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La fiesta de la Epifanía en la Catedral de Pamplona


PhotoCedida/Grupo de la Epifanía en el claustro de la catedral de Pamplona por Jacques Perut, comienzos del siglo XIV

La solemnidad de este día se vio engrandecida en la catedral de Pamplona, desde la Edad Media, por la presencia en la misma de un grupo escultórico de estilo gótico en el claustro y las reliquias de los Reyes Magos,  guardadas en un relicario argénteo del último cuarto del siglo XVI.

Los textos litúrgicos de la época del obispo Arnalt de Barbazán, tanto el Breviario de 1332 como la más antigua guía litúrgica de la diócesis, recogen la festividad de la Epifanía dentro de las de segunda categoría, concretamente entre las que se denominan como “Principales”, con rito de solemnidad, entre las que también figuran la Ascensión, Trinidad, Corpus, San Juan Bautista, Purificación, Anunciación, Dedicación de la catedral, San Pedro y San Pablo, la Corona de Cristo, Santiago, San Agustín, Natividad de la Virgen, San Miguel, San Fermín, Todos los Santos y San Martín. La Epifanía estaba, por tanto en un estadio intermedio entre las denominadas “excelentísimas” (Navidad, Pentecostés, Pascua Florida y Asunción de la Virgen) y las “magnas”, que estaban por debajo.

Reliquias, fiesta y el grupo escultórico, labrado hacia 1300 por Jacques Perut en el claustro, vinieron a conformar una celebración singular, de la que aún se conservan parte de sus antiguos ritos, de forma especial en la procesión claustral con su statio ante los Magos y la solemne proclamación de las fiestas anuales.

En todo el ceremonial destacaba la importancia del coro en el centro de la nave, como lugar preeminente en el culto y la recepción del obispo. La significación del coro está íntimamente ligada a las catedrales y, solamente, se pueden comprender y valorar en el espacio en el que fueron concebidos, como recuerda Pedro Navascués “del mismo modo que el ámbito de la catedral, como espacio y arquitectura, sólo puede entenderse desarrollando sus funciones en torno al coro”. La presencia del coro en la nave es lo que otorgó a las catedrales españolas una propia personalidad dentro del panorama europeo, constituyendo una de las facetas más extraordinarias del patrimonio cultural español. Liturgia, música, cantorales, procesiones, enterramientos, ceremonial, órganos e instrumentos son cuestiones inherentes a esos grandes conjuntos.


Pintura de la Epifanía de la sala capitular de la catedral de Pamplona firmada por Jacobus di Marsella, a fines del siglo XVI

Procesión estacional por los claustros

En la relación de fiestas del siglo XVIII, escrita por el prior don Fermín de Lubián, se nos informa que en las Vísperas de la Epifanía, el día 5 por la tarde, se incorporaban los instrumentos musicales al órgano, previendo la interpretación de villancicos. También se hace constar que si era sábado se cantaría la Salve con acompañamiento de arpa.

Las memorias manuscritas de hace trescientos años ya dejan constancia de la celebración de una procesión por los claustros con dos estaciones, la primera bajo el grupo escultórico de los Reyes y la segunda junto a la puerta del refectorio. El sermón de la misa principal de la fiesta lo encargaba el obispo y los villancicos cobraban, como en las grandes festividades, un especial protagonismo.


Fiesta de Epifanía en la catedral en una fotografía de Julio Cía, 6 de enero de 1933. Archivo Municipal Pamplona

Algunos datos puntuales más nos aportan otros documentos redactados por los maestros de ceremonias del templo. Así, hacia 1820, don Bernardo Astrain, prolífico escritor, da cuenta de la utilización en la procesión de las chirimías, añadiendo algunas normas de venias, saludos y protocolo, en el caso de estar presentes el obispo y el virrey.

Más pormenores aporta un curioso ceremonial manuscrito de la segunda mitad del siglo XIX. La hora de Tercia, que precedía a la misa, se cantaba en ese día con mucha solemnidad, con una especial afinación y tranquilidad, alternando la música instrumental, con el coro y el órgano en los intermedios. La procesión tenía el siguiente recorrido: “Se va por la valla, se sale de ésta por entre la capilla mayor y púlpito de la Epístola en dirección a los claustros. Se da vuelta a éstos de izquierda a derecha, haciendo las dos estaciones de costumbre, en el altar portátil que se pone debajo de las efigies de los Santos Reyes y junto a la puerta del Arcedianato…., y pasando otra vez a la iglesia se entra por la valla por el mismo sitio que se salió, despidiéndose el preste y ministros del cabildo en la puerta del presbiterio more solito y practicándose todo lo demás como en el día de la Circuncisión”.

En la primera estación participaban los infantes con un verso contestado por la capilla con acompañamiento de figle. La segunda se realizaba junto a la puerta del arcedianato, con un esquema bastante similar.

Bajo el grupo gótico de la Epifanía, se disponía un altar con fondo tapizado con ricos damascos rojos, que se coronaban con un dosel, simulando una capilla. En la peana del grupo escultórico se colocaban candelabros y varios floreros con ramilletes. En la zona inferior se disponía, como actualmente el altar con la reliquia de los Magos en el centro y los cuatro bustos de plata de los copatronos san Fermín y san Francisco Javier, santa Úrsula y santa María Magdalena. Hasta 1879 se colocaba allí la escultura de un Niño Jesús que se traía del convento de las Dominicas.

A lo largo de todo el día, se dejaba allí la reliquia de los Reyes Magos para su pública adoración, cuidando del orden el sacristán mayor, ayudado de otro sacerdote. A tal efecto, se colocaban delante del altar unos bancos.


Altar con los bustos relicarios en el día de la Epifanía en la catedral, 2019. Foto M. Bretos

Túmulo en memoria de los reyes de Navarra

Las más antiguas relaciones dan cuenta de otra singularidad de la fiesta en la seo pamplonesa, que consistía en la colocación en la capilla mayor de una tumba o túmulo en memoria de los reyes que permanecía durante toda la octava. Se trataba de un pequeño catafalco cubierto por un paño que las crónicas denominan “el manto real”, que no sabemos si hemos de identificar con un “rico paño encarnado de seda y terciopelo”, utilizado con el mismo fin durante la segunda mitad del siglo XIX.

En uno de los manuscritos decimonónicos se da cuenta detallada de aquella costumbre, del siguiente modo: “Según práctica antigua de esta Iglesia, se pone en el plano del presbiterio una especie de tumba cubierta con un paño de terciopelo encarnado-oscuro, cuya cabeza o extremo más próximo al altar descansa sobre la primera grada del replano. Dicha tumba está desde las primeras Vísperas de la Epifanía hasta terminar la octava de la fiesta. El origen de la referida tumba parece ser, según me explicó mi compañero don Fermín Ruiz Galareta, beneficiado salmista que fue de esta Santa Iglesia y persona muy conocedora de las antigüedades y prácticas de la misma, que antes había en el presbiterio un mausoleo o sepulcro de Reyes, y a fin sin duda, de dejar más expedito aquel sitio, convinieron en quitarlo de allí y que se colocara esta tumba durante la octava de la Epifanía, así como en el día de los Fieles Difuntos. La piedra o lápida que cubría aquel sepulcro es, según dicho del Sr. Galarreta, la que hoy se haya incrustada encima de la puerta del claustro alto”.

El informante citado, don Fermín Ruiz de Galarreta Lavilla aparece como maitinante en 1836 y como capellán en 1839. En 1855 se le invitó a aceptar la sochantría primera, algo que aceptó. Su expediente de jubilación, tras cuarenta años de servicio, se fecha en 1879. Falleció en 1882, sustituyéndole Urbano Ros. 

La tumba aludida no es otra que la tapa de un sepulcro empotrado sobre la puerta del sobreclaustro, que se ha identificado como perteneciente a doña Blanca, hija de Carlos III y fallecida en Olite en 1376 o a la princesa doña Magdalena, madre y tutora de Francisco Febo, hipótesis ésta de Arigita. Estilísticamente, Martínez de Aguirre pone la obra en relación con la escultura francesa de la órbita de Reims y la producción de Jean de Liège.

Más allá de la identificación del personaje real de la tumba y si ésta es la que hoy se encuentra en la puerta del sobreclaustro, lo verdaderamente importante es la constatación de que en la capilla mayor había al menos una sepultura pétrea de la casa real Navarra, lo cual abre caminos e hipótesis en relación con la monarquía y el primer templo diocesano.

En 1899 el cabildo acordó no continuar con aquella práctica secular, con la protesta airada del canónigo e historiador don Mariano Arigita que dejó escrito: “Yo reclamé en nombre de la historia, pero no se me hizo caso”.


Procesión claustral en el día de la Epifanía en la catedral, 2020. Foto A. Calleja. Diario de Navarra

Para saber más

ARANDA RUIZ, A., Reges Tharsis et insulae munera offerent. Una escena de Epifanía en la catedral de Pamplona”, Pieza del mes de diciembre de 2020, Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro. . Consulta 15 de diciembre de 2021
FERNÁNDEZ GRACIA, R., Navidad en la catedral de Pamplona. Ritos, fiesta y arte, Pamplona, Departamento de Historia del Arte. Universidad de Navarra, 2007