Polarización y populismo: Repensar las reglas del juego electoral en América Latina

Polarización y populismo: Repensar las reglas del juego electoral en América Latina

ENSAYO

11 | 02 | 2026

Texto

Si la región aspira a mejorar el debate público, es imprescindible revisar las reglas que estructuran la competencia

En la imagen

Debate oficial en la segunda vuelta presidencial de 2021 en Perú entre Pedro Castillo y Keiko Fujimori [JNE]

Durante este año 2026 Sudamérica celebrará tres elecciones importantes. Colombia, Perú y Brasil invitarán a sus ciudadanos a elegir en votaciones presidenciales, y es buen momento para reflexionar cómo los sistemas electorales terminan definiendo los incentivos para la acción y la comunicación políticas. La polarización es un rasgo del clima político contemporáneo en la subregión, y es también, en buena medida, el resultado de incentivos institucionales que moldean la forma en que se compite, se comunica y se construye lo político. En América Latina, donde los sistemas electorales tienden a privilegiar la confrontación, la polarización y el populismo han encontrado un terreno particularmente fértil para consolidarse como estrategias dominantes de campaña, sobre todo en contextos de alta fragmentación partidaria.

El problema se vuelve especialmente visible en escenarios electorales saturados, donde el elector enfrenta una oferta política tan amplia que la deliberación informada se vuelve casi imposible. El caso de Perú es probablemente el ejemplo más gráfico. Oficialmente 36 candidatos presidenciales se registraron para las elecciones generales del próximo mes de abril, conforme al Jurado Nacional de Elecciones (JNE), que publicó la lista definitiva de inscritos (canaln.pe). Cuando una primera vuelta reúne quince, veinte o más candidaturas, y no existen partidos sólidos ni clivajes ideológicos estables, los procesos de información política se erosionan. No hay encuestas que logren anticipar con claridad los escenarios, los medios no pueden cubrir de manera equilibrada a todos los actores, y el votante carece de herramientas para evaluar propuestas con mínima profundidad.

En ese contexto, lo que diferencia a los actores en el ruedo es la capacidad de sobresalir. La calidad de un programa de gobierno, o la viabilidad de la propuesta son elementos secundarios. Los candidatos más gritones, los más conflictivos, los más escandalosos son quienes logran captar atención. La lógica mediática privilegia el conflicto, la personalización y la simplificación, y se alinea con los incentivos del sistema electoral. El resultado es previsible: opciones altamente polarizantes avanzan a la segunda vuelta no por representar consensos sociales amplios, sino por su eficacia comunicacional en un entorno saturado de ruido.

Aunque la cifra de 2026 representa un número récord de aspirantes, ya en las elecciones presidenciales de Perú de 2021compitieron 18 candidatos en la primera vuelta del 11 de abril de ese año. Siete de cada diez peruanos no votaron ni por Pedro Castillo ni por Keiko Fujimori en la primera vuelta de esa elección presidencial. Al menos seis, de los 18 concurrentes, estaban en un ‘empate técnico’ de acuerdo a encuestas pre-electorales. Tres semanas antes de la contienda una encuesta le otorgaba a Castillo apenas un 3% de intención de voto. La fragmentación política del país llegó a su clímax ese 2021 y dibujó un parlamento multicolor con once facciones políticas: una exigua mayoría relativa del partido de Castillo con apenas 28 de los 130 escaños. El factor común de ese presidente que llega al poder con este sistema de reglas e inceptivos electorales es el carecer de un partido sólido que le dé soporte de gobierno y lidiar con un parlamento de gran fragmentación.

Polarización como simplificación de la complejidad

Para entender por qué esta dinámica se reproduce con tanta facilidad, es necesario detenerse en el concepto de polarización. Explicar la sociedad en términos siempre dicotómicos: burguesía y proletariado, ricos y pobres, opresores y oprimidos, ofrece un relato simple y potente desde el punto de vista del mensaje político. La complejidad social se reduce a una frontera clara, moralmente cargada y fácilmente inteligible para amplios públicos.

Se ha argumentado que una de las principales razones para volver a Marx en el siglo XXI es su énfasis en la estructura de la propiedad como variable clave para entender la distribución del ingreso y la desigualdad, así como la necesidad de mitigarla sin renunciar al crecimiento económico (Przeworski, 2020). Sin embargo, desde la perspectiva de la comunicación política, tan relevante como la equidad como objetivo normativo es la potencia narrativa de la interpretación dicotómica que de ella se desprende. Quizás ese sea uno de los legados más vigentes de Marx: no tanto su programa económico, sino su capacidad de traducir una realidad compleja en un clivaje político simple y movilizador.

El postmarxismo ha reivindicado esta lógica. Para Ernesto Laclau, aunque el “reduccionismo de clases” limite la comprensión de la multiplicidad de conflictos sociales, la polarización es un proceso tan necesario como inevitable, consustancial a la política misma (Laclau, 1979). En su formulación posterior, el populismo no se define por una ideología específica, sino por una forma de construcción de lo político que divide la sociedad en dos campos antagónicos: los de arriba y los de abajo (Laclau, 2009). La política se estructura, así, alrededor de una frontera simbólica que ordena identidades, emociones y lealtades.

Desde esta perspectiva, la polarización cumple una función: simplifica la política, facilita la politización y reduce los costos cognitivos de la participación. No toda polarización es, por definición, negativa. Puede contribuir a clarificar posiciones y a movilizar a sectores tradicionalmente despolitizados. El problema surge cuando esta dinámica se radicaliza y deriva en una división social basada en la desconfianza mutua, donde el adversario deja de ser legítimo y pasa a ser percibido como una amenaza existencial (McCoy & Somer, 2021).

En ese punto, la polarización se vuelve dañina para la democracia. Las sociedades pueden quedar atrapadas en un círculo vicioso donde las estrategias polarizantes erosionan la confianza institucional, lo que a su vez refuerza la necesidad de polarizar aún más. La política se transforma en un juego de suma cero, donde toda concesión es leída como traición y toda moderación como claudicación.

Presidenciales 2026 en Sudamérica

Así pues, Perú irá a la primera vuelta de su elección presidencial el 12 de abril de 2026 y hasta el momento se han asomado 36 candidatos formalmente inscritos. Pero no es el único caso, en Colombia hay otro récord histórico, con cerca de cien pre-candidaturas presidenciales, para la elección presidencial del 31 de mayo de 2026. En 2021 vimos en Perú un escenario de permanente ‘empate técnico’ durante la primera vuelta, lo que puso de relieve los persistentes desafíos de la consolidación del sistema de partidos. El panorama político peruano se caracteriza por su extrema fragmentación. En lo que va de siglo han surgido 22 nuevos partidos en medio de frecuentes crisis políticas y la destitución de tres presidentes por parte del parlamento. El período estudiado se inició por las dinámicas del Perú 2000 de Fujimori y Perú Libre de Castillo, dos partidos minoritarios que aprovecharon el apoyo regional y popular para lograr victorias electorales inesperadas.

Brasil ofrece una perspectiva distinta, pues ‘apenas’ siete candidatos presidenciales han expresado públicamente sus aspiraciones para la elección de octubre  Aún es pronto para decirlo con total certeza, pues en Brasil, la presentación oficial de candidaturas ante el Tribunal Superior Electoral (TSE) ocurre más cerca del inicio de la campaña electoral (usualmente en agosto), sin embargo, a diferencia de otros países de la subregión, Brasil posee un sistema de partidos comparativamente más sólido. Sólo ocho nuevos partidos se contabilizan en Brasil, y este particular lo hace ser distinto a la mayoría de los países Latinoamericanos (Fernández 2025).

Polarización y populismo: una relación simbiótica

El mundo social es amplio, diverso y complejo. Sin embargo, desde el punto de vista comunicacional, resulta mucho más sencillo presentar visiones maniqueas de la realidad. Reducir la política a dos opciones excluyentes —sí o no, bien o mal, ellos o nosotros— facilita la movilización emocional y acelera la toma de posición. Este es el vínculo estructural entre polarización y populismo.

La dicotomía ‘pueblo’ versus ‘élite’ es condición sine qua non del populismo. El populismo no define la ideología de un movimiento, sino una forma de construcción de lo político que procede a través de la división dicotómica de la sociedad. Esa lógica antagonista es particularmente eficaz en contextos de fragmentación electoral, donde destacar es más importante que agregar.

Silvio Waisbord conceptualiza la polarización como el proceso mediante el cual múltiples diferencias políticas y sociales se alinean progresivamente en una sola dimensión, hasta que la política es percibida y definida como un conflicto permanente entre ‘nosotros’ y ‘ellos’ (Waisbord, 2020). En esta lógica, la política deja de ser un espacio de encuentro entre intereses diversos y se convierte en una arena de confrontación entre campos irreconciliables.

La polarización licúa diferencias que no necesariamente están vinculadas entre sí, subordina otros clivajes relevantes y refuerza identidades políticas excluyentes. Como ya advertían Inglehart y Rabier, la polarización implica el dominio de la identidad partidaria o ideológica sobre otras formas de identificación y acción política, consolidando bloques mutuamente excluyentes (Inglehart & Rabier, 1986). El adversario político deja de ser un competidor legítimo y pasa a ser un enemigo moral.

En este marco, el populismo encuentra un ecosistema ideal. Su estrategia comunicacional se basa en el escándalo, la provocación y la simplificación extrema. No importa tanto la calidad de la propuesta como la capacidad de captar atención. La lógica mediática, que privilegia el conflicto y la novedad, tiende a amplificar estas estrategias, incluso cuando intenta confrontarlas. El resultado es una paradoja recurrente: los actores populistas pueden ser duramente criticados, pero al mismo tiempo se convierten en el centro de la agenda pública.

Fragmentación electoral y premios a la polarización

Los sistemas electorales latinoamericanos, en particular aquellos con primeras vueltas altamente fragmentadas, refuerzan esta dinámica. Si basta con ser una minoría intensa y ruidosa para avanzar a una segunda vuelta, entonces la polarización se convierte en una estrategia racional. ¿Para qué construir consensos amplios si el sistema no los premia? ¿Para qué moderar el tono si el conflicto genera visibilidad y diferenciación?

Así, la polarización se convierte en una respuesta estratégica a reglas del juego que convierten la competencia política en un ejercicio binario y de suma cero. No es únicamente un problema cultural o discursivo. En ese contexto, el populismo no es una anomalía, sino una adaptación eficiente al entorno institucional.

Repensar las reglas: del juego binario a la agregación de preferencias

Si aceptamos que la polarización y el populismo están, al menos en parte, incentivados por el diseño institucional, entonces la discusión sobre sistemas electorales alternativos deja de ser un debate técnico y se convierte en un debate profundamente político. Reformar las reglas no elimina el conflicto, pero puede reconfigurarlo.

Los sistemas de voto ranqueado introducen una lógica distinta. Al permitir que el elector ordene sus preferencias (primera, segunda, tercera opción…), reconocen explícitamente la complejidad del electorado y debilitan la narrativa del ‘todo o nada’. El éxito electoral deja de depender exclusivamente de ser la opción preferida de un grupo reducido y pasa a requerir aceptabilidad más amplia.

Desde el punto de vista de la comunicación política, esto altera de manera sustantiva los incentivos. En un sistema ranqueado, la agresión permanente puede tener costos directos: atacar virulentamente a un adversario puede cerrar la posibilidad de convertirse en su segunda o tercera preferencia. La polarización extrema deja de ser gratuita. La moderación estratégica, la construcción de puentes mínimos y el cuidado del tono pasan a ser racionales.

El voto ranqueado no elimina la polarización ni el populismo, pero encarece sus versiones más destructivas. Introduce una fricción institucional que obliga a los actores a reconocer que el electorado no está dividido en dos bloques monolíticos, sino compuesto por una constelación de preferencias superpuestas. La política deja de ser exclusivamente el arte de dividir y se convierte, también, en el arte de agregar.

Lo curioso es que en Latinaomérica existen experiencias de voto ranqueado, o voto preferente. Pero ellas se circunscriben a elecciones en el nivel legislativo. Muchos parlamentos nacionales, regionales y locales se eligen bajo esta lógica. Sin embargo, es a nivel presidencial, donde cambiar las reglas del juego tendría más sentido.

En el Perú mismo existen experiencias y esta elección da buena cuenta de ellos. Fernando Tuesta Soldevilla ha asegurado que existe “un sabanón electoral” y que “el voto preferencial desata una competencia entre candidatos de un mismo partido e impide una campaña coherente y disciplinada. Fue eliminado con la reforma, pero este Congreso lo reintrodujo. La consecuencia es que habrá dos votos preferenciales para la Cámara de Diputados, dos para la Cámara de Senadores por circunscripción única, uno para la Cámara de Senadores por circunscripciones regionales y dos para el Parlamento Andino: siete en total”. Es decir, en el Perú este año habrá voto preferente en todas partes, menos donde realmente hace falta.

Conclusión: las reglas del juego moldean la política posible

Pensar la política como un ecosistema implica reconocer que los comportamientos no emergen en el vacío. Se producen dentro de marcos normativos que incentivan ciertas conductas y penalizan otras. Si América Latina aspira a reducir la polarización, contener el populismo comunicacional y mejorar la calidad del debate público, no basta con pedir mejores liderazgos o ciudadanos más informados. Es imprescindible revisar las reglas que estructuran la competencia.

Explorar sistemas electorales más colaborativos no es una excentricidad académica ni una importación acrítica de modelos ajenos. Es una invitación a repensar cómo diseñamos los espacios de la política para que la competencia no anule la posibilidad de intersección. El ecosistema de la democracia puede ser virtuoso si  se convierte en un ejercicio colectivo. Quizás ha llegado el momento de que nuestras reglas electorales lo busquen con mayor claridad.

Carmen Beatriz Fernández es profesora de Comunicación Política en la UNAV, el IESA y Pforzheim; es investigadora principal del Center for Global Affairs & Strategic Studies

 

REFERENCIAS

Aldrich, J. (1997). Political parties in a critical era (Vol. 53). Duke University.

Amado, A. (2016). Política pop: De líderes populistas a telepresidentes. Ariel.

Barr, R. R. (2009). Populists, outsiders and anti-establishment politics. Party Politics, 15(1), 29–48.

Bennett, W. L., & Segerberg, A. (2012). The logic of connective action: Digital media and the personalization of contentious politics. Information, Communication & Society, 15(5), 739–768.

Bodó, B., Helberger, N., & de Vreese, C. H. (2017). Political micro-targeting: A Manchurian candidate or just a dark horse? Internet Policy Review, 6(4), 1–13

Burnham, W. D., & Sartori, G. (1977). Parties and party systems: A framework for analysis, volume I. Cambridge University Press.

Chadwick, A. (2019). The New crisis of public communication (pp. 1–19). Loughborough University.

Chasquetti, D. (2001). Democracia, multipartidismo y coaliciones en América Latina: Evaluando la difícil combinación (pp. 319–359). Clacso.

Diamond, L. (2021). Rebooting democracy, review on Deibert. Journal of Democracy, 32(2), 179–183.

Dubois, E., & Blank, G. (2018). The echo chamber is overstated: The moderating effect of political interest and diverse media. Information Communication and Society, 21(5), 729–745.

Fernández, C. B. (2019). Ciberpolítica 2018: Tendencias en Latinoamérica. In Nuevas campañas electorales en América Latina (pp. 147–162). Konrad Adenauer Stiftung. Available online:https://www.kas.de/documents/285099/0/Campa%C3%B1as+electorales+en+Am%C3%A9rica+Latina_WEB.pdf/2467ec17-7309-69e7-80b5-5d2341bd4a23?version=1.0&t=1549986957364 (accessed on 1 September 2025).

Fernández, C. B. (2025). The New Kids on the Block: Cyberpolitics and the Emergence of New Latin American Parties (2000–2024). Journalism and Media, 6(3), 143.

Inglehart, R., & Rabier, J. R. (1986). Political realignment in advanced industrial society: from class‐based politics to quality‐of‐life politics. Government and Opposition, 21(4), 456-479.

Laclau, E. (1979). Política e ideología en la teoría marxista. In Revista Mexicana de Sociología (Vol. 41, Issue 2, p. 599). https://doi.org/10.2307/3539905

Laclau, E. (2009). Laclau en debate (Entrevista). Recensiones, 29(3), 815–828.

McCoy, J., & Somer, M. (2021). Overcoming polarization. Journal of Democracy, 32(1), 6-21.

Przeworski, A. (2019). ¿ Por qué tomarse la molestia de hacer elecciones?: Pequeño manual para entender el funcionamiento de la democracia. Siglo XXI editores.

Waisbord, S. (2020). Is it valid to attribute political polarization to digital communication? On bubbles, platforms and affective polarization. Saap Journal, 14(2), 249–279.

 

OTRAS LECTURAS SUGERIDAS

Dahl, R. (1971). Poliarchy. Participation and opposition. Y. U. Press.

Downs, A. (1957). An economic theory of democracy. Harper and Row Publishers.

Fernández, C. B., & Dell’Oro, J. (2011). Campañas políticas exitosas 2.0. Fundación Konrad Adenauer. Available online: https://www.kas.de/es/web/guatemala/einzeltitel/-/content/campanas-politicas-exitosas-2.0 (accessed on 1 September 2025).

Fernández, C. B., & Rodríguez-Virgili, J. (2019). Electors are from facebook, political geeks are from twitter: Political information consumption in Argentina, Spain and Venezuela. KOME, 7(1).

Friedman, T. (2006). The world is flat: A brief history of the twenty-first century. International Journal, 61(3), 771.

Gerbaudo, P. (2014). Populism 2.0: Social media activism, the generic Internet user and interactive direct democracy. In Social media, politics and the state (pp. 67–87). Routledge.

Gerbaudo, P. (2019). The indignant citizen: Anti-austerity movements in southern Europe and the anti-oligarchic reclaiming of citizenship. In Resisting Austerity (pp. 41–55). Routledge.

Gerbaudo, P. (2021). Digital parties and their organisational challenges. Ephemera, 21(2), 177–186.

Hendricks, J. A., Denton, R. J., & Lanham, M. (2010). Communicator-in-Chief: How Barack Obama used new media technology to win the white house. Presidential Studies Quarterly, 40(4), 800–802.

Johnson, D. (2009). Routledge handbook of political campaigning. In Routledge handbook of Pan-Africanism. Routledge.

Kotler, P., & Amstrong, G. (2008). Fundamentos de Marketing. In Expert review of vaccines (Vol. 15). Pearson Education.

Latinobarómetro. (2018). 2018 report, survey (p. 82). Latinobarómetro.

Linz, J. J. (1990). The Virtues of Parliamentarism. Journal of Democracy, 1(4), 84–91.

Mainwaring, S., Brinks, D., & Pérez-Liñán, A. (2001). Classifying political regimes in Latin. Studies in Comparative International Development, 36(1), 37–65.

Manfredi-Sánchez, J. L., Amado-Suárez, A., & Waisbord, S. (2021). Presidential twitter in the face of COVID-19: Between populism and pop politics. Comunicar: Media Education Research Journal, 29(66), 79–90.

Michaelsen, A. (2015). Brand Obama: How Barack Obama revolutionized political campaign marketing in the 2008 presidential election. Claremont McKenna College.

Napolitan, J. (1986). 100 cosas que he aprendido en 30 años de trabajo como asesor de campañas electorales. Ponencia presentada en la XIX Asociación Internacional de Asesores Políticos.

Norris, P. (2004). The evolution of election campaigns: Eroding political engagement. Available online: https://www.researchgate.net/profile/Pippa-Norris-2/publication/228795981_The_evolution_of_election_campaigns_Eroding_political_engagement/links/02bfe511b0ac3d14c7000000/The-evolution-of-election-campaigns-Eroding-political-engagement.pdf (accessed on 1 September 2025).

Norris, P. (2024). “Things fall apart, the center cannot hold”: Fractionalized and polarized party systems in Western democracies. European Political Science, 23, 546–566.

Roberts, K. M., & Wibbels, E. (1999). Party systems and electoral volatility in Latin America: A test of economic, institutional, and structural explanations. American Political Science Review, 93(3), 575–590.

Rodríguez-Virgili, J., & Sadaba-Garraza, T. (2010). Electoral advertising: The evolution of electoral spots in Spain (1977–2004). Social Communication

Rubio Núñez, R. (2018). The effects of post-truth politics on democracy. Revista de Derecho Político, 1(103), 191–228

Schumpeter, J. A. (1943). Capitalism, socialism and democracy. In Modern economic classics-evaluations through time. Routledge.

Serrano-Puche, J., Fernández, C. B., & Rodríguez-Virgili, J. (2018). Political information and incidental exposure on social networks: An analysis of Argentina, Chile, Spain and Mexico. Doxa Comunicación. Interdisciplinary Journal of Communication and Social Sciences Studies, 27, 19–42.

Thurber, J. A., & Nelson, C. J. (1996). Campaigns and elections American style (pp. 1–353). Routledge.

Torcal, M. (2003). Political disaffection and democratization. Available online: https://kellogg.nd.edu/publications/workingpapers/WPS/308.pdf (accessed on 1 September 2025).

Tufekci, Z. (2018). It’s the (democracy-poisoning) golden age of free speech. Wired, 16(1), 2018.

Valenzuela, S. (2013). Unpacking the use of social media for protest behavior: The roles of information, opinion expression, and activism. American Behavioral Scientist, 57(7), 920–942.

Vedel, T. (2006). The idea of electronic democracy: Origins, visions and questions. Parliamentary Affairs, 59(2), 226–235.