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Soldados de Djibouti participan en un entrenamiento de alcance virtual en el Campamento Lemonnier, base estadounidense, en febrero de 2024 [US Army]
1. Introducción
En un sistema internacional marcado por asimetrías de poder históricas, las dinámicas de dominación no se limitan al terreno económico o cultural, sino que se proyectan de manera decisiva en el ámbito militar. Finalizada la Guerra Fría y, tras los ataques del 11 de septiembre, las bases militares extranjeras, entre ellas las de origen estadounidense, se han tornado más controvertidas, siendo objeto de intensos debates en los países donde se encuentran[1]. África, en particular, ha sido escenario de este creciente fenómeno; países como Djibouti y Sudán han demostrado ser de gran interés geopolítico para las potencias mundiales.
Dentro de la disciplina de las Relaciones Internacionales, la escuela realista sostiene que la soberanía de un estado es efectiva si va acompañada de una capacidad de defensa autónoma, capaz de responder a las amenazas inherentes del sistema internacional. Así lo subraya Hans Morgenthau al afirmar que “debemos distinguir entre poder militar y poder político”, enfatizando que es precisamente la autonomía militar la que permite a los estados tomar decisiones libres de subordinaciones externas. Por su parte, la teoría del ‘small state diplomacy’ indica que un Estado pequeño es más vulnerable a la presión, más propenso a ceder ante el estrés, más limitado en cuanto a las opciones políticas a su disposición y está sujeto a una conexión más estrecha entre los asuntos internos y externos que una gran potencia[2]. En consecuencia, diversos autores coinciden en que el poder nacional —sustentado en la fuerza militar propia— ha sido históricamente un elemento clave para la afirmación de la soberanía.
A partir de estos postulados, podemos generar una mirada crítica sobre los mecanismos de intervención militar que las potencias mundiales despliegan en el mundo no occidental[3]. Así, se busca demostrar que este no es un fenómeno neutral, sino una práctica que, en la mayoría de los casos, condiciona la autonomía estratégica de los estados anfitriones, limita el desarrollo de capacidades nacionales de defensa y reproduce patrones de dependencia estructural. No obstante, es innegable reconocer que esta práctica genera a su vez beneficios significativos para África tales como ingresos económicos y una mayor cooperación en materia de lucha y defensa contra amenazas transnacionales, entre ellas la reducción de ataques terroristas[4].
La hipótesis planteada sostiene que, aunque las bases militares extranjeras en África pueden aportar beneficios a los estados anfitriones, en la práctica se convierten principalmente en mecanismos de consolidación de influencia por parte de las potencias desarrolladas, reproduciendo relaciones de dependencia y priorizando intereses militares ajenos.
2. Limitaciones y riesgos de la presencia militar extranjera en el Cuerno de África
2.1 Dependencia y pérdida de autonomía estatal
Si bien la instalación de bases militares extranjeras suele justificarse bajo la idea de que proveen mayor seguridad nacional y regional, en la práctica tiende a provocar una lógica de dependencia desproporcionada, afectando la autonomía del estado. En el caso del Cuerno de África, este fenómeno se manifiesta mediante la transferencia tácita de responsabilidades de defensa hacia agentes extranjeros, es decir, hacia las potencias mundiales.
Ahora bien, hoy en día dentro del marco de la cooperación internacional y de las distintas alianzas militares como la OTAN, países de occidente como Alemania, España o Italia, albergan también bases militares extranjeras en su territorio. La situación, aunque a primera vista similar al caso de África, es en realidad distinta. En el caso expuesto, dichos estados negocian sus alianzas militares en un ambiente en el que sus capacidades son relativamente similares pues cuentan en gran medida con instituciones sólidas. Por el contrario, en África las negociaciones resultan asimétricas ya que encontramos economías frágiles con alta dependencia financiera hecho que limita las opciones de los estados anfitriones del continente para imponer condiciones en los acuerdos.
La importancia geoestratégica de esta región, acrecentada desde la apertura del Canal de Suez en 1869, la ha convertido en un punto de interés estratégico con acceso a una de las principales rutas marítimas y petroleras para el comercio global[5]. Este atractivo ha propiciado que potencias como Estados Unidos instalen bases militares en los estados ubicados en dicha zona, desplazando progresivamente a las fuerzas locales del núcleo de la actividad militar. En consecuencia, el que un estado asigne parte de su territorio a una base militar extranjera refleja que este está buscando protección[6]. Dicha situación refuerza la ya existente asimetría que existe entre estados grandes y estados pequeños, limitando las opciones de elección del estado subordinado.
El caso de Djibouti ejemplifica esta dinámica con mayor claridad. En este país se han instalado bases militares de ocho naciones que, a su vez, provienen de cuatro continentes distintos[7]. En 2001, el arrendamiento de Camp Lemonnier a Estados Unidos marcó el inicio de una relación de seguridad profundamente asimétrica. Inicialmente concebida como base expedicionaria, Camp Lemonnier fue ampliada en 2007 de unas 40 hectáreas a casi 200 (Hart, 2007), convirtiéndose en la única base militar de EEUU en África y sede del Comando Conjunto de Fuerzas del Cuerno de África (CJTF-HOA). La decisión de Djibouti de arrendar una porción de su territorio obedece a las necesidades económicas de este país, en el que las tasas de desempleo se han mantenido por encima del 47%[8]. Si bien en 2017 solo las instalaciones militares estadounidenses aportaron entre 30 y 36 millones de dólares anuales, la realidad es que, para un estado pequeño con recursos limitados, esto lejos de fortalecer la capacidad defensiva local, ha reforzado una dependencia funcional: gran parte de las operaciones marítimas en el Golfo de Adén son ejecutadas por marinas extranjeras; el gasto en defensa de Djibouti permanece estancado en torno al 2% del PIB, sin planes significativos de modernización[9]. La imagen internacional del país se asocia más con su rol como ‘plataforma militar de potencias’ que como un actor autónomo de seguridad.
Desde la óptica realista y según la teoría del ‘small state diplomacy’, Djibouti ha priorizado su supervivencia y proyección internacional mediante alianzas asimétricas que garantizan disuasión y mayor ingreso de recursos al fisco, pero a costa de su capacidad de acción independiente. Este patrón no es accidental, sino que responde a un cálculo estratégico en el que, frente a amenazas internas y regionales, y con recursos propios insuficientes, la elite gobernante aprovecha oportunistamente que la provisión de seguridad vendrá del exterior, reduciendo su propia política de defensa nacional. Así, la inversión en capacidades propias se vuelve marginal y la política exterior se subordina a mantener las condiciones que hagan posible la presencia militar extranjera. Vemos entonces que esta dependencia genera un círculo vicioso de deslegitimación, pues cuanto más se recurre a fuerzas externas para garantizar seguridad, menor es el desarrollo de capacidades nacionales; y cuanto más débiles resultan estas, más necesaria parece la permanencia de la presencia foránea.
La multiplicidad de actores presentes en Djibouti refleja que el país no se subordina a un único interés sino más bien se convierte en un punto de convergencia entre potencias mundiales. Aunque efectivamente hay un interés general por favorecer al incremento de la seguridad en la región a través de la intervención extranjera existe una posibilidad de que el país quede atrapado en una confrontación mayor de choques de interés entre las potencias dominantes, China y EEUU.
2.2 Predominancia de intereses extranjeros sobre necesidades locales
Otro de los riesgos que genera la instalación de bases o proyectos militares extranjeros, es la predominancia de intereses ajenos que no coinciden con las prioridades ni necesidades inmediatas de los países anfitriones.
Dentro de estos intereses individuales que guían a las potencias militares a actuar, tanto el factor económico cuanto la proyección de poder geopolítico resulta ser de principal motivación. Por un lado, China nos demuestra este interés económico. Luego de su intervención en Djibouti en 2017, para la potencia asiática este país no es más que una puerta de entrada al centro económico de Etiopía que a su vez funciona como vía para mejorar las exportaciones de petróleo y el comercio desde Sudán del Sur[10]. Así, hoy en día se le pide a Djibouti que desempeñe un papel clave en la securitización de la Iniciativa de la Franja y la Ruta de Xi Jinping, y en especial de su Ruta Marítima de la Seda[11]. No obstante, esta cooperación ha tenido un alto costo para el país africano: tan sólo entre 2014 y 2018, su deuda pública pasó del 50% al 104 % del PIB, con préstamos chinos que en 2017 alcanzaron los 1.470 millones de dólares, equivalentes al 77% de su PIB anual. Esta situación llevó al FMI a advertir sobre el riesgo de una ‘trampa de deuda’, aumentando la dependencia del país y obligándolo a conceder territorio y ventajas económicas a la potencia asiática. La apertura de la primera base militar china en el extranjero, ubicada en Oboc, evidencia cómo los compromisos financieros de Djibouti se generaron con la cesión de infraestructura, pues fueron gestionados y construidos a su vez por empresas chinas.
Por su parte, la estrategia rusa en la región, evidenciada en el acuerdo establecido con Sudán de construir una base militar en dicho país, pone de relieve una dimensión abiertamente geopolítica. En 2020 ambos países anunciaron el acuerdo en el que se permite no solo la construcción de la base sino también la integración de 300 efectivos y 4 buques navales[12]. La búsqueda de Moscú de afirmar su influencia en África responde a una lógica de contrapeso frente a la hegemonía occidental, utilizando el territorio africano como tablero para una confrontación global. La ausencia de nuevos acuerdos técnicos-militares entre Rusia y los países del Cuerno de África después de 2022 refuerza la noción de que la presencia militar es un fin en sí mismo para Moscú, más que un medio para apoyar la estabilidad local[13].
Desde la perspectiva del realismo cada estado busca maximizar su poder y asegurar sus intereses estratégicos, ya sea mediante la adquisición de recursos, el control de rutas críticas o la ampliación de su presencia militar. Tal como plantea Mearsheimer, las potencias no se conforman con preservar el statu quo, sino que buscan activamente ampliar su esfera de influencia para minimizar amenazas futuras y posicionarse de forma ventajosa en la estructura de poder global[14].
3. Contraargumento: Los estados del Cuerno de África como actores en búsqueda de sus propios intereses
A pesar de ello, los estados anfitriones de la región no pueden ser entendidos como simples actores pasivos sometidos a la presencia militar extranjera, pues se debe reconocer que estos países, aunque con escaso desarrollo, tienen la capacidad de decidir soberanamente. Desde una óptica teórica realista, cada estado tiene el poder de ejercer su voluntad para buscar su propio beneficio dentro del sistema internacional; así lo indica además el artículo 2.1 de la Carta de las Naciones Unidas, el cual reafirma el principio de igualdad soberana entre todos sus miembros (UN,1945).
A pesar de ser un país con una tasa de pobreza que ronda el 70% (EU, 2024), Djibouti ha demostrado que la aceptación de bases militares extranjeras no es únicamente un acto de subordinación y de dependencia, sino una estrategia deliberada para combatir la piratería marítima y el terrorismo. Comenta en este sentido el presidente Guelleh que las bases militares francesas, estadounidenses, japonesas y chinas en Djibouti no están destinadas a generar competencia internacional por intereses económicos y estratégicos (UN, 2018).
Por su parte, Sudán también ha buscado beneficios propios al negociar la construcción de una base naval con Rusia. Desde 2023 la guerra civil entre las Fuerzas Armadas Sudanesas (FAS) y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) viene devastando la estructura de gobierno del país africano. Esta situación ha generado que Sudán busque apoyo en sus aliados internacionales como Rusia para beneficiarse militarmente. Tras el acuerdo de 2020 en el que ambos países acordaron la creación de la base militar rusa en Sudán, el enviado especial del presidente ruso para África y Medio Oriente, Mikhail Bogdanov, prometió a las Fuerzas Armadas de Sudán “asistencia militar ilimitada y de calidad”[15].
En consecuencia, existe una participación deliberada de los estados anfitriones en la región. En la última década, la lucha contra la piratería y la protección de rutas marítimas críticas —por donde transita aproximadamente el 12% del comercio mundial— sirvieron como justificación principal para la permanencia de contingentes militares internacionales. Operaciones como ‘Atalanta’ de la Unión Europea o bien ‘Ocean Shield’ de la OTAN se han presentado explícitamente bajo esta lógica de seguridad cooperativa.
4. Conclusiones
La instalación de bases militares extranjeras en países subdesarrollados, como los del Cuerno de África, generan en gran medida una dinámica de poder asimétrica que prioriza la maximización de los propios beneficios del estado interventor. Llevar a cabo una tarea como esta requiere de una mirada mucho más proteccionista, pues, aun estando dentro del espectro globalizado e interconectado del mundo de hoy, resulta necesario aplicar una mirada realista sobre las relaciones de poder históricamente aceptadas en la región.
Por otro lado, EEUU y el arrendamiento de Camp Lemonnier en Djibouti, informan sobre esta dependencia estructural. En tanto la potencia continúe pagando el arrendamiento anual a Djibouti, este país continuará manteniendo una condición de dependencia, manteniendo e incluso disminuyendo su gasto porcentual en defensa nacional. Desde la perspectiva del ‘small state diplomacy’, este patrón revela cómo los países pequeños, ante la promesa de beneficios inmediatos, aceptan acuerdos que refuerzan su papel subordinado en la estructura internacional. El proteccionismo que los estados africanos deberían ejercer sobre sus recursos y sobre su soberanía queda disminuido por el cálculo de las potencias que priorizan su posición.
No obstante, aunque existe una tendencia expansionista entre las potencias del mundo, esto no debe ser entendido como un hecho completamente negativo. Los ejemplos de Sudán y Djibouti reflejan cómo, en ambos casos, existe un factor innato de los estados africanos por aceptar las ofertas extranjeras de instalación militar, priorizando también sus propios intereses.
En última instancia, el dilema clásico del realismo entre seguridad y dependencia demuestra que no son solo las potencias las que actúan conforme a sus intereses estratégicos, sino que estados pequeños como Djibouti o Sudán logran a su vez decidir calculadamente. A pesar de ello, queda claro que la región del Cuerno de África enfrenta un inminente riesgo de sacrificar su propia soberanía por una seguridad condicional. La pregunta que queda abierta es si estos estados lograrán algún día transformar esta dependencia en una herramienta de fortalecimiento y crecimiento interno, o si seguirán siendo, como advertía Tucídides, simples piezas en el tablero de los más fuertes.
* Este ensayo fue presentado como comunicación en el Curso Internacional de Defensa ‘Descifrando África: Claves para la seguridad y defensa del mañana’, celebrado en Jaca en septiembre de 2025
REFERENCES
[1] Calder, K. E. (2007). ‘Embattled garrisons: Comparative base politics and American globalism’ (pp. 1–25). Princeton University Press. https://press.princeton.edu/books/paperback/9780691134635/embattled-garrisons
[2] Efremova, D. V. (2019). ‘The evolution of the European Union’s approach towards Central Asia: From the security-development nexus to the security-development-governance nexus’. Central European Journal of International and Security Studies, 13(1), 98–117. https://cejiss.org/images/issue_articles/2019-volume-13-issue-1-0/06-efremova.pdf
[3] Goytisolo, J. (2016). ‘Orientalismo’ (presentación) (p. 13). Penguin Random House Grupo Editorial (Debolsillo).
[4] Terefe, F., & Tesfaye, M. (2023, octubre 9). ‘Militarisation of the Horn of Africa and what this means for regional security’. Good Governance Africa. https://gga.org/militarisation-of-the-horn-of-africa-and-what-this-means-for-regional-security/
[5] Roucek, J. S. (1978). ‘El Cuerno de África en la geopolítica’. Revista de Política Internacional, (160), 55. Centro de Estudios Políticos y Constitucionales. https://www.cepc.gob.es/sites/default/files/202112/34841rpi160053.pdf
[6] Melvin, N. J. (2019). ‘The foreign military presence in the Horn of Africa region’ (pp. 28–29). Stockholm International Peace Research Institute. https://www.sipri.org/sites/default/files/2019-05/sipribp1904_2.pdf
[7] Al Majalla. (2025, 16 de enero). ‘Djibouti: A small coastal state cramped with Red Sea naval bases’. https://en.majalla.com/node/321635/politics/djibouti-small-coastal-state-crammed-red-sea-naval-bases
[8] Kuoman, A. (2024, 9 de octubre). ‘Djibouti: The tiny valuable nation hosting the world's military giants’. Global Affairs & Strategic Studies, Universidad de Navarra. https://www.unav.edu/web/global-affairs/djibouti-the-tiny-valuable-nation-hosting-the-world-s-military-giants
[9] Banco Mundial. (s.f.). Gasto Militar (% del PIB) - Yibuti. Datos del Banco Mundial. https://datos.bancomundial.org/indicador/MS.MIL.XPND.GD.ZS?locations=DJ
[10] Jokhio, E. Z. (2024, 21 de febrero). ‘Strategic significance of Djibouti: A geopolitical playground for global powers’. Modern Diplomacy. https://moderndiplomacy.eu/2024/02/21/strategic-significance-of-djibouti-a-geopolitical-playground-for-global-powers/
[11] Cabestan, J.-P. (2020). ‘China's military base in Djibouti: A microcosm of China's growing competition with the United States and new bipolarity’. Journal of Contemporary China. https://doi.org/10.1080/10670564.2019.1704994
[12] Murphy, M. T. (2023, febrero). ‘Foreign military basing in Sub-Saharan Africa’ (Brookings Foreign Policy paper). Brookings Institution. https://www.brookings.edu/wp-content/uploads/2023/02/FP_20230207_sub_saharan_africa_basing_murphy.pdf
[13] Klyszcz, I. U. (2024, 4 de noviembre). ‘Despite everything: How and why Russia remains an actor in the Horn of Africa’. PONARS Eurasia. https://www.ponarseurasia.org/despite-everything-how-and-why-russia-remains-an-actor-in-the-horn-of-africa/
[14] Mearsheimer, J. J. (2001). ‘The tragedy of great power politics’. New York: W. W. Norton & Company.
[15] MENA Research Center. (2024, 19 de octubre). ‘Russia and Sudanese Army, Risky Rapprochement’. Beirut: Middle East and North Africa Research Center. https://www.mena-researchcenter.org/russia-and-sudanese-army-risky-rapprochement/