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Universidad de Navarra


"Siempre he querido que mi vida fuera un servicio a la Universidad y la medalla confirma ese servicio"


 

 
  

 ▲ Dr. Jesús Prieto.  
  AUTOR: Manuel Castells

Jesús María Prieto Valtueña (Oviedo 1944), catedrático emérito desde 2014, se incorporó a la Universidad de Navarra en 1979, donde dirigió el departamento de Medicina Interna de la Clínica Universidad de Navarra y el área de Hepatología y Terapia Génica del Centro de Investigación Médica Aplicada (CIMA). Autor de más de 300 artículos originales de investigación en revistas internacionales, ha promovido ensayos clínicos pioneros para el tratamiento de la cirrosis hepática y, en el campo de la terapia génica, de tumores hepáticos y digestivos.

- ¿Cómo recuerda su llegada a la Universidad?

Llegué a trabajar en el año 79, desde la Universidad de Santiago de Compostela donde era catedrático de Medicina. Además era el director del departamento de Medicina Interna en el Hospital General de Galicia. Aquí, en la Universidad de Navarra, Eduardo Ortiz de Landázuri era, entonces, el jefe de departamento de Medicina Interna de la Clínica Universitaria. Se acercaba el momento de su jubilación, y tenía muchísimo trabajo, porque había poca gente en el departamento. Me escribía prácticamente todas las semanas contándome noticias de Pamplona y pidiéndome que viniera a la Universidad cuando antes. Tuve que esperar a que viniera otro catedrático para sustituirme en Santiago, y a finales del año 79 pude trasladarme. Dejé Santiago con pena, pero con muchas ganas de participar en el desarrollo  de una Facultad de Medicina todavía joven y de una Clínica Universitaria, que estaba funcionando muy bien, pero que tenía un gran desafío de crecimiento por delante.

Cuando llegué aquí, me impactó mucho la personalidad de don Eduardo: su generosidad, su trabajo verdaderamente extenuante y su completa dedicación a las tareas universitarias en sus tres facetas: en la asistencial - trabajaba muchas horas al día, atendiendo a los pacientes - , en la tarea docente - daba clases de patología médica en tres cursos - y en la investigación - había puesto en marcha un pequeño laboratorio de Medicina Interna. Era, al mismo tiempo humilde y sacrificado.

Me impresionó también el ambiente de la Universidad, donde comprendí que se daban las condiciones para aunar muchas voluntades en pos de un proyecto común. La Universidad era pequeña, pobre, pero tenía mucha fuerza potencial.

- ¿Cómo fue avanzando el proyecto?

Yo venía con el deseo de realizar bien esas tres facetas: como médico esperaba diagnosticar bien, ofrecer los tratamientos más avanzados a los pacientes; deseaba impartir una buena enseñanza, formar bien a los alumnos; y quería poner en marcha la investigación. Para eso no había fondos en la Universidad, pero me encontré con un ambiente de gran libertad para conseguir esos medios, y de gran cooperación entre mis colegas. Esas son las tres fuerzas que tiene la universidad: libertad, unión entre las personas y proyección hacia adelante, hacia proyectos a los que vale la pena aspirar. 

Me encontré en una universidad en la que había que trabajar bien en lo concreto, en lo diario, en lo pequeño, pero al mismo tiempo, una universidad donde se podía mirar adelante con magnanimidad y afrontar proyectos difíciles. Se fueron consiguiendo donativos, aportaciones, y se fue dotando de material aquel pequeño laboratorio. Empezó a trabajar más gente, no solamente médicos que hacían la residencia, sino también científicos que habían terminado farmacia o biológicas o bioquímica Aquello fue creciendo y se pasó a tres laboratorios, y luego a cuatro y a cinco. Con el paso del tiempo, junto con los laboratorios de otros departamentos se fue cuajando la idea del CIMA, que surgiría al cabo de los años.  

El doctor Jesús Prieto hace balance de los años vividos en la Universidad y explica qué ha supuesto para él recibir la Medalla de Oro. 
AUTOR: Raquel Arilla

- Seguro que serán muchos los momentos especiales, buenos y malos, de su experiencia en la universidad. Pero, ¿cuál es para usted más significativo? ¿Cuál le ha conmovido más?

Me acuerdo de cosas enternecedoras en relación al agradecimiento de los enfermos. Recuerdo, por ejemplo, a un marinero vasco, grande, fuerte, rudo. Tendría unos 55 años o 60. Vino a la Clínica con su esposa que tenía una enfermedad de las vías biliares muy complicada. Colaborando estrechamente con el departamento de Cirugía, con los doctores Pardo y Rotellar, pudimos curarla. Recuerdo el agradecimiento enorme de aquel hombre que pensaba que su mujer iba a morir, al ver que la salvábamos y que podía regresar a casa y hacer vida normal. Decidió que cada año me traería pescado fresco para Nochebuena. Y así lo hizo hasta que falleció.

También ha habido momentos de dificultad. Por ejemplo, cuando en el año 82 retiraron el convenio con la Seguridad Social que tenía la Clínica y hubo que buscar nuevos caminos para que llegaran enfermos. Aquello dio lugar a la aparición de ACUNSA, algo muy positivo para la estabilidad y el funcionamiento de la Clínica. De manera que de aquellas contradicciones, luego vinieron bienes.

Uno de los grandes privilegios que he tenido en mi vida ha sido poder ser el médico del beato Álvaro del Portillo durante 9 años; poder verle a lo largo del año en varias ocasiones, estar con él aprovechándome de su ejemplo y recogiendo tantas sugerencias e indicaciones suyas que han sido tan orientadoras y tan decisivas. Y, también, haber sido el médico del actual Prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría, durante 29 años, desde el año 85 hasta que me jubilé en 2014. Ha sido también algo extraordinario: su ejemplo, sus consejos y su impulso.

- Cómo director de Medicina Interna en la Clínica, ¿qué le supuso el legado de D. Eduardo Ortiz de Landázuri?

Trabajar con una persona excepcional, buena, competente, generosa,… es un estímulo, un modelo. Tener a una persona al lado que te enseña como poder ser mejor es una enorme suerte. Esa es, también, otra de las riquezas de la Universidad de Navarra: que uno se encuentra con personas, no solo con don Eduardo, que a uno le estimulan mucho para tratar de ser mejor. 

- En 2004 se inauguró el CIMA, ¿qué significó para usted ese momento?

Fue otra de las grandes cosas durante mi vida en la Universidad de Navarra. La vida de una persona es un eslabón que une el eslabón de la generación precedente con el eslabón de la generación que sigue. Lo que hace falta es que el eslabón de la generación que nos toca vivir sea un eslabón sólido, fuerte, que transmitamos valores, realizaciones, metas alcanzadas. El CIMA fue producto de toda una generación de médicos e investigadores que trabajamos en la Universidad en esos años de finales del siglo XX y la primera decena del siglo XXI. Surgió por la necesidad de hacer las cosas bien. Para que una Facultad de Medicina esté madura, acabada, debe contar con un hospital donde se aplique la ciencia con excelencia y con un centro de investigación donde se avance en la ciencia. Progreso en la ciencia, transmisión de la ciencia y aplicación de la ciencia, forman un todo que es inseparable.

En el CIMA recogimos aquella investigación médica que hacía don Eduardo y toda su generación. Cada herencia genera a la generación siguiente un desafío. Por eso el CIMA no es la última palabra. Hay que potenciarlo, hay que crecer, no podemos conformarnos. Una de las cosas que decía el beato Álvaro del Portillo cuando nos visitaba era: "non progredi, regredi est", "no progresar es retroceder".

- ¿Cómo ve la Universidad de Navarra dentro de 50 años? 

Me gustaría que tuviera muchos más centros de investigación; que el campus se extendiera, que tuviera más terreno; y que a su alrededor creciera un cinturón de empresas nuevas que generaran productos de nuevo diseño emergidos de los conocimiento generados en la Universidad. Y que eso aumentara el empleo de las personas, la riqueza y contribuyera al bienestar.

Veo también la Universidad proyectada en el mundo, en otros lugares, sobre todo, en aquellos donde es más necesario mejorar el nivel cultural e intelectual de las personas. En ese sentido queremos poner en marcha un proyecto en África.

- ¿Qué les dice a los que vienen detrás (médicos, investigadores, profesores)? ¿En qué han de poner especial empeño?

La Universidad de Navarra la han sacado adelante personas que, realmente, se han dejado la vida en ello. El proyecto de la Universidad de Navarra exige una enorme dedicación de tiempo, de esfuerzo, de olvido de los intereses propios para pensar en los objetivos comunes. 

Por lo tanto, yo les diría que necesitan mucho trabajo y una visión magnánima para no renunciar a proyecto grandes, para no quedarse en la mediocridad. Una universidad no puede aspirar a un trabajo bien hecho pero rutinario o un trabajo bien hecho pero sin esperanzas. Tiene que pensar en proyectos grandes. La fuerza motora que abre el futuro para la sociedad, porque esa fuerza que abre el futuro es el conocimiento y en la universidad es donde se genera y transmite ese conocimiento.

La Universidad tiene que conjugar algo que no es fácil: prestar mucha atención al trabajo de cada día y hacerlo bien, no dejar de tener los pies puestos en la realidad, y junto a ello apuntar ad maiora, a cosas mayores. Eso exige mucho trabajo y mucho olvido de uno mismo, y no es fácil.

- ¿Qué supone para usted recibir la Medalla de Oro?

Recibir la Medalla de Oro es ser consciente de que pertenece a muchos, a tantas personas que se han dejado y se dejan la vida en la Universidad. Por eso, al recogerla me acordaré de todos los que han trabajado conmigo desde el principio, de todas las técnicas de laboratorio que trabajaban en aquellos viejos laboratorios, de tantos médicos e investigadores, de tantos colegas de otros departamentos; de tantas personas que trabajan en oficinas en el edifico Central, que están ahí y hacen posible todo y nadie les dice nada…

A los médicos que tratamos con los pacientes muchas veces nos traen regalos, bombones, jamones… Yo miro al radiólogo, sentado detrás de la pantalla, donde ve las imágenes del PET, del TAC o de la resonancia de los pacientes y, muchas veces, es ese radiólogo el que nos dice el diagnóstico. Pero a él no lo ve el enfermo y no recibe regalos. Lo mismo sucede ahora: me han dado la medalla, pero la medalla es de los radiólogos, de los que están en la Farmacia...

Por otra parte, me da alegría porque siempre he querido que mi vida fuera servicio a la Universidad de Navarra y la medalla es una confirmación de ese servicio, y eso me deja tranquilo.

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