Sara Esparza Sainz
Centro de Colecciones: The Square
Proyecto Fin de Carrera Máster Universitario de Arquitectura
Universidad de Navarra
Tutor: Alberto Veiga
La calle Alcalá, una de las arterias más largas y emblemáticas de Madrid, alberga algunos de los edificios y monumentos más representativos de la ciudad. Al llegar al barrio de Simancas, donde se sitúa la intervención, la calle evidencia un marcado contraste: al norte, un tejido predominantemente residencial; al sur, una configuración más industrial.
Es en ese contexto donde el proyecto emerge desde el exterior con la intención de refugiarse de los edificios colindantes, resaltando su especificidad y singularidad, al tiempo que genera nuevos escenarios públicos, sociales y urbanos.
Mediante la manipulación del terreno, se busca trasladar el movimiento de la calle hacia un nuevo dinamismo, materializado en forma de plaza. Esto se articula a través de cuatro partes estratégicas del programa, que configuran la topografía del lugar y definen las entradas y salidas: dos principales, conectadas con la calle Alcalá, y una secundaria.
A partir de estas cuatro partes emergen unas franjas principales que dividen el espacio público del privado, permitiendo así la configuración de la plaza. Estas piezas presentan límites desfigurados hacia el interior, donde se desarrollan las partes públicas del programa, en contraste con los límites más definidos hacia el exterior, donde se sitúan los espacios privados.
El objetivo es generar un espacio público protegido mediante la formación de montículos que alberguen tanto usos públicos (orientados hacia la plaza), como privados (situados al otro lado de la franja).
En contraste con el paisaje estereotómico creado, se eleva una pieza cuadrada de 60x60 metros, con un carácter más ligero y tectónico. Esta pieza, de presencia etérea, se apoya sobre cuatro núcleos estructurales —tres de ellos núcleos de comunicación vertical— que configuran la planta paisajística formada por montículos y cubiertas ajardinadas. Esta planta se alinea con la cota de la calle Alcalá.
Sobre esta topografía, la arquitectura se disuelve parcialmente, dando lugar a un espacio intermedio en el que arquitectura y paisaje se funden. En esta transición, el terreno se transforma en un plano continuo donde la vegetación evoluciona progresivamente: desde hierba baja en los extremos hasta especies más densas a medida que se aproxima a la plaza, en combinación con los árboles que emergen de ella.
De este modo, se configura un espacio público protegido: un bosque urbano que responde tanto a las necesidades sociales como a la sensibilidad del lugar.
La pieza cuadrada, que conforma la planta primera, configura el alzado hacia la calle Alcalá. En ella se sitúan los talleres de restauración, elemento principal del programa, con acceso a través de los núcleos de comunicación vertical.
Esta pieza surge con la intención de transformar el programa lineal del Centro de Colecciones — donde las obras son recogidas, restauradas y almacenadas— en una disposición circular que optimice su funcionamiento. Su geometría favorece, por lo tanto, un flujo funcional y eficiente en el tránsito y tratamiento de las piezas de arte.
Este volumen se construye a partir de una cercha tridimensional espacial. Al tratarse del elemento que encarna la singularidad del proyecto, se ha concebido como un cuadrado de luz suspendido en medio del bosque.
Dado su uso como espacio de talleres, se recurre a una doble piel. La primera, un muro cortina, permite controlar la incidencia solar a través de los distintos tipos de vidrio. La segunda, más exterior, define los alzados y filtra la luz: desde el exterior, su transparencia es tenue, mientras que desde el interior permite una entrada generosa de luz natural, indispensable para el trabajo en los talleres. Esta envolvente, ligera y permeable, favorece además la ventilación.
Por último, se ha priorizado un funcionamiento eficiente del programa, con una circulación diferenciada pero complementaria entre personas y obras. Las obras siguen un recorrido exterior, silencioso y continuo, que atraviesa la planta sótano y ascienden por los núcleos a la pieza cuadrada elevada. Las personas, en cambio, transitan por el interior, a través de la plaza y el paisaje generado. De este modo, el movimiento adquiere un ritmo ordenado y equilibrado, en el que cada elemento —humano, material, construido o natural— encuentra su lugar sin interferencias.