Rafael Moneo

Laudatio del profesor Miguel Ángel Alonso del Val

 

El profesor Rafael Moneo Vallés representa, de manera excelente, la figura del arquitecto que ha logrado compaginar con maestría su labor de académico, teórico y constructor hasta convertirse en el más alto referente de la arquitectura española actual. La condición ejemplar que atesora este navarro universal sería mérito suficiente para proponer su candidatura si, además, no hubiera dejado en el campus de Pamplona muestras de su destreza en el Museo de la Universidad.

Este paradigma de profesional esforzado y elegante, lleno de sabiduría y oficio, ha dejado evidencias de un talante del que toda la profesión se enorgullece. Formado al lado de grandes maestros, como el navarro Sáenz de Oiza o el danés Utzon, su proyecto docente y su liderazgo académico le convirtieron en un referente en la Escuela de Barcelona de los setenta, en la de Madrid de los ochenta y en la de Harvard de los noventa.

Como estudioso y teórico de la arquitectura, desde muy temprano sus artículos en Arquitectura y Arquitecturas Bis, le otorgaron una condición de crítico de referencia en España, aunque su proyección internacional viene enmarcada por algunos escritos capitales como “On typology” y “Substantial inmobility”, que permanecen como una mención indispensable al referirse al contexto del hacer arquitectónico de finales del siglo veinte.

Ya en el veintiuno y con un carácter más panorámico, Rafael Moneo ha publicado otros textos claves: el libro “Inquietud teórica y estrategia proyectual” sobre la obra de ocho grandes arquitectos contemporáneos, y los “Apuntes sobre 21 obras”, como una reflexión sobre los principios que dan razón de ser a sus construcciones; sin olvidar su riguroso discurso de ingreso en la Academia “Sobre el concepto de arbitrariedad en arquitectura”, o ese destilado de saber arquitectónico recogido en “La vida de los edificios”.

Aupado por su ejecutoria como estudiante en Madrid y anclado en la tradición de la gran arquitectura, merced al Premio de Roma, su espíritu de observador curioso y su prodigiosa memoria le dotaron de un acervo histórico que pronto se hizo patente en el encaje tipológico del donostiarra edificio Urumea o en la protección del palacete Mudela en Bankinter, para culminar esa etapa inicial con la lección constructiva y espacial del Museo de Mérida.

Siempre le ha acompañado una cuidadosa y perspicaz lectura del “murmullo del lugar”. En sus propias palabras, “me gusta pensar que es desde la ciudad desde donde entiendo la arquitectura”. Bien sea en la gran escala del rascacielos acostado de l’Illa Diagonal de Barcelona o de los cubos vidriados en el rompeolas urbano del Kursaal de San Sebastián; o bien en la menuda escala del fragmento repetido sobre la colina del Moderna Museet de Estocolmo, o en la apertura plástica frente a un entorno hostil de la Fundación Miró de Palma.

Consciente de las responsabilidades de la arquitectura como “contribución a que una ciudad se mantenga viva, y de ser en un determinado momento la persona a quien se encomienda su futuro", muchos lugares han recibido el impulso de un trabajo concienzudo sobre la materia que refleja su defensa del tiempo para pensar y del tiempo para hacer. La presencia consistente de la fachada retablo del Ayuntamiento de Murcia o la disposición diagonal de los volúmenes del Ayuntamiento de Logroño dialogarían así con operaciones más complejas y de mayor exigencia volumétrica como el Museum of Fine Arts de Houston o la Catedral de Los Ángeles.

Esta brillante trayectoria le ha granjeado la admiración de la crítica y de la profesión, no sólo por su saber hacer, sino por su saber estar en todo momento y ocasión, a pesar de que las circunstancias no fueran las mejores o que hubiera proyectos tan expuestos y trabajosos como las reformas de la Estación de Atocha, el Museo Thyssen o el Museo del Prado en Madrid.

Quien comparte premios como el Pritzker con el Nacional de Arquitectura, la Medalla de Oro de la UIA con la del Consejo y el Príncipe de Asturias con el Príncipe de Viana, demuestra ser profeta en el mundo y en su tierra, identificado con la Tudela de sus primeras obras y reconocido en la Pamplona de la plaza de toros, la plaza de los Fueros o el Archivo General.

Hoy, con este acto de honra mutua, se viene a reforzar la estrecha vinculación de Navarra y de esta Universidad con Rafael Moneo, un universitario que ha hecho de la arquitectura su forma de ver el mundo y de su obra, un ejemplo de dignidad y decoro.