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¿Sigue siendo Costa Rica un modelo de institucionalidad?

El deterioro de los últimos años parece hacerse corregido en varios indicadores sobre salud democrática y entorno económico

Costa Rica ha constituido tradicionalmente un modelo de funcionamiento democrático en una región con serios déficits institucionales, lo que le ha valido un papel de mediador en diferentes conflictos. El aumento de los problemas internos –huelgas, protestas ciudadanas, crisis del bipartidismo...– han parecido laminar los últimos años el prestigio internacional costarricense. ¿Sufre Costa Rica un deterioro democrático e institucional?

Fachada del Teatro Nacional de Costa Rica, en San José [Pixabay]

▲ Fachada del Teatro Nacional de Costa Rica, en San José [Pixabay]

ARTÍCULORamón Barba

La inquietud política de los últimos años en Costa Rica, en un contexto regional de “voto del enojo” y del consiguiente “fenómeno outsider”, ha dado la impresión de un retroceso en las virtudes institucionales del país. El objetivo de este artículo es determinar, atendiendo a distintos indicadores sobre salud democrática y satisfacción económica y política, si existen datos objetivos que ratifiquen esa percepción.

Para este propósito se analizarán primero un conjunto de indicadores, elaborados por el Banco Mundial, la Fundación Konrad Adenauer y la revista The Economist, y luego se tendrán también en cuenta algunos resultados de la encuesta Latinobarómetro. Compararemos los valores registrados en 2010, 2013, 2016 y, cuando sea posible, 2018.

Indicadores

En cuanto al Democracy Index elaborado por The Economist, aunque Costa Rica mantiene su segundo puesto entre las democracias latinoamericanas, por detrás de Uruguay y por delante de Chile (son los tres países que suelen obtener mejor nota en los diferentes parámetros institucionales de la región), en el último decenio se observa un declive democrático costarricense, aparentemente superado en el más reciente informe. De una puntuación de 8,04 lograda en el Democracy Index de 2010, Costa Rica bajó a 8,03 en 2013 y 7,88 en 2016, para recuperar terreno en 2018 con un 8,07. El país sigue siendo la mejor democracia de Centroamérica, seguida a distancia de una estable Panamá.

El deterioro de los últimos años también ha sido recogido por el Índice de Desarrollo de las Democracias en Latinoamérica (IDD-LAT), de la Fundación Konrad Adenauer, que aún no ha publicado datos referidos a 2018, por lo que este índice no puede avalar si ha habido una reciente recuperación. En 2010, Costa Rica contaba con una puntuación media de 9,252; apenas varió en 2013, con un cifra de 9,277, pero bajó claramente en 2016, con 8,539 puntos. Los componentes del índice que más se resintieron fueron el de creación de políticas de bienestar y el de eficiencia económica, donde bajó del 1º y 5º puesto, respectivamente, al 8º y 12º. El hecho de que Costa Rica se mantuviera esos años entre el puesto 1º y 3º en derechos civiles y políticos y en eficiencia institucional y política muestra que la inquietud social de esos años estuvo más en la esfera económica que en la institucional.

Los indicadores de Buen Gobierno del Banco Mundial registran también un pequeño retroceso en el caso de Costa Rica entre los años 2013 y 2016 (datos más recientes aún no han sido publicados). En cuanto a los baremos de Estado de Derecho y Efectividad del Gobierno la puntuación bajó de 0,6 y 0,5, respectivamente, a 0,5 y 0,4. En el baremo de Control de Corrupción apenas ha habido cambios.

 

Valoración ciudadana

Los anteriores indicadores están elaborados por expertos, que al aplicar criterios estandarizados procurar ofrecer una estimación objetiva. Pero también hemos querido tener en cuenta la opinión de los mismos ciudadanos, manifestada en la encuesta Latinobarómetro. Estas pueden ser útiles para indicar la percepción que existe entre la población en torno a la salud institucional del país: la satisfacción que existe sobre el sistema de gobierno y sobre el sistema económico.

El valor de la democracia se mantiene en altos porcentajes en Costa Rica, a pesar de una tendencia negativa en el conjunto de la región. Atendiendo a cuatro valores que el Latinobarómetro ha incluido en sus encuestas correspondientes a los años aquí elegidos para nuestra comparación, vemos que efectivamente en 2016 la percepción ciudadana era la de un empeoramiento de la situación, pero en 2018 se observa una mejora, alcanzando niveles incluso más positivos que en 2013. En cuanto a la valoración de la democracia, su consideración como mejor sistema de gobierno bajó del 77% al 72% y luego ha subido de nuevo al 77%, mientras que su catalogación como sistema preferible ha ido en aumento: 53%, 60% y 63%.

La percepción del entorno económico, por su parte, tuvo un bache en 2013, pero hoy se sitúa en mejores condiciones. La afirmación de “se está progresando” bajó del 15% al 12%, pero en 2018 llegó al 22%, mientras que la satisfacción con las perspectivas económicas personales futuras descendió del 45% al 20% para estar en 2018 en el 52%.

 

Inquietud política

Costa Rica es un país que conserva unas instituciones fuertes, aunque el panorama político se encuentra más dividido. Prueba de ello es el fin del bipartidismo (1953-2014), propiciado por el menor apoyo al Partido de Liberación Nacional (PLN) y al Partido de Unidad Social Cristiana (PUSC) y el surgimiento del Partido Acción Ciudadana (PAC), al que pertenece el actual presidente del país, Carlos Alvarado.

Asuntos de corrupción como el “caso cimentazo”, la elevada deuda pública que ha obligado a recortes en un país con ciertas prestaciones sociales muy consolidadas y un ambiente tanto regional como internacional proclive a soluciones populistas pueden estar detrás del desasosiego político observado en Costa Rica los últimos años.

Esto ocurre en un contexto del “voto del enojo” en Latinoamérica, que surge como consecuencia de las actuaciones políticas de los últimos veinte años en la región y de un fortalecimiento de las clases medias. La insatisfacción ciudadana ha propiciado el surgimiento de políticos outsider: gente con relativa popularidad, corta carrera política, sin estrategia determinada y con un discurso “anti-político”. Se trata de un patrón que, aunque está en el surgimiento del PAC, en cualquier caso no se corresponde plenamente con la personalidad del presidente Alvarado, quien en realidad parece haber contribuido a reconducir la inquietud costarricense.

Conclusiones

Así, del análisis de los datos aquí observados, cabe concluir que efectivamente hubo un ligero deterioro tanto de las circunstancias institucionales como especialmente de las condiciones o expectativas económicas entre 2013 y 2016, pero los distintos baremos han vuelto en 2018 a valores previos, incluso mejorando en algún caso cotas de hace diez años. Esto es algo que se observa tanto en los indicadores a cargo de expertos que siguen procedimientos objetivos estandarizados como en las encuestas de percepción subjetiva ciudadana.

La muestra utilizada y las catas temporales realizadas no han sido exhaustivas, por lo que no es posible especificar si las variaciones aquí constatadas son vaivenes circunstanciales o son parte de una tendencia que apunte en una determinada dirección.

Political Risk, according to Condoleezza Rice

[Condoleezza Rice, Amy B. Zegart, Political Risk: How Businesses and Organizations can Anticipate Global Insecurity. Hachette Book Group. New York, May 2019]

 

REVIEW / Rossina Funes Santimoni

Political Risk: How Businesses and Organizations can Anticipate Global Insecurity

Every year Stanford Graduate School of Business offers their students a seminar in Political Risk. The classes are taught by former U.S Secretary of State Condoleezza Rice and the renowned academic Amy B. Zegart. Motivated by their students, they decided to turn their classes into a book in order to allow more people and organizations to navigate the waters of political risk.

The work titled Political Risk: How Businesses and Organizations can Anticipate Global Insecurity is divided into ten chapters. The authors start by explaining the contemporary concept of political risk. Consequently, theoretical framework is added as they advance in the explanation, in this way making it useful for the reader in order to understand, analyze, mitigate and answer efficiently to political risks. Their ultimate objective is to provide functional framework that can be utilized in any organization or by any person to improve political risk management. 

Rice and Zegart define the twenty-first-century political risk as the probability that a political action could significantly affect a company’s business. Nowadays, the public and the private sphere are constantly changing and evolving. Everything is more complex and intertwined. Governments are no longer the only ones playing an important role in business decisions. The authors emphasize how companies need to efficiently deal with the political risks spawn by an increasing diversity of actors, among which is anyone with access to social media. In order to illustrate the latter, the authors make use of real-life examples, for instance the Blackfish Effect. It is named after a low-budget investigative documentary with the same title that depicted how SeaWorld Entertainment's treatment of orcas harmed both the animals and their human trainers. The film that started with one woman reading a story about orcas triggered political action at the grassroots, state and federal levels, ending up with devastating consequences from which the company has still have not recovered up to now. These cascading repercussions of the film have been denominated the Blackfish Effect. 

The work is well equipped with more examples about distinguished companies’ experience. Among the organizations cited are Lego Company Group, FedEx, Royal Caribbean and Nike. Some have excelled in dealing with political risk and some have failed. However, both sides of the coin are useful to learn and to understand how the convoluted world of political risks management work.

Nowadays, risk generators perform at five intersecting levels including individuals, local organizations and governments, national governments, transnational organizations, and supranational and international institutions. Therefore, today’s risks are different from the old ones, even if those still persist. With this in mind, Rice and Zegart shed a light on these days’ top ten political risks: geopolitics, internal conflict, policy change, braches of contract, corruption, extraterritorial reach, natural resource manipulation, social activism, terrorism and cyber threats.

Nevertheless, even if the theory is laid out, the question still haunts us: Why is good political risk management so hard? The authors dedicate a whole chapter investigating it and conclude that there are “Five Hards”. Political risk is hard to reward, hard to understand, hard to measure, hard to update, and hard to communicate. Therefore, in order to succeed at its management, one must get right the four basics: understanding, analyzing, mitigating and responding to risks. Rice and Zegart dedicate the remaining four chapters of the book expanding on each basic and, again, employing examples to better illustrate their knowledge.

The thing about political risks is that they are always there. They are imminent and we can do nothing more than try to prevent them and learn from them, to use the present in order to make the best of it for the future. It is not about predicting the future, which is impossible. “No one ever builds a disaster recovery plan that allows for the destruction of everybody in the office at 8:45 am. That is never the plan” assures Howard W. Lutnick, CEO at Cantor Fitzgerald on the how the company dealt with the 9/11 terrorist attack aftermath. Paradoxically, Rice and Zegart maintain that the best way to deal with crises is not having them. Henceforth, they dedicate a whole chapter to providing key takeaways in order to better respond to crises. Politics has always been an unpredictable business. There is no one that can discern accurately how human history is going to unfold. However, the authors are convinced that managing political risks does not have to be pure guesswork and that being prepare is essential and can improve companies performances in a great deal.

Political Risk: How Businesses and Organizations can Anticipate Global Insecurity completely revamps the way we reflect on the topic. It is easy to notice both authors proficiency in the field. On one hand, the past experiences of former U.S Secretary of State Condoleezza Rice serve as anecdotes to elucidate the build-up of the theoretical framework. It is valuable to have such a persona to act as a primary source that has lived among other high-end characters and important people in history. On the other hand we have Professor Amy B. Zegart, who with her natural eloquence excels in conveying the importance of political risk management nowadays. Consequently, everyone can get a precious lesson from this book, ranging from students that are interested in navigating the sphere, to everyday workers, company owners and public servants.

Puertas del Valhalla: la política migratoria sueca

La necesidad de mano de obra ha llevado tradicionalmente a Suecia a acoger olas de inmigrantes; sectores de la sociedad lo viven hoy como un problema

Puente de Oresund, entre Dinamarca y Suecia, visto desde territorio sueco [Wikipedia]

▲ Puente de Oresund, entre Dinamarca y Suecia, visto desde territorio sueco [Wikipedia]

ANÁLISISJokin de Carlos

Suecia ha tenido la reputación, desde la Segunda Guerra Mundial, de ser un país abierto a los inmigrantes y de desarrollar políticas sociales tolerantes y abiertas. Sin embargo, el aumento del número de inmigrantes, la lenta adaptación cultural de algunas de esas nuevas comunidades, especialmente la musulmana, y los problemas de violencia generados en áreas de mayor vulnerabilidad han provocado un intenso debate en la sociedad sueca. La opinión de que una generosa política migratoria puede estar destruyendo la identidad sueca y haciendo la vida más difícil para los suecos nativos ha alimentado el voto de cierta oposición de derechas, si bien los socialdemócratas revalidaron el año pasado el apoyo ciudadano para un Gobierno que mantiene las políticas tradicionales con cierto mayor énfasis en la expulsión de aquellos cuya solicitud ha sido rechazada.

Política migratoria

Uno de los problemas históricos de Suecia ha sido su baja tasa de fecundidad, que alrededor de la década de 1960 había ya caído al umbral de 2,1 hijos por mujer necesarios para el reemplazo poblacional. Eso era algo que amenazaba el célebre estado de bienestar sueco, por la necesidad de ingresos por impuestos que mantuvieran los generosos servicios públicos, de forma que el país promovió la llegada de inmigrantes. Al mismo tiempo, la necesidad de mano de obra también era planteada por el desarrollo de la industria nacional.

Suecia surgió de la Segunda Guerra Mundial en buenas condiciones. No sufrió la destrucción de otras naciones, al quedar territorialmente en los márgenes del conflicto, y pudo consolidar una industria metalúrgica que, gracias a la producción de sus minas de hierro, se había beneficiado de vender a los dos bandos en guerra. Ese desarrollo industrial requería de una gran fuerza de trabajo que la baja natalidad propia y la concentración de la población en la costa y en el sur, fuera de los núcleos industriales, dificultaban reunir. Además, el estado de bienestar sueco y las continuas décadas de paz crearon una clase media que no quería trabajar en la nueva industria por los bajos salarios que esta ofrecía para resultar competitiva.

Para resolver la falta de mano de obra y así mantener el progreso económico, desde la década de 1950 Suecia recurrió a la inmigración. El Gobierno abrió primero la frontera a quienes buscaban asilo o trabajo y luego construyó grupos de viviendas, generalmente de baja calidad, cerca de las áreas industriales donde los recién llegados podían encontrar empleos sin ningún requisito de idioma. Cuando el impacto cultural de esas incorporaciones era demasiado grande en algunas áreas, el Gobierno procedía a cerrar las fronteras, restringiendo la inmigración. Cuando se necesitaran nuevos trabajadores, el Gobierno volvía a abrir la frontera.

Este sistema ayudó a un importante avance económico, pero también aisló a muchos grupos sociales, que se quedaron estancados en áreas de bajos ingresos sin apenas posibilidad de desarrollo ni integración social.

Desarrollo histórico

Tanto durante la Segunda Guerra Mundial como a su término, Suecia fue un destino importante para personas procedentes de Noruega, Dinamarca, Polonia, Finlandia y las Repúblicas Bálticas que escapaban de la guerra o de la destrucción que creó; también fue un destino neutral para muchos judíos. En 1944, había en Suecia más de 40.000 refugiados; si bien muchos regresaron a sus países tras la contienda, un grupo considerable de ellos se quedó, principalmente estonios, letones y lituanos, cuyas naciones de origen fueron incorporadas a la URSS.

En 1952, Suecia, Dinamarca y Noruega formaron el Consejo Nórdico, creando un área de libre comercio y libertad de movimiento, a la que Finlandia se unió en 1955. Con esto, miles de migrantes fueron a Suecia para trabajar en la industria, principalmente de Finlandia pero también de Noruega, que aún no había descubierto sus reservas de petróleo. Esto aumentó el porcentaje de la población inmigrante del 2% en 1945 al 7% en 1970. Todo esto ayudó a Tage Erlander (primer ministro de Suecia entre 1946 y 1969) a crear el proyecto "Sociedad Fuerte", dirigido a aumento del sector público y el estado del bienestar. Sin embargo, este flujo de mano de obra comenzó a dañar a los trabajadores suecos nativos y, en consecuencia, en 1967, los sindicatos comenzaron a presionar a Erlander para que limitara la inmigración laboral a los países nórdicos.

En 1969, Erlander renunció al cargo y fue sustituido por su protegido, Olof Palme. Palme era miembro del sector más radical de los socialdemócratas y quería aumentar aún más el estado de bienestar, continuando el proyecto de su predecesor a una mayor escala.

Con el fin de atraer una fuerza laboral más grande sin enojar a los sindicatos, Palme comenzó a utilizar la retórica a favor de los refugiados, abriendo las fronteras de Suecia a las personas que escapaban de las dictaduras y la guerra. Al mismo tiempo, estas personas serían trasladadas a vecindarios industriales, construidos especialmente para ellos en áreas industriales cercanas donde trabajarían. Al mismo tiempo, Palme trató de hacer de Suecia un país atractivo para los inmigrantes mediante políticas de asimilación a favor del multiculturalismo.

Durante este período, personas de muchas nacionalidades comenzaron a llegar al país: desde quienes escapaban del conflicto en Yugoslavia o la ley marcial en Polonia a quienes huían de Oriente Medio y América Latina. Estas nuevas poblaciones se establecieron lejos de núcleos demográficos nativos suecos; debido a esto muchos vecindarios de la clase trabajadora se convirtieron en guetos aislados. En 1986, Palme fue asesinado y su sucesor, Ingvar Carlsson, cambió la política de inmigración y comenzó a aceptar solo a aquellos que configuraran como refugiados de acuerdo con las normas de las Naciones Unidas.

Durante la década de 1990, el aumento de los conflictos en lugares como Somalia, Yugoslavia y varias naciones africanas hizo aumentar el flujo de refugiados de guerra, y muchos de ellos fueron a Suecia. En 1996 se creó el Ministerio de Migración y Política de Asilo. Sin embargo, los dos mayores movimientos de personas de países extranjeros se producirían a raíz de los siguientes conflictos de Irak e Siria. El gobierno conservador de Fredrik Reinfeldt comenzó a acoger a un gran volumen de refugiados iraquíes, que en 2006 se convirtieron en la segunda minoría más grande del país, después de los finlandeses. En 2015, el gobierno socialdemócrata de Stefan Löfven abrió la frontera a los refugiados sirios, que llegaron en masa, huyendo de la Guerra Civil siria y del empuje de Daesh.

Esta sucesión de olas de inmigrantes de Oriente Medio agravaron algunos problemas: en muchos vecindarios, los llegados de fuera no se sienten como en Suecia, principalmente porque estos fueron construidos para "no ser Suecia"; además, la difícil integración y los trabajos mal pagados alimentan las pandillas y el crimen organizado. Todo esto llevó a Löfven a aplicar una política de migración más estricta en 2017, aceptando menos solicitantes de asilo y comenzando a expulsar a aquellos cuyas solicitudes de asilo habían sido denegadas.

Como se puede ver la tendencia en Suecia es abrir las fronteras a la inmigración cuando esta es necesaria y cerrarlas cuando esta comienza a provocar tensiones sociales.

Orígenes de la población inmigrante

Suecia se ha convertido en una sociedad étnicamente muy diversa, donde casi el 22% de la población tiene antecedentes extranjeros. Hasta 2015, la mayor minoría étnica en eran los finlandeses, que a finales del pasado siglo superaban los 200.000. A raíz de la guerra de Irak y de la crisis migratoria siria, las personas procedentes de Oriente Medio han pasado a ser el mayor grupo.

En la actualidad, el 8% de los habitantes de Suecia procede de un país de mayoría musulmana –básicamente de Siria e Irak, pero también de Irán–, si bien solo el 1,4% de la población practica la religión musulmana (alrededor de 140.000 personas en 2017), pues también existen inmigrantes procedentes de esos países con otras adscripciones religiosas, como cristianos, drusos, yazidis o zoroastrianos. Estos números pueden haber aumentado ligeramente, si bien no para provocar cambios muy drásticos en la demografía.

A pesar de no ser especialmente numerosa, la comunidad musulmana ha generado atención mediática a raíz de diversas polémicas. En 2006, Mahmoud Aldebe, miembro del Consejo Musulmán de Suecia, planteó por carta a los partidos políticos del Riksdag y al Gobierno sueco demandas especialmente controvertidas, como derecho a vacaciones islámicas específicas, financiamiento público especial para la construcción de mezquitas, que todos los divorcios entre parejas musulmanas sean aprobados por un imán, y que a los imanes se les permita enseñar el Islam a niños musulmanes en escuelas públicas. Esas demandas fueron rechazadas por las autoridades y la clase política de Suecia. También se ha dado el caso de que algunas asociaciones musulmanas o mezquitas han invitado a predicadores radicales, como Haitham al-Haddad o Said Rageahs, cuyas conferencias fueron finalmente prohibidas.

Áreas Vulnerables y crimen organizado

El Gobierno sueco ha designado algunos barrios como Áreas Vulnerables (Utsatt Område). No son propiamente “No-Go Zones”, porque en ellas tanto los agentes policiales, como los servicios sanitarios o los medios de comunicación pueden entrar. Se trata de áreas de menor seguridad que exigen una mayor atención de las autoridades.

Algunas de ellas se encuentran en Malmö, ciudad con la mayor tasa de criminalidad del país, principalmente debido a su ubicación. Malmö se encuentra al otro lado del puente de Oresund, que conecta Dinamarca con Suecia y es la única ruta por tierra entre Suecia y el continente sin tener que rodear el Báltico. Allí diversas pandillas y mafias participan en el tráfico de drogas y de personas, al tiempo que se enfrentan entre ellas en una pugna por el control del espacio. Grupos de este tipo también actúan en Rotterdam, en relación a la actividad generada por su importante puerto.

A pesar de la impresión dada por ciertos mensajes contrarios a la inmigración, la comisión de delitos en Suecia se encuentra en niveles parecidos a los de 2006. Después de ese año el número de delitos descendió, para subir de nuevo en 2010 y 2012. Podría establecerse una relación entre ese ascenso y la crisis económica, que supuso un aumento del desempleo, pero no está tan clara su vinculación con los registros de inmigración. La llegada de iraquíes en 2005 no conllevó una mayor inseguridad en las calles de Suecia y tampoco lo ha hecho la recepción de sirios en los recientes años. La tasa de homicidios en Suecia es de 1,1 por cada cien mil habitantes –por debajo de otros muchos países europeos–, y hay más delitos registrados por nativos suecos que por extranjeros, según el Consejo Nacional Sueco para la Prevención del Delito.

No obstante, las mafias que operan en Suecia se componen en su mayoría de ciertos grupos étnicos. Su formación se derivó especialmente de la llegada de personas de Yugoslavia, tanto de trabajadores de la década de 1970 como de refugiados de las guerras balcánicas de la década de 1990. El principal de esos grupos, conocido como Yugo Mafia, está hoy liderada por Milan Ševo, apodado “El Padrino de Estocolmo”. Otros grupos son K-Falangen y Naserligan, compuestos por albaneses; la Legión Werefolf, formada por sudamericanos, y los Gangsters, originales por los asirios (minoría cristiana de Siria). No obstante, uno de los más grandes es Brödraskapet o la Hermandad, fundada en 1995, con más de 700 miembros que en su totalidad son suecos nativos y con mucha presencia en las cárceles suecas.

 

Movimientos migratorios de Suecia entre 1850 y 2007. En rojo, llegada de inmigrantes; en azul, salida de emigrantes [Wikipedia-Koyos]

Movimientos migratorios de Suecia entre 1850 y 2007. En rojo, llegada de inmigrantes; en azul, salida de emigrantes [Wikipedia-Koyos]

 

Terrorismo

Desde 2011 en Suecia se han producido tres ataques terroristas; un cuarto ataque pudo se evitado al ser detectada con tiempo su preparación. El primero fue realizado por Anton Lundin Pettersson, un neonazi sueco que en 2015 atacó la Escuela Trollhättan, donde mató a cuatro personas, todas ellas inmigrantes. El siguiente fue perpetrado por el Movimiento de Resistencia Nórdica, una organización neonazi, que actuó contra un centro de refugiados y el café de una organización de izquierdas; en el ataque solo se produjo un herido. El tercero, el más conocido, fue perpetuado en 2017 por un hombre de Uzbekistán aparentemente reclutado por Daesh, que arremetió con un camión contra viandantes en el centro de Estocolmo, matando a cinco personas e hiriendo a catorce.

De los tres atentados, solo uno tuvo motivación yihadista, a diferencia del peso que el terrorismo islamista ha tenido en otros países europeos con mayor población musulmana. En cualquier caso, la segregación que se vive en algunas comunidades y el adoctrinamiento radical que se da en ellas llevó a jóvenes suecos musulmanes a marchar a Siria para encuadrarse en Daesh y las autoridades siguen de cerca su posible retorno.

Aciertos y errores

Durante mucho tiempo, desde la izquierda europea se puso a Suecia como ejemplo de modelo socialdemócrata exitoso; ahora, desde ciertos grupos de derecha, se le pone como ejemplo de multiculturalismo fallido. Probablemente ambas afirmaciones son una exageración con fines partidistas. No obstante, lo cierto es que Suecia cuenta con un bienestar generoso que está costando mantener, y que en su también generosa apertura de fronteras ha cometido errores que no han facilitado la integración de la nueva población. Todo parece indicar que Löfven continua el camino que empezó en 2017 y se ha aumentado la presencia policial en las calles así como un endurecimiento en las políticas de inmigración, siguiendo a su vez las políticas hechas en Dinamarca.

Tiempo tendrá que pasar para ver qué resultados estas políticas tendrán en una futura Suecia.

*En la mitología nórdica, el Valhalla es un enorme y majestuoso salón al que, en la otra vida, aspiran a entrar los héroes

Una conversación con Kissinger

[Winston Lord, Kissinger on Kissinger. Reflections on Diplomacy, Grand Strategy, and Leadership. All Points Books. New York, 2019. 147 p.]

RESEÑAEmili J. Blasco

Kissinger on Kissinger. Reflections on Diplomacy, Grand Strategy, and Leadership

A sus 96 años, Henry Kissinger ve publicado otro libro en gran parte suyo: la transcripción de una serie de largas entrevistas en relación a las principales actuaciones exteriores de la Administración Nixon, en la que sirvió como consejero de seguridad nacional y secretario de Estado. Aunque él mismo ya ha dejado amplios escritos sobre esos momentos y ha aportado documentación para que otros escriban en torno a ellos –como en el caso de la biografía de Niall Ferguson, cuyo primer tomo apareció en 2015–, Kissinger ha querido volver sobre aquel periodo de 1969-1974 para ofrecer una síntesis de los principios estratégicos que motivaron las decisiones entonces adoptadas. No se aportan novedades, pero sí detalles que pueden interesar a los historiadores de esa época.

La obra no responde a un deseo de última hora de Kissinger de influir sobre una determinada lectura de su legado. De hecho, la iniciativa de mantener los diálogos que aquí se transcriben no partió de él. Se enmarca, no obstante, en una ola de reivindicación de la presidencia de Richard Nixon, cuya visión estratégica en política internacional quedó empañada por el Watergate. La Fundación Nixon promovió la realización de una serie de vídeos, que incluyeron diversas entrevistas a Kissinger, llevadas a cabo a lo largo de 2016. Estas fueron conducidas por Winston Lord, estrecho colaborador de Kissinger durante su etapa en la Casa Blanca y en el Departamento de Estado, junto a K. T. McFarland, entonces funcionaria a sus órdenes (y, durante unos meses, número dos del Consejo de Seguridad Nacional con Donald Trump). Pasados más de dos años, esa conversación con Kissinger se publica ahora en una obra de formato pequeño y breve extensión. Sus últimos libros habían sido “China” (2011) y “Orden Mundial” (2014).

El relato oral de Kissinger se ocupa aquí de unos pocos asuntos que centraron su actividad como gran artífice de la política exterior estadounidense: la apertura a China,  la distensión con Rusia, el fin de la guerra de Vietnam y la mayor implicación en Oriente Medio. Aunque la conversación entra en detalles y aporta diversas anécdotas, lo sustancial es lo que más allá de esas concreciones puede extraerse: son las “reflexiones sobre diplomacia, gran estrategia y liderazgo” que indica el subtítulo del libro. Pudiera resultar cansino volver a leer la intrahistoria de una actuación diplomática sobre la que el propio protagonista ya ha sido prolífico, pero en esta ocasión se ofrecen reflexiones que trascienden el periodo histórico específico, que para muchos puede quedar ya muy lejos, así como interesantes recomendaciones sobre los procesos de toma de decisión en posiciones de liderazgo.

Kissinger aporta algunas claves, por ejemplo, sobre por qué en Estados Unidos se ha consolidado el Consejo de Seguridad Nacional como instrumento de acción exterior del presidente, con vida autónoma –y en ocasiones conflictiva– respecto al Departamento de Estado. La Administración Nixon fue su gran impulsora, siguiendo la sugerencia de Eisenhower, de quien Nixon había sido vicepresidente: la coordinación interdepartamental en política exterior difícilmente podía ya hacerse desde un departamento –la Secretaría de Estado–, sino que debía llevarse a cabo desde la propia Casa Blanca. Mientras el consejero de Seguridad Nacional puede concentrarse en aquellas actuaciones que más le interesan al presidente, el secretario de Estado está obligado a una mayor dispersión, teniendo que atender multitud de frentes. Por lo demás, a diferencia de la mayor prontitud del Departamento de Defensa en secundar al comandante en jefe, el aparato del Departamento de Estado, habituado a elaborar múltiples alternativas para cada asunto internacional, puede tardar en asumir plenamente la dirección impuesta desde la Casa Blanca.

En cuanto a estrategia negociadora, Kissinger rechaza la idea de fijar privadamente un máximo objetivo y después ir recortándolo poco a poco, como las rodajas de un salami, a medida que se va alcanzando el final de la negociación. Propone en cambio fijar desde el principio las metas básicas que se desearían lograr –añadiendo tal vez un 5% por aquello de que algo habrá que ceder– y dedicar largo tiempo a explicárselas a la otra parte, con la idea de llegar a un entendimiento conceptual. Kissinger aconseja comprender bien qué mueve a la otra parte y cuáles son sus propios objetivos, pues “si tú impones tus intereses, sin vincularlos a los intereses de los otros, no podrás sostener tus esfuerzos”, dado que al final de la negociación las partes tienen que estar dispuestas a apoyar lo logrado.

Como en otras ocasiones, Kissinger no se abroga en exclusiva el mérito de los éxitos diplomáticos de la Administración Nixon. Si bien la prensa y cierta parte de la academia ha otorgado mayor reconocimiento al antiguo profesor de Harvard, el propio Kissinger ha insistido en que fue Nixon quien marcó decididamente las políticas, cuya maduración habían previamente realizado ambos por separado, antes de colaborar en la Casa Blanca. No obstante, es quizás en este libro donde las palabras de Kissinger más ensalzan al antiguo presidente, tal vez por haberse realizado en el marco de una iniciativa nacida desde la Fundación Nixon.

 “La contribución fundamental de Nixon fue establecer un patrón de pensamiento en política exterior, que es seminal”, asegura Kissinger. Según este, la manera tradicional de abordar la acción exterior estadounidense había sido segmentar los asuntos para intentar resolverlos como problemas individuados, haciendo su resolución la cuestión misma. “Nixon fue –dejando aparte a los Padres Fundadores y, yo diría, a Teddy Roosevelt– el presidente estadounidense que pensó la política exterior como gran estrategia. Para él, la política exterior era la mejora estructural de la relación entre los países de modo que el equilibrio de sus intereses propios promoviera la paz global y la seguridad de Estados Unidos. Y pensó sobre esto en términos de relativo largo alcance”.

Quienes tengan poca simpatía por Kissinger –un personaje de apasionados defensores pero también de acérrimos críticos– verán en esta obra otro ejercicio de autocomplacencia y enaltecimiento propio del exconsejero. Quedarse en ese estadio sería desaprovechar una obra que contiene interesantes reflexiones y creo que completa bien el pensamiento de alguien de tanta relevancia en la historia de las relaciones internacionales. Lo que de afirmación personal pueda tener la publicación se refiere más bien a Winston Lord, que aquí se reivindica como mano derecha de Kissinger en aquella época: en las primeras páginas aparece completa la foto de la entrevista de Nixon y Mao, cuyos márgenes aparecieron cortados en su día por la Casa Blanca para que la presencia de Lord no molestara al secretario de Estado, que no fue invitado al histórico viaje a Pekín.

Constructivist critique of Mearsheimer’s concept of anarchy

Special forces (Pixabay)

▲ Special forces (Pixabay)

ESSAY Roberto Ramírez and Albert Vidal

During the Cold War, Offensive Realism, a theory elaborated by John Mearsheimer, appeared to fit perfectly the international system (Pashakhanlou, 2018). Thirty years after the fall of the Soviet Union, this does not seem to be the case anymore. From the constructivist point of view, Offensive Realism makes certain assumptions about the international system which deserve to be questioned (Wendt, 2008).The purpose of this paper is thus to make a critique of Mearsheimer’s concept of anarchy in the international system. The development of this idea by Mearsheimer can be found in the second chapter of his book ‘The Tragedy of Great Power Politics’.

The essay will begin with a brief summary of the core tenets of the said chapter and how they relate to Offensive Realism more generally. Afterwards, the constructivist theory proposed by Alexander Wendt will be presented. Then, it will be argued from a constructivist approach that the international sphere is the result of a construction and it does not necessarily lead to war. Next, the different types of anarchies that Wendt presents will be described, as an argument against the single and uniform international system that is presented by Neorealists. Lastly, the essay will make a case for the importance of shared values and ideologies, and how this is oftentimes underestimated by offensive realists.

Mearsheimer’s work and Offensive Realism

‘The Tragedy of Great Power Politics’ has become one of the most decisive books in the field of International Relations after the Cold War and has developed the theory of offensive realism to an unprecedented extent. In this work, Mearsheimer enumerates the five assumptions on which offensive realism rests (Mearsheimer, 2014):

1. The international system is anarchic. Mearsheimer understand anarchy as an ordering principle that comprises independent states which have no central authority above them. There is no “government over governments”.

2. Great powers inherently possess offensive military capabilities; which means that there will always be a possibility of mutual destruction. Thus, every state could be a potential enemy.

3. States are never certain of other states’ intentions. All states may be benign, but states could never be sure about that, since their intention could change all of a sudden.

4. Survival is the primary goal of great powers and it dominates other motives. Once a state is conquered, any chances to achieve other goals disappear.

5. Great powers are rational actors, because when it comes to international policies, they consider how their behavior could affect other’s behavior and vice versa.

The problem is, according to Mearsheimer, that when those five assumptions come together, they create strong motivations for great powers to behave offensively, and three patterns of behavior originate (Mearsheimer, 2007).

First, great powers fear each other, which is a motivating force in world politics. States look with suspicion to each other in a system with little room for trust. Second, states aim to self-help actions, as they tend to see themselves as vulnerable and lonely. Thus, the best way to survive in this self-help world is to be selfish. Alliances are only temporary marriages of convenience because states are not willing to subordinate their interest to international community. Lastly, power maximization is the best way to ensure survival. The stronger a state is compared to their enemies, the less likely it is to be attacked by them. But, how much power is it necessary to amass, so that a state will not be attacked by others? As that is something very difficult to know, the only goal can be to achieve hegemony.

A Glimpse of Constructivism, by Alexander Wendt

According to Alexander Wendt, one of the main constructivist authors, there are two main tenets that will help understand this approach:

The first one goes as follows: “The identities and interests of purposive actors are constructed by these shared ideas rather than given by nature” (Wendt, 2014). Constructivism has two main referent objects: the individual and the state. This theory looks into the identity of the individuals of a nation to understand the interests of a state. That is why there is a need to understand what identity and interests are, according to constructivism, and what are they used for.

i. Identity is understood by constructivism as the social interactions that people of a nation have with each other, which shape their ideas. Constructivism tries to understand the identity of a group or a nation through its historical record, cultural things and sociology. (McDonald, 2012).

ii. A state’s interest is a cultural construction and it has to do with the cultural identity of its citizens. For example, when we see that a state is attacking our state’s liberal values, we consider it a major threat; however, when it comes to buglers or thieves, we don’t get alarmed that much because they are part of our culture. Therefore, when it comes to international security, what may seem as a threat for a state may not be considered such for another (McDonald, 2012).

The second tenet says that “the structures of human association are determined primarily by shared ideas rather than material forces”. Once that constructivism has analyzed the individuals of a nation and knows the interest of the state, it is able to examine how interests can reshape the international system (Wendt, 2014). But, is the international system dynamic? This may be answered by dividing the international system in three elements:

a) States, according to constructivism, are composed by a material structure and an idealist structure. Any modification in the material structure changes the ideal one, and vice versa. Thus, the interest of a state will differ from those of other states, according to their identity (Theys, 2018).

b) Power, understood as military capabilities, is totally variable. Such variation may occur in quantitative terms or in the meaning given to such military capabilities by the idealist structure (Finnemore, 2017). For instance, the friendly relationship between the United States (US) and the United Kingdom is different from the one between the US and North Korea, because there is an intersubjectivity factor to be considered (Theys, 2018).

c) International anarchy, according to Wendt, does not exist as an “ordering principle” but it is “what states make of it” (Wendt, 1995). Therefore, the anarchical system is mutable.

The international system and power competition: a wrong assumption?

The first argument will revolve around the following neorealist assumption: the international system is anarchic by nature and leads to power competition, and this cannot be changed.  To this we add the fact that states are understood as units without content, being qualitatively equal.

What would constructivists answer to those statements? Let’s begin with an example that illustrates the weakness of the neorealist argument: to think of states as blank units is problematic. North Korea spends around $10 billion in its military (Craw, 2019), and a similar amount is spent by Taiwan. But the former is perceived as a dangerous threat while the latter isn’t. According to Mearsheimer, we should consider both countries equally powerful and thus equally dangerous, and we should assume that both will do whatever necessary to increase their power. But in reality, we do not think as such: there is a strong consensus on the threat that North Korea represents, while Taiwan isn’t considered a serious threat to anyone (it might have tense relations with China, but that is another issue).

The key to this puzzle is identity. And constructivism looks on culture, traditions and identity to better understand what goes on. The history of North Korea, the wars it has suffered, the Japanese attitude during the Second World War, the Juche ideology, and the way they have been educated enlightens us, and helps us grasp why North Korea’s attitude in the international arena is aggressive according to our standards. One could scrutinize Taiwan’s past in the same manner, to see why has it evolved in such way and is now a flourishing and open society; a world leader in technology and good governance. Nobody would see Taiwan as a serious threat to its national security (with the exception of China, but that is different).

This example could be brought to a bigger scale and it could be said that International Relations are historically and socially constructed, instead of being the inevitable consequence of human nature. It is the states the ones that decide how to behave, and whether to be a good ally or a traitor. And thus the maxim ‘anarchy is what states make of it’, which is better understood in the following fragment (Copeland, 2000; p.188):

‘Anarchy has no determinant "logic," only different cultural instantiations. Because each actor's conception of self (its interests and identity) is a product of the others' diplomatic gestures, states can reshape structure by process; through new gestures, they can reconstitute interests and identities toward more other-regarding and peaceful means and ends.’

We have seen Europe succumb under bloody wars for centuries, but we have also witnessed more than 70 years of peace in that same region, after a serious commitment of certain states to pursue a different goal. Europe has decided to do something else with the anarchy that it was given: it has constructed a completely different ecosystem, which could potentially expand to the rest of the international system and change the way we understand international relations.  This could obviously change for the better or for the worse, but what matters is that it has been proven how the cycle of inter-state conflict and mutual distrust is not inevitable. States can decide to behave otherwise and trust in their neighbors; by altering the culture that constitutes the system, they can set the foundations for non-egoistic mind-sets that will bring peace (Copeland, 2000). It will certainly not be easy to change, but it is perfectly possible.

As it was said before, constructivism does not deny an initial state of anarchy in the international system; it simply affirms that it is an empty vessel which does not inevitably lead to power competition. Wendt affirms that whether a system is conflictive or peaceful is not decided by anarchy and power, but by the shared culture that is created through interaction (Copeland, 2000).

Three different ‘anarchies’

Alexander Wendt describes in his book ‘Social Theory of International Politics’ the three cultures of anarchy that have embedded the international system for the past centuries (Wendt, 1999). Each of these cultures has been constructed by the states, thanks to their interaction and acceptance of behavioral norms. Such norms continuously shape states’ interests and identities.

Firstly, the Hobbesian culture dominated the international system until the 17th century; where the states saw each other as dangerous enemies that competed for the acquisition of power. Violence was used as a common tool to resolve disputes. Then, the Lockean culture emerged with the Treaty of Westphalia (1648): here states became rivals, and violence was still used, but with certain restrains. Lastly, the Kantian culture has appeared with the spread of democracies. In this culture of anarchy, states cooperate and avoid using force to solve disputes (Copeland, 2000). The three examples that have been presented show how the Neorealist assumption that anarchy is of one sort, and that it drives toward power competition cannot be sustained. According to Copeland (2000; p.198-199), ‘[…] if states fall into such conflicts, it is a result of their own social practices, which reproduce egoistic and military mind-sets. If states can transcend their past realpolitik mindset, hope for the future can be restored.’

Ideal structures are more relevant than what you think

One of the common assertions of Offensive Realism is that “[…] the desire for security and fear of betrayal will always override shared values and ideologies” (Seitz, 2016). Constructivism opposes such assertion, and brands it as too simplistic. In reality, it has been repeatedly proven wrong. A common history, shared values, and even friendship among states are some things that Offensive Realism purposefully ignores and does not contemplate. 

Let’s illustrate it with an example. Country A has presumed power strength of 7. Country B has a power strength of 15. Offensive Realism would say that country A is under the threat of an attack by country B, which is much more powerful and if it has the chance, it will conquer country A. No other variables or structures are taken into account, and that will happen inexorably. Such assertion, under today’s dynamics is considered quite absurd. Let’s put a counter-example: who in earth thinks that the US is dying to conquer Canada and will do so when the first opportunity comes up? Why doesn’t France invade Luxembourg, if one take into account how easy and lucrative this enterprise might be? Certainly, there are other aspects such as identities and interests that offensive realism has ignored, but are key in shaping states’ behavior in the international system.

That is how shared values (an ideal structure) oftentimes overrides power concerns (a material structure) when two countries that are asymmetrically powerful become allies and decide to cooperate.

Conclusion

After deepening into the understanding that offensive realists have of anarchy in the international system, this essay has covered the different arguments that constructivists employ to face such conception. To put it briefly, it has been argued that the international system is the result of a construction, and it is shared culture that decides whether anarchy will lead to conflict or peace. To prove such argument, the three different types of anarchies that have existed in the relatively recent times have been described. Finally, a case has been made for the importance of shared values and ideologies over material structures, which is generally dismissed by offensive realists.

Although this has not been an exhaustive critique of Offensive Realism, the previous insights may have provided certain key ideas that will contribute to the conversation. Our understanding of the theory of constructivism will certainly shape the way we tackle crisis and the way we conceive international relations. It is then tremendously important that one knows in which cases it ought to be applied, so that we do not rely completely on a particular theory which becomes our new object of veneration; since this may have dreadful consequences.

 

BIBLIOGRAPHY

Copeland, D. C. (2000). The Constructivist Challenge to Structural Realism: A Review Essay. The MIT Press, 25, 287–212. Retrieved from http://www.jstor.org/stable/2626757

Craw, V. (2019). North Korea military spending: Country spends 22 per cent of GDP. Retrieved from https://www.news.com.au/world/asia/north-korea-spends-whopping-22-per-cent-of-gdp-on-military-despite-blackouts-and-starving-population/news-story/c09c12d43700f28d389997ee733286d2

D. Williams, P. (2012). Security Studies: An Introduction. (Routledge, Ed.) (2nd ed.).

Finnemore, M. (2017). National Interests in International Society (pp. 6 - 7).

McDonald, M. (2012). Security, the environment and emancipation (pp. 48 - 59). New York: Routledge.

Mearsheimer, J. (2014). The Tragedy of Great Power Politics. (WW Norton & Co, Ed.). New York.

Mearsheimer. (2007). Tragedy of great power politics (pp. 29 - 54). [Place of publication not identified]: Academic Internet Pub Inc.

Pashakhanlou, A. (2018). Realism and fear in international relations. [Place of publication not identified]: Palgrave Macmillan.

Seitz, S. (2016). A Critique of Offensive Realism. Retrieved March 2, 2019, from https://politicstheorypractice.com/2016/03/06/a-critique-of-offensive-realism/

Theys, S. (2018). Introducing Constructivism in International Relations Theory. Retrieved from https://www.e-ir.info/2018/02/23/introducing-constructivism-in-international-relations-theory/

Walt, S. M. (1987). The Origins of Alliances. (C. U. Press, Ed.). Ithaca.

Wendt, A. (1995). Constructing international politics. Cambridge, MA: MIT Press.

Wendt, A. (2008). Anarchy is what States make of it (pp. 399 - 403). Farnham: Ashgate.

Wendt, A. (2014). Social theory of international politics (p. 1). Cambridge: Cambridge University Press.

Wendt, A. (2014). Social theory of international politics (p. 29 - 33). Cambridge: Cambridge University Press.

Identidad, la historia se repite

[Francis Fukuyama, Identidad. La demanda de dignidad y las políticas de resentimiento. Deusto, Barcelona, 2019. 208 p.]

RESEÑAEmili J. Blasco

Identidad. La demanda de dignidad y las políticas de resentimiento

El deterioro democrático que hoy vemos en el mundo está generando una literatura propia como la que, sobre el fenómeno contrario, se suscitó con la primavera democrática vivida tras la caída del Muro de Berlín (lo que Huntington llamó la tercera ola democratizadora). En aquel momento de optimismo, Francis Fukuyama popularizó la idea del “fin de la historia” –la democracia como instancia final en la evolución de las instituciones humanas–; hoy, en este otoño democrático, Fukuyama advierte en un nuevo ensayo del riesgo de que lo identitario, despojado de las salvaguardas liberales, fagocite los demás valores si sigue en manos del resurgente nacionalismo populista.

La alerta no es nueva. De ella no se movió Huntington, que ya en 1996 publicó su Choque de civilizaciones, destacando la potencia motriz del nacionalismo; luego, en los últimos años, diversos autores se han referido al retroceso de la marea democrática. Fukuyama cita la expresión de Larry Diamond “recesión democrática”, constatando que frente al salto dado entre 1970 y el comienzo del nuevo milenio (se pasó de 35 a 120 democracias electorales) hoy el número ha decrecido.

El último célebre teórico de las relaciones internacionales en escribir al respecto ha sido John Mearsheimer, quien en The Great Delusion constata cómo el mundo se da hoy cuenta de la ingenuidad de pensar que la arquitectura liberal iba a dominar la política doméstica y exterior de las naciones. Para Mearsheimer, el nacionalismo emerge de nuevo con fuerza como alternativa. Eso ya se observó justo tras descomposición del Bloque del Este y de la URSS, con la guerra de los Balcanes como ejemplo paradigmático, pero la democratización de Europa central y oriental y su rápido ingreso en la OTAN llevaron al engaño (delusion).

Han sido la personalidad y las políticas del actual morador de la Casa Blanca lo que a algunos pensadores estadounidenses, entre ellos Fukuyama, ha puesto en alerta. “Este libro no se habría escrito si Donald J. Trump no hubiera sido elegido presidente en noviembre de 2016”, advierte el profesor de la Universidad de Stanford, director de su Centro sobre Democracia, Desarrollo y Estado de Derecho. En su opinión, Trump “es tanto un producto como un contribuidor de la decadencia” democrática y constituye un exponente del fenómeno más amplio del nacionalismo populista.

Fukuyama define ese populismo a partir de sus dirigentes: “Los líderes populistas buscan usar la legitimidad conferida por las elecciones democráticas para consolidar su poder. Reivindican una conexión directa y carismática con el pueblo, que a menudo es definido en estrechos términos étnicos que excluyen importantes partes de la población. No les gusta las instituciones y buscan socavar los pesos y contrapesos que limitan el poder personal de un líder en una democracia liberal moderna: tribunales, parlamento, medios independientes y una burocracia no partidista”.

Probablemente es injusto echar en cara a Fukuyama algunas conclusiones de El final de la historia y el último hombre (1992), un libro a menudo malinterpretado y sacado de su clave teórica. El autor luego ha concretado más su pensamiento sobre el desarrollo institucional de la organización social, especialmente en sus títulos Origins of Political Order (2011) y Political Order and Political Decay: From the Industrial Revolution to the Present Day (2014). Ya en este último apuntaba el riesgo de regresión, en particular a la vista de la polarización y falta de consenso en la política estadounidense.

En Identidad, Fukuyama considera que el nacionalismo no étnico ha sido una fuerza positiva en las sociedades siempre que se ha basado en la construcción de identidades alrededor de valores políticos liberales y democráticos (pone el ejemplo de India, Francia, Canadá y Estados Unidos). Ello porque la identidad, que facilita el sentido de comunidad y pertenencia, puede contribuir a desarrollar seis funciones: seguridad física, calidad del gobierno, promoción del desarrollo económico, aumento del radio de confianza, mantenimiento de una protección social que mitiga las desigualdades económicas y facilitación de la democracia liberal misma.

No obstante –y este puede ser el toque de atención que pretende el libro–, en un momento de recesión de los valores liberales y democráticos estos van a acompañar cada vez menos al fenómeno identitario, de forma que este puede pasar en muchos casos de integrador a excluyente.

Nuevos 'príncipes' en sistemas políticos convulsos

[Pablo Simón, El príncipe moderno: Democracia, política y poder. Debate, Barcelona 2018, 272 páginas]

 

RESEÑAAlejandro Palacios

El príncipe moderno: Democracia, política y poder

Las relaciones internacionales son guiadas en cada Estado por una serie de líderes e, indirectamente, por partidos políticos que son elegidos de manera más o menos democrática por los ciudadanos. Por tanto, la alta volatilidad del voto que vemos extenderse hoy en nuestras sociedades repercute indirectamente en la deriva del sistema internacional. Este libro trata de hacer un repaso a los sistemas políticos de algunos países para tratar de explicar, en esencia, cómo los ciudadanos interactúan dentro de cada sistema político. La pertinencia del libro está, pues, más que justificada.

De hecho, al entender las tendencias de voto de los ciudadanos, moldeadas por las divisiones sociales y el sistema político al que se enfrenten, nos podemos hacer una idea de por qué han emergido líderes políticamente tan radicales como Trump o Bolsonaro. A modo de ejemplo, no resulta lo mismo votar en un sistema mayoritario que hacerlo dentro de un sistema proporcional. Tampoco votan igual jóvenes y adultos, habitantes de la ciudad y del campo ni los hombres y las mujeres (divisiones conocidas como la triple brecha electoral).

El autor del libro, el politólogo español Pablo Simón, toma como punto de partida la Gran Recesión de 2008, momento en el cual comienzan a emerger nuevas opciones políticas fomentadas, en parte, por la pérdida de confianza tanto en los partidos políticos tradicionales como en el sistema en sí. Paralelamente, la obra intenta reivindicar la importancia de la existencia de una ciencia política que, como tal, sea capaz de tomar una afirmación popular sobre un tema relevante, contrastarla empíricamente y extraer conclusiones en su mayoría generales que ayuden a confirmar o desmentir dicha creencia.

Pablo Simón combina además el análisis práctico de casos reales en diferentes países con aclaraciones teóricas. Esto ayuda a que los lectores menos familiarizados puedan seguir fácilmente las explicación de los fenómenos a los que va haciendo referencia, consiguiendo así que este libro sea accesible para el público en general y no únicamente para un público especializado en teoría y análisis político.

La comparación que el autor hace de los diversos sistemas políticos de varios países (habla de España, pero también de Francia, Bélgica y Estados Unidos, entre otros) hace de este libro un excelente manual de consulta para todos aquellos que, sin dedicarse expresamente a ello, quieran tener una idea global de los sistemas de partidos en el resto del mundo y del porqué de las dinámicas políticas actuales.

Como contrapunto al esfuerzo de divulgación lógicamente hay una menor profundidad en ciertos aspectos abordados. Pero precisamente ese afán divulgativo hace del texto algo ameno de leer tanto por la claridad y concisión de su contenido (no excesivamente técnico y con aclaraciones teóricas) como por su extensión (apenas 275 páginas). En definitiva, un libro el cual constituye el manual perfecto para todos aquellos interesados en el funcionamiento de la política en sentido amplio, sus casusas y efectos.

La volatilidad de la estructura de partidos en Holanda

La sorpresa electoral de Thierry Baudet y la nueva derecha holandesa

Holanda ha conocido los últimos años no solo el declive de algunos de los partidos tradicionales, sino que incluso el nuevo partido del populista Geert Wilders se ha visto superado por una formación aún más reciente, liderada por Thierry Baudet, también marcadamente de derecha pero algo más sofisticada. El terremoto político de las elecciones regionales de marzo podría llevarse por delante la coalición de Gobierno del liberal Mark Rutte, quien ha dado continuidad a la política holandesa a lo largo de los últimos nueve años.

Thierry Baudet, en un spot publicitario de su partido, Foro para la Democracia (FVD)

▲ Thierry Baudet, en un spot publicitario de su partido, Foro para la Democracia (FVD)

ARTÍCULOJokin de Carlos Sola

El pasado 20 de marzo se celebraron elecciones regionales en los Países Bajos. Los partidos que conforman la coalición que mantiene en el poder a Mark Rutte sufrieron un fuerte castigo en todas las regiones, y lo mismo ocurrió con el partido del celebre y polémico Geert Wilders. El gran ganador de estas elecciones fue el partido Foro para la Democracia (FvD), fundado y dirigido por Thierry Baudet, de 36 años y nueva estrella de la política neerlandesa. Estos resultados siembran dudas sobre el futuro del Gobierno de Mark Rutte una vez se renueve la composición del Senado el próximo mes de mayo.

Desde la Segunda Guerra Mundial tres fuerzas han protagonizado la política holandesa: la Llamada Demócrata Cristiana (CDA), el Partido Laborista (PvA) y el Partido Popular por la Libertad y la Democracia (VVD), de tendencia liberal. Las tres sumaban el 83% del electorado neerlandés en 1982. Debido al sistema holandés de representación proporcional ningún partido ha tenido nunca mayoría absoluta, por lo que siempre han existido gobiernos de coalición. El sistema también propicia, al no ser castigados, que los pequeños partidos siempre logren representación, dándose así una gran variedad ideológica en el Parlamento.

Con el pasar de los años los tres partidos principales fueron perdiendo influencia. En 2010, tras ocho años de gobierno, la CDA paso del 26% y el primer puesto en el Parlamento al 13% y cuarto puesto. Esta caída llevó por primera vez al VVD al poder bajo el liderazgo de Mark Rutte y provocó la entrada de Geert Wilders y su Partido por la Libertad (PVV), una formación populista de derecha, en la política holandesa. Poco después Rutte formó una Gran Coalición con el PvA. Sin embargo, esta decisión causó que los laboristas bajaran del 24% al 5% en las elecciones de 2017. Estos resultados hicieron que tanto el VVD como Rutte quedasen como el último elemento de la antigua política neerlandesa.

Esas elecciones de 2017 generaron aún mayor diversidad en el Parlamento. En ellas lograron representación partidos como el Partido Reformado, de ideología Ortodoxa Calvinista; el bautizado como 50+, con el objetivo de defender los intereses de los jubilados, o el partido DENK, creado para defender los intereses de la minoría turca en el país. Sin embargo, ninguno de estos partidos tendría tanta relevancia posterior como el Foro para la Democracia y su líder Thierry Baudet.

Foro para la Democracia

El Foro para la Democracia fue fundado como un think tank en 2016, dirigido por el franco-neerlandés Thierry Baudet, de 33 años. Al año siguiente el FvD se convirtió en partido, presentándose como una formación conservadora o nacional conservadora, y logró dos parlamentarios en las elecciones regionales. Desde entonces ha ido creciendo, a costa principalmente de Geert Wilders y su PVV. Una de las principales razones de esto es que Wilders es acusado de no tener más programa que el rechazo de la inmigración y la salida de la Union Europea. Tan celebre como polémico fue el hecho que PVV presentó su programa en tan solo una página. Por el contrario, Baudet ha creado un programa amplio en el que se proponen temas como la introducción de la democracia directa, la privatización de ciertos sectores, el fin de los recortes militares y un rechazo al multiculturalismo en general. Por otra parte, Baudet se ha creado una imagen de mayor talla intelectual y respetabilidad que Wilders. No obstante, el partido también ha sufrido descensos de popularidad por ciertas actitudes de Baudet, como su negacionismo del cambio climático, su relación con Jean Marie Le Pen o Filip Dewinter y su negativa a responder si relacionaba el coeficiente intelectual con la raza.

Elecciones Regionales

Los Países Bajos están divididos en 12 regiones, cada región dispone de un Consejo, el cual puede tener entre 39 y 55 representantes. Cada consejo elige tanto al Comisario Real, quien actúa como máxima autoridad de la región, como al ejecutivo, generalmente formado mediante una coalición de partidos. Las regiones tienen una serie de competencias concedidas por el Gobierno central.

En las elecciones provinciales del pasado mes de marzo el FvD logró ser el primer partido en 6 de 12 regiones, incluidas las de Holanda del Norte y Holanda del Sur, donde se encuentran las ciudades de Amsterdam, Rotterdam y La Haya, que habían sido tradicionales bastiones del VVD. Además de esto consiguió ser el partido con más representantes de toda Holanda. Estos avances se lograron principalmente a expensas del PVV. Aunque estos resultados no garantizan al FvD tener el gobierno en ninguna región, si le dan influencia y eco mediático, algo que Baudet ha sabido aprovechar.

Varios medios relacionaron la victoria de Baudet con el asesinato días previos en Utrech de tres holandeses a manos de ciudadano turco, que según las autoridades tuvo muy posiblemente una motivación terrorista. No obstante, el FvD llevaba tiempo creciendo y ganando terreno. Las razones de su auge son varias: el declive de Wilders, las acciones del primer ministro Rutte en favor de empresas holandesas como Shell o Unilever (empresa donde él trabajó previamente), el desgaste de los partidos tradicionales, que a su vez daña a sus aliados, y el rechazo a ciertas políticas migratorias que Baudet relacionó con el atentado en Utrecht. También los Verdes holandeses han experimentado un gran crecimiento, acumulando el voto joven que antes apoyaba a Demócratas 66.

 

Resultado de las elecciones regionales holandesas del 20 de marzo de 2019 [Wikipedia]

Resultado de las elecciones regionales holandesas del 20 de marzo de 2019 [Wikipedia]

 

Impacto en la Política Holandesa

La victoria del partido Baudet sobre el de Rutte afecta directamente al Gobierno central, al sistema electoral holandés y al propio primer ministro. En primer lugar, muchos medios acogieron los resultados como una valoración de los holandeses sobre el Gobierno de Rutte. El mayor castigo fue para los aliados de Rutte, los Demócratas 66 y la Llamada Demócrata Cristiana, que fueron los que más apoyos perdieron en las regiones. Desde que llegó al poder en 2010, Rutte ha logrado mantener la fidelidad de su electorado, pero todos sus aliados han terminado siendo castigados por sus votantes. Por ello cabe la posibilidad que el Gobierno de Rutte no llegue a terminar su mandato, si sus aliados terminan dándole la espalda.

El resultado de las regionales de marzo puede tener un segundo impacto en el Senado. Los neerlandeses no designan a sus senadores de forma directa, sino que son los consejos regionales los que eligen a los senadores, por lo que los resultados de las elecciones regionales tienen un efecto directo en la composición de la cámara alta. Por ello es muy posible que los partidos que conforman el Gobierno de Rutte sufran un gran retroceso en el Senado y eso le complique al primer ministro la aprobación de sus iniciativas legislativas.

La tercera consecuencia afecta de forma directa al propio Rutte. En 2019 Donald Tusk termina su segundo mandato como presidente del Consejo Europeo y Rutte tenía muchas posibilidades de sucederle, pero siendo él el principal activo electoral de su partido, su marcha podría hundir al VVD. Podría ocurrir entonces como sucedió con la salida de Tusk de Polonia, que resultó en una victoria conservadora un año más tarde.

Cualquiera que sea el desenlace, la política holandesa ha demostrado en los últimos años una gran volatilidad y mucho movimiento. En 2016 se creía que Wilders ganaría las elecciones y anteriormente que el D66 arrebataría al VVD el liderazgo liberal. Es difícil predecir la dirección en la que el viento hará girar el molino.

South Africa’s role in the BRICS

WORKING PAPER / Alejandro Palacios

ABSTRACT

Nowadays we are seeing how countries that during the Cold War did not show great symptoms of growth, today are on their way to becoming the world's largest economies during the period 2030-2045. These countries, “marginalized” by the Western powers in the process of implementing a global economic system, aspire to form an economic order in which they have the decision-making power. This is why South-South alliances among formerly "marginalised" countries predominate, and will continue to prevail in the future. Among these, the ZOPACAS (of which I already wrote about in another article), the IBSA dialogue forum or the BRICS group stand out. Throughout this article, special mention will be made to this last group and how the political and economic interests of the great powers within it, mainly of China, prevail when it comes not only to deciding and coordinating the agreed policies, but also to interceding to accept or not the inclusion of a certain country in the group. In this way, China tries to increase its political and economic ties with the African continent which is crucial in China´s strategy to become the leading nation by 2049 (coinciding with the 100th anniversary of its creation).

 

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Understanding Chinese Politics in the 21st Century

The Forbidden City, in Beijing [MaoNo]

▲ The Forbidden City, in Beijing [MaoNo]

ESSAYJakub Hodek

To fully grasp the complexities and peculiarities of Chinese domestic and foreign affairs, it is indispensable to dive into the underlying philosophical ideas that shaped how China behaves and understands the world. Perhaps the most important value to the Chinese is stability. Particularly when one considers the share of unpleasant incidents they have fared.

Climatic disasters have resulted in sub-optimal harvest and could also entail the loss of important infrastructure costing thousands of lives. For instance, the unexpected 2008 Sichuan earthquake resulted in approximately 80.000 casualties. Nevertheless, the Chinese have shown resilience and have been able to continue their day-to-day with relative ease.[1] Still, nature was not the only enemy. Various nomadic tribes such as the Xiong Nu presented a constant threat to the early Han Empire, who were forced to reinvent themselves to protect their own. [2]  These struggles only amplified their desire for stability.

All philosophical ideologies rooted in China highlight the benefits of stability over the evil of chaos.[3] In fact, Legalism, Daoism and Confucianism still shape current social and political norms. This is unsurprising as the Chinese interpret stability as harmony and the best mean to achieve development. This affirmation is cultivated from birth and strengthened on all societal levels.

Legalism affirms that “punishment” trumps “rights”. Thus, the interest of few must be sacrificed for the good of the many.[4] This translates to phenomenons present in modern China such as censorship of media outlets, autocratic teachers, and rigorous laws to protect “state secrets”. Daoism attests to the existence of a cosmological order that determines events.[5] Manifestations of this can be seen in fields of Chinese traditional medicine that deals with feng shui or the flows of energy. Confucianism puts stability as an antecedent of a forward momentum and regulates the relationship between the individual and society.[6] From the Confucianism stems a norm of submission to parental expectations, and the subjugation and blind faith to the Communist Party.

It follows that non-Sino readers of Chinese affairs must consider these philosophical roots when analysing current Chinese events. Seen through that lens, actions such as Xi Jinping declaring stability as an “absolute principle that needs to be dealt with using strong hands[7],” initiatives harshly targeting corrupt Party members, increased censorship on media outlets and the widespread reinforcement of nationalism should not come as a surprise. One needs power to maintain stability.

Interestingly, it seems that this level of scrutiny over the daily lives of average Chinese people has not incited negative feelings towards the Communist Party. One of the explanations behind these occurrences might be attributed to the collectivist vision of society that the Chinese individuals possess.  They strongly prefer social harmony over their own individual rights. Therefore, they are willing to trade their privacy to obtain heightened security and homogeneity.  

Of course, this way of living contrasts starkly with developed Western societies who increasingly value their individual rights. Nonetheless, the Chinese in no way fell their values to be inferior to the Western ones. They are prideful and portray a sense of exceptionalism when presenting their socioeconomic developments and societal order to the rest of the world. This is not to say that, on occasion, the Chinese have been known to replicate certain foreign practices in an effort to boost their geopolitical presence and economic results. 

In relation to this subtle sense of superiority shared by the Chinese, it is important to analyse the political conditionality of engaging with the People’s Republic of China (PRC) through economic or diplomatic relations. Although the Chinese government representatives have stated numerous times that, when they establish ties with foreign countries, they do not wish to influence socio-political realities of their recent partner, there are numerous examples that point to the contrary. One only has to look at their One China policy which has led many Latin American countries to sever diplomatic ties with Taiwan. In a way, this is understandable as most countries zealously protect their vision of the world. As such, the Chinese Communist Party (CCP) strategically establishes economic ties with countries harbouring resources they need or that are in need of infrastructure that they can provide. The One Belt One Road initiative represents the economic arm of this vision while their recent increased diplomatic activity, especially in Africa and Latin America, the political one. In short, the People’s Republic of China wants to be at the forefront of geopolitics in a multipolar world lacking clear leadership and certainty, at least in the opinion various experts.

One explanation behind this desire for being at the centre stage of international politics hides in the etymology of their own country’s name. The term “Middle Kingdom” refers to the Chinese “Zhongguó”, where the first character “zhong” means “centre” or “middle” and “guó” means “country”, “nation” or “kingdom”.[8] The first record of this term, “Zhongguó,” can be found in the Book of Documents (“Shujing”), which is one of the Five Classics of ancient Chinese literature. It is a piece which describes ancient Chinese figures and, in some measure, serves as a basis of the Chinese political philosophy, especially Confucianism. Although the Book of Documents dates back to 4th Century A.D., it wasn’t until the beginning of the 20th Century when the term “Zhongguó” became the official name of China.[9] While it is true that the Chinese are not the only country that believes they have a higher calling to lead others, China is the only nation whose name uses such a concept.

Such deep-rooted concepts as “Zhongguó”, strongly resonates within the social fabric of Chinese modern society and implies a vision of the world order where China is at the centre and leading countries both to the East and West. This vision is embodied in Xi Jinping, the designated “core” leader of the Chinese Communist Party (CCP), who is decisively dictating the tempo of China’s effort to direct the country on the path of national rejuvenation. In fact, at the 19th National Congress of the Communist Party of China in October 2017, Xi Jinping’s speech was centered around the need for national rejuvenation. An objective and a date were set out: “By 2049, China’s comprehensive national power and international influence will be at the forefront.”[10] In other words, China aims to restore its status as the Middle Kingdom by the year 2049 and become a leading world power.

The full-fleshed grand strategy can be found in “Xi Jinping Thought on Socialism with Chinese Characteristics in a New Era,” a document that is now part of China’s constitution and it’s as important of a doctrine as Mao Zedong’s political theories or anything the CCP’s has previously put forth. The Chinese are approaching these objectives promptly and efficiently and, as they have proven in the past, they are capable of great achievements when resources are available. Sure enough, the world is already experiencing Xi Jinping’s policies. Recently, Beijing has opted to invest in increased international presence to exert their influence and vision. Starting with continued emphasis on the Belt and Road Initiative (BRI), massive modernization of the People’s Liberation Army (PLA) and aggressive foreign policy.

The migration and political crisis in Europe and Trump’s isolationism have given China sufficient space to jump on the international stage and set in motion a new global order, albeit without the will to dynamite the existing one. Xi Jinping managed to renew a large part of the members of CCP’s executive bodies and left the 19th National Congress of the Communist Party of China notably reinforced. He did everything possible to have political capital to push the economic and diplomatic reforms to drive China to the promised land.

Another issue that is given China an opportunity to steal the spotlight is climate change. Especially, after the United States pulled out from the Paris Agreement in June 2017. Last January, Xi Jinping chose the Davos World Economic Forum to show that his country is a solid and reliable partner. Leaning on an economy with clear signs of stability and growth of around 6.7%, many who had predicted its spiralling fall had to listen as the President presented himself as a champion of free trade and the fight against global warming. After expressing its full support for the agreements reached against the emissions of gases at the climate summit held in Paris in 2016, Xi announced the will of “the Middle Kingdom” to guide the new economic globalization.

President Xi plans to achieve his vision with a two-pronged approach. First, a wide-ranging promotion abroad of “Xi Jinping Thought on Socialism with Chinese Characteristics in a New Era.” This is an unknown strategy to the Chinese as there is no precedent of the CCP’s ideas being promoted abroad. However, Xi views Western liberal democracy as an impediment to China’s rise and wants to offer an alternative in the form of Chinese socialism, which he perceives as practically and theoretically superior. The Chinese model of governing provides a way to catch up with the developed nations and avoid the regression to modern age colonialism.[11] This could turn out to be an attractive proposal to developing nations who might just be lured by China’s “benevolent” governance and “generosity” in the form of low-interest loans. Second, Xi wants to further develop and modernize the PLA so that it is capable to ensure national security and maintain Chinese positions in areas where their foreign policy has become more assertive (not to say aggressive) such as in the South China Sea.[12] Confirming that both strong military and economic sustainability are essential to achieve the strategic goal of becoming the centre of their proposed global order by 2049.

If one desires to understand China today, one must look carefully at its origin. What started off as an isolated nation turned out to be a dormant giant that was only waiting to get its home affairs in order before it went for the rest of the world. If there is any lesson behind recent Chinese actions across the political and socioeconomical spectrum is that they want to live up to their name and be at the forefront of the world. This is not to say that they wish an implosion of the current world order although it is clear they are willing to use force if need be. It merely implies that they believe their philosophical ideologies to be at least as good as those shared in Western societies while not forgoing what they find useful from them: free trade, service-based economy, developed financial markets, among other things. As things stand, China is sure to make some friends along the way. Especially in developing regions that might be tempted by their tremendous economic success in the last decades and offers of help “with no strings attached.” These realities imply that we live in a multipolar which is increasingly heterogenous in connection to values and references that rule it. Therefore, understanding Chinese mentality will prove essential to understand the future of geopolitics.  


[1] Daniell, James. “Sichuan 2008: A Disaster on an Immense Scale.” BBC News, BBC, 9 May 2013, www.bbc.com/news/science-environment-22398684.

[2] The Editors of Encyclopædia Britannica. “Xiongnu.” Encyclopædia Britannica, Encyclopædia Britannica, Inc., 6 Sept. 2017, www.britannica.com/topic/Xiongnu.

[3] Creel, Herrlee Glessner. "Chinese thought, from Confucius to Mao Tse-tung." (1953).

[4] Hsiao, Kung-chuan. "Legalism and autocracy in traditional China." Chinese Studies in History 10.1-2 (1976)

[5] Kohn, Livia. Daoism and Chinese culture. Lulu Press, Inc, 2017

[6] Yao, Xinzhong. An introduction to Confucianism. Cambridge University Press, 2000.

[7] Blanchard, Ben. “China's Xi Demands 'Strong Hands' to Maintain Stability Ahead of Congr.” Reuters, Thomson Reuters, 19 Sept. 2017.

[8] Diccionario conciso español-chino, chino español. Beijing, China: Shangwu Yinshuguan. 2007. 

[9] Nylan, Michael (2001), The Five Confucian Classics, Yale University Press.

[10] Tuan N. Pham. “China in 2018: What to Expect.” The Diplomat, 11 Jan. 2018.

[11]Li, Xiaojun. "Does Conditionality Still Work? China’s Development Assistance and Democracy in Africa." Chinese Political Science Review 2.2 (2017): 201-220.

[12] Chase, Michael S. "PLA Rocket Force Modernization and China’s Military Reforms." (2018).