Ruth Fine

Discurso

 

Es para mí un inmenso privilegio el estar hoy aquí, junto a los investidos con el Doctorado honoris causa concedido por esta insigne universidad. Fue con gran emoción que meses atrás recibí la noticia que me anunciaba la concesión de esta importante distinción.  De más está decir la alegría y el honor que esta noticia representó para mí, no sólo por tratarse de tan significativo reconocimiento, sino también, y muy especialmente, porque éste proviene de una admirada institución académica a la que me unen años de fructífera cooperación, de intensa labor e iniciativas conjuntas y, sobre todo, de profunda amistad con tantos y tan buenos colegas y amigos.  Son ciertamente únicos y memorables aquellos momentos en nuestra carrera intelectual y académica en los que nuestra labor es reconocida, valorándose no sólo su repercusión investigativa, sino la colaboración y el compromiso institucional mutuo, como así también el común objetivo de ofrecer un aporte a las sociedades y culturas que nos importan y a las que estamos abocados.

En el último cuarto del siglo XIX, mis bisabuelos, impulsados por una atmósfera que comenzaba a oprimirlos en su Rusia natal, debieron tomar una decisión crucial: o seguir la incierta ruta hacia Palestina o embarcarse hacia las recónditas pero promisorias llanuras argentinas. Se inclinaron por esta segunda opción y con ello, sin saberlo, prolongaron la llegada familiar a Tierra Santa por tres generaciones. En el año 1981, una vez concluida mi licenciatura en Letras, decidí tomar el rumbo que mis antepasados habían descartado y me marché de Buenos Aires hacia Jerusalén. No obstante, el paso de mi familia por el entrañable suelo americano no había sido vano: me llevaba algo precioso, imborrable: la lengua española, su cultura y su literatura. La Universidad Hebrea de Jerusalén me ofreció un espacio privilegiado para desarrollar el estudio y la investigación en esas áreas: el Departamento de Estudios Españoles y Latinoamericanos, por el que transitaban docentes y estudiantes de todos los países hispano-hablantes, así como israelíes, europeos, estadounidenses, verdadero milagro multicultural cobijado por una misma lengua.

Han pasado ya casi treinta y ocho años desde mi partida de la lejana Buenos Aires. Una argentina iniciando su aventura israelí, una argentina que venía con una pasión en su equipaje: la de la cultura y literatura españolas, habiendo gestado esa pasión en la universidad de Buenos Aires, en el Instituto de Filología Amado Alonso, bajo la guía de grandes hispanistas. Al concluir mi doctorado e insertarme en el plantel académico de la Universidad Hebrea, decidí volcarme a la investigación del período de esplendor de la literatura española: el Siglo de Oro. Mi propósito respondía a un interés primordial que guía aun toda mi actividad intelectual: indagar y profundizar en esa gran polifonía que es la historia y la cultura españolas, cuyas diversas melodías –la cristiana, la musulmana y la judía- constituyen una historia que son múltiples historias, que piden ser recordadas, contadas, interpretadas, reescritas. El hacerlo en Israel, el moderno estado judío, tenía una significación aún mayor, al insertar esta reescritura en el diálogo presente y tan necesario entre nuestros pueblos. En mi equipaje traía muchos libros, pero dos fueron determinantes en mi carrera: la Biblia y el Quijote. Este último libro me ha enseñado mucho, entre otras cosas, cómo poder volver a España, a Sefarad, la de entonces, la de ahora, y dar continuidad a aquella historia parcialmente interrumpida, que los curiosos lectores no podían dejar que acabase.

Asimismo, mi periplo académico halla su expresión en otro libro, la Biblia. La tierra en la que desarrollo mi labor académica, Israel, también es el fruto de ese libro. Como lo habría querido don Quijote, este pequeñísimo territorio, en el que se han gestado las tres religiones monoteístas y que pervive en sus imaginarios comunes, no es otra cosa que un libro que se ha materializado y ha demostrado que la escritura y la realidad no son dos territorios escindidos. Mi investigación se ha interesado por la obra de numerosos hombres de letras auriseculares ―Cervantes, Mateo Alemán, Fray Luis, , Lope, Tirso de Molina―, todos los cuales recurrieron al paradigma bíblico en los varios niveles de su proyecto creativo: el retórico, el semántico, el simbólico-alegórico. Sin saberlo, estos autores operaban de un modo similar al de aquellos escritores hispano-hebreos pertenecientes a otro Siglo de Oro, en cuyos textos, tanto de poesía como de prosa, religiosos o profanos, se instalan los intertextos bíblicos, las metáforas, los símiles, los personajes y los episodios pertenecientes a aquel imaginario compartido por nuestras religiones y culturas.

En efecto, mi objetivo primordial consistía y consiste aún en indagar en aquel mundo polifónico y multicultural del que se había nutrido la cultura hispana durante siglos. Si fui capaz de concretar de algún modo esta visión inicial indudablemente, no ha sido sino en un contexto determinado y gracias al inmenso y constante apoyo recibido por tantos y tan buenos.

Quiero agradecer a mi universidad, la Universidad Hebrea de Jerusalén, aquella que desde sus inicios ha dado un espacio privilegiado para los estudios españoles en Israel, creando una carrera, un Departamento en esa área, que ha formado a generaciones de hispanistas que abrazan con pasión estos estudios y construyen su futuro en Israel. Es por ello que, sin duda, estimo que hoy el Departamento de Estudios Españoles y Latinoamericanos de la Universidad Hebrea de Jerusalén es también acreedor de esta distinción.

Y desde ya, principalmente, quiero expresar mi profundo agradecimiento a la Universidad de Navarra, a la Facultad de Filosofía y Letras, en la persona de su decana, Rosalía Baena; a los queridos y admirados colegas del Departamento de Filología Hispánica y a su Director, el Dr. Javier de Navascués Martín, y a los queridos colegas del grupo de investigación GRISO y a su Director, el Dr. Ignacio Arellano, por la meritoria trayectoria académica de todos ellos y por los años de cooperación y de amistad. Muy especialmente, quiero dar las gracias al Dr. Manuel Casado Velarde, por su infatigable apoyo y afecto. Es una dicha contar con la amistad de todos Uds. Finalmente, quiero agradecer a mi familia, aquí presente, por su constante aliento y cariño. Sin ellos nada de lo alcanzado habría sido posible.

Reitero la inmensa alegría y emoción al estar aquí, en esta ceremonia que tanto nos honra a los hoy investidos. Quiero expresar el deseo de que la labor de acercamiento entre nuestros pueblos y culturas que este acto celebra continúe y se acreciente día a día. Yo estaré feliz de poder seguir aportando mi pequeña contribución a esta importante empresa.