En la imagen
Debate oficial en la segunda vuelta presidencial de 2021 en Perú entre Pedro Castillo y Keiko Fujimori [JNE]
Durante este año 2026 Sudamérica celebrará tres elecciones importantes. Colombia, Perú y Brasil invitarán a sus ciudadanos a elegir en votaciones presidenciales, y es buen momento para reflexionar cómo los sistemas electorales terminan definiendo los incentivos para la acción y la comunicación políticas. La polarización es un rasgo del clima político contemporáneo en la subregión, y es también, en buena medida, el resultado de incentivos institucionales que moldean la forma en que se compite, se comunica y se construye lo político. En América Latina, donde los sistemas electorales tienden a privilegiar la confrontación, la polarización y el populismo han encontrado un terreno particularmente fértil para consolidarse como estrategias dominantes de campaña, sobre todo en contextos de alta fragmentación partidaria.
El problema se vuelve especialmente visible en escenarios electorales saturados, donde el elector enfrenta una oferta política tan amplia que la deliberación informada se vuelve casi imposible. El caso de Perú es probablemente el ejemplo más gráfico. Oficialmente 36 candidatos presidenciales se registraron para las elecciones generales del próximo mes de abril, conforme al Jurado Nacional de Elecciones (JNE), que publicó la lista definitiva de inscritos (canaln.pe). Cuando una primera vuelta reúne quince, veinte o más candidaturas, y no existen partidos sólidos ni clivajes ideológicos estables, los procesos de información política se erosionan. No hay encuestas que logren anticipar con claridad los escenarios, los medios no pueden cubrir de manera equilibrada a todos los actores, y el votante carece de herramientas para evaluar propuestas con mínima profundidad.
En ese contexto, lo que diferencia a los actores en el ruedo es la capacidad de sobresalir. La calidad de un programa de gobierno, o la viabilidad de la propuesta son elementos secundarios. Los candidatos más gritones, los más conflictivos, los más escandalosos son quienes logran captar atención. La lógica mediática privilegia el conflicto, la personalización y la simplificación, y se alinea con los incentivos del sistema electoral. El resultado es previsible: opciones altamente polarizantes avanzan a la segunda vuelta no por representar consensos sociales amplios, sino por su eficacia comunicacional en un entorno saturado de ruido.
Aunque la cifra de 2026 representa un número récord de aspirantes, ya en las elecciones presidenciales de Perú de 2021compitieron 18 candidatos en la primera vuelta del 11 de abril de ese año. Siete de cada diez peruanos no votaron ni por Pedro Castillo ni por Keiko Fujimori en la primera vuelta de esa elección presidencial. Al menos seis, de los 18 concurrentes, estaban en un ‘empate técnico’ de acuerdo a encuestas pre-electorales. Tres semanas antes de la contienda una encuesta le otorgaba a Castillo apenas un 3% de intención de voto. La fragmentación política del país llegó a su clímax ese 2021 y dibujó un parlamento multicolor con once facciones políticas: una exigua mayoría relativa del partido de Castillo con apenas 28 de los 130 escaños. El factor común de ese presidente que llega al poder con este sistema de reglas e inceptivos electorales es el carecer de un partido sólido que le dé soporte de gobierno y lidiar con un parlamento de gran fragmentación.
Polarización como simplificación de la complejidad
Para entender por qué esta dinámica se reproduce con tanta facilidad, es necesario detenerse en el concepto de polarización. Explicar la sociedad en términos siempre dicotómicos: burguesía y proletariado, ricos y pobres, opresores y oprimidos, ofrece un relato simple y potente desde el punto de vista del mensaje político. La complejidad social se reduce a una frontera clara, moralmente cargada y fácilmente inteligible para amplios públicos.
Se ha argumentado que una de las principales razones para volver a Marx en el siglo XXI es su énfasis en la estructura de la propiedad como variable clave para entender la distribución del ingreso y la desigualdad, así como la necesidad de mitigarla sin renunciar al crecimiento económico (Przeworski, 2020). Sin embargo, desde la perspectiva de la comunicación política, tan relevante como la equidad como objetivo normativo es la potencia narrativa de la interpretación dicotómica que de ella se desprende. Quizás ese sea uno de los legados más vigentes de Marx: no tanto su programa económico, sino su capacidad de traducir una realidad compleja en un clivaje político simple y movilizador.
El postmarxismo ha reivindicado esta lógica. Para Ernesto Laclau, aunque el “reduccionismo de clases” limite la comprensión de la multiplicidad de conflictos sociales, la polarización es un proceso tan necesario como inevitable, consustancial a la política misma (Laclau, 1979). En su formulación posterior, el populismo no se define por una ideología específica, sino por una forma de construcción de lo político que divide la sociedad en dos campos antagónicos: los de arriba y los de abajo (Laclau, 2009). La política se estructura, así, alrededor de una frontera simbólica que ordena identidades, emociones y lealtades.
Desde esta perspectiva, la polarización cumple una función: simplifica la política, facilita la politización y reduce los costos cognitivos de la participación. No toda polarización es, por definición, negativa. Puede contribuir a clarificar posiciones y a movilizar a sectores tradicionalmente despolitizados. El problema surge cuando esta dinámica se radicaliza y deriva en una división social basada en la desconfianza mutua, donde el adversario deja de ser legítimo y pasa a ser percibido como una amenaza existencial (McCoy & Somer, 2021).
En ese punto, la polarización se vuelve dañina para la democracia. Las sociedades pueden quedar atrapadas en un círculo vicioso donde las estrategias polarizantes erosionan la confianza institucional, lo que a su vez refuerza la necesidad de polarizar aún más. La política se transforma en un juego de suma cero, donde toda concesión es leída como traición y toda moderación como claudicación.
Presidenciales 2026 en Sudamérica
Así pues, Perú irá a la primera vuelta de su elección presidencial el 12 de abril de 2026 y hasta el momento se han asomado 36 candidatos formalmente inscritos. Pero no es el único caso, en Colombia hay otro récord histórico, con cerca de cien pre-candidaturas presidenciales, para la elección presidencial del 31 de mayo de 2026. En 2021 vimos en Perú un escenario de permanente ‘empate técnico’ durante la primera vuelta, lo que puso de relieve los persistentes desafíos de la consolidación del sistema de partidos. El panorama político peruano se caracteriza por su extrema fragmentación. En lo que va de siglo han surgido 22 nuevos partidos en medio de frecuentes crisis políticas y la destitución de tres presidentes por parte del parlamento. El período estudiado se inició por las dinámicas del Perú 2000 de Fujimori y Perú Libre de Castillo, dos partidos minoritarios que aprovecharon el apoyo regional y popular para lograr victorias electorales inesperadas.
Brasil ofrece una perspectiva distinta, pues ‘apenas’ siete candidatos presidenciales han expresado públicamente sus aspiraciones para la elección de octubre Aún es pronto para decirlo con total certeza, pues en Brasil, la presentación oficial de candidaturas ante el Tribunal Superior Electoral (TSE) ocurre más cerca del inicio de la campaña electoral (usualmente en agosto), sin embargo, a diferencia de otros países de la subregión, Brasil posee un sistema de partidos comparativamente más sólido. Sólo ocho nuevos partidos se contabilizan en Brasil, y este particular lo hace ser distinto a la mayoría de los países Latinoamericanos (Fernández 2025).