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El caos electoral propio eclipsó el intento de injerencia de Irán contra Trump

Hackers iraníes falsificaron correos preelectorales de los Proud Boys, pero la actuación postelectoral real de este y otros grupos resultó más disruptiva

Si en las elecciones presidenciales de Estados Unidos de 2016 las operaciones de injerencia extranjera fueron protagonizadas por Rusia, en las de 2020 la atención estuvo en los hackers iraníes, por la novedad que suponían en un campo de operaciones donde igualmente actuaban rusos y chinos, cada cual persiguiendo sus intereses. En concreto, Teherán deseaba una derrota de Donald Trump para que su sucesor demócrata revirtiera el duro régimen de sanciones impuesto contra el régimen iraní. Pero esas actuaciones en el ciberespacio por parte de Irán, Rusia y China fueron poco eficaces debido a la mayor alerta de las agencias de seguridad e inteligencia norteamericanas. Al final esos intentos exteriores de desprestigiar la democracia estadounidense y de minar la confianza de los votantes en su sistema electoral se quedaron pequeños frente al daño causado por el propio caos interno.

Asalto al Capitolio, en Washington, el 6 de enero de 2021 [TapTheForwardAssist]

ARTÍCULO /  María Victoria Andarcia

Rusia siempre estuvo en el ojo de la seguridad estadounidense durante el año electoral de 2020, después de que quedara constatada su injerencia en las elecciones presidenciales de cuatro años antes. No obstante, aunque la principal preocupación siguió siendo Rusia y también se temía una ampliación de las operaciones de China, Irán se llevó los titulares de algunos avisos lanzados por las autoridades norteamericanas, probablemente por la facilidad con que pudieron atribuir a actores iraníes diversas actuaciones. A pesar de ese múltiple frente, el desarrollo de las votaciones no arrojó ninguna evidencia de que las campañas de desinformación extranjeras hubieran tenido efectividad. La rápida identificación de los agentes implicados y la reacción ofensiva por parte de los servicios de seguridad e inteligencia estadounidenses pudieron prevenir que se llegara a la situación de 2016. Como ha señalado el Atlantic Council, esta vez “la desinformación doméstica eclipsó la acción foránea”.

Dadas las directas consecuencias que la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca puede suponer en la política de Washington hacia Irán, este artículo presta más atención a los intentos iraníes por afectar al desarrollo de las elecciones de Estados Unidos. La incidencia de las operaciones iraníes fue mínima y tuvieron un perfil menor que las desarrolladas por Rusia en 2016 (país que a su vez tuvo menos implicación que en esas anteriores elecciones).

Operaciones iraníes

En mayo y junio de 2020 se registraron unos primeros movimientos en cuentas de Microsoft, como más adelante revelaría la propia compañía. Un grupo iraní llamado Phosphorus había logrado tener éxito en acceder a cuentas de empleados de la Casa Blanca y del equipo de campaña para la reelección de Trump. Fueron unas señales iniciales de que Teherán estaba montando algún tipo de operación cibernética.

A comienzos de agosto, el director del Centro de Contrainteligencia y Seguridad Nacional, William Evanina, apuntaba a Teherán –también a Moscú y Pekín– de usar desinformación en internet para “influir en los votantes, desencadenar desorden y minar la confianza” ciudadana en el sistema. En relación a Irán afirmaba: “Evaluamos que Irán busca socavar las instituciones democráticas estadounidenses y el presidente Trump, y dividir al país ante las elecciones de 2020”. Añadía que los esfuerzos iraníes se centraban en la difusión de desinformación en las redes sociales, donde hacía circular contenido contra Estados Unidos. Evanina atribuía como motivación de estas acciones la percepción iraní “de que la reelección del presidente Trump resultaría en una continuación de la presión de Estados Unidos sobre Irán en un esfuerzo por fomentar un cambio de régimen”.

A raíz del debate entre Trump y Biden televisado el 29 de septiembre, Twitter eliminó 130 cuentas que “parecían originarse en Irán” y cuyo contenido, que había puesto en conocimiento del Buró Federal de Investigaciones (FBI), pretendía influir en la opinión pública durante el debate presidencial. La compañía solo ofreció cuatro ejemplos. Dos de las cuentas eran proclives a Trump: en una el usuario era @jackQanon (en referencia al grupo conspiratorio QAnon) y la otra expresaba apoyo a Proud Boys, una organización de extrema derecha con vínculos supremacistas a la que Trump había pedido “quedar en guardia y mantenerse alerta”. Las otras dos cuentas habían expresado mensajes pro Biden.

A mediados de octubre, el director de Inteligencia Nacional, John Ratcliffe, se refirió en rueda de prensa a la actuación cibernética de Irán y Rusia como una amenaza al proceso electoral. Según manifestó Ratcliffe, la operación iraní consistió primordialmente en una serie de correos electrónicos en los que se hacía creer que eran enviados por el grupo Proud Boys. Dichos correos contenían amenazas de fuerza física para quienes no votaran por Trump, y tenían como finalidad instigar violencia y dañar la imagen de este último, asociando su campaña con grupos radicales y con esfuerzos para intimidar a votantes. Curiosamente luego los Proud Boys adquirirían un gran protagonismo por ellos mismos en las concentraciones postelectorales en Washington y la toma del Capitolio.

Si bien el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores de Irán, Said Jatibzadeh, negó estas acusaciones recalcando que “para Irán es indiferente quien gana las elecciones de Estados Unidos”, las autoridades norteamericanas insistieron en su versión y la Oficina de Control de Activos Extranjeros del Departamento del Tesoro de Estados Unidos (OFAC) sancionó a cinco entidades iraníes por haber intentado socavar las elecciones presidenciales. Según el comunicado de la OFAC, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica y la Fuerza Quds usaron los medios iraníes como plataformas para esparcir propaganda y desinformación a la población estadounidense.

De acuerdo con la OFAC, la empresa iraní de comunicación audiovisual Bayan Gostar, habitual colaboradora de la Guardia Revolucionaria, había “planeado influir en las elecciones explotando los problemas sociales dentro de los Estados Unidos, incluida la pandemia de COVID-19, y denigrando a las figuras políticas estadounidenses”. La Unión de Radio y Tevisión Islámica de Irán (IRTVU), que la OFAC considera un brazo de propaganda de la Guardia Revolucionaria, y la Unión Internacional de Medios Virtuales “ayudaron a Bayan Gostar en sus esfuerzos por llegar a la audiencia estadounidense”. Estos medios “amplificaron narrativas falsas en inglés y publicaron artículos de propaganda despectivos y otro contenido dirigido a Estados Unidos con la intención de sembrar la discordia entre la audiencia estadounidense”.

Actuación postelectoral

Estados Unidos asegura que la injerencia iraní no se limitó a las elecciones, que se celebraron el 3 de noviembre (con un nivel de voto por adelantado y por correo sin precedentes), sino que siguió después en las semanas siguientes, intentando aprovechar el desconcierto existente por el cuestionamiento del resultado electoral mantenido por la Administración Trump. Días antes de Navidad, el FBI y la Agencia de Seguridad de Infraestructura y Ciberseguridad del Departamento de Seguridad (CISA) dieron a conocer que presuntamente Irán estaba detrás de una página web y de varias cuentas de redes sociales dirigidas a provocar más violencia contra varios funcionarios estadounidense. La página web titulada “Enemies of the People” contenía fotografías e información personal tanto de funcionarios como de personal del sector privado que tenían relación con el proceso de recuento y autentificación de los votos emitidos en las elecciones, en ocasiones enfrentados a las denuncias de fraude mantenidas por Trump y sus seguidores.

La actuación atribuida a Irán puede interpretarse como un modo de vengar el ataque aéreo con drones ordenado por Washington para asesinar en Irak a Qasem Soleimani, jefe de la Fuerza Qurds, por cuya muerte el 3 de enero de 2020 Teherán había jurado represalias. Pero sobre todo revela un esfuerzo continuo por parte de Irán de aliviar los efectos de la política de “máxima presión” de Estados Unidos impulsada por Trump. Dada la intención expresada por Biden durante la campaña electoral de cambiar la política exterior estadounidense hacia la República Islámica, ésta tendría la oportunidad de recibir un trato más laxo por parte de Estado Unidos si Trump perdía las elecciones presidenciales. Biden había indicado que si llegaba al poder cambiaría la política hacia Irán, posiblemente volviendo al acuerdo nuclear firmado en 2015 con la condición de que Irán respetara los límites de su programa nuclear acordados entonces. El Plan Conjunto de Acción Comprensiva (JCPOA, por sus siglas en inglés) fue considerado un hito en la política exterior del entonces presidente Barack Obama, pero luego la Administración Trump decidió no respetarlo por considerar que habían quedado fuera asuntos como el desarrollo de misiles de Irán y su injerencia militar en otros países de la región.

Pocos días antes de la toma de posesión del nuevo mandatario americano, el presidente iraní,  Hasán Rohaní, instó a Biden a levantar las sanciones impuestas a la República Islámica y volver al acuerdo nuclear de 2015. Irán espera que la Administración Biden tome los primeros pasos para compensar por las acciones del gobierno anterior y así avanzar hacia un posible entendimiento entre ambas naciones. La decisión de volver al acuerdo no se tomará de forma inmediata ya que Biden hereda un país dividido y tardará un tiempo revertir las políticas de Trump. Con las elecciones presidenciales iraníes acercándose en junio de este año, el gobierno de Biden gana tiempo para intentar una reformulación nada fácil, pues el contexto de Oriente Medio ha cambiado sustancialmente en estos últimos cinco años.

Trump-Biden: Dos candidatos con estrategia internacional en clave interna

COMENTARIORafael Calduch Torres*

Tal y como manda la tradición desde 1845, el primer martes de noviembre, el próximo día 3, los habitantes con derecho a voto de los cincuenta estados que conforman Estados Unidos, tomarán parte en el quincuagésimo noveno Election Day, el día en el que se conforma el Colegio Electoral, que tendrá que elegir entre mantener al cuadragésimo quinto Presidente de los Estados Unidos de América, Donald Trump, o escoger al cuadragésimo sexto, Joe Biden.

Pero el verdadero problema al que se enfrentan no sólo los habitantes de EEUU, sino el resto de población del planeta es que tanto Trump como Biden plantean su estrategia internacional en clave interna, siguiendo la estela del cambio que se produjo en el país a raíz de los atentados del 11-S y cuyo resultado fundamental ha sido la ausencia de un liderazgo efectivo de la superpotencia americana en los últimos veinte años. Porque si hay algo que nos tiene que quedar claro es el hecho de que ninguno de los candidatos, como no lo hicieron sus predecesores, tiene un plan que permita retomar el liderazgo internacional del que disfrutaron los Estados Unidos hasta el final de la década de los ’90; por el contrario lo que les urge es resolver los problemas domésticos y supeditar las cuestiones internacionales, que una superpotencia de la talla de los EEUU debe afrontar, a las soluciones que se adopten internamente, lo que es uno de los graves errores estratégicos de nuestra era, pues los liderazgos internacionales fuertes y coherentes con la gestión de los problemas internos han permitido históricamente la creación de puntos de encuentro en la sociedad estadounidense que amortiguan las divisiones y cohesionan al país.

Sin embargo, pese a estas similitudes generales hay una clara diferencia entre ambos candidatos a la hora de abordar los temas internacionales que afectará a los resultados de la elección que harán el martes los estadounidenses.

The Power of America’s example”. Con este eslogan, la propuesta general de Biden, mucho más clara y accesible que la de Trump, desarrolla un plan para liderar el mundo democrático en el S. XXI basado en utilizar la forma en la que se solucionarán los problemas domésticos estadounidenses como ejemplo, aglutinante y sostén de su liderazgo internacional; ni que decir tiene que la mera suposición de que los problemas internos de los Estados Unidos no sean exactamente extrapolables al resto de actores internacionales no se tiene tan siquiera en cuenta.

Así el candidato demócrata, utilizando una retórica bastante tradicional en torno a la dignificación del liderazgo, utiliza la conexión entre realidad interna e internacional, para plantear un programa de regeneración nacional sin concretar cómo ello conseguirá restablecer el liderazgo internacional perdido. Este planteamiento se sustentará sobre dos pilares principales que serán la regeneración democrática del país y la reconstrucción de la clase media estadounidense que, a su vez, permitirán apuntalar otros proyectos internacionales

La regeneración democrática descansará en el refuerzo de los sistemas educativo y judicial, la transparencia, la lucha contra la corrupción o el fin de los ataques a los medios y se plantea como el instrumento para el restablecimiento del liderazgo moral del país que, además de inspirar a otros, serviría para que los EE.UU. trasladasen esas políticas nacionales estadounidenses al ámbito internacional, para que otros las sigan y las imiten a través de una suerte de liga global por la democracia que se nos antoja muy nebulosa.

Mientras tanto, la reconstrucción de la clase media, la misma a la que apeló Trump hace cuatro años, pasaría por una mayor inversión en innovación tecnológica y una supuesta mayor equidad global respecto al comercio internacional, del que se beneficiaría sobre todo Estados Unidos.

Finalmente, todo lo anterior se complementaría con una nueva era en el control armamentístico internacional a través de un nuevo tratado START entre EEUU y Rusia, el liderazgo de EEUU en la lucha contra el cambio climático, el fin de las intervenciones en suelo extranjero, particularmente en Afganistán, y el restablecimiento de la diplomacia como elemento vertebrador de la política exterior estadounidense.

Promises Made, promises kept!”. ¿Cuál es la alternativa de Trump? El actual Presidente no desvela cuáles son sus proyectos y plantea, sin embargo, un repaso a sus “logros” que, entendemos, nos dará idea de lo que será su política exterior que girará en torno a la continuidad en el reequilibrio comercial de los EEUU basado, como hasta ahora, en un blindaje de las compañías estadounidenses frente la inversión extranjera, la imposición de nuevos aranceles, la lucha contra prácticas comerciales fraudulentas especialmente por parte de China y el restablecimiento de las relaciones de EEUU con sus aliados en Asia/Pacífico, Oriente Medio y Europa, pero sin propuestas específicas.

Con respecto al ámbito de la seguridad, tratado de forma diferenciada por Trump, la receta es el aumento de los gastos en defensa, el blindaje del territorio de los Estados Unidos contra el terrorismo y la oposición a Corea del Norte, Venezuela e Irán, a la que se unirá el mantenimiento y expansión de la reciente campaña de acciones dirigidas específicamente contra Rusia, con el objetivo declarado de contenerla en Ucrania y de evitar ciberataques.

Pero la realidad es que ambos candidatos tendrán que enfrentar retos globales que no han considerado en sus programas y que les condicionarán decisivamente en sus mandatos, empezando por la gestión de la pandemia y sus efectos económicos a escala mundial y pasando por la creciente competición de la Unión Europea, sobre todo a medida que se desarrollen sus capacidades militares y de defensa comunes.

Como acabamos de evidenciar, ninguno de los candidatos ofrecerá soluciones nuevas y por ello no es probable que la situación mejore, al menos en el corto plazo.

* Doctor en Historia Contemporánea. Licenciado en Ciencias Políticas y de la Administración. Profesor de la UNAV y de la UCJC