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El Rey Felipe VI a su llegada al Centro de Convenciones de Cartagena de Indias para la Cumbre Iberoamericana de 2016 [Gob. de Colombia]
Las relaciones de España con México, Argentina, Colombia y Perú atraviesan un ciclo de tensiones diplomáticas y divergencias políticas, pero preservan un enorme potencial económico y geoestratégico. Para mantener influencia en la región, España necesita una política exterior estable, profesional y orientada a resultados: menos emocional, menos reactiva y más basada en intereses estructurales.
I. La necesidad de un enfoque español más realista y menos sentimental
Durante décadas, España ha abordado su relación con América Latina desde una mezcla de afinidad cultural, nostalgia histórica e idealización mutua. Sin embargo, los tiempos han cambiado. Las naciones latinoamericanas, con prioridades internas complejas y protagonistas políticos cada vez más diversos, ya no se relacionan con España por afinidad simbólica, sino por cálculos concretos.
A su vez, España debe asumir que su influencia no está garantizada. La presencia creciente de China, el peso geoeconómico de Estados Unidos, y el interés renovado de la Unión Europea por diversificar socios, especialmenteahora tras la firma del acuerdo UE-Mercosur, obligan al gobierno español a jugar con mayor precisión estratégica. Las recientes crisis con México y Argentina confirman esta realidad: los vínculos históricos no inmunizan ante tensiones políticas, y cada gobierno actúa según su agenda interna, no en función de una supuesta afinidad iberoamericana natural.
España, si quiere preservar relevancia, debe dejar atrás la diplomacia emocional y adoptar una diplomacia estratégica que promueva el trabajo conjunto, basado en capacidad económica, estabilidad institucional y visión de futuro.
II. México: Entre la tensión simbólica y la necesidad de cooperación
México representa un socio prioritario para España por su población, tamaño económico y posición como puente hacia Norteamérica. Sin embargo, las tensiones políticas de los últimos años han marcado un giro incómodo. En 2025, la presidenta Claudia Sheinbaum renovó la exigencia de una disculpa formal de España por los abusos de la conquista, reabriendo un tema ya planteado bajo el mandato de López Obrador.
Aunque este reclamo tenga resonancia política dentro de México, lo determinante para España es que Sheinbaum declaró explícitamente que “no se han roto relaciones” y que la cooperación bilateral continúa siendo intensa en comercio, turismo y cultura.
La respuesta española fue calculadamente moderada: el ministro José Manuel Albares mencionó la existencia de “dolor e injusticia” en el pasado sin convertir ese gesto en un cambio de posición política firme. Detrás de esta retórica hay un dato esencial: México necesita inversión extranjera para potenciar su transición energética y aprovechar el fenómeno de “nearshoring” ligado a EE. UU. España, con su banca, telecomunicaciones y energías renovables, está en posición de beneficiarse.
Las tensiones simbólicas no deben ocultar lo clave: el interés estratégico de ambos Estados de mantener una relación funcional. Para España, apartar el debate histórico y centrarse en inversión, diplomacia económica y canales institucionales será lo que preserve su influencia.
III. Argentina: Diplomacia crispada y un terreno que exige paciencia estratégica
La crisis con Argentina ha sido más intensa que con México porque no es simbólica, sino directamente política. El presidente Javier Milei, durante un acto en Madrid en mayo de 2024, atacó públicamente a la esposa de Pedro Sánchez, acusándola de corrupción, y el Gobierno de España respondió retirando a su embajadora. Al no recibir disculpas, la crisis y la tensión se alargó hasta noviembre del mismo año, cuando España puso fin nombrando un nuevo embajador.
Este choque evidencia la fragilidad de la relación cuando un gobierno latinoamericano decide instrumentalizar la política exterior para el debate interno. Milei ha hecho de su confrontación con la izquierda internacional un pilar de su identidad política. España, por tanto, no debe esperar un cambio de tono mientras su gobierno siga siendo percibido por Milei como un adversario ideológico útil.
Sin embargo, la profundidad del vínculo bilateral no depende de ese choque circunstancial. España es uno de los primeros inversores en Argentina, especialmente en industria manufacturera, energía, agroindustria y tecnología. Lo esencial para la nación española es blindar esos intereses, manteniendo interlocución con diferentes ministerios, gobernadores, agencias reguladoras y sector privado, incluso aunque la relación al más alto nivel esté congelada.
La clave aquí es mantener una paciencia estratégica, puesto que Argentina vive ciclos políticos bruscos, y la política exterior no siempre refleja la postura a largo plazo del Estado. Por ello, España no debe sobrerreaccionar; debe esperar, mantener presencia, proteger sus inversiones y tratar de promover un ambiente de diálogo y cooperación entre naciones hermanas, frente a la crispación actual.
IV. Colombia: Un socio estable en medio de sus reformas internas
Colombia ofrece a España un terreno menos expuesto a tensiones retóricas y más favorable para relaciones estables. El gobierno de Gustavo Petro mantiene una agenda de reformas y un sendero político interno y externo muy similar al del Gobierno de España, lo cual influye positivamente en la relación, que se ha mantenido constante.
Madrid y Bogotá coinciden en varios temas internacionales, y la presencia empresarial española es de las más fuertes en toda la región.De hecho, la inversión de España solo ha hecho que crecer, llegando a triplicarse en 16 años. La inversión en infraestructuras, en telecomunicaciones y en proyectos de empresas y programas educativos crean una red profunda que resiste los cambios políticos.
Por tanto, para España, Colombia es un socio fiable donde podría reforzar su presencia en energías renovables, transporte urbano y digitalización, aprovechando la creciente demanda de Colombia en esos sectores. Su estabilidad comparativa lo convierte en un país clave en la región para equilibrar los altibajos de Argentina y México.
V. Perú: Una relación que necesita resiliencia institucional
Perú atraviesa una etapa prolongada de inestabilidad política: sucesión de presidentes, crisis institucionales y polarización. Pese a ello, sus vínculos con España se han mantenido muy sólidos. La presencia de las empresas españolas en energías renovables, infraestructuras, turismo y banca sigue siendo un pilar clave de la relación.
España debe entender que el reto en Perú no es político, sino institucional: los cambios continuos de gobierno dificultan la planificación, pero no alteran la voluntad peruana de recibir inversión extranjera. Empresas españolas como las grandes energéticas o constructoras tienen décadas de experiencia en navegar escenarios similares y podrían ayudar a Perú en su desarrollo en estas áreas. El gobierno español puede tratar de promover una relación estratégica basada en el desarrollo y la inversión, donde prime el objetivo de ayudar a Perú a explotar sus múltiples recursos y a convertirse en un referente económico e industrial en la región.
Madrid puede aprovechar este contexto apoyando proyectos que fortalezcan la gobernanza peruana, sin interferir en su política interna, reforzando así la percepción de España como un socio fiable y al que acudir pase lo que pase.
VI. El tablero geopolítico: Por qué España no puede permitirse perder presencia
Mientras España se ocupa de gestionar tensiones diplomáticas puntuales con México o Argentina, el tablero internacional avanza a gran velocidad y lo hace en direcciones que pueden alterar profundamente la relación histórica entre Europa e Iberoamérica. En la última década, China ha dado un salto cualitativo en su presencia en la región. No se limita ya a inversiones puntuales: su estrategia es integral. Ha financiado megaproyectos de infraestructura, redes eléctricas, carreteras, ferrocarriles y puertos; ha entrado con fuerza en la minería del litio y otros minerales críticos; y, a través de créditos y acuerdos marco, ha logrado una posición que en algunos países supera a la de los socios tradicionales europeos. Este avance no se debe solo a capacidad financiera, sino a la voluntad política de posicionarse como actor indispensable en sectores estratégicos.
Estados Unidos, por su parte, intenta recuperar terreno, consciente de que su influencia histórica se ha visto erosionada por la presencia china. Washington ha relanzado iniciativas económicas como la “América para las Americanos” del siglo XXI, ha reforzado la cooperación en seguridad, y busca reorientar cadenas de suministro hacia aliados regionales a través del fenómeno del “nearshoring”. Este esfuerzo responde a un cálculo claro: América Latina es un espacio geo-económico decisivo en la competencia con China, y permitir que Pekín domine sectores clave en su patio trasero supondría un revés estratégico para su influencia hemisférica.
Frente a estas dos potencias, la Unión Europea intenta articular una estrategia coherente, aunque no siempre con la rapidez necesaria. Por ejemplo, Bruselas ya ha aprobado oficialmente el enorme acuerdo de libre comercio UE-MercoSur y está trabajando en la modernización del acuerdo con México, así como en promover proyectos de “cooperación verde” centrados en la transición energética, digitalización y sostenibilidad. España, durante su presidencia de la UE el año pasado, puso el foco sobre la relación entre la Unión Europea e Iberoamérica, promoviendo la importante cumbre UE-CELAC. Además, ya destacó la idea de que Europa tiene capacidad tecnológica, normativa y financiera para ser un socio relevante para la región, pero su acción depende de consensos internos que ralentizan la respuesta y dificultan competir con la agilidad china o la presión estratégica estadounidense.
En este panorama, España tiene ventajas que no pueden darse por descontadas: un idioma común, afinidades culturales y religiosas profundas, una presencia empresarial arraigada en sectores clave y una larga tradición histórica y diplomática en la región. España debe desempeñar, más si cabe, ese papel singular como interlocutor entre Europa y América Latina, siendo capaz de traducir intereses europeos a sensibilidades latinoamericanas y viceversa. Además, España también sirve como la puerta de entrada a Europa para el continente americano, siendo el aeropuerto de Madrid el aeropuerto europeo con más conexiones aéreas diarias con múltiples ciudades de la región (39 rutas). Sin embargo, estas ventajas empiezan a desgastarse si el gobierno reacciona con impulsividad ante tensiones políticas menores o si condiciona su política exterior a la afinidad ideológica con los gobiernos latinoamericanos de turno.
La realidad es que el mundo multipolar no perdona vacilaciones. Si España quiere mantener una posición relevante en Iberoamérica, necesita una diplomacia profesional y estable, capaz de mirar más allá de los ciclos electorales y de los gestos simbólicos. El papel clave que ha jugado Su Majestad, el Rey Felipe VI, en las relaciones con los países de la región se ha visto marcado por el respeto y la diplomacia, lo cual ha ayudado a promover una imagen un tanto distinta de España y ha abierto una nueva etapa de cordialidad en las relaciones diplomáticas entre España e Iberoamérica, siendo el Rey la personalidad española que más visitas acumula al continente (39 desde 2014).
VII. Conclusión: Una estrategia para un vínculo que sigue siendo esencial
Las tensiones con México y Argentina pueden ser incómodas, pero no justifican un repliegue; por el contrario, deberían servir como recordatorio de que la influencia se preserva con compromiso sostenido, paciencia estratégica y presencia constante. Si España no consolida este enfoque de promover un trabajo conjunto basado en la relación histórica y que aproveche las múltiples ventajas competitivas, es posible que otros actores, más grandes, más rápidos o más determinados, ocupen el espacio que España deje libre. Y recuperar esa influencia una vez perdida sería, en un escenario global competitivo, una tarea inmensamente difícil.
España debe asumir que la política interna de cada país puede condicionar las relaciones interestatales, y los discursos simbólicos pueden generar tensiones. Por eso, debe ser capaz de ver más allá, y promover una relación con más altura de miras que no se deje llevar por tales tensiones, sino que busque ser el socio y aliado clave para todos los países de la región. Y es que, bajo esa superficie
Si España quiere preservar su relevancia, necesita una diplomacia orientada al largo plazo, capaz de gestionar tensiones sin deteriorar las bases estructurales de la relación. Una diplomacia que sea más ambiciosa que las ya existentes Cumbres Iberoamericanas, firme, paciente y pragmática, que no reaccione a cada crisis como si fuera la definitiva, y que sepa aprovechar oportunidades en energías renovables, digitalización, educación, infraestructuras y comercio. Latinoamérica no es el pasado de España, sigue siendo parte fundamental de su futuro internacional; con estrategia y madurez, esa relación puede y debe fortalecerse incluso en tiempos de incertidumbre política.