Guerra económica: El arma de las sanciones a Irán, Rusia y Huawei

Guerra económica: El arma de las sanciones a Irán, Rusia y Huawei

RESEÑA

05 | 03 | 2026

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El control que EEUU tiene sobre el dólar, las transacciones bancarias y los semiconductores reafirma su predominio

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Portada del libro de Edward Fishman ‘Chokepoints. How Ecomomic Warfare Is Changing the World’ (London: Elliott & Thompson, 2025), 555 p.

En geopolítica se utiliza el término ‘chokepoint’ (punto de estrangulamiento, cuello de botella, paso estrecho) para referirse a los lugares críticos de los flujos mundiales, básicamente de transporte y comercio, sobre todo marítimo, como son los estrechos de Malaca, Ormuz y Gibraltar o los canales de Suez y Panamá. En geoeconomía, que puede verse como disciplina propia o como parte de la geopolítica si esta es concebida en sentido amplio, los ‘chokepoints’ son los puntos de estrangulamiento en el flujo no físico sino financiero o tecnológico: como la mayoría de las transacciones se realizan en dólares y las transferencias monetarias utilizan el sistema de intercambios Swift, quien controle esa divisa (Estados Unidos) o tenga poder sobre la entidad que gestiona las conexiones telemáticas bancarias (Estados Unidos en cooperación con sus mayores socios occidentales) tiene la última palabra sobre esos procesos.

En ocasiones se han catalogado las sanciones económicas internacionales como ‘diplomacia coercitiva’, pero Edward Fishman las sitúa directamente en el campo de la guerra, es decir, de la guerra económica. Aunque siempre han existido tiranteces y enfrentamientos interestatales que han tenido una vertiente económica, el amplio recurso a las sanciones de este tipo en las dos últimas décadas tiene que ver con dos hechos fundamentales: una profunda globalización que conecta centros de producción y mercados de todo el mundo, y un deseo por parte de Estados Unidos, tras el cansancio bélico de Afganistán e Irak, de buscar otros medios para doblegar a países rivales o díscolos.

Fishman es un experto en la materia, en la que se desempeñó en su paso por el Departamento de Estado, el Pentágono y el Tesoro de Estados Unidos, formando parte de los equipos encargados del diseño de sanciones contra el programa nuclear de Irán y la ocupación rusa de territorio ucraniano. La obra de Fishman es un prolijo recuento de los pasos que se siguieron desde Washington para pulir progresivamente una herramienta cuyo resultado es ambivalente: sirvió para que el régimen de los ayatolás aceptara en 2015 aparcar, al menos temporalmente, su programa nuclear (aunque las sanciones volvieron cuando Trump rompió el acuerdo firmado por Obama), pero sin embargo no evitó que Rusia volviera a agredir a Ucrania en 2022 a pesar de las sanciones recibidas por haber tomado Crimea en 2014. Las medidas coercitivas permitieron aplacar el empuje de la compañía china de telecomunicaciones ZTE, acusada por EEUU de compartir tecnología con Irán y Corea del Norte, pero está por ver en qué acaba el pulso con Huawei, a la que EEUU ha ido logrando vetar en redes nacionales de 5G y a la que ha impuesto una restricción de acceso a semiconductores.

Fishman considera que “el arsenal económico de Estados Unidos ha demostrado que puede infligir un daño tremendo, pero no ha demostrado que pueda impulsar de forma fiable los objetivos estratégicos de Estados Unidos”. Para que las sanciones sean eficaces, advierte, estas “suelen requerir la cooperación de otros Estados, una tarea difícil, sobre todo cuando se les pide que hagan sacrificios”. Esa cooperación, sobre todo con Europa y el conjunto del G7, fue procurada por Obama y Biden, pero Trump la ha desdeñado.

No solo Washington ha ido abandonando la conveniencia de la multilateralidad, sino que además el objetivo de las sanciones ha ido pasando de querer forzar al trasgresor a deponer su actitud, a conformarse con hacerle pagar un precio. Así ocurre con las sanciones tecnológicas a empresas chinas, planteadas en realidad por EEUU para impedir un ‘sorpasso’ de Pekín como potencia, y no para conseguir –lo que sería quimérico– que esas empresas garanticen su independencia del Partido Comunista. En el caso de Rusia, este es el único recurso que en el fondo le queda a la comunidad internacional: debilitar económicamente a Moscú, sabiendo que esa presión no motivará la retirada de Ucrania.

El libro detalla cómo comenzó a gestarse el reclutamiento de expertos en sanciones económicas y cómo fue creciendo el tamaño de esa unidad, primero en el Tesoro y luego también comandado desde el Departamento de Estado o el Consejo de Seguridad Nacional, según la organización de cada presidencia. Surgió justo tras el 11-S como un deseo de George Bush de trazar la financiación de los grupos terroristas y alcanzó su mayoría de edad con las sanciones sobre Irán que condujeron al acuerdo de 2015 y que lograron paralizar el comercio de su petróleo y las transacciones internacionales de sus bancos. Reeditar esto mismo para Rusia fue más complejo, por el tamaño de su economía y su mayor interacción mundial; además, para preparar su invasión de 2022, Putin preventivamente había acumulado reservas de divisas y creado un sistema paralelo de transferencias bancarias. China constituye una economía aún mayor y más globalizada, y al margen de la guerra arancelaria planteada por Washington para reducir su déficit comercial, aquí Estados Unidos está aprovechando otro de los ‘chokepoints’ que domina —estar a la vanguardia de los microchips– para procurar retrasar el avance de las tecnológicas chinas.

La obra no cuestiona la supremacía que Wall Street y Silicon Valley han dado a Estados Unidos en el mundo; tampoco la licitud de Washington de usarla para llevar a cabo esas guerras económicas. Las ve justificadas en el caso de combatir el programa nuclear iraní y de querer frenar la agresión rusa en Ucrania y parece comulgar con el esfuerzo de EEUU por conservar la primacía tecnológica sobre China por entender que se trata de una competencia desleal debido al estatalismo chino. Deja entrever malestar, no obstante, por la falta de unidad en los criterios de las distintas administraciones norteamericanas, especialmente por las simpatías de Trump hacia Putin y algunos de sus desaires a los aliados estadounidenses.

Precisamente para dar cierta continuidad, Fishman propone la creación en Washington de un ‘consejo permanente de guerra económica’ que planifique qué medidas pueden ser más efectivas en el futuro. Estima que el dólar seguirá durante cierto tiempo primando la posición estadounidense en la comunidad internacional, pero advierte de que la ‘Edad de la Guerra Económica’ no le va a durar siempre a EEUU: pueden aparecer nuevas industrias en las que adquiera ventaja y pueda usar como palanca, pero también las demás potencias encontrarán modos de desatar el nudo.