Rafael Moneo

Discurso

 

Nada celebramos tanto como el ver que nuestros paisanos, quienes nos vieron nacer, valoran nuestro trabajo y nos lo hacen saber. Un reconocimiento como este, que la Universidad de Navarra haya tenido a bien nombrarme Doctor Honoris Causa, me hace feliz y despierta en mí el más profundo sentimiento de gratitud. Vaya pues mi más sincero agradecimiento al Gran Canciller, al Rector y a cuantos han apoyado este nombramiento.

Pero cumplido con el público testimonio de gratitud a la Universidad por la deferencia que supone la concesión de este Doctorado, quisiera ahora decir que también me siento enormemente agradecido por lo que esta Universidad ha hecho por Navarra, pues creo que los navarros hemos contraído para con ella una clara deuda que es preciso reconocer.

Cuando en el año 1952 se fundó esta Universidad, Pamplona era una ciudad bien diversa a la que hoy contemplamos. Quien todavía recuerde la Pamplona que tenía sus confines a sur y a poniente definidos por el ferrocarril del Irati y la Misericordia y por toda una serie de pequeñas casas unifamiliares y huertas, verá con asombro el crecimiento al sur de la Ciudadela. Que Pamplona se ha modernizado es un hecho, y que la Universidad de Navarra ha contribuido lealmente a tal modernización -desde lo que una institución universitaria puede hacer‒ también lo es en mi opinión.

Y puede que la más valiosa contribución de la Universidad haya sido la llegada de los estudiantes a la ciudad, que pronto se convirtieron en parte sustancial del tejido social de Pamplona, que en aquellos años bien cabría calificar como poco proclive al cambio. Al incorporarse a la vida de la ciudad, los estudiantes trasladaron a la sociedad todo lo que eran sus inquietudes y, con ellas, todas las esperanzas que la juventud trae consigo. Creo que no es exagerado decir que la ciudad se rejuveneció con ellos. La alegría de los Sanfermines se prolongó con la presencia de los estudiantes a todos los meses del año. Pamplona se ha visto transformada por la presencia de la Universidad, de las Universidades, y gracias a ellas es hoy una ciudad mucho más viva, alegre, abierta, confiada, próspera.

La enseñanza universitaria traía consigo la construcción de facultades, centros de investigación y hospitales, laboratorios, bibliotecas, campos de deporte, residencias de estudiantes, museos… y, naturalmente, también un profesorado que acompañaba a los jóvenes en su iniciación a la vida en los cruciales años de su formación. La llegada a Pamplona de profesores de muy diversos lugares enriqueció la vida intelectual de la ciudad y al poner a disposición de los estudiantes sus conocimientos en tan distintas disciplinas, facilitó el acceso a los navarros a todo un amplio abanico de profesiones, haciendo posible que satisficiesen su vocación sin dejar su tierra.

Entiendo que es de justicia reconocer esta leal contribución de la Universidad de Navarra al desarrollo reciente de Pamplona y me gustaría ahora ser más preciso al hablar de aspectos que conozco mejor dada mi condición de arquitecto. En primer lugar, querría destacar lo valioso que ha sido para Pamplona el que la Universidad de Navarra descubriese el potencial ‒en términos urbanísticos‒ que tenía la ladera sur de las riberas del Sadar, potencial del que ha dado fe el hecho de que la Universidad Pública de Navarra también las escogiese para su campus.

Cuando la Universidad de Navarra llega a Pamplona, la ciudad no había alcanzado la Vía de Cintura, y las riberas del Sádar ‒favorablemente situadas al sur‒ eran todavía campos cultivados. Fue todo un acierto pensar que aquel era el emplazamiento adecuado para un Campus que tenía como referencia y modelo aquellos campus en los que tienen fundamental protagonismo el medio natural, el paisaje, permitiendo una construcción discontinua y dilatada en el tiempo. La Universidad de Navarra apostaba así por un nuevo tipo de campus, conocido en otras latitudes, pero absolutamente novedoso en aquellos momentos en España. Desde entonces mucho se ha construido entre la Ciudadela y la Vía de Cintura y en 3 aquellas laderas ha surgido el Campus de la Universidad de Navarra, que hoy, en continuidad con la Universidad Pública, hay que entender como un espacio público, un parque que da remate al crecimiento sur de la ciudad, reconociendo la importancia que en la estructura urbana de Pamplona tiene un elemento tan importante como el río Sadar.

A esta definitiva contribución al desarrollo de Pamplona que ha hecho la Universidad de Navarra habría que añadir el impacto que en la ciudad han tenido los profesionales graduados en la Escuela de Arquitectura, que ha celebrado el año pasado su cincuentenario. Si Pamplona puede enorgullecerse de ser una de las ciudades que han crecido más armoniosamente en estos últimos años ‒de la Rochapea a Iturrama, de Mendillorri a Gorráiz‒ es sin duda por el buen hacer de los profesionales formados en la Escuela de la Universidad de Navarra. Ellos son responsables de buena parte de lo construido, sea viviendas o escuelas, fábricas o centros de salud… Si hoy cabe decir que Pamplona es una ciudad más hermosa, se debe en buena medida a que en ella trabajan los arquitectos que se titularon en su Escuela. Lo dije en alguna otra ocasión: a mi entender, en ninguna otra ciudad española se hace sentir tanto y tan favorablemente la presencia de una Escuela de Arquitectura como en Pamplona.

Termino. Me alegra haber podido poner de manifiesto la valiosa contribución de la Universidad al desarrollo urbanístico de Pamplona, así como el positivo impacto que su Escuela ha tenido en Navarra. Agradezco, por tanto, en cuanto navarro, esta contribución y manifiesto de nuevo, en cuanto arquitecto, mi gratitud por la concesión de este Doctorado Honoris Causa que me honra y me hace sentir en estos momentos el más feliz de los mortales.