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Brasil: de dónde viene para saber a dónde va

[Lilia M. Schwarcz y Heloisa M. Starling, Brasil: una biografía (Debate: Madrid, 2016), 896 págs]

RESEÑAEmili J. Blasco

Brasil: una biografía Presentar la historia de un vasto país como es Brasil en un único volumen, aunque extenso, no es tarea sencilla, si se quiere profundizar lo suficiente. «Brazil. A Biography» (para esta reseña se ha utilizado la edición en inglés de Penguin, de 2019, algo posterior a la publicación de la obra en España; el original en portugués es de 2015) es un relato con la apropiada lente. «Brasil no es para principiantes», dicen las dos autoras en la introducción, expresando con esa cita de un músico brasileño el modo como concibieron el libro: sabiendo que se dirigían a un público con generalmente poco conocimiento sobre el país, debían poder trasladar la complejidad de la vida nacional (de lo que constituye un continente en sí mismo) pero sin que la lectura resulte agónica.

El libro sigue un orden cronológico; no obstante, el hecho de arrancar con algunas consideraciones generales y de construir los primeros capítulos en torno a ciertos sistemas sociales y políticos generados sucesivamente por las plantaciones de caña de azúcar, la esclavitud de población africana y la búsqueda de oro hace que la vida de Brasil avance ante nuestros ojos sin tener la sensación de mero corrimiento de fechas. Más adelante llega un siglo XIX que para los hispanos tiene el interés de ver el negativo de la historia que conocemos respecto a las colonias americanas españolas (frente al caso español, durante las guerras napoleónicas la Corte de Portugal se trasladó entera a Rio de Janeiro y la independencia no derivó en diversas repúblicas, sino en una monarquía propia y centralizada). Y después un siglo XX que en Brasil constituyó un buen compendio de las vicisitudes políticas del mundo contemporáneo: del Estado Novo de Getúlio Vargas, a la dictadura militar y a la restauración de la democracia.

La obra de Schwarcz y Starling, profesoras de la Universidad de São Paulo y de la Universidad Federal de Minas Gerais, respectivamente, pone atención en los procesos políticos, pero arropándolos siempre con los paralelos procesos sociales y culturales que se dan juntos en cualquier país. El volumen aporta mucha información y referencias bibliográficas para todos los periodos históricos de Brasil, sin desconsiderar unos para ocuparse más de otros, y el lector puede detenerse especialmente en aquellos momentos que le resulten de mayor interés.

Personalmente, me he entretenido más en la lectura de cuatro periodos, relativamente distantes entre sí. Por un lado, los intentos de Francia y Holanda en los siglos XVI y XVII por poner un pie en Brasil (no tuvieron éxito permanente, y ambas potencias tuvieron que conformarse con las Guayanas). Después el surgimiento y consolidación en el siglo XVIII de Minas Gerais como tercer vértice del triángulo del heartland brasileño (Rio de Janeiro, São Paulo y Belo Horizonte). Luego la descripción de la vida de una corte de estilo europeo en las circunstancias del clima tropical (la monarquía duró hasta 1889). Y finalmente las experiencias del desarrollismo de mediados del siglo XX, con Juscelino Kubitschek y João Goulart en un tour de force entre el compromiso democrático, el personalismo presidencial y las corrientes de fondo de la Guerra Fría.

La lectura de esta obra aparta numerosas claves para entender mejor ciertos comportamientos de Brasil como país. Por un lado, cómo la inmensidad del territorio y la existencia de zonas a las que difícilmente llega el Estado –es el claro ejemplo de la Amazonia–, otorga un importante papel al Ejército como garante de la continuidad de la nación (el éxito, quizás momentáneo, de Bolsonaro y su apelación a las Fuerzas Armas tiene que ver con eso, aunque esta última presidencia ya no queda incluida en el libro). Por otro, cómo el cuarteamiento del poder territorial entre alcaldes y gobernadores genera una multitud de partidos políticos y obliga a cada candidato presidencial a articular múltiples alianzas y coaliciones, en ocasiones incurriendo en una «compra-venta» de favores que generalmente acaba teniendo un coste para la institucionalidad del país.

La redacción del libro fue concluida antes del colapso de la era gubernamental del Partido de los Trabajadores. Por eso la consideración de los gobiernos de Lula da Silva y Dilma Rousseff es, quizás, algo complaciente, como una suerte de «fin de la historia»: desde el final de la dictadura militar en 1985, el país habría evolucionado en la mejora de su vida democrática y social hasta el tiempo coronado por el PT. El «caso Lava Jato» ha demostrado más bien que «la historia continúa».

The Ethics of Ubuntu as a basis for African institutions: The case of Gacaca courts in Rwanda

Photographs of Rwandan genocide victims displayed at the Genocide Memorial Center in Kigali [Adam Jones]

▲ Photographs of Rwandan genocide victims displayed at the Genocide Memorial Center in Kigali [Adam Jones]

ESSAYEmilija Žebrauskaitė

Introduction

While the Western Westphalian State – and, consequently, the Western legal system – became the default in most parts of the world, Africa with its traditional ethics and customs has a lot to offer. Although the positive legalism is still embraced, there is a tendency of looking at the indigenous traditions for the inspiration of the system that would be a better fit in an African setting. Ubuntu ethics has a lot to offer and can be considered a basis for all traditional institutions in Africa. A great example of Ubuntu in action is the African Traditional Justice System which embraces the Ubuntu values as its basis. This article will provide a conceptualization of Ubuntu philosophy and will analyse its applications in the real-world scenarios through the case of Gacaca trials in Rwanda.

Firstly, this essay will define Ubuntu: its main tenants, how Ubuntu compares with other philosophical and ethical traditions, and the main criticism of Ubuntu ethics. Secondly, the application of Ubuntu ethics through African Indigenous Justice Systems will be covered, naming the features of Ubuntu that can be seen in the application of justice in the African setting, discussing the peace vs. justice debate and why one value is emphasized more than another in AIJS, and how the traditional justice in Africa differs from the Western one.

Lastly, through the case study of Gacaca trials in post-genocide Rwanda, this essay seeks to demonstrate that the application of the traditional justice in the post-genocide society did what the Western legalistic system failed to do – it provided a more efficient way to distribute justice and made the healing of the wounds inflicted by the genocide easier by allowing the community to actively participate in the judicial decision-making process.

It is the opinion of this article that while the African Traditional Justice System has it’s share of problems when applied in modern-day Africa, as the continent is embedded into the reality of the Westphalian state, each state being a part of the global international order, the Western model of justice is eroding the autonomy of the community which is a cornerstone of African society. However, the values of Ubuntu ethics persist, providing a strong basis for traditional African institutions. 

Conceptualization of Ubuntu

The word Ubuntu derives from the Bantu language group spoken widely across sub-Saharan Africa. It can be defined as “A quality that includes the essential human virtues; compassion and humanity” (Lexico, n.d.) and, according to Mugumbate and Nyanguru, is a homogenizing concept, a “backbone of African spirituality” in African ontology (2013). “Umuntu ngumuntu ngabantu” – a Zulu phrase meaning “a person is a person through other persons” is one of the widely spread interpretations of Ubuntu. 

In comparison with non-African philosophical thoughts, there can be found similarities between Ubuntu and the traditional Chinese as well as Western ethics, but when it comes to the modern Western way of thought, the contrast is striking. According to Lutz (2009), Confucian ethics, just like Ubuntu ethics, view the institution of family as a central building block of society. An Aristotelian tradition which prevailed in the Western world until Enlightenment had some characteristics similar to Ubuntu as well, namely the idea of Aristoteles that human being is a social being and can only reach his true potential through the community (Aristoteles, 350 B.C.E.). However, Tomas Hobbes had an opposite idea of human nature, claiming that the natural condition of man is solidarity (Hobbes, 1651). The values that still prevail in Ubuntu ethics, therefore, are rarely seen in modern liberal thought that prevails in the Western World and in the international order in general. According to Lutz (2009) “Reconciling self-realization and communalism is important because it solves the problem of moral motivation” which Western modern ethics have a hard time to answer. It can be argued, therefore, that Ubuntu has a lot to offer to the global ethical thought, especially in the world in which the Western ideas of individualism prevail and the values of community and collectivism are often forgotten.

Criticisms

However, while Ubuntu carries values that can contribute to global ethics, as a philosophical current it is heavily criticised. According to Metz (2011), there are three main reasons why Ubuntu receives criticism: firstly, it is considered vague as a philosophical thought and does not have a solid framework; secondly, it is feared that due to its collectivist orientation there is a danger of sacrificing individual freedoms for the sake of society; and lastly, it is thought that Ubuntu philosophy is applicable and useful only in traditional, but not modern society. 

When it comes to the reproach about the vagueness of Ubuntu as a philosophical thought, Thaddeus Metz examines six theoretical interpretations of the concept of Ubuntu:

U1: An action is right just insofar as it respects a person’s dignity; an act is wrong to the extent that it degrades humanity.

U2: An action is right just insofar as it promotes the well-being of others; an act is wrong to the extent that it fails to enhance the welfare of one’s fellows.

U3: An action is right just insofar as it promotes the well-being of others without violating their rights; an act is wrong to the extent that it either violates rights or fails to enhance the welfare of one’s fellows without violating rights.

U4: An action is right just insofar as it positively relates to others and thereby realizes oneself; an act is wrong to the extent that it does not perfect one’s valuable nature as a social being.

U5: An action is right just insofar as it is in solidarity with groups whose survival is threatened; an act is wrong to the extent that it fails to support a vulnerable community.

U6: An action is right just insofar as it produces harmony and reduces discord; an act is wrong to the extent that it fails to develop community (Metz, 2007).

While arguing that the concept U4 is the most accepted in literature, Matz himself argues in favour of the concept U6 as the basis of the ethics is rooted not in the subject, but in the object (Metz, 2007).

The fear that Ubuntu tenants make people submissive to authority and collective goals, giving them a very strong identity that might result in violence against other groups originates, according to Lutz (2009), from a faulty understanding of Ubuntu. Even though the tribalism is pretty common in the African setting, it does not derive from the tenants of Ubuntu, but a corrupted idea of this ethical philosophy. Further criticism on the idea that collectivism might interfere with individual rights or liberties can also be denied quoting Lutz, who said that “Ethical theories that tell us we must choose between egoism and altruism, between self-love and love of others, between prudence and morality, or one’s good and the common good are individualistic ethical theories” and therefore have nothing in common with ideas of Ubuntu, which, unlike the individualistic theories, reconciles the common and personal good and goals. 

The third objection, namely the question of whether Ubuntu ethics remain useful in the modern society which functions according to the Westphalian State model is challenged by Metz (2011). While it is true that Ubuntu developed in a traditional setting in which the value of human beings was based on the amount of communal life a human has lived (explaining the respect for the elders and the ancestors in African setting), a variant concept of dignity that in no way can be applied in a modern setting, there are still valuable ethical norms that can be thought by Ubuntu. Metz (2011) provides a concept of human dignity based on Ubuntu ideas, which, as he argues, can contribute to ethics in the modern African setting: “individuals have dignity insofar as they have communal nature, that is, the inherent capacity to exhibit identity and solidarity with others.” 

The Ubuntu ethics in African Indigenous Justice System

The institutionalisation and centralisation of power in the hands of the Westphalian State takes away the power from the communities which are central to the lifestyle in Africa. However, the communal values have arguably persisted and continue to directly oppose the centralisation. While the Westphalian State model seems to be functioning in the West, there are many good reasons to believe that Africa must look for inspiration in local traditions and customs (Malisa & Nhengeze, 2018). Taking into consideration the Ubuntu values, it is not difficult to understand why institutionalisation has generally not been very successful in African setting (Mugumbate & Nyanguru, 2013), as a place where the community is morally obliged to take care of its members, there is little space for alienated institutions. 

Generally, two justice systems are operating alongside each other in many African societies: the state-administered justice system and the African Indigenous Justice System (AIJS). According to Elechi, Morris & Schauer, the litigants can choose between the state tribunal and AIJS, and can apply to be judged by the state if they do not agree with the sentence of the AIJS (Elechi, Morris, & Schauer, 2010). However, Ubuntu values emphasise the concept of reconciliation: “African political philosophy responds easily and organically to the demands for the reconciliation as a means of restoring the equilibrium of the flow of life when its disturbed” (Nabudere, 2005). As the national court interventions often disharmonize the community by applying the “winner takes it all” approach, and are sometimes considered to be corrupt, there is a strong tendency for the communities to insist on bringing the offender to the AIJS tribunal (Elechi, Morris, & Schauer, 2010).

African Indigenous Justice System is a great example of Ubuntu values in action. The system operates on the cultural norm that important decision should be reached by consensus of the whole group as opposed to the majority opinion. AIJS is characterised by features such as the focus on the effects the offence had on victims and the community, the involvement of the litigants in the active definition of harms and the resolution of the trial, the localisation and decentralisation of authority, the importance of the restoration of harm, the property or relationship, the understanding that the offender might be a victim of the socioeconomic conditions; with the main objective of the justice system being the restoration of relationships, healing, and reconciliation in the community (Elechi, Morris, & Schauer, 2010). Underlying this system is the concept of Ubuntu, which “leads to a way of dealing with the social problems which are very different from the Western legalistic, rule-based system which had become the global default” (Baggini, 2018).

One of the reasons why AIJS can be considered exemplary is its ability to avoid the alienation of the Western courts in which the victim, the offender, and everybody else seem to be represented, but neither victim nor offender can directly participate in the decision making. The system which emphasises reconciliation and in which the community is in charge of the process is arguably much more effective in the African setting, where communities are generally familiar and close-knit. As the offender is still considered a part of the community and is still expected to contribute to its surroundings in the future, the participation in the trial and the decision making is important to the reconciliation: “unlike adjudicated justice, negotiated justice is not a winner take it all justice. Resolution can be reached where the offender, the community, and the victim are each partially wrong” (Elechi, Morris, & Schauer, 2010). As there is very little hope for an offender to be reintegrated into a close community without forgiving and forgiveness from both parties, this type of approach is pivotal.

Another interesting feature of AIJS is the assumption that the offender is not inherently bad in himself, but is primarily a marginalised victim, who does not have the same opportunities as other members of the community to participate in the economic, political, and social aspects of the group, and who can be made right if both the offender and the community make effort (Elechi, Morris, & Schauer, 2010). This concept differs from the Western Hobbesian idea of human beings being inherently corrupt and is much closer to traditional Western Aristotelian ethics. What makes the African concept different, however, is the focus which is not on the virtue of the person himself, but rather on the relationship the offender has with his family and community which, although violated by the offence, can and should be rebuilt by amendments (Elechi, Morris, & Schauer, 2010).

The Gacaca Trials

The Gacaca trials are the state-administered structure which uses communities (around a thousand of them) as a basis for judicial forums (Meyerstein, 2007). They were introduced by the Rwandan government as an alternative to national justice after the Rwandan genocide.

During the colonial times, Rwanda was indirectly ruled by the colonizers through local authorities, namely the Tutsi minority (Uvin, 1999). The Hutu majority were considered second class citizens and by the time of independence were holding deep grievances. The Rwandan Revolution of 1959-1961 overthrew the monarchy and the ruling Tutsi elite. After the independence from the colonial regime, Rwanda was ruled by the Party of Hutu Emancipation Movement, which was supported by the international community on the grounds of the idea that the government is legitimate as it represents the majority of the population – the Hutu (ibid.) During the period of transition, ethnic violence against Tutsi, forcing many of them to leave the country, happened (Rettig, 2008). In 1990 the Rwandan Patriotic Army composed mostly by the Tutsi exiles invaded Rwanda from neighbouring Uganda (ibid.) The incumbent government harnessed the already pre-existing ethnic to unite the Hutu population to fight against the Tutsi rebels. The strategy included finding a scapegoat in an internal Tutsi population that continued to live in Rwanda (Uvin, 1999). The genocide which soon followed took lives of 500,000 to 800,000 people between April and July of the year 1994 when the total population at the time is estimated to have been around 8 million (Drumbl, 2020). More than 100,000 people were accused and waited in detention for trials, creating a great burden on a Rwandan county (Schabas, 2005).

According to Meyerstein (2007), the Gacaca trials were a response to the failure of the Western-styled nation court to process all the suspects of the genocide. Gacaca trials were based on indigenous local justice, with Ubuntu ethics being an underlying element of the system. The trials were traditionally informal, organic, and patriarchal, but the Rwandan government modernized the indigenous justice system by establishing an organizational structure, and, among other things, making the participation of women a requirement (Drumbl, 2020). 

The application of Gacaca trails to do justice after the genocide was not always well received by the international community. The trials received criticism for not complying with the international standards for the distribution of justice. For example, Amnesty International invoked Article 14 of the ICCPR and stated that Gacaca trials violated the right of the accused to be presumed innocent and to the free trial (Meyerstein, 2007). There are, undoubtedly, many problems that can be assigned to the system of Gacaca when it comes to the strict norms of the international norms. 

The judges are drawn from the community and arguably lack the official legal training, the punitive model of the trials that arguably have served for many as an opportunity for personal revenge, and the aforementioned lack of legal protection for the accused are a few of many problems faced by the Gacaca trials (Rettig, 2008). Furthermore, the Gacaca trials excluded the war criminals from the prosecution – there were many cases of the killings of Hutu civilians by Tutsis that formed the part of the Rwandan Patriotic Front army (Corey & Joireman, 2004). This was seen by many as a politicised application of justice, in which, by creating two separate categories of criminals - the crimes of war by the Tutsis that were not the subject of Gacaca and the crimes of the genocide by the Hutus that were dealt with by the trials – the impunity and high moral ground was granted for the Tutsi (ibid). This attitude might bring results that are contrary to the initial goal of the community-based justice - not the reconciliation of the people, but the further division of the society along the ethnic lines. 

However, while the criticism of the Gacaca trials is completely valid, it is also important to understand, that given the limited amount of resources and time, the goal of bringing justice to the victims of the genocide is an incredibly complex mission. In the context of the deeply wounded, post-genocidal society in which the social capital was almost non-existent, the ultimate goal, while having justice as a high priority, was first of all based on Ubuntu ethics and focused more on peace, retribution, and social healing. The utopian perfectness expected by the international community was nearly impossible, and the Gacaca trials met the goal of finding the best possible solutions in the limits of available resources. Furthermore, the criticism of international community often seemed to stem not so much from the preoccupation for the Rwandan citizens, as from the fact that a different approach to justice threatens the homogenizing concept of human rights “which lashes out to squash cultural difference and legal pluralism by criticizing the Gacaca for failures to approximate canonized doctrine” (Meyerstein, 2007).

While it is true that even Rwandan citizens often saw Gacaca as problematic, whether the problems perceived by them were similar to those criticised by the international community is dubious. For example, Rwanda’s Supreme Court’s response to the international criticism was the provision of approach to human rights which, while not denying their objectivity, also advocates for the definition that better suits the local culture and unique circumstances of post-genocide Rwanda (Supreme Court of Rwanda, 2003). After all, the interventions from the part of the Western world on behalf of the universal values have arguably created more violence historically than the defended values should ever allow. The acceptance that Gacaca trials, while imperfect, contributed positively to the post-genocide Rwandan society has the grave implications that human rights are ultimately a product of negotiation between global and local actors” (Meyerstein, 2007) which the West has always refused to accept. However, it is the opinion of this article that exactly the opposite attitude, namely that of better intercultural understanding and the search for the solutions that are not utopian but fit in the margins of the possibilities of a specific society, are the key to both the efficiency and the fairness of a justice system. 

Conclusion

The primary end of the African Indigenous Justice System is to empower the community and to foster reconciliation through a consensus that is made by the offenders, the victims, and the community alike. It encourages to view victims as people who have valuable relationships: they are someone’s daughters, sons, fathers – they are important members of society. Ubuntu is the underlying basis of the Indigenous Justice System and African ethnic in general. While the AIJS seems to be functioning alongside the state’s courts, in the end, the centralization and alienation from the community are undermining these traditional values that flourish in the African setting. The Western legalistic system helps little when it comes to the main goal of justice in Africa – the reconciliation of the community, and more often than not only succeeds in creating further discord. While the criticism of Gacaca trials was undoubtedly valid, it often stemmed from the utopian idealism that did not take the actual situation of a post-genocide Rwanda into consideration or the Western universalism, which was threatened by the introduction of a justice system that in many ways differs from the positivist standard. It is the opinion of this article, therefore, that more autonomy should be granted to the communities that are the basic building blocks of most of the African societies, with the traditional values of Ubuntu being the basis of the African social institutions.

 

BIBLIOGRAPHY

Lexico. (n.d.). Lexico. Retrieved from https://www.lexico.com/definition/ubuntu

Mugumbate, J., & Nyanguru, A. (2013). Exploring African Philosophy: The Value of Ubuntu in Social Work. African Journal of Social Work, 82-100.

Metz, T. (2011). Ubuntu as a moral theory and human rights in South Africa. African Human Rights Law Journal, 532-559.

Metz, T. (2007). Towards an African Moral Theory. The Journal of Political Philosophy.

Lutz, D. W. (2009). African Ubuntu Philosophy and Global Management. Journal of Business Ethics, 313-328.

Hobbes, T. (1651). Leviathan.

Aristoteles. (350 B.C.E.). Politics.

Malisa, M., & Nhengeze, P. (2018). Pan-Africanism: A Quest for Liberation and the Pursuit of a United Africa. Genealogy.

Elechi, O., Morris, S., & Schauer, E. (2010). Restoring Justice (Ubuntu): An African Perspective. International Criminal Justice Review.

Baggini, J. (2018). How the World Thinks: A Global History of Philosophy. London: Granta Books.

Meyerstein, A. (2007). Between Law and Culture: Rwanda's Gacaca and Postolocial Legality. Law & Social Inquiry.

Corey, A., & Joireman, S. (2004). African Affairs. Retributive Justice: the Gacaca Courts in Rwanda.

Nabudere, D. W. (2005). Ubuntu Philosophy. Memory and Reconciliation. Texas Scholar Works, University of Texas Library.

Rettig, M. (2008). Gacaca: Truth, Justice, and Reconciliation in Postconflict Rwanda? African Studies Review.

Supreme Court of Rwanda. (2003). Developments on the subject of the report and different correspondences of Amnesty International. Départements des Jurisdictions Gacaca.

Drumbl, M. A. (2020). Post-Genocide Justice in Rwanda. Journal of International Peacekeeping.

Uvin, P. (1999). Ethnicity and Power in Burundi and Rwanda: Different Paths to Mass Violence. Comparative Politics, 253-271.

Schabas, W. A. (2005). Genocide Trials and Gacaca Courts. Journal of International Criminal Justice, 879-895.

Latinoamérica ha centrado el campo de ensayos clínicos de las principales vacunas anti Covid-19

Brasil ha sido epicentro de la carrera en la experimentación de las vacunas occidentales y también de las de China y Rusia

Los laboratorios que promueven las principales vacunas contra el Covid-19 han recurrido a diversos países latinoamericanos para llevar a cabo ensayos clínicos, en sus diferentes fases. Miles de voluntarios de hasta siete países diferentes han participado en las pruebas, tanto de vacunas promovidas por compañías occidentales como de vacunas de China y Rusia, convirtiendo la región, especialmente afectada por el coronavirus, en escenario de la pugna geopolítica por el prestigio de poder poner fin a la pandemia.

ARTÍCULOJimena Puga

Ya desde antes de que el 11 de marzo la Organización Mundial de la Salud declaró el brote de Covid-19 pandemia global, numerosas empresas y laboratorios comenzaron los estudios para lograr una vacuna. Esas investigaciones han debido hacerse a contrarreloj, no solo por la presión ejercida por la crisis sanitaria mundial sino también por el impacto que está generando en la economía. Más de 160 proyectos están siendo desarrollados en todo el mundo y Latinoamérica ha devenido en un importante campo de pruebas al acoger ensayos clínicos de seis de las vacunas cuya investigación se considera más avanzada: las vacunas desarrolladas por la compañía estadounidense Johnson & Johnson, por la alianza germano-estadounidense Pfizer BioNtech y por la colaboración de la Universidad de Oxford con el laboratorio británico AstraZeneca, así como las vacunas chinas de Sinovac Biotech y Sinopharm y la rusa bautizada como Sputnik V.

Brasil es el principal país de elección, con miles de voluntarios colaborando con cinco de esas seis vacunas; en Argentina y en Perú se están probando tres; dos en México y Chile, y una en Venezuela [ver tabla adjunta]. Los laboratorios internacionales han venido realizando pruebas en dos o tres de esos países, salvo en el caso de Johnson & Johnson, que ha buscado voluntarios en seis países diferentes. Los ensayos se han llevado a cabo en colaboración con instituciones de investigación locales, que en algunos casos han participado activamente en el análisis de datos. Además, México, Argentina y Brasil han cerrado con Oxford-AstraZeneca acuerdos para la fabricación de de su vacuna, al margen de las compras que diversos países latinoamericanos han cerrado ya para la adquisición de millones de dosis de las diferentes vacunas. Así mismo, ha habido acuerdos para que Brasil produzca la vacuna de Sinovac Biotech y Sputnik V. Por otra parte, también existen investigaciones locales, como las emprendidas por la Universidad Nacional Autónoma de México, la Universidad Nacional de San Martín en Argentina y el proyecto cubano de la vacuna Soberana 01.

El interés de los laboratorios internacionales por Latinoamérica se debe a varios motivos. Por un lado, la región está sufriendo especialmente la propagación de contagios –la Organización Panamericana de la Salud confirmó a finales de mayo que el área se había convertido en el epicentro de la pandemia­–, de forma que de los doce países del mundo con mayor número de contagios y con mayor número de muertes, seis son latinoamericanos, según el cómputo de la Universidad John Hopkins a mitad de noviembre. Brasil es el tercero del mundo en contagios, con 5,8 casos, y el segundo en muertes, con 166.000 fallecidos; los otros países más afectados en la región son México, Argentina, Colombia y Perú.

Por otro lado, se trata de naciones que tienen un sistema sanitario suficientemente alto como para poder seguir ciertos estándares en la realización de pruebas clínicas, y al mismo tiempo cuentan con un nivel de vida no especialmente alto como para que haya suficientes voluntarios dispuestos a correr el riesgo de ensayos de este tipo (habitualmente pagados). Para China y Rusia, además, la experimentación en Latinoamérica supone el interés de ganar influencia en una zona que, en el juego geopolítico, le disputan a Estados Unidos.

China y Rusia

El pasado 22 de julio, el portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de China, Wang Wenbin, mantuvo una reunión virtual con el ministro de Relaciones Exteriores de México, Marcelo Ebrard, a la que se sumaron otros países como Argentina, Barbados, Colombia, Costa Rica, Panamá, Ecuador, Perú o Uruguay. Durante la reunión, Wang aseguró que China, América Latina y los países del Caribe se habían unido contra un enemigo común, y que la lucha conjunta contra la pandemia reforzaría la confianza política entre estas naciones y defendería el multilateralismo. En ese encuentro, el representante chino anunció un préstamo de 1.000 millones de dólares a la región.

Central en esa colaboración es la facilitación de vacunas chinas, cuya experimentación se ha llevado a cabo en algunos países latinoamericanos. La vacuna de Sinovac Biotech, también conocida como “CoronaVac”, está siendo probada en Chile y también en Brasil, donde el laboratorio chino cuenta con la colaboración del Instituto Butanan, centro inmunológico brasileño de referencia. Si la vacuna resulta efectiva, el Instituto Butanan tendrá derecho a producir hasta 120 millones de dosis, la mitad para Brasil y el resto para países vecinos.

Sin embargo, después de que el ministro de Sanidad añadiese la “CoronaVac” a su programa inmunológico, el presidente Jair Bolsonaro aseguró recientemente que su gobierno no compraría una vacuna “made in China”. “Los brasileños no serán conejillo de indias de nadie”, dijo Bolsonaro. No quedó claro si se cerraba a cualquier compra a China o esperaría a que se verifique la efectividad de la vacuna. Ya el Gobierno fue reacio a autorizar ensayos de otro vacuna china, la desarrollada por Sinopharm. En cualquier caso, en Brasil también se han probado las vacunas de Oxford-AstraZeneca, Pfizer-BioNTech, Johnson & Johson y Sputnik V.

Por su parte, Moscú asegura querer facilitar su vacuna a toda América Latina, como afirmó Kiril Dmítriev, director del Fondo de Inversiones Directas de Rusia. Dmítriev indicó en octubre que la vacuna Sputnik V se producirá en India, Brasil, Corea del Sur y China y que esperaba cerrar acuerdos de suministro con Argentina y Perú, además de los ya acordados con México y Brasil, que participan en los ensayos clínicos de la vacuna.

Sin duda, es interesante analizar la postura de Estados Unidos con respecto a la decisión de Pekín y Moscú de experimentar sus vacunas en el continente americano. Parece que una vez más, las tres potencias han encontrado un motivo para continuar su pugna por el liderazgo mundial. Al tratarse de una crisis sanitaria global, la obtención de una vacuna eficiente en el menor tiempo permitiría al país pionero verse exaltado como un estado reputado, influyente y respetado. Y para Washington verse sobrepasado por China o Rusia, en el campo de la ciencia y en de la influencia sobre Latinoamérica, supondría una cierta humillación.

Pero ¿es la vacuna una oportunidad real para América Latina? La seguridad y efectividad de una vacuna no es la única barrera en el proceso de producción y distribución. Las leyes de propiedad intelectual otorgan a las farmacéuticas los derechos exclusivos para producir las vacunas, aunque por un número limitado de años, con el objetivo de ayudar a que recuperen el coste de la inversión. Pero en numerosas ocasiones, se abusa de estos derechos y se crean monopolios. En el caso de la vacuna contra la Covid-19 la limitación a su acceso supondría una amenaza real que causaría desabastecimiento y retrasos en su producción.

Por este motivo, la región latinoamericana está acelerando las negociaciones con la Organización Mundial de la Salud, las compañías farmacéuticas y otras organizaciones con el fin de garantizar el suministro y el acceso inmediato a las vacunas disponibles y proteger a la población.

Biden no pondrá el reloj donde lo dejó Obama

Joe Biden y Barack Obama en febrero de 2009, un mes después de llegar a la Casa Blanca [Pete Souza]

▲ Joe Biden y Barack Obama en febrero de 2009, un mes después de llegar a la Casa Blanca [Pete Souza]

COMENTARIOEmili J. Blasco

Este artículo fue previamente publicado, algo abreviado, en el diario ‘Expansión’.

Uno de los grandes errores que revelan las elecciones presidenciales de Estados Unidos es haber subestimado la figura de Donald Trump, creyéndole una mera anécdota, y haber desconsiderado, por antojadiza, gran parte de su política. En realidad, el fenómeno Trump es una manifestación, si no una consecuencia, del actual momento estadounidense y algunas de sus principales decisiones, sobre todo en el ámbito internacional, tienen más que ver con imperativos nacionales que con volubles ocurrencias. Esto último sugiere que hay aspectos de política exterior, dejando aparte las maneras, en los que Joe Biden como presidente puede estar más cerca de Trump que de Barack Obama, sencillamente porque el mundo de 2021 es ya algo distinto al de la primera mitad de la anterior década.

En primer lugar, Biden tendrá que confrontar a Pekín. Obama comenzó a hacerlo, pero el carácter más asertivo de la China de Xi Jinping se ha ido acelerando en los últimos años. En el pulso de superpotencias, especialmente por el dominio de la nueva era tecnológica, Estados Unidos se lo juega todo frente a China. Cierto que Biden se ha referido a los chinos no como enemigos sino como competidores, pero la guerra comercial ya la empezó a plantear la Administración de la que él fue vicepresidente y ahora la rivalidad objetiva es mayor.

El repliegue de Estados Unidos tampoco responde a una locura de Trump. En el fondo tiene que ver, simplificando algo, con la independencia energética alcanzada por los estadounidenses: ya no necesitan el petróleo de Oriente Medio y ya no tienen que estar en todos los océanos para asegurar la libre navegación de los tanqueros. El ‘America First’ de algún modo ya lo inició también Obama y Biden no irá en dirección opuesta. Así que, por ejemplo, no cabrá esperar una gran implicación en asuntos de la Unión Europea ni que se retomen negociaciones en firme para un acuerdo de libre comercio entre ambos mercados atlánticos.

En los dos principales logros de la era Obama –el acuerdo nuclear con Irán sellado por Estados Unidos, la UE y Rusia, y el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Washington y La Habana– Biden tendrá difícil transitar por el sendero entonces definido. Puede haber intentos de nueva aproximación a Teherán, pero habría una mayor coordinación en contra por parte de Israel y el mundo suní, instancias que ahora convergen más. Biden podría encontrarse con que una menor presión sobre los ayatolás empuja a Arabia Saudí hacia la bomba atómica.

En cuanto a Cuba, la vuelta a una disensión estará más en las manos del gobierno cubano que del propio Biden, que en la pérdida electoral en Florida ha podido leer un rechazo a cualquier condescendencia con el castrismo. Pueden desmontarse algunas de las nuevas restricciones impuestas por Trump a Cuba, pero si La Habana sigue sin mostrar voluntad real de cambio y apertura, la Casa Blanca ya no tendrá por qué seguir apostando por concesiones políticas a crédito.

En el caso de Venezuela, Biden posiblemente replegará buena parte de las sanciones, pero ya no cabe una política de inacción como la de Obama. Aquella Administración no confrontó más el chavismo por dos razones: porque no quiso molestar a Cuba dadas las negociaciones secretas que mantenía con ese país para reabrir sus embajadas y porque el nivel de letalidad del régimen aún no se había hecho insoportable. Hoy los informes internacionales sobre derechos humanos son unánimes sobre la represión y la tortura del gobierno de Maduro, y además la llegada de millones de refugiados venezolanos a los distintos países de la región obligan a tomar cartas en el asunto. Aquí lo esperable es que Biden pueda actuar de modo menos unilateral y, sin dejar de presionar, busque la coordinación con la Unión Europea.

Suele ocurrir que quien llega a la Casa Blanca se ocupa de los asuntos nacionales en sus primeros años y que más adelante, especialmente en un segundo mandato, se centre en dejar un legado internacional. Por edad y salud, es posible que el nuevo inquilino solo esté un cuadrienio. Sin el idealismo de Obama de querer “doblar el arco de la historia” –Biden es un pragmático, producto del establishment político estadounidense– ni las prisas del empresario Trump por el beneficio inmediato, es difícil imaginar que su Administración vaya a tomar serios riesgos en la escena internacional.

Biden ha confirmado su compromiso de arrancar su presidencia en enero revirtiendo algunas decisiones de Trump, notablemente en lo relativo al cambio climático y el acuerdo de París; en lo que afecta a algunos frentes arancelarios, como el castigo innecesario que la Administración saliente ha aplicado a países europeos, y en relación a diversos asuntos de inmigración, lo que sobre todo incumbe a Centroamérica.

De todos modos, aunque la izquierda demócrata quiera empujar a Biden hacia ciertos márgenes, creyendo tener en la vicepresidenta Kamala Harris una aliada, el presidente electo puede hacer valer su personal moderación: el hecho de que en las elecciones él haya obtenido mejor resultado que el propio partido le da, de momento, suficiente autoridad interna. Por lo demás, los republicanos han resistido bastante bien en el Senado y la Cámara de Representantes, de forma que Biden llega a la Casa Blanca con menos apoyo en el Capitolio que sus antecesores. Eso, en cualquier caso, puede contribuir a reforzar uno de los rasgos en general más valorados hoy del político de Delaware: la predictibilidad, algo que las economías y las cancillerías de buena parte de los países del mundo esperan con ansiedad.

Multilateralismo: infectado por COVID-19

COMENTARIO Sebastián Bruzzone

“Hemos fallado… Debimos haber actuado antes frente a la pandemia”. No son palabras de un politólogo, científico o periodista, sino de la propia canciller Angela Merkel dirigiéndose a los otros 27 líderes de la Unión Europea el 29 de octubre de 2020.

Cualquier persona que haya seguido las noticias desde marzo hasta hoy puede darse cuenta fácilmente de que ningún gobierno en el mundo ha sabido controlar la expansión del coronavirus, excepto en un país: Nueva Zelanda. Su primera ministra, la joven Jacinda Ardern, cerró las fronteras el 20 de marzo e impuso una cuarentena de 14 días para los neozelandeses que volviesen del extranjero. Su estrategia “go hard, go early” ha obtenido resultados positivos si se comparan con el resto del planeta: menos de 2.000 infectados y 25 fallecidos desde el inicio de la crisis sanitaria. Y la pregunta es: ¿cómo lo han hecho? La respuesta es relativamente sencilla: su comportamiento unilateral.

Los más escépticos a esta idea pueden pensar que “Nueva Zelanda es una isla y ha sido más fácil de controlar”. Sin embargo, es necesario saber que Japón también es una isla y tiene más de 102.000 casos confirmados, que Australia ha tenido más de 27.000 infectados, o que Reino Unido, que es incluso más pequeño que Nueva Zelanda, tiene más de un millón de contagiados. El porcentaje de casos sobre los habitantes totales de Nueva Zelanda es ínfimo, tan solo un 0,04% de su población ha sido infectada.

Mientras los Estados del mundo esperaban que la Organización Mundial de la Salud (OMS) estableciese unas directrices para dar una respuesta común frente a la crisis mundial, Nueva Zelanda se alejó del organismo desoyendo sus recomendaciones totalmente contradictorias, que el presidente estadounidense Donald J. Trump calificó como “errores mortales” mientras suspendía la aportación americana a la organización. El viceprimer ministro japonés Taro Aro llegó a decir que la OMS debería cambiar de nombre y llamarse “Organización China de la Salud”.

El caso neozelandés es el ejemplo del debilitamiento del multilateralismo actual. Lejos queda aquel concepto de cooperación multilateral que dio origen a la Organización de las Naciones Unidas (ONU) tras la Segunda Guerra Mundial, cuyo fin era mantener la paz y la seguridad en el mundo. Los fundamentos de la gobernanza global fueron diseñados por y para Occidente. Las potencias del siglo XX ya no son las potencias del siglo XXI: países emergentes como China, India o Brasil exigen más poder en el Consejo de Seguridad de la ONU y en el Fondo Monetario Internacional (FMI). La falta de valores y objetivos comunes entre países desarrollados y países emergentes está minando la legitimidad y relevancia de las organizaciones multilaterales del siglo pasado. De hecho, China ya propuso en 2014 la creación del Asian Investment Infrastructure Bank (AIIB) como alternativa al FMI o al Banco Mundial.

La Unión Europea tampoco se salva del desastre multilateral porque tiene atribuida la competencia compartida en los asuntos comunes de seguridad en materia de salud pública (TFUE: art. 4.k)). El 17 de marzo, el Consejo Europeo tomó la incoherente decisión de cerrar las fronteras externas con terceros Estados cuando el virus ya estaba dentro en lugar de suspender temporal e imperativamente el Tratado de Schengen. En el aspecto económico, la desigualdad y el recelo entre los países del norte y del sur con tendencia a endeudarse ha aumentado. La negativa de Holanda, Finlandia, Austria y demás frugales frente a la ayuda incondicional requerida por un país como España que tiene más coches oficiales y políticos que el resto de Europa y Estados Unidos juntos ponía en tela de juicio uno de los principios fundamentales sobre los que se construyó la Unión Europea: la solidaridad.

Europa ha sido la tormenta perfecta en un mar de incertidumbre y España, el ojo del huracán. El fondo de recuperación económico europeo es un término que eclipsa lo que realmente es: un rescate financiero. Un total de 750.000 millones de euros repartidos principalmente entre Italia, Portugal, Francia, Grecia y España, que recibirá 140.000 millones y que devolverán los hijos de nuestros nietos. Parece una fantasía que las primeras ayudas sanitarias que recibió Italia proviniesen de terceros Estados y no de sus socios comunitarios, pero se convirtió en una realidad cuando los primeros aviones de China y Rusia aterrizaron en el aeropuerto de Fiumicino el 13 de marzo. La pandemia está resultando ser un examen de conciencia y credibilidad para la Unión Europea, un barco camino del naufragio con 28 tripulantes intentando achicar el agua que lo hunde lentamente.

Grandes académicos y políticos confirman que los Estados necesitan el multilateralismo para responder de forma conjunta y eficaz a los grandes riesgos y amenazas que han traspasado las fronteras y para mantener la paz global. Sin embargo, esta idea se derrumba al reparar en que el máximo referente del bilateralismo de hoy, Donald J. Trump, ha sido el único presidente estadounidense desde 1980 que no ha iniciado una guerra en su primer mandato, que ha acercado posturas con Corea del Norte y que ha conseguido el reconocimiento de Israel por Bahréin y los Emiratos Árabes Unidos.

Es hora de cambiar la geopolítica hacia soluciones actualizadas y propuestas en el consenso basado en una gobernanza en cooperación y no en una gobernanza global dirigida por instituciones obsoletas y realmente poderosas. El multilateralismo globalista que busca unificar la actuación de países con raíces culturales e históricas muy dispares bajo una misma entidad supranacional a la que éstos ceden soberanía puede causar grandes enfrentamientos en el seno de la entente, provocar la salida de algunos de los miembros descontentos, la posterior extinción de la organización pretendida e, incluso, una enemistad o ruptura de relaciones diplomáticas.

Sin embargo, si los Estados con valores, leyes, normas consuetudinarias o intereses similares deciden agruparse bajo un Tratado o crean una institución regulatoria, incluso cediendo la soberanía justa y necesaria, el entendimiento será mucho más productivo. Así, una red de acuerdos bilaterales entre organizaciones regionales o entre Estados tiene la posibilidad de crear objetivos más precisos y específicos, a diferencia de firmar un tratado globalista en el que las extensas letras y listas de sus artículos y miembros pueden convertirse en humo y una mera declaración de intenciones como ha ocurrido con la Convención de París contra el Cambio Climático en 2015.

Esta última idea es el verdadero y óptimo futuro de las relaciones internacionales: el bilateralismo regional. Un mundo agrupado en organizaciones regionales formadas por países con características y objetivos análogos que negocien y lleguen a acuerdos con otros grupos de regiones mediante el diálogo, el entendimiento pacífico, el arte de la diplomacia y pactos vinculantes sin la necesidad de ceder el alma de un Estado: la soberanía.

Trump, el presidente con menos viajes a Latinoamérica desde Bill Clinton

El actual mandatario realizó una sola visita, además en el marco del G-20, frente a las seis que Bush y Obama hicieron en sus primeros cuatro años

Los viajes internacionales no lo dicen todo acerca de la política exterior de un mandatario, pero dan alguna pista. Como presidente, Donald Trump únicamente ha viajado una vez a Latinoamérica, y además solo porque la cumbre del G-20 a la que asistía se celebraba en Argentina. No es que Trump no se haya ocupado de la región –desde luego, la política hacia Venezuela ha estado muy presente en su gestión–, pero el no haber hecho el esfuerzo de desplazarse a otros países del continente refleja bien el carácter más unilateral de su política, poca volcada en ganar simpatías entre sus pares.

Firma en México en 2018 del tratado de libre comercio entre los tres países de Norteamérica [Departamento de Estado, EEUU]

▲ Firma en México en 2018 del tratado de libre comercio entre los tres países de Norteamérica [Departamento de Estado, EEUU]

ARTÍCULO Miguel García-Miguel

Con tan solo una visita a la región, el mandatario estadounidense es el que menos visitas oficiales ha realizado desde la primera legislatura de Clinton, quien también la visitó una sola vez. Por el contrario, Bush y Obama presentaron más atención al territorio vecino, ambos con seis visitas en su primera legislatura. Trump centró su campaña diplomática en Asia y Europa y reservó lo asuntos de Latinoamérica a visitas de los presidentes de la región a la Casa Blanca o a su ‘resort’ de Mar-a-Lago.

En realidad, la Administración Trump dedicó tiempo a asuntos latinoamericanos, tomando posturas más rápidamente que la Administración Obama, pues el empeoramiento del problema de Venezuela requería definir acciones. Al mismo tiempo, Trump ha tratado asuntos de la región con presidentes latinoamericanos en visitas de estos a Estados Unidos. No ha habido, sin embargo, un esfuerzo de multilateralidad o empatía, saliendo a su encuentro en sus países de origen para tratar allí de sus problemas.

Clinton: Haití

El presidente demócrata realizó una única visita a la región en su primer mandato. Acabada la operación Uphold Democracy para devolver al poder a Jean-Bertrand Aristide, el 31 de marzo 1995 Bill Clinton viajó a Haití para la ceremonia de transición organizada por Naciones Unidas. La operación había consistido en una intervención militar de Estados Unidos, Polonia y Argentina, con la aprobación de la ONU, para derrocar a la junta militar que había depuesto por la fuerza a Aristide, quien había sido elegido democráticamente. Durante su segundo mandato, Clinton prestó más atención a los asuntos de la región, con trece visitas.

Bush: tratados de libre comercio

Bush realizó su primer viaje presidencial al país vecino, México, donde se entrevistó con el entonces presidente Fox para tratar diversos temas. México prestó atención al trato del gobierno estadounidense a los inmigrantes mexicanos, pero ambos presidentes también discutieron sobre el funcionamiento del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN o, en inglés, NAFTA), entrado en vigor en 1994, y de aunar esfuerzos en la lucha contra el narcotráfico. El presidente de EEUU tuvo la oportunidad de visitar México tres veces más durante su primer mandato con el fin de asistir a reuniones multilaterales. En concreto, asistió en marzo de 2002 a la Conferencia Internacional sobre la Financiación para el Desarrollo, organizada por las Naciones Unidas y que resultó en el Consenso de Monterrey; además Bush aprovechó la oportunidad para volver a entrevistarse con el presidente mexicano. En octubre del mismo año asistió a la cumbre del foro APEC (Asia-Pacific Economic Cooperation), que ese año se celebraba en el enclave mexicano de Los Cabos. Por último, pisó de nuevo territorio mexicano para acudir a la Cumbre Extraordinaria de las Américas que tuvo lugar en Monterrey en 2004.

Durante su primera legislatura Bush impulsó la negociación de nuevos tratados de libre comercio con diversos países americanos, que fue lo que marcó la política de su Administración en relación con el Hemisferio Occidental. En el marco de esa política viajó a Perú y a El Salvador los días 23 y 24 de marzo del 2002. En Perú se reunió con el presidente de ese país y con los presidentes de Colombia, Bolivia y Ecuador, con el fin de llegar a un acuerdo que renovase la ATPA (Andean Trade Promotion Act), por la cual EEUU otorgaba libertad arancelaria en una amplia gama de las exportaciones de esos países. Finalmente, el asunto se resolvió con la promulgación en octubre del mismo año de la ATPDEA (Andean Trade Promotion and Drug Erradication Act), que mantuvo las libertades arancelarias en compensación por la lucha contra el narcotráfico, intentando desarrollar económicamente la región para crear alternativas a la producción de cocaína. Por último, en el caso de El Salvador se reunió con los presidentes centroamericanos para discutir la posibilidad de un Tratado de Libre Comercio con la región (conocido en inglés como CAFTA) a cambio de un refuerzo de la seguridad en los ámbitos de la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo. El Tratado fue ratificado tres años más tarde por el Congreso estadounidense. Bush volvió a visitar Latinoamérica hasta once veces durante su segundo mandato.

 

Gráfico 1. Elaboración propia con datos de Office of the Historian

 

Obama: dos Cumbres de las Américas

Obama comenzó su recorrido de visitas diplomáticas a territorio latinoamericano con la asistencia a la V Cumbre de las Américas, celebrada en Puerto Príncipe (Trinidad y Tobago). En la Cumbre se reunieron todos los líderes de los países soberanos americanos a excepción de Cuba y tuvo como fin la coordinación de esfuerzos para la recuperación de la reciente crisis del 2008 con menciones a la importancia de la sostenibilidad ambiental y energética. Obama volvió a asistir en 2012 a la VI Cumbre de las Américas que se celebró esta vez en Cartagena de Indias (Colombia). A esta Cumbre no acudió ningún representante de Ecuador ni de Nicaragua en protesta por la exclusión hasta la fecha de Cuba. Tampoco acudió el presidente de Haití ni el presidente venezolano Hugo Chávez alegando motivos médicos. En la cumbre se volvieron a discutir temas de economía y seguridad teniendo especial relevancia la guerra contra las drogas y el crimen organizado, así como el desarrollo de políticas ambientales. Además, aprovechó esta visita para anunciar junto a Juan Manuel Santos, la entrada en efecto del Tratado de Libre Comercio entre Colombia y EEUU, negociado por la Administración Bush y ratificado tras cierta demora por el Congreso estadounidense. El presidente demócrata también tuvo la ocasión de visitar la región con motivo de la reunión del G-20 en México, pero esta vez el tema central rondó en torno a las soluciones para frenar la crisis de la deuda europea.

En cuanto a las reuniones bilaterales, Obama realizó una gira diplomática entre el 19 y el 23 de marzo de 2010 por Brasil, Chile y El Salvador, entrevistándose con sus respectivos presidentes. Aprovechó la ocasión para retomar las relaciones con la izquierda brasileña que gobernaba el país desde el 2002, reiterar su alianza económica y política con Chile y anunciar un fondo de 200 millones de dólares para reforzar la seguridad en Centroamérica. Durante su segundo mandato realizó hasta siete visitas, entre las que cabe destacar la reanudación de las relaciones diplomáticas con Cuba, pausadas desde el triunfo de la Revolución.

Trump: T-MEC

Donald Trump tan solo visitó Latinoamérica en una ocasión para asistir a la reunión del G-20, una convocatoria que ni siquiera era regional, celebrada en Buenos Aires en diciembre de 2018. Entre los diversos acuerdos alcanzados destacan la reforma de la Organización Mundial de Comercio y el compromiso de los asistentes de implementar las medidas adoptadas en el Acuerdo de París, a excepción de EEUU, puesto que el presidente ya había reiterado su empeño en salirse del acuerdo. Aprovechando la visita, firmó el T-MEC (Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá, nuevo nombre para el renovado TLCAN, cuya renegociación había sido una exigencia de Trump) y se reunió con el presidente chino en el contexto de la guerra comercial. Trump, en cambio, no acudió a la VIII Cumbre de las Américas celebrada en Perú en abril de 2018; el viaje, que debía llevarle también a Colombia, fue cancelado a última hora porque el presidente estadounidense prefirió permanecer en Washington ante una posible escalada de la crisis siria.

El motivo de las pocas vistas a la región ha sido que Trump ha dirigido su campaña diplomática hacia Europa, Asia y en menor medida Oriente Medio, en el contexto de la guerra comercial con China y de la pérdida de poder en el panorama internacional de EEUU.

 

Gráfico 2. Elaboración propia con datos de Office of the Historian

 

Solo un viaje, pero seguimiento de la región

A pesar de apenas haber viajado al resto del continente, el candidato republicano sí ha prestado atención a los asuntos de la región pero sin moverse de Washington, pues han sido hasta siete los presidentes latinoamericanos que han pasado por la Casa Blanca. Las reuniones han tenido como foco principal el desarrollo económico y el reforzamiento de la seguridad, como es habitual. Atendiendo a la realidad de cada país las reuniones giraron más entorno a la posibilidad de futuros tratados de comercio, la lucha contra la droga y el crimen organizado, evitar el flujo de inmigración ilegal que llega hasta Estados Unidos o la búsqueda de reforzar alianzas políticas. Aunque la web del gobierno estadounidense no la catalogue como una visita oficial, Donald Trump también llegó a reunirse en la Casa Blanca en febrero de este mismo 2020 con Juan Guaidó, reconocido como presidente encargado de Venezuela.

Justamente, si ha habido un tema común a todas estas reuniones, ese ha sido la situación de crisis económica y política en Venezuela. Trump ha buscado aliados en la región para cercar y presionar al gobierno de Maduro el cual no solo es un ejemplo de continuas violaciones de los derechos humanos, sino que además desestabiliza la región. La férrea oposición al régimen le sirvió a Donald Trump como propaganda para ganar popularidad e intentar salvar el voto latino en las elecciones del 3 de noviembre, y eso tuvo su premio al menos en el estado de Florida.

 

Gráfico 3. Elaboración propia con datos de Office of the Historian

Trump-Biden: Dos candidatos con estrategia internacional en clave interna

COMENTARIORafael Calduch Torres*

Tal y como manda la tradición desde 1845, el primer martes de noviembre, el próximo día 3, los habitantes con derecho a voto de los cincuenta estados que conforman Estados Unidos, tomarán parte en el quincuagésimo noveno Election Day, el día en el que se conforma el Colegio Electoral, que tendrá que elegir entre mantener al cuadragésimo quinto Presidente de los Estados Unidos de América, Donald Trump, o escoger al cuadragésimo sexto, Joe Biden.

Pero el verdadero problema al que se enfrentan no sólo los habitantes de EEUU, sino el resto de población del planeta es que tanto Trump como Biden plantean su estrategia internacional en clave interna, siguiendo la estela del cambio que se produjo en el país a raíz de los atentados del 11-S y cuyo resultado fundamental ha sido la ausencia de un liderazgo efectivo de la superpotencia americana en los últimos veinte años. Porque si hay algo que nos tiene que quedar claro es el hecho de que ninguno de los candidatos, como no lo hicieron sus predecesores, tiene un plan que permita retomar el liderazgo internacional del que disfrutaron los Estados Unidos hasta el final de la década de los ’90; por el contrario lo que les urge es resolver los problemas domésticos y supeditar las cuestiones internacionales, que una superpotencia de la talla de los EEUU debe afrontar, a las soluciones que se adopten internamente, lo que es uno de los graves errores estratégicos de nuestra era, pues los liderazgos internacionales fuertes y coherentes con la gestión de los problemas internos han permitido históricamente la creación de puntos de encuentro en la sociedad estadounidense que amortiguan las divisiones y cohesionan al país.

Sin embargo, pese a estas similitudes generales hay una clara diferencia entre ambos candidatos a la hora de abordar los temas internacionales que afectará a los resultados de la elección que harán el martes los estadounidenses.

The Power of America’s example”. Con este eslogan, la propuesta general de Biden, mucho más clara y accesible que la de Trump, desarrolla un plan para liderar el mundo democrático en el S. XXI basado en utilizar la forma en la que se solucionarán los problemas domésticos estadounidenses como ejemplo, aglutinante y sostén de su liderazgo internacional; ni que decir tiene que la mera suposición de que los problemas internos de los Estados Unidos no sean exactamente extrapolables al resto de actores internacionales no se tiene tan siquiera en cuenta.

Así el candidato demócrata, utilizando una retórica bastante tradicional en torno a la dignificación del liderazgo, utiliza la conexión entre realidad interna e internacional, para plantear un programa de regeneración nacional sin concretar cómo ello conseguirá restablecer el liderazgo internacional perdido. Este planteamiento se sustentará sobre dos pilares principales que serán la regeneración democrática del país y la reconstrucción de la clase media estadounidense que, a su vez, permitirán apuntalar otros proyectos internacionales

La regeneración democrática descansará en el refuerzo de los sistemas educativo y judicial, la transparencia, la lucha contra la corrupción o el fin de los ataques a los medios y se plantea como el instrumento para el restablecimiento del liderazgo moral del país que, además de inspirar a otros, serviría para que los EE.UU. trasladasen esas políticas nacionales estadounidenses al ámbito internacional, para que otros las sigan y las imiten a través de una suerte de liga global por la democracia que se nos antoja muy nebulosa.

Mientras tanto, la reconstrucción de la clase media, la misma a la que apeló Trump hace cuatro años, pasaría por una mayor inversión en innovación tecnológica y una supuesta mayor equidad global respecto al comercio internacional, del que se beneficiaría sobre todo Estados Unidos.

Finalmente, todo lo anterior se complementaría con una nueva era en el control armamentístico internacional a través de un nuevo tratado START entre EEUU y Rusia, el liderazgo de EEUU en la lucha contra el cambio climático, el fin de las intervenciones en suelo extranjero, particularmente en Afganistán, y el restablecimiento de la diplomacia como elemento vertebrador de la política exterior estadounidense.

Promises Made, promises kept!”. ¿Cuál es la alternativa de Trump? El actual Presidente no desvela cuáles son sus proyectos y plantea, sin embargo, un repaso a sus “logros” que, entendemos, nos dará idea de lo que será su política exterior que girará en torno a la continuidad en el reequilibrio comercial de los EEUU basado, como hasta ahora, en un blindaje de las compañías estadounidenses frente la inversión extranjera, la imposición de nuevos aranceles, la lucha contra prácticas comerciales fraudulentas especialmente por parte de China y el restablecimiento de las relaciones de EEUU con sus aliados en Asia/Pacífico, Oriente Medio y Europa, pero sin propuestas específicas.

Con respecto al ámbito de la seguridad, tratado de forma diferenciada por Trump, la receta es el aumento de los gastos en defensa, el blindaje del territorio de los Estados Unidos contra el terrorismo y la oposición a Corea del Norte, Venezuela e Irán, a la que se unirá el mantenimiento y expansión de la reciente campaña de acciones dirigidas específicamente contra Rusia, con el objetivo declarado de contenerla en Ucrania y de evitar ciberataques.

Pero la realidad es que ambos candidatos tendrán que enfrentar retos globales que no han considerado en sus programas y que les condicionarán decisivamente en sus mandatos, empezando por la gestión de la pandemia y sus efectos económicos a escala mundial y pasando por la creciente competición de la Unión Europea, sobre todo a medida que se desarrollen sus capacidades militares y de defensa comunes.

Como acabamos de evidenciar, ninguno de los candidatos ofrecerá soluciones nuevas y por ello no es probable que la situación mejore, al menos en el corto plazo.

* Doctor en Historia Contemporánea. Licenciado en Ciencias Políticas y de la Administración. Profesor de la UNAV y de la UCJC

Post-Brexit UK-Africa relations: Inevitability of competition between the UK, the EU, and China?

WORKING PAPERMaría del Pilar Cazali

 

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ABSTRACT

The Brexit deal has led to a shift in the UK’s relationship not only with the European Union but also with other countries around the world. Africa is key in the new relationships the UK is trying to build outside from the EU due to their historical past, the current Commonwealth link, and the important potential trade deals. This article looks to answer how hard the UK will struggle with competition in the African country as an individual state, no longer member of the EU. These struggles will be especially focused on trading aspects, as they are the most important factors currently for the UK in the post-Brexit era, and it’s also the strongest focus of the EU in Africa.

Naciones Desunidas

[Peter Zeihan, Desunited Nations. The Scramble for Power in an Ungoverned World (New York: Harper Collins, 2020) 453 pgs]

RESEÑAEmili J. Blasco

Desunited Nations. The Scramble for Power in an Ungoverned World El mundo parece caminar hacia lo que Peter Zeihan denomina «el gran desorden». La suya no es una visión catastrofista del orden internacional por el mero placer de revolcarse en el pesimismo, sino que se presenta plenamente razonada. El repliegue de Estados Unidos está dejando al orbe sin la presencia ubicua de quien aseguraba la estructura mundial que hemos conocido desde la Segunda Guerra Mundial, lo que fuerza a los demás países a un comercio intercontinental más inseguro y a buscarse la vida en un entorno de «naciones desunidas».

Zeihan lleva tiempo sacando consecuencias de su idea seminal, expuesta en su primer libro, The Accidental Superpower (2014): el éxito del frácking ha dado independencia energética a Estados Unidos, por lo que ya no necesita el petróleo de Oriente Medio y progresivamente se retirará de buena parte del mundo. En su siguiente libro, The Absent Superpower (2016), detalló cómo la retirada estadounidense dejará a los demás países sin capacidad de garantizar la seguridad de las rutas del importante comercio marítimo y reducirá la proliferación de contactos desarrollados en esta era de globalización. Esto último se ha acelerado ahora con la pandemia del Covid, que llegó cuando un tercer volumen, Desunited Nations (2020), estaba a punto de publicarse. Zeihan no tuvo tiempo para incluir una referencia a los estragos del virus, pero no hacía falta porque su texto iba en cualquier caso en la misma dirección.

Zeihan, analista geopolítico que trabajó con George Friedman en Stratfor y ahora tiene su propia firma, estudia esta vez cómo las diferentes potencias van a adaptarse al «gran desorden» y cuáles de ellas cuentan con mejores perspectivas. El libro trata «de lo que ocurre cuando el orden global no solo se está desmoronando, sino cuando muchos líderes sienten que sus países saldrán mejor parados derribándolo». Y no es únicamente algo de la Administración Trump: «el empujón para el repliegue estadounidense no empezó con Trump, ni terminará con él», dice Zeihan.

El autor cree que, en el nuevo esquema, Estados Unidos se mantendrá como superpotencia, China no alcanzará una posición hegemónica y Rusia proseguirá en su decadencia. Entre otras potencias menores, Francia liderará la nueva Europa (no Alemania; mientras que los británicos «están condenados a una depresión de múltiples años»), Arabia Saudí dará más preocupación al mundo que Irán y Argentina tendrá mejor futuro que Brasil.

Por centrarnos en la rivalidad EEUU-China, estaría bien recoger algunos de los argumentos esgrimidos por Zeihan para su escepticismo sobre la consolidación del auge chino.

Para ejercer de modo efectivo de superpotencia, China necesita un mayor control de los mares. El problema no es construir una gran armada orientada al exterior, sino que, siendo ya difícil poder sostener ese enorme esfuerzo en el tiempo, debe además tener simultáneamente «una enorme armada defensiva y una enorme fuerza aérea y una enorme fuerza de seguridad interior y un enorme Ejército y un enorme sistema de inteligencia y un enorme sistema de fuerzas especiales y una capacidad de despliegue global».

Para Zeihan, la cuestión no es si China será el próximo hegemón, que «no puede serlo», sino «si China incluso puede mantenerse unida como país». Vectores que juegan en contra son la imposibilidad de alimentar por sí misma a toda su población, la falta de suficientes fuentes de energía propias, los fuertes desequilibrios territoriales o los condicionamientos demográficos, como el hecho de que haya 41 millones de hombres chinos por debajo de los 40 años que nunca podrán casarse.

No es infrecuente que haya autores estadounidenses que predigan un futuro colapso de China. Sin embargo, episodios como el coronavirus, visto inicialmente como un serio tropiezo para Pekín, nunca acaban por cercenar la marcha hacia delante del coloso asiático, por más que lógicamente las cifras de crecimiento económico chino se han ido moderando con los años. De ahí que a veces esos malos augurios de muchos cabría interpretarlos más como un deseo que como un análisis con suficientes dosis de realismo. Zeihan, ciertamente, escribe de un modo algo «suelto», con afirmaciones rotundas que buscan sacudir al lector, pero sus axiomas geopolíticos parecen estar generalmente refrendados: licuando bien lo que dice en sus tres libros, tenemos un claro aviso de por dónde se supone que va a ir el mundo; y por ahí efectivamente está yendo.

Los JJOO de Tokio 2021 y la diplomacia pública japonesa: una oportunidad de proyección internacional en un mundo post-Covid

COMENTARIOJuan Luis López Aranguren

Si la diplomacia tradicional se entiende como las relaciones ejercidas entre representantes oficiales de los Estados, en los últimos años ha ganado popularidad un nuevo concepto de diplomacia que se ha vuelto cada vez más importante en las relaciones entre las naciones: la diplomacia cultural. Asumiendo que la cultura es el vehículo a través del cual las naciones se comunican entre sí, la diplomacia cultural es el intercambio de cultura, ideas e información que las naciones de todo el mundo realizan para lograr una comprensión mutua que permita avanzar en la construcción de un mundo más justo y estable. En este ámbito, la celebración de los Juegos Olímpicos es uno de los eventos de diplomacia cultural más importante que una nación puede lograr para proyectar y compartir su cultura e identidad con el resto del mundo. En este sentido, Japón reafirmó su posición como referente mundial de esta diplomacia con la aparición pública en la ceremonia de clausura de los JJOO de Río de Janeiro de 2016. En ella, el primer ministro japonés Shinzo Abe apareció caracterizado como el personaje mundialmente conocido Mario para recoger el testigo de cara a los JJOO de Tokio 2020. Japón empleaba, de esta manera, un icono de la cultura pop japonesa para proyectar su identidad cultural a todo el planeta. 

En esta dimensión del poder blando o diplomacia cultural, los Juegos Olímpicos son el mayor exponente del mismo. Ya en su origen, en el año 776 a.C., los JJOO se revelaban como una herramienta diplomática de extraordinaria fortaleza al obligar a una tregua sagrada a las diferentes ciudades-estado que participaban en los mismos. Por lo tanto, desde su mismo origen fue posible lograr objetivos políticos internacionales empleando esta herramienta cultural. Esta medida se observaba hasta el punto de que si alguna ciudad-estado violaba esta tregua, sus atletas eran expulsados de la competición.

Esta misma manifestación se ha repetido en épocas más recientes, demostrando que los JJOO han sido durante toda la Historia un campo de batalla diplomático. En 1980 los EEUU y otros 65 países boicotearon los JJOO de Moscú en protesta por la invasión de Afganistán por parte de la URSS. Como represalia, la URSS y otros 13 Estados boicotearon la siguiente edición de los JJOO en 1984 celebrada en Los Ángeles.

Los próximos Juegos Olímpicos de Tokio 2021 (retrasados un año debido a la pandemia) no arrastran ninguna polémica de este tipo. En su lugar han sido concebidos como una oportunidad histórica de reinvención del país a nivel interno y global tras la catástrofe de Fukushima (o Gran Terremoto del Este de Japón). Para ello se ha aprobado un proyecto oficial titulado Tokyo 2020 Action & Legacy Plan 2016 en el cual se pretende conseguir tres objetivos: en primer lugar, lograr la máxima conexión de ciudadanos japoneses y colectivos con los JJOO de Tokio. En segundo lugar, maximizar la proyección cultural tanto nacional como global. En tercer y último lugar, asegurar un legado de valor a las futuras generaciones, tal y como fue con ocasión de los JJOO de Tokio 1964.

Estos tres objetivos apuntados por el Gobierno japonés se manifestarán en cinco pilares dimensionales en los cuales se va a actuar. Estos cinco pilares se articulan a modo de los anillos olímpicos, entrelazándose entre ellos y fortaleciendo el impacto doméstico e internacional de estos JJOO. Estas dimensiones, son, empezando por el más inmediato a la propia vertiente puramente deportiva, la promoción del propio deporte y la salud. El segundo, conectar con la cultura y educación. El tercero, también con gran importancia por su potencial de reforma de Tokio en particular y Japón en general, la planificación urbana y la sostenibilidad. No en vano, El Gobierno japonés y el Gobierno metropolitano de Tokio han realizado grandes esfuerzos para construir infraestructuras ambiciosas que den cabida a estos JJOO, hasta el punto de relocalizar la famosa e icónica lonja de Tsukiji que ha sido un símbolo de la ciudad desde 1935. En cuarto lugar, estos JJOO se van a emplear para reactivar la economía y la innovación tecnológica, de la misma manera que ya lo hicieron los JJOO de Tokio de 1964 cuando sirvieron de escaparate para los primeros Shinkansen o trenes bala que se han convertido en uno de los iconos tecnológicos de Japón. Finalmente, en quinto lugar, Japón se planteó estos JJOO como una oportunidad de superar la crisis y el trauma provocado por el desastre de Fukushima (catástrofe que en el país nipón se denomina empleando el terremoto que lo provocó: el Gran Terremoto del Este de Japón).

A estos cinco objetivos que van desde lo más específico a los más general se les suma este 2020 un sexto objetivo o dimensión no oficial: proyectar a nivel doméstico e internacional la recuperación de Japón frente a la pandemia del COVID. En este sentido, los JJOO no serán solamente un símbolo de superación frente a un desastre particular japonés, sino que puede permitir al país nipón colocarse como un modelo en la gestión contra la pandemia y en la promoción de la recuperación económica.