at the outset of the SCW, this idea has increasingly come to take a back seat to more important foreign policy issues regarding Turkey and its neighboring states, Syria and Iraq. In fact, recent statements by Turkish officials openly acknowledge the longevity and resilience of the government of Assad, a move that strategically leaves the door open to future reconciliation between the two parties, and reinforces a by now widely supported view that Assad is likely to be part and parcel of any future Syria deal. Thus, on 20th January 2017, Deputy Prime Minister of Turkey, Mehmet Şimşek said: "We cannot keep saying that Assad should leave. A deal without Assad is not realistic." 

This relaxation of rhetoric towards Assad coincides with a Turkish pivot towards Assad's allies in the conflict (Iran and Russia) in its attempts to achieve a resolution of the conflict, yet the official Turkish position regarding Assad lacks consistency, and appears to be more dependent on prevailing circumstances. Recently, a war of words initiated by Erdogan with the Syrian president played out in the media, in which the former accused Assad of being a terrorist.  Syrian foreign minister Walid Muallem, for his part, responded by accusing Erdogan of being responsible for the bloodshed of the Syrian people.

On January 2, 2018, Syrian shells were fired into Turkish territory by forces loyal to Assad. The launch provoked an immediate response from Turkey. On January 18, Mevlüt Çavusoglu, the Turkish foreign minister, announced that his country intends to carry out an air intervention in the Syrian regions of Afrin and Manbij. A few days later, Operation Olive Branch was launched under the pretext of creating a "security zone" in Afrin (in Syria’s Aleppo province) yet has been almost entirely focused on uprooting what Erdogan claims are Kurdish "terrorists", may of which belong to US-backed Kurdish factions that have played a crucial role in the anti-IS coalition. The operation was allegedly initiated in response to US plans of creating a 30.000 Syrian Kurds border force. As Erdogan commented in a recent speech: "A country we call an ally is insisting on forming a terror army on our borders. What can that terror army target but Turkey? Our mission is to strangle it before it's even born." This has significantly strained relations between the two countries, and triggered an official response from NATO in an attempt to avoid full frontal confrontation between the NATO allies in Manbij.

The US is seeking a balance between the Kurds and Turkey in the region, but it has maintained its formal support for the SDF. Nevertheless, according to analyst Nicholas Heras, the US will not help the Kurds in Afrin due to the fact that its intervention is only active in counter-IS mission areas; geographically starting from Manbij (thus Afrin not falling under US military protection).

The Impact of the Syrian Conflict on Turkey's International Relations

The Syrian conflict has strongly impacted on Turkish relations with a host of international actors, of which the most central to both Turkey and the conflict are Russia, the US, the European Union and Iran.

The demolition of a Russian SU-24 aircraft in 2015 caused a deterioration of relations between Russia and Turkey. However, thanks to the Turkish president’s apologies to Putin in June 2016, relations were normalized and a new era of cooperation between both countries has seemingly begun. This cooperation reached a high point in September of the same year when Turkey bought an S-400 defense missile system from Russia, despite warnings from its NATO allies. Further, the Russian company ROSATOM has planned the construction of a nuclear plant in Turkey worth $20 million. Thus, it can be said that cooperation between the two nations has been strengthened in the military and economic spheres.

Despite an improvement in relations however, there remain to be significant differences between both countries, particularly regarding foreign policy perspectives. On the one hand, Russia sees the Kurds as important allies in the fight against IS; consequently perceiving them to be essential to participants in post-conflict resolution (PCR) meetings. On the other, Turkey's priority is the removal of Assad and the prevention of Kurdish federalism, which translates into its rejection of including the Kurds in PCR talks.  Notwithstanding, relations appear to be quite strong at the moment, and this may be due to the fact that the hostility (in the case of Turkey, growing) of both countries towards their Western counterparts trumps their disagreements regarding the Syrian conflict.

The situation regarding Turkish relations with the US is more ambiguous. By virtue of belonging to NATO, both countries share important working ties. However, even a cursory glance at recent developments suggests that these relations have been deteriorating, despite the NATO connection. The main problem between Washington and Ankara has been the Kurdish question, since the US supports the Popular Protection Units (YPG) militias in the SCW, yet the YPG are considered a designated terrorist outfit in Turkey. How the relationship will evolve is yet to be seen, and essentially revolves around both parties reaching an agreement regarding the Kurdish question. Currently, the near showdown in northern Syria is proving to be a stalemate, with Turkey clearly signaling its unwillingness to back down on the Kurdish issue, and the US risking serious face loss should it succumb to Turkey's demands. Support to the Kurds has typically been predicated on their role in the anti-IS campaign yet, with the campaign dying down, the US finds itself in a bind as it attempts to justify its continued presence in Syria. This presence is crucial to maintaining a footprint in the region and, more importantly, preventing the complete political domination of the political scene by Russia and Iran.

Beyond the Middle East scene, the US’s refusal to extradite Fetullah Gülen, a staunch enemy that, according to Ankara, was one of the instigators of the failed coup of 2016, has further strained relations. According to a survey by the Pew Research Center, only 10% of Turks trust President Donald Trump. In turn, Turkey recently stated that its agreements with the US are losing their validity. Erdogan has stressed that the dissolution of ties between both countries will seriously affect the legal and economic sphere. Furthermore, the Turk Zarrab has been found guilty in a New York trial for helping Iran evade sanctions through enabling a money-laundering scheme that filtered through US banks. This has been a big issue for Turkey, because one of the accused had ties with Erdogan's AKP party. However, Erdogan has cast the trial as a continuation of the coup attempt, and has organized a media campaign to spread the idea that Zarrab was one of the authors of the conspiracy against Turkey.

With regards the EU, relations have also soured, despite Turkey and the EU enjoying strong economic ties. As a result of Erdogan's "purge", the rapidly deteriorating situation of freedoms in Turkey have strained relations with Europe. In November 2016, the European Parliament voted to suspend EU accession negotiations with Turkey, due to human rights issues and the state of the rule of law in Turkey. By increasingly adopting the practices of an autocratic regime, Turkey's access to the EU will be essentially impossible. In a recent encounter between the Turkish and French presidents, French president Emmanuel Macron emphasized continuing EU-Turkey ties, yet suggested that there was no realistic chance of Turkey joining the EU in the near future.

Since 2017, following Erdogan’s victory in the constitutional referendum in favor of changing over from a parliamentary to a presidential system, access negotiations to the EU have effectively ceased. In addition, various European organs that deal with human rights issues have placed Turkey on "black" lists, based on their assessment that the state of democracy in Turkey is in serious jeopardy thanks to the AKP.            

Another issue in relation to the Syrian conflict between the EU and Turkey relates to the refugee issue. In 2016, the EU and Turkey agreed to transfer 6 billion euros to support the Turkish reception of hundreds of thousands of Syrian refugees. Although this seemed like the beginning of fruitful cooperation, tensions have continued to increase due to Turkey's limited capacity to host refugees. The humanitarian crisis in Syria is unsustainable: more than 5 million refugees have left the country and only a small segment has been granted sufficient resources to restart their lives. This problem continues to grow day by day, and more than 6 million Syrians have been displaced within its borders. Turkey welcomes more than 3 million Syrian refugees and consequently, it influences on Ankara, whose policies and position have been determined to a large extent by this crisis. On January 23, President Erdogan claimed that Turkey’s military operations in Syria will end when all the Syrian refugees in Turkey can return safely to their country. Humanitarian aid work has been underway for civilians in Afrin, where the offensive against Kurdish YPG militia fighters has been launched.

With regards the relationship between Iraq and Turkey, in November 2016, when Iraqi forces entered Mosul against the IS, Ankara announced that it would send the army to the Iraqi border, in order to prepare for important developments in the region. Turkey's defense minister added that he would not hesitate to act if Turkey's red line was crossed. He received a response from Iraqi Prime Minister Haidar Al-Abadi, who warned Turkey not to invade Iraq. Despite this, in April 2017, Erdogan suggested that in future stages, Operation Euphrates Shield would extend to Iraqi territory stating, "a future operation will not only have a Syrian dimension, but also an Iraqi dimension. Al Afar, Mosul and Sinjar are in Iraq."

Finally, Russia, Turkey and Iran have been cooperating in the framework of the Astana negotiations for peace in Syria, despite having somewhat divergent interests. In a recent call between Iranian President Rouhani and Erdogan, the Turkish president expressed his hope that the protests in Iran, which occurred at the end of 2017, would end. The relations between the two countries are strange: in the SCW, Iran supports the Syrian government (Shia), whereas Turkey supports the Syrian (Sunni) opposition. A similar thing occurred in the 2015 Yemen intervention, where Turkey and Iran supported opposing factions. This has led to disputes between the leaders of both countries, yet such tensions have been eased since Erdogan paid a visit to Iran to improve their relationship. The Qatar diplomatic crisis has similarly contributed to this dynamic, since it placed Iran and Turkey against Saudi Arabia and in favor of Qatar. Although there is an enduring element of instability in relations between both countries, their relationship has been improving in recent months, since Ankara, Moscow and Tehran have managed to cooperate in an attempt to overcome their differences for finding a solution to the Syrian conflict.

What next for Turkey in Syria?

Thanks to the Astana negotiations, a future pact for peace in the region seems possible. The de-escalation zones are a necessary first step to preserve some areas of the region from the violence of war, as the Turkish strategic plan has indicated from the beginning. This being said, the outcome is complicated by a number of factors, of which the continuing strength of Kurdish factions remains a significant bone of contention, and source of conflict, for power brokers managing post-conflict transition.

There are two primary factors that have clearly impacted Turkey's foreign policy decisions vis-à-vis the Syrian conflict. The first relates to the long and complex history of Turkey with its Kurdish minorities, and its fixation on preventing the Kurds from achieving a degree of territorial autonomy that would embolden Turkish Kurds and threaten Turkey's territorial integrity. Turkey has unilaterally attacked positions of the Kurdish opposition, including those supported by a NATO ally (the US), effectively demonstrating the lengths to which it is planning to go to ensure that the Kurds are not part of a post-civil war equation. All this fuels uncertainty and increases chances of further conflict erupting in Syria, and elsewhere.

The second relates to the changing nature of governance in Turkey, with a clear shift away from the Western, democratic model to a more authoritarian, quasi-theocratic one; looking more to Russia and Iran as political allies. In its pivot to the East, Turkey plays a careful balancing game, taking into consideration the conflicting goals that both itself and its new friends, Russia and Iran, hold regarding the political outcome in Syria. What current events indicate, however, is that Turkey seems to be moving more towards a compromise over the Assad issue, in return for flexibility in dealing with the Kurdish element of the anti-IS coalition that it deems a threat to its national security.

At the time of writing, Turkey and the US appear to be at a stalemate regarding particularly the US-backed SDF. Erdogan has stated that its operation in Afrin will be followed by a move toward Manbij, and, as such, an agreement to clearly delineating zones where both countries are militarily active is being negotiated under NATO auspices. How long such a partitioning under the pretext of an anti-IS coalition can last before further conflict erupts is uncertain. What seems to be likely however is that one of two possible scenarios must transpire to avoid the potential breakout of war in the Middle East among the major powers.

Either an agreement is reached regarding the future role of the SDF and other Kurdish factions, on which the Turks can agree. Or else the US strategically withdraws its support to the Kurds, based on the mandate that the alliance was limited to the two parties' joint efforts in the anti-IS coalition. In the latter case, the US risks losing its political and military leverage via the Kurds in the region, as well as losing face with their Kurdish allies; a move that could have serious strategic repercussions for US involvement in the region. 

Arenas movedizas: las prioridades cambiantes de Turquía en Siria

▲Cumbre trilateral de Rusia, Turquía e Irán en Sochi, en noviembre de 2017 [Presidencia de Turquía]

ANÁLISISAlbert Vidal y Alba Redondo [Versión en inglés]

La respuesta de Turquía a la Guerra Civil Siria (SCW) ha pasado por varias fases, condicionadas por las circunstancias cambiantes del conflicto, tanto a nivel nacional como a nivel internacional: desde dar apoyo a los rebeldes sunitas con afiliaciones cuestionables, hasta ser uno de los objetivos del Estado Islámico (ISIS), pasando por un intento fallido de golpe de estado en 2016, y condicionando siempre sus decisiones de política exterior a la cuestión kurda. A pesar de una postura inicialmente agresiva contra Assad al comienzo de la guerra en Siria, el éxito y la fuerza creciente de la oposición kurda, como resultado de su papel en la coalición anti-ISIS, ha influido significativamente en la política exterior de Turquía. 

Las relaciones entre Turquía y Siria estuvieron plagadas de dificultades durante el siglo pasado. El río Éufrates, que nace en Turquía, ha sido una de las principales causas de enfrentamiento entre ambos países. La construcción de presas por parte de Turquía limita el flujo de agua a Siria, causando pérdidas en su agricultura y generando un impacto negativo en la economía siria. Este problema no se limita al pasado, ya que en la actualidad el proyecto GAP (Proyecto de Anatolia Suroriental) amenaza con comprometer aún más el suministro de agua de Irak y de Siria a través de la construcción de 22 presas y 19 presas hidroeléctricas en el sur de Turquía .

Además de las disputas por los recursos naturales,  el apoyo de Hafez al-Assad al Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK) en las décadas de 1980 y 1990 dificultó enormemente las relaciones entre los dos países. Sin embargo, el conflicto se evitó por completo con la firma del Protocolo de Adana en 1998. Otra fuente de discordia entre Siria y Turquía han sido las reclamaciones territoriales hechas por ambas naciones sobre la provincia de Hatay, todavía reivindicada por Siria, pero administrada por Turquía, quien la incorporó a su territorio en 1939.

A pesar de las cuestiones mencionadas, Siria y Turquía disfrutaron de una buena relación durante la década anterior a la Primavera Árabe y a las revoluciones del verano de 2011. La respuesta internacional a la reacción del régimen sirio ante los levantamientos fue variada, y Turquía no estuvo segura de qué posición tomar hasta que, finalmente, optó por apoyar a la oposición rebelde. Así, Turquía ofreció protección en su territorio a los rebeldes y abrió sus fronteras a los refugiados sirios. Esta decisión señaló la etapa inicial del declive de las relaciones entre Siria y Turquía, pero la situación empeoró significativamente después del derribo de un avión turco el 22 de junio de 2012 por parte de las fuerzas sirias. Esto dio lugar a enfrentamientos fronterizos, pero sin la intervención directa de las Fuerzas Armadas turcas.

Desde la perspectiva de la política exterior, hubo dos razones principales para revertir la política de no intervención de Turquía. El primer motivo fue una serie creciente de ataques del Estado Islámico (ISIS) en julio de 2015 en Suruc, la Estación Central en Ankara y el Aeropuerto Atatürk en Estambul. La segunda razón, y posiblemente la más importante, fue el temor de Turquía a la creación de un protoestado kurdo en sus países vecinos: Siria e Irak. Esto condujo al lanzamiento de la Operación Escudo del Éufrates (también conocida como Ofensiva de Jarablus), considerada una de las primeras acciones militares directas de Turquía en Siria desde que comenzó la SCW. El objetivo principal era asegurar un área en el norte de Siria libre de control de las facciones ISIS y del Partido de la Unión Democrática (PYD). La Ofensiva de Jarablus fue apoyada por el Artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas (el derecho de las naciones a la legítima defensa), así como varias resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (Nos. 1373, 2170, 2178) correspondientes a la responsabilidad global de los países para luchar contra el terrorismo. A pesar de ser un éxito en el cumplimiento de sus objetivos, la ofensiva de Jarablus terminó prematuramente en marzo de 2017, sin que Turquía descartase la posibilidad de intervenciones futuras similares.

Internamente, la intervención militar y la postura asertiva de Erdogan apuntaban a obtener el apoyo público de los partidos nacionalistas turcos, especialmente el Partido del Movimiento Nacionalista (MHP) y el Partido de la Gran Unidad (BBP), así como el respaldo general del público para los cambios constitucionales que entonces se proponían. Eso le daría a Erdogan mayores poderes ejecutivos como presidente. Consecuentemente, una campaña de distracción en el extranjero fue más que bienvenida, dado el malestar interno creciente y el descontento general, tras el intento de golpe en julio de 2016.

A pesar de la asertividad que Turquía muestra hacia Siria, la intervención militar turca no indica fortaleza. Por el contrario, la invasión efectiva de Erdogan en el norte de Siria ocurrió tras las disputas (entre Siria e Irak) que amenazaban con socavar los objetivos turcos, tanto en el interior como en el exterior. Por ello, la injerencia limitada de Estados Unidos (EE.UU.) y el fracaso de las fuerzas rebeldes para derribar el régimen de Assad significó la perpetuación de la amenaza terrorista; y, lo que es más importante, el continuo fortalecimiento de las facciones kurdas, que suponían la fuerza más efectiva contra el ISIS. En efecto, el éxito de los kurdos en la coalición anti-ISIS les había ayudado a obtener un reconocimiento mundial similar al de la mayoría de los estados-nación; reconocimiento que supuso un mayor apoyo financiero y el aumento de provisión de armas. Una región kurda, armada y ganando legitimidad por sus esfuerzos en la lucha contra el ISIS, es sin duda la razón principal de la intervención militar turca. De todos modos, la creciente influencia kurda ha dado lugar a una actitud cambiante y ambigua de Turquía frente al Assad a lo largo de la SCW.

 

▲Visita de Erdogan al comando de la Operación Rama de Olivo, en enero de 2018 [Presidencia de Turquía]

 

Postura cambiante de Turquía frente a Assad

Mientras que Turquía apoyó agresivamente la destitución de Assad al comienzo de la SCW, esta postura ha ido quedando relegada, cada vez más, a un segundo plano; con respecto a otras cuestiones más importantes de la política exterior de Turquía con sus estados vecinos, Siria e Irak. De hecho, declaraciones recientes de funcionarios turcos reconocen abiertamente la resiliencia del gobierno de Assad, un hecho que abre la puerta a la futura reconciliación entre ambas partes. Estas declaraciones también refuerzan una opinión muy profusa, según la cual, Assad será una pieza clave en cualquier futuro acuerdo sobre Siria. Así, el 20 de enero de 2017, el vice-primer ministro de Turquía, Mehmet Şimşek, dijo: "No podemos seguir diciendo que Assad debería irse. Un acuerdo sin Assad no es realista".

Esta relajación de la retórica hacia Assad coincide con un cambio positivo en las relaciones de Turquía con los aliados del régimen sirio en el conflicto (Irán y Rusia), en sus intentos por lograr una resolución del conflicto. Sin embargo, la posición oficial turca respecto a Assad carece de consistencia, y parece ser muy dependiente de las circunstancias.

Recientemente, tuvo lugar una guerra de palabras iniciada por Erdogan con el presidente sirio, en la que el presidente turco acusó a Assad de ser un terrorista. Además, Erdogan rechazó cualquier tipo de negociación con Assad sobre el futuro de Siria. Por su parte, el ministro de Asuntos Exteriores sirio, Walid Muallem, respondió acusando a Erdogan de ser responsable del derramamiento de sangre del pueblo sirio. El 2 de enero de 2018, fuerzas leales a Assad dispararon proyectiles hacia territorio turco. Dicho lanzamiento provocó una respuesta inmediata de Turquía. El 18 de enero, Mevlüt Çavusoglu (ministro de Exteriores turco) anunció que su país tenía la intención de llevar a cabo una intervención aérea en las regiones sirias de Afrin y Manbij.

Unos días más tarde, la Operación Rama de Olivo fue lanzada, con el pretexto de crear una "zona de seguridad" en Afrin (en la provincia siria de Alepo); aunque se ha centrado casi totalmente en expulsar lo que Erdogan llama "terroristas" kurdos, que en realidad se componen de facciones kurdas respaldadas por EE.UU. Estos grupos kurdos han desempeñado un papel crucial en la coalición anti-ISIS. La operación se inició, supuestamente, en respuesta a los planes de EE.UU. de crear una fuerza fronteriza de 30.000 kurdos sirios. Erdogan declaró en un discurso reciente: "Un país al que llamamos aliado insiste en formar un ejército del terror en nuestras fronteras. ¿A quién puede atacar ese ejército terrorista sino a Turquía? Nuestra misión es estrangularlo antes de que nazca". Esto ha empeorado significativamente las relaciones entre ambos países, y ha desencadenado una respuesta oficial de la OTAN, en un intento por evitar la confrontación entre aliados de la OTAN en Manbij.

EE.UU. está buscando un equilibrio entre los kurdos y Turquía en la región, pero ha mantenido su apoyo formal a las SDF. Sin embargo, según el analista Nicholas Heras, EE.UU. no ayudará a los kurdos en Afrin, ya que solo intervendrá en las áreas de misión contra  el ISIS; comenzando por Manbij y hacia el Este (por lo tanto, Afrin no está bajo la protección militar de los EE. UU.).

Impacto del conflicto sirio en las relaciones internacionales de Turquía

El conflicto sirio ha tenido un fuerte impacto en las relaciones turcas con un amplio abanico de actores internacionales; de los cuales, los más importantes tanto para Turquía como para el conflicto son Rusia, Estados Unidos, la Unión Europea e Irán.

El derribo de un avión ruso SU-24 en 2015 provocó un deterioro de las relaciones entre Rusia y Turquía. Sin embargo, gracias a las disculpas del presidente turco a Putin en junio de 2016, las relaciones se normalizaron, dando comienzo a una nueva era de cooperación entre ambos países. Esta cooperación alcanzó su culmen en septiembre del mismo año cuando Turquía compró un sistema de misiles de defensa S-400 a Rusia, a pesar de las advertencias de sus aliados de la OTAN. Además, la empresa rusa ROSATOM ha planificado la construcción de una planta nuclear en Turquía por un valor de 20 mil millones de dólares. Así, la colaboración entre ambas naciones se ha fortalecido en la esfera militar y la económica.

Sin embargo, a pesar del acercamiento, aún existen diferencias significativas entre ambos países, en particular con respecto a las perspectivas de política exterior. Por un lado, Rusia ve a los kurdos como aliados importantes en la lucha contra ISIS; y los considera miembros esenciales en las reuniones de resolución pacífica del posconflicto (PCR). Por otro lado, la prioridad de Turquía es llevar la democracia a Siria y prevenir el federalismo kurdo, lo que se traduce en su rechazo a incluir a los kurdos en las conversaciones de PCR. No obstante, los lazos entre Turquía y Rusia parecen ser bastante fuertes en este momento. Esto puede deberse al hecho de que la hostilidad (en el caso de Turquía, en aumento) de ambos países hacia sus contrapartes occidentales supera a sus diferencias con respecto al conflicto sirio.

La relación entre Turquía y Estados Unidos es más ambigua. Como miembros importantes de la OTAN, ambos países comparten importantes lazos de trabajo. Sin embargo, observando los acontecimientos recientes, se puede ver cómo estas relaciones se han ido deteriorando. El principal problema entre Washington y Ankara ha sido la cuestión kurda. EE.UU. apoya a las milicias de las Unidades de Protección Popular (YPG) en el SCW, sin embargo, las YPG son consideradas un grupo terrorista por Turquía. Aún no se sabe cómo evolucionará su relación, pero posiblemente ambas partes lleguen a un acuerdo con respecto a la cuestión kurda. A día de hoy (enero de 2018), el enfrentamiento en el norte de Siria está en punto muerto. Por un lado, Turquía no piensa dar su brazo a torcer en la cuestión kurda, y por otro lado, EE.UU. perdería su prestigio como superpotencia si decidiera sucumbir a las exigencias turcas. El apoyo a los kurdos se ha basado, tradicionalmente, en su papel en la campaña anti-ISIS. Sin embargo, a medida que la campaña va terminando, EE.UU. se está viendo en un compromiso intentando justificar su presencia en Siria de cualquier manera. Su presencia es crucial para mantener su influencia en la región y, lo que es más importante, para evitar la dominación del escenario en conflicto por parte de Rusia e Irán.

La negativa de los EE.UU. a extraditar a Fethullah Gülen, un enemigo acérrimo que, según Ankara, fue uno de los instigadores del fallido golpe de estado de 2016, ha tensado aún más sus relaciones. Según una encuesta del Pew Research Center, solo el 10% de los turcos confía en el presidente Donald Trump. A su vez, Turquía declaró recientemente que sus acuerdos con los EE.UU. están perdiendo validez. Erdogan subryaó que la disolución de los lazos entre ambos países afectaría seriamente el ámbito legal y económico. Además, el turco Zarrab fue declarado culpable en un juicio en Nueva York, por ayudar a Irán a evadir sanciones al permitir un plan de lavado de dinero, que se filtraba a través de bancos estadounidenses. Este ha sido un gran problema para Turquía, puesto que uno de los acusados ​​tenía vínculos con el partido AKP de Erdogan. Sin embargo, Erdogan ha calificado el juicio como una continuación del intento de golpe de estado, y ha hecho frente a las posibles críticas organizando una campaña mediática para difundir la idea de que Zarrab fue uno de los autores de la conspiración contra Turquía en 2016.

Con respecto a la Unión Europea, las relaciones también se han deteriorado, a pesar de que Turquía y la UE mantienen fuertes lazos económicos. Como resultado de la "purga" de Erdogan después del fallido golpe de estado, el continuo deterioro de las libertades en Turquía ha tensado las relaciones con Europa. En noviembre de 2016, el Parlamento Europeo votó a favor de suspender las negociaciones de adhesión a la UE con Turquía, justificando su decisión en el abuso de  los derechos humanos y el declive del estado de derecho en Turquía. Al adoptar, cada vez más, las prácticas de un régimen autocrático, el acceso de Turquía a la UE se está volviendo imposible. En un reciente encuentro entre los presidentes turco y francés, el presidente francés, Emmanuel Macron, hizo hincapié en los lazos entre la UE y Turquía, pero sugirió que no había posibilidades realistas de que Turquía se uniese a la UE en un futuro cercano.

Desde 2017, después de la victoria de Erdogan en el referéndum constitucional a favor del cambio de sistema (de un sistema parlamentario a uno presidencial), las negociaciones de acceso a la UE han cesado. Además, varios órganos europeos, que se ocupan de cuestiones de derechos humanos, han colocado a Turquía en lista "negra", basándose una evaluación, según la cual el estado de la democracia en Turquía está en grave peligro debido al AKP.

Otro tema relacionado con el conflicto sirio entre la UE y Turquía son los refugiados. En 2016, la UE y Turquía acordaron transferir 6.000 millones de euros para apoyar la recepción turca de cientos de miles de refugiados sirios. Aunque esto pareció ser el comienzo de una cooperación fructífera, las tensiones han seguido aumentando debido a la capacidad limitada de Turquía para acoger a tal número de refugiados. La crisis humanitaria en Siria es insostenible: más de 5 millones de refugiados han abandonado el país y solo un pequeño número de ellos ha recibido suficientes recursos para recomenzar sus vidas. Este problema continúa creciendo día a día, y más de 6 millones de sirios han sido desplazados dentro de sus fronteras. Turquía acoge, a día de hoy, a más de 3 millones de refugiados sirios y, por consiguiente, las políticas de Ankara han resultado influenciadas en gran medida por esta crisis. El 23 de enero, el presidente Erdogan afirmó que las operaciones militares de Turquía en Siria terminarían cuando todos los refugiados sirios en Turquía pudieran regresar sanos y salvos a su país. La ayuda humanitaria está siendo enviada a los civiles en Afrin, en donde Turquía lanzó la última ofensiva contra los milicianos kurdos del YPG.

Con respecto a la relación entre Irak y Turquía, en noviembre de 2016, cuando las fuerzas iraquíes llegaron a Mosul para luchar contra el Estado Islámico, Ankara anunció que enviaría el ejército a la frontera iraquí, para prepararse ante los posibles desenlaces en la región. El ministro de Defensa turco agregó que no dudaría en actuar si se cruzaba la línea roja de Turquía. Este recibió una respuesta inmediata del primer ministro iraquí, Haidar Al-Abadi, quien advirtió a Turquía que no invadiera Irak. A pesar de esto, en abril de 2017, Erdogan sugirió que en etapas futuras, la Operación Escudo del Eufrates se extendería al territorio iraquí: "una operación futura no solo tendrá una dimensión siria, sino también una dimensión iraquí. Al Afar, Mosul y Sinjar están en Irak "

Finalmente, Rusia, Turquía e Irán han cooperado en el marco de las negociaciones de Astana por la paz en Siria, a pesar de tener intereses algo divergentes. En una reciente llamada entre el presidente iraní Rouhani y Erdogan, el presidente turco expresó su esperanza de que las protestas en Irán, que ocurrieron a fines de 2017, terminen. Las relaciones entre los dos países son extrañas: en la SCW, Irán apoya al gobierno sirio (chiíta), mientras que Turquía apoya a la oposición siria (suní). Algo similar ocurrió en la intervención de 2015 en Yemen, donde Turquía e Irán apoyaron a las facciones opuestas. Esto ha llevado a disputas entre los líderes de ambos países, sin embargo, tales tensiones se han aliviado desde que Erdogan realizó una visita a Irán para mejorar su relación. La crisis diplomática de Qatar también ha contribuido a esta dinámica, ya que colocó a Irán y Turquía contra Arabia Saudí y a favor de Qatar. Aunque existe un elemento duradero de inestabilidad en las relaciones entre ambos países, su relación ha ido mejorando en los últimos meses, ya que Ankara, Moscú y Teherán han logrado cooperar en un intento de superar sus diferencias para encontrar una solución al conflicto sirio.

¿Qué le espera a Turquía en Siria?

Gracias a las negociaciones en Astana, un futuro acuerdo de paz en la región parece posible. Las zonas de “cese de hostilidades” son un primer paso necesario, para preservar algunas áreas de la violencia de la guerra, como señalaba el plan estratégico turco desde los inicios. Dicho esto, el resultado se complica por una serie de factores: la fortaleza de las facciones kurdas es un elemento de discordia importante, así como una fuente de conflicto para los poderosos que manejarán la transición en el posconflicto.

Hay dos factores principales que, claramente, han impactado las decisiones sobre política exterior de Turquía, en relación con el conflicto sirio. El primero tiene que ver con la larga y compleja historia de Turquía y sus minorías kurdas, así como su obsesión por evitar que los kurdos alcancen un grado de autonomía territorial. De conseguirse, ello envalentonaría a los kurdos turcos y amenazaría la integridad territorial de Turquía. Turquía atacó unilateralmente posiciones de la oposición kurda, incluidas algunas respaldadas por un aliado de la OTAN (los EE.UU.), demostrando así hasta donde es capaz llegar para asegurarse que los kurdos no formen parte de la solución al finalizar la guerra civil. Todo esto produce incertidumbre y aumenta las posibilidades de que surjan nuevos conflictos en Siria.

El segundo factor está relacionado con la naturaleza cambiante del gobierno en Turquía, con un alejamiento del modelo occidental-democrático hacia un modelo más autoritario y cuasi teocrático, tomando a Rusia e Irán como aliados políticos. En su pivote hacia el este, Turquía mantiene un frágil equilibrio, teniendo en cuenta que sus objetivos difieren de los de sus nuevos amigos (Rusia e Irán), con respecto al resultado político en Siria. Los acontecimientos recientes indican, sin embargo, que Turquía parece estar llegando a un acuerdo sobre la cuestión de Assad, a cambio de obtener más flexibilidad para tratar con la cuestión kurda (parte de la coalición anti-ISIS), que considera una amenaza para su seguridad nacional.

Actualmente, en enero de 2018, la relación entre Turquía y EE.UU. parece estar en un punto muerto, especialmente en relación al grupo SDF respaldado por EE.UU. Erdogan ha declarado que, después de su operación en Afrin, continuará con un movimiento hacia Manbij. Por tanto, bajo los auspicios de la OTAN, se está negociando un acuerdo para delinear claramente las zonas en las que ambos países están militarmente activos. Existe una gran incertidumbre, con respecto a cuánto tiempo pueden durar tales acuerdos de partición (bajo el pretexto de una coalición anti-ISIS), antes de que estalle un nuevo conflicto. Sin embargo, parece probable que uno de los dos escenarios posibles ocurrirá para evitar el posible estallido de la guerra entre las grandes potencias en Medio Oriente.

Existen dos opciones. O se llega a un acuerdo con respecto al futuro papel de las SDF y otras facciones kurdas, con el consentimiento de Turquía, o bien, de lo contrario, EE.UU. retirará su apoyo a los kurdos, basándose en el mandato según el cual su alianza se limitaba a la lucha conjunta en la coalición anti-ISIS. En este último caso, EE.UU. se arriesga a perder la ventaja política y militar que le otorgan los kurdos en la región. También se arriesga a perder la confianza de sus aliados kurdos, un hecho que podría tener serias repercusiones estratégicas en la implicación de EE.UU. en esta región.

EU's New Cultural Diplomacy Platform: A means for 'Soft Power' in a multipolar world

ESSAYMarianna McMillan [Spanish version]

I. Introduction

On the 31st of March 2016, Federica Mogherini, the High Representative for Foreign affairs and Security Policy of the European Commission, launched a Cultural Diplomacy Platform to enhance the visibility and understanding of the Union through intercultural dialogue and engagement. By engaging all stakeholders from a bottom-up perspective, the platform forces us to reconsider the context in which it operates, the internal constraints it wishes to address, and lastly, the foreign policy objective it aspires to. However, in order to export a European cultural image abroad with a single, coherent voice, the Union must first address its ‘unity in diversity’ of national cultures without threatening the national identities of the individual Member States. Therefore, the EU as an international actor and regional organization, based on unity in diversity, has an internal need for intercultural dialogue and negotiation of shared identities (European External Action Service, 2017). Not only to establish conditions favorable to Brussels policies but as an instrument for the EU to counter external, non-traditional security threats - terrorism, populist narratives, cyber insecurity, energy insecurity and identity ambiguity.

This understanding of culture as a potential instrument or means for Europe’s soft power is the basis for the analysis of this paper. In doing so, the purpose of the article is to explore the significance of culture relative to soft power and foreign policy as theoretical foundations for understanding the logic of the EU’s New Cultural Diplomacy Platform.

II. Unity in diversity through the New Cultural Diplomacy Platform

If the European Union aspires to a “rules based” liberal order founded on cooperation, then to what extent can the EU obtain global influence and domestic unity by preserving its interests and upholding its values, if it lacks both a single voice and a common external policy?

The lack of a single voice is symptomatic of a history of integration based on diversity rather than equality. And the incoherent common external policy refers to the coordination problem, in which the cultural relations remains a competence of the individual Member States and the Common Foreign and Security Policy remains a supranational competence of the EU since the Treaty of Maastricht in 1992 (Banus, 2015:103-105 and Art 6, TFEU).

With the acceleration of globalization, non-traditional security challenges such as cyber warfare, climate change, radicalization, refugee and economic migration and energy insecurity test the EU’s idea of a common Foreign Policy between the EU institutions and the individual member states. These threats not only demand a new security paradigm but a new coexistence paradigm, in which security is directed towards radicalization reduction and coexistence is directed towards civil societies based on democratic order and rule of law (European Commission, 2016). For example, regarding the regional integration process, the process sustains itself by promoting narratives of shared cultural heritage. However, growing skepticism towards immigrants following the refugee crisis fosters a conflicting narrative with the wider societal and communitarian narrative projected by the EU – The European Commission (EC), the European External Action Service (EEAS), the European Parliament (EP), and the Council of the European Union. The Union’s failure to address the pervasive divisions between member states in issues pertaining to the Brexit negotiation, the financial crisis or international terrorism, further fuel populist narratives and solidify nationalist prejudices against the EU These institutional and structural constraints  – diversity and shared competences – reflect the dynamics of the cultural landscape and its unintended consequences on the European Union as a political entity (institutional), the European project as an integration process (unity in diversity) and the European identity as a single voice (social).

In response to a blurring of the distinction between internal constraints and external threats – radicalization, energy and cyber insecurity and populist regimes –, EU High Representative Federica Mogherini established the New Cultural Diplomacy Platform (NCP hereafter) in 2016.

In order to eliminate terminological ambiguity, cultural diplomacy is understood from both a realist “balance of power” approach and a conceptual “reflexive” approach (Triandafyllidou and Szucs, 2017). Whereas the prior refers to an art of dialogue to advance and protect the nation’s interest abroad (ex. joint EU cultural events – film festivals, bilateral programs – Supporting the Strengthening of Tunisia’s Cultural Sector, creation of European Cultural Houses, Culture and Creativity Programme, Media and culture for development in the Southern Mediterranean region, and the NCP). The latter, a more reflexive approach, is a policy in itself, promoting sustainable social and economic development through people-to-people diplomacy (e.g. cultural exchanges – like Erasmus Plus, the Development and Cooperation Instrument and its sub-programmes, the Instrument for Democracy and Human Rights (EIDHR), the ENI Cross Border Cooperation, the Civil Society Facility). By applying it to the EU; on one hand, it contributes to global visibility and influence of the EU through soft power and, on the other hand, it seeks to promote economic growth and social cohesion through civil societies (Trobbiani, 2017: 3-5).

Despite being financed by the Partnership Instrument (PI), which has for its objective the enhancement of the “widespread understanding and visibility of the Union”, the EU’s NCP is a balance of both the realist and conceptual approach to cultural diplomacy (European Commission, 2016b). As such it is a strategy of resilience that responds to a new reality in which the emergence of non-traditional security threats and a shift in citizens from independent observers to active participants demands a constructive dialogue that engages all the concerned stakeholders – national governments, international organizations and civil societies (Higgot, 2017: 6-8 and European Union, 2016). As a strategy of societal or cultural resilience, resilience is understood in terms of the society’s inclusiveness, prosperity and security. According to the Global Strategy of 2016, it aims for pluralism, coexistence and respect by “deepening work on education, culture and youth” (European Union, 2016). In other words, it invests in creative industries, such as Think Tanks, Cultural Institutes or local artists, to preserve a cultural identity, further economic prosperity and enhance soft power.

By seeking global understanding and visibility, the EU’s recent interest in International Cultural Relations (ICR) and Culture Diplomacy (CD) reflect the entity’s ongoing need for a single voice and a single common external policy. This effort demonstrates the significance of culture in soft politics by highlighting the relationship between culture and foreign policy. Perhaps the more appropriate question is to what extent can Mogherini’s NCP convert culture in a tool of soft power? And is such a strategy – ICR and NCP – an effective communication and coordination model before the current internal and external security threats, or will it undermine its narrative?

III. Culture and Soft Power

The shift in the concept of security demands a revisiting of the concept of soft power. In this case, cultural diplomacy must be understood in terms of soft power and soft power must be understood in terms of capacity - capacity to attract and influence. Soft power according to Joseph Nye’s notion of persuasion grows out of “intangible power resources”: “such as culture, ideology and institutions” (Nye, 1992: 150-170).

The EU as a product of cultural dialogues is a civilian power, a normative power and a soft power. The power of persuasion of the EU relies on its legitimacy and credibility in its institutions (European Union, 2016a and Michalski, 2005: 124-141). For this reason, the consistency between the identity the EU wishes to portray and the practices it should pursue is fundamental to the projection of itself as a credible international actor.  This consistency will be necessary if the EU is to fulfill its goal to “enhance unity in diversity”. To do otherwise, would contradict its liberal values and solidify the populist prejudices against the EU. Thus, internal legitimacy and credibility as sources of soft power are ultimately dependent on the consistence between the EU’s identity narrative and democratic values reflected in its practices (European Union, 2016). Cultural diplomacy responds to the inconsistency by demanding reflection on one hand and enhancing that identity on the other hand. For example, the positive images of Europe through the OPEN Neighborhood communication program helps advance specific geopolitical interests by creating better lasting conditions for cooperation with countries like Algeria, Libya and Syria to the south and Georgia, Moldova and Ukraine to the East. This is relevant to what Nye coined soft power or “co-optive power”: “The ability of a country to structure a situation so that other countries develop preferences or define their interests in consistence with its own” (see Nye, 1990: 168). Soft power applied to culture can work both indirectly or directly. It works indirectly when it is independent of government control (e.g. Popular culture) and directly via cultural diplomacy (e.g. NCP). Foreign policy actors - can act as advocates of a certain domestic culture both consciously – e.g. politicians – and unconsciously – e.g. local artists. By doing so they serve as agents for other countries or channels for their soft power.

V. Culture and foreign policy

If soft power grows out of the EU’s culture, domestic values and policies then culture is both a foundation and resource of foreign policy (Liland, 1993: 8). First, as a foundation, foreign policy operates within the cultural framework of any given society or society in which it wishes to interact. Thus, necessitating a domestic cultural context capable of being influenced (e.g. the difference in the accession negotiations between Croatia and Turkey and the appeal of economic integration, on one hand, and the ability to adjust human rights policies, on the other hand). And secondly, as a resource, the cultural interchange yields power to the EU. This ability of attitudes, feelings and popular images to influence foreign policy, domestic politics and social life demonstrates culture’s ability to be a power resource of its own (Liland, 1993: 9-14 and Walt, 1998). This is significant because cultural interchange will increase as the acceleration of globalization makes communication faster, cheaper and more accessible. And lastly, as part of foreign policy, it diffuses information and obtains favorable opinions in the nation at the receiving end (Liland, 1993:12-13).

Therefore, Cultural Diplomacy at the forefront of European Foreign Policy does not signify the use of culture to substitute the traditional foreign policy goals – geography, power, security, political and economic – but the use of culture to support and legitimize them. In other words, culture is not the primary agent in the process to foreign policy rather the foundation that reinforces, contradicts or explains its content (e.g. Wilsonian idealism in the 1920s can be traced to a domestic culture of “manifest destiny” at the time) (Liland, 1993 and Kim, 2011: 6).

V. Conclusions

The purpose of the article has been to highlight the significance of culture relative to soft power and foreign policy as theoretical foundations for understanding the logic of the EU’s New Cultural Diplomacy Platform. By identifying culture as playing an integral role in contributing to social cohesion within the EU and strengthening its influence as a global actor outside the EU, we can deduct culture as a source of soft power and an instrument of foreign policy. But the sources of soft power – culture, political values and foreign policy – are dependent on three conditions: (1) a favorable context; (2) credibility in values and practice; and (3) a perception of legitimacy and moral authority (see Nye, 2006). The EU must first legitimize itself as a coherent actor and moral authority so as to be able to effectively deal with its existential crises (European Union, 2016a: 9 and Tuomioja, 2009).

To do so, it must overcome its institutional and structural constraints by collectively confronting its external non-traditional security threats. This demands a strategy of resilience in which the EU is not a threat to national identity as a cultural, economic and legislative entity (Higgot, 2017: 11-13 and La Porte, 2016).

Various themes relating to culture and soft power, culture and foreign policy and the EU and its internal dynamics are covered in this article, however little has been said on the impact of a “uniform cultural system” and how foreign policy can influence the culture of a society. Culture is not an end in itself nor are the intercultural dialogues and the development on cultural diplomacy. The Union must be cautious to evolving into a dehumanizing bureaucratic structure that favors a standard culture to counter both its internal constraints and external, non-traditional security threats. If democracy is one of the prevailing values of the EU and democracy is a system based on trust in human responsibility, then the EU cultural diplomacy must foster trust rather than impose a standard culture. According to Vaclav Havel, it can do so by supporting cultural institutions respective of the plurality and freedom of culture, such as those fundamental to one’s national identity and traditions of the land. In other words, culture must be subsidized to best suit its plurality and freedom as is the case with heritage sites, libraries, museums and public archives – or witnesses to our past (Havel, 1992). By incentivizing historical reflection, cultural diplomacy promotes shared narratives of cultural identities. To do otherwise does not only solidify the populist rhetoric and internal prejudices against the Union but is endemic to cultural totalitarianism, or worse, cultural relativism.

To aspire to a “uniform culture system” through an agreed European narrative would be to trade off pluralism and freedom and consequently contradict, first the nature of culture and secondly, the liberal values in which the Union was founded on.

 

Bibliography

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La nueva plataforma de diplomacia cultural de la UE: Un medio de 'poder blando' en un mundo multipolar

ENSAYOMarianna McMillan [Versión en inglés]

I. Introducción

El 31 de marzo de 2016, la Alta Representante de la UE, Federica Mogherini, presentó la nueva plataforma de diplomacia cultural, cuyo objetivo es realzar la visibilidad y el entendimiento hacia la Unión a través del diálogo intercultural. El hecho de que todos los actores influyentes se comprometan con esta plataforma (desde una perspectiva vertical, de abajo a arriba), hace que debamos reconsiderar tres factores de la UE: (1) el contexto en el que opera; (2) las limitaciones internas que tiene que abordar, y (3) la política exterior a la que se aspira. Sin embargo, la UE quiere dar una sola imagen cultural, con una voz única y coherente con sus políticas; por eso, en primer, la UE lugar debe defender su lema “unidad en la diversidad”. Este lema significa la integración de las culturas nacionales en otros países, sin que esta integración haga peligrar las diferentes identidades nacionales de los estados miembros. Por consiguiente, en su estatus de actor internacional y de organización regional, la UE tiene una carencia en lo que respecta al diálogo intercultural y la negociación entre identidades (Servicio de Acción Exterior Europeo, 2017). Por ello, debe esforzarse tanto en uno como en el otro (diálogo intercultural y la negociación entre identidades) para hacer frente a las amenazas a la seguridad europea como son el terrorismo, la ciber-inseguridad, la inseguridad energética o la ambigüedad de identidad.

El objetivo de este análisis es, por una parte, comprender la importancia de la cultura como instrumento de poder blando, y por otra parte, reflexionar sobre la influencia de la cultura como fundamento teórico de la nueva plataforma cultural europea.

II. Unidad en la diversidad mediante la Nueva Plataforma de Diplomacia Cultural

Si la Unión Europea aspira a ser un orden liberal fundamentado en la cooperación, entonces ¿hasta qué punto la UE puede ser mundialmente influyente? Lo que es innegable es que carece de una única voz y de una política exterior común coherente.

El hecho de que la UE carezca de una única voz es resultado del trascurso de la integración a lo largo de la historia, una integración que ha estado basado más basada en la diversidad y no tanto en la igualdad. Por otra parte, la afirmación sobre la incoherencia de la política exterior común hace referencia a todos aquellos casos en los que ante un problema de coordinación, prima lo que se pactó en el tratado de Maastricht 1992 (Banús, 2015: 103-105 y Art. 6, TFUE): las competencias pueden ser de los estados miembros, de la UE o puede que sean competencias compartidas

Como consecuencia de la aceleración de globalización, el aumento de amenazas de seguridad no tradicionales (terrorismo internacional, la vulnerabilidad energética, los flujos migratorios irregulares, las ciberamenazas o el cambio climático) la idea de una política exterior común entre los estados miembros y la UE queda desafiada. Tales amenazas no solo exigen un nuevo paradigma de seguridad, sino también un nuevo paradigma de coexistencia. Este cambio de paradigmas permitiría a la UE tener una mayor capacidad para reducir la radicalización y para dirigir la coexistencia hacia las necesidades de las sociedades civiles (véase European Comission, 2016). A modo de ilustración sobre el nuevo paradigma, podemos nombrar la promoción de narrativas de un patrimonio cultural compartido que ayuda al proceso regional de integración. Sin embargo, al mismo tiempo que se implementan iniciativas como la anterior, crece el escepticismo hacia los inmigrantes y se fomentan narrativas contrarias con la narrativa comunitaria proyectada por la UE. Estas limitaciones institucionales y estructurales –diversidad y competencias compartidas– reflejan las dinámicas del panorama cultural y sus consecuencias imprevistas en el seno UE. Dan además una visión del proyecto europeo como un proceso de integración (unidad en diversidad) y la identidad europea como una voz única. Por lo tanto, la UE en su condición de actor internacional y de organización regional, basada en unidad en diversidad, tiene una necesidad de establecer un diálogo intercultural y una negociación de identidades compartidas desde el seno de su organización (EEAS, 2017). Esto serviría no solo para establecer condiciones favorables a las políticas de Bruselas, sino también como un instrumento o medio para la UE a contrarrestar las amenazas no tradicionales y externas, como terrorismo, narrativas populistas, ciberamenazas, inseguridad energética y ambigüedad de identidad.

Respecto a la dificultad para distinguir las limitaciones internas y amenazas externas, Federica Mogherini estableció la Nueva Plataforma de Diplomacia Cultural (NPC) en 2016.

Con el objetivo de aclarar la terminología utilizada previamente, ‘diplomacia cultural’ es entendida como “equilibrio de poder” según el enfoque realista y como un “equilibrio reflexivo” desde un enfoque conceptual (Triandafyllidou y Szucs, 2017). Por un lado, el enfoque realista entiende diplomacia cultural como un tipo de diálogo que sirve para avanzar y proteger los intereses nacionales en el extranjero (por ejemplo, eventos culturales europeos conjuntos o programas bilaterales, como festivales de cine, el apoyo al fortalecimiento del sector cultural de Túnez, la creación de casas europeas culturales, el programa de Cultura y Creatividad, Comunicación y Cultura para el desarrollo en el la región del Mediterráneo sur, y la NPC).  Por otro lado, el enfoque conceptual, más reflexivo, entiende la diplomacia cultural como una política en sí misma. Se fomenta el potencial de las sinergias de la cultura para un desarrollo social y económico sostenible mediante los individuos (por ejemplo, intercambios culturales como Erasmus Plus, el Instrumento de Desarrollo y Cooperación y sus subprogramas, el Instrumento Europeo para la Democracia y los Derechos Humanos –EIDHR por sus siglas en inglés–, el ENI Cross Border Cooperation y la Civil Society Facility). La aplicación de la diplomacia cultural a la UE busca tener una visibilidad y una influencia mundial, y por otro lado,  busca promocionar el crecimiento económico y la cohesión social a través de las sociedades civiles (Trobbiani, 2017: 3-5).

A pesar de ser financiado por el Partnership Instrument (PI), que tiene como objetivo fomentar la visibilidad y el entendimiento de la UE, la NPC es un balance entre el enfoque realista y el enfoque conceptual de diplomacia cultural (Europea Comission, 2016b). En consecuencia, es una estrategia de resiliencia que responde a una nueva realidad (la resiliencia se entiende en términos de inclusividad, prosperidad y seguridad de la sociedad). En esta realidad han surgido amenazas de seguridad no tradicionales y en la que ha habido un cambio en la posición de los ciudadanos, que han pasado de ser observadores independientes, a ser participantes activos que exigen un diálogo constructivo que involucre a todas las partes interesadas: gobiernos nacionales, organizaciones internacionales y sociedades civiles (Higgot, 2017:6-8 y EU, 2016).

La Estrategia Global de 2016 busca el pluralismo, la convivencia y el respeto por "profundizar en el trabajo en la educación, la cultura y la juventud" (EU, 2016). En otras palabras, la plataforma invierte en estructuras creativas, tales como grupos de expertos, institutos culturales o artistas locales, para conservar una identidad cultural, avanzar en la prosperidad económica y realzar el poder blando.

Al buscar el entendimiento y la visibilidad mundial, se ve cómo ha crecido el interés de la UE en las relaciones culturales internacionales (ICR) y la diplomacia cultural (CD). Esto, a su vez, refleja la necesidad interna de la UE de tener una voz única y una política exterior común. Este esfuerzo demuestra el rol fundamental de la cultura en el poder blando, creando así una conexión entre la cultura y el poder exterior. Quizá la pregunta más apropiada sea: ¿hasta qué punto puede la NCP de Mogherini convertir la cultura en una herramienta de poder blando? ¿Y son las estrategias –ICR y NCP– una comunicación y un modelo de coordinación efectivo ante las amenazas de seguridad internas y externas, o va inevitablemente a socavar su narrativa de unidad en la diversidad?

III. Cultura y Poder Blando

El cambio en el concepto de seguridad exige revisitar el concepto de poder blando. En este caso, la diplomacia cultural debe entenderse en términos de poder blando, y poder blando debe entenderse en términos de capacidad de atracción e influencia. El poder blando, de acuerdo con la noción de persuasión de Joseph Nye, surge de "recursos de poder intangibles": "como la cultura, la ideología y las instituciones" (Nye, 1992:150-170).

La UE como producto de los diálogos culturales es un poder civil, un poder normativo y un poder blando. El poder de persuasión de la UE depende de su legitimidad y credibilidad en sus instituciones (EU, 2016a y Michalski, 2005:124-141). Por esta razón, la coherencia entre la identidad que la UE desea mostrar y las prácticas que va a seguir, es fundamental para la proyección de sí misma como un actor internacional creíble. Esta coherencia será necesaria si la UE quiere cumplir su objetivo de "reforzar la unidad en la diversidad". En caso contrario, sus valores liberales se contradirían y se solidificarían los prejuicios populistas contra la UE. Por lo tanto, la legitimidad interna y la credibilidad como fuentes de poder blando dependen en última instancia de la consistencia entre la identidad narrativa de la UE y los valores democráticos que se reflejan en sus prácticas (UE, 2016).

La diplomacia cultural responde a la incoherencia exigiendo reflexión, por un lado, y mejorando esa identidad, por otro. Por ejemplo, la optimización de la imagen de Europa a través del programa de comunicación Instrumento Europeo de Vecindad y Asociación (IEVA) ayudan a promover intereses geopolíticos específicos, creando condiciones más duraderas para la cooperación con países como Argelia, Libia y Siria, al sur; y Georgia, Moldavia y Ucrania, al este. Esto es relevante en relación a lo que Nye acuñó como poder blando o "co-optive Power": "la capacidad de un país para manejar una situación de manera que otros países desarrollen unas determinadas preferencias o definan sus intereses de acuerdo con los suyos" (Nye, 1990:168). El poder blando aplicado a la cultura puede funcionar indirecta o directamente. Funciona indirectamente cuando es independiente del control del gobierno (por ejemplo, la cultura popular) y directamente a través de la diplomacia cultural (por ejemplo, la NCP). Los actores de la política exterior pueden actuar como defensores de la cultura doméstica, tanto conscientemente (por ejemplo, los políticos) como inconscientemente (por ejemplo, los artistas locales). Al hacerlo sirven como agentes para otros países o canales de poder blando.

IV. Cultura y política exterior

Considerando el poder blando como un surgimiento de la cultura, de los valores y de las políticas nacionales, podemos afirmar que la cultura es a la vez una fundamentación y un recurso de la política exterior (Liland, 1993:8). La política exterior a su vez, opera dentro del marco cultural de cualquier sociedad que interactúe en el plano internacional. Por lo tanto, es necesario un contexto cultural europeo capaz de influir mundialmente (como por ejemplo, la diferencia en las negociaciones de adhesión entre Croacia y Turquía y el atractivo de la integración económica o la capacidad de ajustar las políticas de derechos humanos). La cultura es a su vez un recurso, ya que el intercambio cultural dota de poder a la UE. Esta nueva capacidad de la UE le permite conocer nuevas actitudes, sentimientos e imágenes populares que son capaces de influir en la política exterior, la política doméstica y la vida social. (Liland, 1993:9-14 y Walt, 1998). Otra función a destacar de la cultura es la de difusión de información y su capacidad para obtener opiniones favorables en la nación extranjera (Liland, 1993:12-13).

Por lo tanto, la diplomacia cultural se encuentra a la vanguardia de la política exterior europea; en cambio, esto no significa que el uso de la cultura pueda sustituir los objetivos tradicionales de política exterior –geografía, poder, seguridad, política y económica–, sino que el uso de la cultura sirve para apoyarlos y legitimarlos. En otras palabras, la cultura no es el agente principal en el proceso de la política exterior, sino que es la fundamentación que refuerza, contradice o explica su contenido –así, el idealismo de Wilson en la década de 1920 se puede vincular a una cultura doméstica del "destino manifiesto" (Liland, 1993 y Kim, 2011:6).

V. Conclusiones

El propósito de este artículo ha sido resaltar la importancia de la cultura en relación al poder blando y la política exterior, como fundamentación teórica para entender la lógica de la nueva plataforma de Diplomacia Cultural de la UE. Identificando el papel de la cultura como una parte fundamental en la cohesión social dentro de la UE, podemos concluir que la cultura ha hecho de la UE un actor mundial con más capacidad de influencia. La cultura, así mismo, ha sido identificada como fuente del poder blando y como un instrumento de la política exterior. Pero las fuentes del poder blando –cultura, valores políticos y política exterior– dependen de tres factores: (1) un contexto favorable; (2) credibilidad en los valores y la práctica, y (3) la percepción de legitimidad y autoridad moral (ver Nye, 2006). La UE tiene que legitimarse primero como un actor coherente con autoridad moral, a fin de poder tratar con eficacia su crisis existencial (European Union, 2016a:9 y Tuomioja, 2009).

Para hacerlo, la UE debe superar sus límites institucionales y estructurales al enfrentar colectivamente sus amenazas exteriores de seguridad externas no tradicionales. Esto requiere de una estrategia de resistencia en la que la UE no se identifique como una amenaza a la identidad nacional, sino como una entidad cultural, económica y legislativa.

En este artículo se han tratado diversos temas relacionados con la cultura, el poder blando, la política exterior de la UE y su dinámica interna; sin embargo, no se ha analizado en profundidad el impacto de un "sistema cultural uniforme" y cómo la política exterior puede influir en la cultura de una sociedad. La cultura no es un fin en sí mismo, ni lo son los diálogos interculturales y el desarrollo de la diplomacia cultural.

La Unión debe evitar el riesgo de evolucionar hacia una estructura burocrática deshumanizadora que favorezca a una cultura estándar para contrarrestar sus limitaciones internas y las amenazas externas no tradicionales de seguridad. Según Vaclav Havel, la UE puede evitar este fenómeno si apoya a las instituciones culturales que trabajan por la pluralidad y la libertad de cultura. Estas instituciones son fundamentales para preservar la identidad nacional y las tradiciones de cada nación. En otras palabras, la cultura debe ser subvencionada para adaptarse mejor a su pluralidad y libertad como es el caso de los patrimonios nacionales, bibliotecas, museos y archivos públicos – o los testigos de nuestro pasado (Havel, 1992).

Como broche final y a modo de reflexión histórica, la diplomacia cultural promueve narrativas compartidas sobre las identidades culturales. Hacer lo contrario no sólo solidificaría la retórica populista y los prejuicios internos contra la Unión, sino que además haría endémico el totalitarismo cultural, o peor aún, el relativismo cultural. Aspirar a un "sistema de cultura uniforme" a través de una narrativa europea acordada, sería negociar el pluralismo y la libertad y, consecuentemente, contradecir en primer lugar la naturaleza de la cultura y, en segundo lugar, los valores liberales en los que se fundó la Unión.

 

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The New European Consensus on Development

ESSAYCelia Olivar [Spanish version]

The emergence of a new global context further challenges the European collective action in terms of development. The most significant challenge it faces are both the migrations coming from the south Mediterranean and the difficulty to articulate a common reaction. Given the urgency of the situation, the European Union is attempting to draft a new and ambitious response, which is the New European Consensus on Development (from now on, ‘the Consensus’). It is both an ambitious answer and revision of the Millennium Goals made by the United Nations.

The Consensus is an ‘acting framework’ that intends to boost both the integration and coherence of the cooperation for the development of the European Union and its members states. This acting framework needs to adopt various changes if the communitarian legislation and the national legislation seek to reach the 2030 Agenda for sustainable development proposed by the United Nations and the Paris agreement on climate change.

Despite its main objective to eradicate poverty, the Consensus additionally includes a triple proposal perspective: economic, social and environmental. Given its additional aim to fulfill the 2030 Agenda, the Consensus addresses five pillars: (1) the population; (2) the planet; (3) prosperity; (4) peace; and lastly, (5) partnership. The consensus adds to this list, numerous original and transversal elements that include: the importance of the youth (e.g. solve the basic needs of the youth, such as employment); gender equality; good governance (e.g. attain rule of law capable of guaranteeing human rights, boosting the creation of transparent institutions, a participative decision process and independent and impartial tribunals); mobilization and migration; sustainable energy and climate change, investment and trade, Innovative commitment with the most advanced countries; and the efficient use of national resources (e.g. through the initiative “raise more, spend better”).

Considering its intention to fulfill all the initiatives and objectives previously addressed, the Consensus applies not only to the European Union’s policy, but also through the new, multilateral and better adapted associations, given their inclusiveness to civil societies and a broader participation of the member states. The tools used to implement the Consensus are a combination of traditional aid and other innovative ways of funding. For example, the private sector’s investments and the national resources’ mobilization. Concerning its evaluation, the new Consensus will have a periodic monitoring mechanism that forces the European Parliament and national parliaments to be held accountable via its reports.

The first evaluations of the new Consensus agree that it is a perfect synthesis of the international concerns about development. Nevertheless, it raises criticism in terms of its effectiveness to solve those previous concerns.

Firstly, and as the ‘Overseas Development Institute’ has pointed out, it is not a true strategic plan. Rather it is a sum of unrelated priorities. If it were a real strategy, the Consensus would have demanded a set of determined roles for the Commission and the member states. Additionally, it would have required a definition of the thematic, sectorial and geographic priorities (e.g. The seventeen Sustainable Development Goals (SDG) included in the 2030 Agenda are treated as equally important). Thus, it would have demanded the creation of new European institutions, or the utilization of the existing ones to more efficiently coordinate the national funds. This is the case of the ‘International Climate Found’. Lastly, if the Consensus was a real strategy it would have determined the way and the content in which the middle-income countries cooperate, ultimately leading to a horizontal, vertical and sectorial coordination. This coordination would have required at the same time an establishment of the division of tasks in the European Union in order to attain a better resource allocation.

Secondly and accepting James Mackie’s contribution (chief of the department of learning and quality of the European Centre of Development), it is difficult to know to whom the Consensus is addressed and what it demands. The fact that the geographic and sectorial priorities are not determined leads the members states to adopt an uncertain grade of commitment, and in the case that there will be a compromise it would be more tactic than explicit.

The third critic concerns the Consensus implementation. Although it is ambitious with its objectives, it lacks an adequate institutional framework and an efficient mechanism to implement its new proposals. Thus, as Marta Latex explained, investigator of the European Parliamentary Research Services, the Consensus gives the private sector a very important role, but it does not provide the needed transparency in the cases surrounding human rights abuses or environmental damages.

In terms of its objectives, there are a lot of stakeholders, like CARE (the International Confederation of Development) that agree that the Consensus primarily focuses on migration control, ultimately removing the attention from the poorer necessities. This can be proven with the fact that not only in the frame of cooperation with other member states, but also in the foreign investment plan, the Consensus prioritizes the security and economic interests of the EU over helping the population confronted with poverty.

The fifth critic refers to the political dimension. The new Consensus should contain a double concept of security, both holistic and sustainable, in order to join the problems of stability and democracy with the EU’s security and foreign issue problems. A holistic concept of development signifies a vision of a long - lasting sustainability. In other words, it comprises aspects such as the sustainability condition, social justice or democracy. (Critic taken by Henökl, Thomas and Niels Keijzer from the German Development Institute)

Lastly, concerning its funding, the European parliament continues asking the member states to donate 0.7% of their annual budget to the cooperation for development. Given the fact that only a few countries arrive to give that 0.7%, the Consensus reinforces the importance of the private sector’s participation in the European plan for foreign investment.

In conclusion, we are confronted with a document that gathers the needs of the current global context, but at the same time, requires an amount of changes to be both a true and effective strategy. Those changes are necessary if the Consensus is be an effective  strategy rather than yet another theory.

 

REFERENCES

Preguntas y respuestas: Nuevo Consenso europeo sobre desarrollo: http://europa.eu/rapid/press-release_MEMO-17-1505_es.pdf 

El nuevo Consenso Europeo sobre Desarrollo – la UE y los Estados miembros firman una estrategia conjunta para erradicar la pobreza: http://europa.eu/rapid/press-release_IP-17-1503_es.htm

The proposed new European Consensus on Development Has the European Commission got it right? https://www.odi.org/sites/odi.org.uk/files/resource-documents/11263.pdf

NewEuropean consensuson development Will it be fit for purpose? http://www.europarl.europa.eu/RegData/etudes/BRIE/2017/599434/EPRS_BRI(2017)599434_EN.pdf

Seven critical questions for review of ‘European Consensus on Development’ https://www.euractiv.com/section/development-policy/opinion/sevencritical-questions-for-review-of-european-consensus-on-development/

The Future of the "European Consensus on Development" https://www.die-gdi.de/uploads/media/BP_5.2016.pdf

European Union Development Policy: Collective Action in Times of Global Transformation and Domestic Crisis http://onlinelibrary.wiley.com/doi/10.1111/dpr.12189/full

El Nuevo Consenso de Desarrollo europeo

ENSAYOCelia Olivar Gil [Versión en inglés]

El contexto global continúa planteando nuevos retos a la acción colectiva europea en materia de desarrollo, siendo el más importante de ellos las migraciones procedentes del Mediterráneo Sur y la dificultad para articular una reacción conjunta bien articulada. Consciente de la urgencia de la situación, la Unión Europea está intentando ofrecer una nueva y ambiciosa respuesta bajo la forma del Nuevo Consenso sobre Desarrollo (de ahora en adelante ‘Consenso’) que coincide también con la revisión de los Objetivos del Milenio realizado por Naciones Unidas.

El Consenso es un ‘marco de actuación’ para favorecer la integración y coherencia de la cooperación al desarrollo de la Unión Europea y sus estados miembros. Este marco de actuación exige adoptar aquellos cambios necesarios para que tanto la legislación comunitaria como las nacionales cumplan con la Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible propuesta por Naciones Unidas y con el acuerdo de París sobre el cambio climático.

El Consenso mantiene como objetivo principal la erradicación de la pobreza, pero incluye una visión novedosa, al proponer que la pobreza se aborde desde una triple perspectiva económica, social y medioambiental. Además de la erradicación de la pobreza, el Consenso quiere cumplir con la Agenda 2030, para ello articula sus cinco pilares que son: población, planeta, prosperidad, paz y cooperación. A esta articulación, el Consenso suma algunos elementos novedosos y transversales, que son: énfasis en la juventud (suplir las necesidades básicas de los jóvenes como el empleo); igualdad de género; buena gobernanza (conseguir un Estado de Derecho que garantice los derechos humanos, fomentar la creación de instituciones transparentes, la toma de decisiones participativa y los tribunales independientes e imparciales); movilización y migración; energía sostenible y cambió climático; Inversión y comercio; compromiso innovador con los países en desarrollo más avanzados (creación de nuevas asociaciones con estos países para aplicar la Agenda 2030 aquí); movilización y uso de los recursos nacionales (uso efectivo y eficaz de los recursos mediante la iniciativa “recaudar más, gastar mejor”).

 

 

Con el fin de conseguir todas las iniciativas y objetivos anteriormente fijados, la aplicación del Consenso se extiende tanto a las políticas de la Unión Europea como a las de todos sus estados miembros. Además, enfatiza que el Consenso también se debe aplicar en las nuevas asociaciones más adaptadas y más multilaterales que incluyan a la sociedad civil y una mayor participación de países socios. Los medios de implementación combinan ayuda tradicional junto con otras formas más innovadoras de financiación para el desarrollo, como son las inversiones del sector privado y la movilización recursos nacionales adicionales para el desarrollo. En cuanto a su seguimiento, el nuevo consenso tendrá un mecanismo de seguimiento periódico que incluye la obligación de rendir cuentas a través del Parlamento europeo y de los parlamentos nacionales y la obligación de emitir informes.

Las primeras evaluaciones del nuevo consenso coinciden en afirmar que es una síntesis correcta de las preocupaciones internacionales de desarrollo. Sin embargo, suscita algunas críticas en relación con la capacidad efectiva para resolver dichas preocupaciones.

En primer lugar, tal y como señala el ‘Overseas Development Institute’, no es un verdadero plan estratégico, sino un conjunto de prioridades inconexas. Para que fuera una real estrategia, haría falta que se determinasen los roles de la Comisión y de los estados miembros, que se definiesen las prioridades temáticas, sectoriales y geográficas (los diecisiete Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) contenidos en la Agenda 2030 se tratan con igual importancia), y que se construyesen nuevas instituciones europeas o bien que se utilizasen las existentes (como el “International Climate Fund”) para coordinar los fondos nacionales de forma más efectiva. Igualmente, el Consenso debería determinar la forma y el contenido de la cooperación con los países de renta media, fijando una coordinación horizontal, vertical y sectorial. Esta coordinación exigiría al mismo tiempo, establecer una división de tareas en el seno de la UE para conseguir un mejor uso de los recursos.

En segundo lugar y de acuerdo con James Mackie (jefe del departamento de aprendizaje y calidad del Centro Europeo para el Desarrollo) resulta difícil percibir a quién se dirige y qué es exactamente lo que exige. El hecho de que las prioridades geográficas y sectoriales queden sin determinar, hace que el grado de compromiso de los estados miembros quede en la incertidumbre y en el caso de que haya compromiso, este será más táctico que explícito.

La tercera crítica está relacionada con su implementación. Aunque el consenso es ambicioso con sus objetivos, carece de un adecuado marco institucional y de un mecanismo eficiente para implementar sus nuevas propuestas. Además, concede al sector privado un papel muy importante, sin dotarle de transparencia en casos de abusos de derechos humanos o daños medioambientales, tal y como aclaraba Marta Latek, investigadora del EPRS (European Parliamentary Research Service)

En cuanto a sus objetivos hay muchos actores influyentes como CARE (la confederación internacional de desarrollo) que coinciden en que se centra demasiado en el control de la migración y no prioriza las necesidades de los pobres. Esto se puede comprobar en el hecho de que tanto en el marco de cooperación con otros países no miembros de la UE, así como el plan de inversiones exterior, prioriza los intereses de seguridad y comerciales de la UE antes de ayudar a la población a salir de la pobreza.

Una quinta crítica hace referencia a la dimensión política. El nuevo Consenso debería integrar un concepto de seguridad tanto holístico como sostenible para conectar los problemas de estabilidad y democracia con los de seguridad en los asuntos exteriores de la UE. Un concepto holístico de desarrollo significa una visión de la sostenibilidad duradera, que comprenda aspectos como la condición de sostenibilidad, la justicia social o la democracia. (Crítica según Henökl, Thomas y Niels Keijzer del German Development Institute)

Por último, en lo que concierne a la financiación, el Parlamento Europeo sigue pidiendo a los estados miembros que donen el 0.7% de su presupuesto anual para la cooperación al desarrollo. Visto que son muy pocos aquellos que llegan a dar ese 0.7%, el consenso recurre a la importancia de la participación del sector privado vía el plan europeo de inversión externa.

En conclusión, estamos ante un documento que recoge las necesidades del contexto global actual pero que requiere una serie de cambios para poder ser totalmente efectivo y una verdadera estrategia. Cambios necesarios para evitar que el Consenso se quede solo en teoría.

 

REFERENCIAS

Preguntas y respuestas: Nuevo Consenso europeo sobre desarrollo: http://europa.eu/rapid/press-release_MEMO-17-1505_es.pdf 

El nuevo Consenso Europeo sobre Desarrollo: La UE y los Estados miembros firman una estrategia conjunta para erradicar la pobreza: http://europa.eu/rapid/press-release_IP-17-1503_es.htm

The proposed new European Consensus on Development Has the European Commission got it right? https://www.odi.org/sites/odi.org.uk/files/resource-documents/11263.pdf

New European consensus on development Will it be fit for purpose? http://www.europarl.europa.eu/RegData/etudes/BRIE/2017/599434/EPRS_BRI(2017)599434_EN.pdf

Seven critical questions for review of ‘European Consensus on Development’ https://www.euractiv.com/section/development-policy/opinion/sevencritical-questions-for-review-of-european-consensus-on-development/

The Future of the "European Consensus on Development" https://www.die-gdi.de/uploads/media/BP_5.2016.pdf

European Union Development Policy: Collective Action in Times of Global Transformation and Domestic Crisis http://onlinelibrary.wiley.com/doi/10.1111/dpr.12189/full

A new Silk Road for the 21st Century

The 'One Belt-One Route' project aims to consolidate China's rise as a superpower

The ambitious initiative launched by Xi Jinping to connect China with the rest of the Eurasian continent can be costly and difficult. But unlike the land route through the republics of Central Asia, the seaway can soon be a reality in certain sections, as China has already built some ports in part of the route.

▲The two ways for the 'One Bell-One Route' project [yourfreetemplates]

ARTICLEJimena Puga Gómez [Spanish version]

After the speech of the Chinese president Xi Jinping in 2013 about revitalizing the ancient Silk Road, the project that started as a simple idea has become the biggest challenge for the world economy, a total revolution in the infrastructures of people’s transports, goods, hydrocarbons and high technology. Known as One Belt-One Road (OBOR), this plan is expected to be key for the Chinese supremacy as a superpower over the rest of the countries.

OBOR is now a great plan for redesigning the strategic environment of China, projecting the Chinese economic power, guaranteeing China the access to energy and minerals and stimulating the economic growth in western China. OBOR tries to reach these objectives by promoting a better connectivity between China and Europe through the development of intermediate points in the center, west and south of Asia.

The maritime route, one of the OBOR's key pieces (also known as the Maritime Silk Road of 21st century), will take advantage of the fact that seven of the world's ten biggest harbors are in China, something that helped China to become an important exporter of services of port management.

The maritime Silk Road headed to the East will start in the province of Fujian and will cross Guangdong, Guangxi and Hainan before directing towards the South until the Strait of Malacca. From Kuala Lumpur, the Route will go through Kolkata and Colombo, then it will cross the rest of the Indic Ocean to Nairobi. From Nairobi, it will go to the North around the African Horn and it will move over the Red Sea towards the Mediterranean, with a stop in Athens before coming across with the terrestrial part of the Belt in Venice. In accordance with the maritime tract towards Europe, China’s investment has focused on the Piraeus Port (Greece), and on the development of a network of logistic infrastructures over the Balkans and Hungary. In this strategic map of routes the South Pacific is also included.

To sum up, the Maritime Silk Road is composed by two routes: one from China over the South Sea of China until the harbors of the Indic Ocean, expanding towards Europe; and the other one over the South Sea of China which extends from the East to the South Pacific.

In spite of being a long-term economic project, the Chinese Government has already started the construction of some infrastructures and a series of negotiations with different countries. A clear example is Germany. The EU is the biggest commercial partner of China, while China is the second for the EU. In addition to its great reputation as a reliable partner, Germany is considered as the “door to Europe”. In Duisburg, the biggest indoor harbor of the world, Xi Jinping proposed to Germany working together in order to make possible the new Silk Road. Nowadays, Germany and China are connected by the railway international line Chongqing-Xinjiang- Duisburg. China, in this negotiation period, has shown its capacity to take advantage of its new skill of modernizing and administrating harbors to enforce its strategy.

The initiative of the new Silk Road focuses on the collective construction of fluent, secure and efficient routes of transport which will connect the main harbors along the route. The effects of this economic net ensure benefits not only for China as the leader of the OBOR, but also for all the countries affected by it. However, the financing of the project is still an unknown that should be clarified.