UNA DOCTRINA QUE REVIVE CADA SIGLO: 1823, 1904, 2025
La Doctrina Monroe responde a una necesidad de Estados Unidos —la ausencia de amenazas en su área geográfica— y eso explica su pervivencia como doctrina, con acentos diversos en cada momento. Lleva el nombre del quinto presidente del país, James Monroe (1817-1825), aunque fue formulada por John Quincy Adams, quien era su secretario de Estado y le sucedió en la presidencia (1825-1829). Proclamada en 1823, momento en que las repúblicas hispanas estrenaban su independencia, venía a advertir a las potencias europeas que se abstuvieran de intentar reeditar su viejo colonialismo en el continente americano. Al término de las guerras napoleónicas, la restauración monárquica estaba en marcha en buena parte de Europa y Estados Unidos temía que las repúblicas vecinas, por su debilidad, pudieran devenir en una plataforma desde la que ser atacado. No hacía mucho, en 1812, las tropas inglesas habían llegado hasta Washington y quemado la Casa Blanca y el Capitolio.
La declaración, dentro del mensaje que Monroe pronunció en la primera sesión del 18˚ Congreso de EEUU, el 2 de diciembre de 1823, afirmaba:
“Se ha juzgado propicia la ocasión para afirmar, como principio en que están en juego los derechos e intereses de los Estados Unidos, que los continentes americanos, por la condición libre e independiente que han asumido y mantienen, no deben ser considerados de ahora en adelante como sujetos de futura colonización por ninguna potencia europea (...) Por lo tanto, debido a la franqueza y a las amistosas relaciones existentes entre Estados Unidos y dichas potencias, declaramos que consideraremos cualquier intento suyo de extender su sistema a cualquier parte de este hemisferio como peligroso para nuestra paz y seguridad”.
En realidad, Estados Unidos no estaba en condiciones de hacer valer esa advertencia (Francia la desoyó cuando promovió el Segundo Imperio Mexicano) No lo estaría hasta finales de siglo, cuando completado su Destino Manifiesto y ya con las fronteras actuales (tras haber agredido a México, a pesar de la llamada que la doctrina hacía a respetar la soberanía de las repúblicas americanas) emergía como potencia y comenzaba a proyectar poder en su entorno. En 1898 echó a España de Cuba y Puerto Rico (la doctrina se había comprometido también a respetar esas posesiones) y en 1903 propició la ruptura de Colombia para la construcción del Canal de Panamá, en una empresa propia que venía a sepultar las aspiraciones de tutelaje que Inglaterra tenía en la región.
En este contexto expansionista y de injerencia se da la reformulación de la Doctrina Monroe con el llamado ‘corolario de Roosevelt’ de 1904. El ‘América para los americanos’ que resumía el espíritu de comienzos del siglo XIX pasaba a concebirse a comienzos del XX como América (todavía entendida como todo el continente) ‘para los estadounidenses’. Lo que originalmente había sido más bien un planteamiento defensivo de la naciente federación de trece colonias frente a las metrópolis europeas, ahora pasaba a una actitud ofensiva, propia de una potencia que comenzaba a exigir un lugar en el mundo, como advertía la Gran Flota Blanca que Roosevelt puso en el océano en 1907 y con la que EEUU comenzaba a mirar más allá de sus costas.
Ante la evidencia de la disfunción de las repúblicas iberoamericanas, la cual estaba envalentonando a los europeos a enviar sus cañoneros para exigir el cobro de la deuda pendiente (el episodio definitivo fue el bloqueo naval de Venezuela en 1903, protagonizado esencialmente por Inglaterra y Alemania), Roosevelt proclamó su corolario de la Doctrina Monroe. Fue en su mensaje anual al Congreso, el 6 de diciembre de 1904:
“Una mala conducta crónica, o una impotencia que resulte en un debilitamiento general de los lazos de la sociedad civilizada, puede requerir en América, como en otro lugar, la intervención en última instancia de alguna nación civilizada, y en el hemisferio occidental la adhesión de Estados Unidos a la Doctrina Monroe puede obligarnos, aunque sea a regañadientes, en casos flagrantes de tal mala conducta o impotencia, a ejercer un poder policial internacional”.
Este ‘corolario’ —el término hace referencia a algo que “se deduce con facilidad de los demostrado previamente”, según la RAE; algo que es, pues, consecuencia, inferencia o deducción— dio pie entre 1912 y 1934 a la intervención estadounidense en buena parte del Caribe (Haití, República Dominicana, Nicaragua), donde el Ejército gringo acudió con la excusa de ‘levantar naciones’ pero donde dejó ‘gendarmerías’.
Dominado el entorno, Estados Unidos ya no necesitó de nuevos despliegues militares en la región. Aunque la injerencia se mantuvo, en alternativos ciclos de menor-mayor presión (a la política del Buen Vecino de Franklin Roosevelt le sucedió el golpe de estado promovido por Eisenhower en Guatemala en 1954; tras la Alianza para el Progreso de Kennedy vino la Doctrina de Seguridad Nacional de Nixon-Kissinger; la pacificación que supuso la entrega del Canal que hizo Carter se rompió con el uso como proxis que hizo Reagan de los contras en Nicaragua), lo cierto es que el encaramamiento de Estados Unidos al estatus de superpotencia mundial trasladó el interés de Washington a casi todo el orbe, restando intensidad a la mirada sobre su propio hemisferio.
Este abarcar mucho por parte de Estados Unidos tuvo sus descuidos, como la temprana presencia soviética en Cuba. Muy confiado durante el momento unipolar al término de la Guerra Fría y obsesionado en la guerra planetaria contra el terrorismo islámico tras 2001, EEUU minusvaloró la paulatina penetración de China en las Américas, acelerada en las dos últimas décadas.
El corolario Trump
Si bien en la primera presidencia de Trump ya había indicios de cómo comenzaba a definirse la nueva era internacional en la que entramos, el retorno del magnate neoyorquino a la Casa Blanca en 2025 ha marcado una vuelta oficial a la Doctrina Monroe, ahora no ya mirando a la amenaza de Inglaterra/Francia (1823) o a la competencia con Inglaterra/Alemania (1904), sino al surgimiento de China. El apoyo de EEUU a las dictaduras militares latinoamericanas de las décadas de 1960 y 1970 fueron también una manifestación de la Doctrina Monroe, esta vez frente a la URSS, pero como el combate al comunismo por parte de Estados Unidos fue global, esa concreción no fue estrictamente hemisférica —por eso seguramente no hubo entonces una actualización oficial de la famosa doctrina—, por más que ese anticomunismo contó en Latinoamérica con características propias.
El recobrado interés de la Administración Trump por el hemisferio occidental primero fue denominado por los analistas como ‘Doctrina Monroe 2.0’ y luego como ‘Doctrina Donroe’, en un juego de palabras que Donald Trump ha hecho suyo. De todos modos, los documentos oficiales la han presentado, acertadamente, como el ‘Corolario Trump de la Doctrina Monroe’. Así consta en la Estrategia de Seguridad Nacional, de noviembre de 2025, y en la concreción que de esta ha hecho el Pentágono en su Estrategia de Defensa Nacional, de enero de 2026.
En el primero de estos dos documentos, la Estrategia de Seguridad Nacional, se define expresamente en qué consiste este nuevo corolario:
“Queremos garantizar que el Hemisferio Occidental se mantenga razonablemente estable y suficientemente bien gobernado para prevenir y desalentar la migración masiva a Estados Unidos; queremos un Hemisferio cuyos gobiernos cooperen con nosotros contra narcoterroristas, cárteles y otras organizaciones criminales transnacionales; queremos un Hemisferio libre de incursiones extranjeras hostiles o de la propiedad de activos clave, y que apoye cadenas de suministro cruciales; y queremos asegurar nuestro acceso continuo a ubicaciones estratégicas clave. En otras palabras, afirmaremos y haremos cumplir un ‘Corolario Trump’ de la Doctrina Monroe” (p.5)
“Tras años de abandono, Estados Unidos reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental y proteger nuestro territorio nacional y nuestro acceso a geografías clave en toda la región. Negaremos a competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales en nuestro hemisferio. Este ‘Corolario Trump’ a la Doctrina Monroe es una restauración sensata y contundente del poder y las prioridades estadounidenses, coherente con los intereses de seguridad de Estados Unidos” (p.15)
Este último párrafo se reproduce íntegramente en el segundo de los documentos, la Estrategia de Defensa Nacional, si bien cambiando algunas palabras que hacen su expresión aún más contundente. Se sustituye “preeminencia” estadounidense por “dominio militar”, y se indica que este será “utilizado” para la protección nacional y el “acceso a territorio clave en toda la región”.
Este texto del Pentágono, ahora bautizado como Departamento de Guerra, dice que Trump comenzó su segundo mandato en “uno de los entornos de seguridad más peligrosos” de la historia de Estados Unidos. En el frente nacional, “las fronteras estadounidenses estaban desbordadas, los narcoterroristas y otros enemigos se volvieron más poderosos en todo el hemisferio occidental, y el acceso de Estados Unidos a territorios clave como el Canal de Panamá y Groenlandia estaba cada vez más en duda”.
Aunque la mención al Canal de Panamá y a Groenlandia ya había estado —en profusión— en boca de la Administración Trump, su aparición en este documento oficial es significativa, especialmente por lo que se refiere a la gran isla del círculo ártico, pues queda formalmente incluida en el perímetro del hemisferio occidental y se ve así afectada por la nueva versión de la Doctrina Monroe. Ciertamente Groenlandia siempre ha formado parte del hemisferio, pero nunca ha sido vista como una porción de las Américas ni nos imaginamos su silueta cuando pensamos en Norteamérica.
Novedades del corolario
La reformulación de la Doctrina Monroe que se hace en estos comienzos del siglo XXI supone, pues, algunas novedades respecto a las versiones anteriores: la original de principios del siglo XIX, que dio nombre a esta famosa doctrina, y la adaptación realizada a inicios del siglo XX, conocida como corolario Roosevelt.
Cada una, lógicamente, es fruto de su contexto histórico y obedece a las prioridades geopolíticas de Estados Unidos en cada época. En 1823, a EEUU le urgía garantizar la consolidación de su viabilidad nacional y quería alejar a las potencias europeas de cualquier esfuerzo por impedirle su propia expansión territorial en el centro de Norteamérica. En 1904, EEUU quería asegurarse el dominio sobre el Gran Caribe que, gracias un Canal de Panamá que comunicaba sus dos costas, iba a fundamentar su constitución en hegemón regional y catapultarle a potencia mundial. A la época de EEUU como superpotencia mundial de la Guerra Fría le correspondió la Doctrina de Seguridad Nacional que, como hemos apuntado, puede verse como la adaptación de la Doctrina Monroe para ese momento, pero el hecho mismo de que esta no fuera invocada como tal pone más bien de manifiesto la realidad de que la confrontación con la URSS y el comunismo era planetaria y no circunscrita a Latinoamérica.
Siendo ya innecesaria esa presencia militar global porque Rusia ha demostrado en Ucrania que ha dejado de ser una superpotencia (y China no constituye el mismo peligro geopolítico, pues no amenaza con disponer de una plataforma continental desde la que un día poder saltar el océano y agredir a su rival; puede lanzar misiles nucleares, pero eso podría ocurrir también desde algún país menor con suficiente capacidad) Estados Unidos se repliega en su hemisferio.
En el nuevo orden mundial de fragmentación que se construye sobre los escombros de la reciente era de globalización, Washington quiere garantizarse los recursos naturales de su hemisferio (y desde luego impedir el acceso a ellos de otros contendientes internacionales). Con las cadenas de suministros interoceánicas cuestionadas, a EEUU le interesa preservar las que le unen con su entorno geográfico, donde tiene posibilidades de ‘offshoring’ gracias a una mano de obra más barata.
La novedad respecto a la Doctrina Monroe de los dos siglos anteriores no reside tanto en ese aprovechamiento económico, que históricamente ya se ha dado (la United Fruit Company y otros fruteras llevaron a cabo sus ‘guerras bananeras’; la Standard Oil fue fundamental en el desarrollo inicial de los pozos venezolanos; la Ford explotó a destajo el caucho en la Amazonía brasileña), como en otros dos aspectos: presentar el vecindario mismo como amenaza directa (inmigración ilegal, narcotráfico, crimen organizado, narcoterrorismo), lo que sustenta los argumentos para justificar la acción incluso militar en ese entorno geográfico, y la extensión del ámbito territorial de aplicación de la doctrina, que incluye Groenlandia y, por tanto, deja dentro también a Canadá.
Patio trasero, patio delantero
La Doctrina Monroe primero salió supuestamente en defensa de la soberanía de las repúblicas hispanas recién independizadas al advertir su extrema debilidad política (1823), y luego justificó que EEUU ejerciera de ‘policía’, con derecho a intervención, para corregir el mal gobierno económico de esos mismos vecinos del sur (1904): Washington alegaba que ambas situaciones podían atraer a las potencias europeas y desde allí estas podían molestar los intereses estadounidenses. Hoy la interferencia de rivales exteriores sigue siendo invocada, pero también se acusa a los países latinoamericanos mismos de albergar amenazas nativas que agreden a EEUU, no por decisiones de sus gobiernos, sino justamente por su inveterado desgobierno. En sus primeras semanas, la segunda Administración Trump designó como organizaciones terroristas extranjeras a varios carteles mexicanos y grupos de crimen organizado, como la Mara Salvatrucha y el Tren de Aragua; luego reforzó la política de expulsiones de inmigrantes ilegales, básicamente latinoamericanos, y tomó posiciones militares en el Caribe para combatir el narcotráfico. Trump ha amenazado con atacar a sus vecinos (ha ocurrido con Venezuela y sus acusaciones se han dirigido muy directamente contra México y Colombia), para resolver esa presión externa.
Si la derrota rusa en Ucrania supone que Rusia pierde la consideración de superpotencia y que por tanto EEUU ya no está exigido, como en la segunda mitad del siglo XX, a un despliegue para contrarrestar su amenaza, el deshielo del Ártico introduce otra variable geopolítica de gran transcendencia. Desde su emergencia como hegemón regional y superpotencia, EEUU se ha visto a sí mismo como una gran isla: los anchos océanos al este y al oeste le separaban de sus rivales; el frío polar neutralizaba lo más septentrional de Norteamérica, concentrando la población canadiense en la frontera con EEUU, haciéndola muy dependiente de este país; el desierto en el sur y la debilidad institucional mexicana deshidrataba cualquier posible amenaza meridional.
Hemos visto cómo la frontera sur se está percibiendo ahora como un riesgo y lo mismo comienza a suceder con la norte. Al abrirse el Ártico a la navegación, Groenlandia es candidata a convertirse en cabeza de puente de algún rival, introduciendo un elemento de vulnerabilidad para EEUU en su ‘high north’. Al ganar relevancia, la Tierra Verde deja de ser un apéndice desapercibido del hemisferio occidental para integrarse del todo en él. Cuando antes se hablaba de las Américas, jamás se pensaba en Groenlandia: hoy es un territorio más y se encamina a ser catalogado como una parte sustancial de Norteamérica.
En la medida en que Washington insista en mirar al polo, Canadá quedará cada vez más subsumido en el triángulo formado por los 48 estados de EEUU al sur de la frontera canadiense; su estado número 49, Alaska (elevado a esa categoría hace solo unos sesenta años), y Groenlandia (que a Trump le gustaría también incorporar). Puede que Canadá resista las presiones para devenir en una simple entidad federada (en realidad troceada, si eso ocurriera) dentro de la Unión, pero el desarrollo de las rutas marítimas que en el futuro puede darse en el Ártico, a través de las islas canadienses, anuncian una injerencia estadounidense con la que Ottawa tendrá que lidiar: un proceso que podría intuirse, en cierto modo, como de ‘latinoamericanización’ de Canadá. Si el Gran Caribe (el Golfo de México, el Caribe y todos sus estados ribereños, incluidos los de América Central y también del Sur, hasta la línea del ecuador) ha sido el tradicional ‘patio trasero’ yanqui, surge ahora un ‘patio delantero’ en el Gran Ártico. En ese espacio, entre el polo y el ecuador, EEUU ocupa la franja central: se encuentra en medio, como centro desde el que comandar directamente lo que constituye un completo cuarto del globo terráqueo.
El regreso de Trump a la doctrina Monroe supone, de algún modo, el cierre de un ciclo de 200 años. Tras exigir para sí inicialmente su entorno geográfico del hemisferio occidental, Estados Unidos expandió su poder en el mundo para contrarrestar amenazas radicadas en el hemisferio oriental; derrotada la URSS y tras un periodo de ‘sola superpotencia’, EEUU vuelve a su base hemisférica desde la que hacer frente a su nuevo rival. El pulso con China no es de toma de posiciones —de espacios físicos— en el planeta (no es, pues, ‘geo’-político en sentido estricto), sino tecnológico, y para eso Washington necesita garantizarse lo que tiene en su propio entorno continental: los recursos naturales (minerales estratégicos, fuentes energéticas) y los beneficios del ‘nearshoring’, tanto en lo que se refiere al dominio de esas cadenas próximas de suministro y de rutas de comercio como con lo que tiene que ver con una producción ventajosa. En un mundo donde la globalización se rompe y las grandes potencias tendrán que garantizarse una zona de influencia directa, esa base hemisférica puede marcar la diferencia.
Emili J. Blasco es director de GASS y del programa de Geopolítica Aplicada en el grado de Relaciones Internacionales de la Universidad de Navarra
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* El texto no entra a considerar el anecdótico caso de la ‘Tecnocracia’, cuyo mapa se reproduce aquí solo por coincidir con el espacio geográfico que el análisis considera de especial interés para EEUU. La cadena canadiense CBC publicó un artículo en 2021 comparando aquel movimiento con el gobierno de los magnates tecnológicos que a veces parece propugnarse desde Silicon Valley.